Disclaimer: Los personajes de Teen Wolf no me pertenecen, sino a Jeff Davis y MTV. Sólo Ruby Heat, su manada, así como algunos otros que aparecerán a lo largo de la historia.
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La huésped
Ruby se acercó despacio a la escalera. Sujetó su cabeza entre sus manos y bajó la mirada buscando mitigar el dolor. Unos pasos comenzaron a escucharse. Ruby levantó la vista y el muchacho de la fotografía ahora estaba parado frente a ella, en lo más alto de los escalones. Él le dedicó una mirada agradable y de calidez, buscando darle la bienvenida a la que sería su casa durante las próximas semanas.
—Hola… —susurraba el muchacho a la vez que bajaba rápidamente escalón por escalón. Una vez que la tuvo enfrente, McCall extendió su mano derecha—. Soy Scott. El hijo de Melissa.
Ruby dirigió sus ojos, del rostro del muchacho a la mano que le ofrecía a modo de saludo.
—Lo sé —respondió—. Ruby —se limito a decir a la vez que tomaba la mano del muchacho. La soltó casi al instante para después tallar sus ojos.
—¿Estas bien? —preguntó curioso McCall, mientras acercaba su mano a la frente de la chica—. Estas ardiendo ¿Estas enferma?
—¡No! —Ruby alejó la mano de Scott de un ligero golpe, aun así el joven lució sorprendido—. Sí… —dijo en un susurró—. Es sólo un dolor de cabeza —decía moviendo la cabeza quitándole importancia—. Lamento el golpe. No me gusta que me toquen, especialmente en días como este —suspiró de nuevo—. Estuve horas sentada en un auto. ¿Puedes mostrarme mi habitación? Quisiera descansar un poco.
—Oh. La puerta al final del pasillo —le informó Scott señalando las escaleras.
—Gracias —murmuró antes de comenzar a subir los escalones.
Ruby abrió la puerta de madera color blanco. Le esperaba una recamara espaciosa y una enorme cama con sabanas blancas. Dentro de la habitación observó otra puerta, suponiendo que era el baño entró de inmediato. Sonrió de lado al verse reflejada en el espejo, apoyó las palmas de sus manos sobre el lavabo. Deslizó su dedo índice sobre la superficie ¿Porcelana vitrificada o hierro fundido?"¡Detente Ruby!"Se dijo así misma. No era momento para ponerse a pensar de qué material estaba hecho el lavabo de su nuevo baño. Dirigió sus manos hacía su rostro y talló sus ojos. Al abrirlos, un rojo brillante se reflejó en el espejo. Cerró sus ojos de nuevo y al abrirlos ése color se había ido y el castaño claro había vuelto. Movió su mano frente a su rostro intentando darse un poco de aire.
Para variar cada luna llena era lo mismo. Comenzaba con punzantes dolores de cabeza seguidos por un pulso acelerado. Después le seguía el aumento de temperatura, su cuerpo ardía como el mismo infierno. Su lobo estaba a punto de salir, y en luna llena no había nadie que pudiera evitarlo. Ni siquiera ella. Sólo controlarlo, pero no evitarlo. Al principio le resulto difícil comprenderlo, aprender a vivir con ello le costó tiempo. Más si no existía alguien que pudiera guiarla. Sin madre, sin abuela, ni siquiera una tía que pudiera hablarle de su cambio. Ella era diferente. No era como su hermano, como su padre o como sus tíos que habían nacido con la maldición, y con los años aprendieron a vivir con ella. Y es que hagamos cuentas. Un hombre lobo nacido tiene sus habilidades los trescientos sesenta y cinco días del año. En cambio Ruby, un par de horas durante una noche. ¡Y sólo doce noches al año! Bueno, tal vez trece si contáramos alguna luna azul.
Ruby abrió el grifo y el agua fría recorrió sus manos, arrojó un poco a su rostro lo que le resultó ser algo reconfortante. Cerró la llave y tomo la toalla que estaba junto al lavabo para secar su rostro. Observó su cara de nuevo en el espejo, decidiendo tomar un baño más tarde salió del cuarto de baño para caminar unos instantes por su habitación, familiarizándose con su nuevo espacio personal.
Además de la cama había un escritorio de madera. Se encaminó hacia el lugar y se sentó en la silla que estaba frente a éste. Dio vueltas en ella, era una de esas sillas de escritorio, sus llantitas le permitían moverla por toda la habitación. Sus ojos observaron el globo terráqueo que se encontraba sobre una de las repisas que conformaba el escritorio, y lo tomo. Lo olfateo y sonrió, incluso su olfato humano le permitía detectar el olor a nuevo. Por primera vez dio un lento vistazo, recorriendo lentamente cada rincón de la habitación. Juraría que cada mueble era nuevo. Se paró e inmediatamente llegó hasta el sofá. Un gran sofá rojo y unos cojines blancos con puntos rojos hacían juego. Se sentó en el, tres personas —Ruby se atrevía a aventurar que hasta cuatro— cabrían cómodamente sentadas allí. Su sonrisa divertida se asomó por sus labios y se recostó ocupando cada centímetro del sofá. Ruby se levantó de pronto "¡Vamos Ruby!" se dijo así misma de nuevo "Sí tu padre te viera diría que estas marcando tu territorio"
Ruby se llevó una mano hacía su frente y dirigió su miraba al suelo, justo como un cachorro arrepentido. Tal vez vivir con una manada de hombres lobo desde hace más de diecisiete años comenzaba a tener sus efectos. Bueno, tampoco era que fuera tan extraña, es decir, los humanos también lo hacen ¿no? Correr de un lugar a otro, moviendo y tocando, como si fueran un niño en una juguetería. Ruby se quitó su chaqueta negra y la arrojó sobre el sofá. El mismo destino le paso a sus botas negras, quedando sólo en calcetas, algo muy cómodo según ella. Siguió conociendo su habitación, no era muy grande a comparación con la que tenía en casa de su padre, pero le parecía perfecta para una persona. Para finalizar su ronda se dirigió hacía el closet, deslizó las puertas blancas, y observó lo espacioso que era.
Un ruido la hizo voltear hacía la puerta, instintivamente se llevó sus manos hacía atrás de su espalda, sujetando lo que guardaba bajo su blusa. En el lugar estaba Scott que había colocado el equipaje en el suelo, Ruby suspiró de alivio tratando de calmar los latidos de su corazón y lentamente soltó los cuchillos de plata escondidos bajo su ropa.
—Eres sólo tú… —murmuró aún tratando de calmarse. Era difícil, pero tendría que acostumbrarse, no iba a poder caminar por la casa con otro par de oídos a su lado. Ian, su mejor amigo y hombre de confianza era quién precisamente había ocupado ése papel en los últimos meses.
—Sí, lamento haberte asustado —se disculpo McCall—. Tu madre se ha ido —le informó el muchacho.
—Gracias… —Ruby se acercó a Scott.
—De nada —habló él—. Amanda se fue en taxi al aeropuerto —sacó unas llaves del bolsillo de su pantalón y las colocó frente a Ruby para que pudiera verlas detenidamente—. Ella dijo "El auto es todo tuyo. No lastimes a ningún animal que se atraviese en tu camino" —Ruby suspiró—. ¿Puedo hacerte una pregunta? —Ruby asintió a la vez que tomaba una de las dos maletas y la colocaba sobre la cama—. ¿Atropellaste algún animal en San Francisco?
—No —Ruby detuvo lo que estaba a punto de hacer. Cruzó los brazos al pecho. No necesitaba de habilidades sobrenaturales para saber que un interrogatorio se acercaba. Era algo normal que quisieras conocer a tu nueva inquilina ¿no?
—¿Haz lastimado a alguien en cualquier otro lugar?
—Creí que sólo harías una pregunta.
—Por favor, sólo responde —dijó McCall poniendo mucha atención en las pulsaciones de su nueva huésped. No dejaría que una psicópata asesina durmiera bajo el mismo techo que su madre.
—Bueno… sólo he cazado algunos animales —Ruby ladeó la cabeza tratando de recordar—. Mi padre me llevaba a cazar de pequeña. La mayoría de las veces eran conejos. Volvíamos a casa y mamá los cocinaba. Oh, Y le he disparado a un lobo una vez.
—¡Espera! ¿Tú sabes disparar? ¿Un arma?
—Sí, Sherlock —Ruby se fue acercando a Scott y tomó las llaves que él sujetaba entre sus dedos—. Rifles, escopetas, aunque personalmente prefiero las cortas. Son más fáciles de ocultar bajo la ropa.
—Pero… —Scott captó algo en los latidos de su corazón, lo que al final, lograba tranquilizarlo un poco—. Realmente no te gusta usarlas.
—Las uso más por supervivencia. Cuando vives en una casa en medio del bosque, tienden a aparecer lobos salvajes en busca de alimento. Especialmente en invierno —Ruby se encaminó al buró a lado de la cama depositando en el lugar las llaves del auto.
—Leí en alguna parte que en California no hay Lobos —le informó Scott recordando las palabras que Stiles le dijo alguna vez.
—Pero sí los hay en Montana.
—Creí que vivían en San Francisco —Scott se acercó y juntó a ella tomaron asiento sobre la cama.
—No desde hace años. La familia de mi padre ha vivido en Montana por generaciones. Hay una casa en medio del bosque que ha pasado de padre a hijo desde hace décadas.
—Disculpa, tengo curiosidad —le dijó Scott—. ¿Quién te enseño a disparar?
—Mi madre —Scott alzó una ceja—. No. No estoy hablando de Amanda. Hablo de Genevieve, ella era mi madre biológica, tenía la extraña idea de que nunca era demasiado temprano para aprender. Antes de morir solía decirme cuán buena era. Lo rápido que había aprendido. El magnífico talento que había heredado.
—¿Heredado? —repitió Scott al mismo tiempo que Ruby se ponía de pie.
—Sí, ¿Sabías que los lobos pueden escucharte a una milla de distancia?
—No ¿En serio? —susurraba Scott volteando la mirada—. De lo que uno se entera…
—Pueden hacerlo —exclamaba—. Y ahí es cuando entro yo… —continuaba la joven a la vez que se acercaba a la maleta grande que estaba junto a la entrada. Ruby la recostó en el suelo, deslizó el zipper para abrirla. De su interior sacó un estuche grande y delgado. Heat lo abrió de la misma forma, deslizando sus cierres y sacó lo que había en su interior.
Scott McCall se puso de pie tan sólo ver lo que sostenía entre sus manos.
—¿Qué es eso? —preguntó tartamudeando.
—Bueno… —Ruby entrecerró sus ojos intrigada por la reacción del joven—. Yo lo llamo Arco —siguió a la vez que dirigió sus ojos al Arco de Poleas para después mirar de nuevo a McCall—. ¿Estás bien? Actúas como si hubieras visto un fantasma.
El Beta dio un paso atrás. Su día iba de mal en peor. No sólo tendría que lidiar con los Argent, sino que ahora tendría que vivir con un cazador en su misma casa.
