CAPÍTULO 4

Natsu no podía soportar verla temblando de frío. Sabiendo que lo primero que necesitaba era un poco de calor, hizo varios viajes al porche para buscar leña. La pequeña estufa los calentaría estupendamente, pero no sabía si la palidez era por el frío o por el dolor en el hombro.

Una vez encendida, acercó la silla y la arropó con la manta. A pesar del frío, empezó a sudar al sentir las curvas femeninas bajo sus manos. A ella no la afectaba, incluso parecía agradecer el contacto. Pero Natsu dio un paso atrás.

-Enseguida entrarás en calor -dijo, con voz ronca.

Los enormes ojos marrones se clavaron en él.

-Siéntate aquí, a mi lado. Tú también tienes que entrar en calor.

Él negó con la cabeza, apartando la mirada.

-Quiero sacudir las sábanas y colocarlo todo antes de que se haga de noche.

-¿Qué traes en esa bolsa de papel?

-Algo de comer.

-¿Tienes chocolate? -preguntó ella. Natsu sonrió.

-Llevo fruta y algunas barritas energéticas.

Lucy arrugó la nariz.

-Qué asco. Cosas sanas.

Natsu supuso, por el gesto, que aquella era una evidencia más de lo aburrida que le parecía su vida, de modo que no replicó. Una vez colocados los suministros sobre la mesa, encontró una sartén y salió al porche para limpiarla. Después de llenarla de nieve, la colocó sobre la estufa.

-Agua -explicó, antes de que ella preguntase-. Tienes que tomarte una aspirina.

-Gracias. La verdad es que me duele el hombro.

Cuando Natsu había visto el hematoma en la preciosa y blanca piel se puso furioso. Verla herida y helada de frío le encogía el corazón, pero no podía hacer nada en aquellas circunstancias.

Después de sacar las sábanas al porche para ventilarlas hizo la cama con la precisión de un recluta y la arrastró cerca de la estufa.

Lucy tragó saliva, sus ojos clavados en el colchón.

-Supongo que vamos a pasar la noche aquí, ¿no?

-Eso parece.

-Ah.

La cabaña empezaba a estar calentita... y él también, de modo que se quitó la chaqueta. Estaba húmeda por la nieve y se dio cuenta que la ropa de Lucy también debía estarlo.

-Estás mojada -prácticamente la acusó.

Ella abrió mucho los ojos, con expresión culpable.

-¿Qué?

Natsu se puso en cuclillas para explicárselo.

-Las botas, los pantalones, probablemente hasta los calcetines. Tienes que quitártelos para que se sequen.

-De eso nada -murmuró ella, envolviéndose aún más en la manta-. ¡Y deja de tratarme como a una niña!

Eso lo pilló desprevenido.

-Créeme -dijo, observando sorprendido el brillo de beligerancia en los ojos femeninos-. Sé perfectamente que eres una mujer.

Lucy se puso colorada, pero aceptó que su amigo le quitase la ropa húmeda. Primero le quitó la manta y después, el abrigo. Estaba temblando mientras le quitaba botas y calcetines.

Por fin, llegaron al pantalón. Aquello no iba a ser fácil para ella, pero desde luego iba a ser mucho más duro para Natsu, que se aclaró la garganta, incómodo.

-Tienes que quitártelo, cariño.

Ella levantó la barbilla.

-¿Y tú qué?

Natsu se encogió de hombros, intentando aparentar tranquilidad.

-Yo también voy a desnudarme.

Lucy movió los pies desnudos, nerviosa.

-¿Y?

-Y voy a meterme bajo la manta contigo. Así... nos daremos calor.

Para su sorpresa ella asintió.

-Muy bien.

Cuando se inclinó para quitarse los pantalones, hizo un gesto de dolor.

-¡Ay! Mi hombro.

El corazón de Natsu se encogió. Se sentía como un canalla porque la situación lo excitaba, mientras la pobre lo estaba pasando fatal. Ojalá le doliese a él, pensó.

-Espera, voy a sacar las aspirinas -murmuró, buscando en el botiquín.

La ayudó a tomarse la pastilla y después, tragando saliva, le pasó un brazo por la cintura.

-¿Qué haces?

-Agárrate a mí. Yo te quitaré los pantalones.

Mientras desabrochaba el botón, Natsu tenía que hacer un esfuerzo para olvidar que estaba con Lucy, la mujer a la que deseaba más que a nada en el mundo. La mujer a la que había deseado siempre.

La mujer que solo lo veía como a un amigo.

Cuando le bajó el pantalón, rozó el redondo trasero y la suave piel de sus piernas. Hubiera deseado quitarle las braguitas también, pensaba, temblando. Y besarla por todas partes...

Lucy apretó sus hombros.

-¿Natsu?

Él se dio la vuelta.

-Métete en la cama.

No quería volver a mirarla hasta que estuviera tapada hasta las orejas. Unos segundos más tarde, escuchó el sonido de los muelles mientras él colgaba la ropa por la habitación. Pero después de cerrar puertas y ventanas, decidió que había esperado suficiente.

Y cuando se volvió, su corazón se detuvo durante unos segundos. Lucy, allí, tumbada, con el pelo cayendo sobre el colchón, los ojos suaves y los labios húmedos. Esperándolo. Tuvo que carraspear para que le saliera la voz.

-Hay que poner hielo en ese hombro -dijo con voz ronca.

-¡Pero si estoy entrando en calor!

-Así te dolerá menos -insistió él-. Además, de ese modo bajará la hinchazón.

-Prefiero que me duela antes de morirme de frío.

Natsu ignoró sus protestas y se sentó al borde de la cama, a su lado. De nuevo, empezó a desabrochar los botones del jersey. Lucy temblaba.

-El hielo es bueno para los hematomas.

Cuando apartó el jersey intentó no mirar el diminuto sujetador, pero notó que sus pezones se marcaban bajo el encaje y hubiera querido tocarlos...

Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para concentrarse en el hematoma del hombro. Con cuidado, apartó el jersey, bajó la tira del sujetador y buscó un puñado de nieve.

Lucy cerró los ojos y él no pudo evitar darle un beso en la frente mientras apretaba la nieve contra su hombro.

-No pasa nada -murmuró cuando la sintió temblar-. Solo será un momento, cariño. Luego te encontrarás mejor.

-No puedo... soportarlo.

Le castañeteaban los dientes y eso le produjo una ternura inmensa.

Debía dolerle mucho, pensó. Y aunque era necesario bajar la hinchazón, no quería que tuviese frío.

-Yo te daré calor -le prometió, quitándose el jersey y la camisa.

Lucy lo miraba, atónita. Y cuando se levantó para quitarse los vaqueros... Aquello era demasiado. ¡Natsu desnudándose delante de ella! Nerviosa... y algo más, tuvo que contener un suspiro.

El dolor, pensó él, disgustado consigo mismo por su calenturienta imaginación. Colocó los vaqueros sobre una silla para que se secaran y cuando se volvió hacia Lucy, vio que los ojos marrones estaban clavados en su abdomen y más abajo...

-Oh.

Aquello era peor que la Inquisición. Nervioso, se metió en la cama y se cubrió con la manta hasta las cejas.

Ella volvió la cabeza para mirarlo, sorprendida.

-Eres peludo.

El comentario despertó una carcajada. Y Natsu lo agradecía muchísimo porque de ese modo podía disimular una muy incómoda erección.

-La mayoría de los hombres son peludos, tonta. Tú lo sabes -murmuró, rodeando la estrecha cintura con un brazo para darle calor.

Y en ese momento, con las piernas desnudas de Lucy rozándolo, estaba tan caliente como para derretir el Ártico.

El pecho femenino subía y bajaba con cada respiración, suavemente.

-Y eres muy sexy.

Parecía incrédula. Y era lógico, ya que siempre lo había considerado solo un amigo. Es decir, una cosa sin sexo.

Natsu la miró, intentando olvidar su erección, pero con el deseo encendiendo su sangre.

-Lucy...

Ella lo miraba con los labios entreabiertos.

-¿Natsu?

La forma de pronunciar su nombre era casi una invitación. Estaba a su lado, calentita y suave, con un aroma indescriptible; el aroma de una mujer mezclado con el olor de la leña.

Natsu no podía decir nada. Lo que salió de su garganta fue apenas un gemido ronco.

-Dame un beso para que no me duela.

Un besito, se dijo a sí mismo. Solo un besito para distraerla del dolor. Pero Lucy abrió los labios cuando se inclinaba y la suavidad de su boca lo abrumó.

Simplemente, se olvidó de todo. Olvidó que estaban aislados en una cabaña, que a Lucy le dolía el hombro y que solo quería darle calor. Olvidó que probablemente esperaba un beso amistoso. Nada más.

Cuando pasó la lengua por sus labios, ella emitió un sonido de sorpresa... y de aceptación. Los malditos calzoncillos eran demasiado estrechos, pensaba Natsu, sudando. Lucy parecía querer un beso de verdad y el corazón del hombre estaba a punto de estallar. La había deseado durante tanto tiempo... había imaginado aquello demasiadas veces como para poder apartarse.

Acariciando su mejilla con una mano temblorosa, se movió para colocarse sobre ella sin hacerle daño. La deseaba, necesitaba sentir su cuerpo.

Sus ojos se encontraron y en ellos había una confianza profunda, un respeto y afecto recíprocos. Una ternura nacida del cariño. Con un gemido ronco, le comió la boca, buscando su lengua, besándola como un hombre besa a una mujer cuando espera una noche de pasión desenfrenada.

La besó como siempre había soñado besarla...