Capítulo 4

Hocus Pocus

Harry observó aterrado la cantidad de personas conocidas que charlaban animadamente en aquella sala. ¿Dónde se había metido? Durante los últimos días había procurado evitar cualquier lugar mágico en el que pudiera encontrarse con alguno de sus antiguos compañeros –¡hasta se había disfrazado con un bigote falso, por Merlín!-, pero en aquel momento se encontraba rodeado de medio Hogwarts, fantasmas incluidos, y sin su tan estimado vello facial de pega.

-Es imposible que salga de aquí sin que alguien me haya reconocido.- susurró a Draco, que parecía más concentrado en unas encantadoras señoritas que les sonreían.- ¡Vámonos!

-¡Señor Potter!- Demasiado tarde. El primer ministro corría ridículamente hacia ellos.- Señor Potter…- repitió el obeso hombre con la respiración entrecortada.- Resulta un verdadero honor que una figura tan ilustre como la suya se haya dignado a visitar éste, nuestro humilde Ministerio.

-Esto…- Harry parecía desbordado por tan elevado discurso.- Gracias señor, estamos encantados de haber vuelto a casa.

-¿Están?- el nervioso político miró a todos lados.- Oh, señor Malfoy, claro. ¿Cómo le va?

-Pues…

-Sí, por supuesto.- dirigió de nuevo su atención a un divertido Harry.- Como iba diciendo… Señor Potter, ¿a qué debemos su tan estimada asistencia?

-¿Qué…? Nosotros recibimos una carta.

-¿Una carta?

-Una carta mía.

Ambos jóvenes se giraron sorprendidos cuando reconocieron la nueva voz. Un hombre alto y con rostro severo los observaba a pocos pasos de distancia. Sus ropajes hubieran llamado la atención de cualquier paseante, pues se parecían notablemente a los de Albus Dumbledore. No obstante, los portaba con una modernidad que los hacían más vistosos incluso: una larga túnica violeta con bordados dorados cubría su cuerpo en mayoría, pero bajo ésta podían vislumbrarse unos desgastados tejanos negros y una camisa rojiza medio abierta. .

-Lupin.- sentenció el primer ministro, al parecer disgustado con la presencia del licántropo.- Yo ya me iba.

Antes de que ninguno de los presentes pudiera pronunciar lo que seguro no iba a ser una cordial despedida, el hombre desapareció por donde había llegado.

-Increíble.- musitó nuestro amado ex-Slytherin. – Deberíamos aprender a hacer eso, ¿eh, Harry?- no recibió respuesta. -¿Harry?

El pelinegro se encontraba ocupado enfrentándose con la mirada a Remus Lupin. Ambos se observaban con recelo, listos para saltar en el momento preciso. La gente que los rodeaba empezó a fijarse en ellos, sorprendida por tan curiosa escena. Sus cuerpos se acercaron, violentos, y cuando Draco estaba a punto de intervenir, se fundieron en un paternal abrazo.

-¡Por Merlín, Harry! Te pareces muchísimo a ellos.- su tono alegre cambió enseguida a enfado…- ¡Cinco años, Harry! ¡Cinco años sin noticias! –…y a tristeza.- Te echábamos de menos, chico.

Malfoy no pudo evitar soltar una carcajada.

-Vaya profesor. ¿Acostumbra a tener estos cambios de humor?- no paró cuando el rostro del maestro empezó a adquirir un rastro de molestia.- Quizás debería ir a San Mungo. Ya sabe, ¡puede que Tonks lo haya dejado embarazado!

-Aunque hasta a mí me cueste de creer, me alegro de verte a ti también, Draco.

-Ya, la gente siempre se alegra de verme.

Harry interrumpió el ¿emotivo? encuentro con sus dudas.

-¿Qué se celebra hoy, profesor?

-Pues…lo cierto es, Harry… que hoy se premian los muchos años de servicio de Arthur Weasley.

-¿Qué?

-Oh, claro.- Draco salió en defensa de su amigo.- Y pensó que invitarnos era una maravillosa idea, supongo. Después de todo, ¿qué mejor que nuestra presencia para animar la velada?

-Bueno, no fue así en realidad…

-¿Nos ha invitado para que veamos cómo la familia Weasley se llena de gloria?

-Os he invitado porque estoy harto de esta situación causada por vuestra testarudez.

-¿Nuestra testarudez? Puedo aceptar que vosotros los perdonarais, aunque lo mío me costó, ¡pero que nos culpe a nosotros!…Usted sabe perfectamente lo que sucedió.

La tristeza con la que Harry pronunció las últimas palabras acabó con cualquier intento del profesor por hacer cambiar de opinión al joven.

-En cualquier caso,- Draco presentó su duda.- sigo sin comprender qué hacemos aquí.

-Eso… Verás, Harry…

Señoras y señores, agradezco su asistencia a esta agradable celebración en honor a nuestro tan estimado señor Weasley.

-¿Qué sucede?

-No sé como decirte esto.

Estoy seguro de que el afecto que siento por nuestro querido pelirrojo es compartido por todos los presentes.

-Lupin…

Pero no dudo en afirmar que se encuentra entre nosotros una ilustrísima figura que, según me han dicho, desea dedicarle unas palabras.

-Harry, lo siento de veras, no sé como sucedió.

El salvador del mundo mágico, el elegante, atractivo, inteligente y por todos admirado…

-Fue un impulso…

Con todos ustedes, ¡Harry Potter!

La reacción de Harry estuvo acompañada de los comentarios y susurros extendidos por toda la sala.

-Oh, no.

-Oh, sí.

Comentario de la autora:

¡Dios! ¡Que rabia! He tenido que reescribir todo el capítulo y no me ha quedado ni la mitad de bien de lo que estaba.

No hay mucho que decir. Simplemente, agradezco a todos vuestros comentarios.

Besos.