Bueh, aquí de nuevo.
Solo diré una cosa antes de empezar: no hay extra. Es decir, el corto que apareció al final en los dos anteriores capítulos. Esta vez no hay. Empecé uno, pero como no me gustaba cómo estaba quedando, lo borré. Aun así, intentaré, como compensación, tener escritos dos para el siguiente.
Eso es todo~
•Capítulo 4
•Pequeños niños malcriados
–Twilight Town, 2013–
Lo primero que vieron sus ojos nada más despertarse aquel día, fue un gran cubo de agua helada precipitándose hacia su persona. Más concretamente, a su cara.
Cualquiera podría haber pensado que eso era un simple sueño, una invención de su atolondrada cabeza… Porque, si uno se para a pensarlo unos segundos, se da cuenta que ese tipo de cosas solo pasa en los dibujos, en los mangas, y quizás en algún reality show donde cobran por hacer tonterías.
Sin embargo, Axel no tenía tiempo para pensar en nada, y ni falta que le hacía; puesto que cuando ese cubo de agua helada llegó a su destino, le dejó claro al instante que era totalmente real.
—¡Uuaaah! —Evidentemente, el grito no se hizo esperar. Y más aún al notar cómo el malvado ente que había llevado a cabo dicha acción, no conformándose con empaparlo con agua acompañada con enormes cubitos de hielo, había dejado caer el mismo cubo –de plástico del duro, cabe añadir– sobre su querida y ahora adolorida cara, así como aprovechando la ocasión, ¿no?
Y fue tras este –muy masculino– grito de dolor cuando escuchó la voz de la persona que en un acto de bondad, había decidido despertarlo.
—¡Sora, el idiota ya está despierto! ¿Qué hago ahora?
Al instante, un grupo de neuronas decidió ponerse a rebuscar en su cerebro a quién podía pertenecer esa voz. Otro grupo más se dedicaba a gritar de dolor ante el último golpe recibido. Y para acabar, un último grupo había decidido quejarse en voz alta sobre lo ruidosos que estaban siendo los otros dos. Y todo esto, terminó resumido en una simple palabra:
—Ugh…
—¡Pues dile que venga a desayunar! —respondió una segunda voz, igual o más chillona que la anterior.
Axel estaba enfadado. ¿Por qué tenían que hablar a gritos? ¿Acaso no sabían lo mucho que le dolía la cabeza? ¡Pero qué insensibles que eran esos dos!
—¿Y quién ha dicho que éste va a desayunar aquí?
—Ugh… —volvió a repetir. Intentó buscar su garganta para darle forma a sus palabras. Tras encontrarla, logró hablar—. Haz el favor de no gritar, ¿quieres…?
Con esta simple frase, logró captar de nuevo la atención del tipo que se encontraba más cerca de él.
—Oh, espera, espera… ¿has dicho… que no grite? —expresó, aumentando significativamente el volumen de su voz con cada palabra que decía—. ¡No te he oído! ¡¿Me lo repites?
—¡Roxas! ¡Haz el favor de dejarlo en paz! —Y vuelta a gritar. Axel se sentía tal y como si alguien hubiese decidido meterle dinamita en el cerebro, y fuesen esos dos insensatos los que las hacían estallar una a una.
—No es broma. Callaos de una vez… —ordenó con voz débil mientras intentaba en vano volver a abrir los ojos. Quizás quedase como un idiota, aun así, se aventuró a preguntar—. ¿Dónde estoy?
—¡En mi casa!
—Agh… ¡Que no grites! Uff… —Con este último grito se había auto bombardeado el cerebro. Harto de tanta palabrería, se quitó el cubito de hielo que descansaba sobre su cara y se incorporó de golpe. Estaba en el suelo. ¿Por qué no le extrañaba?
Roxas, el cual en esos momentos lo miraba con una expresión algo así como divertida y… ¿malvada?, recogió el cubo de plástico y se fue directo a la cocina, ignorando olímpicamente el hecho de que su invitado estuviese calado hasta los huesos y con una resaca de mil demonios.
Sin embargo, por suerte para el pelirrojo, Sora era diferente. Lo primero que hizo éste nada más sentarse en la mesa de la cocina fue servirle un vaso de agua y una aspirina.
—Es de agradecer el que al menos haya alguien amable en esta casa. —comentó de manera sutil, mirando de reojo la reacción del rubio. Para decepción suya, esta nunca llegó. Frunció el ceño. ¿Por qué le intentaba buscar las cosquillas ahora? No hacía falta ser un genio para saber que si el chico se enfadaba, volvería a pegar gritos. Y Axel no quería eso. Por lo que, ignorando al inútil de su cerebro y sus ganas de buscar pelea, se calló.
—¿Café? —preguntó Sora, acercándose a él con cafetera en mano, listo para servir a todo aquel que se lo pidiese.
—Sí, por favor… —Y sin más dilación, se llevó la taza a los labios y dio un sorbo.
Dos segundos y una mueca después, lo escupió—. ¡P-pero…! ¡Sora, ¿le has echado azúcar? Ouh… —No tendría que haber gritado…
El castaño lo miró curioso.
—Sí, claro, siempre echo el azúcar dentro de la cafetera. Así nadie tiene que molestarse en echarla en el vaso. —explicó, totalmente impasible ante la cara de asombro del pelirrojo. Por su lado, Roxas se encontraba justo al lado del mayor, tomando un café que él mismo se había encargado de preparar… con una amplia sonrisa adornando su cara.
—Bueno, y… ¿No queda más café sin… esto… exceso de glucosa? —probó Axel, mirando con desdén su taza extra dulce. Ahora entendía por qué el chico era hiperactivo. Tomándose medio kilo de azúcar cada mañana, ¿cómo no iba a serlo?
—¿Glu-qué?
—Azúcar.
—Oh. Pues Roxas… —El aludido negó con la cabeza en señal de advertencia—. No, no queda más. ¿Es que no te gusta?
—¡Sí! … … Bueno, no. —declaró con una sonrisa de disculpas en la cara.
Al contrario de lo que se hubiese esperado, Sora no se enfadó. Ni hizo una mueca de decepción ni se echó a llorar. Simplemente… asintió.
—Está bien, no importa. Te prepararé más. —dijo, tan radiante como siempre. Al igual que Axel, Roxas también lo miró curioso. Una reacción así no era para nada del estilo del castaño…
¿Estaba enfermo? ¿Quizás le había sentado mal el pastel? ¿O seguía tan enfadado con Riku que no tenía espacio en su cerebro como para enfadarse por nada más?
El rubio se atrevió a preguntar.
—¿Sora, te pasa algo? Estás… raro.
—¿Raro? —preguntó éste mientras preparaba una segunda cafetera, de espaldas a ambos—. ¿Por qué? ¿Por qué no me he molestado? No sé qué tiene qué…
—No has reaccionado como sueles reaccionar —lo cortó Axel, ladeando ligeramente la cabeza—. Esperaba que me reprocharas, o hicieras… no sé. Algo. —Sora suspiró.
—Tengo diecinueve años. Tengoque empezar a portarme como un adulto —declaró, dejando la cafetera en el fuego y volviéndose a ellos con una gran sonrisa—. ¿O no?
Ninguno supo qué responder. ¿Un Sora maduro? ¡Eso era ridículo!
—Haz lo que quieras —respondió Roxas, encogiéndose de hombros. Las decisiones "importantes" que normalmente tomaba el castaño no llegaban a durar más de dos días. En una semana, probablemente lo tendrían de nuevo saltando en la cama, gritándole a la televisión y haciendo el payaso en general.
Sin embargo, Axel no pensaba lo mismo. Al instante, se levantó y golpeó la mesa con ambas manos.
—¡¿Pero qué tonte…? …Auuh… …digo… ¿Pero qué tontería es esa…? —musitó, volviéndose a sentar y llevándose los dedos a la cabeza. Las siguientes palabras las dijo con total calma, cuidando bien del volumen de su voz—. Sora… No puedes decidir dejar de ser como eres simplemente por cumplir diecinueve años. No hay nada de malo en continuar haciendo el tonto por la calle si es lo que te divierte…
—Sí, míralo a él.
—Sí, mírame a mí… ¿Eh?
Roxas puso los ojos en blanco.
—Sora, si realmente tuvieses la intención de dejar de lado tu comportamiento infantil –cosa que, evidentemente, no sucederá– definitivamente sería lo mejor que nos pasase a todos aquellos que te conocemos. —concluyó, tomando un sorbo de café y dejando la taza justo delante de él.
—¿Pero qué dices? Es evidente que a nadie le gustaría ver a un Sora aburrido. Dejaría de ser él. —replicó Axel, mirando al rubio mientras señalaba con el dedo al aludido.
—Sora es un incordio. No veo nada de malo en que cambiase un poco.
—Te estoy diciendo que si dejase de ser un payaso…
—¡Ey!
—…no sería el Sora que todos conocemos. —terminó, cruzándose de brazos para dar más énfasis a sus palabras.
—No. Sería uno mejor. ¿A quién puede gustarle un tipo que se pasa el día haciendo tonterías?
—Pues a mí, por ejemplo.
El rubio sonrió socarronamente.
—Sí, eso dice mucho…
—¡¿Qué insinúas? —exclamó Axel frunciendo el ceño, ignorando el insoportable dolor de cabeza.
Haciendo oídos sordos a la discusión de ambos, Sora apagó el fuego y acercó la cafetera a una nueva taza para el pelirrojo.
—Naaada… Solo digo que hay gente a la que le es imposible no comportarse como un crío.
Con una sonrisa, el castaño dejó el café ante el pelirrojo.
—¡Oye, eso lo dirás por ti! A ver, dime: ¿quién es el que grita como un loco cuando le insultan, eh? ¿Quién?—interrogó, tomando la taza y llevándosela a los labios sin molestarse en dar las gracias por ella.
—¡No te referirás a mí, desde luego! —replicó, volviendo al instante la vista al mayor.
—¡Pues claro! ¡¿Quién si no? —exclamó, volviéndola a dejar en la mesa—. ¡Enano!
—¡Oh, cállate imbécil!
—¡Oblígame!
Los ojos de Roxas brillaron con rabia. Estaba en SU casa, sentado en SU silla y tomando un café que ÉL había comprado. ¡Y lo insultaba! ¡¿Cómo se atrevía?
No pasaron ni dos segundos desde éste último grito y el rubio ya se había abalanzado sobre el pelirrojo, cayendo ambos al suelo de la manera más dolorosa posible.
—¡Aish!
—¡Maldita sea, retíralo! —gritó Roxas, tomándolo por el cuello de la camisa y empezando a golpearlo contra el suelo. Si Axel hubiese estado de humor, le habría soltado a la cara un «¿veeees? Loco, loco…». Pero por lo visto el enfado era contagioso, y no tenía tiempo para ser irónico.
—¡¿El qué, enano? ¡Enano, enano, enano! —No le dio tiempo a regocijarse por la expresión del menor, puesto que como respuesta, éste volvió al ataque y lo golpeó una vez más. Sin embargo, Axel no en vano era mayor que él, más grande y, evidentemente, más fuerte. Sí, quizás el chico pegaba algo duro. Y puede que incluso fuese peligroso acercarse demasiado a sus dientes… Pero si había algo de lo que el mayor podía alardear, era que podía levantarlo del suelo sin esfuerzo alguno.
Y eso hizo.
Primero, se incorporó; lo tomó de ambas muñecas, logrando hacer que lo soltase de su camisa, y por último, tomando un poco de impulso se levantó, llevándoselo a él por delante y colgándoselo al hombro de paso.
Los gritos de réplica no se hicieron esperar.
—¡Bájame, bastardo! ¡Y quita tus manos de encima, maldición! —vociferó, pataleando en el aire, intentando con todas sus fuerzas desprenderse de los brazos que lo sujetaban por la cintura.
—¡No, hasta que aceptes que…! Umm… ¿De qué estábamos hablando?
Y en uno de los lapsus mentales del pelirrojo, Roxas logró descolgarse lo suficiente como para darle un rodillazo mortal a ese lugar entre las piernas que tanto suele doler…
Axel se puso pálido.
—Jódete, capullo. —musitó el menor a su oído de forma triunfante. Tras esto, el pelirrojo cayó, soltando como fondo un grito de agonía que resonó en tooodo el edificio…
—¡Wow! ¿Habéis visto qué hora es ya? ¡Nos hemos levantado muy tarde! —anunció Sora, mirando alarmado el reloj de pared, intentando una vez más ignorar la escenita que esas dos supuestas personas mayoresestaban montando—. Ya son las doce y media. Axel, ¿no ibas a llamar a la casera hoy?
El aludido no respondió. Estaba demasiado ocupado retorciéndose de dolor.
—No va a llamar a nadie, Sora. Además, la casera nunca aceptaría como inquilino a alguien… —señaló a Axel, el cual seguía dando vueltas en el suelo con las manos cubriendo su entrepierna—…así.
—Oye, tú mejor… c-cállate… —le reprochó, dirigiéndole una mirada fugaz—. ¡No sabes cuánto duele! Ya verás cuando te pille…
—¡Uuuh, qué miedo! Y dime: ¿qué me vas a hacer? —preguntó con curiosidad, cruzándose de brazos y mirándolo con una sonrisa divertida.
—Maldito… —musitó, levantándose lentamente, utilizando el sofá como apoyo—. ¡Sora, pásame el celular! Ahora mismo la llamo.
—¡Aquí tienes!
—¡No! ¡Dámelo! —Antes de que el castaño lograse alcanzarle el teléfono, Roxas se lo arrancó de las manos.
—Oh, no. Eso sí que no. ¡Devuélvemelo, enano! —Y así, un totalmente recuperado Axel volvió a la carga.
—Di lo que quieras. No pienso dejar que llames a la casera. ¡Antes muerto a tenerte viviendo justo debajo! —replicó el rubio, escondiéndose el móvil en la espalda y corriendo al otro lado del sofá. El mayor entrecerró los ojos.
—Dá-me-lo. —ordenó, acercándose a él con cautela, preparado para cualquier movimiento brusco por parte del otro.
Roxas sonrió descaradamente. Acto seguido, guardó el pequeño aparato en uno de sus bolsillos.
—Ven a por él.
Sora suspiró. Definitivamente, no tenían remedio.
Media hora había pasado ya desde que Roxas había empapado al pelirrojo para despertarlo. Veinticinco minutos desde que se había abalanzado sobre él para golpearlo. Y por último, unos quince minutos desde que una pequeña y simple pelea se había convertido en una lucha a muerte por el celular del mayor.
Cabe añadir que la fiesta de la noche anterior había dejado la casa patas arriba, motivo por el cual Sora se había levantado algo más pronto para poder limpiarla. Ahora, todo su trabajo se había ido a la mierda, y los causantes, evidentemente, no eran otros que Axel y Roxas. Y eso, quieras o no, molesta un poco…
El crashque hizo la lámpara de pie que había junto al sofá al caer al suelo fue la gota que colmó el vaso.
—¡Bueno, ya vale! ¡Parad los dos ahora mismo!
No pararon. Es más, lo ignoraron.
—¡Chicos! ¡Maldita sea, os estáis comportando como críos! ¡Basta ya! —Cómo no, continuaron a lo suyo, haciendo oídos sordos a los gritos del castaño.
Sora dudó. ¿Debía de unirse a la pelea e intentar detenerlos? ¿O simplemente acercarse a ellos y empezar a patearlos hasta la muerte?
Por suerte para ambos, los pensamientos homicidas de Sora fueron interrumpidos súbitamente por el sonido del timbre.
Durante unos instantes, el castaño entró en pánico. ¿Y si fuese la casera? En ese caso, ¿qué pensaría ella al ver el estropicio que uno de sus inquilino más un tipo extraño habían montado en su propiedad? ¿Los echaría? ¿Les subiría el alquiler? ¿O simplemente se limitaría a hacerles pagar los objetos rotos?
Se escuchó un nuevo crash.
Si fuese así, las cifras serían muuuy altas.
El timbre volvió a sonar. Y sin más preámbulos, Sora abrió.
Lo que se encontró –básicamente…– fue una caja con patas.
—Esto…
—¡Al fin abres! ¿Está ya Axel despierto? —preguntó la caja, tambaleándose un poco mientras intentaba de alguna manera mantener el equilibrio. Una lucecita se encendió en la pequeña cabeza del castaño.
—¿Demyx?
—¡Claro! ¿Quién si no?… … … ¿Me ayudas? —pidió, asomando como pudo la cabeza tras la caja gigante y sonriendo tristemente—. Esto pesa un poco…
—Oh, sí. Vale, deja que…
—¡Ah! ¡Maldito pervertido! ¡¿Pero qué haces? —gritó de pronto la voz de Roxas, más alterada de lo normal. Tanto Demyx como Sora alzaron una ceja.
—¡Recuperar mi móvil!
—¡Devuélveme los pantalones, jodido depravado! —Al oír semejante petición, ambos volvieron la vista velozmente hacia la pareja, con los ojos tan abiertos como sus bocas.
—¡Ajá! ¡Aquí está! —exclamó el depravado en cuestión, ilusionado, alzando de manera triunfante el afanado celular.
Pero si algo le había enseñado esos tropecientos años de casuales encuentros con el rubio, es que nunca, pero nunca, nunca… podía bajar la guardia. Por lo que de esta manera, ignorando esas tentadoras per terribles ganas de soltar algún comentario sarcástico sobre lo adorable que se veía el menor en boxers, sacó de su propio pantalón el papelito donde tenía escrito el número de teléfono de la señora casera y marcó.
Roxas no se molestó en vestirse. Su cerebro le envió una orden directa la cual no pudo rechazar: placar al imbécil antes de que logre hablar con nadie.
Un tercer crash.
Sora quería matarlos, y Demyx hacerles una foto. ¿O un video, quizás?
—Ignóralos… —pidió el castaño con un suspiro, volviendo la vista al rubio—. Llevan así tooooda la mañana. —expresó, con un tono de voz que hacía ver lo agotado que se encontraba por culpa de los niños.
—¿Por qué no me extraña? —sonrió el mayor—. ¿Te importa…?
—Oh, sí —Inmediatamente, Sora lo ayudó a cargar con la pesada caja. Al verla, el menor tuvo la extraña esperanza de que no pesase tanto como aparentaba. Se equivocó. Entre los dos la dejaron junto a la puerta, en el interior de la casa—. Por cierto, ¿qué traes ahí?
—Todas mis cosas. Bueno, casi todas al menos… —Por segunda vez, Sora alzó una ceja. Demyx suspiró. En un instante entusiasmo con el que ya había venido –que ya de por sí era poco–, se esfumó sin dejar rastro. Se escuchó otro crash, pero ahora no importaba—. Nos han echado.
—¿C-cómo? —Inmediatamente, al oírlo Axel se quitó de encima al rubio y al reloj que acababa de cargarse y miró a su amigo—. ¿Cómo que nos han echado? ¡No puede ser!
—Pues así, es… —respondió Demyx, deprimido. Con un suspiro, se acercó a la caja y la palmeó, atrayendo a ella todos los ojos—. He traído casi todas nuestras cosas. El resto está en el coche de Marluxia. —El pelirrojo bufó.
—Genial… ¿Y ahora, qué?
—Quedaos aquí —respondió Sora, encogiéndose de hombros. Ambos mayores lo miraron atónitos. Por otro lado, si los ojos de Roxas hubiesen sido un par de cuchillas, el castaño ahora se estaría desangrando—. ¿Qué? ¿No queríais una solución? Pues ahí la tenéis. Quedaos aquí hasta que la casera os de las llaves del piso de abajo. —concluyó sonriente, cruzándose de brazos, orgulloso por su elección. ¡Era tan buena persona!
—Sora. No —Sin embargo, había gente que no conocía las palabras «amabilidad» y «compañerismo». Tras asegurarse de ponerse bien los pantalones, Roxas se barrió de encima los pedazos de reloj roto y se acercó a su primo—. Acabamos de conseguir este sitio. No podemos acoger a nadie así por las buenas. ¿Sabes acaso a cuánto ascenderían las facturas? —El castaño puso los ojos en blanco.
—Seríamos cuatro. Creo que podríamos pagarlas.
—Exacto. Cuatro en una casa donde apenas cabemos dos. ¿Dónde dormirían? Además, dudo que a la casera le guste tener realquilados aquí.
—Oye, que yo me conformo con el sofá… —añadió Demyx, colocándose tras Sora en señal de apoyo—. Venga, Roxas, solo sería temporal… Hasta conseguir un piso nuevo.
El rubio bufó molesto.
—¿Y cuánto te llevaría eso? —De los presentes, Axel fue el único que captó ese «te», dando a entrever que realmente a él ni lo tenía en cuenta. Pero bueno, eso era algo que podía dar por hecho, ¿no?
—Pues lo que nos lleve en llamar a nuestra casera. —respondió Sora, decidido. Al contrario que otras veces, su voz denotaba seriedad. Decisión. Autoridad… Cosa que difícilmente podían oír sus compañeros.
Roxas lo vio en sus ojos.
Iba a llamar a la mujer, la iba a convencer, y así, ambos chicos se instalarían en el piso de abajo. En definitiva, una tortura.
—Que te den. —En el idioma del rubio, eso era un sí.
Tras una rápida llamada hecha por Sora, quedaron de acuerdo en encontrarse en el mismo piso vacío para hablar con los futuros inquilinos.
—¡Bien! ¡Ya está, lo tenemos! —exclamó Demyx, emocionado—. ¡Decidles hola a vuestros nuevos vecinos! ¡Hola~!
—¡Hola~! —El castaño fue el único que le siguió el juego—. ¡Es genial, ¿verdad? ¡Ya somos vecinos!
—¡Sí~! ¡Genial, genial, genial! —volvió Demyx, tomando al menor de ambas manos y empezando a saltar de alegría.
—Oh, por favor. Dejadlo ya… —murmuró un Roxas irritado, hundiéndose en el sofá y encendiendo la tele.
—Sí, Dem, Sora. Sois realmente insufribles… —añadió Axel, ceñudo.
De pronto, recordó la presencia del rubio a su lado. Por lo que, con una sonrisa descarada adornando su cara y unas grandiosas ganas de molestar, apoyó el brazo en el respaldo del sofá, se acercó a él y lo miró directamente—. Qué divertido, ¿verdad, enano? ¡Vamos a ser vecinos!
—¡Vete a la mierda! —respondió éste educadamente, empezando a hacer zapping con una expresión de cabreo máximo. Era lo que le faltaba. Que el imbécil al que tanto odiaba se le instalase un piso más abajo. ¿Y qué había de sus esfuerzos, eh? Se había pasado la mañana entera asegurándose de que el señor bastardo no contactase con su casera. A la basura se fue todo cuando a Sora le dio por meter las narices… una vez más.
—Venga, va. Que hoy cocino yo. —declaró el castaño tras soltar al emocionado Demyx.
—Adelante. A ver qué encuentras tras la nochecita de ayer. —se burló Roxas, intentando al mismo tiempo ignorar las pullas del pelirrojo hacia su persona.
—No te equivoques, Rox. Esta mañana salí a comprar, ¿sabes?
—Sora, menos hablar y más cocinar. —reclamó el pelirrojo, masajeándose el estómago—. ¡Tengo hambre!
—No seas crío. —replicó, caminando hacia la cocina.
—No pidas imposibles, Sora… —añadió el rubio, poniendo punto y final a la conversación.
En cualquier caso, pasaron los minutos –horas, en el caso de Axel–. Repetivas veces se vio tentado Roxas a asomarse para ver cómo le iba al chico. Se oía golpes, maldiciones y el aire tenía un extraño olor a quemado… Aun así, Sora dejo claro más de una vez que podía apañarse solo.
De pronto, sonó el teléfono. Como dueño de la casa, Roxas fue el que se acercó a descolgarlo.
—¿Sí?… … Oh, sí. Espera… ¡Sora! ¡Te llama Riku!
—¡Pues cuélgale! —Roxas puso los ojos en blanco.
—Creo que no quiere ponerse… … … Sí, bueno. ¿Y a mí qué me cuentas? No es mi culpa que… … —Tras una nueva interrupción, el rubio bufó molesto—. ¡Que sí! ¡Que vale! Maldición… ¡Sora, el teléfono! ¡Ahora!
—¡No quiero hablar con él! ¡Dile que no estoy!
—Oh, venga. ¿En serio?… Muy bien: Riku, Sora no está en casa. Adiós. —Y finalmente, colgó—. ¿Contento, Sora? —preguntó en voz alta, asegurándose de que el castaño lo oyese.
—Sí, sí… Muy bien.
Mientras tanto Axel, en silencio, había estado observando atentamente la extraña escena entre Sora y el teléfono. ¿Desde cuándo el chico evitaba el tener una conversación con el crimi… con el albino? ¡Si de toda la vida había sido justamente lo contrario! Si el chico ya se emocionaba con solo verlo. ¿Cómo se entendía el que lo ignorase de semejante manera?
Demyx vio la perplejidad en sus ojos. Con una sonrisa, se dispuso a disipar sus dudas.
—Sora y Riku han discutido —Axel alzó una ceja. ¡Imposible!—. Ayer, mientras tú dormías. Sora empezó a echarle la bronca hasta que Riku se hartó. Y bueno, eso. Que terminaron algo mal…
—Uff… Bonito acto final para su cumpleaños.
—Sí…
—¡Bueno, ya vale de hablar eso! —exclamó el centro de la conversación, indignado—. ¡Yo no he discutido con nadie, ¿vale? ¡Y venid ya a comer, maldita sea!
—Ese vocabulario, Sora. —lo regañó Axel divertido mientras se sentaba delante de un gigantesco plato de espaguetis. Dar el coñazo a Roxas siempre había sido algo así como una afición personal que tenía, ¿no? Él le insultaba, y el otro explotaba. ¿Por qué nadie le había dicho que un Sora enfadado era igual de gracioso que su primo? ¡Lo que se había perdido!
—¡Come y calla!
—A la orden~. —Vaya que se lo iba a pasar bien…
Finalmente, después de comer, tanto Axel como Demyx se fueron a trabajar, y en cuanto a los otros dos, decidieron que lo mejor sería buscarse un trabajo… Aun así, aprovechando la ocasión, Sora le había pedido a ambos mayores el pequeño favor de recomendarlo a su jefe. Si realmente el hombre aceptaba, ¡los tres trabajarían juntos! Por su lado, Roxas se limitó a conectarse a internet –pillando la línea de uno de sus vecinos– y buscar un trabajo bien pagado en el campus.
Axel se removió incómodo en el sofá. Le dolía la espalda. Y el cuello. Y los hombros también.
En definitiva, le dolía el cuerpo entero.
Evidentemente, este dolor tan peculiar no se debía a las largas y durashoras que había dedicado al trabajo. Y tampoco al hecho –o al menos eso creía él…– de haberse pasado prácticamente el día entero peleando con cierto rubio con mal carácter y dientes afilados.
No.
Era esa mierda de sofá. Sofá en el que el nombrado rubio, tras horas y horas –unos quince minutos– de discusión, había accedido a dejarlo dormir.
¿Tanto rollo para esto? ¡Casi habría preferido dormir en el suelo! Era como… como si alguien, con toda la mala fe del mundo, hubiese colocado algo dentro del sofá expresamente para que él no pudiese pegar ojo, y así, destrozarse las cervicales.
De pronto, escuchó ese ruido tan molesto que hace algo de cristal al caer al suelo. A pocos metros de él, cabe añadir… ¿Y si uno de esos cristales hubiese saltado y hubiese terminado clavado en su cara? Eso sería una peculiar forma de despertarse…
Por lo que, echando mano de todas sus fuerzas, abrió perezosamente los ojos, entrecerrándolos al notar cómo la luz mañanera del sol se filtraba por las ventanas, apuntando directamente a su persona. Qué mala hostia podía tener esa bola gigante de fuego si se lo proponía… Primero el sofá, después el ruido estruendoso y ahora él. Es como si una fuerza superior no quisiese dejarlo dormir sus diez horas diarias.
Bueno, pues volviendo a ese ruido… A Axel casi se le escapó un grito de exclamación al ver lo que lo había provocado.
Primero, recorriendo la vista por el suelo, se topó con el causante principal, una taza hecha añicos rodeada de un líquido marrón. Café, supuso.
Pero ese casi grito no vino por eso, sino por la persona que se encontraba de pie a centímetros del accidente.
Roxas.
Que no, que ese tampoco era el motivo…
¡Era su cara! El chico estaba embobado… ¡Y rojo! Y lo miraba… ¡lo miraba a él!
Bueno, más que mirarlo, se podía decir que se lo estaba comiendo con los ojos.
Axel sonrió divertido. Decidido a cortarle el momento al rubio, carraspeó y habló:
—Haz una foto, te durará más.
La reacción del menor fue exactamente la que se esperó. Sus ojos se ampliaron, sus labios empezaron a temblar, su cara se tornó todavía más roja de lo que ya estaba, y para terminar, le gritó.
—¡S-s-s…! —Se detuvo a tomar aire y respirar hondo—. ¡¿Se puede saber qué haces durmiendo… durmiendo… ASÍ? —El pelirrojo sonrió de la manera más descarada posible.
—Umm… No sé a qué te refieres… —se excusó, aun sin borrar la expresión de su cara—. Yo siempre duermo así.
—Ey, ¿a qué vienen tantos gritos? —intervino la voz de Sora, haciendo su aparición en pijama, medio dormido y con cara de zombie—. No son ni las once y ya os estáis peleando —Bostezó—, ¿qué ha sido esta vez…?
—¡Es este imbécil! —exclamó Roxas, señalando directamente con el dedo al culpable—. ¡Está durmiendo en ropa interior! ¡En mí casa! ¡En mí sofá!
—No sé por qué te molesta tanto. Además, bien que se te caía la baba antes conmigo. —respondió Axel a la defensivamientras se incorporaba junto al reposabrazos, mirando de manera altanera al rubio.
—¡¿P-pero qué dices? ¡Eres un maldito exhibicionista!
—Y tú un enano morboso.
—¡¿Cómo…?
El castaño puso los ojos en blanco.
—Bueno, ya vale, ¿no? Venga, a desayunar todos. —ordenó, agotado. Lidiar con esos dos era como cuidar de una panda de críos molestos.
No, no era igual. Era peor.
Tras recoger el estropicio que el rubio había montado con la taza de café, a Roxas le fue permitido sentarse a la mesa junto con el resto.
Los minutos siguientes pasaron en total silencio. Por un lado, Roxas asesinaba a Axel con la mirada, luego éste le correspondía con sonrisas descaradas. En cuanto a Sora, simplemente se limitaba a ignorarlos.
Todo cambió cuando Demyx se despertó. El denso ambiente que los rodeaba se relajó, y gracias a él, pudieron pasar una mañana de lo más tranquila.
De lo más tranquila… hasta que llegó la casera.
El timbre sonó, y fue Sora el que se encargó de asomarse por la mirilla. Al volverse, su cara de pánico les dejó claro a los otros dos quién había al otro lado de la puerta.
—¿Pero qué hace aquí? —susurró Demyx, histérico, paseando una mirada nerviosa por la sala al completo en busca de sus zapatos.
—Bueno, dijo que vendría, ¿no? —murmuró Sora, recogiendo todos los platos sucios y metiéndolos a velocidad luz en el lavamanos.
Y mientras cundía el pánico, Roxas seguía sentado, disfrutando de su desayuno con la bonita vista de la cara de terror de los otros tres.
—Roxas, haz algo. —ordenó su primo, ahora tan o más histérico que Demyx. El aludido se encogió de hombros en señal de asentimiento. Lentamente, se levantó de la silla, caminó hacia la puerta… y la abrió.
—Buenos días, señora Adams. ¿Quiere pasar? —ofreció educadamente, abriendo la puerta casi por completo.
Tras un «gracias, chico» y una sonrisa por parte de la mujer, ésta finalmente cruzó el umbral y entró en la casa.
La sala de estar estaba completamente vacía. Por lo visto, a los tres chicos dures les había dado tiempo a huir a una de las habitaciones.
—¿Cuándo llegarán mis nuevos futuros alquilados? —preguntó ella, con un aire algo soberbio, haciéndole entender a Roxas con la mirada que tenía mejores cosas que hacer a hablar con ellos… o con alguien, en general.
—Llegaron hace unos minutos. Ahora saldr…
—¡Ey! Ya hemos llegado, ¿pasamos a ver el piso? —preguntó un Axel, saliendo del pasillo exterior del edificio. Roxas quedó en shock. Estaba seguro de que hacía unos segundos estaba en la habitación de su primo. ¿Qué narices hacía ahí fuera, si podía saberse? Es más, ¿cómo había llegado?
Y como si el rubio no tuviese suficientes interrogantes en la cabeza, tras el pelirrojo apareció Demyx. A vistas de la casera, ninguno de los dos había dormido en esa casa.
—Probablemente usted tenga algo de prisa. ¿Bajamos?
La mujer, totalmente serena, asintió y se volvió hacia él.
—Desearía que tanto usted como su primo estuviesen presentes en la entrevista.
—¿E-entrevista? —Demyx palideció al instante—. ¿Qué entrevista?
—Una entrevista para asegurarme de que dejo uno de mis pisos en buenas manos. —concluyó ésta, empezando a caminar elegantemente en dirección a las escaleras. Ambos mayores la siguieron. En cuanto a Roxas, se quedó de pie, esperando a Sora.
No sabía hacia dónde tenía que mirar exactamente. ¿Esperarlo en el rellano? ¿O ir a buscarlo a su habitación?
Su pregunta fue respondida cuando el mismo castaño hizo su aparición desde el interior de la casa.
—¿Por dónde han…?
—Por el balcón. El vecino de al lado es muy amable, ¿sabes? Tendríamos que invitarlo a comer algún día.
—Lo que sea… Vamos, nos esperan.
Sora alzó una ceja.
—¿Y vas a ir en pijama?
—¿Qué más da? Estoy en mi casa, ¿no?
—Como quieras…
Al llegar al piso en cuestión, los cinco se sentaron a lo largo de los dos sofás. La mujer y Roxas en uno, y los otros tres en el otro.
—Decidme: ¿esta es la primera vez que alquiláis un piso? —preguntó la señora, mirando fijamente a cada uno, intentando captar todas y cada una de sus expresiones en busca de algo sospechoso.
Puesto que Demyx estaba totalmente acobardado, Axel fue el que se encargó de responder a las preguntas.
—Pues no. Creo que esta debe de ser ya la oct… —Sora le pegó un codazo—… Segunda vez. Si eso… Segunda. —La casera entrecerró los ojos.
—Ya veo… ¿Y qué ocurrió con vuestro anterior alquiler?
—Nos ech… Umm… Subieron demasiado el alquiler y nos tuvimos que marchar… voluntariamente.
—Ya veo… —volvió a repetir. De pronto, aterrizó su mirada sobre Demyx. Al notarlo, éste se acobardó aún más al saber que ahora iba a ir a por él—. ¿Problemas de dinero?
—N-n-n… No… —Se detuvo, respiró hondo y continuó—. Claro que no… —La fraseno obtuvo el efecto deseado. La voz temblorosa del chico hizo que las sospechas de la mujer aumentasen aún más.
—¿Tenéis trabajo?
—¡Claro que sí! —exclamó Axel, alegre al poder responder al fin sin necesidad de mentir. Aun así, parte de su mente se molestó. Ni Sora ni Roxas tenían trabajo todavía. ¿Cómo podía ser que hubiesen conseguido la casa? Decidió que, más tarde, se acordaría de preguntarle por ello al castaño.
Durante los minutos que siguieron la mujer continuó con sus preguntas, con sus sospechas y con sus miradas perspicaces. Tanto Sora como Demyx estaban cada vez más decaídos. No les quedaba esperanza. Era evidente que no conseguirían el alquiler. Por su lado, Axel era todo lo contrario. Se creía un buen mentiroso –de toda la vida, vamos–, y estaba más que seguro de que la amable señorales cedería las llaves de un momento a otro. Estaba al cien por cien seguro. Era inevitable.
—Lo siento mucho, pero no creo conveniente alquilarles el piso. —declaró finalmente, guardando la libreta de notas donde había estado apuntando los pros y los contras en el bolso y levantándose del sofá.
Los tres chicos interesados la imitaron. Roxas se encogió de hombros sin moverse.
—Pero… —empezó Sora—. N-no veo por qué no. Es decir… Son de confianza, ¡en serio!
—Según he podido entender, no tienen un trabajo estable, sus gastos mensuales son muy altos y ya los han echado varias veces de otros pisos. Y eso, Sora, noes ser de confianza. —Axel abrió la boca atónito. Ninguna de sus mentiras había colado. ¡Esa mujer era un demonio!
—¿Y no hay nada que podamos hacer para que cambie de idea? —insistió Demyx, poniendo su expresión triste—. ¡Realmente necesitamos la casa!
La señora Adams frunció el ceño. Tras esto, suspiró.
—Para alquilaros el apartamento y vivir tranquila, tendría que estar segura de que mis inquilinos fuesen gente responsable —Mientras hablaba, posó su mirada sobre Roxas—. Quizás, si alguien me asegurase de que lo dejo en buenas manos…
Y de pronto, no solo la suya, si no ya el resto de miradas de los presentes se centraron en él.
Al notar cómo era él ahora el centro de atención, alzó una ceja.
—¿Quién, yo?
—Exacto —asintió la casera, cruzándose de brazos—. Pasaré por alto todos los contras si la, por lo visto, única persona responsable, me asegura que no cometo ningún error al alquilarles el piso a ellos dos. —concluyó, señalando despectivamente con el dedo a los mayores.
Roxas sonrió divertido.
Al final, tras una mañana completa de peleas con el pelirrojo por no querer tenerlo viviendo debajo, todo quedaba en sus manos. Sabía perfectamente qué tenía que decir.
Pero segundos antes de soltar su frase, Sora y Demyx lanzaron su ataque conjunto de cachorro-enfermo-suplicante-abandonado, rezando mentalmente por que el rubio tuviese algo de misericordia y los dejase vivir juntos.
Claro está, que esto solo sería un incordio para él. Pero si uno se para a pensarlo unos segundos… más incordio sería tener a Sora todo el día dando la lata y reprochándole el no haberles ayudado… Su sonrisa se esfumó. ¿Qué hacer?
—A decir verdad… —«Esos dos no harán más que darle problemas. Tardarán en pagarle el alquiler y serán una molestia para el resto de vecinos.»—… puede fiarse de ellos.
La señora Adams asintió.
—Muy bien, pues. —Del mismo bolso que llevaba, sacó un grupo de papeles grapados, un bolígrafo y un par de llaves—. Empecemos con el contrato entonces.
Roxas lo sabía. Terminaría arrepintiéndose.
Y evidentemente, no se equivocaba.
Los días pasaron. Finalmente, Axel y Demyx, con la ayuda de un Marluxia sobornado, instalaron todas sus cosas en su nuevo hogar. Aunque ya de por sí el hecho de que el apartamento ya viniese amueblado era una buena ventaja, la verdad… Una habitación para cada uno, cuarto de baño gigantesco, una cocina minúscula… ¡Perfecto para ellos!
En cualquier caso, tras días de espera, juerga y de hacer el vago, llegó el primer día de clase.
—¡Vamos, Dem! ¡Despierta ya! —gritaba un extrañamente responsable Axel, zarandeando al rubio de un lado a otro en un vano intento de despertarlo y arrancarlo de las garras de la cama.
En el fondo, sabía que por muchos golpes que le soltase, el chico no se despertaría.
Culpa suya.
El día anterior Demyx se lo pasó fastidiándole. ¡Y todo por culpa de los nervios! ¡Por el amor de Dios, era su tercer año en la universidad y todavía seguía comportándose como un niño pequeño el primer día de escuela! Al final, Axel concluyó que la mejor solución sería administrarle algunos somníferos… Y… bueno, eso.
Pero pensándolo bien, ¿para qué molestarse en despertarlo? No es como si las primeras horas fuesen las más importantes…
Pues nada. Que ahí se quedaba.
Decidido, se colgó la bolsa –vacía– en un hombro, tomó las llaves de casa, se despidió de su loro parlante y se fue.
Qué sorpresa se llevó al encontrarse, nada más cerrar la puerta, al vecino de arriba con el que tan bien se llevaba.
—¡Buenos días, enano! —exclamó con expresión alegre, alzando la mano en un saludo.
Al aludido siquiera lo miró. Durante esos días en los que su primo había estado haciendo el vago junto con sus dos nuevos vecinos, Cloud le había enseñado algo llamado autocontrol. Esa era una técnica que él mismo se había visto obligado a practicar a lo largo de lo que era toda su vida desde que conoció a cierto chico hiperactivo, molesto, y sobre todo, estúpido. Pero no es momento de hablar de él ahora…
Al ver cómo el rubio pasaba olímpicamente de su persona y continuaba su camino escaleras abajo, sonrió perverso y lo siguió.
—Oye, enano, ¿dónde está Sora? —preguntó mientras se colocaba a su lado y se llevaba ambas manos a los bolsillos. Roxas continuó en su mundo, haciendo oídos sordos al bicho molesto que zumbaba a su alrededor. Axel no se rindió. Se aburría. Tenía que molestar a alguien. ¿Y qué alguien mejor que Roxas?—. Oh… ¿Te ha comido la lengua el gato?
Llegaron a la puerta de salida. En un intento de dejarlo atrás, Roxas intentó dar un portazo que terminase estampándose en las narices del mayor.
No lo consiguió, sin embargo.
Lo único que logró con esto fue que la sonrisa perverso-descarada del mayor se ampliase aún más.
—Vaya, vaya, enano… Pensé que me estabas ignorando…
«¡Y eso intento, capullo», exclamó interiormente el rubio, haciendo rechinar los dientes mientras apuraba el paso, continuando con el intento de dejar al mayor atrás.
«Con que sí, ¿eh? —pensó Axel, mirando fijamente al chico— ¡Eso es, una carrera!»
Y así, empezó a caminar primero tan, y después más rápido que el chico. Éste, al ver la mirada retadora del pelirrojo, frunció el ceño y aumentó su velocidad.
No pasaron más de diez segundos y ambos se encontraban corriendo calle arriba dirección al campus.
—¿Sabes? Creo saber por qué no quieres hablarme —comentó Axel de pronto aun sin detenerse. Ignoró la no-respuesta y continuó—. Es por lo del otro día, ¿verdad? Cuando te quedaste mirándome… ¿te acuerdas, enano?
El enano en cuestión, al oír semejante desvarío, se detuvo de golpe.
—¿Disculpa?
—Oh, ahora sí que me hablas, ¿eh? —Lo miró descarado, deteniéndose—. Hablaba de ese dííííía, en el que a tiiiiiii… se te cayó la baba mientras mirabas cómo cierta persona dormía en… ¿cómo lo llamaste tú?… Ropa interior.
—¿C-cómo te atreves…? —replicó boquiabierto, notando cómo sus mejillas enrojecían al momento. Negó repetidamente con la cabeza para devolverlas a su color original—. ¡Escúchame bien, pedazo de imbécil, yo NO te miré! ¿Me oyes? ¡S-solo me asusté al verte así!
—Umm… ¿Te asusté?
—¡Claro que no! —Harto de tanta acusación sin fundamentos, Roxas volvió el rostro y continuó con la caminata.
Axel fue tras él.
—Entonces dime, ¿qué parte de mi cuerpo te gustó más?
Esta vez, Roxas se contuvo por no soltarle un puñetazo en mitad de la cara, arrancarle todos los dientes y terminar lanzándolo a la carretera en el momento exacto en el que pasase un camión. Estaba en la calle. Una calle con gente. Si cometiese cualquier acto violento, quedaría catalogado como delincuente, es decir, igual que Riku… Y él no quería eso.
A cambio, bufó y siguió su camino.
Axel continuaba hablando.
—¿Quizás mis piernas? ¿O mejor mi trasero? Aunque no tenías muy buena vista para eso. Umm…
¡De verdad que no quería eso! ¡Pero es que el pelirrojo se lo estaba buscando!
—¡Ya sé! ¿Qué tal entonces… mi yo al completo? Si es que estoy como un tren, la verdad sea dicha… ¿A que sí?
—¡Cierra el pico de una vez, maldición! —explotó al fin, plantándose frente a él. Le clavó la mirada –una de esas asesinas– y lo señaló con un dedo tembloroso—. ¡Eres un maldito estorbo! ¡En serio, ¿por qué no te vas a molestar a otro? ¡Y por Dios, haz el favor de dejar ese tema! ¡NO TE MIRÉ! ¡¿Vale? ¡Y ahora quédate ahí quieto mientras yo me marcho… SOLO! —suspiró ruidosamente, acto seguido, dio media vuelta y retomó su marcha.
Esta vez el pelirrojo contuvo una carcajada. ¡Se lo estaba pasando de miedo! Sin embargo, decidió no tentar más a la suerte. A su parecer, si soltaba algún comentario más, terminaría con la cara deformada a golpes; por lo que esta vez se limitó a seguirlo en silencio, con un solo pensamiento en la cabeza:
«Por lo visto, avergonzarlo es muuuucho más divertido que hacerlo enfadar»
Y llegaron. Al verlo todavía junto a él, Roxas lo miró ceñudo.
—¿Y ahora por qué me sigues?
—No te sigo… —Hizo una pausa, mirando detenidamente el edificio ante el que se encontraban—. Facultad de Diseño… ¿En serio tú también…?
—¡¿Cómo que «también»? —lo cortó, atónito. Una vez más, Axel sonrió.
—Compañeros de facultad.
A Roxas se le cayó el mundo a los pies.
Ya está. Como se puede ver, en este capítulo me centré bastante más en Axel y Roxas. Y eso tiene un motivo –además de porque simplemente tenía que ser así…–.
Poniéndome en plan profesora, releí los anteriores capítulos, en los cuales encontré un puñado de fallos.
Y serían… Poca narración, mala narración, trama lenta y muy poca aparición de los dos personajes principales.
Para los dos primeros puntos ya tengo pensado empezar a escribir un one-shot. Así espero poder empezar a mejorar mi manera de escribir. Para el tercero, la trama, pues creo que no puedo hacer mucho más. Es lenta… pero avanza poco a poco. Y ya el cuarto, pues ya lo he arreglado en este capítulo ^^
¡Ya está! No respondo aquí reviews porque ambos ya tienen cuenta propia.
Así que eso es todo.
Ciao~
