Capítulo 4

El balón de fútbol cruzó la mitad de la cancha improvisada por Arthur, aquel domingo en el que su padre había tenido que salir a otra ciudad para arreglar asuntos familiares. James quedó a cargo de la casa, lo que significaba encontrarse sólo hasta cerca de las nueve de la noche, cuando su hermano mayor llegara exigiendo comida o un humanizado saco de boxeo.

El balón aterrizó en el jardín vecino, justo en la cabeza de alguien, supuso Arthur ante los quejidos lastimeros. Al acercarse descubrió que el balón cayó en la cabeza a Francis, quien se la tocaba con una de sus manos en el punto de impacto. Con la otra mantenía sujeto su bastón, tratando de dar con la pelota situada a centímetros de él.

Arthur saltó la cerca y fue en su dirección. Francis permanecía sentado en una silla de madera, frente a una mesa de igual material con todo organizado para celebrar una fiesta de té. Como si la hora del té fuera en la mañana. Supuso que sería un juego tonto suyo.

-¿Te dolió?

Francis no se sobresaltó al aparecérsele de improviso. Tal vez porque habría escuchado los pasos acercándose sobre el césped o por sospechar del único ser a su alrededor capaz de golpearlo incluso en la distancia. Francis se apresuró a limpiarse los ojos húmedos, desviando el rostro para quedar oculto de Arthur. Era una acción vana, ya Arthur se había dado cuenta.

-Ya, si no dolió, deja de llorar. No es para tanto –dijo.

-¿Por qué tú me has golpeado? Yo no te he hecho nada.

-Fue el balón. La pateé demasiado fuerte sin querer y mala suerte que te ha tocado.

-Tú lo has hecho exprès.

-No, imbécil. Esto sí fue hecho exprèso como sea –Y Arthur le jaló del cabello.

Francis chilló, y le asestó un golpe en la frente con su bastón. Arthur iba a golpearle nuevamente, pero se acordó de la prohibición de James. Por otro lado, vio un plato de galletas en la mesa, que era muchísimo más interesante que darle su merecido. Tomó una y se la llevó a la boca.

-Yo las he preparado por mí mismo –comentó Francis, arreglándose el cabello-. ¿Te gustan?

-Están bien –respondió Arthur sin intenciones de alabarlo mucho.

-Come todas que tú quieras. Ahora yo voy a jugar a eso que ustedes llaman la hora del té. Mi mama dice que yo voy a amarlo.

-La hora del té es en la tarde. Además, eso es algo muy de niña.

-¿Te gusta comer las galletas y tomar el té?

-Sí.

-Entonces es también para niños, tonto.

-No has entendido mi punto…

Francis por fin halló la pelota con el bastón, se acercó y la recogió del suelo, estando Arthur distraído con las galletas. La examinó con sus manos y luego se la tendió a Arthur, o hacia donde creía que estaba Arthur guiado por el sonido de su voz.

-¿Hm? –Arthur miró la pelota, se la quitó de las manos y volvió a dejarla en el piso. De repente se le ocurrió una idea nueva-. Oye, ¿sabes jugar?

-¿Qué cosa?

Arthur estuvo a punto de señalarle la pelota y rodar los ojos, como si fuera obvio a lo que se refería, pero lo reconsideró luego. Francis no podía saber qué clase de actividad hacía con el balón, para él era como si le llegaran balones caídos del cielo a tocar sus pies o su cabeza. Se preguntó si sabría en qué consistía el juego, para empezar.

-Fútbol –respondió por fin.

-Oh –soltó Francis, haciendo una mueca-. No, no me gusta.

-¿Has jugado alguna vez?

-No. Es un deporte horrible.

Esta vez Arthur sí rodó los ojos.

-¿Has podido jugarlo alguna vez?

-Pas… quién querría jugar con alguien como yo.

Lo que decía tenía sentido. Arthur no lo querría en su equipo en lo absoluto, incluso preferiría un cojo. O a alguien en silla de ruedas. Recuperó el balón, lo tomó del brazo y lo obligó a caminar hasta alejarse de la mesa del té. Le quitó su bastón pese a las protestas producidas como consecuencia y lo tiró despreocupadamente a un lado.

-Vamos a jugar.

-Eso es estúpido. Yo no quiero.

-¿Y acaso me importan tus deseos? Yo digo que lo haremos y punto.

-Algún día te haré pagar todas tus burlas.

-Ahora no me burlo de ti –repuso Arthur. Por otro lado, era poco creíble que un niño tal cumpliera su amenaza.

-Tú quieres humillarme.

-¿De dónde sacas eso?

Francis iba a responderle, pero optó por permanecer en silencio, con los labios apretados y el rostro furioso. Se cruzó de brazos, negando cualquier tipo de reconciliación por las buenas. Arthur se hartó, si sólo quería enseñarle a jugar, como James a él cuando era un niño pequeño. No entendía por qué Francis se comportaba reacio. Era sólo aprender a jugar.

-Lo primero que tienes que saber es cómo patear la pelota –comenzó Arthur, agachándose para posicionarle los pies de manera que fuera más fácil hacerle entender. Sólo que Francis se sobresaltó ante el agarre y le dio una patada que esquivó por poco-. ¡Casi me das!

C'est dommagepor el casi! ¡Yo no te he dado el permiso de tocarme y yo no quiero jugar esta cosa ridícula! –Francis le dio otra patada, pero Arthur se alejó de él a tiempo y no llegó a tocarlo.

-Vale. Intenté ser bueno pero veo que no entiendes así. –Y que lo perdonara James.

Tomó a Francis por el brazo, doblándoselo ligeramente. Arthur supuso que no tendría que ejercer mucha presión para someterlo ante su merced. Y estuvo en lo correcto. Con un poco consiguió que chillara nuevamente. Lo soltó.

-Si no me obedeces te irá peor.

Francis soltó un sollozo, limpiándose las lágrimas en seguida y con la expresión de furia intensificada. Arthur se preguntó por qué tenía que hacerlo todo tan difícil. Se alejó unos cuantos pasos hasta abarcar una distancia decente entre ambos.

-Será así, yo patearé el balón en tu dirección y tú lo detienes con el pie. Luego me lo devuelves como tú creas que sea conveniente. Así te corregiré lo que hagas mal, ¿vale?

-Tu peux pourrir.

-Esa es la actitud –dijo Arthur, sospechando que en realidad lo había mandando al diablo-. Aquí voy…

Pateó el balón con suavidad, cuando llegó a los pies de Francis, éste no hizo nada de lo indicado, sólo se agachó, lo tomó con ambas manos y lo tiró a un lado. El balón rodó y rodó hasta detenerse al otro lado de la cerca. Arthur soltó una grosería.

-¿Qué mierda has hecho?

-Tú has dicho que yo puedo rendarlo como yo quisiera. ¿Yo lo he mal tirado quizás?

Francis esbozó una sonrisa amarga. Y Arthur tuvo deseo de patearlo a él en su lugar. Fue en busca del balón, cuando se dio la vuelta se encontró con Francis caminando de vuelta hacia la mesa del té.

Corrió hacia él, soltó el balón tirándolo al césped y lo tomó del brazo, deteniéndolo. Francis comenzó a forcejear.

-¡Te dije que te quedaras en tu sitio!

-¡Yo no soy nada tuyo para que tú puedas darme unas órdenes!

-¡Estás arruinando el juego!

-¡Para lo que importa para mí! ¡Comprende que yo no quiero jugar!

Arthur tuvo que reconocer la derrota. Si seguía insistiendo las cosas acabarían peor. Se sentía decepcionado, él sólo quiso ser bueno por esta vez, enseñarle algo que todo niño querría aprender. De pequeño él se moría de ganas por practicar con James, incluso aunque saliera maltratado de sus sesiones de entrenamiento.

Al tiempo que Francis tiraba de su brazo, inclinando su cuerpo hacia delante y dándole la espalda, Arthur lo soltó. La fuerza provocó que Francis se tambaleara y amenazara con caerse. Arthur reaccionó a tiempo para evitarlo, sosteniéndolo por la cadera, que había tenido que envolver para mantenerlo firme, lejos del suelo. Sintió que se tensaba debajo de él.

Cuando se separó, Arthur agradeció que Francis no pudiera verlo. Se sentía realmente incómodo, sin estar acostumbrado a realizar buenas acciones no planeadas. Además, la expresión extraña en el otro no mejoraba el ambiente.

-Gracias –tuvo que decir Francis, entre dientes.

-Si no soy yo quien te empuja, no vale la pena que te caigas. Eso es todo –se justificó Arthur. Volvió a tomarle del brazo, pero esta vez con el fin de guiarle hacia la mesa.

Lo ayudó a llegar y sentarse en una de las sillas. Luego buscó el bastón y se lo llevó, entregándoselo en la mano. Esta vez Francis no le agradeció. Arthur se sentó frente a él, apoderándose del plato de galletas. Fue allí cuando apareció su madre, quien traía otro plato, pero esta vez de galletas de avena.

-Francis, ça va? J'ai preparé plus de biscuits si tu veux. Je me suis débarrasé du travail et... Oh. Hola, Arthur –saludó ella, sorprendida al encontrárselo.

-Buenos días señora Moreau.

-No te oí llegar –dijo, colocando el plato en la mesa. Observó el rostro de su hijo, rojizo por las lágrimas, y el sucio de Arthur-. ¿Todo bien?

-Sí –Arthur se sonrojó-. Quería jugar fútbol con Francis pero no ha querido.

-Oh, es un deporte muy peligroso para él –dijo ella, sentándose a su lado-. No está para tales cosas. ¿Pero tú practicas fútbol, cariño? –Francis arrugó el ceño, sosteniéndose la mejilla con un codo apoyado sobre la mesa. Pero Arthur averiguó que escuchaba atento el relato que contaba sobre sus prácticas con el equipo local, sin poder disimular su interés a través de su expresión.

El domingo siguiente, Arthur fue invitado por la noche a casa de la señora Moreau. Mientras ella preparaba la cena, Arthur estaba con Francis, intentando aparentar que le caía bien. Su padre le había encomendado entregarle un regalo, que era una figurilla de acción de uno de los personajes de Marvel. Como darle un juguete tal a un niño como ése era una pérdida de dinero, Arthur se la guardó en el bolsillo dispuesto a venderla en el colegio. En su lugar cogió un bicho, lo encerró en un frasco y cuando Francis creía que recibiría un regalo de su parte, Arthur aprovechó para depositar el bicho en sus manos extendidas. Las innumerables patas enseguida lo alertaron de la trampa, lanzando al bicho lo más lejos que pudo su sorpresa. El bicho golpeó contra un cuadro, y cayó al suelo, sin moverse. Arthur, mientras se reía, recordó que había olvidado abrirle una abertura a la tapa del frasco para el oxígeno.

Arthur detuvo su risa, al tiempo que Francis lo tomaba por la nariz para jalársela.

-¡Pero qué haces! –dijo, empujándolo.

Francis cayó en uno de los muebles de la sala, que parecía más espaciosa que la sala de Arthur. También había una estantería llena de libros, un reproductor, un piano situado en uno de los rincones y por último, una serie de muebles bastante cómodos y espaciosos. Si la señora Moreau recibiera visitas más seguido, entendería que permanecieran allí.

-Tu regalo es horrible como tú –concluyó Francis.

Arthur iba a responderle, pero en su lugar decidió darle la espalda y explorar la habitación, detallándola sin verdadero interés. Sólo quería pasar el tiempo y pensar en otra manera de irritarlo.

-¿Qué tú haces? –preguntó Francis. Como Arthur no le respondió en seguida, lo apremió-. Estoy exigiendo saber tu respuesta. Dime qué haces.

-¿Qué crees que hago? –preguntó Arthur, frente a la estantería.

Francis se lo pensó unos segundos.

-Tú observas, pero no tocas nada. Lees los títulos de los libros. Nosotros tenemos muchos. Los míos y los de mamá.

-En realidad sólo estoy frente a la estantería –reconoció Arthur, sorprendido por el acierto-, pero le doy la espalda. No me interesa, si no puedo leer tus libros y los de tu mamá seguro son más cursis que los tuyos.

-Tú lees los mismos cuentos fantásticos que yo… -repuso Francis.

Arthur se movió y fue hacia otro punto de la habitación, pero por error tropezó con un jarrón de cristal, que contenía flores frescas en su interior.

-Tú estás próxima al piano… –comentó Francis, con una sonrisa-. Es mejor que tú no rompas nada o tú vas a pagarlo.

-Diré que fuiste tú, cegatón.

Arthur decidió volver al mueble donde Francis se encontraba. Se sentó a su lado, tirándose despreocupadamente. Francis se puso recto, tal vez incluso alerta de lo que pudiera hacer a continuación. Pero ahora no planeaba nada, sólo una pregunta que se le ocurrió de repente, pero que ahora estaba seguro que lo había inquietado días antes.

-Oye –comenzó-. Además de cocinar y leer y ser un incordio en general… ¿sabes hacer otras cosas? ¿Tienes algún talento?

-Bien sûr que oui–repuso Francis-. Soy muy bueno tocando los instrumentos. Ahora yo aprendo a tocar la flauta por mí mismo.

-¿En serio? –dijo Arthur, sin estar seguro.

Francis, ofendido por la desconfianza, le pidió que le trajera la flauta situada en el segundo piso de la estantería. Arthur se apresuró, la halló en su sitio y se la colocó en las manos. Francis la sacó del estuche, la acomodó a la altura de su boca y comenzó a sacar sonidos que intentaba ser armoniosos. Con escaso éxito. Se quedó sin aliento pronto, ya fuera por la falta de práctica. La despegó de sus labios y respiró profundamente, cansado.

-Qué patético, ¿y a eso llamas "bueno"? –dijo Arthur, volviendo a reírse-. ¿O lo dices como consuelo?

-Tú eres un idiota. Yo estoy en aprender –dijo Francis, con las mejillas rojas por la vergüenza-. Tú vas a ver cuando yo sea un experto.

-Ya. ¿Y sólo tocas eso? Porque lo haces realmente mal.

-Piano –musitó Francis, levantándose. Con su bastón, llegó hacia él y se sentó frente al gran teclado. Arthur se levantó y le siguió, permaneciendo de pie a su lado.

"¿Y ahora?" se preguntó internamente. Francis colocó sus dedos en las teclas, las repasó de izquierda a derecha y luego al revés, para luego solicitarle que se mantuviera atento. Comenzó la melodía, que Arthur no supo reconocer visto su nulo conocimiento de música clásica. Pero sonaba bien, lento y suave, hasta dulce, y aunque Francis no era un prodigio, lo hacía mejor que su pobre intento con la flauta. A pesar de todo se dio cuenta de tres equivocaciones, que provocaron que la música sonara desafinada en breves momentos. Cuando se equivocaba, Francis no podía ocultar su expresión contrariada y en su lugar aumentaba su concentración, enseriando su faz.

La música llegó a su fin antes de que Arthur se diera cuenta. Incómodo, farfulló:

-Vale. Puedes tocar piano.

-¿Eso es todo? Yo esperaba algunas alabanzas.

Francis siguió tocando el piano el resto de la noche, Arthur se regresó hacia el mueble, volviéndose a tirar en él. Sólo interrumpieron la velada cuando la señora Moreau anunció que la cena estaba lista. Ella sí dedicó varias y exageradas alabanzas hacia la música de su hijo.

Arthur regresó a la casa el domingo siguiente, por la noche. Desde el sábado en la mañana se la había pasado de campamento junto a su padre y hermanos, pescando, cazando e imaginando que eran exploradores del lugar más recóndito del mundo. Arthur no se topó con hadas ni otros seres mágicos, pero antes de dormirse en la tienda de campaña divisó a lo lejos criaturas extrañas, que su padre no consiguió ver cuando se las enseñó. Por ello creyó que no eran animales, sino criaturas mágicas de diverso tipo a los que había visto hasta ahora. Al día siguiente estuvieron un buen rato en un río, Arthur cayó por error al agua –el error de ser lanzado por Liam- y su mano tocó una piedra mohosa. Al sacarla descubrió que tenía forma de culo. Y aquello mejoró su buen ánimo en todo el día, más cuando se la mostró a sus hermanos y ellos estuvieron encantados. Porque sí, era una piedra mohosa, resbalosa, entre verde y gris, pero con forma de culo y eso ya la hacía especial.

En el camino James le sugirió que debía regalársela a su novia. Arthur lo mandó a callarse, sumido en la vergüenza, pero el pensamiento de darlo como obsequio cobró forma. Sólo que como beneficiario escogió a Francis, no a Blanche, porque ella se merecía algo menos propenso a burlas eternas. Cuando la señora Moreau le abrió la puerta de su hogar, Arthur tenía dos planes en mente. Comer bien y darle la piedra a Francis. Al tenerlo frente a sí, el niño sentado en el piso de su habitación, Arthur le informó lo que había hecho estos dos días.

-Y mira, te traje un regalo. –Si fuera posible, Francis pareció entusiasmarse de sobremanera por aquel sencillo hecho, sin cruzársele por la cabeza desconfiar de las palabras de Arthur. Extremadamente incauto.

Arthur tuvo ganas de reírse, pero se contuvo y sacó de su bolsillo aquella piedra.

-¿Es bonito? ¿Es una joya? ¿Es caro? –comenzó Francis-. ¿Yo me la podré meter? ¿Has tú pensado en mí cuando tú la has escogido? ¿Cuándo tú la has comprado? ¿Es bonito? ¡Dime a mí que sí!

-Sí, sí, pensé en ti cuando la vi –concedió Arthur y le pidió que extendiera las manos. Francis lo hizo, Arthur aprovechó para colocarle la piedra en ella.

Francis se asqueó cuando la tocó, pero resistiéndose a reconocer la broma de Arthur, la examinó con sus dedos. Bordeó su silueta viscosa, la repasó por todos lados aguantándose el asco pero sin disimularlo y llegó a una conclusión que cortó en seco la incipiente sonrisa del otro:

-¡Oh, es un corazón! –exclamó, con las mejillas teñidas de un ligero rubor, que no se comparó con el de Arthur al momento de rabiar lo contrario.

-¡Qué mierda! ¡Lo has entendido mal! ¡Eso es…!

-¡Gracias! –interrumpió Francis, saltándole en un abrazo y provocando que fueran impulsados hacia atrás. La espalda de Arthur golpeó contra el suelo—. Yo creía lo contrario, mais pas, verdaderamente tú eres una buena persona.

-¡No, idiota! ¡Suéltame! –rugió Arthur, tomándole del cabello.

La magia acabó cuando se lo jaló, provocando esos chillidos que ya estaba acostumbrado a oír. Francis se separó de él, con las manos en su cabello y con lágrimas en los ojos. Arthur una vez le preguntó a James por qué aquel niño lloraba tan fácilmente, y él le explicó que se fijara si al chico lo mimaban o lo sobreprotegían. Arthur había supuesto que sí, que sería por ello. Arthur no se quejaría si aquello le daba una ventaja en todas sus peleas.

Esa misma noche en su cama recibió la visita del hada misión que se estaba encargando de Francis. Arthur pospuso el dormir para que ella le contara el avance de sus vigilancias. Concentrándose al máximo con el idioma de las hadas, comprendió cada parte de su relato. O lo que el hada había entendido de la vida humana. Francis se levantaba a las nueve todos los días. Cuando se excusaba enfermo, se quedaba en ella hasta alcanzado el día siguiente. Su madre nunca cuestionaba aquellas indisposiciones sin motivo alguno y le confiaba a la señora que ejerciera el papel de "cuidadora" (Arthur supuso que era la llamada institutriz) que lo atendiera como siempre y le obedeciera en cada deseo, sin forzarlo a ir en contra de su voluntad.

El hada lo describió como un niño malo, caprichoso y tiránico, que buscaba doblegar a los adultos ante sus deseos y cuando estos no le obedecían irrumpía en llantos y reclamaciones. Al quejarse con su madre, ella tomaba partido por él y acababa despidiendo al empleado revoltoso. Por otro lado, tenía una gran inclinación hacia la ropa, a leer libros, escuchar música clásica, tocar el piano y practicar con la flauta; y, en resumen, a dedicarse al ocio en general, sin tener interés por el estudio de ninguna clase. También dedicaba su tiempo a cocinar, siempre bajo la supervisión de un adulto y aquí no ponía objeciones, tanto de ser acompañado como por ser guiado en el caso de manejar algún instrumento cortante. Era la única vez que lo había visto dócil y dispuesto a oír sugerencias de otros.

No podía ver hadas ni sentir su presencia. Casi nunca hablaba de su otro progenitor y sólo cuando su madre sacaba el tema. Pasaba mucho tiempo soñando despierto. Además, lo mencionaba a menudo en las conversaciones con su madre y había colocado la piedra en su mesa de noche, con especial cuidado. El hada le aseguró que lo apreciaba más que muchas personas a su alrededor.

Arthur estaba confundido. Aquel Francis distaba mucho de ser quien sometía a menudo, lo había esperado más tierno y sumiso y aniñado. También más llorón y frágil. Si bien cierto que lo había creído mimado y caprichoso, con él se había portado relativamente bien (tal vez tuviera que ver el factor de la fuerza bruta). Además, era insensato que aquel niño le tuviera aprecio después de todo lo malo que le hacía. Después de todas las burlas y los malos tratos. Era ridículo tenerlo en consideración.

El hada se encogió de hombros, pero afirmó que debía mejorar la visión de su entorno, porque lo que defendía era tan sólo una parte de la verdad. Arthur asintió, demasiado cansado para entenderla, y despidiéndose, se echó a dormir.

A la mañana siguiente, cuando iba saliendo para el colegio, se lo encontró sentado en su jardín. A Arthur le extrañó semejante ubicación, porque no era normal que estuviera allí tan temprano. Es más, ni siquiera tarde. Francis parecía aprensivo, como si esperara un hecho maravilloso en cualquier momento. Arthur, muerto de la curiosidad, se aproximó directamente hacia él. James lo observaba de fondo, con atención.

-Oye –saludó-. ¿Qué haces aquí?

-¡Oh, finalmente! –exclamó Francis, sonriéndole ampliamente-. Yo no sabía tu horario y yo me he levantado muy temprano.

-¿Para qué?

Se dio cuenta del paquete en las piernas del chico, uno envuelto en una tela azul pálido. Francis se lo tendió.

-Es un desayuno. Para ti. Como agradecimiento por tu piedra-corazón.

-Culo, Francis, tenía forma de culo –masculló Arthur, con las mejillas ardiendo. Tomó el paquete entre sus manos. Era una mejora, pensó que hoy no le robaría la comida a otros, Gilbert tendría que ir solo a amenazar a los demás en la hora del receso.

Y entonces sobrevino un silencio incómodo, en el que Arthur averiguó qué era lo que Francis esperaba. Maldijo para sus adentros, preguntándose por qué sus labios le temblaban cuando debía pronunciar una sola palabra. Tomó aire y apuntó.

-En el supuesto caso de que me gustara lo que has hecho y lo vea más como un acto justo que merezco porque soy yo y no un simple agradecimiento de tu parte por un regalo que te di con el único fin de burlarme de ti yo podría decir que me viene bien lo que has hecho y que te doy algo que podría denominar gracias por las molestias y todo lo demás sólo en el supuesto caso –lanzó Arthur, sin tomar aire.

-No he entendido lo que tú has dicho –admitió Francis.

-Ya, déjalo así –dijo Arthur, sintiéndose ridículo.

James gritó al fondo que se apurara, sobresaltándolos a ambos.

-Eso es un adiós –dijo.

Arthur se volvió hacia Francis y, antes de pensar en lo que estaba haciendo, llevó una mano hacia su cabello y pasó sus dedos a través de él. Cuando reparó en ello, lo retiró antes de pensar luego en jalárselo y así acomodar las cosas.

-Tú no hagas eso si yo no te doy el permiso –repuso Francis, con las mejillas de un ligero carmín.

-¡Yo hago lo que me da la gana, rana estúpida! –farfulló Arthur, empujándolo de un solo golpe y provocando que Francis cayera en el mueble del pórtico, clamando maldiciones en su idioma.

Arthur se marchó corriendo. Al llegar al lado de James, quien lo había visto todo, recibió un tratamiento no grato que consistía en hacerle pagar a las fuerzas el abusar de las personas con discapacidad. Tuvo que aguantarse la reprimenda, sin atreverse a replicar en su defensa que había sido todo culpa del otro.


Notas finales:

Hello! ¿Cómo han estado? Después de largos meses sin actualización, aquí vuelvo, más o menos. La historia en sí casi está lista al entero, y les prometo que el próximo capítulo vendrá más pronto de lo que han tenido éste. Lo siento full :'( pero hace meses me di cuenta que lo que iba a ser el 4to capítulo originalmente se leía mal y brusco si no sentaba las bases para lo que iba a suceder. Entonces comencé a escribir más, pero ¿un capítulo de casi 9.000 palabras? No es mi estilo y preferí dividirlo. Falta corregir el –ahora- 5to capítulo, pero ya que este está listo por fin… mejor tarde que nunca.

Cosas nuevas:

-Nekoi me ha regalado un FST PRECIOSO basado en otro fic mío, Crónicas de un amor desafortunado, un Francia/Inglaterra un tanto largo, que empezó como fic para pasar el rato y luego fue cambiando –sólo me siento bien con los últimos capítulos, en realidad-. Esta chica es un amor, y es que todo lo que hace me alegra el día x3 Es un gran honor, además que es la primera vez que recibo un regalo así (bueno, regalo también para Francia e Inglaterra).

Las canciones están basada en distintos capítulos o partes de la historia, en palabras de ella: "Como te comenté son canciones que me venían a la mente al acabar uno o un par de capítulos de Crónicas y que he intentado que sean lo más coherentes posibles al desarrollo del fic, de ahí que empiecen siendo canciones que expresan mucho resentimiento y, a medida que avanza la playlist, sean canciones más románticas."

¿Les interesa escucharlo? De todas formas aquí les dejo el link ^^ http: / www. fileserve . com /file/h3XQFAQ

-Twitter de Francia e Inglaterra… porque somos muy frikis: nibonjour y NotJustRain (me encanta el Arthur de esta chica x3)

-También estoy feliz por recibir comentarios bonitos. En parte es por sentirme culpable con ustedes por lo que acabé actualizando por fin… ay, esta conciencia ;_;

Esta vez no ha habido grandes frases en francés, porque Francia está mejorando (en realidad no) su espantoso "inglés", so:

Fait exprés – Generalmente exprès significa expreso o urgente, pero con faire suele usarse para expresar una acción hecha a propósito. Adrede, pues.

Pas – negativo.

C'est dommage – Lástima

Tu peux pourrir – Púdrete.

Francis, ça va? J'ai preparé plus de biscuits si tu veux. Je me suis débarrasé du travail et... — Francis, ¿qué tal? He preparado más galletas por si quieres. Me he desocupado del trabajo y…

Bien sûr que oui – Claro que sí.

Mais pas – Pero no.

Nos vemos!