Decisiones

El Sombrero Seleccionador nunca se equivoca…

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Todos los años, el primer día de Setiembre, el Andén Nueve y Tres Cuartos se encontraba lleno como ningún otro día. Niños y adolescentes iban de un lado a otro acompañados de sus padres, se reencontraban con sus amistades luego de pasar los meses de verano sin verse y se despedían efusivamente de sus familiares para subirse al Expreso Hogwarts y acaparar lo más rápido posible un compartimeto vacío. Pero nadie parecía más entusiasmado que una niña de redondo rostro y grandes ojos circulares, quien impaciente escuchaba las recomendaciones de su madre. Sí, a pesar de que su gran altura diga lo contrario, era su primer año en Hogwarts, y ya no quería escuchar más de aquel lugar por parte de sus padres, ella quería vivirlo en carne propia.

—Y por último, Lillian —recitó su madre tomándola por los hombros con ambas manos—, quiero que sepas que tu padre y yo estaremos orgullosos sea cual sea la casa en la que el sombrero te seleccione —culminó la señora Woodville dándole un fuerte abrazo de despedida.

—Procura no meterte en problemas, mi pequeña princesa —dijo su padre, Lillian arrugó la nariz, por alguna razón detestaba que la llamaran "princesa". Ella se aproximó para darle un abrazo a su padre, seguido de un beso en la mejilla a su hermano menor para después tomar su equipaje y a su lechuza negra Ónix e ir en busca de un compartimento.

Comenzó su búsqueda por los vagones del medio, pegando su rostro a las ventanillas de las puertas de los compartimentos, pero esos tres primeros estaban ocupados. No le habría importado entrar si es que hubiera espacio para una persona más, ya que una de las cosas que más detestaba era quedarse sola. Al asomarse en el interior del cuarto compartimento logró vislumbrar tres cabezas, por fin, un asiento libre para ella. Dirigió su mano a la puerta con la intensión de abrirla, mas se detuvo en seco. Reconocería esa cabellera rubia en cualquier lado. La muchacha abrió la puerta logrando atraer la atención de los ocupantes quienes pararon de improviso su conversación.

—¿Malfoy? —preguntó, tanta "suerte" tenía que el primer compartimento libre que encontraba estaba ocupado por el rubio, y cuando el aludido dio la cara pudo confirmar sus sospechas—. Podría reconocer ese cabello cano aunque hubieran pasado veinte años sin verte —lo molestó mientras se acomodaba sin ser invitada en el cuarto asiento.

El rostro de Draco se arrugó en una mueca de molestia al reconocer a Lillian e ignoró el comentario sobre su cabello rubio platinado, el chico no se bajaría a la altura de una Woodville. Durante sus cortos once años de vida, su madre le había enseñado el arte de ser una persona política ante la sociedad, en especial si se trataba de un mago o bruja sangre pura, regla que era fácil de excluirla cuando se trataba de los Weasley—. Woodville —la saludó secamente sin mucho entusiasmo de entablar alguna conversación con ella, seguido de un incómodo silencio, pero no pasaron ni cinco minutos para que este se rompiera.

—¿Entonces Potter será el siguiente Mago Tenebroso? —balbuceó un pensativo Crabbe aquellas palabras de su conversación anterior a la intromisión de Lillian. Draco, que estaba sentado a su costado le tiró un codazo, lamentandose mentalmente que sus "sirvientes" fueran tan torpes.

—¿Potter? —preguntó la chica actuando como si no hubiera escuchado toda la frase de Crabbe—. ¡Entonces es cierto! ¡Él está en el Expreso Hogwarts!

Draco rodó los ojos exasperado— Si, Woodville, mi padre me dijo que Potter estaría este año.

Los ojos de Lillian se abrieron grandes como platos. De pequeña, sus padres le habían contado sobre Harry Potter, el Niño que vivió, aquella historia sobre como un bebe había logrado desaparecer al mago más tenebroso de todos los tiempos. ¿Cómo lo hizo? Nadie lo pudo explicar, nadie excepto su abuelo, Richard Woodville, quien afirmaba que Harry Potter era el mismísimo demonio. Lillian recordó, que en aquella época, durante varios meses temía que el Demonio Potter saliera por debajo de su cama—. En qué casa crees que quede.

—No sé —le contestó Draco—, pero yo me encargaré que por lo menos se relacione con las personas adecuadas —con una de sus mejores sonrisas que te dicen "Soy un Malfoy, soy mejor que tú" se levantó de su asiento y salió del compartimento—. ¡Crabbe! ¡Goyle! — exclamó dando la orden para que lo sigan, los dos grandotes se levantaron de su asiento como si estuviesen sincronizados y los tres se alejaron desapareciendo por el pasillo.

Lillian tardó unos segundos en darse cuenta de lo que acababa de suceder, sí, se había quedado sola. "¡Vaya! Malfoy se ha ido" pensó fastidiada mientras hacía notas mentales de no volver a juntarse con Draco Malfoy, lo más seguro era que la volvería a abandonar. Se dio un par de vueltas en su asiento, acomodó su túnica negra para recostar sus piernas en el asiento del costado, miró a la ventanilla y resopló. Que aburrido era estar sola.

Un golpeteo en la puerta captó su atención, al abrirse dejó pasar a un niño de cara regordeta de aproximadamente once años—. Disculpa, me preguntaba si es que has visto a un sapo pasar por acá.

"¿Un sapo? Quién demonios trae un sapo a la escuela", los sapos eran por excelencia, la mascota menos popular para llevar a Hogwarts, eso era algo básico que todo primerizo debería saber. La muchacha lo miró con una ceja levantada y una ligera mueca de burla—. No, no lo he visto —se dignó a decir.

—¡Oh! Bueno —contestó el niño un tanto intimidado ante la actitud despectiva de ella—, si es que lo ves por algún lado me avisas —diciendo esto cerró la puerta y la soledad llenó nuevamente el compartimento de la chica a quien una vocecita en su interior le decía que debería ayudar al chico a encontrar ese sapo. Ella se cruzó de brazos tratando de ignorar la voz de su conciencia, pero finalmente no le puso resistencia, por lo menos no estaría hongueandose en su asiento.

De un salto se levantó de su asiento y corrió por el pasillo— ¡Hey, chico del sapo, espera!

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Minutos después, Lillian se encontraba entrando a todos los compartimentos preguntando por un sapo llamado Trevor. Al menos estaba entretenida y lograba escuchar extractos de algunas conversaciones ajenas lo cual a su parecer era perturbadoramente fascinante. Luego de haber interrogado por el paradero del sapo en un compartimento lleno de chicos mayores, se acercó a la décima puerta y tocó antes de abrir. En ella habían tres ocupantes, dos de ellas eran gemelas idénticas con una larga cabellera negra y piel bronceada. La otra chica tenía el cabello marrón claro peinado en dos cortas trenzas que caían sobre sus hombros, de piel blanca y con unas pocas pecas en la nariz. Las tres se encontraban en medio de un intenso debate, que no se percataron que alguien más había ingresado al compartimento.

—¡Eso no es cierto, Parvati! —exclamó la muchacha de trenzas— Mi abuelo materno fue un Slytherin, se casó con una muggle y no le va para nada la magia negra.

—¡No hay mago oscuro que no pertenezca a Slytherin! —afirmó Parvati contrapunteando con su compañera mientras que su gemela miraba a ambas chicas sin querer entrar en la riña—. Eso fue lo que dijo mi madre.

—¡Tu madre se equivoca!

Lillian estaba tan entretanida escuchando la discusión que no se atrevía a interrumpirlas, pero una deprimente imagen del sapo Trevor perdido en el Expreso Hogwarts la hizo reaccionar. La niña se aclaró fuertemente la garganta para llamar la atención y las tres chicas voltearon a verla.

—Hola, estoy buscando un sapo llamado Trevor, ¿por casualidad lo han visto?

—¿Trajiste un sapo a tu primer año en Hogwarts? —preguntó la chica de las trenzas usando un tono de voz similar al de ella cuando el chico regordete le hizo la misma pregunta.

—No, obvio que no —contestó indignada—, un niño perdió su sapo y yo solo estoy haciendo una buena obra social.

Las tres chicas negaron con la cabeza y nuevamente la chica llamada Parvati arremetió—. ¿Y tú que opinas? —le preguntó a Lillian—. ¿En cuál casa crees que te seleccionen?

Olvidándose totalmente del niño y su sapo, Lillian se tomó unos segundos para después responder—. Bueno, mi padre y su familia han sido siempre de Slytherin, mi madre es Ravenclaw, pero su familia también ha sido de Slytherin.

El semblante de Parvati, antes agradable, ahora era sombrío—. De Slytherin salen los magos y brujas más tenebrosos.

La niña de las trenzas y Lillian abrieron la boca para reprochar al unísono. Si bien la afirmación de Parvati no era cien por ciento cierta, tampoco es que tenía demasiados ejemplos para refutarle, después de todo, la familia de su padre no era lo que se podía considerar como amable con los muggles, menos aún la de su madre. Aún así, ambos progenitores de la chica no tenían las mismas ideologías puristas. Finalmente, la hermana gemela de Parvati intervino justo a tiempo antes de que las niñas inicien la Segunda Guerra Mágica—. Por cierto, soy Padma Patil.

—Y yo Parvati Patil.

—Tracey Davis —se presentó la de las trenzas.

—Yo soy Lillian —dijo la niña y estrechó la mano de las tres muchachas para después sentarse al costado de Tracey. Poco se habría de imaginar que acababa de conocer a su mejor amiga. Olvidando la inicial discrepancia, las niñas se sumergieron en un cotilleo sin fin que duró horas de horas. Padma y Parvati Patil venían de una familia de ascendencia india. Por otro lado, Tracey Davis nació en el norte de Cumbria y hace menos de un año se había mudado a Londres.

Ninguna de las cuatro se hubieran percatado que llegarían pronto a su destino, sino fuera por un chico pelirrojo alto y delgado que ingresó al compartimento, llevaba puesto unos lentes redondos y la insignia de Prefecto en el uniforme.

—Les sugiero que vayan poniéndose las túnicas de Hogwarts, estamos por arribar —el chico giró sobre su talón y se fue tan rápido como había llegado. El tiempo había pasado volando, entre largas charlas y risas la noche había llegado y no muy lejos podía divisarse las luces del pueblo de Hogsmeades.

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Para cuando el Expreso Hogwarts aminoró la marcha, las niñas ya estaban bien vestidas listas para salir del tren. La difícil misión vino después, cuando arribaron a la estación de Hogsmeades y se formó un alboroto al tratar de salir todos a la vez. Al final, las cuatro lograron abrise campo entre la multitud.

—Y ¿ahora qué? —preguntó Padma un poco desorientada, sin saber si seguir a los demás estudiantes mayores o esperar a que alguien aparezca. Y la respuesta vino inmediatamente cuando una potente voz, que le hacía honor al tamaño de quien la emitía, empezó a llamar a todos los del primer curso.

—Con cuidado, miren bien por donde caminan —les aconsejaba el hombre mientras guiaba a todos los diminutos niños por un oscuro sendero rodeado de árboles. Lo siguiente que vieron, al dar una curva, les sacó a casi todos una exclamación de admiración. El majestuoso castillo de Hogwarts yacía al borde de un acantilado al lado de un gigantesco lago, sus torres se erguían altas e imponentes haciéndolo relucir en todo su esplendor. Para Lillian, era una de las imágenes más asombrosas que haya visto en sus cortos once años—. Máximo cuatro estudiantes por bote —se escuchó decir a la potente voz cuando ya estaban al borde del lago.

Con la ilusa idea de que se acabarían los botecitos y quedaría varada en la orilla, Lillian se abalanzó en el primer bote que vio, seguida de Tracey, Padma y Parvati. Todos los demás hicieron lo mismo.

¡Splash! Se escuchó cerca a uno de los botes, seguido de una aguda risita burlona. "Pansy Parkinson", pensó Lillian reconociéndo a la dueña de la risa casi instantáneamente y tratando de identificar la posición de la chica.

—¿Qué sucedió? ¿Alguien se ha caído? —preguntó el gigantesco hombre que segundos atrás se había presentado como Hagrid.

—¡Nadie! Es solo Theodore que quiso refrescar su pierna en el lago —dijo la voz de una muchacha, tratando de retener la risa, proveniente del mismo lugar donde se había escuchado el chapoteo. Lillian agudizó la vista y logró ver a una niña de cabello negro y corto con una vincha plateada, a una rubia de cabello lacio que caía pasando por sus omoplatos, la tercera chica era grande y gorda, y a un chico muy delgado que se sacaba uno de sus zapatos para dejar escurrir el agua que se encontraba dentro.

—¡Cuidado, no jueguen en los botes! —sentenció Hagrid al confirmar que nada grave haya sucedido—. Entonces, ¿todos listos? ¡Adelante! — ordenó y enseguida, los botes comenzaron a moverse suavemente por el lago.

El corto viaje en el barco fue apacible, los niños se dedicaron más a observar el paisaje que hacer otra cosa hasta llegar al muelle. Luego se encaminaron hacia la puerta del castillo siguiendo la lámpara que Hagrid sostenía en alto para iluminar el camino. Una vez ahí, tocó tres veces con su puño, el cual Lillian pensaba que era casi tan grande como su cabeza. La puerta se abrió y una delgada bruja de cabello oscuro los esperaba tras de ella.

—Profesora McGonagall, aquí estan los estudiantes de primer año —dijo respetuosamente Hagrid.

La mujer asintió con la cabeza— Por favor, jóvenes, síganme por acá —la profesora McGonagall los condujo por el vestíbulo hacía un pequeño cuarto donde todos se amontonaron apretujándose ligeramente—. Bienvenidos, jóvenes estudiantes, pronto se dará inicio a la ceremonia de inauguración del año escolar, pero primero deben de esperar a que se los llame para ser seleccionados a sus respectivas casas —hizo una pausa— Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. Para la casa a la cual pertenezcan, deberan ganar puntos durante el año escolar, pero si desobedecen las reglas se les restaran puntos disminuyendo la posibilidad de que ganen la copa de las casas al final del curso. Ahora, por favor, esperen a la indicación para proceder con la selección —finalizó la mujer y salió. Un poco más tarde, la profesora reapareció indicándoles que se formen para comenzar la ceremonia.

Nerviosos, todos los de primero formaron dos filas y se pararon frente a la puerta que daba al vestíbulo, luego se dirigieron a unas puertas de gran tamaño a la derecha de donde provenían miles de voces. Al abrirse, todos siguieron a la profesora McGonagall quien los hizo atravezar el Gran Comedor. Dentro de esa gran habitación se situaban cuatro mesas repletas de alumnos, los niños caminaron hasta una tarima donde se encontra la mesa de los profesores. Ahí, frente a ellos, había un taburete con un viejo sombrero, todas las miradas se posaron sobre aquel raido objeto hasta que una de las arrugas que tenía se abrió como si fuera una boca y comenzó a entonar una canción. Al finalizar la melodía la profesora McGonagall desenrrolló un largo pergamino:

—Cuando los llame por su apellido, será su turno de ponerse el sombrero —la bruja se acomodó sus anteojos y miró el primer apellido de la lista—. Abbot, Hannah.

Una niña rubia con dos trenzas subió a la tarima donde se encontraba el sombrero y se lo colocó. Tracey al ver que tenía el mismo peinado, rápidamente se empezó a deshacer las trenzas haciéndose una maraña en el cabello.

—¡HUFFLEPUFF! —gritó el Sombrero Seleccionador a todo "pulmón" y los estudiantes de una de las largas mesas que se encontraba a la derecha aplaudieron con entusiasmo, la niña fue a sentarse junto con sus demás compañeros de casa.

—Bones, Susan.

—¡HUFFLEPUFF! —repitió el sombrero.

Los siguientes fueron Terry Boot que fue seleccionado a Ravenclaw, Mandy Brocklehurst también quedó en la misma casa, Lavender Brown fue a la casa de Gryffindor. Luego fue el turno de Millicent Bulstrode quien se encontraba más ancha que nunca e incluso tan alta como Lillian— ¡SLYTHERIN! —para Lillian, el tiempo se había triplicado y los nervios de acero que había demostrado hace unos instantes se iban quebrando cada vez más con cada segundo que pasaba. Cuando Tracey Davis fue seleccionada a Slytherin, Lillian tuvo el fuerte sentimiento de querer ir a la misma casa, la niña le había caído tan bien que esperaba compartir habitación y clases con ella.

—Longbottom, Neville.

El Sombrero Seleccionador se tomó todo el tiempo posible para decidirse, alterando aún más los nervios de Lillian, hasta que por fin exclamó— ¡GRYFFINDOR! —Por otro lado, en el caso de Draco Malfoy, quien era el siguiente, la muchacha podría jurar que el Sombrero ni si quiera topó la cabeza del rubio para gritar fuertemente Slytherin. Los que seguían en la lista fueron Nott, Parkinson, Padma Patil que fue a Ravenclaw y Parvati a Gryffindor.

—Potter, Harry —nombró la profesora McGonagall y hubo un repentino silencio en el comedor, seguido de una serie de cuchicheos y dedos índices que se dirigían hacia un niño de redondos lentes y cabello oscuro alborotado. Por fin, Lillian pudo ver a Harry Potter en carne y hueso. Lo había evitado durante su espera en la pequeña habitación del castillo y ahora que lo veía no parecía ser nada similar a lo relatado por su abuelo.

—¡GRYFFINDOR! —gritó el sombrero.

Silbidos y aplausos se elevaron en el Gran Comedor, incluso algunos entusiasmados Gryffindors se levantaban de su asiento para palmear el hombro de Harry Potter o estrecharle la mano.

La eternidad de los segundos que pasaban estaban matando a Lillian, quien mentalmente maldecía que su apellido comenzara con "W". Tuvo que esperar a que Lisa Turpin quedara en Ravenclaw, Alice Wainright en Hufflepuff y Ron Weasley a Gryffindor para que finalmente escuchara su nombre.

—Woodville, Lillian.

Casi trastabillando subió a la tarima donde se colocó el sombrero que le tapaba toda la visión de lo que ocurría en aquel momento y se sentó en el taburete entrelazando sus manos por los nervios. Luego de unos cortos segundos de silencio, la niña escuchó una voz— Lillian Woodville, veamos que tienes que mostrarme —comentó el sombrero pensativo poniéndola aún más nerviosa— te veo llena de sueños —dijo mientras urgaba en los pensamientos de la niña.

No son solo sueños, señor Sombrero —pensó Lillian—, yo las llamaría metas porque…

Porque sí o sí las piensas cumplir —completó la frase el sombrero y ella asintió—. Tienes altas metas en la vida, Lillian, lo quieres tener todo, pero no das mucho a cambio —prosiguió—. Mmmm… aunque a simple vista no lo saques a relucir, eres una muchacha justa, pero tu justicia se puede ver empañada por la codicia, la envidia y por dejarte llevar por las opiniones de los demás —pausa—. Tienes madera de líder, mas lo llevas escondido en tu interior… —hubo una segunda pausa—. Podrías ser una gran Slytherin, donde harás verdaderos amigos que te ayudarán a lograr tus metas y podrás desarrollar tu liderazgo. O una Hufflepuff donde tu ecuanimidad se desarrollara en todo su esplendor y no serías la primera Woodville que pertenesca a la casa de los tejones… Todo está en ti. Claro que si eliges una de las dos casas no necesariamente opacará las características que tienes de la otra, a menos que tú lo permitas —hubo una tercera pausa, esta vez fue un poco más larga que las otras dos, finalmente, el viejo sombrero habló—. ¿Ya has decidido?

—contestó ella con seguridad.

—¡SLYTHERIN!