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ARABIAN NIGHTS
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「CAPÍTULO 4」
"Ningún hombre debe mirar a las partes privadas de otro hombre, y dos hombres no deben dormir en la misma cama bajo una misma manta. Quien lo haga quedará prendado y no habrá manera de salvarle"
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[Despedida de Mahoma]
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HISTORIA DE LOS CUATRO CAMINOS
— La primera prueba que el preste Erwin le puso al rey Errante, probablemente fue la prueba más difícil por la que tuvo que pasar, porque ni siquiera su amigo y ahora fiel acompañante Farlan podía ayudarlo con tan difícil decisión.
''Habían pasado caminando mucho tiempo, hasta llegar a una parte que desconocían completamente, los caminos se habían tornado enredaditos, los árboles se habían convertido en enormes patas de elefantes gigantes y la vegetación cubría todo el cielo hasta que te dejaba completamente ciego. Casi podían asegurar que se habían internado en la selva alejada y desconocida, donde los animales extraños ya los acechaban mientras inútilmente seguían buscando el camino para llegar al preste Juan.
— ¡¿Es qué ahora será imposible continuar con nuestro camino sin saber las respuestas?! — se quejó el antiguo ermitaño —. Necesitamos saber la verdad sobre qué dirección seguir.
Pero no sabían que se trataba de una prueba que el mismo Erwin les había puesto sentado desde su trono. Se carcajeaba al verlos perdidos, pues ni, aunque lo intentaran los hombres lograrían encontrar el camino hasta él, y mientras lo intentaban él podía entretenerse.
— ¿Qué es lo que ahora debemos hacer para poder acercarnos más a aquel que es nuestro camino? — se preguntó el rey Rivaille.
Entonces a lo lejos pudieron mirar un hermoso camino que se partía en cuatro secciones, en ese lugar la tierra era firme y los árboles se apartaban para dejar ver el hermosos y blanco cielo, desde donde aseguraban que alguien los estaba observando. Se acercaron cada vez más a los cuatro caminos, cuando los vieron bien se dieron cuenta que había cada color por uno de estos. El camino amarillo le hablo al rey.
— Por favor sígueme a mí, yo te llevaré al lugar que perteneces — le suplicó con voz tímida y dulce.
— No le hagas caso — dijo el camino verde —. Es un estafador, mi camino es el correcto, ven por aquí.
— ¿Acaso harás caso a ese camino? — se burló el camino negro —. No le sigas el juego, que yo por encima de todos soy el correcto.
— Eso es mentira, sólo quieren engañarte, sigue mi camino que yo te llevaré donde perteneces — le suplicó el camino rojo.
El rey se sentía aún más confundido de lo que estaba antes, todos los caminos le hablaban al mismo tiempo y le resultó imposible dirigirse por ninguno de ellos. Pero no tenía más opciones, así que cuando miró a su amigo este sólo lo apartó para que pudiera comentarle que es lo que a continuación haría.
— Debemos enviar un espía — le explicó Farlan —. Así hasta el final del camino, para que nos diga que hay al final y de esa manera sabremos qué camino seguir.
— Pero, no podemos mandar a nadie y ninguno puede ir ¿A quién podremos enviar?
En ese momento se apareció por entre la maleza un pequeño mapache de color café con una gran patata en la boca, tenía unos ojos melosos y una mirada pérdida y atenta, se quedó confundida cuando vio a los dos humanos y casi se pone a correr cuando el rey la pilló por la cola.
— Déjenme, déjenme ¡Que yo no les he hecho nada!
— ¿Cómo te llamas animal de la selva?
—Me llamo Sasha y soy un mapache, ¿Qué quieren de mi para que me dejen en paz? — pidió, el rey la dejo en el piso y le tomó de la oreja explicándole exactamente lo que quiera que hiciera —¿Sólo eso? ¡Qué fácil entonces no me tardo!
La mapache se fue corriendo por el camino rojo, el rey pegó bien la oreja. 'Aquí no hay nada' gritó la mapache, después se fue por el camino verde y gritó lo mismo, después tomo el camino amarillo y volvió a gritar. Finalmente llegó al camino negro y un grito desgarrador se escuchó en unos segundos '¡Es este!' gritó la animalita y regresó corriendo para esconderse.
En ese momento el rey y Farlan supieron que terminando el camino negro finalmente se encontraba el sirviente del preste Juan que los guiaría hasta su hogar, que la mapacha lo había mordido para asegurarse de que era una persona de verdad. Y lo habían conseguido… ahora… tenían que… llegar hasta donde se encontraba''
El castaño tenía la copa de vino en la mano, pero se tambaleaba y el contenido se derramaba por los lados, aunque ya era la tercera copa, ya no importaba mucho si no se la terminaba. Apenas y había podido terminar de balbucear las últimas palabras, su rostro estaba rojo por el alcohol y su velo se había deslizado por sus hombros, ahora estaba con sus manos sobre la alfombra y con la cabeza trastabillando sin dejar de mirarle.
El sultán tragó saliva, quiso hablar y preguntar que si había terminado. Había pasado mucho tiempo bebiendo juntos y escuchando la historia, ahora él estaba completamente ebrio y cansado… estaba cabeceando, pero aun así tuvo la voluntad de inclinarse contra su cara. Mirándole fijamente con sus labios entreabiertos y cubiertos de vino color uva.
Con sus hermosos ojos verdes.
El muchacho soltó una risa atontada y ladeó la cabeza un poco cuando sonrió.
—Me gustan sus labios… me gustan mucho.
Levantó la mano para tocarlos con el dedo índice y dejarlo justo en medio como si quisiera silenciar al pelinegro, sin embargo, el dedo sólo resbaló de su rostro.
Sólo sintió cuando el castaño ya estaba profundamente dormido, con la mejilla recargada sobre la alfombra y las manos estratégicamente colocadas. El lugar tenía un ligero olor a vino que el sultán no pudo dejar pasar, tal vez para ser la primera vez que el cuentacuentos tomaba se había comportado de buena manera. Sin embargo, había cedido al sueño apenas y el cuento terminó.
Eso era una desventaja si se trataba de amenizar una fiesta o una reunión, pero como no tenía planes de ese estilo para el mozuelo, no tenia de que preocuparse. Aunque sería una buena idea entrenarlo para poder resistir más ante ciertas situaciones que pudieran desarrollarse mientras se quedaba en el palacio.
Esa afirmación y la suave respiración del chico dejaron pensando al sultán. Ya había quedado confirmado que el castaño tenía un lugar en el palacio, un lugar medianamente respetable y había mandado a los arquitectos a hacer las modificaciones pertinentes a la habitación que el menor había elegido, como se consideraba a sí mismo una persona prudente, era el momento de hablar con alguien sobre la estadía del mozo.
Pero ahora estaba demasiado cansado y no tenía tan mal corazón como para dejarlo durmiendo sobre la alfombra rodeado de fruta ya incomestible y el olor a vino. Meditó el cargarlo hasta su propia habitación… no había nadie a su alrededor que pudiera discriminarlo por haber sucumbido ante esta acción. Así que se lo hecho encima y acunó sus piernas sobre su pecho.
Después de que hubiese llegado a la puerta y antes de que pudiera llegar al pasillo que lo llevaría a las escaleras laterales, su aya Petra apareció con las manos ocupadas. Le dirigió al sultán una mirada de preocupación y se colocó a su lado. El sultán no se detuvo a mirarla y siguió su recorrido hasta los aposentos reales.
—Petra — la llamó tras un prolongado silencio — ¿Tienes algo que decir?
—No debería cargarlo tan desvergonzadamente, la gente puede ponerse hablar. Tiene suerte que no haya nadie por aquí… pero debería ser más cuidados con su trato hacia ese mozo.
Levi rodó los ojos y comenzó a subir los escalones de mármol, los vitrales alumbraban su camino y pintaban las paredes de hermosos colores azules y amarillos. Petra lo seguía por detrás, aun con el reproche bailándole en la comisura de la boca.
—Los sirvientes pueden hablar todo lo que quieran, no estoy infringiendo ninguna regla y hago gala de mi amabilidad — se defendió el sultán—. Si quieres hablar de lo que me comentaste anoche, no tengo ganas. Debo ir a rezar después de dejarlo en mi cuarto… ¿Los arquitectos están en el suyo?
—Han estado trabajando desde que la petición fue hecha, sultán. —explicó Petra
El sultán llegó hasta el pasillo principal y con este camino hasta llegar a su enorme habitación que tenía la vista principal de todo el reino, tan sólo por unas torres alejada de la que el castaño había elegido. Aunque realmente dudaba que el castaño fuera a pasar mucho de su tiempo en esa habitación, ahora que le había asignado una tarea formal.
— ¿Majestad, que va a hacer con él? — le preguntó Petra abriendo la puerta del cuarto para que el pasara sin problemas.
De alguna manera Levi había estado evitando contestar esa pregunta, por la sencilla razón de la inseguridad. Pero ahora, que había dejado al joven sobre su cama y había observado con delicadeza como su cuerpo se hundía entre la cantidad desorbitante de colchas y cojines de sedas finas y hermosos bordados, no pudo pensar si no en la única opción y la que él más anhelaba.
— Me quedaré con él… es decir, él se quedará en el palacio. Forma parte de mi grupo de entretenimiento —que era realmente un grupo muy reducido y sin las comodidades que el mozo tenía—. Ya que va a vivir en el palacio, debes enseñarle todo sobre él. Quiero que lo eduques, se su aya, así como eres la mía.
— ¿No pensará llevarlo con las concubinas…? —se espantó Petra al pensar que el sultán estaba pidiéndole que le enseñara lo que esas mujeres aprendían diariamente.
Levi se había quedado sentado a los pies de la cama, mirando el cuerpo dormido del castaño. Pero cuando escucho esta extraña pregunta miró a Petra con enfado, realmente no era lo que había pedido… si bien él debía aprender todo sobre etiquetas y danzas, no era una concubina. Se trataba de un muchacho que lo entretenía contándole cuentos, ¿Por qué era tan difícil para todos asimilar eso?
— No lo juntes con ellas y menos ahora — le dijo Levi con reproche — Él tendrá sus clases individuales, enséñale todo lo que los hombres deben de saber… pero también todas las gracias que una mujer posee.
— ¡Será muy complicado para la gente en el palacio! ¡No sabrán cómo tratarle! Se trata de un joven no de una muchacha…
—No te estoy preguntando sobre aquello. De hecho, eso es mi decisión —Levi sintió molestia al ver que Petra no se limitaba sólo a asentir, no estaba y nunca estaría acostumbrado a que alguien le cuestionara sus acciones. Sobre todo, si se trataba de las personas que le interesaban.
— ¿Mantiene interés sexual sobre él? – le preguntó Petra con mucha soltura.
— No seas imprudente, este muchacho me cuenta cuentos. Un entretenimiento muy sencillo que no cualquiera puede hacer, y aunque lo intentaran no poseerían su gracia. Sin embargo, es una actividad muy voluble, algún día me aburriré y él no podrá hacer nada… tendré que dejarle ir o matarle. Pero hasta que ese momento llegue, quiero que lo pase lo mejor posible. Se lo ha ganado…
Petra se quedó callada meditando las palabras del sultán, se trataban de verdades absolutas. Si el sultán no estaba manteniendo relaciones con el joven y lo único que quería era tenerlo bien y educado dentro de su propio ambiente no habría ningún problema, además de que claro se trataba de un mozo con atribuciones a jovencita, eso lo haría difícil para la gente en el palacio, al menos hasta que el sultán se aburriera de él…
Pero, al ver como el sultán se quedaba embelesado mirando al joven de graciosa figura… Petra supo que faltarían mil noches antes de que eso pasara.
— La gente hablará… — murmuró Petra.
El sultán volvió a silenciarla con una mirada. Pero después la apartó, no quería seguir discutiendo cosas sin sentido, ya había dado órdenes y si había alguien que se opusiera lo mandaría a la horca sin ningún reparo. Su palabra era absoluta.
— Llama al consejo y a los cortesanos, diles que llegaré en unos minutos y nos pondremos a discutir sobre los temas del estado que dejamos pendientes la vez pasada…
Petra asintió y se retiró del lugar sin darle la espalda al sultán, aun cuando se tratará de una orden y estaba muy sacada de sí misma por la actitud que tomaba el sultán, tenía que hablar con alguien antes de acatar aquellas nuevas órdenes, aunque ya sabía que algo así terminaría sucediendo. Por eso ya le había dicho al joven que muy pronto sabrían su destino.
Ahora había que educarlo.
Levi se quedó callado en la habitación por un rato más, no precisamente estaba mirando al castaño, pero si, lo estaba mirando y mucho. ¿Estaría cómodo aquí acostado? Levi deslizó sus manos sin malicia por la piel del brazo del castaño, las pulseras estaban clavándose en su piel, decidió que era correcto quitarle de encima los ornamentos.
Comenzó por quitarle los brazaletes y las pulseras, también las cadenas que unían sus joyas al cuello y los collares. Después la tiara de piedras preciosas y apartó de su cabeza el velo vaporoso que cubría su suave cabello. Vio la suavidad de su pecho y sus hermosas clavículas, pero no desistió en quitar los seguros del top y apartarlo lentamente del pecho del muchacho…
Dejando expuesto su cuerpo perfecto.
Tragó saliva al ver los pezones del joven, ahora erectos por el contacto con el aire frio del exterior. Definitivamente tenía que hacer que esas dos pronunciaciones rosas fueran perforadas. Tenía que ser como las hermosas damas que demostraban la belleza de sus dones adornándolas con piedras preciosas. Sólo de imaginar a él mostrando su gracia forrada de dos argollas de oro lo hizo salivar… aquellas tetillas las bañaría en diamantes sólo para que resaltaran más para él.
Deslizó los dedos hasta su ombligo y luego al cinturón del pantalón semi abierto de las piernas, holgado y casi transparente. Lo apartó dejando que la tela transparente rodeará sus piernas por completo y ya no hubiera nada que lo cubriera de sus ojos. Después apartó también la gasa de las piernas del joven y se quedó quieto mirando atentamente las hermosas piernas del castaño.
No se trataba simplemente de un par de hermosas piernas, largas y amoldadas a la perfección. Eran más que eso. No eran delgadas, porque había carne ahí para agarrar, unas hermosas pantorrillas adornadas con brazaletes en los tobillos — que también fueron quitados por el sultán—, y unos muslos perfectamente armonizados con su altura y su proporción. Pero después se encontraban aquellos trozos de tela que delineaban el final de sus glúteos y el inicio de la cadera.
La lencería más hermosa y curiosamente delicada que había admirado y además era tan delgada. Levi colocó un dedo sobre la tela, el dedo meñique, sólo para comprobar que ni si quiera tenía el grosor de este, se trataban de viles hebras adornadas con pedrería que comenzaban en sus glúteos, se perdían en medio y resaltaban a los costados. Para después cubrir perfectamente bien ahí donde el castaño aún era un chico…
Con tal cuerpo era casi imposible adivinarlo.
Pero si te acercabas a ese lugar, aun brillaba la hermosura de la virilidad, contrastando con la belleza graciosa de su figura.
Ahora estaba completamente desnudo.
No pudo resistirse a bajar sus labios y colocarlos sobre la lencería que pasaba por la cintura, rozar esa caliente y dorada piel acaramelada. Sus labios eran fríos comparados con la calidez que el muchacho expiraba en esa cadera suya.
Si quisiera podía tomarlo ahí mismo. Pero no podía hacerlo. Tenía que retirarse inmediatamente. Negar el deseo que ese cuerpo le provocaba sólo con mirarle. Y aun tenia ropa encima, no podía imaginarse como seria verlo sin nada… sin absolutamente nada encima.
Su estómago se retorció y tomó una de las sábanas para ponérsela encima y alejar cualquier mirada perversa de él. Se levantó airoso y salió de la habitación dejando al chico adormilado y desnudo sobre la cama, no pudo resistirse y había terminado por lamer su ombligo antes de irse.
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''Cuando un hombre se monta otro hombre, el trono de Dios, tiembla''
[El Hadith]
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Cuando el sultán estuvo sentado en la sala de trono, con todos sus cortesanos alrededor y el consejo mirando los pergaminos, por fin se sintió un poco más relajado, tenía la mente concentrada en sus asuntos políticos, su hermoso reino y su pueblo que le amaba como al casi Dios que suponían que era. La brisa fresca que entraba le enfriaba el rostro mientras que la alfombra que cubría todo el gran salón — y que era la alfombra más grande del palacio —, daba una sensación cálida que contrastaba perfectamente.
Había estado rezando y se había bañado, había desayunado y ahora estaba comenzando su nuevo día lleno de tranquilidad. Hasta que vio a la pelinaranja entrar por la puerta principal de la sala de trono y mirarle con los ojos llenos de inconformidad y preguntas. El sultán rodó los ojos y dejo que ella se inclinara frente a él y comenzara a hablar.
— ¿Ya has hecho lo que te he ordenado?
— Ya he comenzado con todos los preparativos, pero no puedo evitar sentirme preocupada por la situación majestad. — Petra levantó la cabeza y dejo de reverenciarle —. Vuestro comportamiento no se asemeja al que yo haya visto jamás en usted y eso me pone a pensar en su seguridad y la del reino.
— ¿Acaso él te desagrada?
— ¡No! — gritó rápidamente agitando las manos —. No se trata de eso, mi deber es no mezclar mis relaciones con los asuntos diplomáticos y tengo razones para decir que la situación es complicada.
— ¿Qué situación si me pudieras explicar? No he descuidado mis deberes, ni me he convertido en un tirano… según como yo lo veo las cosas se encuentran igual que antes. Estas haciendo un escándalo por un mozo que tarde o temprano tendrá que irse.
— Yo no soy la única que piensa lo mismo — se puso la mano en el pecho —. En realidad básicamente he sido influenciada, las personas hablan y ven sus acciones. Está en la mira todo el tiempo, no puede dejarse guiar por sus deseos de ese modo. No es sobre usted o como lo trate a él, es exactamente sobre él… las personas lo consideran desagradable.
— ¿Desagradable? — por fin Levi bajó su pergamino, miró a la aya. Estaba desviando la mirada — ¿Quién es el que ha dicho eso? Creo que si alguien tiene algo que decir puede venir a decírmelo a la cara y no hay razones para preocuparse, Petra. Ya se acostumbrarán a su presencia, porque no pienso dejarle ir.
Petra se quedó callada, sabía que era mala idea intentar dialogar con el sultán, pero se había quedado sin opciones y ahora realmente tendría que seguir las ordenes de quien se lo había suplicado, además ya lo había intentado todo. No había forma en la que el sultán cambiara su actitud sobre el muchacho o simplemente reconsiderara lo sospechoso que era el joven castaño.
— Fue su madre. — admitió Petra bajando la mirada —. Ella es quien tiene todas esas inseguridades.
El sultán no tuvo más opción que cerrar los ojos y asentir. No sabía porque no le sorprendía, pero realmente ya comenzaba a pensar que tenía un par de días desde la llegada del nuevo inquilino y ella no se había aparecido para revisar el asunto con sus propios ojos. Era impropio de ella dejar que el sultán tomara decisiones propias en cuanto a sus intereses personales, sin embargo, él no podía darse el lujo de darle las decisiones a ella.
— Si ella tiene algo que decir, puede venir a verme personalmente. La escucharé atentamente como siempre lo hago…
Entonces Petra se sintió liberada, ya no tenía que preocuparse por el asunto, ahora las dos partes disconformes tendrían una reunión y ella podía comenzar con sus deberes de educar al nuevo inquilino, esperando que el sultán tomara su decisión rápidamente. Ahora tendría que ir a buscar a la madre del sultán y alentarla a hablar con su propio hijo.
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"¿Cometéis una indecencia que ninguna criatura ha cometido antes? Ciertamente, por concupiscencia, os llegáis a los hombres en lugar de llegaros a las mujeres. ¡Sí, sois un pueblo inmoderado!"
[Corán 7:80-84]
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Cuando se despertó apenas era medio día, había tenía oportunidad de dormir casi toda la noche y gran parte de la mañana. Aunque según sus recuerdos ahora mismo debía encontrarse en la alfombra del comedor, pero ahora permanecía en la habitación del sultán.
No quería sorprenderse sin embargo terminó por hacerlo. "Me ha traído cargando de nuevo"… la ropa de su cuerpo había desaparecido, salvo por la lencería "¡Incluso me ha cambiado!" sus mejillas se tiñeron de un rojo borgoña que se extendió por toda su cara y sus orejas. No era la primera vez que el sultán lo veía casi desnudo, pero casi pudo recordar como sus manos habrían que tenido que tocarlo para dejarle así.
Se quitó la sábana de seda de encima y se desperezó, no podía andar desnudo por la habitación del sultán, pero no veía ninguna ropa preparada, así que pensó que debía ponerse la misma del día anterior. Pero cuando se levantó de la cama había una canasta con una muda nueva y muy bien arreglada.
— Un color nuevo… — murmuró extrayendo la ropa. Esta vez no era algo tan elaborado como sus ropas azules de la noche anterior.
Era un top con mangas que cubrían todas sus costillas y también sus hombros, tenía un bordado dorado en toda la orilla. Un largo velo de seda que se ajustó a la cabeza con una diadema de rubíes encima y una tiara de monedas que colgaban en su frente. Era un velo larguísimo y redondeado al final. No era tan volátil como los otros, pero se arrastraba.
Lo realmente diferente era la faldilla. Esta vez se trataba de una falda con abertura en las piernas y no un pantalón con tobillos ajustados. Como siempre se colocó un protector de seda sobre sus partes íntimas que le llegaba casi bajo el muslo, para que las telas transparentes no mostraran sus más bellos dotes.
Era bastante volátil y dejaba ver parte del cinturón que lo cubría. Mostraba sus piernas, y todo estaba hermosamente entintado en rosa pálido. Se colocó más de los pocos ornamentos que le habían dejado. Unos hermosos zapatos que mostraba sus empeines y de punta respingada. Dos tobilleras anchas de oro y piedras rojas. Así como dos brazaletes ligeros que contoneaban las monedas que de ellos colgaban.
Ya estaba completamente vestido cuando notó su apetito voraz, normalmente Petra se encargaba de traerle la comida en cuanto se levantará, pero ella no estaba ahí y él no podía simplemente ir a buscar comida por su cuenta.
Tampoco podía morir de hambre.
Guardó toda la ropa que le habían quitado en la misma cesta y abrió la puerta de la habitación rápidamente. No conocía aun el palacio, pero conocía las rutas que hasta ahora había tenido que tomar, sabía que si llegaba a las escaleras después estas abrirían a un hermoso pasillo que daba a un jardín.
En ese jardín había hermosos árboles frutales. Probablemente pudiera tomar un poco de la fruta madura y comerla hasta que Petra o el sultán le ordenaran que comiera algo más formal.
— Voy a tener que correr… — no quería cruzarse con nadie durante el camino — ¡Alah, cuida de mí!
Y con el brazo extendido se aventuró al exterior de la habitación. No había nadie cerca o a la distancia, así que no hubo manera de detenerlo cuando se lanzó corriendo por el pasillo hasta llegar a la entrada de las escaleras marmoleadas. Bajó levantándose la falda y dejando que el velo que le cubría toda la espalda se arrastrara por los escalones.
Ya casi había llegado al final de las escaleras cuando pudo vislumbrar el hermoso jardín, la gente que estaba no se encontraba muy cerca y parecían metidos en sus asuntos. Sólo le faltaban un par de zancadas para llegar hasta sus alimentos.
— ¡Bien! Casi lo he logrado. Toma eso Jean, él es demasiado gordo para no ser notado…
Dio un paso enfrente para llegar al pasillo, pero se detuvo de inmediato cuando escuchó las voces que provenían de una parte más alejada del pasillo. Se agazapó en donde estaban los escalones y se cubrió la boca. No se trataba de cualquier voz, era la voz de alguien que jamás había escuchado. Y que tenía una voz firme y potente.
—… Después de tres días, eso es lo que he tenido que esperar para que me permita verle. — parecía que hablaba con alguien, pero nadie más contestaba —. No hay manera con ese muchacho, a veces me canso de esperar sus favores.
Las personas siguieron caminando, él manejaba sus respiraciones como si un soplido fuera a delatarle. Cuando por fin quienes hablaban habían llegado frente a las escaleras y siguieron caminando como si no se hubieran fijado en nada más que lo que tenían enfrente, él abrió la boca con sorpresa.
¿Quién era esa persona?
Su apariencia daba a entender que no era alguien normal, era descomunalmente agraciada, enfundada en una larga falda negra y una túnica que cubría todo su cabello y su torso, del mismo color negro y la oscuridad profunda de la noche. Tenía el rostro blanco como el mármol y los ojos afilados como dos trozos de carbón. Era un contraste entre lo blanco de su piel y la negrura de sus ropas y sus cabellos.
Detrás de ella venían tres mujeres vestidas con sencillos trajes de color avellana. La ayudaban a caminar y no decían nada mientras hablaban. Tenían la cabeza completamente cubierta y también traían un velo encima de sus bocas. La mujer había continuado hablando, pero repentinamente se detuvo.
Se tapó la boca y se alejó un escalón más para evitar ser percibido por aquella extraña mujer.
— ¿Alguien está usando flores de Azahar en el cabello? — murmuró con la voz seca —. Detesto la flor de Azahar. Les he prohibido usarla.
— Nosotras no estamos usando Azahar, alteza — murmuraron dos de las muchachas —. Estamos usando loto como nos indicó.
— Alguien ha dejado su aroma… — cuando el muchacho ya estaba retrocediendo con rapidez la mujer ignoro el aroma —. Ahora tenemos que irnos, ya después descubriré quien usa flores de Azahar en mi palacio.
Siguieron su camino y esta vez se aseguró de que ya estuvieran bastante lejos cuando pudo respirar con normalidad. No sabía de quien se trataba, pero era alguien tan refinada… capaz de reconocer el perfume que él había estado usando, aun cuando él no sabía absolutamente nada de perfumes o cosas parecidas. Alguien a quien habían llamado su alteza.
Volvió a asomar su nariz de las escaleras y la vio a lo lejos, acercándose a una gran puerta de madera roja con arcos que resaltaban en colores rojos y dorados, y un hermoso tallado de oro sobre las aldabas. Él la reconoció como la puerta que daba a la sala de trono. En ese momento reparó en uno de los accesorios que usaba la mujer.
Se trataba de una corona de cristales que resaltaba por debajo del velo negro, a simple vista no se notaba, pero si enfocabas la mirada sólo un poco en el accesorio te dabas cuenta que lo traía sobre los cabellos. Si esta mujer estaba usando una corona así…
— ¿Será la madre del sultán? — se preguntó, cubriéndose de nuevo la boca y viendo como ella abría las puertas de la sala de trono y las mujeres la seguían.
Se quedó quieto esperando que algo pasara, ahora se sentía completamente inseguro de comer los frutos de los árboles, aunque tal vez pudiere disfrazar su aroma con el de los árboles. Pasados unos segundos la sala de trono fue evacuada, los cortesanos y el consejo salió. Se volvió a esconder tras una pared de las escaleras, nadie le miró y pronto el jardín quedo nuevamente vacío.
— Tal vez hablen de algo importante… — se aventuró —. No tenía idea que la reina aún vivía. ¿Por qué el sultán jamás lo habrá mencionado?
Después de unos segundos unas voces volvieron a perforar sus tímpanos, se trataba de una voz conocida, pero estaba usando un tono distinto. Eran las muchachas que venían acompañando a la mujer, al parecer también habían salido del salón. Ahora se veían menos serias e incluso se reían.
— Espero que la reina haga entrar en razón al sultán…
— Mira que tener a esa clase de gentuza en el palacio — se mofó otra —. No puedo creer que hasta le dé un lugar en el palacio.
— ¡Pobres de las concubinas! Todo por ese mozo del barrio bajo.
Se cubrió la boca, estaban hablando de él. La reina ahora mismo iba a hablar con el sultán de su estadía en el palacio. Las mujeres se perdieron como las demás personas, fue en ese momento que supo que tenía que escuchar esa conversación, después de todo se trataba de un tema que le concernía. Si la reina movía sus fichas…él terminaría en la horca.
— ¡Necesito saber qué es lo que le dirá de mí! — salió de su escondite y con su velo tocando los hermosos pisos de mármol y su falda meciéndose llegó hasta la puerta principal de la sala de trono.
Estaba medio abierta, lo cual le dio ventaja. Había forma de que asomara su cabeza y pudiera ver bien el interior del lugar. Se trataba de la habitación más grande de todo el palacio. La de la cúpula central.
Estaba bañada en oro y decorada con grabados. Las paredes eran de mármol blanco, así como las columnas. Todo el piso estaba recubierto por una alfombra de bordado de pavos reales y había un gran trono al final de las columnas que dejaba ver al sultán Levi sentado de forma informal.
Sentada en el piso de la alfombra estaba la mujer. Aun resaltaba su corona marcándose en el velo negro y transparentoso.
— Sultán Levi…
— Déjate de tonterías madre — ordenó Levi y tan pronto como lo hizo, la mujer se levantó—. Sé que tienes algo que tratar conmigo. Me lo han contado, al final te dignaste a aparecer en este lugar, así que habla de una buena vez…
— ¿No nos hemos visto y este es el recibimiento que le das a tu madre? — contestó ofendida y cubriéndose la boca, aun así, su ceño estaba claramente fruncido.
— Te recibiría con flores y banquete si vinieras con buenas noticias o al menos una conversación alegre, pero como es tu costumbre vienes con malas noticias y terribles formas de acercamiento de madre e hijo.
La mujer se cubrió la boca con un abanico esta vez para reírse de forma bajita, un escalofrió recorrió la espalda del menor que estaba agazapado a un lado de la puerta. Tenía una mirada afilada y fría y aun así sonreía con extraño cariño y contradicción. ¿Qué clase de persona seria la madre del rey?
— Estoy preocupada por ti hijo, lo admito… ahora mismo, deberías sentar cabeza, elegir a una concubina y casarte…
— Ahora mismo ese no es uno de mis intereses principales — admitió el sultán admirándose las uñas —. En realidad no pienso casarme. ¿Eso era lo que querías reclamarme, madre? ¿Puedes ir al punto?
— ¿Qué es lo que tiene ese malcriado que una mujer no tenga? — le preguntó con acidez —. No tiene una linda risa, ni valor, no sabe hacer las cosas, no baila y tampoco canta. ¿Cómo puedes pasar tus noches a su lado?
Levi se levantó del gran trono y descendió lentamente sin apartar la mirada de su madre, que aun esperaba las respuestas a las preguntas que acababa de hacer. Sin embargo, parecía que estas no llegarían de la forma que quisiera.
— He escuchado mucho sobre los de su tipo, abre los ojos. Ese chiquillo es uno de aquellos… brujos de magia negra, tengo la sensación de que te ha hechizado. ¿Es un cuentacuentos? Tonterías, lo tiene en la voz… he oído sobre eso, Levi.
Se cubrió la boca, su corazón se había agitado de miedo. "¡Ya lo sabe!" se sintió agobiado y presionado. Pero le desconcertó más la carcajada del sultán, realmente no había creído en las palabrerías de su madre… si él lo hubiera escuchado de ese modo tampoco habría creído ni una palabra.
— ¡No sé de qué hablas! De verdad madre, desde cuando crees en esas cosas, él no me ha hechizado ni mucho menos. Te diré lo mismo que le dije a Petra, así que deja de llenarle la cabeza con ideas, ese muchacho… es parte de mis entretenimientos, no tengo muchos así que procuraré no distraerme mucho con él. Sin embargo, le quiero en el castillo y lo quiero bien entrenado, a partir de ahora tendrá clases de todas las artes y las enseñanzas. Es mi responsabilidad y no la tuya…
— ¿No planearas hacerlo parte de tu harem, ¿verdad? — se molestó la mujer —. Ese pobretón de los barrios bajos, es un ladrón… no creas que no me entero como lo conociste Levi, se disfrazó de mujer para robarnos. Eso es una impureza vil, y ahora lo dejas vestirse como le dé en gana. Mustio, infeliz, pobretón… ladrón y usurpador.
— Deja de hablar mal de él — le ordenó Levi —. No lo conoces. Y si necesitas conocerlo, espero que no te atrevas a maltratarlo, madre, porque ahora es mi propiedad.
— ¿Acaso eso es un amenaza contra tu propia madre? No puedes hablarme así, yo he estado delicada desde que tu padre murió… aún sigo en luto y seguiré toda mi vida. Pero no te crie para que me maltrataras. Yo soy tu madre y tengo tanto poder aquí como tú, así que hago lo que se me venga en gana. Ese muchacho no es más que un arrastrado, de los demonios que ha venido a envenenarte con sus cuentos… Estabas mejor sin él.
— Ya te dije que no te entrometas — le gruñó Levi —. Ya llevas más de 10 años de luto ¿Es que algún día terminaras con esas manías obsesivas tuyas, madre? Ahorita ya tienes bastante cuidando de las muchachas del harem, tú a lo tuyo madre. Que yo sé hacerme cargo perfectamente del reino y también me hare cargo del mozo… no tienes por qué preocuparte por él.
— Espero que te arrepientas Levi, que lo dejes ir lo más pronto posible. No quiero que mi hermoso palacio sea más tiempo manchado por su impureza y su inmunda presencia.
— Gracias a Alah, estoy lejos de ceder a tu gobierno dictatorial.
El castaño ya no pudo escuchar más, por fin estaba escuchando sin pelos en la lengua lo que las personas del palacio pensaban de él, sabía que los hombres lo veían como un prostituto cualquiera y que las mujeres lo vilipendiaban por proceder del barrio bajo y permanecer a lado del sultán. Nunca nadie lo había ofendido tanto en tan poco tiempo…
Sus mejillas se llenaron de lágrimas que no pudo detener. ¿Cómo podían juzgarle así? No era ningún brujo, era una persona honesta. Desde que había llegado había cambiado, no había robado y se había ganado su lugar como cuentacuentos de la buena manera, ni si quiera se había acostado con el sultán o se había rebajado. Pero resultaba que todos lo veían como una basura.
Sin género…
Enterró su cabeza entre las rodillas y comenzó a gimotear bajito. Tenía que irse de ahí, porque si la mujer salía y lo encontraba llorando seguro le escupía en la cara. Así eran las personas de la realeza… realmente el sultán había sido comprensivo y generoso incluso. No lo menospreciaba de esa manera.
— No soy brujo…
—Ya está, sabemos que no lo eres. — Petra se inclinó con un pañuelo obligando al mozo a alzar el rostro bañado en lágrimas —. Ella lo dice, porque es severa y tiene el carácter muy fuerte, y si te ve llorar, es capaz de meterte debajo de la cama. Anda ya, que has despertado las envidias porque el sultán te hace caso y te atavía con hermosas joyas… su madre siempre ha sido impertinente y no tolerará que te quedes. Pero date tu lugar, ya verás que el sultán hace de todo para que estés bien. ¿No crees?
— Él quiere que yo muera. No ha cambiado de opinión desde que le robe, me llevará a la horca si cometo alguna equivocación, no quiero vivir aquí… he vuelto a sentirme como un prisionero. Aun cuando en estos días había trabajado tan duro por darme un lugar, aunque sea uno pequeño.
Petra miró al jovencito, estaba tan triste, se arrepentía de haber dudado de él y ahora mismo se sentía capaz de poner sus manos al fuego por ese chiquillo. Conocía como su palma a la madre del sultán, probablemente no descansaría hasta que el muchacho quedara fuera de su palacio y ahora mismo él sólo la tenía a ella y al sultán de su lado, que no era poca cosa. Sin embargo, aun así, tenía que mantenerse en pie.
— No digas eso, el sultán perdonará tu vida si demuestras ser una persona de bien, además ve como lo tienes con los cuentos…seguro que eres muy bueno, pero tienes que ser mejor, anda. Levántate. — le ordenó dándole la mano para que el castaño la tomara y pudiera ponerse en pie —. Ya no hay tiempo de ponerse melancólico, Alah quiso ponerte en mi camino para que comenzaras una vida mejor, el sultán me ha pedido que te enseñe todo…
— ¿Todo? ¿Qué cosa es eso? — preguntó levantándose y limpiándose la cara con el pañuelo que la aya le había extendido.
— Las artes, las ciencias, aprenderás a escribir, a bailar, serás un muchacho muy educado y muy respetable. Todos aquí comenzaran a darte tu lugar… ¿Cuál es tu nombre?
Abrió los ojos como platos, se enfrentaba a un problema y muy grave. No podía revelar su nombre, no aún. No hasta que el cuento estuviera en el punto necesario, eso debía ser la razón por la que lo consideraban un brujo cualquiera. Pero no podía contarles la verdad, a nadie. Si no esto no funcionaría y como era su destino acabaría en la horca.
— Sólo… sólo dime cuentacuentos — pidió el muchacho — Por favor, enséñame todo. Yo aprenderé y no avergonzaré al sultán de haberme defendido.
— Lo haré, ahora daremos un recorrido por el palacio para que conozcas todo sobre aquí y te sientas en tu casa completamente. Pero debes prometerme algo, pequeño mozo.
El castaño miró a la aya, ahora le sonreía con ternura, tenía una cara tierna y además lo había consolado, esperaba poder cumplir aquella promesa que se sentía muy tentado a hacer. Asintió.
— Promete que no dejaras que la reina te haga menos. Ella lo intentará y mucho, pero no te dejes derrumbar. Sólo hay una persona con la que puedes contar y ese es el sultán… si lo tienes de tu lado, nada te va a pasar.
— Quizás — murmuró aun poco convencido —. Será una buena idea mantener al hombre más poderoso del país a mi lado.
Petra medio sonrió, tal vez intentaba hacer un chiste.
— Lo has hecho desde que comenzaste con los cuentos. Promételo.
— Lo prometo. Lo intentare.
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"¡Expulsadles de la ciudad! ¡Son gente que se las da de puros!"
[Corán 7:80-84]
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El recorrido duró casi tres horas, la aya había sido muy exquisita en explicar y mostrar cada una de las instalaciones, los detalles y la arquitectura del palacio. El castaño se encontraba en un lugar de apenas 20,000 metros cuadrados, completamente blanco y dorado, que si era de completo oro. Lo blanco era mármol y mosaicos, así como madera y piedras preciosas que revestían las paredes.
Contaba con tres grandes minaretes, y más de 87 bóvedas que estaban decoradas con oro en el techo, de las cuales la más grande era la que se encontraba justo en medio del palacio y era la habitación del sultán. Tenía un patio central hermoso con flores en mosaicos de mármol y columnas blancas con capiteles de oro puro.
Debajo de la habitación del sultán se encontraba la gran sala de trono que era la parte principal del palacio y donde el sultán pasaba la mayor parte de su tiempo. Todo el palacio estaba decorado con lámparas de araña a base de cobre y piedras preciosas. Pero, para el joven lo más impresionante habían sido los alrededores del palacio.
Rodeado por fuentes llenas de mosaicos de lapislázuli y jardines con hermosos árboles y perfectos pasillos llenos de flores y bancas preciosas. Así como estanques con fauna. El castillo estaba rodeado por esos hermosos jardines y después por una increíble cerca de color negro que tenía guardias cada diez metros. Para él era la parte más hermosa de todo el completo palacio.
La clase de espacio en la que ahora podía pasar todo su tiempo.
Petra le mostró el comedor de cortesanos presentes, la cocina, la biblioteca, incluso le mostró de lejos la bóveda que resguardaba la habitación de la reina.
— Eso de allá… es la mezquita del palacio — murmuró Petra señalando un jardín hermoso y una puerta abierta en la que él no podía entrar —. Todas las mañanas el sultán reza ahí.
Estaban a punto de terminar el recorrido, habían pasado por las salas de entretenimiento que sólo se diferenciaban unas de otras por las actividades que se llevaban a cabo dentro de ellas 'Aquí se baila, aquí se escucha música, aquí se canta, aquí el sultán bebe vino, aquí se reúne la reina'
—Y este es el último lugar. — le señaló Petra mostrando una gran bóveda en la esquina inferior más alejada del castillo —. Es el harem, aquí viven las mujeres del sultán. Usualmente salen a estudiar y a reunirse por el palacio, pero suelen pasar aquí mucho tiempo. Dentro hay habitaciones y todo lo que necesiten y este que ves es su jardín… supongo que es uno de los pocos lugares en los que no pasaras mucho tiempo.
La puerta del harem estaba cerrada, se sintió picado por la inmensa curiosidad, pero Petra continuó con el recorrido sin detenerse más. Esta vez él la siguió, pero ya con cierto fastidio, estaba muy cansado de haber recorrido todo el palacio, era tarde y el sol ya estaba poniéndose además de que sólo había podido picar un poco de la comida que le habían servido.
— ¿Ya terminaste de descansar? — preguntó Petra con los brazos en jarra —. Yo aún quería comenzar a enseñarte un poco de modales, no queremos que nadie juzgue mal tu actitud ¿Cierto?
— Pero, tengo hambre. No hemos comido ni un shawarma. Mis pies están matándome con estos zapatos y el velo se me cae de la cabeza — se quejó dramáticamente sentándose en la barandilla blanca de uno de los pasillos —. Quiero comer y quiero dormir.
— Dices eso, pero sabes que en realidad vas a desvelarte…
— Petra. — los dos se giraron a ver al sultán que había aparecido de la nada y se había postrado frente a ellos — ¿Están holgazaneando?
— Ella me mostró todo el palacio — le contestó —. Fue un recorrido enorme.
— ¿Ah sí? — contestó el sultán extendiendo su mano para que el mozo la tomara y se levantara de la barandilla, el castaño asintió con la cabeza y tomó la mano del sultán para levantarse, después el sultán colocó su brazo de forma angular para que el joven metiera el suyo y pudieran caminar tomados del brazo — ¿Qué te pareció?
El castaño se sentía cómodo dándole la espalda a Petra y tomando el brazo del sultán para caminar de nuevo. Se dispuso a contarle todo lo que había aprendido del palacio, pero sólo salieron de su boca halagos y muchas palabras incomprensibles, el sultán notó que al joven le faltaba mucho por aprender y aunque se mostraba sorprendido y maravillado por las riquezas, realmente lo que le gustaba era escuchar su dulce voz.
— Me alegro que disfrutaras del palacio ya que vivirás aquí — le explicó el sultán— Ahora los arquitectos están remodelando la habitación que pediste y no tardaran mucho.
— ¡Oh!, es verdad…
Ya se habían alejado de los jardines y ahora caminaban por entre las columnas decoradas con gemas que simulaban hermosas flores, pronto llegarían a las escaleras que los colocarían en el camino a la habitación del sultán.
— Escuche que no habías probado aun la comida… es bueno comer a las horas ¿quieres comer conmigo? — le preguntó el sultán—. Así podemos continuar con lo que dejamos inconcluso…
Sabía que se refería al cuento, pero una parte de su estómago se oprimió. Al recordar que probablemente el sultán había pasado un momento intimo en la noche anterior con él y no lo recordaba porque había bebido demasiado vino.
— ¡Amm! Si, donde lo dejamos… — sonrió sin tranquilidad y siguieron caminando hasta llegar al comedor de cortesanos presentes. Estaba vacío, pero había deliciosa comida colocada sobre las alfombras y el sultán lo guió hasta la parte donde habían tomado asiento la vez anterior— ¿Dónde están los demás?
— Es un poco tarde para los consejeros y los cortesanos, cenaremos solos. Yo tampoco he comido nada. Pero el vino está prohibido para ti por ahora… no quiero convertirte en un ebrio adicto.
Se rio un poco, no quería explotar en carcajadas porque realmente tenia probabilidades de volverse un adicto a la bebida y realmente no era algo que estuviese en sus planes. Aunque el sultán se veía mucho más experimentado en el tema de la bebida. Se sentaron cómodamente sobre la alfombra y miraron la comida.
— Sírvete todo lo que quieras — le dijo el sultán levantando la mano —. No te contengas conmigo…
El muchacho lo miró, era verdad que le daba más libertades que al principio no le había dado y lo tenía muy sujeto a una cuarta, ahora se preguntaba si se trataba de alguna prueba o lo que le había dicho la reina le había hecho recapacitar sobre su propia actitud y su forma de comportarse.
— ¿Por qué te me quedas viendo? ¿Acaso no querías comer?
Dio un respingo asustado, el sultán se le había quedado mirando tanto como el mismo lo había hecho. Se disculpó apartando la mirada con rapidez y bajando la cara, no pudo adivinar sus pensamientos así que estiró sus manos hasta los platos, luego uno de los dedos del sultán le recorrió todo el mentón obligándole a levantar el rostro.
Tenía los ojos completamente fijos en él. La boca entreabierta, y su mano rozando con delicadeza la piel de su barbilla. Quiso apartar la mirada, se sentía intimidado… su rostro se había pintado de un color rosado.
— Me gustan tus labios. — murmuró el sultán subiendo su índice hasta la parte inferior de sus labios y luego rozando la curvatura de sus labios —. Me gustan mucho.
Su rostro paso de un color rosa a un color granate. Había algo extraño en la mirada del sultán, se trataba de una interrogante y algo de expectativa, pero sólo pudo dejar que el sultán siguiera tocando sus labios y apartando la mirada que le perforaba hasta el alma.
— ¿Qué…? — no pudo decir nada más cuando el sultán por fin aparto su mano de la barbilla del ojiverde, se quedó jadeando y su corazón tenia taquicardia.
Se giró a mirarlo, lo más disimuladamente que pudo. Aun le miraba de esa misma extraña manera, esperando una reacción, lo que fuera, como si quisiera que sus interrogantes fueran contestadas inmediatamente, pero no tenía idea de que decir. Cerró los ojos con vergüenza, no podía creer que el sultán no dejara de mirarle, ¡Y encima comer frente a él!
Su mente tuvo un pequeño frenesí, no supo si se trataba de una analepsis o una prolepsis pero se vio a si mismo inclinado frente al sultán casi como si quisiera mostrar la piel de su pecho, arrastrando las palabras y diciéndole "Me gustan tus labios… me gustan mucho".
¡Lo había dicho anoche cuando estaba emborrachado por el vino, justo antes de perder la conciencia! Se había quedado mirándole fijamente al sultán la boca delgada y rosa y había perdido la noción de sus palabras. Levantó la mirada esta vez dispuesto a disculparse con el sultán. Cuando le miro, él ya le había tomado del mentón nuevamente.
— ¿Qué tanto te gustan? — ronroneó con la boca a centímetros de la suya y con el espacio perdiéndose lentamente entre los dos, mientras su rostro se volvía de color cereza.
N/A: ¿Alguien dijo madre malvada? De los creadores de Mikasa la loca y Carla la obsesiva, llega Kuchel malvadina de alba. Si odiaban a Carla, detestaran con toda su alma a Kuchel.
Muchas gracias por leer hasta acá, gracias a mi hermosa beta por ayudarme con este capítulo. Ya empiezan los problemas, seguro que tienen muchas preguntas, pero ya se solucionarán en el futuro.
Guest: Hola! Gracias por leer y dejar review, aquí la conti y espero que te guste mucho.
Nanao: Mi niña, jaja por supuesto que tu recomendación le salvo a Eren el trasero en el sentido completamente estricto de la palabra, me alegro mucho de saber que te gusto el capítulo que te dedique y gracias por tu apoyo inmenso.
Guest: Ahora que Levi ya se tiene que poner del lado de Eren lo veremos menos estricto, tendrá que defenderlo… pero aun así no se le quitara su carácter de sultán. Jaja gracias por leer y espero que te haya llamado la atención, aquí tienes la continuación. ¡Saludos!
