LA FRUTA KUMA-KUMA

Los chicos de la tripulación habían sido encerrados en su propio barco, las chicas habían sido llevadas al de los Gyojin, y Nagisa también, aunque Arlong tenía algo pensado para él. Le dejó atado al mástil, de pies y manos, sentado en el suelo, y luego desapareció bajo cubierta. El chico no paraba de pensar en silencio en todos sus compañeros, en qué les estarían haciendo aquellos monstruos, y pidiendo perdón en su mente a Isogai por haber permitido que ocurriera aquello. Si lograban rescatarle, no tenía ni idea de cómo iba a explicárselo… en caso de que lograsen salir vivos de aquello.

Miró a ambos lados, no había nadie más allí. Bien, entonces no tenía por qué contenerse. Bajó la cabeza y dejó que las lágrimas salieran de sus ojos, sin control. Había fracasado, no servía para dirigir a nadie. Karma tenía razón, no tenía derecho a llamarse capitán.

Pensó también en Yūta. ¿Habría podido escapar? Esperaba que sí, ya que Arlong y su tripulación no le habían podido encontrar. Le deseó lo mejor.

El joven Isogai no estaba tan lejos como se pensaba. Continuaba agarrado al casco del barco, asegurándose de que nadie que se asomara por la barra pudiera verle. Y pensaba en rescatar a los demás. Si lo conseguía, posiblemente lograría que todos tuvieran una mejor opinión de él. La cuestión era cómo podría enfrentarse él a los Gyojin. Cualquiera de ellos podría aplastarlo sin esfuerzo. Necesitaba más armas. O podría liberar a los chicos, ya que estaban en su barco y, con suerte, Arlong y compañía habrían regresado al suyo. Pero los piratas sí se habían llevado las armas, y sin ellas no eran más que peleles. Por mucho que le doliera, no podía liberar a nadie.

Otra solución pasaba por entrar en el barco de los Gyojin. Cerca de allí había una ventana abierta en la parte de atrás, la del cuarto del capitán. Podría colarse y buscar algún arma mata-bichos mutantes. Pero como Arlong o cualquier otro le pillara, podía darse por muerto.

El niño gruñó de frustración. Tenía dos opciones, una imposible y la otra suicida… pero posible. Ni siquiera se lo pensó. Con un corto salto salvó la distancia entre ambos navíos y empezó a moverse lentamente hacia la ventana. Era muy ágil y sabía moverse por caminos difíciles, por lo que no supuso ningún problema para él. Al llegar a la ventana asomó media cabeza y comprobó que el camarote estaba vacío. Suspiró aliviado y se coló por la ventana, entrando en la estancia. Bien, si aquellas eran las dependencias del capitán, seguramente habría algún arma que pudiera usar, y comenzó a registrar a fondo todo lo que veía, atento por si escuchaba a alguien acercarse.

-Venga, un arma, cualquier cosa, con una pistola me vale -repetía mientras vaciaba cajones, cofres y armarios lo más rápidamente que podía. Nunca había empuñado una pistola, pero si tenía que hacerlo para rescatar a Hiro, lo haría. No era tan difícil, al fin y al cabo, simplemente había que apuntar y apretar el gatillo. ¡BANG! No tenía más misterio.

De repente, Yūta se quedó paralizado. Había jurado que había oído algo fuera de la habitación. Se quedó totalmente en silencio, y todo el vello se le erizó en cuanto escuchó una voz:

-Déjala rápido y volvamos. Hay que terminar de ayudar a esas chicas a aceptar su nueva situación, que está siendo algo dificilillo.

El chico se lanzó al suelo y rápidamente rodó debajo de la gigantesca cama de la habitación, tapándose la boca y con el corazón a mil por hora. Se le había olvidado cerrar el último cofre, ojalá que los Gyojin no se dieran cuenta… salvo que se tratara de Arlong, quien sin duda sabría cómo había dejado su habitación la última vez que estuvo en ella. La puerta se abrió de golpe, y entraron dos de los piratas. Yūta podía ver sus pies por el espacio que había entre la colcha de la cama y el suelo. Se habían parado precisamente al lado del mueble.

-La pondré aquí, debajo de la cama del capitán -dijo uno, y levantó un poco la tela para meter una caja de madera negra. Al niño casi se le paró el corazón, pero por suerte, no llegaron a mirar. Poco después se marcharon, cerrando la puerta, y Yūta dejó escapar un jadeo ahogado, destapándose la boca. Estaba temblando como una gelatina, y tuvo que esperar un par de minutos agarrado a la caja para dejar de hacerlo. Al parecer, lo que había ahí dentro era importante, pues lo habían escondido en un sitio donde pocos mirarían, y quizá pudiera serle de ayuda a él.

Se arrastró fuera de la cama con la caja, que pesaba poco a pesar de su tamaño, y la colocó encima del edredón. Estaba cerrada, pero el niño sabía cómo acabar con la resistencia de las cerraduras. Introdujo la punta de su espada en el agujero e hizo presión hasta que escuchó un "crac", señal de que ya podía abrir la tapa. Al abrirla vio una especie de cojín rojo en el que descansaba… una pera.

Sí, literalmente. Dentro de la caja había una fruta. Una simple fruta… o quizá no tanto. Yūta cogió la pera y la contempló. Era bastante más grande que una pera normal, y era de color azul, con el añadido de tener espirales dibujadas por toda su superficie. Ese diseño le sonaba de algo, pero ¿de qué? No tuvo que pasar mucho para que cayera en la cuenta, después de todo, no hacía mucho tiempo que había hablado con Hiro de ello.

-Una Fruta del Diablo -murmuró, mientras un torrente de emoción y nervios le recorría todo el cuerpo. Ahí estaba el arma que necesitaba-. Si me la como, podré…

Abrió la boca y fue a pegarle un mordisco, pero se detuvo rápidamente. No sabía qué fruta era. No sabía cuáles había, y por supuesto, ni idea del poder que le daría aquella. ¿Y si no le servía para pelear? Si resultaba ser un fiasco, tendría problemas en cuanto los piratas se dieran cuenta de lo que había hecho con su fruta. Sin embargo, no podía permitirse elegir. Tenía que hacerlo, y luego rezar para que sirviera de algo. Cerró los ojos, le pegó un mordisco a la pera, le arrancó un trozo y empezó a masticarlo.

Tuvo que obligarse a sí mismo a seguir comiendo para no escupir aquella mierda que tenía en la boca. No sabía a pera, sabía… a ácido puro, le quemaba la lengua y le hacía tener ganas de vomitar. Pero se tapó la boca con una mano mientras se tragaba aquel trozo. Al lograrlo, empezó a toser como un condenado. Ahora le ardía la garganta mientras aquella cosa descendía hacia su estómago. La pera en su mano ahora era de color verde, y parecía normal. El niño la dejó en la caja y la cerró.

No notaba ninguna sensación extraña, pero sí sentía que dentro de él ahora había poder. Quizá debería haberse comido la fruta entera, pero al parecer, con un trozo había bastado. ¿Qué habilidades habría obtenido? Pronto iba a averiguarlo.

Estaba dispuesto a salir de allí y tratar de enfrentarse a los Gyojin, y ya había agarrado el pomo de la puerta, cuando notó dentro de sí el instinto de una bestia queriendo salir. Y en su mente tomaron forma dos únicos pensamientos.

"Quiero matar a los Gyojin".

"Quiero rescatar a Hiro".

Sí, eso es. Las vidas de todos estaban en serio peligro, y aunque sólo podía considerar amigo de verdad a Hiroto, ninguno de los otros le parecía malo, ni siquiera los que se habían opuesto a que se quedara en el barco y le contaran sus planes, cosa que al final no habían hecho.

El poder recorrió todo su cuerpo, era una sensación increíble, se sentía fuerte, se sentía invencible, y cuando se colocó a cuatro patas se juró que estrujaría a esos pescados mutantes como si exprimiese una naranja.

Abrió su boca llena de colmillos y rugió con tono ronco. Se había convertido en un oso de proporciones colosales, cuya cabeza casi llegaba al dintel de la puerta, que de repente le parecía muy pequeña. Ahora no podría abrirla, pero ¿quién necesitaba abrir puertas en aquellas circunstancias?

Cargó en línea recta y destrozó la susodicha puerta, convirtiéndola en miles de astillas, llevándose con ella una buena parte de la pared y armando un jaleo terrible. Aquello alertaría sin duda a los Gyojin, pero ya no le preocupaba en absoluto. En cuanto se le acercase uno, lo pagaría muy caro. Echó a correr por el pasillo, tratando de localizar a las chicas y a Nagisa, para rescatarlos y luego ir todos a por los chicos en el otro barco.

Sin embargo, a los primeros que se encontró fue a los Gyojin, en un sitio que parecía ser la sentina, porque estaban bastante ocupados bebiendo.

"Menuda suerte" pensó Yūta, entrando en el bar con los ojos encendidos de la furia que le dominaba. "Caerán todos".

No pasaron ni tres segundos hasta que los Gyojin se percataron de su presencia. Todos se levantaron rápidamente y echaron mano de sus armas. Daba igual, porque no iban a poder con él. Yūta estaba poseído por el inmenso poder de la Fruta del Diablo, y tenía gente importante a la que salvar. No se detendría ante nada para lograrlo. Profiriendo un rugido ronco, se alzó sobre sus dos patas traseras, con lo que quedó al nivel de los Gyojin, o incluso por encima de ellos. Ya no le parecían tan grandes y terribles.

-¿Quién demonios es? -preguntó uno de los piratas, sacando su hacha de doble fijo-. ¿Uno de los mocosos?

-Estoy bastante seguro de que los capturamos a todos -respondió otro que parecía un pulpo de color rosa-. ¿Será alguna de las chicas?

-Ésas están todavía más encerradas -repuso un tercer pirata-. No sé quién podrá ser, pero si se ha comido la Fruta del Diablo, tenemos que cargárnoslo. Al capitán no le gustará, pero no hay otro remedio.

¿Cargárselo? ¿Aquellos engendros se lo querían cargar? De haber sido humano, Yūta se les habría reído en la cara. A ver quién se cargaba a quién.

Aprovechando su peso, se dejó caer derribando al Gyojin más cercano, que parecía un tiburón martillo, y de un solo golpe de su garra le arrancó de cuajo la cabeza. Y le gustó. Uno menos.

"¡Más!" pensó para sus adentros, mientras arrojaba el cuerpo decapitado a un rincón y se lanzaba contra el siguiente pirata, que corrió la misma suerte que su compañero.

"¡Más!"

Dos de los piratas se lanzaron hacia él y le clavaron las espadas, haciéndole rugir de dolor. Pero se las habían clavado en la espalda, y el dolor era soportable. Sólo contribuyó a aumentar todavía más su furia. Se volvió hacia uno de los que le habían atacado y le atrapó la cabeza entre sus mandíbulas, apretando hasta literalmente reventarle el cráneo. Luego lo sacudió como un perro a una rata y lo arrojó con los otros dos.

"¡Más!"

De haber sido capaz de pensar en algo, se habría detenido a tiempo, pero su mente estaba dominada por las ansias asesinas. Por un momento se preguntó si no habría otra manera de solucionarlo, pero pronto se olvidó de aquello. Esto era muchísimo más excitante. Y cuando el segundo de los que le habían atacado trató de huir, le atrapó con ambos brazos y le arrancó la cabeza de un mordisco, arrojándolo de cuerpo entero por el aire. Fue a caer encima de los que aún quedaban de pie, los cuales no perdieron tiempo y se lanzaron todos al ataque. El oso volvió a ponerse de pie, encorvándose sobre ellos. ¿Querían amedrentarle? Se iban a enterar.

Zarpazos, mordiscos y cuchilladas, acompañados de un frenesí de gritos de agonía y rugidos de dolor, fueron todo lo que pudo oírse fuera del camarote durante los minutos siguientes, tras los cuales Yūta salió casi arrastrándose de la sentina. Tenía todo el cuerpo cubierto de heridas de espada y otras armas, sangraba por muchos sitios y tenía un ojo entrecerrado, atravesado por un corte. Se sentía débil, las patas le temblaban violentamente, pero reunió todas las fuerzas que le quedaban.

"Arlong… sólo queda… Arlong… si acabo con él… todos estarán a salvo…"

Con ese pensamiento en la cabeza, empezó a buscar al líder de los piratas por todo el barco. No lo encontró, pero sí localizó a las chicas, que se encontraban encerradas en la bodega. Luego las rescataría, cuando tuviera la certeza de haber terminado el trabajo. Sin embargo, la mente se le estaba empezando a nublar, le costaba razonar, así que decidió no pensar en nada y concentrarse sólo en poner una pata delante de la otra.

Sólo le quedaba la cubierta del barco. Arlong debería estar ahí, junto con Nagisa. Haciendo un esfuerzo titánico, salió al exterior rompiendo la puerta, y lo primero que vio con su único ojo fue lo que había esperado ver: al líder de los piratas, de pie junto al mástil, en el que se encontraba atado Nagisa. El chico tenía un ojo morado y sangre en la nariz. Arlong debía haberle pegado.

El oso rugió, de forma mucho menos amenazante de lo que pretendía. Ante él se encontraba el último obstáculo. Chico y Gyojin giraron la cabeza para mirarlo. Nagisa abrió mucho la boca, estupefacto, mientras que Arlong lo evaluó, frunciendo el ceño.

-Resulta curioso que hayas sido capaz de cargarte a toda mi tripulación, bestia. ¿Cuál de todos los mocosos eres tú? Me sorprende que te hayas escapado y hayas conseguido comerte la Fruta del Diablo, pero dado el estado en que te encuentras, no tendré problemas en cortarte la cabeza y echarte de comer a los tiburones.

Se separó de Nagisa y encaró a Yūta, quien clavó los ojos en el Gyojin. Un poco más, tan sólo un esfuerzo más, y todo habría terminado.

Nagisa estaba lejos del oso, y no podía moverse, pero veía con claridad el ojo ambarino del animal, un color inconfundible que estaba más que acostumbrado a ver en los ojos de su capitán. Quedaba claro, por tanto, de quién se trataba.

-Yūta- murmuró, mientras empezaba a aflojar las ataduras de sus manos con las puntas de los dedos. Si lograba desatarse, iría a liberar rápidamente a los chicos y podrían derrotar juntos a Arlong. Y debía hacerlo rápido, pues le preocupaba el aspecto del oso. El pirata estaría distraído, y Nagisa confiaba en Yūta para que apartase la atención de él.

Arlong tenía una espada enorme, formada por muchos triángulos afilados que recorrían toda la longitud del arma. Parecía más una sierra que una espada, y por supuesto, no tenía nada que ver con las armas de los piratas de antes.

"Da igual lo fuerte que parezca, y en qué estado esté yo. Tengo que hacerlo, o los matará a todos para castigarles por lo que he hecho".

El joven Isogai hizo de tripas corazón y se alzó sobre sus dos patas traseras, sobrepasando la altura de Arlong. Sin embargo, el pirata no parecía intimidado, simplemente sonreía.

Nagisa logró soltar la última cuerda justo a tiempo, se desató rápidamente los pies y, sigilosamente, regresó a su barco, donde comenzó a correr todo lo rápido que podía en dirección a los camarotes. El primero al que liberó fue a Karma, el cual parecía a punto de explotar. El pelirrojo tenía las muñecas raspadas y casi sangrantes de tanto rozarse con las cuerdas. Nagisa las cortó de un tajo de su cuchillo, la única arma que los piratas no les habían arrebatado.

-Así que te has escapado, ¿no, Nagisa? -preguntó Karma mientras se liberaba los pies a tirones.

-Sí, pero no lo he hecho solo -respondió apresuradamente el muchacho-. Escucha, Karma, Yūta está peleando contra Arlong, y está en muy mal estado. ¿Podrías…?

-¿Yūta? ¿Ese niñito está peleando contra un Gyojin? -le interrumpió el otro-. Si lo que me quieres pedir es que vaya a ayudarle, creo que cuando llegue no encontraré más que su cuerpo destrozado…

-No es lo que tú te piensas, Karma, y sí, quiero pedirte que vayas a ayudarle. De entre nosotros eres el más fuerte… y sé que estabas en contra de él, pero te pido como favor personal que vayas a ayudarle, mientras yo libero a todos los demás. Por favor…

Karma estaba a punto de decirle que no tenía por qué hacerlo, pero la mirada de Nagisa era de súplica y apremio. No había tiempo. El pelirrojo suspiró.

-Bueno, supongo que así conseguiré que me deba una. Está bien, iré -aceptó. Nagisa suspiró aliviado y le entregó su cuchillo-. Un palillo de dientes, pero creo que me servirá. ¿Y el resto de los piratas…?

-No creo que sean problema. Ya no -fue todo lo que respondió Nagisa, mientras salía corriendo de la habitación para pasar a la siguiente. Karma se puso en marcha, subiendo las escaleras a cubierta y saltando al otro barco. Lo que vio allí le sorprendió como pocas cosas lo habían hecho en su vida: Arlong y un oso gigantesco enzarzados en una pelea a muerte entre dos monstruos. Eso parecía ante los ojos del chico. El pirata blandía una espada, que en aquellos momentos estaba clavada casi hasta la empuñadura en el estómago del animal, y el oso tenía las fauces cerradas en torno al cuello del pirata, que no paraba de sangrar.

Karma había visto muchísimas peleas de todo tipo, también había tomado parte en muchas del ellas, y había hecho sangrar a más de una persona, de varias formas. Pero aquello superaba todo lo que había visto anteriormente. Aquello era un combate desesperado entre dos bestias que trataban por todos los medios de matar a su enemigo antes de morir, y en el que el superviviente tenía pocas posibilidades de contarlo.

Karma sólo tenía una oportunidad, y sabía cómo ponerle fin a aquella batalla. Arlong le debía una, y estaba a punto de cobrársela. Agarró el cuchillo con fuerza y cargó contra Arlong, dando un gran salto y aterrizando en la espalda del pirata. Tenía los dos brazos ocupados tratando de quitarse al oso de encima, así que Karma tenía vía libre para actuar. Con un rápido movimiento, alzó el cuchillo y lo descargó con todas sus fuerzas en la nuca del Gyojin, seccionándole la yugular.

El cuerpo del pirata se desplomó como un fardo bajo el peso del oso, quien se derrumbó cuan largo era, con la espada clavada y apenas respirando. Karma extrajo el cuchillo y se volvió a mirar a Yūta, que comenzaba a perder la transformación y recuperar su aspecto humano. ¿Aquel niño solo se había lanzado contra la tripulación de Gyojin? Ningún otro pirata había hecho acto de presencia, a pesar de que el ruido de la batalla podía haberse oído hasta en Cocoyashi. A Karma le quedaba bastante clara la suerte que habían corrido los piratas.

-¡Karmaaaaa!

El pelirrojo echó un vistazo a la cubierta, donde se encontraban todos los chicos, libres por fin. Maehara fue el primero en llegar hasta allí. Tenía la cara desencajada.

-¡¿Dónde está Yūta?! -chilló con voz aguda. Karma apretó los labios. Se quedó en silencio durante varios segundos, y luego le hizo un gesto con la cabeza, señalando el cuerpo del niño caído. Maehara, al verlo, se puso pálido y apartó a Karma casi empujándolo, para arrodillarse al lado del joven Isogai. Aún respiraba, aunque entrecortadamente. Y tenía un aspecto lamentable, que horrorizó a Hiroto. Heridas por todo el cuerpo, un ojo atravesado por una cicatriz, y lo peor, la espada que le atravesaba el estómago y le sobresalía por la espalda. Tosía sangre y apenas podía enfocar los ojos en Maehara.

-H-Hi...ro… -murmuró, con voz casi inaudible-. Estás… l-libre… ¿el resto… también?

-Sí, estamos todos libres -le contestó Maehara, mientras le abrazaba fuertemente contra él. No le importó empaparse de sangre-. Y tú te vas a poner bien, te lo juro, en cuanto te saque esta espada, te curaremos y…

-Es mejor que se la dejes ahí, Maehara -dijo Muramatsu, con tono grave-. Total… quitársela o no, ya no va a cambiar nada.

-¡CÁLLATE! -gritó Hiroto, dirigiéndole al otro rubio una mirada desesperada. Sus ojos se habían vuelto vidriosos-. Ni se te ocurra decir eso, Yūta… Yūta va a…

En el fondo, ya sabía lo que estaba a punto de ocurrir. Pero se negaba a aceptarlo, porque se iba a volver loco si pensaba en ello. Primero perdía a Yūma, ahora perdía a Yūta, otro Isogai más… por su culpa, sólo por no poder hacer nada por ellos.

-Hi...ro… -le llamó el pequeño, con voz débil-. ¿Os he… salvado? ¿Lo he… conseguido?

-Sí, Yūta. Lo has hecho muy bien -fue Nagisa quien respondió. Su voz sonaba algo quebrada, se estaba conteniendo-. Gracias a ti, todos estamos a salvo.

-¡Todos no! -le cortó Hiroto-. Yūta no está a salvo…

-Encuentra… a mis hermanos por mí, ¿vale? -le pidió, con una sonrisa triste-. Y dile que ojalá… hubiera podido verles de nuevo.

Tosió un par de veces más. Maehara ya no se aguantaba. Lloraba en silencio, mojando con sus lágrimas la camisa roja de sangre del niño. No quería responderle, porque hacerlo significaría que aceptaba la situación. Pero Yūta estaba esperando una respuesta. Y si no se la daba, si no le decía lo que esperaba oír, jamás se lo perdonaría a sí mismo.

-Te lo juro -musitó, entre hipidos-. Te juro que lo haré…

Yūta volvió a sonreír, e intentó levantar una mano para coger la de Hiroto, pero estaba demasiado débil. Maehara se dio cuenta y le apretó todo lo fuerte que podía.

-Gracias… Hiro… -dijo. Tomó aire y entonces continuó-. Yūma… Yūko…

La cabeza del niño cayó hacia un lado y cerró los ojos. No volvió a moverse. Maehara notó como si una espada congelada le atravesara de lado a lado, y empezó a temblar y a zarandear el cuerpo del niño, sin dejar de repetir su nombre, cegado por las lágrimas.

-¡YŪTA! ¡YŪTA! ¡Abre los ojos y háblame! ¡YŪTA!

Terasaka y Yoshida dieron un paso adelante y cogieron a Maehara por los brazos, obligándolo a separarse del niño, mientras Hiroto pataleaba y se retorcía, insultando a los dos chicos con todas las palabras que conocía.

-¡Soltadme ahora mismo, hijos de puta! ¡Malnacidos!

-¡Ya no te puede responder! -gruñó Yoshida, mientras usaba todas sus fuerzas para contener la desesperación del rubio.

El resto, por su parte, estaba en shock. En parte por la rápida sucesión de acontecimientos, y en parte por haber contemplado la muerte de un niño sin poder hacer nada para salvarlo. Y más cuando ese mismo niño los había salvado a todos.

-¿Queda alguien… que tenga algo en contra suya? -preguntó Sugino, con la mano en el hombro de Nagisa, a quien parecía que le habían pegado un porrazo en la cabeza. Todos los chicos se miraron durante un momento, y luego Itona respondió:

-No. Ya no.