RENACIMIENTO
El día que sus hijos volvieron a la capital, la guardia real formó ante las puertas de palacio, con Izana y Shirayuki al frente. La brisa de la tarde hace ondear las capas e Izana mira al frente, hacia la puerta por donde aparecerán sus hijos. Se apoya en un bastón, y jamás lo reconocería, pero aún le cuesta mantenerse en pie. Shirayuki se mantiene firme, a su lado, sin mirarlo, las manos prietas en el regazo, pensando en qué decirle a esos niños que ya no volverán a escuchar la risa de su padre.
De lejos les llega el sonido de los cascos de caballos y de las ruedas deslizándose sobre la grava de la avenida. Shirayuki inspira para hacerse fuerte, para mantener la compostura. Dirige una mirada furtiva a su cuñado, pero él, como siempre, parece no sentir nada. Salvo que su agarre sobre el bastón se hace más fuerte.
Cuando el carruaje se detiene, Mitsuhide desciende sosteniendo la puerta abierta y una mirada rota en el rostro.
Un niño y una niña salieron corriendo hacia su madre, que les recibió con los brazos abiertos y los ojos húmedos. Se agachó para rodearlos con sus brazos y estrecharlos contra su pecho. Sus pequeños. Los hijos de Zen.
A su lado, dos varones aguardan en pie frente a su padre. Los tres callan. Izana deja caer su bastón y les brinda una mano a cada uno. Los pequeños no esperan más y avanzan hacia él. Izana rodea sus hombros y siente cómo sus hijos luchan por mantenerse firmes.
Tras ellos, Mitsuhide y Kiki contemplan en silencio lo que queda de la familia real que una vez conocieron.
Dos años después, los jardines y los huertos lucían todo su esplendor de antaño, pero la otrora alegre gente de Clarines aún guardaba luto por aquellos que perdieron.
Fueron los niños quienes trajeron la risa.
Los pequeños que habían sobrevivido a las fiebres empezaron a llenar de risas las calles, los patios y los rincones.
Ellos no entendían de ausencias y heridas del alma. Reían como solo los niños saben hacerlo. Con ilusión, y con sinceridad. De corazón.
Y los adultos se encontraron un día replicando esas risas infantiles con las propias.
Shirayuki tampoco se libró. Tenía dos pequeños que criar. Cuatro, si contamos a sus dos sobrinos. O mejor dicho, cinco, si incluimos a su ahijada, la hija de Obi y Akari. La niñita, a la que le puso el nombre de su madre, ya no tenía a nadie más en el mundo sino a su madrina y a sus primos. Con cinco criaturas dependiendo de ella, no le quedó otra que jugar sus juegos y reír sus risas.
Akari nació bajo una estrella triste. Una semana después de morir su padre, su madre la trajo al mundo envuelta en fiebres y en la inconsciencia del que agoniza. Las contracciones del parto le robaron la poca vida que le quedaba. Uno de los físicos de palacio tuvo que abrir a su madre cuando los gritos de Shirayuki le alertaron de que la muchacha ya no respiraba. Y así fue cómo la pequeña Akari vino al mundo. Nacida de su madre muerta. La vida abriéndose camino. Una vez más.
El mayor de los infantes se llamaba Kain, como su abuelo. Diez años, muy inteligente y serio como su padre pero con la mirada más cálida y de gestos dulces. Muy protector con su hermano y con sus primos.
Le seguía su hermano Armin, de siete años, alegre y jovial como lo fue su tío, puro de corazón y gran estratega. Nació para ser general. Quedó prendado de la pequeña Akari en cuanto la vio en los brazos de su tía. Desde que aprendió a tenerse en pie, la llevaba consigo en sus aventuras por palacio.
Luego venían los hijos de Zen y Shirayuki. Toshiro, de siete años, solo dos meses menor que su primo Armin, era formal, responsable y optimista, alegre y vivaz. El pequeño era una mezcla perfecta de las mejores cualidades de sus padres. Siempre fiel compañero de aventuras de su primo.
La niña, Hanako, tenía ya seis años, tímida con los extraños pero parlanchina con aquellos en los que confía. Mitsuhide y Kiki tienen una paciencia inmensa para responder a sus interminables preguntas sobre cómo funciona el mundo.
Y finalmente, la pequeña Akari, de solo dos años, tiene los ojos de gato de su padre y el cabello negro como ala de cuervo de su madre. Es una niña de carácter dulce como su hermana, y adora a su primo Armin.
Los tres varones tienen los ojos zafiro de los Wistalia. Hanako heredó los ojos verdes de su madre y un cabello rojo suave, entretejido de hebras de plata.
A pesar del tiempo, Shirayuki se giraba aún en la cama buscando el calor de su esposo, solo para encontrar el vacío. Esos dos segundos en los que Zen seguía vivo a su lado se estrellaban contra la realidad de su ausencia. Se permitía entonces dejar libre su corazón, a solas en su habitación, y extrañarlo como pueda extrañarse la pérdida de tu otra mitad. Luego volvía a ponerse en pie. Tenía mil cosas que hacer.
La capital, y por extensión, el país, empezó a levantar cabeza. La reina madre seguía gobernando con mano firme, aunque cada vez más anciana y cansada por las pérdidas de los amados, la zona que dependía del Castillo Wilant. Y sin Zen a su lado, la corona empezó a pesarle a Izana. Había delegado en la competencia de su hermano todo aquello que requiriera de una mente juiciosa y sensata. Y su hermano, hay que decirlo, nunca careció de juicio ni de sensatez… Incluso en su elección de esposa. Y eso que Izana tuvo sus reservas al principio. Pero la pareja fue superando cada obstáculo que fue interponiéndoles y que ponía a prueba sus afectos y la naturaleza de su relación. Toda la corte, incluso los más fieros detractores de Shirayuki, reconocía hoy que si no hubiera sido por la eficaz gestión y coordinación de esta, los muertos hubieran sido más. Muchos más…
Su círculo de aliados y conexiones (que no 'amigos', porque Izana no tenía amigos…) se había reducido con la muerte de sus manos derecha e izquierda, así como las de Zen y Obi. Le había costado volver a levantar su red de espías e informadores pero una vez restablecida, las noticias no eran buenas. Según sus informadores, los nobles del oeste estaban intrigando. Cansados de enviar la mayor parte de sus reservas a una capital diezmada y débil, se habían dedicado a aumentar los impuestos de sus vasallos y habían empezado a conspirar contra la corona. Así que fue Mitsuhide a quien designó el rey para hacer frente a la amenaza del oeste y para representarle ante el reino. Lo que antes le hubiera sido encomendado a Zen era ahora realizado por Mitsuhide. Solo en él confiaba.
Al menos tanto como alguien como Izana sea capaz de confiar.
Y ahora, con el oeste en capaces manos, podría dedicarse a fortalecer la imagen de la familia real.
El país necesita una reina. Porque eso es lo que se espera de él.
