Capítulo 4: Aquel sentimiento que trasciende el tiempo

Atrapados por las técnicas mentales de Gowther, el capitan y la princesa pasarán una noche inolvidable.


- ¿Liz?- susurra de nuevo.

- Señor Meliodas, por favor...- dice besándolo de nuevo y tomando los botones de su camisa, esta vez el rubio no opone ninguna resistencia, total ¿A quién quería engañar? Se sentía demasiado confundido como para reaccionar de forma coherente- Diana me dijo que ella se arrepentía de no haberle podido decir a King lo mucho que lo ama y después de eso ella perdió nuevamente sus recuerdos, así que al parecer ellos están destinados a seguir sufriendo por amor, quien sabe cuánto más.

- Lo sé, pero descuida encontraremos a Diana, es una promesa.

- Y usted siempre cumple sus promesas- le sonríe la joven.

- ¿No estas borracha, verdad?

- No- le dice mientras manda el chaleco del rubio a volar tras la cama.

- Pero aun así, eres demasiado inocente- le dice mientras duda si dejarla continuar "No creo que Elizabeth tenga una idea clara de lo que estamos haciendo"

- Estoy totalmente segura de hacer esto- le dice ella en respuesta.

- ¿Y qué es lo que quieres hacer Elizabeth?- la reta.

- Quiero...

- ¿Si?

- Quiero entregarme a usted señor Meliodas, quiero que... me haga su mujer- termina con el rostro completamente sonrojado.

- No sabes lo que pides, una cosa es que yo bromee sobre eso, pero créeme, no soy lo suficientemente imprudente como para deshonrarte de esa forma.

- ¿Deshonrarme?

- Eres la princesa de Liones, de ninguna forma puedo mancharte de esa forma. No debes entregarle tu preciado tesoro a un… a alguien como yo Elizabeth, algún día...

- ¿Qué? ¿Conoceré a alguien más?- le reclama molesta- Señor Meliodas, no existe para mí nadie más, cuando usted me rescato de Hendrickson me prometió que volveríamos juntos a la taberna y yo me aferre a ese sueño. Pude quedarme en Liones, pero decidí acompañarlo, porque... el lugar al que pertenezco es a su lado. Además fue usted el que me dijo al oído que viviera, porque...

- Porque no tendría una razón para vivir si tú no estás a mi lado- termina el pecado besándola y buscando con desesperación los botones del uniforme que está usando la chica, quien rápidamente busca también quitarle la camisa.

Meliodas trata por un momento de detenerse, pero los besos y caricias de Elizabeth borran su poco razonamiento. Pronto la ropa de ambos se encuentra esparcida por el piso, mientras ambos recorren sus cuerpos. Él ya la había visto desnuda y tocado mientras la molestaba, de igual forma ella lo había visto en harapos durante sus batallas. Pero estas eran circunstancias muy diferentes.

- Tus pechos son hermosos- le dice mientras los deja al descubierto y comienza a besarlos, sacando gemidos por parte de Elizabeth- Tu puedes tocarme también.

- Si señor Meliodas- dice deslizando sus manos por su pecho con una suavidad y lentitud envíciante.

- Uno, no me llames señor, dime solo Meliodas- le dice besando su cuello- Y dos, tócame sin miedo, si algo no me gusta te lo hare saber y quiero que tu hagas lo mismo.

- Si señ... digo Meliodas.

- ¿Aun quieres seguir?- le dice sujetando los bordes de la ropa interior de la joven, mientras recordaba la vez que él se las había robado en el bosque de los sueños.

- Sí, estoy segura- Meliodas desliza la prenda por las piernas de la chica dejando expuesta su intimidad, ella trata de ocultar su rostro ante la vista de él, pero el comienza a hacerle cosquillas para que deje de ocultarse.

- Esto te gustará- le agrega mientras acerca su pequeño rostro hacia esa zona.

- Espera, ¿Qué vas hacer?- la chica apenas pronunciar esas palabras cuando un fuerte gemido sale de su garganta, la cálida lengua de Meliodas saboreaba sus pliegues con gran destreza y la joven princesa daba gracias a los dioses de que ambos estuvieran solos, porque sus gemidos eran incontenibles. Su mano derecha se aferraba con fuerza a las sabanas, mientras que con la izquierda jalaba los mechones rubios del pecado en medio de sus piernas. Meliodas recorría esa zona con su lengua, cuando nota que está lo suficientemente húmeda se dirige hacia su entrada, introduciéndose en ella y saboreando la estrechez de la joven y el néctar que emanaba de ella.

Elizabeth arquea su espalda y deja hacia atrás su cabeza, al sentir como ese cálido y húmedo órgano la acariciaba en esa zona tan íntima, que jamás nadie había tocado, pronto una extraña sensación la invade, como mariposas dentro de su vientre que luego van acelerándose.

- Meliodas ¡Ah!- trata de interrogarlo, pero las palabras no salen de su boca.

- Tranquila- le dice separándose brevemente de ella- Todo lo que sientes es normal.

Esas palabras relajan a la chica, quien en un acto reflejo abre más sus piernas para permitirle a su amante maniobrar mejor.

Meliodas sonríe perversamente mientras continua recorriéndola, su lengua nuevamente se introduce en su entrada esta vez un poco más profundo tentando la barrera de la joven. No es que hubiese dudado un segundo de la virginidad de Elizabeth, pero una pequeña ola de remordimiento cruza su mente, aunque es rápidamente apartada cuando las manos de la joven rozan sus hombros. El rubio lleva sus dedos hasta el pequeño botón hinchado entre los pliegues de la chica y comienza a tocarlo con sus yemas. Un casi grito inunda la habitación, mientras la joven princesa alcanza su primer orgasmo y Meliodas bebe sus jugos como si no hubiera un mañana.

- Hola princesa- dice el caballero apoyado en sus hombros al lado de la joven- Bienvenida de vuelta- agrega mientras acaricia sus pechos y nota como pequeños temblores aun recorren el cuerpo de su amada.

- Eso fue increíble- le dice ella.

- Y aun no has visto nada- le dice volviendo a besarla.

Elizabeth pronto repara que Meliodas aun lleva sus pantalones puestos, mientras que ella está completamente desnuda a su vista.

- Paciencia princesa- dice notando su mirada curiosa- Aunque podemos dejarlo para otra ocasión si ya estas cansada- ella le sonríe en respuesta y lleva sus manos al broche del pantalón del chico- Vaya eres incansable.

Meliodas toma sus últimas prendas y las retira de una vez, su masculinidad queda expuesta ante Elizabeth quien no puede disimular su impresión, mientras sus ojos se fijan en esa parte de la anatomía de su amante. No cabe dudas de que aunque Meliodas posee la apariencia de un niño, su cuerpo está realmente bien desarrollado.

- No temas- le dice acercándose a ella.

- No, no es eso- le aclara- Es solo que jamás había visto...

- Lo sé- le responde, mientras vuelve a besarla y acariciarla, mientras poco a poco se recuesta sobre ella- ¿Te das cuenta que estoy arruinando tu noche de bodas, verdad princesa Elizabeth?

Un beso suave y sincero llega en respuesta, mientras ella separa sus piernas permitiéndole al rubio acomodarse sobre ella. Sus intimidades se rozan suavemente provocando un ronco gemido por parte de Meliodas y un pequeño suspiro de la chica, quien de pronto siente un escalofrió recorrerla, cuando él se coloca en posición.

- Te hare daño Elizabeth- le dice en tono de disculpa- Pero te prometo que pasara rápido.

- Hazlo- le indica, con seguridad y entonces el pecado se empuja suavemente en su húmedo interior- ¡Ahh!- se queja suavemente mientras el rubio se mueve suavemente, retrocediendo y empujando un par de veces antes de dar el golpe certero llevándose la inocencia de la princesa, quien ahoga un quejido de dolor en el pecho de Meliodas.

- Relájate- le dice él mientras respira con dificultad, definitivamente el interior de Elizabeth lo estaba enloqueciendo y si no se controlaba podría venirse en cualquier momento- El dolor es pasajero, confía en mí y no te muevas.

Ella le obedece y ambos permaneces juntos en la misma posición durante unos cuantos minutos, solo besándose despacio, mientras el recorre su cuerpo. El caballero decide tentar el terreno y se mueve suavemente dentro de la chica, quien trata de retener una queja, Meliodas se queda quieto unos segundos y luego repite la acción, esta vez con más facilidad, espera de nuevo y sale casi por completo de la joven, para volver a introducirse con suavidad, llenándola completamente con su hombría.

- ¿Mejor?- la interroga al no poder interpretar expresión de su amante.

- Aun me duele un poco, pero comienza a sentirse bien.

- Perfecto- le dice con confianza- Solo relájate y déjate llevar, pronto te va a gustar mucho más Elizabeth.

A pesar de toda la experiencia que tenía, Meliodas debía admitir que desde la muerte de Liz no había vuelto a estar con nadie, por lo que muy a su pesar había perdido algo de "practica" y en un primer momento sus movimientos fueron algo erráticos y bruscos. Pero Elizabeth no pareció notarlo o molestarse, por el contrario, aun con su inexperiencia la chica trataba de seguir el ritmo de sus movimientos.

- Meliodas- susurra contra su oído mientras sus cuerpos danzan sobre el colchón- Quiero decirte... lo mucho que te amo... Ahh

- También yo Elizabeth.

El rubio aumenta la velocidad de sus embestidas y pronto las paredes de Elizabeth comienzan a presionarse contra su miembro, mientras los fluidos de esta lo empapan completamente, permitiéndole moverse a un ritmo desesperado, mientras lanza gruñidos de placer contra el oído de la chica.

Pronto la peliblanca llega a su límite y profiere un fuerte gemido, mezclado con el nombre del pecado, al tiempo que él también da un par de fuertes embates y libera su semilla en el interior de la princesa.

- Meliodas- dice cansada mientras él se retira de su interior y un quejido se escapa de su boca.

- Elizabeth, no sabes cómo agradezco tus palabras- le dice besándola mientras se separa de ella.

Ambos se recuestan al lado del otro, viéndose fijamente con una sonrisa en sus rostros hasta quedarse profundamente dormidos.