- ¡¿Él… y y-yo?! –
- Sensei, eso no es posible, ¡no puedo hacer eso! –
- Vamos, vamos… tranquilizaos los dos – dijo el maestro intentando poner algo de calma – Espero que esto sirva para aparcar vuestras diferencias. Puedes ir a cambiarte, Tashigi –
-S-sí… -
La capitana, totalmente abrumada, obedeció sin rechistar a su maestro, desapareciendo de la vista de ambos. Zoro se encontraba realmente confundido, sobre todo después de la charla del día anterior. No podía enfrentarse a ella, eso le traería a flote antiguos y dolorosos recuerdos.
- Eres el único que puede hacerlo, Zoro-kun, el único que puede enfrentarse a ella sin subestimarla –
Zoro se extrañó ante la razón que expuso su maestro. Pensaba que quería que fuera él por algo relacionado con Kuina, pero se había equivocado. En realidad, sí tenía que ver, pero exactamente era la relación que él había guardado con ella. Él había sido el único que nunca había tenido en cuenta su condición de mujer y la había tratado de manera igualitaria, pero ese Zoro ya no estaba, había crecido, y no sabía si sería capaz de pensar como lo hacía su yo de niño.
- Sensei… yo no soy el mismo, no puedo garantizarle que pueda actuar igual –
- Sé que podrás, Zoro-kun, antes o después. Vamos, ve a buscar tu espada –
En apenas unos minutos, ambos espadachines se prepararon para su enfrentamiento. La noticia había corrido rápido por todo el dojo, y la mayoría de los estudiantes ya se había congregado alrededor del tatami para presenciar semejante espectáculo. Tashigi había sido más rápida y esperaba impaciente a la llegada de Zoro. Sus manos se encontraban inquietas, y manoseaban con impaciencia la empuñadura de su espada. A pesar de los nervios, estaba ansiosa por disfrutar de ese momento, pues desde el primer instante en el que le vio sujetar su katana, supo que era un digno rival. El silencio empezó a reinar en la sala cuando el muchacho hizo su aparición. Lucía serio y concentrado, agarrando su espada con firmeza. Se situó frente a ella y le lanzó una dura mirada, parecía que pretendía ser implacable. Tashigi permaneció en silencio, mirándole de reojo. El maestro se levantó de su sitio, y medió el saludo entre ambos, para justo después dar lugar al inicio de la batalla.
Tashigi, movida por su actitud impulsiva, fue la primera en desenvainar su espada. Se abalanzó con fiereza sobre su contrincante, apretando sus dientes con fuerza y dedicándole una intensa y dura mirada; era de las personas que siempre se entregaba al completo. Zoro interceptó su estocada y se mantuvo a la defensiva. La miró con interés, para justo después retroceder levemente y descargar la fuerza de sus brazos en su primer ataque. La capitana lo interceptó sin problemas, aunque la inercia le hizo arrastrar sus pies hacia atrás y bajar un poco su cuerpo debido a la corpulencia del muchacho. Zoro dejó florecer una sonrisa macabra sobre su rostro, le estaba gustando aquella pelea más de lo que había esperado, se había despertado cierta rivalidad en su interior aunque era consciente de que no iba a ser necesario desplegar todo su poder. Tashigi apreció la arrogancia de su rostro y, ante semejante impotencia, sólo pudo forzar aún más sus apretados dientes.
- Ese Zoro… se ha atrevido a atacar a una chica –
- Yo no hubiera podido, es una mujer, es más débil, no puede ser una batalla justa –
- Él ya lo hacía con la hija del maestro, pero sólo era un niño, no esperaba que fuera a hacerlo en esta ocasión también –
Poco a poco, los cuchicheos se fueron haciendo más sonoros y perfectamente audibles para ambos. Tashigi intentaba ignorarlos, pero el envenenado aguijón de esas palabras se clavaba sobre su corazón, intentando mermar su determinación. No estaba dispuesta a rendirse, no estaba dispuesta a ceder, iba a seguir luchando por mejorar y cumplir sus sueños.
- ¡No os entrometáis, por favor! Este… este es un duelo entre Roronoa y yo, ¡dejadnos en paz! – dijo la espadachina totalmente a la defensiva, silenciando de golpe a todos los alumnos de la sala.
- Ya le habéis escuchado, no volváis a interrumpir – terminó de zanjar Zoro, con un tono más amable pero igualmente duro y determinante.
Ambos mantuvieron la misma postura defensiva unos segundos más, pero esa situación era insostenible. El espadachín, cansado de tantos preámbulos, aumentó la intensidad de sus ataques, pero sobre todo la cantidad. Su fuerza era pasmosa, al igual que su habilidad, y Tashigi sólo podía contener las embestidas a duras penas. Era consciente de que se encontraba en una seria desventaja, pero nunca había podido imaginar que la fuerza de él fuera semejante, que estuvieran a niveles tan distintos. El nerviosismo y la impaciencia comenzaron a invadirla, entorpeciendo sus movimientos y su defensa, destruyendo por completo cualquier atisbo de ataque. Frenó a última hora uno de los cortes más potentes que había recibido y retrocedió violentamente hasta quedar de espalda sobre una de las paredes del recinto. Fue incapaz de interceptar la última estocada, y pudo ver cómo la espada del chico pasaba peligrosamente sobre el lado izquierdo de su cabeza, hincándose profundamente sobre el muro.
Sus ojos titilantes penetraban la dura y soberbia mirada del espadachín, que se regocijaba en su victoria. El muchacho, dando por concluido el duelo, envainó su espada sin decir palabra, ante el contraído rostro de la chica. La impotencia estaba invadiendo su ser y, sobre todo, la profunda vergüenza de haber perdido de esa manera. Sólo quería desaparecer en aquel momento, que le diera la espalda de aquella manera tan paternalista sólo la deshonraba aún más.
- ¡¿Por qué me das la espalda de esa manera?! ¿Es porque soy una mujer? –
- Ahh Zoro… tienes suerte de haber nacido hombre… -
- Puede que el brazo de una mujer sea más débil que el de un hombre, ¡pero es humillante que te hayas contenido de esa manera! No Tienes ni idea de lo que siente, de que siempre haya deseado nacer como hombre… ¡yo no he utilizado mi espada para jugar! –
La tensión entre Tashigi y Zoro había llegado a límites insospechados. Lo que había empezado con mal pie había ido creciendo hasta volverse una bomba de relojería que estaba a punto de estallar entre ellos. La situación era insalvable.
- ¡No puedo soportar el hecho de que existas! –
Aquellas palabras hicieron quebrarse algo en el interior de la capitana, nunca antes, ni siquiera un enemigo, le había dicho algo tan duro como aquello.
- ¡Escucha! Esa cara tuya… te pareces mucho a una amiga que murió hace mucho tiempo, ¡y encima estás diciendo las mismas cosas que decía ella! Deja de copiarla, ¡mujer imitadora! –
Tashigi no iba a dejarse intimidar, suficiente había tenido con su derrota. Su sangre hervía, y su enfado y cólera la cegaba. Se acercó con paso decidido a él, y le encaró sin dilación.
- Pero qué dices, ¡Eso es algo muy infantil y rudo de tu parte! ¡Yo vivo mi vida según mis metas! No sé qué clase de persona era esa amiga tuya, ¿No será ella la que me está copiando a mí? –
- P-pero… ¿QUÉ ESTÁS DICIENDO? –
La muchedumbre, al principio expectante, comenzaba a disiparse poco a poco, atemorizada. Los más veteranos habían sido los primeros, sabían que ese era un tema delicado allí en el dojo. Los más nuevo, huyeron ante la idea de que Zoro pudiera enloquecer y cortar todo a diestro y siniestro. Su maestro, por el contrario, presenció la disputa durante unos minutos, hasta que se hizo insostenible. Sin decir ni una palabra, se retiró hacia su habitación, decepcionado con el asunto. La discusión entre ambos se extendió durante algo más, y sólo se percataron de la soledad de ambos cuando notaron el envolvente silencio a su alrededor. De repente, Tashigi sintió unas enormes ganas de salir de allí de nuevo. Recordó que le habían advertido que allí iba a vivir momentos duros, pero no se había imaginado cuánto. Poco antes había decidido aclarar su situación con él, empezar con buen pie, pero el destino se empeñaba en enturbiar aún más sus encuentros. La cólera y la ira se fueron yendo poco a poco, y dejaron paso a una profunda tristeza. No puedo soportar el hecho de que existas. Aquellas duras palabras se le habían clavado como cristales, jamás había pensado que alguien pudiese guardar algo así para ella. Pero no podía dejarse vencer por el dolor y la tristeza, no podía derramar ni una sola lágrima delante de él, simplemente no las merecía. Cuando el silencio se instaló definitivamente entre ambos, relajando levemente el ambiente, fue capaz de mover su tensado cuerpo sin decir palabra alguna. No podía permanecer ahí, no al menos hasta sanar sus heridas internas.
El espadachín la vio partir hacia los vestuarios, pero no hizo nada por detenerla. No había llegado a encolerizar de la misma manera que lo había hecho ella, pero sentía que lo mejor era que ambos se alejasen. Había ganado ese duelo, pero lo sentía como la más amarga de las derrotas. Desde el primer momento supo que aquello no había sido una buena idea, el recuerdo de Kuina había entorpecido la lucha entre ambos. Necesitaba explicaciones por parte de su maestro, así que se dirigió hacia donde él estaba. El día anterior había intentado dejar claro que no necesitaba ningún tipo de explicación, pero después de lo sucedido sabía que no podría aguantar sin saber qué hacia ella exactamente allí, y en ese momento la única persona que podía aclarárselo era él.
- Sensei… necesito saber por qué la ha aceptado –
La puerta corredera estaba abierta, su maestro no se había molestado en cerrarla, parecía que lo estuviera esperando. Se encontraba de espaldas a él, sentado en un cojín, con una taza de humeante té entre sus manos. Lucía sereno y tranquilo, incluso podía vislumbrarse un atisbo de nostalgia en su avejentada mirada. Zoro caminó lentamente, hasta situarse justo delante de una segunda taza apoyada en el suelo. Definitivamente le estaba esperando para aclarar, al menos, algo de aquella situación.
- Tú eras muy pequeño, Zoro-kun… pero la mayoría de los adultos del dojo sabían que mi relación con Kuina estaba tremendamente deteriorada a pesar de que ella era aun increíblemente joven –
El espadachín se sentó frente a su maestro, y escuchó atentamente mientras daba un sorbo al té, cuyo calor reconfortó su destemplado cuerpo. No entendía por qué hacía referencias al pasado, cuando lo que él buscaba era una explicación a la presencia de Tashigi. Sintió deseos de interrumpir, pero permaneció en silencio. Si su maestro estimaba oportuno empezar así, seguramente era por alguna razón importante.
- Yo sé que sí eras consciente de su deseo de convertirse en la mejor espadachina del mundo, pero ella también anhelaba sucederme algún día, convertirse en la maestra de este dojo. Poco antes de morir, tuvimos una fuerte disputa que dejó mermada nuestra relación como padre e hija… yo… yo le dije que nunca podría hacerse cargo, que una mujer no podía estar… a la altura –
Aquellas frases sentaron a Zoro como un jarro de agua fría. Su maestro siempre se había caracterizado por ser una persona justa y comprensible, pero aquello que decía estaba fuera de lugar, había sido tremendamente injusto con su propia hija, no le había dado la más mínima oportunidad a pesar de que era la mejor y la que más se esforzaba. El amargor del té se hizo más fuerte, y fue incapaz de seguir tomándolo. Observó el contraído rostro de su maestro, gobernado por la congoja, y permaneció en silencio mientras seguía escuchando su explicación.
- Poco después de aquella disputa entre nosotros… Kuina murió. Apenas nos hablábamos, estoy seguro que ella me guardaba un profundo rencor por lo que le dije. Desde ese momento, me he arrepentido todos los días de mi vida de esa conversación, de que fuera prácticamente lo último que hablé con mi hija. Es… es muy duro vivir toda la vida con semejante losa, por eso, cuando la vi a ella… no pude decir que no. Lo siento, Zoro-kun, pero no puedo darte los detalles de por qué ella está aquí, podría suponer un riesgo para todos –
¿Un peligro para todos? ¿Ella? Zoro frunció su entrecejo ante aquella afirmación. El misterio alrededor de aquella chica se hacía cada vez más grande, pero creía que su maestro estaba exagerando. Si bien sabía defenderse y no era como el resto de las chicas, estando él allí no iba a suponer ningún tipo de peligro, aunque aun así, decidió que sería bueno vigilarla a partir de aquel momento.
- No tuve más remedio que admitirla, la vi y no pude negarme. Cuando apareció delante de mí, pensé que la vida me estaba dando una segunda oportunidad, que podía redimir aquello que hice mal. Es tan parecida a Kuina, y además una espadachina. Sentí que si le daba a ella la oportunidad de estar aquí, que si la trataba como al resto, es como si ayudara a mi hija. Por supuesto, soy consciente de que las cosas no son tan fáciles, y menos cuando mis alumnos no piensan como yo. Pero tú… sé que tú eres distinto, Zoro-kun –
- No sé cómo puede seguir pensando así después de lo ocurrido – intervino Zoro por primera vez.
- Bueno, nadie dijo que fueran la misma persona. Es cierto que su parecido físico es impresionante, pero en apenas dos días ha quedado claro que son dos personas diferentes. Tashigi es una chica fuerte, pero no está acostumbrada a la férrea rutina que tenía Kuina, y mucho menos a competir con alguien como tú. Sólo podías ser tú el que se enfrentase a ella, ninguno de los otros alumnos habría estado dispuesto a medirse con ella. Sé que el encontronazo de hoy ha sido violento, pero es lo que ella necesitaba para sacar su espíritu de superación, estoy seguro que a partir de ahora trabajará muy duro para superarte. Veo mucho potencial en esa chica –
Aquella conversación, aunque algo amarga, sirvió para esclarecer un poco lo ocurrido, e inevitablemente le hizo recordar a Zoro sus primeros meses en el dojo. La situación se repetía, pero esta vez era él quien ganaba los duelos. Casi de manera automática, afloró en sus labios una sonrisa prácticamente imperceptible, si de verdad era una mujer de carácter y voluntad férrea, no tardaría mucho tiempo en mejorar abrumadoramente sus habilidades en aquel lugar.
- Dale unos días, Zoro-kun. Es una chica orgullosa, ahora mismo su orgullo está herido, pero estoy seguro de que acudirá a ti para mejorar. Tú lo hacías constantemente con Kuina y te has convertido en un espadachín ejemplar –
- Sí, sensei –
- Ahora, por favor, necesito estar solo, necesito reflexionar un poco más, si no te importa –
Zoro, ante la petición de su maestro, dio un último sorbo a la taza de té y se levantó de su sitio. Se inclinó, y salió de la habitación, cerrando la puerta. Sostenía su espada con la mano derecha, y la agarraba con fuerza. Aunque aún era temprano, no le apetecía permanecer en el dojo, la experiencia del duelo con Tashigi había sido demasiado intensa. Le apetecía caminar un poco para despejar su mente, distraerse. Pensó que sería buena idea visitar a Luffy, que ese día salía más temprano del trabajo, y así podría ayudarle a cargar con las ingentes cantidades de comida que solía llevar a casa, pero que desaparecían de momento al llegar la hora de la cena. Dejó su espada en el soporte, y se fue a cambiar de ropa. Buscó a la chica con la mirada, pero por lo que pudo ver, ella ya había abandonado el lugar. Su maestro tenía razón, estaba dolida por la derrota, lo cual era perfectamente entendible. El espadachín sentía una especie de amargura por todo aquello, un sentimiento familiar que había tenido años atrás, cuando ingresó en aquel lugar. Él no tenía la culpa de nada, pero sabía lo frustrante que era ser más débil que otra persona. De repente, le entraron unas enormes ganas de hablar con ella, si había dos personas que pudieran entender mutuamente ese sentimiento, eran ellos dos. Pero volvió a recordar las palabras de su maestro, seguramente necesitaba tiempo para recuperarse de esa humillación.
Zoro, una vez vestido con su ropa habitual, unos vaqueros oscuros rotos por las rodillas, sus deportivas ajadas y una camiseta gris oscura con una estrella roja en el centro, salió del recinto. Eran apenas las siete de la tarde, y debido al inicio de la primavera, los días eran cada vez más largos, por lo que el sol aún estaba lo suficientemente alto. El trabajo de su compañero no estaba lejos, pero como era habitual en Zoro, tardó mucho más de lo necesario en llegar debido a su pésimo sentido de la orientación. Luffy era repartidor de comidas de un pequeño pero famosísimo puesto de takoyaki. Lo cierto era, que mucha de la fama que aquel lugar tenía era gracias a él. El regente y cocinero del puesto, Hachi, había sido un antiguo maleante del barrio de Cocoyashi, en el cual había pasado Nami su infancia. De hecho, él había pertenecido a la banda organizada que se encargaba de extorsionar a los ciudadanos que allí vivían, pero unos años antes, con la ayuda de Zoro, Usopp y Sanji, Luffy derrotó al líder de la banda, Arlong, y llevó la paz y la tranquilidad a Cocoyashi. Poco después de eso, Luffy y el resto se toparon de nuevo con Hachi al tener una amiga en común, Keimi, que trabaja en una tienda de ropa bastante frecuentada por Nami, y se percataron de que no era tan mal tipo como parecía. Hachi, muy agradecido a todos ellos por haberle hecho recapacitar y encauzar su vida, contrató a Luffy como agradecimiento, y debido al carácter amigable y espontáneo del chico, la fama del lugar pronto creció como la espuma, llegando a convertirse en uno de los lugares más visitados de la ciudad.
El delicioso olor guiaba al espadachín hasta el puesto de comida. Estaba hasta arriba de gente, pero no tardó ni un instante en localizar a su compañero. Se acababa de bajar de su bicicleta de repartidor, y como recompensa por su esfuerzo, comía con fruición un enorme plato de las características bolas de pulpo. Pero no estaba solo, junto a él se encontraba un muchacho en plena pubertad que llevaba un uniforme de colegio, era el pequeño Chopper. También comía del mismo plato que Luffy, aunque tenía que engullir su parte para que su compañero no se la comiera al completo.
- ¡Ahf, Zforo! Pfero qfueé hfacfes tfu aqfuí – preguntó Luffy, al que apenas se entendía porque tenía la boca totalmente llena de comida.
- ¡Luffy! ¡Te estás comiendo también mi parte, bakaaaaaa! – Le gritó el joven adolescente de nariz respingona - ¡Zoro, ayúdame por favor! –
El espadachín dudó unos instantes, ya que sabía de buena mano lo territorial que era Luffy con su comida. Aún así, decidió prestarle una ayuda a su pequeño compañero que a veces se encontraba desbordado por semejantes abusos.
- Oi baka, ¡deja de comerte la comida de otros! – le gritó Zoro mientras se lanzaba sobre él y agarraba los carrillos fuertemente con ambas manos.
De repente, sucedió algo extraño para ojos de cualquier persona normal, las mejillas de Luffy comenzaron a estirarse de una manera alarmante, se deformaban como si fueran totalmente elásticas. Sus compañeros empezaron a ponerse nerviosos e intentaron solucionar el problema con la mayor rapidez posible.
- ¡Zoro qué haces! ¡Deja de estirarle así, se va a dar todo el mundo cuenta! –
- Y-ya voy, ¡no me acordaba! –
En cuanto Zoro dejó de hacer fuerza, las mejillas de su compañero volvieron a su lugar, pero ni se inmutó ante tal evento, parecía algo de lo más normal para él.
- Shishishishi, siempre me decís que no puedo estirarme delante de la gente normal, ¿Zoro puede hacerlo? –
- ¡Por supuesto que no, idiota! – Gritó Chopper encolerizado mientras se agarraba, totalmente ansioso, a la pierna de Zoro - ¡No lo vuelvas a hacer más!, ¿Y si nos ve alguien? ¡El ejército nos detendría de momento! –
- Vale, vale… tampoco ha sido para tanto. Como sea, dejadme algo, también tengo hambre –
El espadachín cogió un palillo largo y afilado, y empezó a comer del enorme plato, junto a sus dos amigos. Observó a Luffy de reojo, y se percató de que no llevaba su sombrero de paja, su prenda más preciada. Le resultó extraño, porque nunca se desprendía de él, muchas veces tenían que meterse en la ducha con él para obligarle a quitárselo, ya que echaría a perder la paja si lo mojaba con el agua. Zoro le recordaba con ese sombrero desde el primer momento en el que se conocieron, y con el tiempo se había dado cuenta de lo importante que era para él.
- Oi Luffy… ¿dónde has dejado tu sombrero de paja? – le preguntó el espadachín mientras pinchaba una de las bolas de takoyaki y se las introducía en la boca.
- ¡Uooh! ¡Mi boshi! Lo tiene Hachan, me lo ha guardado porque hacía mucho viento esta tarde, ¡ahora mismo voy a por él! –
El muchacho se levantó de golpe, dejando caer el enorme plato y corrió hacia el puesto a recoger su sombrero. Casi antes de tocar el suelo, Zoro lo cogió con sorprendente agilidad, evitando que las bolas de pulpo se desparramaran por el suelo.
- ¡Eres impresionante, Zoro! –
- Ah… este idiota… no sé cómo puede ser nuestro líder… -
- Por cierto Zoro… ¿ya has hablado con Nami, no? –
- Sí… me contó ayer todo lo sucedido… ¿sabéis algo más? –
- La verdad es que no… todavía estamos esperando noticias de Robin –
- Ya veo… ¿Y de Brook y Franky? –
- Brook sigue estando de gira, pero dijo que volvería esta semana. Franky ya se encuentra de nuevo en la ciudad, está haciendo mejoras en el Sunny, ¡dice que son impresionantes! –
- Tal y como esperábamos de Franky. Oi Chopper, ¿crees que estos tipos tienen algo que ver con… la trama? Ya sabes–
- Ojalá… llevamos mucho tiempo esperando saber algo sobre ese tema. Quizás hasta estén relacionados con las habilidades. Eso sería algo genial –
De repente, los dos compañeros guardaron silencio. El takoyaki estaba enfriándose, así que se apresuraron a comerlo mientras esperaban la llegada de Luffy. El sol comenzaba a ponerse, coloreando de tonos parduzcos el horizonte. Corría un poco de viento, lo cual agradecían, pues aquellos días habían sido extremadamente calurosas para ser sólo primavera. Con el principio de la noche, los vecinos se animaban a salir a comer fuera, así que el lugar empezó a llenarse poco a poco. Hache se apresuró a encender toda una fila de farolillos que empezó a iluminar de nuevo el lugar. Luffy le ayudó a terminar de encender las últimas luces, y con eso dio como concluida su jornada laboral. Se reunió de nuevo con sus compañeros y les ayudó a terminar con la cena, aunque lo justo sería decir que casi la devoró sin pensar en ellos. Se estaba haciendo tarde, así que decidieron acompañar a Chopper a casa, que tenía clases a primera hora el día siguiente. El camino de vuelta era largo, pero al menos les quedaba el consuelo de que vivían relativamente cerca de él. Además, era imposible aburrirse, Luffy siempre hacía de todo un juego.
Caminaban animadamente, cuando Zoro se percató de que alguien les estaba siguiendo. Había bastante gente alrededor de ellos, pero estaba seguro de que a ese tipo sólo estaba interesado en ellos, seguramente estaba esperando el momento perfecto para jugar sus cartas. Parecía ser alguien que les conocía bien y sabía de sus planes, así que debían andarse con extremo cuidado. Mientras más se acercaban a la casa de Chopper, más se iba vaciando el lugar, se estaban alejando poco a poco el centro de la ciudad. Ese tipo era increíblemente bueno ocultándose, pero lo que no sabía es que Zoro y Luffy tenían la capacidad de detectarlo aún con sus ojos cerrados. El muchacho del sombrero de paja se hacía el distraído y seguía con sus bromas, pero hacía tiempo que intercambiaba miradas cómplices con el espadachín. Debían mantenerse a la defensiva, sobre todo Zoro, que se sentía increíblemente indefenso tan desarmado. De repente, Luffy se paró en seco y se giró sobre sí mismo.
- Quién eres y qué quieres, sabemos que estás ahí – gritó el líder con voz desafiante y segura, mientras se ponía el sombrero de paja sobre la cabeza.
De entre las sombras, apareció un hombre de mediana edad, cuyo rostro se ocultaba tras unas gafas de sol. Lucía unas extrañas patillas en forma de rayo y una barba escrupulosamente recortada. Lo más extraño de todo, tenía restos de patatas fritas sobre su mejilla derecha. Parecía un hombre fuerte y seguro de sí mismo, tanto que se permitía la licencia de tener los brazos cruzados tras la espalda.
- No necesitas saber quién soy, Mugiwara no Luffy. Sólo estoy aquí para advertirte, deja de meterte donde no te incumbe, tú y tus subordinados – dijo el misterioso hombre con voz atronadora, incluso intimidante.
- No es difícil saber quién soy, pero ¡Quién eres tú! ¡Qué es lo que quieres! – le gritó sombrero de paja, que forzaba su cuerpo hacia una postura de defensa.
- Mis superiores quieren que dejes de entrometerte en nuestros asuntos. Esto es una amenaza, si sigues así, te liquidaremos a ti y a toda tu banda –
- No te dejaré poner ni un solo dedo sobre mis nakama – gritó Luffy enfurecido mientras se lanzaba sobre el misterioso hombre.
Sin reprimirse lo más mínimo, el chico del sombrero de paja estiró su brazo derecho de manera sobrehumana, en dirección al pecho del misterioso hombre. El ataque iba cargado de fuerza y precisión, pero el tipo lo esquivó elegantemente, sin ni siquiera mover los brazos, que aún estaban tras su espalda. Luffy recogió su brazo, y lo miró con el ceño fruncido. Aquel no era una persona cualquiera, ni siquiera se había inmutado al verle estirarse, por lo que seguramente estaba rodeado de gente con características sobrehumanas, ¿sería él también un usuario? Necesitaban estar lo más alerta posible. Zoro se sentía completamente desprotegido, aunque su fuerza era bastante más elevada que la de un hombre normal, siendo un espadachín sin espadas se sentía totalmente desnudo. El chico de goma comenzó una nueva serie de ataques, esta vez una potente lluvia de puñetazos que de nuevo fue esquivada sin esfuerzo.
- No he venido a pelear contigo, pero, si no me dejas más elección, tendré que matarte ahora –
De repente, el misterioso hombre se quitó el pesado abrigo que llevaba puesto, dejando su más que musculado torso a la vista. Una extraña sombra comenzó a envolverle, tiñendo su cuerpo de un denso negro.
- ¡Cuidado Luffy! ¡Es busoshoku Haki! – gritó Chopper profundamente preocupado - ¡No podemos seguir con la pelea en este lugar, hay mucha gente inocente alrededor, está repleto de casas! –
El muchacho no le escuchó y se abalanzó de nuevo sobre él, lanzándole toda una batería de nuevos ataques, que no lograban hacerle el más mínimo daño a pesar de que esta vez sí chocaban contra su cuerpo. Ese tipo tenía el haki más poderoso que habían visto jamás, los ataques básicos de Luffy no iban a herirle, y aumentar el nivel sólo iba a traerles más problemas, no podían arriesgarse a ser descubiertos. El chico de goma cesó sus movimientos y se apartó hasta donde estaban Zoro y Chopper. No eran de los que huían de una batalla, pero, ¿Qué alternativas les quedaban?
De repente, notaron que el característico silencio que reinaba se había roto, escuchaban el paso apresurado de varias personas hacia el lugar donde se encontraban, no les quedaba otra que huir. Miraron hacia su enemigo, que pensó exactamente lo mismo, pues devolvió su cuerpo al estado inicial, agarró el abrigo, y se perdió entre las estrechas callejuelas. Los tres chicos empezaron también su huida, cuando notaron que no podían moverse de su sitio. Miraron hacia sus pies, y vieron que se encontraban sujetados por numerosas manos que florecían desde el suelo.
- ¡Es Robin! Tiene que estar cerca – dijo Chopper mientras se relajaba, pues los pasos que escuchaba eran de ella y seguramente de sus compañeros.
Justo después, apareció Nami al doblar una esquina, junto con dos personas más, Usopp y Robin, una mujer elegantemente vestida con unos pantalones y blazer negros junto con una camisa blanca y altísimos zapatos de tacón. Era una mujer de treinta años, amiga de Zoro y el resto. Dedicaba su vida a la arqueología, de hecho, era directora general del museo arqueológico de Hinsa, por lo que su posición, muy relacionada con el gobierno, era clave para poder obtener la información que hacía posible que pusieran sus planes en marcha. Además, al igual que Luffy, era también una usuaria, poseía poderes con los que la mayoría de las personas sólo podían soñar, tenía la capacidad de hacer florecer partes de su cuerpo.
- ¡Chicos! ¿Estáis bien? Estábamos muy preocupados – les dijo efusivamente Usopp, que se paró en seco a descansar, pues de tanto correr le faltaba el aire.
- ¿Pero cómo nos habéis encontrado? – preguntó Zoro, aún confundido por lo ocurrido.
- Eso ha sido fácil, Luffy tenía encendido el GPS de su teléfono móvil, así que con unos apaños he conseguido localizarle. Hemos supuesto que estabais juntos, no nos cogíais el teléfono a ninguno – le contestó Usopp mientras mostraba la enorme lista de llamadas emitidas.
- ¿Y por qué nos habéis llamado tanto? ¿Ha pasado algo malo? – preguntó Chopper preocupado.
- Robin ha encontrado hoy unos informes sobre el tipo que estamos buscando, os dije que en cuanto tuviésemos esa información me pondría en contacto con vosotros para elaborar un plan. Como no os podía localizar a esta hora, y teniendo en cuenta que siempre os metéis en líos, me puse en contacto con Usopp para ver si sabía algo de vosotros, y el resto ya lo sabéis – les explicó Nami, cuyo rostro se había relajado al verlos sanos y salvos.
- Pues tenemos un problema, el enemigo sabe de nuestros planes – intervino Zoro, que no paraba de pensar en lo ocurrido– Acaba de huir un tipo que nos ha amenazado con no seguir hacia delante con lo que tenemos entre manos –
- ¿¡QUEEEEEEEEÉ!? – Gritaron Usopp y Nami al unísono, completamente angustiados - ¡Es imposible que el enemigo nos haya localizado! Hemos sido muy cuidadosos… verdad… ¿Robin? – preguntó Nami, con la voz llena de congoja.
- Lo cierto es que siempre existen riesgos, no te puedo garantizar que no me hayan rastreado. Además, podría haber espías dentro del propio gobierno, por lo que estaríamos a merced de ellos desde el primer instante – explicó Robin tranquilamente, sin inmutarse lo más mínimo.
- ¿¡Y POR QUÉ NOS HAS HECHO CORRER ESE RIESGO!? – gritaron esta vez Chopper, Usopp y Nami.
- Yo sólo seguía órdenes de nuestro líder, fufufufu – rió animadamente Robin, tapándose la boca con su mano derecha.
- Luffy, esto no está bien, tenemos que abortar la misión –
- Usopp tiene razón, ¡nos van a matar, es muy peligroso! –
- Además, si lo de los espías es verdad, ¿Y si además se entera el ejército? ¡Ya hemos tenido muchos problemas con ellos! ¡No podemos tener al mundo contra nosotros! – Lloró desconsoladamente Nami, uniéndose a las réplicas de sus compañeros.
- Shishishishi, ¡Esto se está poniendo muy interesante! ¡Ahora tengo todavía más ganas de seguir hacia delante con nuestras aventuras! –
- Si lo dice nuestro líder… que así sea – dijo Zoro apoyando al chico de goma en todo momento. Estaba deseando que sus espadas pudieran jugar de nuevo.
- Un día de estos me matarán… por qué habré tomado yo este camino – dijo Nami deprimida, intentando recomponerse – Está bien, ya hemos visto que es muy peligroso hablar por ahí, así que nos vemos en unos días en el Sunny. Ojalá pudiera ser antes, pero Brook no está todavía aquí –
Con la cita concertada, dieron el tema por zanjado, su situación era mucho más delicada de lo que parecía. A pesar de que Robin era increíblemente inteligente y cuidadosa, alguien había sido capaz de rastrearla, y no tenían la menor idea de quién podía haber sido, carecían por completo de información. La noche se había cerrado sobre ellos, y un día cualquiera de diario como era aquel no era normal ver a un grupo tan ruidoso y diverso a esas horas. Robin, que había llevado su coche con ella, se ofreció a acercar a sus compañeros a casa. Las dos chicas se sentaron cómodamente en los asientos delanteros, y los cuatro chicos tuvieron que apretujarse como pudieron atrás. Además, la tensión les estaba matando, pues Nami les había advertido que si se encontraban con algún policía por el camino, ellas no tendrían nada que ver con el importe de la multa por exceso de pasajeros. Por suerte, la casa de Chopper estaba cerca y no se toparon con nadie en el corto trayecto. Poco después, llegaron a la casa de los tres chicos, que se bajaron justo en la puerta de su piso. Luffy, el más efusivo de los tres, se despidió agitando los brazos.
Con todo lo sucedido, Zoro había olvidado lo de su duelo durante unas horas, pero ahora, una vez normalizada la situación, volvía a pensar de nuevo en ello. No hacía más que darle vueltas a la idea de cómo debía de sentirse ella en aquellos momentos, aunque era algo que realmente sabía, ya que era enormemente parecida a él. Estaba seguro que en otra situación habría podido hacer su vida normal, pero algo le reconcomía por dentro, incluso se podía decir que le dolía la situación respecto a ella. Subió las escaleras a ritmo pausado, al contrario que sus compañeros, y cuando llegó hasta arriba, se encontró la puerta abierta. Entró al interior del piso, la cerró y acudió a la cocina, alertado por un enorme estruendo. Allí estaba Luffy, atacando con fervor la nevera y la despensa.
- ¡Pero si ya has cenado, tragón! – Le gritó Zoro mientras le hacía una llave con sus poderosos brazos - ¡Para te digo, o no tendremos nada para desayunar mañana! ¡Usopp, ayúdame! –
- ¡Hisatsu: bakusui boshi! – gritó Usopp mientras saltaba hacia la puerta con un enorme tirachinas en la mano y le lanzaba unos polvos color violeta a chico de goma.
Como por arte de magia, tras inhalar un poco, Luffy cayó profundamente dormido. Zoro lo cargó sobre él para acto seguido tumbarlo sobre la parte más larga del chaise longue que tenían en el salón. Era lo mismo casi todas las noches, por lo que ambos compañeros estaban sopesando muy seriamente la idea de poner un candado en la cocina. El espadachín se sentó junto al chico de goma, y encendió la televisión para ver si había algo interesante.
- Oi Zoro, ¿quieres cenar? ¿Te llevo algo? – gritó Usopp desde la cocina, ya que estaba preparándose algo de comer porque estaba hambriento.
- Una cerveza muy fría – gritó el espadachín mientras seguía cambiando los canales – Va a ser lo mejor de todo el día –
Ante nada más interesante que ver, Zoro dejó una cadena con un concurso de televisión. No le interesaba en absoluto, pero prefería eso al más absoluto silencio, que le incitaba a pensar cosas que prefería dejar de lado en ese momento. Mañana sería un nuevo día para centrarse en cómo solucionar sus encontronazos con ella, además, hasta que tuviera nuevos detalles de la misión, no tendría ningún tipo de distracción.
-Oi, aquí tienes. Suerte de que a Luffy no le guste la cerveza – le dijo Usopp mientras le entregaba una lata muy fría y se sentaba junto a él para cenar una enorme pizza.
- Sí… - contestó Zoro distraído, mientras miraba a la gente en el televisor y abría la lata para darle un buen trago.
Sintió como el líquido helado le bajaba por la garganta y le refrescaba por completo. Su cuerpo se relajó, y notó en aquellos momentos el cansancio acumulado de todo el día. Se acomodó aún más de lo habitual en él para descansar todo lo posible, ya que su instinto le decía que a partir de entonces todo iba a oscilar en una increíble inestabilidad.
Capítulo nuevo, en domingo, como prometí. Bueno, muchas gracias a los que habéis dejado review, ¡se agradece mucho! ¿Qué tal os va pareciendo la historia? Aparecen personajes nuevos, ejmmm, seguro que sabéis de quién os hablo. Estoy mezclando "varias sagas", así que va a ser difícil ver cómo va a acabar esto jejeje también quería que la relación entre Zoro y Tashigi tuviera momentos dramáticos, y aquí veis el primero (spoiler, habrá más, y peores :O). Bueno, no os entretengo más, el domingo que viene otro, ¡un saludoo! ;)
