POR SIEMPRE

Advertencia

Los personajes de Saint Seiya que aquí se mencionen NO son míos, son de Masami Kurumada, un gran hombre. Tampoco la trama del fanfic, que es una historia que leí hace mucho y que adapté un poco para poder utilizarla mejor. Es de su correspondiente autora.

También es seguro que esta historia contenga escenas explícitas yaoi (relación entre hombres) y algo de violencia y tragedia. Sugiero su lectura a mayores de 16 años o a personas con amplio criterio y amantes del yaoi, en especial a esta pareja: Hyoga x Ikki.

Pido de antemano disculpas por las faltas ortográficas o gramaticales que inconcientemente logre cometer o pasar desapercibidas, ya que este fic no tendrá lector de pruebas. Se lo dedico a las grandiosas gentes que prefieren el Ikki uke (ya saben quienes XD). Un abrazo a todos y espero que les guste. Gracias

Ah, lo olvidaba. Disculpen la demora de este capítulo.

Namarië!

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Capítulo 4.- Imposible.

Veinticinco minutos después de la llamada del hombre, Ikki aun no lograba desentrañar el por qué había aceptado la extraña invitación a deshoras. Ni bien había colgado el teléfono, su sentido común volvió con un golpe retumbante en su cabeza. Estaba siendo muy descuidado, y claramente aun no entendía el por qué de sus reacciones con ese rubio de bellos ojos azules.

-Hyoga… -susurró viendo hacia la nada. El nombre le resultaba dolorosamente familiar, causándole una oleada de calor a lo largo de su espalda. Él ya había escuchado ese nombre, ya lo había pronunciado antes.

"No seas estúpido. Eso es imposible. Y si acaso ya lo habías oído fue por ese libro de historias que compraste en la mañana", se contestó la parte lógica de sí mismo, con un dejo de impaciencia. "Y si aceptaste la invitación fue por que ese hombre te atrae, sólo le hiciste caso a tu libido."

Ese pensamiento era el que más o menos convencía a Ikki de que no estaba del todo enloquecido. Ya había pasado bastante tiempo desde que sació por última vez sus bajos instintos y eso señalaba que todo lo demás era simple y puramente deseo.

Pero aun así, los sucesos del día anterior y de ese mismo día eran altamente irreales. Desde su llegada a Nueva Orleáns podía intuir que le esperaban unas vacaciones movidas, pero esta situación no entraba en sus cálculos.

Una brisa fría, proveniente del balcón abierto, le despertó de su ligera ensoñación. Miró el antiguo reloj de pared y se dio cuenta de que ya era hora. Tragó saliva y con un rápido vistazo al espejo, se cercioró de que estaba presentable. No se dio el lujo de arreglarse, era… innecesario. Además no quería que el otro hombre captara una intención errónea, así que vestido con simpleza, salió al balcón a esperar su visita.

Inmediatamente, unos ruidos en lo alto de la calle hicieron que Ikki pusiera su completa atención en el panorama. Eran cascos de caballo.

Sorprendido, vislumbró un elegante carruaje negro, dirigido por un hombre con sombrero que cubría la mayor parte de su rostro con la larga capa de cuello alto. Los caballos se detuvieron frente al hotel, exhalando vaho por las poderosas fosas nasales. Ikki cerró los ojos, ignorando el sentimiento de júbilo que embargaba a su aprehensivo corazón.

Apagó las luces de la habitación, dándole un pequeño beso a la peliverde cabeza que sobresalía debajo de las mantas, rogando con fervor que no se despertara antes de que él regresara. No creía tardar mucho pues sólo iban a hablar, o eso se imaginó mientras bajaba el ascensor y salía a la calle.

Se acercó inseguro al carruaje, mirando de reojo hacia el conductor, dudando en si debía entrar por si solo o esperar a que el hombre bajara y lo incitase a pasar. Pero no fue necesario. Unos pequeños escalones metálicos cayeron súbitamente, abriéndose después la puerta, invitándole silenciosamente a que subiera.

Ikki tomó aire y con su corazón latiendo estrepitosamente en su pecho, entró y miró al hombre sentado en una esquina del cálido interior, que lo observaba intensamente. La pequeña puerta de madera se cerró tras de sí y por unos segundos no pudo moverse ni un centímetro, hipnotizado por los brillantes zafiros del hombre en quien había pensado la mayor parte de su tiempo desde la llegada a esa misteriosa ciudad.

Sus manos enguantadas, que reposaban tranquilas a ambos lados de sus piernas, se cerraron anhelantemente, tratando de arañar el suave terciopelo rojo que cubría los asientos. Ikki lo notó y la emoción hizo que un suave rubor cubriera sus mejillas, agilizando aun más si se podía a su loco corazón. Tanto así, que el moreno temía que esos latidos se pudiesen escuchar a través del singular silencio que se había formado.

-Siéntate. –invitó el rubio, a la vez que el carruaje emprendía su marcha.

El peliazul asintió y dudando por un instante, eligió el lugar delante de él, para así hablar más cómodamente, guardando la distancia necesaria.

-¡Espera! –protestó el hombre.- Siéntate a mi lado.

La petición iba a hacer rechazada por Ikki, pero algo en los ojos del pálido individuo, hizo que cerrara la boca, aceptando lentamente. Esa mirada… era tan profunda que creyó ser atravesado por ella lado a lado. El rostro era joven, pero había un extraño halo de larga experiencia en esas facciones, tranquilas ahora que había aceptado su ofrecimiento. Los ojos tristes, que por ese segundo estaban cerrados, volvieron a brillar en cuanto se dirigieron de nuevo hacia Ikki. Una gran melancolía se desprendía de ellos, como si hubieran vivido muchos años de agonía y sufrimiento. Pero ahora una pequeña llama brillaba en ellos, determinante. Un destello fugaz que desapareció casi inmediatamente, para volver a mostrar el abatido mar azul que eran sus ojos.

-¿Puedo…? –la pregunta se perdió en su garganta y aspiró aire para tomar valor nuevamente.- ¿Puedo abrazarte?

El moreno parpadeó sorprendido y abrió la boca para negarse rotundamente, pero antes de que pudiera hablar, el rubio se acercó hacia él, dirigiendo una mano a sus labios que momentos antes estaban dispuestos a rebatir la petición. Dudó un poco ante el gesto pero no pudo evitar sentir, a pesar de la tela de los guantes blancos y del nulo contacto, la piel que desprendía una inmensa calidez.

-Por favor… te prometo que no haré nada más, te lo juro por lo más sagrado. Pero creo que si no te toco ahora, moriré.

Ikki no pudo negarse, no tuvo corazón. Además su cuerpo pedía a gritos tocar a ese hombre, dejarse rodear por esos brazos fuertes y perderse en ellos. No sentía que su cercanía fuera peligrosa, en cambio, su imponente presencia sólo lo hacía derretirse, seguro de que él nunca le haría daño.

Asintió, mirándole a los ojos. El rubio sólo pudo aproximarse aun más, pasando su brazo sobre los hombros del peliazul, en un abrazo pudoroso.

Pero Ikki fue más allá.

No supo el porqué ni el qué lo había hecho actuar, pero se vio a sí mismo ponerse en pie, sentándose sobre las piernas del extraño y poniendo sus brazos alrededor del cuello pálido, recargando su cabeza en el pecho amplio y agitado.

El moreno sintió al hombre temblar cuando éste respondió al acto y completó el abrazo, rodeando su cintura rápidamente y apretándolo contra sí con todas sus fuerzas, como si la vida se le fuese en ello, como si Ikki se pudiera esfumar al no hacerlo de esa manera. Soltó un audible suspiro y se dedicó enteramente a acariciar su rostro contra los suaves cabellos azulados, aspirando asimismo el aroma de estos.

-Hyoga… -dijo Ikki, hablando por vez primera, haciendo temblar de nuevo al hombre con tan simple palabra. No sabía cómo había surgido ese sentimiento que lo unía a ese individuo que acababa de conocer, pero el lazo era tan fuerte, que sentía que estaba haciendo lo correcto, que era ahí en dónde debía estar, abrazado a él, oyendo el salvaje latir de su corazón a través de la elegante camisa blanca y disfrutando las caricias dulces que le eran obsequiadas.

-Hemos llegado. –susurró el rubio, besando la morena cabeza y alejando de mala gana el hermoso cuerpo de sí. Le alzó la barbilla y observó los ojos azul marino de Ikki, que pudo distinguir un destello de preocupación.- No sé qué tanto sabes y por ello, necesito explicártelo desde el principio. Por favor, por lo que más quieras, confía en mí. Después de esto te llevaré de vuelta al hotel, pero te pido que pongas atención a cada palabra de lo que te voy a decir, ya que es difícil… tanto para ti, como para mí.

Ikki lo miró confundido, pero asintió de nuevo. Se puso en pie deshaciendo finalmente el abrazo, siendo el primero en salir al frío exterior y ahí fue cuando se dio cuenta de que el carruaje se había detenido en un lugar el cual había visitado con su hermano no hacía mucho. Volvió su vista hacia Hyoga como pidiendo una explicación, pero el aludido sólo se limitó a mirarlo gravemente, sin articular palabra.

La luz del lugar era poca, ya que sólo las farolas de la entrada estaban encendidas. Lo único que iluminaba las pequeñas y bajas construcciones que se extendían a ambos lados del camino principal, era la luna. La amplia reja estaba abierta de par en par, esperándolos, dejando entrever innumerables cruces.

Estaban en el cementerio.

-¿Pero qué hacemos aquí? –preguntó el moreno, mirando receloso hacia la solitaria calle. Si pedía auxilio, nadie respondería al llamado. Pero sintió que su mano era tomada y encaró a Hyoga, que lo contemplaba seriamente. El rubio llevó la mano morena a su boca, y besó el dorso, mirándolo en todo momento. Ikki sintió un cosquilleo en su estómago y se sonrojó.

-Confía en mí. –repitió el hombre. El peliazul no pudo más que suspirar y apretar su mano contra la enguantada, que no lo había soltado.

-De acuerdo.

Caminaron por un buen trecho, y para felicidad del moreno, notó que estaba equivocado al pensar que no había luces. Más seguro que antes, se mantuvo a la par de Hyoga, que lo guiaba sin titubear por las interminables callecitas que conformaban el cementerio Lafayette. Iban sin hablar, pero al doblar una esquina, el rubio se detuvo y lo hizo girarse para verlo a los ojos.

-El hotel donde te hospedas tiene una gran historia. –comenzó Hyoga, buscando entendimiento con la mirada y retomando la caminata.- Sabrás que en determinado momento fue un burdel, hasta que un incendio arrasó con la vida de muchos hombres y mujeres.

-Lo sé, aparte de lo que nos contaste en el recorrido, me informé un poco más gracias a un libro que compré hace poco. –Hyoga sonrió tristemente, asintiendo.

-Era un regalo, no tenías que dejar dinero por él. –contestó vacilante. Ikki frunció el entrecejo, aturdido, recordando la extraña forma en que dio con el libro en la tienda.- ¡No digas nada! Lo importante fue que ahora lo tienes, justo como yo quería.

Se detuvieron de nuevo, y la mano enguantada apretó fuertemente la otra desnuda. Era como si a Hyoga le costara trabajo seguir hablando.

-Sabrás el relato del pintor, ¿no es cierto? Pues… se enamoró de un hombre que trabajaba en el prostíbulo. En ese entonces, no eran bien vistas las relaciones de este tipo, pero en esos lugares hay de todo, pues su trabajo es satisfacer a los que llegan ahí. El pintor conoció en esas paredes a su musa, a alguien que le robó el corazón desde la primera vez en que lo vio y decidió plasmarlo en el lienzo. –El rubio comenzó a caminar de nuevo, ante la cara de total atención del moreno.- Al principio fue como una obsesión para el joven artista, pero se dio cuenta de que estaba enamorado perdidamente. En cambio, el hombre llamado Phoenix Kido, sólo pensaba en eso como una de tantas fijaciones que lograba crear en las personas. Pero al final se dio cuenta que no era así.

'Vivieron felices por poco tiempo, y el pintor estaba en su pleno apogeo, firmando sus cuadros con el seudónimo de "Cygnus", logrando un aire de misterio. Puedo decir que su arte aun es venerada por algunos en la actualidad.'

'Pero no todo salió como lo habían planeado, ya que el amor en sí solo, no fue suficiente para convencer a todos los demás, y más aun tratándose de Camus de la Mer. –Hyoga apretó su mano libre e Ikki pudo ver que sus ojos desplegaban un gran odio.- Él era el padre del artista y muy poderoso en ámbito social. Temiendo por su reputación, creó diversos problemas, orillando a los jóvenes a tomar una solución drástica: huir y dejar todo atrás.'

En ese momento, a Ikki le vinieron imágenes que no eran suyas, repletas de lágrimas y confusión. Sintió la desesperación en su propia carne y asustado, sacudió la cabeza ahuyentando así los recuerdos.

-Aun así el destino se opuso, y la misma noche en la que habían planeado fugarse, el burdel se incendió con todos dentro. El pintor llegó cuando las llamas arrasaban el segundo piso, y escuchando el grito de su amado entró al edificio para salvarlo. Pero no llegó a tiempo… y lo rescataron con el cuerpo del modelo entre sus brazos y con las manos quemadas, llorando como nunca.

'Entonces llegó Pandora, una mujer muy poderosa en las antiguas artes y al ver el destino de sus protegidos, lanzó una maldición, que a la vez fue bendición… El pintor no podría morir hasta no encontrar de nuevo en este mundo a su amor perdido.'

El rubio terminó su historia, apretando sus puños fuertemente y deteniéndose frente a un par de tumbas, que según la memoria de Ikki, ya las había visto en el paseo con Shun. Las observó más detenidamente y entreabrió la boca, sobrecogido al leer los nombres de los restos que descansaban allí:

"Phoenix Kido, musa e ilusión; Hyoga de la Mer, amante herido, que esperará por siempre."

-¿Ellos son…? –preguntó el peliazul, arrodillándose para acariciar el mármol blanco con cariño.

-Sí y no. –Hyoga suspiró, atrayendo la mirada del moreno.- El cuerpo de Phoenix está ahí, pero la tumba del pintor está vacía.

-¿Qué? –Ikki se levantó confundido, con las cejas arqueadas y ladeando ligeramente la cabeza, incrédulo ante lo que el otro sugería.- Sea lo que sea… las maldiciones no existen, debe de estar muerto. Hyoga debe de estar aquí, por que él se llamaba como tú, ¿verdad?

El hombre lo siguió observando, sin hacer ningún comentario. Sus ojos melancólicos daban la respuesta a gritos, algo que el moreno ya había presentido desde el inicio de la conversación, desde que había visto la fotografía en ese viejo libro…

-Me sigo llamando Hyoga, mi bello Fénix.