Capítulo 4
Quizás haya sido la emoción del momento, o algún pequeño embotamiento de su mente que no le permitió pensar racionalmente. Sin importar lo que hubiese sido, ya había metido la pata y ahora se encontraba en esa situación.
Una parte de él se alegra de que su hermano se quede un tiempo en su departamento; pero la parte más oscura, la que ha intentado ocultar y fingir que no es la que tiene el control, hace que realmente reconsidere la invitación. Pero, si hacía eso, sería malinterpretado por Dean. Y lo último que quiere es herir a su hermano.
―Bonito departamento, Sammy. Es mejor que cualquier maldito motel en el que hayamos dormido ―elogió Dean, encontrando muy confortable el sitio de su hermano.
―Gracias. Haz como si fuese tu casa, yo iré a ducharme ―dijo mientras dejaba a su hermano en la pequeña sala. Él tenía algo que hacer.
Las tripas de Dean rugían exigiendo su tan ansiado combustible. Mientras su hermano se duchaba, él se decidió a pagar su hospitalidad con un buen desayuno al mejor estilo Dean Winchester. Al abrir la nevera se encontró con que estaba medio vacía, y lo poco que quedaba estaba descompuesto. Cambiando de idea, prefirió buscar entre los gabinetes, descubriendo que solo había sopas instantáneas, café y barritas energéticas. Su hermano debía de estar muy corto de dinero para tener que vivir de esa manera, y obviamente gracias a esa alimentación estaba tan delgado. Rápidamente tomó un bolígrafo y papel para dejarle una nota a Sam. Él le compraría verdadera comida.
Mientras estuviese allí se aseguraría de que su hermano estuviese bien cuidado, y eso significaba poner algo de carne en esos huesos.
Cuando Sam salió del baño se encontró con el departamento vacío. No había ni rastro de Dean por ningún lado, y no podía llamarlo ya que no habían intercambiado números.
Quizás haya dejado una nota ―pensó mientas escaneaba cualquier superficie, encontrando una pequeña nota pegada en la nevera.
Salí a por el desayuno, vuelvo en 15. Dean.
Ahora que se encontraba solo, Sam pensó en todo lo ocurrido en las últimas 24 horas, y supo que lo que había pasado en el bar había sido una clara advertencia de que no podía seguir arruinando su vida de esa manera. Ahora que Dean estaba con él, pudo ver que su hermano seguía siendo el mismo. Entonces… ¿en qué momento había dejado él de ser el antiguo Sam para convertirse en este escombro de persona? Ya no podía seguir así. Sabiendo que tenía que apresurarse, Sam decidió hacer algo que debió haber hecho hacía meses. Con toda la determinación del momento, agarró los dos viales que mantenía ocultos en el baño y las jeringas de repuesto. Cierto que era lo suficientemente estúpido como para refugiarse en las drogas, pero su estupidez no llegaba a tanto como para utilizar una jeringa ya usada. Esa era la regla de oro entre Stephen y él. Ahora que lo pensaba bien, tenía que hablar con su amigo y hacerle ver lo mal que estaban. Los dos se habían metido juntos y saldrían juntos.
Cuando ya tuvo toda la droga en una pequeña bolsa, decidió tirarla por la ventana que daba a un callejón, e irremediablemente con la caída los viales quedaron hechos trizas. En esos cinco meses de consumo, Sam nunca se había sentido tan libre. Ahora todo estaría perfecto, ya que era él quien controlaba su vicio y no al revés.
Aunque sin darse cuenta de sus acciones, inconscientemente Sam evitó buscar en su mochila, donde sabía que siempre andaba una dosis en caso de emergencia.
~SW/DW~
Exactamente 15 minutos después, Dean volvió cargado de bolsas.
―¿Vamos a realizar un festín? ―se burló Sam, mirando cómicamente el montón de bolsas que su hermano llevaba hacia la pequeña barra americana.
Antes de que Dean pudiera decirle a Sam que había traído suficiente comida como para llenar la nevera una semana, alguien empezó a aporrear la puerta, cosa que puso todos sus sentidos de cazador alerta.
―¡Alto, Dean! ―le llamó la atención a su hermano cuando vio que este se llevaba la mano a la cinturilla del pantalón, justo donde estaba su arma.
―Hombre, te he... woo alto, ¿Sam? ―Por un momento, Stephen sintió que su corazón se detenía al ver a un tipo con cara de mascar clavos para el desayuno apuntando con un arma justo a su cara.
―¡Dean, basta! ―dijo mientras se interponía entre su amigo y el arma―. Dean, este es mi mejor amigo, Stephen. Y Stephen, este es mi hermano, Dean. Bien, ahora que se conocen, háganse amigos.
―¿Nunca te enseñaron a esperar a que abran la puerta? ―Genial, tan solo llevaba unas horas en el departamento de Sammy y casi se carga a su mejor amigo. Sin duda este año no recibiría el premio al mejor hermano mayor.
―Bueno, ya sabes, he estado teniendo la sospecha de que Sam me ha estado siendo infiel y quise salir de dudas. ―Stephen aprovechó que Sam les había dado espacio y quiso molestar a Dean, pero lo que no sabía era que esas simples palabras le darían un pálido fantasmal. Y para cerrar con broche de oro decidió agregar―: Por cierto, un gusto conocerte, cuñado.
Dean estaba anonadado de lo que escuchaba. Al principio pensó que el chico hablaba de infidelidad de amigos, pero todo tomó un giro de 360° cuando fue añadida la palabra "cuñado". Lo más seguro fuese que luciera como un pez fuera del agua, abriendo y cerrando la boca sin llegar a encontrar algo lógico que decir y sin que llegase a sonar homofóbico. A Dean le daba igual quién se coge a quién ya que las personas son libres de decidir a quién amar y esas cosas, pero lo que nunca esperó escuchar era que su hermanito fuera gay. Sam prácticamente había sido su hombrecito desde que lo sostuvo entre sus brazos, y siempre pensó que el chico se haría de una rubia espectacular que fuese la afortunada de compartir su vida con Sam.
Aclarándose la garganta, intentó dejar de parecer un idiota ante el... amigo de su hermano―: El gusto es mío. ―Estiró su mano mientras ponía una sonrisa más tiesa que los cadáveres que tienen que ser salados y quemados.
―¿De qué hablan ustedes dos? ―curioseó Sam al ver la sonrisa de Stephen y la sonrisa/mueca de su hermano.
―Me estaba presentando como es debido con mi cuñado, amor ―dijo guiñándole un ojo a Sam, mientras caminaba hacia este y le plantaba un beso en la mejilla.
Dean, por su parte, parecía el semáforo de la cuadra. De un blanco fantasmal pasó a un rojo intenso, seguramente avergonzado de ver la intimidad de su hermano pequeño.
―Dean, queremos decirte algo y espero que te lo tomes a bien ―dijo Sam, tratando de sonar tranquilo.
Oh Dios, ¿se van a casar? ¿O quizás a tener hijos? ¡¿Pero qué mierda estoy diciendo?! ―Dean nunca en su vida había pensado tanto ni mucho menos se había sentido tan nervioso como en ese momento.
―Dispara Sammy. ―Ojalá que no fuese un tiro mortal.
―Esto es una broma. ―Sam y Stephen comenzaron a reír como posesos, hasta sentir sus estómagos doler.
Por su parte Dean no sabía si reír, llorar, o simplemente sacar su arma y matar a esos dos listillos. Lo único que atinó a hacer fue tomar las llaves de su Bebé y murmurar que iba a tomar aire, aunque necesitaría algo más fuerte que eso si no quería regresar allí y patearles el trasero.
Dios, podía sentir como su latido se normalizaba.
Sammy y amiguito: 1
Dean: 0
Para cuando el motor del Impala se dejó de escuchar, sus risas eran nada más que jadeos en busca de aire.
―Tu... her...mano… ―Stephen tuvo que dejar de reír para poder formar una palabra completa―. Jesús, casi le da un infarto. ¿Crees que esté enojado?
―Oh sí, va a querer matarte. ―Sam disfrutó viendo cómo el semblante de su amigo se puso serio―. Estoy bromeando.
―Lo dices del tipo que me apuntó con un arma.
―Bueno, no te matará, solo te hará sufrir ―sonrió con diversión―. Pero si me vuelves a besar te mataré yo.
―No te creas tanto, Sam, no eres mi tipo.
―Sabes, si quieres que Dean no te mate, y aún más, que te adore, cocínale un pie.
―Hombre, dilo desde el principio. Mi madre me enseñó a hacer su famoso pie de manzana, receta familiar ―comentó orgulloso. Stephen era algo así como un maníaco de los postres.
Cuando el pie había sido puesto en el horno, Sam decidió decirle a Stephen que había sido divertido usar, pero que ya se les estaba saliendo de control.
―Dime que ese maldito no te hizo nada. ―En el tiempo que llevaban siendo amigos, se podría decir que Stephen quería a Sam como al hermano que nunca tuvo―. Como se atreviese siquiera a tocarte, juro que si hubiese estado allí le hubiese hecho pulpa la cara.
―Aprecio tu preocupación, pero por suerte Dean estaba allí y no paso a más. Todavía me dan escalofríos de solo pensarlo. ―Sam se estremeció al recordar los labios fantasma sobre los suyos.
―Entonces no lo pienses, y estoy contigo sobre el otro asunto. Siento que esa mierda me está cambiando, no quiero verme convertido en una persona totalmente irreconocible, y tampoco lo quiero para ti.
―Sabes que no será fácil, ¿cierto?
―Por algo se le llama adicción.
El resto de la tarde transcurrió entre risas a costa de su hermano y planes para dejar los días de adicción en el pasado. Para cuando Dean regresó al departamento, estaba muerto de hambre. Aunque ya no estaba enojado, tenía una reputación que mantener, así que justo antes de entrar en el área de visión de esos dos demonios encajó su mejor ceño fruncido, fingiendo todavía enfado.
―Oye Dean, ¿tienes hambre? Compré unas hamburguesas y las metí en el microondas, así que todavía están calientes ―intentó chantajear a su hermano.
―No me comprarás con comida, Sammy ―dijo haciéndose el difícil, aunque sabía que muy pronto flaquearía ante la mención de unas hamburguesas deliciosas y calientes.
―Hombre, quería disculparme ―dijo Stephen con su mejor cara de arrepentimiento―. Era una bromita.
―No me digas. ¿Tú me chantajearás con papas fritas? ―se burló sin tratar de sonar duro con los chicos. Después de todo, él había hecho bromas peores a Sammy.
―Bueno, yo no esperaba chantajearte, solo quería tu perdón y esto es un regalo de bienvenida ―dijo Stephen mientras se inclinaba y sacaba el pie del horno.
Y así fue como todo el supuesto enojo y la dignidad de Dean se fueron al drenaje―: ¡Mierda, huele delicioso! Apuesto a que vale cada centavo pagado.
―Oh no, yo no lo compré, lo hice. Es una vieja receta familiar. Bueno Dean, espero que lo disfrutes.
Sam observaba la escena que estaba haciendo Stephen, y se podía decir que era un buen actor y que ya tenía a Dean en su bolsillo.
―Deja de lloriquear, niño, apuesto a que Sammy compró comida para 3 ―le dijo a Stephen, mientras dirigía su mirada hacia Sam―. ¿Ves, Sammy? Él sí sabe cómo ganarse a una persona.
Aunque Dean no lo admitiera en voz alta, el amigo de Sam le había caído bien. Pero había algo entre esos dos que por supuesto no era nada romántico, sino algo que le daba mala espina. Por el momento, Dean decidió actuar como si no sospechara nada, pero estaría mucho más atento. Su instinto nunca fallaba.
~SW/DW~
Ciertamente, el sofá de Sammy era mil veces más cómodo que cualquier cama de todos los moteles en los que había dormido. El sofá de cuero negro era largo y ancho, justo para que una persona se ajustase fácilmente. Además, era suave sin rozar el excepto, y lo mejor de todo era la manera de mantener el calor, algo así como una pequeña estufa cómoda.
Sí, Dean se sentía completamente relajado y más que dispuesto a entregarse a los brazos de Morfeo.
―¿Qué mierda? ―Su cuerpo se tensó en busca de algún peligro en la habitación, pero entonces fue cuando volvió a escuchar el quejido lastimero y supo la procedencia del sonido―. Sammy.
El único atacante en la habitación de su hermano era el mismo que atormentaba a Sam desde que tenía uso de razón.
Las malditas pesadillas.
Sam se retorcía en la cama entre una maraña de sábanas, mientras murmuraba palabras ininteligibles.
―Sam, Sammy, vamos despierta. ¡Sam!
Sam abrió los ojos sintiéndose completamente perdido entre tanta oscuridad, y no ayudó nada el sentir una mano haciendo agarre en su brazo.
―Tranquilo, vaquero. Soy yo, ¿recuerdas?
―¿Dean? ―Y ahí fue cuando se acordó de que su hermano se estaría quedando con él por un tiempo―. Lo siento, me olvidé de que estabas aquí. ―Suspiró aliviado de que fuese su hermano y no...―. Lamento haberte despertado.
―Nah. Entonces, ¿enanos o payasos?
―Baby, estaba sentada en ladrillos y había un rayón en la puerta del conductor.
Involuntariamente Dean se estremeció―: Samuel Winchester, nunca se te ocurra decir eso, ni en un puto chiste… Espera, ¿este sitio es seguro? Voy a... ―La mano de Dean fue capturada por Sam, quien le impidió salir corriendo a ver si el impala seguía estacionado enfrente de la acera.
―Dean, Dean, relájate, nada le pasara a tu Bebé. ―¡Dios! Cuando a Dean se le tocaba el tema del carro, este enloquecía―. Te juro que este sitio es muy seguro.
―Dejando atrás el terrorismo contra mi Nena, ¿de qué iba el sueño?
―Nada grave ―murmuró queriendo que Dean se largara a dormir, pero Sam sabía que eso sería algo difícil de lograr.
―¿Sabes que te conozco como la palma de mi mano?
―Fue sobre el tipo del bar, un mal recuerdo. ―Suspiró cansadamente―. No es nada…
―Deja de decir que no fue nada, si yo no hubiese estado en ese maldito bar… ―Dean no podía siquiera procesar la imagen de algo tan atroz sucediéndole a su hermanito. La ira burbujeaba en su interior, queriendo salir de allí y descargar toda su furia sobre algún pobre desgraciado―. Y en primer lugar, ¿qué hacías en un sitio como ese? ―amonestó a su hermano, queriendo sacar alguna respuesta ahora que el tema había sido abierto.
―Yo... bueno... ―¿A dónde se largaba su gran cerebro cuando lo necesitaba?
―¿Sí?
―Yo... te extrañaba y quise ir a un sitio donde pudiera sentirme como contigo. ―Genial, ¿qué tan patético y malditamente hipócrita podía sonar eso?
―Lo lamento Sammy, todo es mi culpa. Yo sabía que no tenías celular y aun así cambié de número sin pensar que tú podrías intentar llamarme y tuviste que recurrir a sitios como esos para sentirte cerca de mí. ¡Dios! Si tan solo hubiese sido mejor hermano no hubieras tenido que pasar por algo como eso.
Oficialmente Sam se sentía peor que la basura, de hecho podía ser catalogado como la basura de la basura. No solo abandonaba a su hermano sin decirle una palabra, sino que ahora le mentía y lo hacía sentirse culpable de su propia estupidez.
―Yo no sé tú, pero este momento de chicas a las 2 de la madrugada es tremendamente cursi. ¿Qué tal si dormimos un poco? ―cambió de tema, dando por finalizado el asunto.
―De acuerdo, hazte a un lado ―dijo mientras empujaba a su hermano hacia un lado de la cama.
―Dean, ¿qué haces?
―¿No es obvio, Sherlock? ―ironizó, bostezando ruidosamente.
―Pensé que estabas bien en el sofá.
―Es una tabla ―mintió sabiendo que Sam tampoco le creía―. Además, no es como si nunca hubieras compartido cama conmigo. ¿O es que acaso tienes miedo que me aproveche de ti, Samanta?
―¿Como aquella vez en Wichita? ―dijo sofocando una risa.
―Oh vamos Sammy, sabes que eso no cuenta, hombre. Eso es un golpe bajo. ―Dean sabía que su cara debía de estar tan roja como un tomate, y daba gracias al cielo de que Sam no se hubiese molestado en encender la luz desde el inicio.
―¡Me manoseaste el trasero! ―gritó indignado.
―Estaba soñando con Cindy Crawford ―se justificó completamente avergonzado.
―Ya, y eso te dio el derecho de traumarme aquella noche ―bufó Sam.
―¿Qué pasó entre ustedes? ―preguntó sutilmente, dándole a entender a Sam que no tenía que responder si no quería.
―Nada. ―Sam sabía que su hermano se refería a la noche de la discusión con su padre.
―¿Entonces por qué te fuiste así?
―A papá no le agradó la idea de la universidad, comenzamos a discutir y decidí irme antes de que pasara a más.
―Bueno. ―Quizás algún día podría conseguir la versión completa, pero ese día no sería hoy.
Claro que Sam decidió omitir que su padre le dijo que solo era carne de cañón y que lo había golpeado. Haberle contado eso a Dean habría sido como decirle a un niño que Santa no existe y que el dinero bajo la almohada lo ponen sus padres. John era el héroe de Dean, y qué sería de nuestras vidas sin los héroes y sus inquebrantables imágenes.
No, no valía la pena quitarle otro padre a Dean, no tenía por qué matarle a su héroe.
Gracias por leer.
