Hola!.
Bueno, acá estoy nuevamente, para dejarles el Capítulo IV.
Muy ad hoc con el inicio de este mes, y hacer una pequeña previa del "séptimo día, del séptimo mes", si no saben a lo que me refiero…¡qué esperan para leer!... jejeje
Capítulo IV
Inuyasha —lo llamó una voz suave— ¡Inuyasha!
¡Kagome! —gritó incorporándose de golpe. Viendo a la muchacha sentada en el sillón junto a él— Ka…Kagome…
¿Estás bien?. Creo que tuviste una pesadilla —dijo la joven viéndolo con preocupación.
El joven abrió los ojos, aún algo aturdido, tragó en seco. Era ella; estaba ahí, a su lado. Dio una leve mirada a su alrededor y notó que aún se encontraba recostado sobre el mullido sillón. Había sido un sueño. ¡Un horrible y estúpido sueño!, pensaba con una profunda sensación de alivio.
Eres… tú… —susurró, tomándola por los hombros y jalarla hacia él. La envolvió entre sus brazos, apretándola con fuerza contra él— Estas aquí… —agregó cerrándolo los ojos— Kagome.
Inu… yasha —musitó con dificultad, sin comprender su reacción. Aún no lograba conciliar el sueño, y de pronto escuchó que la llama. Bajó las escaleras con rapidez, y se dio cuenta que él estaba teniendo un sueño muy perturbador. Y tal parecía que le había afectado demasiado. Intentó apartarse un poco pero fue imposible. Estaba siendo literalmente estrujada por sus musculosos brazos— Inuyasha, no puedo respirar — manifestó con voz ahogada. Él la soltó de inmediato, como si le quemara.
Lo… lo siento —se disculpó, bajando la cabeza avergonzado— No quise lastimarte.
Tranquilo —dijo con suavidad, levantando su mano para acariciar el endurecido rostro del joven. Él volvió a levantar la vista, fijándola en ella— Todo está bien. Sólo fue un sueño —susurró. Quería borrar esa expresión abatida, por lo que se acercó impulsivamente, para besar los labios del joven hanyou.
Él demoró un par de segundos en reaccionar, y ser consciente del leve rose de los labios femeninos sobre los suyos. Volvió a envolverla con sus brazos, esta vez procurando hacerlo con mayor delicadeza. Necesitaba sentir el calor de su cuerpo y asegurarse que aquello no era parte de una perversa ilusión.
Su mente aún estaba confusa y le costaba trabajo dilucidar cuál era el sueño y cuál era la realidad. Moriría si lo que estaba viviendo en ese instante fuera el sueño. Y si así era… entonces… todo se podía ir al mismo infierno, porque ya no quería despertar.
La instó a abrir los labios, para introducirse en su boca, deseaba volver a probar su sabor. Kagome se aferró a su cuello, mientras él entrelazaba su lengua con la de ella. La sintió temblar contra él, cuando sus manos se posaron en la estrecha cintura, y se introdujeron bajo la parte superior del pijama rosa, la calidez y suavidad de su piel, lo hicieron gruñir de deseo. Abandonó su boca, y luego comenzó a besar y lamer el fino cuello, escuchándola gemir. Su mente comenzaba a nublarse otra vez, y lo único que deseaba en ese instante era poseerla.
Abrió los ojos con sorpresa, al notar las enormes manos del joven tocar su piel bajo la ropa, y sintió temor. No estaba segura de estar lista, para dar aquel trascendental paso. Luego él bajó hasta su cuello, provocándole un cosquilleo y un ardor en el estómago. Era exquisito, pero no podía dejarlo continuar, debía detenerlo ahora que su mente aún lograba pensar con cierta nitidez, por lo que haciendo un gran esfuerzo lo alejó.
Detente, Inuyasha —suplicó respirando entrecortadamente.
¿Te… hice daño? —preguntó preocupado.
No. Es sólo que… yo… yo no… —balbuceaba nerviosa, y luego bajó la vista apenada.
Entiendo —murmuró luego de un breve silencio, retirando sus manos, para alejarse de ella— Yo… creo que saldré un momento —señaló levantándose del sillón.
Pero, aún no amanece, además tu herida… —dijo la joven.
Necesito tomar un poco de aire —la interrumpió, hablándole con serenidad— Vuelve a descansar.
¿Te marcharás a tu época? ¿Estas… molesto? —preguntó insegura.
No lo estoy. Sólo iré a los alrededores. No te preocupes —respondió esbozando una leve sonrisa para tranquilizarla y luego salió de la casa.
Exhaló un profundo suspiro, observando el cielo nocturno, recostado sobre el tejado de la casa. Recordó que Kagome le dijo en una ocasión que en su época no se podían ver tantas estrellas, y ahora se daba cuenta que ella tenía razón. Definitivamente prefería el cielo estrellado del Sengoku.
Giró la cabeza, viendo en dirección a la capilla donde se encontraba el pozo. Luego alzó sus manos para observarlas. Y de nuevo sintió un desagradable estremecimiento, al recordar aquella maldita pesadilla. Sus manos estaban limpias, pero aún podía percibir con claridad la húmeda tierra en sus dedos, así como también la angustia y el terror que lo invadió, cuando no lograba traspasar el pozo.
¿Y si en el futuro no se tratara sólo de una simple pesadilla?, se preguntó, y el miedo le caló aún más profundo.
Quizás llegaría un momento en el que tendría que renunciar a ella. ¿Pero sería capaz de hacerlo? ¿Podría resistirlo?.
Durante las largas semanas que estuvieron alejados, sintió en carne viva el dolor de la pérdida. ¿Cómo podría vivir el resto de su vida sin Kagome?. Si todo el tiempo que transcurrió y había sido una espantosa tortura. Lo peor, es que estaba seguro que tarde o temprano, se vería obligado a enfrentar esa situación. Él jamás podría obligarla a dejar su familia, todo su mundo, para vivir en una época tan peligrosa e indómita… y también estaba seguro que él tampoco se adaptaría a esta época, mucho menos al ser un híbrido, con tan obvias características de demonio.
Nuevamente la idea de convertirse en un humano con ayuda de la perla, resurgió en su mente. Abandonar su plan inicial de convertirse en un verdadero youkai, y en su lugar transformarse un simple humano… Como alguna vez deseó serlo cuando conoció a Kikyo… ¿Era eso lo correcto?.
¡Maldita sea!, todo esto sólo había provocado que se hiciera los mismos cuestionamientos, que se había jurado a sí mismo no volverían ni siquiera a pasar por su mente.
¡Maldición! —masculló en voz baja.
Esta era una noche muy extraña. Primero lo había hecho sufrir un infierno de horror a causa ese sueño maldito, y luego lo había arrojado al intenso placer de tenerla entre sus brazos.
¿Estará dormida?, se preguntó, deseando que el techo fuera transparente. Volvió a sentir ese cosquilleo en el bajo vientre, al imaginarla tendida en su cama. Sacudió la cabeza intentando borrar ese tipo de pensamientos. Ya había sido malditamente difícil controlar su excitación y detenerse cuando ella se lo pidió.
De no haber salido de esa casa, estaba seguro que no hubiera podido controlar sus impulsos, y al final, habría saltado por esas estúpidas escaleras e irrumpido en su cuarto para hacerla suya. Apretó los puños con fuerza, casi hasta incrustar las garras en las palmas. La deseaba tanto que llegaba a ser doloroso.
¡Demonios!. La lucha interna era de proporciones épicas. Su instinto de protegerla rivalizaba con el salvaje deseo que había comenzado a bullir en sus entrañas.
Al salir de la casa miró a su alrededor. Inuyasha no había regresado, después de lo sucedido en la madrugada. Y ella al final no había conciliar el sueño. Lanzó un suspiro, colgando la mochila en el hombro. Lo más seguro es que ambos se sintieran incómodos, por eso tenía que agradecer que fuera un día de escuela. Quizás, cuando regresara por la tarde, la situación sería menos tensa.
Corrió hacia las escaleras, sin percatarse que Inuyasha la observaba atentamente, desde el techo de la casa.
Después de verla marcharse a la escuela, el hanyou decidió entrar en la casa. Un exquisito aroma llegó hasta su sensible nariz, y al ingresar a la cocina, vio que ella había dejado preparado el desayuno para él, ocasionando que una sonrisa iluminara su rostro.
Durante el descanso, Kagome se encontraba sumida en sus pensamientos, sin prestarles atención a sus amigas que parloteaban junto a ella. ¿Qué debo hacer cuando regrese a casa? ¿Cómo debería actuar?, se preguntaba. Si algo tenía claro, es que no podría evadir la situación por mucho tiempo. La tensión sexual entre ellos había llegado a un punto sin retorno. ¿En qué minuto todo se volvió de cabeza?, pensó.
Por extraño que le pareciera, Inuyasha se había comportado como todo un caballero, deteniéndose cuando se lo pidió y aceptando con inusual calma su rechazo. Sin embargo, no estaba segura de cuánto tiempo más él podría contenerse. Después de todo era un hombre mitad bestia, y eso hacía que sus instintos y pasiones lo afectaran en una forma más intensa.
¿Podría detenerlo una próxima vez?, se preguntó. Aunque no sólo en el sentido de controlarlo, sino también de controlarse a sí misma, hasta saber que estaba lista.
¿Estar lista?, pero qué significado tenía eso. ¿Cómo sabría cuando estar lista? ¿Acaso no era suficiente sólo el amor?. Amor. Su alma estaba inundada de ese maravilloso sentimiento por Inuyasha.
¿Pero qué pasaba con Inuyasha? ¿Compartían el mismo sentimiento?. Había dicho que la extrañaba y que la necesitaba a su lado. Además, era evidente que también experimentaba un gran deseo físico, pero él jamás había declarado de una forma explícita sentir amor por ella.
No podría negar que tanto en el fondo de su mente, como en su corazón, aún permanecía aquella hiriente duda. Y tal vez aquello fuera lo que inconscientemente la estaba conteniendo. ¿Sería capaz de continuar sin volver a cuestionar el pasado?. ¡Ah!. Mi cabeza es un mar de confusiones, pensó abatida.
¡Kagome! —la llamó Yuka alzando la voz.
¿Eh? —exclamó mirando a sus amigas.
¿En qué mundo te encuentras, Kagome? —preguntó haciendo una mueca— Hoy pareces más distraída que lo normal.
Te preguntábamos si irás esta noche al templo—dijo Ayumi.
¿El templo? —preguntó sin comprender.
Es Tanabata. ¿Lo olvidaste?—informó Eri.
¡Oh!. Es verdad —musitó cabizbaja. En realidad con Inuyasha cerca, no había espacio para pensar en otra cosa.
Luego de una larga discusión, al fin pudo librarse de las quejas de sus amigas. Le fue bastante difícil inventar una excusa plausible para no acompañarlas a las actividades del festival.
Quizás Inuyasha quiera acompañarme, pensó esperanzada, tal vez eso ayudaría a que las cosas entre ellos fluyeran con mayor comodidad.
¡Ya llegué! —exclamó al entrar.
Hola —saludó el hanyou con cierto retraimiento. Parecía haber estado esperándola en la entrada.
Inuyasha. Salgamos más tarde a dar un paseo—pidió sonriente.
¿Qué?. ¿A dónde? —preguntó confundido.
Será una sorpresa —señaló guiñándole un ojo— Subiré a cambiarme —dijo corriendo a las escaleras.
Sonrió contenta, hundiéndose en la tina de agua caliente. Esta noche quería divertirse junto a Inuyasha, sin que las dudas, sentimientos no expresados o hasta la misma Kikyo interfieran entre ellos. Sólo Inuyasha y yo, pensó con determinación.
Ajustó el delicado peine al costado de su peinado alto. Tenía una delicada forma de un ramillete de flores de cerezo, con algunos pequeños pétalos colgando. Observó su imagen en el espejo y asintió complacida con el resultado. Bajó las escaleras, con el corazón latiendo violentamente en su pecho, oprimiendo con nerviosismo el pequeño bolo de tela que combinaba a la perfección con su yukata.
Inuyasha estaba en la sala jugando con Buyo. Cuando la vio, dejó el gato a un lado y se levantó con lentitud, sin quitarle la vista de encima.
Jamás la había visto vestida así, se veía hermosa. La yukata se ajustaba a la perfección a su esbelta figura, era de color blanco con bellas flores de cerezo, que caían como cascada desde su hombro hasta los pies. Tenía el cabello enrollado en lo alto de su nuca. La vio sonreírle con timidez y con un adorable sonrojo en sus mejillas.
Te… te ves… muy… bien —susurró deslumbrado, tragando en seco.
Gracias —respondió apenada, aún más ruborizada— Ten —agregó, extendiéndole una gorra. Él la recibió y se la puso ocultando sus orejas. Se dio cuenta que en su cintura llevaba la espada— Creo que deberías dejar a colmillo de acero en casa, en esta época no hay monstruos aterradores que exterminar —sugirió sonriente.
No estoy tan seguro. Siempre he pensado que tu época también es bastante peligrosa —contradijo con vacilación.
Y yo te aseguro que en mi época no existe nadie más fuerte que tú —afirmó orgullosa— Ni siquiera en el Sengoku.
¡¿Pero qué estás diciendo?! —exclamó ruborizándose— A…además te recuerdo que no he logrado derrotar al infeliz de Naraku —aclaró nervioso.
¡Ese sujeto no cuenta!. ¡Sólo es un cobarde! —protestó sintiendo rabia al recordar ese monstruo— Si no tuviera la perla en su poder, te aseguro que hubieras acabado con él desde un principio —aseveró, dejándolo sin palabras.
Inuyasha la observó sorprendido, y con el pecho hinchado de gusto, por el ímpetu de sus palabras, y sobre todo porque ella confiaba sin ninguna duda en su poder. Sonrió levemente y dejó su espada a un lado.
Vamos, Inuyasha— lo invitó con una sonrisa.
Sí —musitó siguiéndola.
El joven hanyou pareció disfrutar del viaje en el metro. Lanzando exclamaciones de asombro cuando vía algo que llamaba su atención, varias personas a su alrededor se volteaban a verlo divertidas y otras señoras encantadas por su adorable inocencia.
Llegaron hasta el pie de unas largas escaleras, similares a las del templo Higurashi. Él la miró extrañado, luego que comenzara a subir.
¿Por qué hemos venido a este lugar? —inquirió confundido— Es igual a tu casa. Sólo que se ve con mucha más gente.
Espera y verás —respondió sonriéndole.
¡Vaya! —exclamó, al mirar a su alrededor, y ver el animado ambiente del templo.
Olfateó el aire percibiendo aromas muy apetitosos, y se dio cuenta que habían muchos puestos de comida y de juegos divertidos en ambos costados. Sobre ellos unos faroles de papel, alumbraban el camino. Estaba abarrotado de personas, aquello le incomodó un poco, pero todos se veían muy contentos, y eso de algún modo lo animó también a él.
Recorrieron muchos puestos en su mayoría los de comida, el hanyou saboreó todo tipo de alimentos, fideos, bolitas de pulpo y algo con forma de pescado, según lo que le dijo Kagome, se llamaba taiyaki. Ahora comprendía por qué ella no había preparado nada de comer antes de salir.
Rato después, llegaron hasta el final del recorrido de los puestos. Donde se encontraban varias personas junto a unas enormes ramas de bambú en ambos costados, formando una especie de túnel, y desde las ramas colgaban una infinidad de papeles de colores con escrituras.
¿Qué son esas cosas? —preguntó mirando los tiras de papelitos que colgaban por todas partes.
Se llaman tanzaku, y en ellas las personas escriben un deseo, y luego lo cuelgan en una rama de bambú —explicó— Ahí hay algunos —dijo caminando hasta un mesón donde sacó un papel similar a los que colgaban— Aquí tienes uno. Escribe un deseo en él —indicó sonriéndole, pero de inmediato arrugó el ceño— Pero no estoy segura si sabes escribir.
¡Por supuesto que sí sé escribir! —gruño ofendido— Mi madre me enseñó… un poco —reveló con un dejo de tristeza.
Entonces… escribe tu deseo, Inuyasha—dijo sonriendo, entregándole un tanzaku de color rojo, junto a un lápiz. Ella tomó uno de color blanco y comenzó a escribir su propio deseo.
¿Y ahora qué hago con él? —preguntó el joven, mostrándole el papel.
¿Eso es japonés antiguo? —inquirió curiosa, ya que no entendía la escritura— No entiendo lo que dice.
Me parece perfecto. No tienes porqué saber lo que escribí —manifestó acercando el papel a su cuerpo, como si quisiera protegerlo de ella.
Sólo sentía curiosidad por la escritura —aclaró haciendo una mueca— Vamos allí —indicó acercándose a una rama, para atar el suyo— Debes atarlo a de este modo.
Entiendo —murmuró imitando a la joven— ¿Y por qué estamos haciendo todo esto? —preguntó extrañado una vez que terminó de atarlo.
Te lo explicaré en un momento. Primero quiero que vengas conmigo. Hay algo muy especial que quiero que veas —indicó sonriendo misteriosamente.
Continuaron caminando hacia el fondo del templo, cuando al doblar a otro pasillo, se encontraron con un espectáculo maravilloso.
Inuyasha lanzó una exclamación de asombro, estaba completamente deslumbrado.
Eran cientos, no, quizás miles de luces unas blancas mezcladas con otras más azuladas, que colgaban en lo alto. Era como caminar bajo un mar de estrellas.
Ven —susurró tomándole la mano para guiarlo, adentrándose bajo ese mágico espectáculo. Inuyasha se sorprendió al sentir el cálido contacto, pero de inmediato enlazó su mano con la de ella.
¿Qué significado tienen esas luces? —preguntó observando embobado el cielo.
Representan al Río Amanogawa, que es la vía Láctea. La fiesta que hoy se celebra se llama Tanabata, la fiesta de las estrellas, que es parte de una antigua leyenda—le explicó deteniéndose en el centro del lugar.
¿Tanabata? ¿Y cuál es esa leyenda? —preguntó con curiosidad.
Se dice que hace muchísimos años existía un rey llamado Tentei, el cual tenía una hermosa hija, llamada Orihime. Ella trabajaba sin descanso junto a la orilla del río Amanogawa, haciendo hermosas telas, trabajaba día tras día, por lo cual no tenía la posibilidad de conocer a alguien y enamorarse. Su padre se sentía muy orgulloso por su magnífico trabajo pero estaba muy preocupado por la soledad y tristeza de su querida hija. Por eso le presentó a un joven pastor de nombre Hikoboshi, que vivía al otro lado del río. Cuando se conocieron se enamoraron en ese mismo instante, y poco después se casaron. Sin embargo, sentían tanto amor el uno por el otro, que comenzaron a descuidar sus labores. El rey Tentei se puso furioso y decidió separarlos, prohibiéndoles que se vieran y dejándolos uno a cada lado del río. Orihime no podía vivir sin su amado esposo, y lloró suplicándole a su padre que le permitiera verlo una vez más. El rey se conmovió con las lágrimas de su hija, y les concedió la oportunidad de volver a verse, sólo por una noche cada año, en el séptimo día del séptimo mes, con la condición que Orihime cumpliera con sus labores. Sin embargo, la primera vez que tendrían la oportunidad de reencontrarse, se dieron cuenta que no existía un puente para cruzar el río. Orihime lloró amargamente, tanto, que una bandada de urracas fue en su ayuda, y con sus alas ayudaron a Hikoboshi para que cruzara y consiguiera volver a abrazar a su amada. Por desgracia, el encuentro de la pareja depende si esa noche el cielo está despejado, ya que también lo estaría el camino que les unirá, y si lloviera las urracas no podrían formar el puente, y tendrían que esperar hasta el año siguiente para verse —relató la joven, observando absorta la simulada vía láctea— La lluvia de una noche de siete de julio es mucho más triste que cualquier día normal, y por eso se le llaman lluvia de lágrimas.
¿Sólo pueden verse una vez al año?. Estoy seguro que ese rey sólo buscaba burlarse de ellos —refunfuñó el hanyou— ¡¿Acaso no tiene idea del maldito infierno, que es estar tan sólo un día sin verse?! —preguntó rabioso. Kagome le lanzó una mirada de asombro, ante el fervor de sus palabras, y sobre todo del significado personal que encubrían.
Inuyasha —musitó. Él la miró recién dándose cuenta de lo que había dicho, y enrojeció casi al tono de su traje escarlata.
¡Feh! ¡¿De qué te sorprendes?! —gruñó— Yo… yo… ya te lo había dicho —agregó rascando su cabeza avergonzado.
Me hace muy feliz volver a escucharlo —dijo la joven oprimiendo la mano del joven que aún estaba enlazada a la suya.
Al menos soy afortunado de tener un pozo que me permite verte cuando yo quiera —manifestó, acariciando la mejilla de la joven con su otra mano. Se obligó a reprimir el recuerdo de aquella inquietante pesadilla, pero por un instante pudo comprender el dolor y la angustia del tal Hikoboshi.
Inclinó la cabeza para alcanzar los labios de Kagome. Le dio un beso suave, tierno, procurando trasmitir los sentimientos que aún no conseguía expresar en palabras. No hubiera querido detenerse, pero sus orejas se movieron al percibir que alguien se acercaba. Se alejó de la chica, olfateando el aire, percibiendo un aroma familiar.
Creo que son tus amigas —dijo el joven, viendo la mirada horrorizada de Kagome.
¡¿Qué?! —exclamó angustiada— Debemos ocultarnos. Les inventé una excusa para no venir al templo con ellas. Si me ven aquí contigo, se enfadarán y no me dejarán en paz —explicó mirando a su alrededor, buscando una vía de escape.
¡Vamos! —soltó el joven alzándola en brazos, corrió velozmente hacia el lado de la montaña, internándose en el bosque, que se encontraba tras el templo.
Inuyasha, no te esfuerces. ¡Tu herida!—exclamó asustada.
No tienes que preocuparte por eso, ya casi está curada —informó con una ligera sonrisa.
Está bien, pero por favor, no te alejes mucho. Todavía hay algo que quiero mostrarte —suplicó aferrándose al hitoe rojo, ocultando la cabeza en su pecho— Ve a un lugar más alto.
¿Más alto?. ¡Muy bien! —accedió, dio algunos grandes saltos, y luego subió a la rama más alta de un gigantesco árbol— ¿Está bien aquí? —preguntó sonriendo.
¡¿En un árbol?! —exclamó asustada al ver lo alto que se encontraban— Creo que malinterpretaste lo que dije.
¡Ah. No te quejes! Y mejor observa el paisaje —manifestó sentándose en la rama, apoyando la espalda en el tronco, manteniéndola abrazada contra su pecho. Kagome miró hacia donde le indicaba, soltando una exclamación de asombro.
Es una vista maravillosa —dijo observando a lo lejos las luces de colores, que adornaban e iluminaban el templo, y mucho más lejos las luces de la ciudad. Todo aquello bajo un cielo estrellado— Es como si estuviéramos sumergidos en medio de Amanogawa.
Tienes razón —asintió el hanyou, estrechándola más contra él. Percibiendo el leve estremecimiento de la joven— ¿Tienes frío? —preguntó preocupado.
No. Estoy bien —contestó con voz trémula. Le daba un poco de vergüenza explicarle que fue a causa de sus brazos y el contacto de su cuerpo.
¿Y qué se supone estamos esperando? —preguntó intrigado.
En cualquier momento lo sabrás —respondió viéndolo con una misteriosa sonrisa, luego dejó descansar su cabeza contra el pecho del joven mitad demonio.
Tan sólo un par de minutos después, el primer estruendo le hizo saber a la joven que el espectáculo iba a comenzar.
¿Qué es eso? —inquirió el joven tensándose e incorporándose en alerta.
No te asustes, no es nada malo —lo tranquilizó justo cuando algo estalló frente a ellos seguido de la aparición de un intenso halo de luz— Son fuegos artificiales. Un espectáculo muy hermoso. Observa —le informó.
El cielo comenzó a ser salpicado de cientos de luces de colores, que desaprecian casi al instante, siendo reemplazados por nuevos destellos de formas y las más diversas tonalidades, eran hermosos y fascinantes, casi mágicos, para un impresionado Inuyasha, que observaba boquiabierto.
¿Te gustan? —preguntó la muchacha.
¡Es increíble!. Tu mundo tiene cosas realmente impresionantes, Kagome —manifestó mirando absorto en el bello panorama.
Es cierto —asintió viendo los coloridos resplandores— Pero carece de lo más importante —añadió pensativa, con un leve toque de tristeza.
¿De qué? —preguntó con mirada interrogante.
De ti —contestó fijando su mirada en los brillantes ojos dorados de Inuyasha.
Kagome —murmuró visiblemente conmovido— Por alguna misteriosa razón, nuestros mundos fueron conectados, y no tengo dudas que fue para que pudiéramos encontrarnos. Ahora estamos juntos… y eso es lo único que importa —expresó sujetando la cintura de la joven con mayor firmeza, y acariciando la sonrojada mejilla, alzándole el rostro para alcanzar sus labios.
El entorno poco a poco fue perdiendo su protagonismo, mientras eran envueltos por la magia de un simple beso.
Kagome se apartó, apenas unos centímetros, perdiéndose en la profundidad de su intensa mirada dorada, mientras acariciaba con amor la mejilla masculina. Cómo deseo saber si es amor lo que veo en tus ojos… Necesito tanto creerlo, pensó sintiendo temor de malinterpretar ese hermoso brillo en sus ojos.
Regresemos a casa, Inuyasha —pidió la joven, sin atreverse a formular la pregunta que hostigaba su mente.
Sí —asintió el joven con apenas un susurro, y el corazón latiendo desbocado en su pecho.
Inuyasha maldijo internamente al dejar que su mente interpretara aquella simple petición, en arranque de sus propios deseos, y tenía que admitir que cada vez se le hacía más difícil reprimirse.
El trayecto de regreso fue en los fuertes y protectores brazos de Inuyasha, que saltaba sobre los techos de los edificios con su increíble agilidad y velocidad sobrenatural.
Luego de unos pocos minutos, fue dejada sana y salva en su hogar.
Gracias —musitó la joven, cuando la depositó cuidadosamente en el suelo.
Permanecieron en un largo e incómodo silencio, sin valor suficiente para mirarse a los ojos.
Yo… yo… Gracias, Kagome… fue divertido conocer las costumbres de tu mundo —murmuró el joven con nerviosismo. Demasiado consiente, de que aquello no era lo que en realidad deseaba decirle.
Sí —susurró apenas, asintiendo. Sus manos estrujaban el pequeño bolso de tela.
Ya es muy tarde… —señaló observándola con fijeza, deseando escuchar algo más de parte de ella— Ve a dormir. Hasta mañana, Kagome —se despidió al fin, lanzando un leve suspiro de desilusión. Se giró dispuesto a salir de la casa.
Kagome comprendió desesperada que él tenía la intención de marcharse. Abrió la boca, pero no lograba articular palabra alguna, para pedirle que no se fuera, luego extendió su mano para detenerlo, pero ésta sólo consiguió llegar a medio camino.
¿Qué debo hacer?... Yo… quiero…, pensaba confundida, cuando escuchó la puerta que ya se cerraba, luego que él saliera de la casa, simplemente se quedó ahí, estática con una expresión horrorizada.
Soy una tonta —se reprendió la muchacha en voz baja, golpeando su frente con las palmas de sus manos. Cómo pudo permitir que se fuera así. Ni siquiera fue capaz de decirle lo mucho que lo necesitaba, pensaba mientras subía las escaleras hasta su cuarto, con actitud derrotada.
Observó su melancólico reflejo en el espejo del tocador. Al parecer aún no logro confiar en los sentimientos de Inuyasha, meditó. ¿Qué puedo hacer con este sentimiento de temor?, se preguntó exhalando un hondo suspiro.
Se quitó la yukata como una autómata, y luego el delicado adorno de su cabeza, dejando caer su cabello. Después se puso el pijama rosa y se tiró boca abajo sobre su cama llena de frustración. Seguramente esta vez Inuyasha se había marchado a su época. Y en realidad no lo culparía si así fuera. Ni ella misma sabía en realidad lo que le sucedía.
Un leve ruido llamó su atención, se incorporó con rapidez, intentando enfocar la vista en la penumbra. Volvió a escuchar el sonido en el suelo, cerca de su closet. Bajó los pies de la cama con lentitud, y caminó sigilosamente hasta el mueble. Lanzó una ahogada exclamación, cuando una pequeña sombra negra saltó cerca de sus pies.
¡Buyo! ¿Eras tú? —reprendió molesta, el gato caminó hacia ella, y Kagome vio espantada que el felino tenía un pequeño roedor entre sus filosos colmillos. Esta vez un grito de horror escapó de su boca— ¡Buyo, pero qué asco! —gritó y el gato espantado salió corriendo del cuarto. Ella iba a ir tras él, pero el sonido de la ventana llamó su atención, giró la cabeza justo cuando alguien se asomó a través de ella.
¡Kagome! ¡¿Qué ocurre?! ¡¿Estás bien?! —preguntó Inuyasha angustiado.
Inuyasha —susurró desconcertada, pero profundamente feliz de que él aún se encontrara en la casa.
¿Por qué gritaste? —preguntó, entrando de un salto en la habitación.
Buyo… me asustó… estaba cazando una rata —balbuceó nerviosa— Creí que te habías marchado a tu época —agregó queriendo lanzarse en sus brazos.
¡Estás sola en esta casa! ¡¿Cómo diablos piensas que podría estar tranquilo?! —regañó al recuperar la calma. Hacía solo un minuto creyó que se le paralizaba el corazón cuando la escuchó gritar— Yo… estaba sobre el techo —explicó intentando tranquilizarse.
Gracias. Me alegra que sigas aquí —declaró la joven emocionada. Como pudo pensar que él la dejaría sola, si Inuyasha siempre cuidaba de ella y la protegía de cualquier peligro.
Yo… Creo que lo mejor es permanecer dentro de la casa —indicó algo nervioso. Le dio una breve mirada y pasó junto a ella para salir de la habitación— Iré a dormir al sillón —informó, al llegar a la puerta entreabierta.
Kagome retuvo la respiración. No, no de nuevo… ¿Acaso otra vez se quedaría paralizada?. Él estaba ahí, tan sólo a un par de pasos. Su cuerpo pareció reaccionar cuando el joven se disponía a salir, zanjó la poca distancia que los separaban, y lo abrazó por la espalda, aferrándose a él para retenerlo.
No… No te vayas —suplicó con voz ahogada, rodeando la cintura del joven.
Kagome —susurró, tragando en seco y abriendo sus ojos dorados, impactado por el inesperado gesto de la muchacha.
Quédate… a mi lado… Inuyasha —agregó ocultando el rostro en la ancha espalda masculina. Sabiendo que ya no había marcha atrás.
Continuará….
Espero que hayan disfrutado de este capítulo. Y no está demás adelantar que el próximo será hermoso! (bueno, es mi personal opinión XD )
Quiero agradecer los mensajes y el apoyo de:
Serena Tsukino Chiba
TheSacredArcher
Les envío un abrazo muy apretado.
