Disclaimer: Esta historia ni sus personajes me pertenece, solo la estoy adaptando con alguno de los personajes de la saga de Stephenie Meyer.
CAPITULO 3
Edward McCullen estaba preocupado. Aunque no había nada que pudiera señalar —aparte del fuego notable que ella poseía, su atavío desvergonzado y su manera inusual de hablar—, no podía sacudirse el sentimiento de que un hecho aún más significativo lo eludía. Inicialmente, había pensado que tal vez ya no estaba en Escocia, pero entonces ella le había informado que estaba a una caminata de tres días escasos de su casa.
Quizá había perdido varios días, incluso una semana. Negó con la cabeza, tratando de aclararse. Se sentía igual a aquella vez antes, cuando de niño había tenido una fiebre alta y se había despertado alrededor de una semana más tarde: confundido, estúpido, sus instintos, normalmente veloces como el rayo, aletargados. Sus reacciones estaban adicionalmente embotadas porque la lujuria tronaba en sus venas. Un hombre no podía pensar claramente cuando estaba excitado. Toda su sangre estaba siendo absorbida hacia una parte de su cuerpo, y aunque era una de sus mejores partes, la calma y la lógica ciertamente no la caracterizaban.
Lo último que recordaba, antes de despertar con la muchacha inglesa tumbada tan lascivamente encima de él, era que había estado corriendo hacia el lago pequeño en el valle detrás de su castillo y sintiéndose inusualmente cansado. Desde allí, sus recuerdos eran borrosos. ¿Cómo había acabado en una caverna, a un viaje de tres días de distancia de su casa? ¿Por qué no podía recordar cómo había llegado? No le parecía haber sufrido daño alguno; ciertamente, se sentía saludable y sano.
Luchó por recordar por qué había corrido hacia el lago. Hizo una pausa, mientras una marea de recuerdos fragmentados caía en olas sobre él.
Un sentido de urgencia… incienso… un coro de voces distantes… y los trozos de conversación: Él nunca debe ser encontrado, y una respuesta curiosa, lo esconderemos adecuadamente.
¿Su inglesita había estado allí? No. Las voces habían tenido un acento curioso, pero no como el de ella. Rápidamente descartó la posibilidad de que ella tuviera algo que ver con su aprieto. No parecía una muchacha brillante, ni particularmente fuerte. Aún así, una mujer de su belleza no necesitaba serlo; la naturaleza le había dado todos los dones que necesitaba para sobrevivir. Un hombre usaría todas sus habilidades como guerrero para proteger a tal lujuriosa beldad, aunque fuera sorda y muda.
—¿Estás bien?— la inglesita lo golpeó suavemente en el hombro—. ¿Por qué te detuviste?, y por favor no dejes que la luz se apague. Me pone nerviosa.
Ella era caprichosa como un potro. Edward presionó el botón diminuto otra vez y se sobresaltó sólo suavemente en esa ocasión cuando la llama surgió.
—¿El mes?— él preguntó toscamente.
—Septiembre.
Su respuesta lo golpeó como un puño en su estómago: la última tarde que él recordaba había sido el decimoctavo día de agosto.
—¿Qué tan cerca de Mabon?
Ella lo evaluó extrañamente, y su voz estaba tensa cuando dijo:
—¿Mabon?
—El equinoccio de otoño.
Ella se aclaró la voz con inquietud.
—Hoy es diecinueve de septiembre. El equinoccio es el veintiuno.
¡Cristo, había perdido casi un mes! ¿Cómo podía ser? Consideró cuidadosamente las posibilidades, ordenando y descartando hasta que encontró una que lo horrorizó, porque en apariencia era la única explicación que se adaptaba a las circunstancias: una vez que había sido atraído hacia el claro, había sido secuestrado. Pero asumiendo que había sido secuestrado, ¿cómo había perdido un mes entero?
El cansancio excesivo anormal que había experimentado mientras corría hacia el valle, repentinamente tuvo sentido. ¡Alguien lo había drogado en su castillo! De esa manera, sus secuestradores habían logrado llevarlo, y aparentemente lo habían mantenido drogado.
Y alguien podría igualmente regresar entonces a la caverna para obligarlo a dormir otra vez. No encontrarán tan fácil capturarme una segunda vez, juró silenciosamente.
—¿Estás bien?— ella preguntó con vacilación.
Él negó con la cabeza, sus pensamientos sombríos.
—Ven— indicó antes de llevársela a rastras tras de sí.
Ella era tan pequeña que habría sido más fácil lanzarla sobre su hombro y correr con ella, pero tenía la sospecha de que la muchacha se resistiría ruidosamente a tal tratamiento y no necesitaba perder el tiempo discutiendo. La joven era de finos huesos y menudita, pero peliaguda como un jabalí hambriento. Era también exuberantemente curvilínea y estaba escandalosamente vestida y agitaba un caldero de deseos lujuriosos en él.
La miró por encima de su hombro. Quienquiera que fuera, de dondequiera que fuera, estaba sola cerca de un hombre, lo que quería decir que iría a casa con él. La muchacha hacía a su corazón martillar y su sangre rugir. Cuando había despertado para encontrarla encima de él, había respondido ferozmente. Desde el momento en que la había tocado, había sido renuente a dejar de empujar, de deslizar sus manos arriba de sus piernas sedosas, cautivado por la imagen de que tal vez ella no tuviera vello en todo el cuerpo.
Se enteraría tan pronto como su aprieto se lo permitiera.
En las feroces Highlands de Escocia, la posesión era nueve décimas partes de la ley, y Edward McCullen era la décima parte restante: Edward era brehon, o legislador. Podía recitar el linaje de su clan hacia atrás por milenios, directamente hasta los antiguos druidas irlandeses del Tuatha De Danaan, un hecho digno de un bardo Druida. Nadie cuestionaba su autoridad. Había nacido para dominar.
—¿De dónde eres, inglesa?
—Mi nombre es Bella Swan— dijo ella rígidamente.
Él repitió su nombre.
—Ese es un buen nombre; Swan es irlandés. Soy Edward McCullen, laird de los Culpen. Mi gente tuvo su hogar en Irlanda por muchos siglos, antes de tomar estas Highlands como nuestra casa. ¿Conoces mi clan?
¿Por qué había sido secuestrado? Y una vez tomado, ¿por qué no lo habían asesinado? ¿Qué habría hecho su padre ante su desaparición? Luego un peor pensamiento se le ocurrió: ¿estaba su padre todavía vivo y sano y salvo? El temor por la seguridad de su padre lo capturó, y repitió su pregunta impacientemente.
—¿Tienes noticias de mi clan?
—Nunca he oído de tu cl… familia.
—Debes vivir cerca de la frontera. ¿Cómo viniste aquí?
—Estoy de vacaciones.
—¿De qué?
—Vacaciones. Estoy de visita— aclaró.
—¿Tienes clan en Escocia?
—No.
—Entonces, ¿a quién haces una visita? ¿Quién te acompaña?—. Las mujeres no viajaban sin escolta o clan, y seguramente no se vestían como ella. Aunque había anudado una tela azul alrededor de su cintura antes de que hubieran dejado la caverna principal, no podía ocultar sus escandalosas prendas de ropa interior. La mujer no tenía vergüenza en absoluto.
—Nadie me acompaña. Soy una chica grande. Viajo perfectamente bien yo sola.
Había una nota desafiante en su voz.
—¿Tienes algún miembro vivo en tu clan, muchacha?— preguntó él más amablemente. Quizás su familia había sido masacrada y ella exhibía su cuerpo a su pesar, con la esperanza de encontrar un protector.
Se comportaba con la bravuconería inflexible de un cachorro de lobo huérfano, condicionado por el salvajismo y la inanición a lanzar una dentellada a cualquier mano, sin importar que pudiera contener comida.
Ella lo miró furiosamente.
—Mis padres están muertos.
—Och, muchacha, lo siento.
—¿Tú no deberías estar ocupado tratando de encontrar una salida?— la joven cambió de tema velozmente.
Él encontró ese despliegue de dureza, afectado como estaba por una mujer tan obviamente pequeñita e indefensa, realmente conmovedora. Era obvio que la pérdida de su clan era todavía algo de lo que le resultaba difícil hablar, y estaba lejos de su intención apresurar una discusión sobre eso. Él conocía demasiado bien el dolor de perder a alguien amado.
—Och, pero si está precisamente adelante. ¿Ves la luz del día filtrándose a través de las piedras? Podemos abrirnos paso allí.
Él dejó que la llama se apagara, y fueron tragados por la oscuridad, quebrada por unos cuantos chorritos delgados de luz a una docena de yardas de distancia.
Cuando se acercaron más, Bella divisó con incredulidad los escombros bloqueando el túnel.
—Ni siquiera tú puedes mover esas piedras colosales.
Edward la miró. Ella sabía tan poco acerca de él. La única pregunta era si él usaría sucuerpoo o sus otras… artes. Ansioso por abandonar la caverna, supo que usar sus habilidades druidas sería la forma más rápida de salir.
También sería la forma más rápida de asegurar que él nunca la metería en su cama. Un despliegue de tal poder sobrenatural había alejado de su vida a tres prometidas. La cuarta había sido asesinada dos semanas atrás... no, enmendó, un mes y medio atrás si estaba verdaderamente en Mabon… con su hermano Edmund, quien la había escoltado hacia el Castillo Cullen para la boda. Cerró sus ojos contra una naciente ola de pena.
Todavía se sentía como si fueran dos semanas para él.
Nunca había conocido a su futura esposa. Aunque se apenó por su muerte, por la pérdida de una esposa potencial, lo apenó más el final abrupto de una vida tan joven, no la mujer en sí misma.
Edmund, por otra parte… Ah, esa era una pena amarga y ardiente dentro de su pecho. Él cerró los ojos firmemente, acorralando el dolor para encargarse de él después.
Desde que su hermano había muerto, era aún más crucial que él engendrara un heredero. Y pronto. Él era el último McCullen sobrante para engendrar hijos.
Recorrió especulativamente con la mirada a Bella.
No. No usaría magia druida para mover las piedras en su presencia.
Estudió el bloqueo de piedras por unos pocos instantes antes de emprender un asalto físico simple. Pero no metió simplemente sus brazos en el trabajo: metió su cuerpo entero en él, consciente que ella se había dejado caer de rodillas en el piso del túnel y observaba cada movimiento. Él podría haberse doblado un poco más de lo que era necesario, pero era para demostrar qué premio ella podría disfrutar en su cama. La anticipación era una parte importante de los juegos de alcoba y aumentaba la satisfacción final de la mujer inconmensurablemente. Nunca podría decirse que él no era un amante experto y atento. La seducción comenzaba mucho antes de que él quitara la ropa a una mujer. A las mujeres podría no gustarles el pensamiento de casarse con él, pero competían por el placer de compartir su cama.
Excavar era una pérdida de tiempo. Observando cuán apretadamente las piedras estaban apiñadas, las hendiduras entre ellas selladas con el polvo de los años, él especuló que esa rama del túnel había colapsado hacía mucho tiempo y pasado al olvido. Cavó y sacudió las rocas más pequeñas antes de fijar su atención en las mayores, usando su hacha como palanca para empujarlas y hacerlas rodar. En poco tiempo, había despejado un pasaje pequeño. El follaje grueso camuflaba la abertura, y podía ver que el túnel había sido abandonado. Lo que una vez había sido una entrada yacía aislado entre grandes rocas redondas y al amparo de las zarzas. ¿A quién se le ocurriría buscar una caverna en tal lugar? Era evidente que él no había sido introducido por ese túnel. Tanto follaje no podía haber crecido en un mes.
Él la miró por encima de su hombro. Ella levantó una mirada culpable de sus piernas, y él sonrió abiertamente.
—No tienes nada que temer— la reconfortó—. Liberarnos es fácil. Pero la caminata será fatigosa.
—¿Qué caminata?
Él no se molestó en contestarle, sino que regresó a su trabajo. Mientras más pronto salieran, más pronto podría dedicar su atención a seducirla. Por supuesto, tenía que ocurrir mientras viajaban de regreso a su castillo, pues no se arriesgaría a perder el tiempo.
Después de ensanchar la abertura, usó su espada para hacer tajos a través del denso matorral que ensombrecía la entrada. Cuando finalmente había despejado un pasaje que estimó lo suficientemente seguro para permitirles pasar, ella se apresuró a ir a su lado. Se percató de que ella escaparía por la abertura y correría a toda velocidad lejos de él, si le diese la oportunidad.
—Da un paso atrás mientras lo atravieso— ordenó.
—Las damas primero— dijo ella dulcemente.
Él negó con la cabeza.
—Te alejarías más rápido que una liebre si fuera tan tonto—. Él asió sus hombros y la jaló un poco—. Te desaconsejaría que huyeras de mí. Te atraparía fácilmente, y la persecución sólo me incitaría—. Cuando ella trató de sacudirse sus manos fuera de sus hombros, él dijo—: ¿Es esta la manera en la cual me agradeces por liberarte?— bromeó—. Me podrías conceder una recompensa por mis esfuerzos.
Él reposó su mirada sobre sus labios, dejando en claro qué regalo tenía en mente.
Cuando ella se los mojó nerviosamente, el hombre dejó caer su cabeza más cerca, tomándolo como señal de docilidad.
Pero la contradictoria muchacha aplastó sus palmas pequeñitas en sus mejillas y lo mantuvo a raya.
—Muy bien. Ve primero, entonces. La edad antes que la belleza— agregó dulcemente.
—Muchacha arrogante— dijo él con un bufido, admirando a regañadientes su audacia—. Dame tu bolsa—. Después de producir el asombroso fuego desde adentro de eso, confiaba en que ella no trataría de huir de él sin su preciada posesión.
—No te daré mi mochila.
—Entonces no te moverás— dijo él rotundamente—. Y no sé por cuánto tiempo resistiré aquí, en tal proximidad tentadora…
Ella lo golpeó en el pecho con la mochila, duramente, y él rió. Las mejillas de la chica se sonrojaron cuando el hombre dijo:
—Qué genio, qué genio, inglesita. Eso es verdaderamente más adecuado para ti—. Qué fiera tan adorable era, apenas más alta que un niño, pero voluptuosamente curvilínea y lo suficientemente mayor para el placer carnal.
Sí, él la llevaría de regreso al Castillo Cullen; tal vez resultaría ser una compañera agradable, tal vez más... tal vez podría ser su quinta prometida, pensó sardónicamente, y quizá realmente la llevaría hasta el altar. Nunca había encontrado a una mujer que no se amedrentara ante él. Era refrescante. Con su altura y tamaño, sin mencionar los rumores que circulaban acerca del McCullen en las Highlands, a menudo atemorizaba a las muchachas.
Él se arrastró a través de la abertura, luego tomó las manos de la chica y la ayudó a gatear a través del hueco, disfrutando la sensación de sus pequeñas manos en las de él. Trasladando su apretón hacia su cintura, la sacó. No la puso sobre sus pies de inmediato, sino que miró desafiantemente sus ojos mientras la deslizaba hacia abajo rozando su cuerpo, disfrutando del empuje firme de sus pezones contra su pecho. La fricción era deliciosa, y él sintió que las rodillas de la mujer se tambaleaban por un momento antes de que ella pudiera enderezarse.
Si la retirada era la medida de su deseo, entonces ella lo deseaba ferozmente. Se alejó de él con una expresión alarmada en el momento en que los dedos de sus pies tocaron la tierra. Él clavó los ojos en sus pezones, sus cumbres ahora endurecidas bajo su chemisse. Ella bajó la mirada y provocativamente cruzó sus brazos a través de sus preciosos pechos, enseñando los dientes en un enfurruñamiento pequeño y feroz. Él se rió, porque ella logró sólo empujar los montículos generosos más juntos y levantados, aumentando diez veces su deseo de enterrar la cara en su regordeta hendidura.
—Dije que no corras de mí— le acordó—. No podías esperar dejarme atrás—. Él la miró de arriba a abajo. Su piel —y él veía una cantidad espléndida de ella— era suave y sin cicatrices, sin signos de enfermedad. Su cintura era delgada, su vientre tenía la oleada leve que él adoraba en una chica, y aunque sus caderas eran exuberantes, sospechó que nunca había tenido un niño. La luz brutal del día, a menudo poco halagadora para una chica, esta vez no le rendía sino tributo, y él refrenó un gemido. No se había sentido tan intensamente excitado por una mujer en toda su vida.
—Deja de mirarme de esa manera— ella contestó bruscamente.
Su mirada chocó con la suya; ella tenía ojos del color de un salvaje mar escocés, y había evidencias claras de una tormenta fraguándose en las heladas profundidades azules.
—¿Por qué eres tan espinosa, inglesita? ¿Es porque soy escocés?
—Es porque eres arrogante, mandón y agresivo.
—Soy un hombre— él contestó con demasiada facilidad.
—Si los hombres tienen permiso de comportarse de una manera tan atroz, ¿cómo deben actuar supuestamente las mujeres?
—Agradecidas. Y en mi clan nos gusta que sean exigentes en la cama— él agregó con una sonrisa. Cuando la mirada de ella se hizo aún más fría, dijo—: No sabes responder adecuadamente a una broma. Cálmate, Bella Swan, no busco sino aliviar tus miedos. No necesitas temer nada, muchacha. Cuidaré de ti, a pesar de tu mala disposición. Aún hasta los ingleses pueden aprender. En ocasiones— agregó, simplemente para provocarla.
Ella gruñó —realmente gruñó— quedo en su garganta, como si él la hubiera irritado de tal manera que nada le gustaría más que patearlo. Y se encontró esperando que ella lo hiciera: ansiaba una excusa para pelearse con ella y colocar su cuerpo suave bajo el de él. Entonces la haría gruñir quedo en su garganta por una razón enteramente diferente: un gemido de deseo mientras él se sepultaba entre sus muslos.
Pero lenta de entendimiento como podía ser, tuvo mejor criterio que provocar un contacto con él: lo podía ver en sus ojos llenos de tormenta. Su falta de inteligencia no parecía haber excluido el sentido común. Él hizo una respiración profunda de aire fresco y sonrió. Estaba libre de la caverna, vivo, y pronto estaría en casa. Descubriría a los traidores y se premiaría a sí mismo con la inglesa llena de energía. La vida era exquisita, pensó el laird de los McCullen.
Dios tonto arrogante! Juzgando que no es inteligente, idiota estúpido él! Aunque haber chicas difamen si este Edward no esta todo sexual ahhhh dan ganas de que lo deje meterse entre mis muslo sin chistar nada malo jejejej
Ya ya ya lo siento, no pude contenerme pero es que no hay manera de no caer en su sseducción
