Anime: Kuroko no Basket.
Rating: T {futura}.
Disclaimer: Fujimaki Tadatoshi es el orgulloso propietario del yaoi implícito de esta serie.
Nota: Crack pair.
—One week to fall in love—
~ Miércoles: La decisión.~
Me desperté con cierta sensación de aturdimiento, enfocando la luz cuadrada del techo antes de preguntarme qué hora sería. De todas formas daba igual, es mi día libre, así que intenté encogerme sobre mí mismo para poder seguir dejando, a falta de planes concretos, la mañana pasar. Maldito sea el puñetero rayo de sol que se me cuela por la ventana y tiene la puntería de darme en los ojos…
Sólo cuando me levanté me di cuenta de que había terminando sobando en el salón. En la mesa estaba aún la lata de cerveza y un paquete de pañuelos desechables que tuve que sacar del cuarto anoche, dado como terminó todo. Mirando al lado del sofá donde había pretendido enroscarme, puedo sentir aún fresco el recuerdo de aquel cuerpo enorme temblequeando por el lloriqueo y desahogando todo lo que se hubiera estado guardando a saber por cuánto tiempo.
"Incluso los bobos como tú tienen derecho a ser egoístas"
Sigo pensando que no soy el más indicado para dar consejos, así que no sé exactamente en qué coño pensaba para soltar aquel tipo de cosas. Son pensamientos que comparto, pero que nunca practico, lo cual me hace sentirme aún más hipócrita de lo que ya he venido siendo. Creo que no sería capaz de soltarme tanto a estas alturas, cuando aquel sentimiento de querer romper algo ya tenía tantos años. El momento de triturar la mano de otro y ponerme a moquear el suelo de alguien ya pasó; aunque no esperaba ver a otro pasando por él. Ahora que lo pienso, es un poco… incómodo.
—Joder, que frío… —me froto las manos para quitarme de encima el entumecimiento. Ahora que ya me he despertado del todo, el calor corporal empieza a abandonarme, por lo que corro a ponerme uno de los suéteres viejos que descansan en el montón de ropa sin colocar. Por cierto, debería colocarlo.
Saco la leche de la nevera cuando piso la cocina, espectacularmente limpia. Kiyoshi había fregado la noche anterior, y platos y calderos aún están en el escurridor. Enciendo la cafetera y echo una ojeada al móvil para ver que se cuece. Son las once y cuarto pasadas, tengo dos mensajes nuevos y una llamada perdida de Tetsu. De hecho, uno de los mensajes también es suyo. "Le he comprado a Ran una camisa de Jordan y un parque de juegos" ¿Hay camisas de Jordan para críos de un año…? "¿Vendrás mañana? Puedo ir a recogerte."
Con todo lo bizarro que ha estado pasando, me había olvidado del cumpleaños de Ranmaru. Y de su regalo, todo sea dicho. No tengo ni idea de lo que comprar como supuesto tío falso suyo que soy, y mucho menos sabiendo que me escabulliré de la fiesta en cuanto pueda. Antes, cuando celebrábamos los cumpleaños de cualquiera de nosotros, acabábamos o jugando en cualquier cancha callejera o en algún asador donde poder ponernos ciegos de ternera y sake. Ahora, con un niño de por medio, dudo mucho que la fiesta se alargue hasta la noche. Conociendo a Satsuki, ya lo estará preparando todo para mañana.
"Tengo trabajo, así que me acercaré un momento en la moto." Le respondo. Y sé que es mentira. Tengo patrullas por el distrito por la mañana, así que podría unirme a ellos por la tarde, pero simplemente no quiero quedarme mucho tiempo. La última vez que nos reunimos había varios miembros del antiguo Seirin y Kise, que nunca se perdía una. Raras veces iba el resto de la Generación de los Milagros a no ser que Satsuki los liase para que acabasen accediendo. Me pregunto si ese bobo irá… Dijo que necesitaba "serenarse", aunque a saber cuánto tiempo le llevará y de qué manera pensará hacerlo. No parece del tipo que comete tonterías; aunque sí sea de los que beban y se duerman en la calle. Anoche por lo menos se fue con la cabeza bien alta y muy sobrio de camino a la estación, así que no veo motivos para rallarme con eso.
Después del café, lo más seguro es que siga el plan de todos mis días libres y salga a comer, antes de poder dejar la mente en blanco echando unas canastas el resto de la tarde.
[…]
He acabado pasando por una franquicia de comida rápida y pedido un menú para llevar; y mientras papeo me ha dado por mirar tiendas de juguetes. A parte de los trenecitos a motor y el mogollón de tonterías que sacan de los animes, no he visto nada muy adecuado para un mocoso de apenas un año. No quiero rebanarme mucho la cabeza en un regalo del que no se acordará, así que igual podría empezar a abrirle los ojos y llevarle un buen catálogo de bellezas en bañador. Sería el tío enrollado de la familia cuando el chaval tuviese quince.
Pasé de largo la tienda de mascotas cuando ya me terminaba la hamburguesa, y crucé a trote hacia la calle que subía y llevaba a las canchas del parque. El sitio estaba un poco hecho polvo, pero aquel rinconcito discreto de la ciudad era perfecto para perderse y hacer lo que te gusta. Por supuesto, no soy el único que piensa así; en ocasiones la cancha ha estado tan llena que los grupos que se reunían en ella acababan por formar uno sólo y turnarse para partidos de tres. Es como una comunidad de baloncesto callejero en la que a veces se apuesta dinero y, si hay buen rollo, el almuerzo del día siguiente. Un jubileta nos trajo una vez un no-sé-qué plato español cortesía de su mujer, y al caer la tarde me acuerdo que fuimos todos a darle las gracias. A la vieja casi le da un infarto al ver aparecer en su puerta a casi cuarenta tíos vestidos de sport.
Esos momentos son los que yo llamo distracciones. Ser parte de algo otra vez, y que puedas sentirte al mismo nivel que los demás, aunque sea sólo las horas en las que no deben ir a recoger a sus hijos o sus parientas no vengan a darles el coñazo. Jugar siempre ha sido mi método para aliviar el estrés y poder ser sincero, aunque sólo fuese con la pasión que me une a la pelota.
—¡Daiki-han! —el acentillo de un conocido me llega desde el final abierto de la calle. Viene con otros dos más, y los reconozco nada más acercarse—. Que temprano andas por aquí. ¿Hoy no arrestas a nadie?
—Me he dejado las esposas en el cabecero de la cama —le digo, y pillando la indirecta, me devolvió la sonrisa. Entramos juntos al camino del parque, donde se abría la cancha, mientras discutíamos a quién le tocaba traer la comida hoy y qué grupos querrían tomarse la revancha de la derrota anterior. Como no soy tan asiduo como aquellos que tienen trabajos de turno fijo, necesito ponerme al día de a quién hay que ganar y quien ha perdido ya de antemano.
—Kazu-han no vendrá —me dijo uno, levantando el meñique—. Problemas con la novia. Así que tendrán que buscarse otro jugador. Y al viejo Shou le ha crujido la cadera; mucho había tardado.
—No te rías del pobre viejo —hice una bola con la bolsa del menú y la dejé caer en la papelera junto a la entrada de la cancha. Sólo habían dos personas más hablando bajo la canasta, que no tardaron en levantar el brazo para saludarnos al vernos llegar—. Sus clavadas nos hacían sudar.
Me encanta la sensación de pisar el hormigón de la cancha.
—Lo dice el que no nos da tregua a ninguno.
Es como quitarse uno de esos abrigos que te pican sobre la piel y dejar que el viento te refresque. Una emoción controlada que no te deja pensar en nada más; sólo eres tú, la pelota y el aro. Correr, acalorarse, dejar atrás, hacer al tiempo detenerse, aguantar la respiración cuando tiras, amenazar al rival sin decir ni hacer nada, cortar posibilidades, demostrar tu resistencia. No hay nada mejor para serenarse que esto.
Ah. Claro. Quizás…
—Esperad un momento, ahora vuelvo —aviso, dejando el calentamiento básico a medias. Le paso el balón a uno de los miembros de mi improvisado equipo de tres y camino hacia las mochilas de deporte y los abrigos hechos una pelota en el suelo, sacando el teléfono móvil del bolsillo del mío.
El número de emergencias varía según el distrito, así que me aseguré de marcar al de Ueno mientras me apoyaba en la verja que cerraba uno de los lados de la cancha.
—Soy Aomine —interrumpí el clásico discurso de la centralita de "exponga su emergencia" al reconocer la voz del compañero con el que compartí turno ayer—. No me hagas dictarte el puto número de placa ahora, tengo prisa. ¿Podrías darme el teléfono de contacto de alguien fuera de nuestro distrito? No, no es una mujer. ¡Que no, coño! —levanté la vista al cielo. Hace un frío que pela, pero no es un mal plan para un miércoles. Tendrá que joderse y venir-. Apunta: Shinagawa; Kiyoshi Teppei.
[…] No puedo decir que esté seguro de lo que he hecho. Tampoco de por qué. Pero a veces no está de más dejarse llevar un poco; sobre todo si eso implica ver al grandote aparecer con la nariz roja y la maldita chaqueta color arcilla.
Nos había dado tiempo de jugar dos partidos y a la cancha se habían unido ocho personas más, lo que eran un total de dieciséis tíos dando la brasa dentro y fuera de la línea de juego. Kiyoshi aparecía casi dos horas después por el camino izquierdo del parque, encogido dentro del cuello de la chaqueta mientras miraba la pantalla de su móvil.
Antes de que pudiese pensar en devolverme la llamada, me asomé al camino y le hice una señal con el brazo.
—¿He llegado a tiempo? —sonrió, mientras se acercaba, guardándose el teléfono y mirando hacia las canchas—. Menudos ánimos para el frío que hace.
—El ambiente se ha caldeado cuando han empezado los partidos de verdad —expliqué, mirándole. Ya no tiene los ojos tan hinchados como la noche anterior, y en general parece estar presentable, así que supongo que es menos idiota de lo que parece. Parpadeé cuando me pilló observándole, e hice una mueca antes de girarme y volver a entrar en la cancha—. Venga. Uno de los equipos necesita otro jugador.
—¿Para enfrentarse a ti? —me siguió—. Aún recuerdo la derrota de la primera vez y lo difícil que fue a la segunda.
—¿Qué pasa? —alcé una ceja—. ¿Tanto tiempo entrenando chiquillas te ha quitado confianza en tus habilidades?
Me posó la mano en la cabeza con tanta fuerza que bien podría haber sido un guantazo.
—No seas tan duro con un senpai —me volvió a dar, y tuve que apartarle la mano antes de que siguiera arreándome gratuitamente. Le había cambiado la expresión, y ahora sonreía como recuerdo haberlo visto hacerlo hace tiempo—. Estará bien. Vamos a divertirnos~
Las habilidades de Kiyoshi destacan por su capacidad de mantener la mente fría en momentos tensos. Por lo que pude ver en partidos como el que jugaron contra el Yosen, Kiyoshi era el centro perfecto; confiable, protector, carismático y buen jugador. No por nada era uno de los reyes destronados, y aunque nunca tuve la oportunidad de enfrentarle directamente al ser absolutamente eclipsado por Kagami, ahora podía medirme con él y comprobar si era capaz de entretenerme. A los otros dos de nuestro equipo rival pareció entusiasmarles la idea de tener a alguien tan alto dirigiendo el juego y defendiendo la canasta, y ya flipándose mucho juraron que me harían pagar el almuerzo del próximo día.
Después de uno de los partidos en curso, y que el grandote calentase y se hiciera con el que sería su equipo, salimos a la cancha. El balón se puso en juego por nuestro lado, y después de un amague de pasármela, salí corriendo hacia la canasta para que el verdadero receptor del balón pudiera colocarme un buen Alley-oop. Salté, agarré el balón en el aire y al segundo después vi los brazos de Kiyoshi intentando bloquearme. Su alcance es muy favorable, pero debe saber que no soy una de sus chicas, y que una defensa tan simple no le servirá. Quiero que juegue de verdad, no que haga bulto en la cancha, así que bajé los brazos, incliné el cuerpo hacia delante y lancé desde detrás de la canasta al pasarle de largo.
—¡Odio cuando hace eso! —protestaron por ahí—. Vas a saco desde el principio, ¿eh?
—Es lo que hay —vuelvo a trote al centro, mirando de reojo a Kiyoshi. Le toca atacar, así que espero que se haya despertado ya.
Para su ofensiva eligieron un par de pases rápidos y un intento de tiro de tres, que bloqueamos manteniendo la pelota aún en juego. Gracias a un improvisado Bounce Pass me hice con ella, esquivé a la defensa y me lancé de nuevo contra la canasta. No sé en qué momento me había seguido, pero Kiyoshi me hizo perder el balón al empujarlo con los dedos desde arriba; aunque después pudiese volver a pasarla de un manotazo al que venía por detrás y subir puntos en nuestro marcador al encestar.
Los vi reunirse de camino al otro lado del campo, y me pregunté si Kiyoshi ya estaba lo suficientemente espabilado como para haber pensado en alguna estrategia. Al parecer, así fue: mientras los otros dos defendían la canasta dentro de la línea de tres, él vino directamente a marcarme. Lo vi doblar las rodillas, extender y flexionar los brazos y mirarme, como si tratase de adivinar el próximo movimiento. ¿Busca un enfrentamiento individual conmigo? ¿En serio?
Le devolví la mirada, mientras hacía botar la pelota. Puedo girar por su derecha y adelantarle. También puedo hacer una finta y pasársela a cualquiera de los dos que esperan algún movimiento mío. Otra opción es crear la suficiente distancia como para hacer un tiro a lo loco. Pero empiezo a entender su manera de pensar; empiezo a ver que no está adivinando, sino que sabe que no optaré por un pase después de que me haya retado a un uno contra uno.
Eres un descarado, Kiyoshi Teppei. Pero los tienes bien puestos.
Me moví hacia la izquierda, y tensó el brazo. Pasé la pelota por detrás al cambiarla de mano, y movió las piernas. Todo tan lento que el cambio repentino de ritmo jugó a mi favor. De un bote, colé la pelota entre sus piernas y la intercepté con la otra mano al impulsarme finalmente por su derecha, pasándolo de largo unos metros antes de que me diera caza con el alcance de sus brazos. Frené en seco, di dos pasos atrás y pudo seguir mis movimientos antes de volver a pasarlo de largo con una finta. Los dos defensas saltaron para impedir la clavada, y antes de pasarme por el forro la barrera y querer meterla igual, las enormes manos de Kiyoshi intentaron impedirlo; para su desgracia demasiado tarde. Su salto no pudo llegar a su máxima altura antes de que la pelota atravesara el aro, y lo había efectuado tan cerca que choqué contra él cuando me balanceé en la canasta, haciéndole caer de culo.
De inmediato levantó la mano.
—¡Lo siento! Culpa mía, culpa mía —dijo, y recibió unos cuantos silbidos de ánimo desde fuera de las líneas de juego.
—¿Demasiado intenso para ti, senpai? —ironicé, secándome el sudor bajo el mentón.
—No —se levantó, y lo noté entusiasmado—. Creo que ya te voy siguiendo el ritmo.
Tuve mis dudas, pero demostró durante el resto del juego que no hablaba por hablar. A cada jugada, parecía mucho más difícil quitármelo de encima, y sus estrategias no seguían nunca un patrón concreto, porque tan pronto decidía hacerme frente como quedarse custodiando sólo la canasta. Me robó el balón dos veces y recogió tres rebotes; dos de ellos terminados en canasta gracias a esa capacidad de poder coger los balones en el aire con una mano. Sus pantallas impidieron un par de puntos seguros, y cuando pensaba que no podía sacarse algo más de la manga, va y nos hace un tiro de tres al final. Hoy es uno de esos días donde el buen rollo gana a la rivalidad, por lo visto, ya que aunque hubiesen acabado perdiendo parecen incluso más satisfechos que nosotros. Supongo que en parte es gracias a él. Kiyoshi tiene ese tipo de aura que atrae a los demás; una muy diferente al tipo de luz con la que brillamos, por ejemplo, Kagami y yo. La suya es, no sé… ¿cálida?
Sí. Tal vez lo sea.
—¿Por qué has decidido llamarme hoy? —me preguntó, un par de horas después, cuando los últimos tres tíos se tomaban su tiempo en recoger sus cosas y terminarse los almuerzos que los equipos perdedores (el de Kiyoshi incluido) habían ido a comprar al McDonals de la esquina.
A medida que la tarde pasaba el grupo se había ido dispersando, ya que sus obligaciones, como siempre, les arrastraban a casa o de nuevo al curro. Otros habían visto las nubes demasiado grises como para arriesgarse a quedarse más tiempo y acabar bajo una posible lluvia.
—Necesitábamos un jugador —repetí, vaciando la lata de fanta del menú y dejándola junto a la valla, antes de levantarme y recuperar la pelota del suelo.
—¿Sólo por eso? —le escuché, mientras caminaba hacia la canasta. Me despedí con un gesto de cabeza de los tres que ya se iban, y pude ver de refilón como Kiyoshi les alzaba la mano al hacer lo propio. Cuando me miró, enfrenté la canasta y simplemente encesté—. He estado pensando —siguió—, en aceptar la petición y ser parte del elenco de la boda. Creo que por mucho que desee que no pase, es algo que debía haberme esperado desde hace mucho, y se lo debo a ambos. Sé que pudo compensar este arrebato mío y seguir siendo un buen amigo. Gracias a ti, he podido aligerar el peso de mis hombros antes de que acabase por aplastarme, así que no tienes por qué preocuparte más.
—No fue por preocupación —le interrumpí, antes de que le diera por seguir diciendo cosas empalagosamente profundas, y fui a por la pelota—. Sólo me pareció buena idea evitar que acabases desesperándote. Hay hombres que no saben tragarse el orgullo y pedir ayuda cuando más la necesitan, así que suele ser demasiado tarde cuando están dispuestos a recibirla de alguien.
Hubiera deseado tener una mano a la que agarrarme cuando fui yo el que se desesperó. Una que quisiera coger, digo. ¿Sería otro tipo de hombre entonces? ¿Uno diferente y mejor del que soy ahora? No me había parado a pensar en nada de esto hasta el momento; profundizar en estas mierdas no me va. Prefiero seguir con mi vida, sea como sea, y no dejar que nadie la perturbe. Entonces, ¿por qué estoy dejando que pase?
—Aomine —escuché su voz tras de mí, seguido de la sombra de su silueta en el poste y el muro. Ya tenía el balón en las manos, pero no pude girarme para retomar mi juego en solitario. No porque no quisiera, si no porque los brazos larguiruchos y el cuerpo pesado de Kiyoshi se dejaron caer en mis hombros—. Sé que me he aprovechado de tus buenas intenciones, aunque en principio esa no era la idea. Así que gracias por cuidar de mí.
—¿Q-qué coño estás diciendo ahora? —tiene tela la cosa. ¿Cómo puede soltar tanta mariconada como quien pregunta la hora? ¡Este tío me pone los pelos de punta, joder! —. Cuídate tú solito, chaval. La policía no tiene trato personalizado con los civiles… —me lo descuelgo y lo paso de largo, directo hacia el límite de la línea de tres.
—Oh, bueno, lo entiendo —perfecto. Que se calle un rato…—. Pero oye, no tienes que avergonzarte por haber tenido el detalle de… —lo interrumpí tan rápido como pude con un pase directo al pecho. ¡Nada, que no hay manera! ¡Ya sé que debe notarse como me arde la puta cara, cabronazo! ¡No necesito que lo digas en voz alta!
—¡Juega y cállate!
—Pero si no pasa nada, hombre. Estás hasta mono~
—¿Quieres que te meta el dichoso balón por el culo, Kiyoshi…?
Lo escuché carcajearse antes de girarse hacia la canasta, encestar e ir a recoger la pelota para volverlo a intentar desde un lado. Me masajeé una sien. Después el puente de la nariz, y después me rasqué la mejilla. Me he quedado como perdido ahora mismo, y debo parecer un gilipollas de los grandes intentando dejar las manos quietas en un sitio. Tengo la sensación de que estoy exagerando como una quinceañera virgen a la que alguien le ha propuesto echar un polvo; lo que me lleva irme por las ramas y ponerme a pensar en cuánto hace que no follo…
No sé por qué a estas alturas estoy debatiéndome entre sentirme a gusto o sentirme incómodo; ya no sé realmente cuál es el sentimiento correcto.
Me pasó el balón cuando decidí correr fuera de la línea de tres, y después de saltar y clavarla, me quedé colgado del aro hasta que noté la primera gota de lluvia darme en la frente. La llovizna cubrió la ciudad tan rápido que apenas me dio tiempo de ir a por mis cosas y ponerme la chaqueta, lanzándole la suya a Kiyoshi antes de apurar el paso y salir a zancadas del parque. Corrimos cuesta abajo, esquivando a la gente que buscaba un sitio seco bajo los toldos, y cruzamos la calle aprovechando el cese del tráfico. Tuve que empujar al grandote cuando tuvo la absurda idea de pararse frente al escaparate de la tienda de mascotas, pasando de largo otra calle antes de llegar a la parte frontal de mi bloque de apartamentos.
La borrasca nos había pillado a medio camino, y para cuando llegamos al rellano de mi casa estábamos hechos una sopa. Recuperé el aire y sacudí las manos antes de secarme un poco la cara y el pelo. Me quité las deportivas de cualquier manera y vacié los bolsillos de la chaqueta, notando los dedos helados.
—Mete la ropa en la secadora —señalé la puerta del baño—. Y ve calentando el agua de la bañera, no me apetece verte moquear —no dudó en hacerme caso y colarse por la puerta del pasillo, mientras me deshacía de la chaqueta y los calcetines, sintiendo un escalofrío subirme por la espalda. Dejé un camino de huellas al acercarme a la cocina y abrir los armarios, sacando los dos últimos paquetes de ramen para cenar. Con suerte, podré entrar en calor mientras como acurrucado en el sofá.
—¿No vienes? —Kiyoshi se asomó por la esquina del pasillo, sin camisa, e invitándome a mi propio baño. Es muy bizarro, pero hace demasiado frío como para negarme, así que dejo los fideos en la barra y no tardo en ir tras él.
Antes de pensarlo siquiera ya estoy quitándome la ropa, dejándola en el suelo, junto a la cesta, y tirándome agua caliente por encima con la cubeta. La bañera ya está llena y el vapor hace un efecto sauna que hace que vuelva a sentirme los dedos y desentumecerme la nariz. Kiyoshi es el primero en enjabonarse, aclararse y meterse, mientras yo aprovecho el taburete y me lavo el cuerpo.
—A propósito —lo escucho decir, mientras se hundía hasta el cuello en el agua. Es tan alto que las rodillas le sobresalen un buen pedazo—. He oído que el pequeñín de Kuroko cumple años mañana. ¿Irás a la fiesta?
Perfecto. El único tema del que había podido olvidarme. Tienes una puntería, macho…
—Supongo. ¿Es que tú no?
—Por la mañana. Las chicas me han invitado a un goukon por la tarde y es importante que vaya.
—¿Ah? —levanté una ceja y lo miré—. Tío, que son chiquillas de, ¿cuánto? ¿Dieciséis?
—Diecisiete —jugueteó con el agua, mojándose la cara, antes de mirarme como si estuviese ofendido por dudar de su supuesta integridad—. Y no voy para eso. Tienen miedo de cómo resulten las cosas, y quieren que esté de supervisor encubierto.
—Lo siento por los chicos que vayan pensando que mojarán, entonces…
—¿Por qué? ¿Te interesaría intentarlo o algo? —me puso un tonillo malicioso que hizo que le tirase la esponja a la cara.
—¡Ni por asomo! Aguantar las charlas sin sentido de una adolescente sólo para echar un polvo no merece la pena. Para eso ya tengo los omiai a traición de mi madre —rezongué y pasé a enjabonarme la cabeza. Kiyoshi se movió dentro de la bañera, derramando parte del agua, hasta quedar con los brazos colgando por fuera.
—Teniendo incluso omiais, ¿sigues sin estar interesado en casarte? ¿Por qué?
—Porque es un coñazo —hablar de esto con otra persona que no sea Tetsu está resultando más fácil de lo que esperaba—. Nadie puede asegurar que nos acabemos entendiendo, así que a la larga la convivencia puede resultar un lastre del que al final te desprendes. El número de conexiones en esta vida tiene un límite, ¿sabes?
—Puede ser, sí… —recostó la cabeza en el borde—. Pero entonces sólo necesitas encontrar a una persona que no haya llegado al límite de sus propias conexiones, ¿no te parece?
Dejé de respirar un segundo. Lo justo para notar cómo se me erizaba la piel y la fuerte sensación de peso en el pecho me trepase hasta la cabeza. La impresión del momento me hizo abrir los ojos y notar ingrávido el cuerpo; para al poco después verme obligado a parpadear. Fueron sólo unos segundos seguramente contados con los dedos de una mano, pero los suficientes para lograr confundirme. Nunca me lo había planteado de esa manera. Si tus posibilidades de encajar inmediatamente con alguien se agotan, ¿sólo queda aprovechar las de alguien que aún esté dispuesto a encajar contigo?
—Quizás… —murmuré, llenando la cubeta de agua para echármela por encima. Sacudí la cabeza, considerando que ya había entrado lo suficiente en calor como para ir saliendo. Es más, ahora lo que necesito es un poco de aire fresco antes de que me reviente una arteria de lo fuerte que ha empezado a bombearme el corazón.
—Ah, espera, que te hago un sitio —me suelta entonces, y lo veo hasta moviéndose para dejarme espacio dentro de la bañera. Nunca he visto a nadie cortar el flujo de una conversación seria con tanta facilidad…
—No. Me. Jodas —arrugo la cara. ¿Lo está diciendo en serio?
—Que sí, que aquí cabemos —sí, lo está diciendo en serio—. Anda, ven antes de que te enfríes —me cogió del brazo.
—Tú y tus ideas de bombero son lo que me dejan frío. ¡Y suéltame, coño! No pienso meterme en una bañera de metro cuarenta con otro tío…
—¿Por qué? ¿Vuelve a darte vergüenza?
—Eres más hijo de puta de lo que aparentas, ¿verdad? —me arrastró—. ¡Eh, ni se te ocurra…!
Es evidente que le importa una mierda lo que le estoy diciendo. ¿Bañarse juntos? ¿Qué coño pintan dos hombres casi en sus treinta chapoteando en el agua como dos mocosos? Me negué, ¡obviamente! Hice palanca con una pierna en el borde de la bañera para recuperar mi brazo; pero después de sacarle casi medio cuerpo fuera sin conseguir que me soltase, me cogió del tobillo y volvió a tirar de mi. ¡Es como un puto pulpo que sale del mar sólo para arrastrarte hacia el fondo! Cuando lo tuve cerca le planté la mano en la cara y le empujé hacia atrás, y el muy cabrón seguía sin ceder. Estoy seguro de que se me hinchó la vena de la sien ante la imagen que tenía que estar dando; y a punto estuve de darle un pollazo en plenas narices para que dejase de joder… Pero me rodeó la cintura con la mano, como ya había hecho con el balón de baloncesto horas antes, y todo me dio vueltas cuando me hizo girar de repente.
El agua salpicó, se cayeron un par de botes de champú y después, silencio.
He acabado despatarrado sobre los muslos de Kiyoshi, dándole la espalda, mientras él aún me rodea con el brazo y me posa el mentón sobre la cabeza. No es la mejor forma de acabar compartiendo la maldita bañera.
—¿Ves? Si no está tan mal.
—Claro, hombre —ironicé—. ¿Y después qué? ¿Hacemos manitas bajo el agua o intentarás morrearme otra vez?
—¿Oh? ¿Te dejarías?
Ladeé la cabeza y me recosté sobre su hombro sólo para fulminarle con la mirada, a lo que él respondió con una sonrisa de las suyas. Este tío ha demostrado ser menos complejo que el asa de un cubo, pero a veces me da la impresión de que dice más de lo que pretende; que es ese tipo de personas que pone siempre los problemas más grandes y los sentimientos más complicados en palabras y gestos la mar de simples, pero que quieras o no acaban funcionando. Es un hombre al que no entiendo, pero al que entiendo perfectamente, lo cual suena absurdo hasta para mí. Es como si fuese yo el que está perdiendo la cabeza y no sepa qué coño pasa a mí alrededor.
Y este es el contacto visual más largo y más raro de toda mi vida…
—¿Tienes los huevos para acercarte y hacerlo? —alargo una sonrisa retadora, aunque sé que no estoy tan seguro como sueno.
—Lo más probable es que los pierda si lo hago pero, ¿quién dice que no habrá merecido la pena?
Me reí. Tuve que reírme. Porque lo admita o no, lo cierto es que se está bien. Estar allí; en aquel momento y tirados de cualquier manera en una bañera que de tanto forcejeo se ha quedado un poco vacía. Acabé metiendo la pierna que me colgaba fuera y suspiré, acomodándome hasta terminar utilizándole como silla. Si quiere baño compartido, le daré baño compartido. Se quedará ahí abajo hasta que se le duerman las piernas y se arrugue como una jodida pasa.
—Los perderás igual si eso que me cosquillea en la espalda no es la esponja que te he lanzado antes.
Y como apoyando a la amenaza, la esponja amarilla emergió de entre mis piernas con un "plop".
