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LA MADRE DE ÉL
Lo reconozco, mi mujer me hace siempre la maleta. Pero no es una cuestión de que yo no quiera hacerla, es una cuestión práctica. Sora consigue ordenarla de tal forma que parece que triplica su capacidad. Ya es algo tan común que Sora me haga la maleta que ni me molesto en supervisar lo que mete en ella. Además así, siempre me encuentro agradables sorpresas en su interior: como mi camiseta de dormir impregnada con su perfume en los viajes largos, o una nota con palabras cariñosas en los viajes cortos. También listas de la compra en los muy, muy cortos.
Sin embargo, pese a que esto ya es una cotidianidad jamás olvidaré la primera vez que mi entonces novia me la hizo. Por supuesto, como casi todas las cosas que hacía Sora por los demás, lo hizo sin esperar que nadie se lo pidiese.
Tenía la cabeza en otros asuntos como para darme cuenta de que se había dedicado a sacar mi escasa muda de la bolsa para doblarla, ya que según ella, un bolo arrugado, no era una clase de doble. Más adelante valoraría esa dedicación y hasta el hecho de que no le avergonzase ocuparse de mi ropa más íntima, pero entonces, como tantas otras cosas que ella hacía por mí, no supe cómo encajarlo.
—No tienes que hacer eso, no es necesario.
—No me importa hacerlo.
Ella me dedicó su sonrisa más sincera, más maternal, pero en ese tiempo yo aún tenía un muro que se endurecía precisamente con esa clase de sonrisas.
—No quiero que lo hagas.
Sora me miró intimidada y dejó mi ropa de inmediato. Por suerte, esa mirada solo la encontré en contadas ocasiones al principio de nuestra relación, cuando todavía tenía reacciones que ella consideraba inesperadas. De esa forma un poco brusca desactivé momentáneamente eso que tanto miedo me daba. A pesar de lo mucho que me había abierto con Sora durante estos más de diez meses de relación, a pesar de lo mucho que me había esforzado en ser sincero desde que conocí a Gabumon, esa parte de mí todavía me costaba abrirla. Todavía me costaba asumir los cuidados de alguien, todavía mi consigna era yo cuido de mí mismo para así no necesitar a nadie más.
Sin embargo, era mentira porque no solo quería cuidar de mí mismo, también a los demás. A mis amigos y a mi familia, a mi hermano y por supuesto a la mujer que amaba, por eso fui incapaz de soportar esa mirada por más tiempo. No recuerdo que dije pero ella aceptó mis disculpas y aunque terminamos de doblar mi ropa esta vez juntos, no lo recuerdo como un momento cómodo. Yo estaba tenso y ella, supongo que no quería volver a molestarme y por ello se mantuvo en el más absoluto silencio.
Cuando fui a por mi neceser noté que ella quería decirme algo pero no llegaba a atreverse y eso me hizo sentirme vacío. Quería que ella tuviese toda la confianza conmigo para decirme cualquier cosa, aunque supongo que había temas en los que no lo ponía fácil.
No sé si quería escucharla realmente, porque en aquel tiempo seguramente sus palabras volviesen a incomodarme. Seguramente por eso ella estaba tan cauta, pero la animé. Recuerdo que ella se mostró reticente pero finalmente habló:
—Es solo que... Takeru tiene aquí ropa y su neceser de continuo… —suspiré, haciendo un gran esfuerzo para no enojarme, tal y como me había prometido a mí mismo. Solo se preocupaba por mí, solo me quería cuidar—. ¿No sería más fácil que tú también tuvieses alguna cosa en su casa?
Creo que fui capaz de esbozar hasta una sonrisa, que evidentemente Sora descubrió como falsa. Es la misma que le pongo ahora cuando le juro y le perjuro que los niños han comido sus verduras. Mentira. Galletitas de dinosaurios es lo que comen esos monstruitos chantajistas.
—Él viene aquí mucho más que voy yo allá.
—Quizá así irías más a menudo.
Nuestras miradas se cruzaron pero como de costumbre cuando se hablaba de este tema la mía debió ser demasiado intimidatoria porque Sora la apartó con celeridad. Intenté quitarle importancia. Sora era mi felicidad y no quería que nada en absoluto lo empañase.
—No me lo han pedido.
Recuerdo que me impactó que Sora rio y me miró con una mezcla de ternura e incredulidad. De una forma que me sorprendía y me enamoraba.
—¿Siempre te tienen que pedir todo, Ishida?
Y fue la primera vez que me llamó por mi apellido con ese tono. Un tono provocador y divertido, un tono que desprendía absoluta confianza y me gustó. Por supuesto mucho más que el tono con el que había dicho hasta entonces mi apellido. En contadas ocasiones, antes de que fuésemos amigos siquiera. Más tarde descubriría otro tono para mi apellido que sin duda sería mi favorito para siempre, pero este no era el caso, ella estaba vestida.
En cualquier caso, no pude evitar contagiarme de su risa. Porque tenía razón. Siempre permanecía a la espera, me atemorizaba ser rechazado y herido. Me pasó con Sora, me pasaba con mi madre.
La tomé de las manos: suaves y cálidas, y la abracé. Me enterneció su rubor mientras aspiraba el aroma de su pelo, ese al cual ya me había acostumbrado a pesar de que había cambiado de acondicionador en los últimos meses. No me importaba porque seguía siendo ese aroma el cual siempre reconocería. Seguía siendo Sora, la chica que me pidió salir y me estaba enseñando a amar.
—Intento ser cauto.
Aún siento la forma en la que me acarició. Deslizando sus dedos por entre mi pelo entonces largo. La forma en la que me miró, bueno, esa la sigo viendo cada día.
—A veces uno mismo tiene que dar el primer paso.
Me gustaba salir con Sora, me gustaba tenerla entre mis brazos y aunque pusiese muecas raras, me gustaban sus consejos. Me gustaba sentirme amado, cuidado.
Ella se despegó por mi movimiento.
—Es difícil si no sabes hacia donde debes darlo.
No sabía exactamente lo que deseaba en ese momento. No sabía si quería mantenerla al margen o adentrarla. Ahora sé el motivo de mi siguiente proposición. Sé que necesitaba su ayuda.
—¿Por qué no vienes a cenar? —lo enmascaré en un tono de indeferencia. Como si no significase nada, como si no fuese mi gran esperanza que Sora pudiese ser ese puente que no era capaz de extender hacia mi madre.
Ella me sonrió como si de alguna forma supiese que ese iba a ser mi siguiente paso. Nunca se lo pregunté pero ahora puedo asegurar que creo que sí lo sabía. Ya entonces me conocía.
…
Fueron segundos los que estuvimos parados ante la puerta pero yo los sentí como horas y Sora es posible que como días. Ella había estado muy animada durante el camino, aunque su tema de conversación sobre los mágicos colores de los árboles en otoño (la estación que más le inspira) no podía estar más alejado de la realidad y era que iba a presentarse en casa de mi madre como mi novia. Tampoco llevábamos mucho tiempo siendo novios pero sí el suficiente siendo amigos como para saber que cuando Sora evitaba un tema era porque le producía inseguridad abordarlo. Y pese a todo, ella una vez más llevó la iniciativa.
Antes de que pudiese decidirme a sacar la llave Sora decidió por mí tocando el timbre. Ella no tenía por qué saber que tenía llave. Takeru me la había dado cuando se mudaron a Odaiba y no era la clase de datos que compartía con nadie. Él dijo que nuestra madre había estado de acuerdo pero nunca la llamé para confirmarlo. Agradecí que Sora tomase la decisión más lógica de llamar, porque de lo contrario yo no habría sido capaz de abrir aquella puerta con esa llave sin sentirme un intruso.
Mentiría si diría que recuerdo la cara que puso mi madre e incluso Sora cuando se encontraron frente a frente, pero lo que sí recuerdo fue la mirada que me dedicó. Quedó grabada a fuego porque a fin de cuentas era lo que desprendían sus ojos. En cuanto tuvo oportunidad me aclaró que debería haber avisado a mi madre de que ella venía, sin embargo, si no era capaz de llamarla para su cumpleaños, ¿cómo pretendía que fuese capaz de llamarla para pedirle un plato más en la mesa? Obviamente esa respuesta no salió de mi mente hasta años después. En esa ocasión tan solo bajé la cabeza y resoplé. Me alivió al menos no encontrarme el mismo regaño por parte de mi madre. Todo lo contrario, mi madre siempre era amable y considerada con los amigos de Takeru. Y Sora era una persona demasiado querida para mi hermano y eso siempre se reflejaba en la mirada de mi madre.
Bueno, o eso era lo que pensé entonces, que la miraba con tanto cariño por ser la chica que cuidó de su pequeño en el Digimundo.
—¿Y Takeru?
Llevaba utilizando la estrategia de resguardarme en Takeru para no afrontar a mi madre demasiados años como para que ese día fuese diferente. No estaba en casa, mi madre habló algo sobre un partido de basket y una pizzería. En realidad no me sorprendió, porque Takeru llevaba utilizando la estrategia de juntarme con mi madre con artimañas demasiado tiempo también.
Me sentí engañado, incluso utilizado y busqué a Sora y al ver su rostro de preocupación fui consciente de la fuerte que estaba apretando el puño y de lo injusto que estaba siendo. A fin de cuentas yo iba a utilizarla a ella. Resguardarme en Sora para no tener que quedarme a solas con mi madre.
—¿Quieres dejarlo para otro día?
Aflojé el puño y la tensión al escuchar la petición de mi madre. Reconozco que en otro momento habría creído que eso sería un alivio para ella pero entonces me negué a pensarlo. No podía tener esa clase de pensamientos teniendo a Sora a mi lado. Debía hacerlo por ella.
—No. Está bien así.
Sora sonrió creo que orgullosa de mi decisión y en ese momento fue suficiente para sentirme satisfecho. Mi madre también sonrió pero en aquel tiempo la sonrisa de mi madre seguía haciéndome daño. Seguía creyendo que nunca eran para mí.
La casa de mi madre era muy diferente a la mía y Sora no tardó en darse cuenta. Tenía muebles más ostentosos (demasiado franceses para mi gusto) y al contrario que la decoración de mi casa, que se basaba en póster de roqueros y de motos, ella tenía piezas con gran estilo. Ese día descubrí que a Sora le interesaban todas esas piezas tan occidentales, así como el arte abstracto a juzgar por la charla que mantuvieron respecto a uno de sus cuadros. Ese que precisamente ahora cuelga en el estudio de Sora. No estoy seguro de cuando se lo regaló, quizá durante alguno de mis largos viajes.
En cualquier caso, me sorprendió esta nueva faceta de Sora. Era todo diferente a su casa, quizá por eso le llamó tanto la atención y quizá por eso pide asesoramiento a mi madre siempre que quiere comprar un mueble o una pieza de decoración occidental, así como mi madre siempre le pide opinión cuando quiere algo más tradicional. Es posible que fuese en esa primera cena juntas cuando empezó esta estrecha relación de asesoramiento de decoración entre ellas y ahora me hace gracia recordarlo pero entonces me preocupó. Todavía no estaba seguro de que clase de relación quería que Sora tuviese con mi madre. Todavía mi madre formaba parte de algo demasiado doloroso. Sora era un bálsamo para todo lo que me hacía daño y por ello no estaba seguro de querer involucrarla en esta parte de mí.
Pero obviamente poco importaba lo que yo quisiese porque Sora era una persona libre, que tomaba sus propias decisiones. Siendo honesto sé que si le hubiese pedido espacio con este tema, ella me lo hubiese concedido. Lo sé por las miradas que me dedicaba cada poco rato mientras hablaba con mi madre. Era una especie de permiso que yo no sé si se lo concedí conscientemente pero supongo que sí inconscientemente. Porque cuando ella sonreía y devolvía la atención a mi madre, me daba cuenta de que era porque yo también estaba sonriendo.
No habría recordado lo que cenamos si no hubiese sido por el inocente comentario de la que ahora es mi mujer y entonces mi fácil de sonrojar novia.
—Yamato cocinó este plato la primera vez que me hizo la cena.
Mi novia se ruborizó, sí, pero no tanto como yo al escuchar la contenida risa de mi madre. Quizá entonces ya no tanto, pero pasé toda mi infancia pensando que cualquier cosa referente a mí sería algo incómodo para mi madre, al igual que lo era para mí cualquier cosa que procediese de ella. Pero en ese momento, por primera vez sentí que de verdad podía estar equivocado. Sentí su risa cómplice, me agradó ese sonido y lo que me molestó fue que no se sintiese libre para hacerlo más fuerte.
Ahora sé que era porque tenía miedo a molestarme. Pero era mi madre, está bien si me molesta. Es algo que hacen los padres o sino preguntad a mis hijos.
Regresando a la cena, obvio esa fue otra de las cosas en las que mi madre y mi mujer conectaron de inmediato. Adoraba la comida de mi madre porque era una mezcla de lo tradicional con lo exótico del occidente, como era ella. Y Sora siempre sintió una gran curiosidad por todo aquello. No por algo soy el orgulloso esposo de la diseñadora de éxito que fusionó lo tradicional con lo moderno. Supongo que de alguna manera fusionó lo que admiraba de su madre y lo que la admiraba de la mía.
Fue extraño para mí que Sora hubiese descubierto esas cosas tan pronto. En ese tiempo yo no creía que mi madre tuviese nada admirable. En ese tiempo seguía queriéndola ver tan solo como la madre de mi hermano. Sin embargo, para Sora ya era mi madre y supongo que veía cosas de mí en ella y cosas de ella en mí. Como esa receta de mi madre que quise hacerle a Sora la primera vez que cociné para ella.
—No me salió tan bien —murmuré y aunque sé que me escucharon, ninguna dijo nada.
No recuerdo mucho más de la conversación, solo sé que no intervine demasiado y que ahora tampoco pienso en ello como algo realmente incómodo, aunque es posible que entonces sí me lo resultase.
Lo que sí recuerdo detalladamente fue la cena, como he dicho antes, y sobre todo el postre. Francés, como no.
—¿Tarta Tatín?
Creo que esa noche descubrí también hasta que punto le gustaba a Sora la repostería francesa.
—Es una historia curiosa su origen…
Y mi madre se la contó y a Sora le pareció de lo más divertido ese hecho. Cómo para ocultar un error esas hermanas crearon una tarta invertida que se convirtió en símbolo de la repostería nacional. O por lo menos esa era la leyenda. Se podía decir que hasta de las malas decisiones salía algo bueno. Ahora lo pienso y creo que es verdad pero entonces la actitud de las muchachas me parecía deshonesta, claro que no di mi opinión ante las dos mujeres. A Sora le había encantado la historia y no quería que perdiese la sonrisa por la radical percepción de la vida que tenía a esa edad.
—Me encantaría ir a París, ¿tú has estado, Yamato?
—Ah… sí de pequeño.
—¿Lo recuerdas? Apenas tenías tres años.
Observé a mi madre. Tenia una mueca extraña, claro que entonces todas sus muecas me parecían extrañas o para ser más precisos: desconocidas.
—Tenía seis años —repliqué sin pararme a pensar en nada más.
Mi madre me miró muy detenidamente y yo le mantuve la mirada. Estaba seria, ella es una persona seria, pero de repente sonrió.
—Tres Yamato, tenías tres —y dio por concluida la pequeña disputa como si estuviese en posesión de la más absoluta verdad, mientras se levantaba en busca del postre
En realidad estaba en lo cierto y lo supe cuando años después uno de mis progenitores (mi padre) me comentó, obviamente sin que yo se lo pidiese, que fue en París donde mi hermano fue concebido.
Pero regresando a mi confusión del momento, lo que más feliz me hizo fue ver la mirada de Sora sobre mí y esa sonrisa orgullosa que me dedicó. No por nada había sido la conversación más larga que había tenido con mi madre en toda la cena. Tal vez era un sentimiento tonto pero empezaba a sentirme orgulloso de mí mismo también. Empezaba a sentir que esto quizá pudiese convertirse en algo rutinario e incluso que estaría bien.
Pero por si algo recuerdo ese postre francés no fue por nada de lo anterior sino por la maldición que escuché de mi madre. Casi me hizo recordar momentos amargos de mi infancia cuando había gritos y maldiciones en su voz, pero faltaba la voz masculina dándole la réplica. Creo que fui yo el primero en reaccionar pero al llegar a la cocina Sora se me adelantó. Yo me había quedado en la puerta como una estatua, viendo esa tarta desparramada en el piso, mientras mi madre se sujetaba la mano.
Hay que tener cuidado al voltear una Tarta Tatín, es muy fácil quemarse, por eso el primer regalo que le hice a Sora después de esa cena fueron unas manoplas con triple recubierto térmico. Y por eso mis hijos tienen prohibido meter sus naricillas en nada que esté en el horno por muy rico que huela.
Pero entonces no supe reaccionar, era mi madre la que se había quemado y yo no sabía qué hacer. Con Takeru siempre había reaccionado de inmediato, con cualquiera de mis amigos, incluso con Sora. Pero con mi madre me sentía confuso. No sabía cómo debía cuidarla y eso me hacía sentirme impotente. Sora fue la que reaccionó y tras varios minutos viendo su cura por fin se me ocurrió hacer algo útil como recoger la tarta esparcida.
—Es una pena, tenía una pinta deliciosa —dijo Sora.
Mi madre no dijo nada. Se limitó a sonreír pero esta vez sí supe percibir lo que trasmitía. Estaba triste.
—¿Estás bien mamá? —me salió sin pensar. No quería verla triste, no quería causarle preocupación.
—Ha sido leve y Sora lo curó muy bien. No te preocupes —se volteó a mi novia. Ella no quería que yo me preocupase. Ella no quería ser débil. Aunque entonces, tampoco supe interpretarlo así—. Puedes probarla otro día que vengas a cenar.
Sora me miró divertida. No la entendí de inmediato, estaba demasiado ofuscado tratando de entender a mi madre. Pero sí, me estaba diciendo que debería llamar a mi madre avisando de su presencia en la cena la próxima vez. Así, se aseguraría probar esa deliciosa tarta.
Después de eso, solo recuerdo que Sora y yo recogimos la mesa, aunque luego pensé que deberíamos haberle dejado a Takeru el ingrato trabajo de fregar los platos por su deliberado plantón.
—No es necesario.
—Tú has hecho la cena. Es lo justo.
—Además, te acabas de quemar la mano. Déjanoslo a nosotros —añadió Sora.
Sora siempre quería fregar los platos cuando yo cocinaba para ella pero yo no le dejaba y ella me recriminaba por no cumplir mi propia norma. Finalmente nos conformábamos haciéndolo juntos. Así fue al menos en nuestra idílica adolescencia. Ahora en cambio, a veces una de las notas que me encuentro en mi maleta es «te toca fregar los platos, Ishida». Sí, por el apellido.
Pero regresando a aquella cena, Sora y yo fregábamos los platos cuando mi madre me hizo una pregunta inesperada.
—¿Sigues tocando la armónica, Yamato?
Apenas volteé a verla pero fue suficiente para percibir su mirada perdida en esa gasa que cubría su mano.
Busqué a Sora a mi lado, como si ella debiese responder por mí, no obstante estaba más sorprendida que yo por la pregunta y no parecía que tuviese intención de intervenir. Entendí que me estaba dando mi espacio con mi madre.
Regresé la vista a la vajilla.
—A veces, cuando me lo pide Gabu sobre todo.
—Es de París —me detuve, con las manos bajo el agua—. La armónica, no lo recordarás pero te la compramos en París. Fue después de haber acudido a una tertulia de poesía, tenías una carita tan aburrida que quisimos hacer algo divertido para ti y tu padre recordó lo alegre que te ponías cada vez que él ponía sus discos de blues. Así que fuimos a una tienda de música y la elegiste.
Sí, y después concibieron a mi hermano, pero mi madre lo obvio de este relato y a día de hoy aún sigo agradeciéndoselo. Habría perturbado el maravilloso recuerdo de mi armónica para siempre.
No la miré en aquel momento. No estaba seguro de cómo sentirme pero sí que creía que si la miraba no podría evitar llorar y no quería llorar. Sentía la mano de Sora bajo el agua, tomando la mía. A su lado era tan fuerte que incluso ni las lágrimas me harían sentirme débil. Aún así, aguanté.
—Habríamos vuelto cuando tenías seis años. Preparamos el viaje, quizá eso recordases, pero nunca llegamos a hacerlo. No hubo más viajes —tragué, escuchando la contenida voz de mi madre. Tal vez, si me mirase ella también lloraría. A ella tampoco le gustaba llorar.
Se levantó abruptamente, como si de repente hubiese recordado algo y su tono de voz cambió.
—¡Tu hermano!, ¿dónde se habrá metido?
Y salió para llamarlo y fue entonces cuando devolví el apretón a los dedos de Sora y ambos nos soltamos, sacando las manos de debajo del agua. El tiempo volvía a transcurrir, a pesar de que sintiese un dolor del pasado. Pero, aunque aún no lograse entenderlo del todo, estaba bien que doliese. Me hacía recordar lo mucho que la quería y lo mucho que todavía debíamos curarnos. Y por primera vez tenía el presentimientos de que podría ser de manera mutua.
—Gracias —los ojos de Sora brillaban de una manera especial. Aunque a mí siempre me parece que brillan de manera especial. Por lo menos cuando me mira a mí, a mis hijos y a un diseño finalizado—. Gracias por hacerme formar parte de esto.
Todavía no estaba seguro de lo que formaba parte Sora exactamente. ¿Compartirían recetas en el futuro?, ¿le contaría anécdotas de cuando era bebé?, ¿bordarían juntas ropita para mis hijos?
Entonces no sabía que relación tendrían pero me había dado cuenta de que sí quería que la tuvieran. Quería que nunca existiese algo en mi corazón que fuese tabú para Sora. Quería compartirlo todo, que no quedase dentro nada que pudiese oscurecer mi vida y la familia que algún día formaría con Sora.
Cuando Sora se fue, haciéndome incumplir otra de mis normas de novio como era acompañarla a casa siempre, mi madre me comunicó que el manipulador y estratega de mi hermano concebido en París seguramente con los inocentes sonidos de mis primeras notas a la armónica de fondo, no iba a venir a dormir.
Pero extrañamente, en ningún momento me planteé no quedarme yo a dormir. Entonces me di cuenta de lo mucho que me engañaba a mí mismo diciéndome que lo hacía por mi hermano. No era cierto, lo hacía por mí. Quería a mi madre. Quería conocerla. Quería ser sincero con ella. Había entendido que no era débil ni desleal por desearlo. Tenía derecho a querer tenerlo todo al igual que mi hermano. A mi familia completa. Aunque al contrario que Takeru a mí me costaría mucho más llegarlo a reconocer.
—Es adorable —dijo, cuando yo salía del baño ya con la ropa de dormir. Entendí que se refería a Sora por como miraba la gasa de su mano y porque, obviamente, Sora es la persona más adorable del mundo—. Me alegra mucho que te dejes cuidar por ella.
Y puede que todavía no me lo creyese, puede que aún me entercase en que para mi madre Sora seguía siendo la chica que cuidó de Takeru, de su hijo pequeño. Pero en mi interior me estaba dando cuenta de que esas palabras de cariño estaban dedicadas a mi novia, la chica que cuidaba de mí, de su hijo mayor.
Sí, Sora me cuidaba al igual que yo cuidaba de ella. Y creo que empezaba a estar preparado para asumirlo y disfrutarlo.
—Me alegra mucho que no seas como yo —añadió en un susurro que todavía me duele recordar.
—Mamá yo… —callé, incapaz de continuar la frase. «Puedo cuidarte, deseo cuidarte, déjame cuidarte».
No estaba preparado para cumplirlo, por eso era mejor no prometerlo. Sentí su tristeza y su soledad porque realmente había sido igual que ella. No quería que nadie me cuidase, quería apañármelas solo. Aquella noche empecé a entender algunas de las decisiones de mi madre, pero ella también debía entender mi decisión de cuidarla, de hacerla formar parte de mi vida.
Nunca sé si lo llegó a entender, en realidad nunca llegamos a tener esa conversación vital sobre nuestra relación, nuestras decisiones y nuestros sentimientos. A día de hoy, no es algo que eche de menos de todas formas. Me basta con recordar su mirada de emoción cuando le pedí poder dejar un neceser en su casa, la sonrisa en esas tardes cocinando postres con Sora o en esas cenas con mi hermano en las que Takeru siempre fregó (de eso me encargué yo). Me basta con sentir esa calidez en mi pecho, cada vez que mis hijos corren a los brazos de su abuela.
-OWARI-
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N/A: Hace tiempo que empecé este fic y este capítulo quedó a medio escribir y eso no lo podía dejar pasar porque creo que se lo debía a Yamato y Natsuko :P
Gracias por su paciencia y espero que les parezca aceptable.
Saluditos.
