Interludio

-¡Arriba gandul, que ha sonado el despertador dos veces!

Me costó abrir los ojos. Estaba demasiado dormido, demasiado cómodo, demasiado vago como para salir de la cama. Cuando por fin conseguí enfocar, descubrí que mi mujer no solo estaba levantada, también andaba hecha un pincel.

-Pero… Ya estás vestida.- Mascullé a duras penas mientras me levantaba pesadamente.

Almudena sonrió divertida. Por alguna razón se había recogido el pelo en un moño flojo, algo que no solía hacer para salir y mucho para trajinar en casa, con los niños o sus libros, pero que le quedaba gracioso y a mí me gustaba. Y llevaba unas gafas de sol alzadas sobre la cabeza.

- ¿No ibas a remar por la laguna y los canales? ¡Pues no es que te sobre el tiempo!- Volvió a azuzarme.

- Ya voy, ya voy…- Protesté tomando resignadamente la ropa deportiva que me tendía, y que incluía una camiseta azul, idéntica a la que mis colegas milaneses (incluidos varios primos) íbamos a lucir como "uniforme". Claro que, un instante antes de empezar a vestirme, me asaltó una duda.

- ¿Le has hecho algo a esto?- Pregunté mirando la ropa.

- No se qué te hace pensar tal cosa…-. ;Mintió ella.

- ¿Quizás que te haya inspirado alguna lectura sobre los hábitos de tus antepasadas brujas antes de las batallas de sus maridos no mágicos?

Almudena se sonrojó ligeramente un instante. Enseguida se repuso y, estirándose muy digna, me miró con cierta indiferencia.

- No he invocado ninguna magia que te pudiera ayudar a remar. Si te quieres machacar, allá tu…

- Pero has puesto algo…

- ¡Pero qué manía con que he hecho magia en tu camiseta!

- ¡Ajá!

Se dio cuenta al instante de que la había pillado. La conocía bien. Era cabezona y no cedería fácilmente. Así que me crucé de brazos frente a ella, demandando en silencio explicaciones durante unos larguísimos diez segundos.

- Está bien.- Cedió chasqueando la lengua.- He puesto un Localizador. Para tener alguna opción de localizarte por los canales. ¿Acaso no sabes que va a estar petado de barcas llenas de remeros vestidos de colorines.

- Y ese Localizador… ¿Tiene que ver con tus gafas de sol?

Aunque frunció las cejas, sabía que no le quedaba más remedio que desembuchar.

-¿Cómo piensas que opera un hechizo Localizador?

- No tengo ni idea.- Repliqué mientras me enfundaba los pantalonesdeportivos.- Pero no sueles llevar las gafas sobre la cabeza… parece que no quieres que se te olviden.

- Podría haberlas echado dentro del bolso…

- Podrías…- Concedí mientras me ponía la camiseta de la discordia.- Pero sigues sin explicar una conducta que no es habitual en ti.

-¿Conducta? ¿Ha salido el científico que llevas dentro?

- No. Es solo el marido curioso.- Negué tirando de un calcetín.

- Está bien. Las gafas me permiten ver la marca que he puesto en la camiseta.

- Interesante. Un Localizador que no puede ver todo el mundo…- Observé anudando una zapatilla.

- No. Solo se puede ver con las gafas adecuadas.

- ¿De dónde has sacado el hechizo? ¿Lo has inventado tu?- Pregunté ocupándome de la otra zapatilla.

- Lo he sacado de un grimorio de la tía Celia.

- ¿La tía Celia?- Alcé la cabeza y la miré curioso. Una característica de la familia de mi mujer es que poseen detallados registros de todos sus ancestros mágicos. Incluidos los libros donde anotaban los hechizos. Otra característica es que la brujería está tan arraigada en ellos que la lista de antepasados tiende a infinito y es imposible para un profano como yo acordarse de todos.

- Era una hermana de mi bisabuela.- Contestó sentándose sobre la cama, a mi lado.- Una mujer un poco peculiar. Era muy independiente, viajaba mucho, vestía muy moderna hasta para la gente no mágica moderna… ¿Se puede saber de qué te ríes

Había dejado escapar una risilla que se transformó en una sonrisa cuando la miré a la cara.

-Amore… en tu familia todos sois peculiares.

- Hmmmm. – Empezó a protestar, pero no llegó a decir nada porque eché el brazo sobre su hombro, la atraje hacia mí y le besé la frente.

- Lo mejor será no perder más tiempo y bajar a desayunar. Seguro que un buen montón de hidratos de carbono y otras cosas te vendrán muy bien para la regata.- Cambió de tema para no seguir protestando.

- Seguro que tienes razón.- Concedí.

Bajamos a desayunar dejando aparcados por un rato tanto su cabezonería como la mía. Hice mal en apartar la suya de la mente, porque así no me apuntó sus planes para la mañana.