IV

¿Por qué no me dijiste que era peligroso? ¿Por qué no me lo advertiste?

Las mujeres saben de lo que tienen que protegerse,

porque leen novelas que les cuentan cómo hacerlo…

Recurro a Thomas Hardy es quizá lo más exacto en este momento. Adjunto tres volúmenes de Tess, la de los d'Urberville y se los envió a Anastasia.

Anastasia me ha llamado y parece fuera de cabales, rastreo su ubicación y doy en el sitio exacto. La diviso en la distancia, fuera del establecimiento y de repente la veo forcejando con un tipo. Logro reconocerlo es el tal José que intenta besarla.

—Creo que la señorita ha dicho que no.

El canalla de José voltea de inmediato con el rostro congestionado, lleno de sudor corriéndole por la sien. Si no me dominara la cordura probablemente la advertencia se hubiese acumulado en un puño que accionaria contra su rostro. Concentro la ira en la mirada que me devuelve por un segundo con visos de recelo de animal herido.

—Bueno… Nos vemos dentro —le dice a Anastasia.

Y se escabulle entre la gente. Se va con la ira carcomiéndole la intención.

—Lo siento — me dice Ana mirando fijamente el pañuelo, con el que se ha limpiado el rescoldo del vomito.

—¿Qué sientes, Anastasia?- le pregunto.

—Sobre todo haberte llamado. Estar mareada. Uf, la lista es interminable —murmura

—Vamos, te llevaré a casa —murmura.

He colocado el jugo de naranja y dos ibuprofenos en la mesa de noche, pero Anastasia aun no despierta. Es la primera noche en que dedico una vigilia contemplativa a una mujer en mi cama y sin embargo no me ha parecido suficiente porque vuelve a envolverme esa necedad de verle en mis sabanas como una provocación inverosímil. Me incorporo tan pronto como mi pensamiento comienza a cambiar de blanco a oscuro. Es mejor que me vaya a ejercitarme.

Ha pasado una hora y el ejercicio me ha dejado exhausto. Cuando regreso a la habitación ya ha despertado

—Buenos días, Anastasia. ¿Cómo te encuentras?

—Mejor de lo que merezco —murmura mientras se acopla.

Levanta la mirada hasta mí, entonces comprendo la necesidad de respuestas.

—¿Me metiste tú en la cama?¿No habremos…?—Me pregunta en voz baja, compungida.

—Anastasia, estabas casi en coma. La necrofilia no es lo mío. Me gusta que mis mujeres estén conscientes y sean receptivas —le contesto secamente. —Fue una noche muy divertida. Tardaré en olvidarla.

—Bueno… Voy a ducharme —musita—.Gracias.

Intento leer el periódico, ya en la mesa del comedor, aunque la impaciencia me hace añicos la concentración. No puedo concebir la idea de que ahora este en mi baño, desnuda en la ducha y que la imposibilidad que me trasmite su cercanía me mantenga tan alejado. En otras ocasiones no ha sido igual, nunca ha dormido una mujer en mi cama ni compartido mis sabanas, y tal vez por eso jamás sentí una calidez tan gratificante en una presencia, en una constante respiración… ¡mierda! ¡Esta tan diferente! ¿Qué le vas a hacer Grey o que te está haciendo ella a ti?

De repente está ahí observando alrededor, con el cabello mojado.

—Siéntate —le ordeno, señalando la mesa. — ¿Té?

—¿Por qué me mandaste los libros, Christian? —ignora mi pregunta.

Abandono el periódico y la miro con insondable emoción.

—Bueno, cuando casi te atropelló el ciclista… y yo te sujetaba entre mis brazos y me mirabas diciéndome: «Bésame, bésame, Christian»… Bueno, creí que te debía una disculpa y una advertencia. Anastasia, no soy un hombre de flores y corazones. No me interesan las historias de amor. Mis gustos son muy peculiares. Deberías mantenerte alejada de mí.

Cierro los ojos. Un momento que parece una eternidad negándose a perderla.

—Pero hay algo en ti que me impide apartarme. Supongo que ya lo habías imaginado— logro articular finalmente.

—Pues no te apartes —susurra.

En ese momento mi resolución pierde toda conexión con mi cuerpo. Mi estado de estupidez momentánea parece percibirlo. Ojala supieras que lo que dices te resultaría contraproducente señorita Anastasia, entonces te retractarías…

—No sabes lo que dices.

—Pues explícamelo.

Adopta una posición infantil: apoya el codo en la mesa y con la mano empuñada sostiene el rostro por la mejilla, proyecta una mirada que seduce, que va contraria a sus ademanes y estalla en lo inverosímil cuando muerde su labio… ¡Por Dios!

—Me gustaría morder ese labio — ya he perdido el filtro…

—¿Por qué no lo haces? —me desafía en voz baja.

—Porque no voy a tocarte, Anastasia… no hasta que tenga tu consentimiento por escrito.