Capítulo Cuatro: Infierno y Venganzas
Bella estaba hecha una fiera. Una verdadera fiera. La ira le rasgaba dentro, creando que se pusiera roja.
Su hermanastro acaba de proclamar a medio reino que Bella era propiedad suya. Bella sabía lo que planeaba: decir a los demás que Bella ya no estaba disponible, haciendo que Bella perdiera todas sus oportunidades para poder encontrar a un caballero decente.
Michael nunca quiso a Bella, y ella nunca supo por qué hasta el día de hoy, cuando todas las piezas encajaron.
Michael siempre había amado el poder, amaba tener todo tipo de privilegios y nada le satis- facería más que fuera autoridad suprema de todo el reino. Deseaba más que nada ser rey, y pudo haberlo sido, si no fuera por el hecho de una persona: Isabella.
Isabella era la verdadera reina al trono, como hija legítima del rey, y había nacido antes que Michael. Si Bella no hubiera existido, hubiera podido heredar al trono, aunque fuera hijastro del Honorable Charles Swan, ya que Bella no tenía ningún primo, por muy lejano que fuera.
Así que encontró una solución que su madre y padrastro le proporcionaron: matrimoniarse con Bella, para así llegar a ser rey. Por lo tanto, si Bella conseguía a alguien más, podría olvidarse de ser el rey.
Michael nunca la había querido, jamás la había apreciado, y probablemente el cariño "de hermano", como solía llamar él cuando rara vez le daba alguna atención, era ficticio. Una farsa bien hecha, un monólogo bien ensayado.
Esto hizo que Isabella viera todo en rojo, al igual que la copa de vino que sujetaba fuertemente entre sus delicados guantes. La copa empezó a temblar, conforme a la ira que le llenaba, embargaba y destilaba.
De repente, su mente se llenó de rabia y no pensó en las consecuencias. Salió del trance en que había estado y caminó hacia Michael.
Todos la miraron, esperando que la princesa fuera y le diera un apasionado beso.
Pero no fue así. Bella caminó hacia él, como una leona acechando hasta que llego a él, con un andar elegante que hasta llegó a asombrarle a ella.
Se acercó a él y trató de que su andar pareciera más burdo, mucho más burdo, tratando de parecer que estaba a punto se tropezarse.
Aunque Isabella no había nacido para hacer cualquier acción al aire libre, ya que con frecuencia cuando era menor se lastimaba un tobillo o regresaba con cardenales, era francamente buena para actuar aunque ella afirmara con alma y corazón todo lo contrario, ya que para ser la futura reina era demasiado humilde.
Así que sacó a pulir sus dotes de actuación e hizo parecer que tropezaba y accidentalmente derramaba la copa de vino que había sobre el costoso traje se sir Newton.
Se creó con rapidez una gran mancha de color escarlata, pero nada comparado con el rojo que había adquirido sir Newton del enojo.
Bella miró hacia la copa de vino y, sin ningún remordimiento de lo que pudiera decir los demás, derramó lo que sobró sobre el rubio cabello de sir Newton, haciendo que el costoso vino escurriera por entre el cabello de sir Newton y luego, enfadada, aventó con furia extrema la delicada copa de vino hacia el suelo, que chocó contra el mármol con estruendoso sonido.
-No tenéis ningún derecho de proclamarme tuya.- murmuró y se marchó con toda la dignidad que pudo.
La gente súbitamente empezó a hablar, parloteando y criticando el comportamiento de lady Swan. Especialmente Miss Stanley, que le tenía cierta envidia a la honorable princesa Isabella. Pero, aunque aquello había pasado cuando mucha gente ya había pasado su atención a otra cosa, muchos observaron la escena con interés.
Afortunadamente, los conocidos de los Newton y Swan eran los únicos que habían observado aquello, por lo cual no se difundiría demasiado.
Entre ellos, se encontraba sir Cullen, quién veía todo con demasiada alegría y gracia, sin importarle la vergüenza y deshonra que sir Newton estaría sufriendo ahora. Lo que a sir Newton le parecía un suplicio, a él le parecía un festín. Era una delicia ver como Isabella lo había rechazado, probando no ser propiedad de nadie. Despareció entre la gente, con una sonrisa jugueteando en las comisuras de los labios, aún preocupado, por Bella. Y no tenía ni la menor idea de porque le dejaba de arder el pecho al ver la escena que acababa de presenciar. Ni la más remota.
La única que había observado esa escena aparte de los conocidos de los Swan y Newton, era lady Stanley, una muchacha que veía todo con desdén y arrogancia y con demasiada vanidad.
Mientras tanto, Isabella corría con torpeza entre la gente y esquivaba a todo el que podía, cosa nada difícil, debido que todos se apartaban al ver que la grandiosa y hermosa princesa Isabella pasaba entre ellos.
Tropezó, varias veces, tratando de buscar una salida de tanta gente, y un lugar tranquilo en donde pensar. Se dirigió a su balcón preferido, ubicado en un sitio apartado, donde podía pensar en paz.
Abrió las pesadas cortinas y se sentó en el rústico sofá que había en el balcón. Abatida, sintiendo que todo era absurdo e insensato. Después, se volvió a levantar, recordando que no quería ser molestada, y cerró las cortinas con el emblema real.
Isabella siempre había sido madura y demasiado sensata para una dama de su categoría y edad. Nunca se dejaba llevar por alucinaciones y siempre hablaba, comportaba y pensaba con sensatez, jamás sin adelantarse a los hechos, o sin estar confiada de que era lo correcto, ya que así había sido educada para ser reina. Así la había educado su madre, la reina Reneé. Siempre pensaba en las consecuencias de sus actos y si pensaba que era algo era correcto, lo hacía, sin importar lo insano que pudiera parecer.
Empezó a ver los luceros en el cielo, como siempre lo hacía cada vez que se sentía confundida.
Estaba tan sumida en sus pensamientos que no oyó los pasos que se acercaban a su pequeño balcón y se dio cuenta hasta que las pesadas cortinas se abrieron, bruscamente.
Antes de que pudiera reaccionar, una mano se cerró alrededor de si boca.
Un brazo se cernió fuertemente en su brazo y la jaló hacia arriba, provocándole un dolor insoportable. Pensando en un ladrón, trató de zafarse, pero la fuerza del individuo era excesiva.
Pataleó varios segundos pero después se rindió. Era muy fuerte, y el oxígeno empezaba a faltarle.
No fue si no cuando Isabella vio la rubia cabellera que era Michael.
La miraba con fiereza, con toda la que podía expresar hasta su confundida hermanastra, que luego le miró con el mismo enojo.
La llevó a una pared dentro del balcón, demasiado rápido, y la aplastó sin soltarla o aminorar su presión. Estaba segura de que la presión le causaría un cardenal tarde o temprano. Todavía era muy visible la mancha de vino en el traje de Michael.
La sujetó de las muñecas mientras Bella trataba de liberarse.
-¡¿Quién creéis que sois para tratarme así?! ¿La princesa mentecata?
-No. La pregunta acertada es: ¿Quién creéis que sois vos para ir a aclamar a todo el palacio que yo soy tu prometida cuando no lo soy? ¡Todavía me queda un mes! ¡Me tomaste como tu propiedad!
Michael sonrió burlonamente.
-¿Qué oportunidad hay que encontréis a alguien más? Debía hacerlo. Se debió haber sabido hace ya mucho tiempo, querida.
-Me niego rotundamente, hermanastro. Primero muerta que todos sepan que me casare contigo.
La presión aumentó.
-Deberías sentirte orgullosa. Os casaras con Sir Newton, no con cualquier mentecato.
-Prefiero un mentecato que casarme contigo. Un pordiosero que contigo. Cualquiera de los dos, aunque sean un sinónimo de lo que eres, serían mejores maridos que tú, Michael, ya que eres demasiado sucio para estar en donde estás.
Sintió una nueva punzada de dolor en la mejilla. Esa parte le ardía como el infierno. No dolía físicamente, pero era humillante ser abofeteada por un personaje como Sir Newton. Bella siempre había sido creada para que la respetaran, no para que la abofetearan. Lo tomó de los cabellos, y como pudo le devolvió la abofeteada, con la misma fiereza.
-Nadie osa tocarme Michael, y alguien como tu mucho menos. ¿Qué te crees? Pensando que por ser hijastro del rey serás capaz de humillarme. Primero que muera antes de que pases sobre mí. Pereceré antes que si pasas sobre mí. Así que te lo advierto, Michael. Vete.
-Has comenzado una vendetta*, Bella. – la soltó y la pobre criatura, debilitada y casi sin aire, cayó al suelo. – Pero esto no quedará así. Sucumbirás, Isabella. Juro que lo haré con mis mismas manos. ¡Lo juro!
Salió echa una fiera, un desdén llenándole desde dentro. ¿Cómo osaba esa moribunda ir a encararle de esa forma? ¿Cómo se atrevía? Debía respetarlo, como futuro esposo, como hermanastro.
Dentro del balcón, Bella tocó la parte roja e hinchada. Se sentía indignada. Muy indignada. Respiró varias veces hasta que pudo tranquilizarse. Recuperó el aire que le habían sacado, poco a poco.
Los segundos se convirtieron en minutos y los mismos se convirtieron en horas. Bella esperó pacientemente, con el dolor todavía muy palpable en los costados y en la cabeza.
Después, hasta que oyó que la música poco a poco empezaba a desvanecerse, se levantó y trató de caminar hacia las cortinas que dejaban entrar a cualquiera en el balcón. Le pesaban las piernas y sentía que su cabeza era de plomo. El dolor era también muy presente aún en su mejilla, que aunque ya había pasado tiempo desde que la bofetada había sido marcada. Todavía sentía fuego por las venas, que la inundaba y la llenaba por completo.
Bella era bastante orgullosa, por lo cual era muy difícil conseguir un perdón suyo.
Asomó la cabeza fuera de la cortina. Vio entonces que solo quedaba Carlisle y Esme, por lo cual logró salir.
Le dolía la cabeza. No sabía realmente porqué. Creía que eran por dos cosas: Una era que simplemente eran demasiados problemas o porque el gran golpe que le había dado su hermanastro antes de salir.
Caminó tratando de sonar silenciosa y sigilosa por el largo pasillo hacia las escaleras de mármol. Quería que nadie le viera humillada de esa manera, con esos cardenales y la cara roja de la furia y la bofetada.
Volteó, adolorida, hacia donde estaban Carlisle y Esme y vio que ellos ya estaban saliendo a la puerta, acompañados de la Reina Rachel.
Bufó, disgustada. ¿Cómo se atrevía a ser tan cínica? Ella misma odiaba a los Cullen, pero solo se llevaba, o aparentaba, bien con ellos gracias a él Rey Charles.
Subió las escaleras y oyó que la puerta del castillo se cerraba, con fuerza.
-Espera, Isabella.- oyó que la voz de su madrastra llamaba.
-¿Sí?
-¿Dónde has estado?
-En el balcón.- empezó a andar de nuevo
-Vi a mi hijo furioso. ¿Qué habéis hecho?
-Nada. No es mi culpa de que vuestro hijo se enoje por cualquier cosa y se salga de sus casillas cada vez que alguien lo ve mal.
-Claro que si es vuestra culpa. ¿Cómo os atrevéis a negarte a ello? Ambas sabemos que nada lo desquicia más que hablar contigo.
Bella trató de calmarse. No valía la pena perder el control por este tipo de cosas.
Desde que Rachel había llegado al castillo, este se había convertido en un infierno. Rachel había pasado a tener el control de todo, incluyendo a Bella y a Alice, dado que el Rey Charles no podía hacerlo.
Se aprovechaba de las dos, las hacía sufrir y estaba claro que las odiaba. Y mucho.
-Entonces ¿por qué hacer sufrir a vuestro hijo casándose conmigo? ¿Si nada le desquicia más que estar conmigo?
Bella, aunque estaba volteada, sintió el enojo emanar de su madrastra.
-Porque es un matrimonio propio. Lo sabéis, Isabella. No volváis a atreverte a retarme.
-Hay demasiados matrimonios propios, madrastra. No sólo estoy yo. Podéis casar a vuestro hijo con quién queráis. Mi padre no se enojara. Lo harás dichoso.
-¿Y a mí que me importa vuestro padre, cuando yo no le importo? Te casarás con tu hermanastro, lo quieras o no. De hecho, si hubiera sido mi decisión, ya no habría puesto lo de tu cumpleaños número diecinueve. Ya estarías complaciendo a mi hijo.
-Qué suerte que no ha quedado a vuestra disposición. Al menos mi madre me dio una opción.
-Yo soy tu madre, por más repugnante que me sea ser madre de una chiquilla como tú, tan insolente.
-Pues jamás serás mi madre, y le agradezco el cielo ello.
-Tu madre era igual de insolente que vos. Era tan repugnante y sangre sucia como vos.
Eso hirió a Bella en lo más profundo de su ser, pero no le daría la satisfacción a su madrastra de ver cuánto.
-Que mal, no, que considere que esto es un matrimonio propio si soy una sangre sucia. Y escúcheme bien: podré ser lo que quiera, pero jamás caeré tan bajo como para insultar a la hija de mi marido, quien se supone que quiere. Será interesante saber que piensa mi padre sobre esto.
Rachel soltó una carcajada.
-No te creerá. ¿Quién te creería a ti, que estás engendrada en un vientre tan sucio?
-Mi padre.
-Ambas sabemos que le cree más a cualquiera que a ti, Isabella.
-Eso ya lo veremos.
Caminó sin detenerse hasta su cuarto y cerró la puerta con estridente ruido.
Cayó deshecha en su enorme y cómoda cama, hecha añicos. ¿Cómo se atrevía a insultar a su madre de esa manera, ahora que estaba con el señor? ¿Cómo se atrevía?
Ni siquiera amaba a su padre. Sólo había sido una trampa. Una tonta trampa que en que el Rey Charles había caído.
Lloró sobre el edredón. Por la furia. Por la desesperación. Por la desesperación.
Decidió que sería bueno ponerle llave a su habitación. Trastabilló hacia su habitación pero sintió algo rugoso y suave en su pie. Se agachó y lo tomó. Era una rosa y una carta. Abrió la carta, que decía.
Bella
Ansió poder verla de nuevo mañana. Tendré el gusto de poder soñar con usted, ya que no deja de rondar mi mente.
Edward.
Bella parpadeó y puso la rosa y la carta en el escritorio. Luego se enfadaría. Le puso lleva a su puerta y caminó de nuevo hasta su cama, donde lloro hasta el cansancio.
Vendetta*: veganza
Chicas, lo siento pero no pude poner un nuevo cap. más pronto. Tuve un bloqueo. Espero que les hayas gustado!
oh, y tambien siento mucho por que Edward no salió mucho.
Bye
Stardropper ;)
