CAPITULO IV
El barco atracó. Thalía y yo nos despedimos de Edward y agradecimos nuevamente su ayuda. Caminamos por la playa de Miami hasta que nos encontramos con un chico de unos trece años. Llevaba puesta una gorra de béisbol, sudadera azul marino, pantalones holgados y tenis tipo Converse. Tenía cejas pobladas, nariz aguileña y ojos color marrón.
- ¡Hola Thalía! - saludó el chico - ¿Cómo has estado?
- Muy bien Tom, ¿y tú?
- No me quejo. Así que él es el semidiós que encontraste - dijo mientras me observaba con detenimiento.
- Así es. Su nombre es Ricardo.
- Hola novato - me dijo - me llamo Tom.
- Hola, mucho gusto – contesté.
- Bueno Tom - Habló Thalía - lo dejo contigo. Cuídalo muy bien.
- Por supuesto jefa, confía en mí.
Thalía volteó a mirarme con una sonrisa.
- Cuídate mucho Rick. Fue un gusto haberte podido ayudar. Que Zeus te guíe y te proteja.
- Gracias Thalía, atesoraré toda tu ayuda y tus enseñanzas. Cuídate mucho y espero que tengas suerte en tu búsqueda.
- Eso espero Rick. Hasta pronto.
Thalía se despidió de Tom y continúo su camino en busca de sus hermanas las cazadoras. Yo la vi alejarse preguntándome cuando la volvería a ver. Quizá sería mejor que no fuera pronto, ya que era doloroso pensar que nunca podría confesarle mis sentimientos. Ahora que sabía que los dioses existían maldecía a Cupido por hacerme esta mala pasada.
Tom me sacó de mis pensamientos.
- ¿Estas bien? - Dijo el Sátiro
- ¿Eh? Ah, claro. Yo solo... pensaba en Thalía, quiero decir ¡no!, no pensaba en ella. Yo...yo solo espero que encuentre pronto a las cazadoras.
- No te preocupes, ella estará bien por su cuenta. No por nada es la lugarteniente de Artemisa - Tom suspiró - ¡Oh Artemisa! ¡Qué diosa!
Al parecer mi nuevo amigo y yo teníamos el mismo problema. Enamorados de dos chicas que nunca posarían sus ojos en nosotros.
- Bueno - dije sacando a Tom del trance en el que estaba - ¿Nos vamos?
- Ah, claro. Vayamos a tomar el autobús.
- ¿Autobús? bueno creía que iríamos volando en un Pegaso o algo por el estilo – dije bromeando.
- Lamentablemente los pegasos están siendo utilizados en la búsqueda de Percy Jackson.
- ¿De verdad tienen pegasos? – dije sorprendido – Espera, ¿Quién es Percy?
- No me digas que Thalía no te habló de él. Qué raro. Ellos son buenos amigos. Percy es hijo de Poseidón, y toda una celebridad en el Campamento Mestizo. Luchó contra Cronos en la batalla contra los titanes.
-¿Cronos?... ¿El padre de Júpiter?
- El padre de Zeus - Me corrigió Tom - debes llamar a los dioses por sus nombres griegos. Bueno creo que tengo mucho que contarte. Porque no platicamos en el autobús.
- De acuerdo - dije - Oye solo una pequeña duda, ¿No se supone que los Sátiros tienen pies de cabra?
- Así es, pero por eso llevo este pantalón para ocultarlo, mis pezuñas están escondidas en los tenis y la gorra es para cubrir mis cuernos.
- Pero ¿Qué hay de la niebla? Se supone que los mortales pueden ser engañados.
- Bueno tal vez piensen que estoy deforme, o tal vez no. Es mejor no dejarle todo el trabajo a la niebla.
Tom y yo tomamos un autobús que iba de Miami hacia Nueva York. El camino fue largo, pero no aburrido. Mi amigo Sátiro resolvió muchas dudas que tenía acerca de la mitología griega. Al principio fue exasperante para Tom, ya que yo continuaba llamando a los dioses por sus nombres romanos. También me narró muchas proezas de Thalía y Percy Jackson, el héroe que había rechazado la inmortalidad. De paso también le conté a Tom cómo fue que me enfrenté a los cíclopes y cómo me rescató Thalía.
- Me parece muy raro - Dijo Tom - Escuchaste la voz de tu madre, pero...
- ¿Qué sucede? Thalía me dijo que en ocasiones los dioses ayudan a sus hijos mortales.
- Sí, pero la cuestión es que desde hace varios días el Monte Olimpo cerró sus puertas y a pesar de que rezamos a los dioses, no recibimos ninguna contestación. Sea quien sea tu madre está desafiando la autoridad de Zeus.
Finalmente después de un largo camino bajamos del autobús, caminamos por algunos prados hasta llegar a una colina. Hacía mucho frío. Afortunadamente Edward me había proporcionado una chamarra muy cálida. En la ciudad de México hacía frío en esta época también, pero no tanto como aquí.
- Descuida - Me alentó Tom - Ya casi llegamos. Además el campamento está protegido contra monstruos y contra las intemperies del clima.
- Pues sigamos adelante - contesté.
Subimos por la colina y por fin llegamos al Campamento Mestizo. En la entrada había dos campistas de pie. Uno de ellos era un chico de unos 16 años. Tenía el cabello rubio y lacio. Sus ojos eran verdes y su semblante era amistoso. Llevaba un carjac y un arco. Junto a él estaba una chica asiática, era alta y tenía el cabello negro peinado con rizos que caían en espiral. Su maquillaje era perfecto y tenía un aire de Glamour en toda su persona. Era bonita, pero su rostro no era muy amable.
- Bienvenido al Campamento Mestizo - dijo el chico rubio - Me llamo John Dulak, siéntete como en casa.
- Gracias John. Me llamo Ricardo, mucho gusto.
La otra chica no dijo nada, estaba muy ocupada limándose las uñas.
- Sígueme - me dijo John - te mostraré el campa...
El chico no pudo terminar su frase. En ese momento todos me observaban de manera extraña, para ser más exacto miraban arriba de mi cabeza. Incluso la chica soltó su lima y me miró con asombro. Miré asustado arriba de mí para ver qué era lo que ocurría. Había un símbolo ardiendo por encima de mi cabeza. Se trataba de un corazón con un ala llameante.
- ¡¿Qué pasa?! - dije asustado.
- Has sido reclamado - me dijo Tom.
En ese preciso instante mis ropas se transformaron. Ahora vestía una majestuosa toga de color purpura, junto con una capa plateada a mi espalda y llevaba dos anillos con rubíes, uno en cada mano. No lo supe en ese momento, hasta que me vi en el espejo después, pero mi cabello resplandecía como el de una estrella de cine. Y finalmente en mi cabeza llevaba una corona de laurel.
- La bendición de Afrodita - dijo la chica de cabello negro.
- Un momento - dije - ¿La bendición de quién?
- Cuando un dios reclama a su hijo - habló John - Un símbolo se enciende sobre él. En el caso de tu madre el aspecto y las ropas cambian.
- Eso significa que...
- Eres hijo de Afrodita, la diosa del amor. Oye Drew - Dijo John dirigiéndose a la chica - Ya que eres la consejera en jefe de la cabaña de Afrodita, ¿Por qué no le das a Ricardo un recorrido por el campamento?
