Dedicado a todas mis lectoras hermosas, especialmente a Konekot.
Disclaimer: ni Beyblade ni sus personajes me pertenecen.

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CHAPTER IV - Sospechas

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Pasaban ya de las diez de la mañana. El sol brillaba filtrándose por las cortinas blancas que se mecían con el viento. Era un día soleado y fresco. Al centro de la habitación una cama de sábanas de seda, bajo las cuales se escondían dos cuerpos. El peliazul llevaba casi una hora despierto, pero se mantenía silencioso como cuidando del sueño de la persona a su lado. Una sonrisa extraña se pintaba en sus labios, y digo extraña por que él nunca solía levantarse tan de buen humor. Más ese día tenía la razón perfecta para no dejar de sonreír. Kai delineó con la punta de sus dedos todo el rostro del moreno: mentón, mejillas, cejas, labios, todo era exquisitamente terso. Fue cuando estaba bajando con la yema de su dedo por la fina nariz que vio un par de ojos ambarinos abrirse lentamente.

- Buenos días, Ray. - Tres simples palabras, cálidas e inesperadamente llenas de afecto. El pelinegro tardó un poco en asimilar la situación en la que se encontraba, más en cuanto sus pensamientos se hubieron aclarado se levantó de golpe sentándose en la cama.

- ¿Dónde estoy? -

- En mi departamento. - "En su departa…" meditó un momento sus palabras y miró a su alrededor con sorpresa, aunque la expresión en su rostro parecía mas de terror. Se giró hacia Kai que recién se puso de pie, completamente desnudo, para encaminarse hacia el balcón. Luego se miró a si mismo, levantando la suave sábana y descubriendo que él también no llevaba una prenda encima. Ray palideció. No podía ser cierto.

- ¿Qué demonios he hecho? O mejor dicho, ¿Qué me haz hecho, Kai Hiwatari? Por que el único culpable de esto eres tú -

- Nada que tú no hayas querido - Kai soltó una risotada mientras contemplaba la panorámica de la ciudad, se había ocupado de abrir las cortinas con cuidado y dejar circular un poco de aire fresco. Ray evitó a toda costa mirarlo. Estaba molesto, no sólo por lo que había pasado, por lo fácil que había cedido, sino por que el otro no tenía pudor alguno y se paseaba en sus narices completamente en pelotas.

- Eres un idiota - El pelinegro se levantó farfullando entre dientes, ocupándose de que la sábana le diera por lo menos tres vueltas a su delgado cuerpo. Tomó su ropa, curiosamente doblada en una silla, y se encaminó al baño. Necesitaba salir de ahí inmediatamente. Kai le miraba divertido, y se plantó frente a él antes de que cruzara la puerta.

- Oh, vamos, creí que ya habíamos superado la etapa de aceptación. O al menos eso me pareció anoche. -

- Cállate, no quiero oír nada más. - Le dio un empujón y se metió al baño cerrando un portazo en las narices de Kai. Una vez a solas Ray se sentó en el inodoro, cubriéndose el rostro con las manos y susurrando frases ininteligibles: "Cómo he sido tan estúpido para caer. Esto no debió pasar". Pero ya no había marcha atrás, lo sabía. Las cartas ya estaban sobre la mesa y él había entrado al juego. Ahora sólo le quedaba ser astuto y cuidar cada una de sus jugadas si quería conservar el empleo y su vida con la normalidad con la que la llevaba hasta ahora.

Recordó esas clases de yoga que tomó el verano pasado, y se dedicó por un minuto a hacer ejercicios de respiración. Y es que él siempre tendía a ponerse hipertenso y terminar en Urgencias para estabilizar el ritmo de su corazón. Inhaló aire hasta llenar a tope sus pulmones. "Nadie tenía por que enterarse". Exhaló lentamente, sintiendo el aire escapar por sus labios. "Puedes controlar la situación". Pero no sabía si podría controlar a Kai. Se sintió nervioso y procuró respirar de nuevo. Inhaló. Exhaló. Inhaló. Exhaló. Sí, las cosas iban a ir bien. Él mismo se encargaría que así fuera, que esa aventura no terminara siendo otra cosa que una simple y nada especial aventurilla. Se vistió rápidamente y abrió la puerta para toparse con Kai esperándole aun en el umbral.

- Llévame a mi casa, necesito ropa limpia. - A lo que el peliazul respondió con una enorme sonrisa. Sí, ya estaban pasando la etapa de aceptación.

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El convertible rojo se abrió paso entre el tráfico neoyorquino con asombrosa agilidad. La voz de Elvis seguía a todo volumen, aunque esta vez entonando Love me tender. Kai imitaba al Rey con asombroso parecido, mientras Ray se mantenía hundido en el asiento copiloto asegurándose de que su cinturón de seguridad estuviera bien abrochado. Que ironía, no se imaginaba que un día estaría montado en ese convertible que había visto la primera vez que llegó a Nueva York. Se escuchó el rechinar de las llantas al frenar, y el pelinegro reconoció el pórtico de su edificio.

- Te esperaré. - Dijo Kai con voz firme y cantarina mientras el otro bajaba del auto. Sin dar respuesta Ray subió las escaleras y caminó por el pasillo hasta el elevador. Se llevó una mano a la cara suspirando cansado y escuchando el chirrido de la cadena del elevador al subir hasta el tercer piso. Siguió suspirando hasta llegar a la puerta 304 y entrar a su departamento. Eran las once de la mañana, cabe aclarar, por lo que el chico entró directo al dormitorio cogiendo ropa limpia sin el menor cuidado. No se esperaba que hubiera alguien en casa, pero lo había.

- ¿Ray? Oh, dios. ¿Dónde has estado? Estaba muy preocupada. - Le sorprendió Mariah con unas leves bolsas bajos sus ojos producto de insomnio. Enseguida la pelirrosa lo envolvió con sus amorosos brazos y lo llenó de besos.

- Creí que estarías en el Hospital… -

- No pude ir, no hasta verte llegar a casa - Su abrazo continuaba, igual de intenso. Y silencio. Ray no se atrevía a decir una sola palabra. Finalmente ella le soltó y le miró expectante. - ¿Y bien? ¿Dónde has estado? -

- L-lo siento, Mariah, tuve q-que quedarme en la oficina arreglando unos documentos - Tartamudeó. Nunca había sido su fuerte el mentir. Apretó los ojos tratando de controlar su nerviosismo.

- ¿Y no pudiste avisarme? Una llamada, un mensaje. -

- Me olvidé de todo. Lo siento - Su voz sonó más segura. Miró a su prometida con toda la seriedad posible. Tenía que hacérselo creer, tenía que aprender a mentir. La normalidad de su vida dependía de ello. Mariah sonrió, y le envolvió en un nuevo abrazo. Era todo lo que Ray necesitaba para saber que se había tragado el cuento de las horas extra en el trabajo. Suspiró, pero esta vez mucho más tranquilo. Sí las cosas eran así de simples entonces no le sería tan difícil salirse con la suya. - Debo irme, necesito entregar esos informes esta tarde. -

Plantó un beso en boca de su amada, y salió disparado hacía la puerta con ropa en mano despidiéndose con un "te veo esta noche" antes de cerrar. Pero hubo algo en ese beso que a Mariah le supo diferente. No había sido dulce, como usualmente le sabían todos los besos de Ray, sino frío, simple, rutinario. Sin otra intención que ver a su novio partir, se asomó por la ventana, pero que sorpresa cuando vio un convertible estacionado afuera. Se pegó más al cristal, tratando de distinguir al chofer, pero apenas si pudo ver que se trataba de un hombre peliazul. "¿Peliazul?" repitió para sí misma inquieta. Creyó haberle visto antes, pero ¿Dónde? Trató de hacer memoria. Sí, sí, ahora lo recordaba. Era el mismo sujeto atrapado con Ray en el sanitario del restaurante francés aquella noche. Y si mal no recordaba, Ray le había dicho que era uno de sus jefes. Mantuvo su mirada fija en tal hombre. ¿Por qué estaría precisamente fuera de su edificio?

Finalmente Ray salió, y sin demora subió al automóvil. Mariah más que sorprendida, quedó curiosa. Así que había llegado con él. Les vio por un momento más mientras parecían charlar, y un pinchazo de repente le dio justo en el corazón. La mano del peliazul se había estirado hasta sujetar el hombro de Ray. Aquello no le gusto nada. Frunció el ceño y les vio partir a toda velocidad. Se alejó de la ventana hasta llegar al teléfono. Marcó rápido y espero a que del otro lado de la línea le contestaran.

- Edern, súper agencia de moda. Buenos días. ¿En que puedo servirle? -

- Comuníqueme con Max Hale, por favor. -

- Enseguida la conecto. - La amable voz de una secretaria se perdió en un tono de espera hasta que fue suplantada por la inconfundible voz de Max.

- ¿Diga? Max Hale habla. -

- Hola Max, soy Mariah. Perdona por molestarte en horas de trabajo. -

- Olvídalo, querida, para la familia siempre tengo tiempo. -

- Perdona mi curiosidad, pero quisiera hacerte una pregunta. -

- Adelante. Te escucho -

- ¿Qué me puedes decir de Kai Hiwatari? - Un momento de silencio. Con eso tuvo el rubio para saber que algo no iba bien, y es que siempre había tenido un sexto sentido para presentir las cosas.

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Hola queridas, si lo siento, se ha terminado el capítulo. Pero antes de que me maten XD prometo que el siguiente estará mejor.
Las cosas irán de miel y hojuelas para nuestra pareja favorita, aunque a la gata rosa no le guste XD hahaha.
Perdonen lo corto del capitulo, ojalá les haya gustado... y y y... me dejen un review. SNIF SNIF.

Besos & Muchio Amour, Roshio.