Es viernes por la noche y la plaza del estudiante esta abarrotada de personas, sobre todo con el festival de las estrellas organizada por la carrera de artes dramáticas. Camino por un lado del festival y huelo las frituras y el chocolate caliente que venden para recaudar dinero. Me gustaría quedarme, sobre todo a ver la obra que están por presentar pero tengo trabajo que hacer.

La noche es perfecta, corre una brisa fresca y la luna llena ilumina las aceras, sin ninguna nube que se interponga entre las estrellas y los ojos humanos.

Me acomodo la mochila al hombro y camino con prisa, porque voy tarde a la cita de trabajo. Uno de mis celulares suena en el bolsillo, tengo dos porque uno lo utilizo para el trabajo y otro es de uso personal, el cual se anuncia con una suave vibración. Mi padre me está llamando desde casa.

— Hola, papá— contesto, después del segundo tono.

Lo escucho toser antes de que conteste. —Hola, Katniss.

Creo que sonríe y yo también lo hago, me gusta mucho hablar con mi padre.

— ¿Todo bien por allá?— pregunto.

— Todo bien como siempre Kat, ¿no vendrás el fin de semana?

No suelo faltar mucho a las visitar semanales a casa, sobre todo con la enfermedad de mi padre, que cada vez parece estar muy grave, aprovecho cada que puedo para estar con él, pero últimamente el trabajo no me ha dejado ir por segundo fin de semana, ya extraño a mi familia, los condominios de la universidad son vacíos y superficiales a comparación con el calor de mi hogar.

— Lo siento papá, tendrá que ser el otro fin de semana, tengo trabajo— contesto.

— Ese trabajo, ese trabajo— suspira— . Te tiene tan ocupada.

— Ese trabajo está ayudando a pagar tu enfermedad, papá.— le recuerdo, porque a veces lo olvida.

— Lo sé, lo sé, simplemente me preocupo.

— No tienes porque.

— Tengo porque Katniss Everdeen, soy tu padre.

Me río porque a pesar de lo gastado que su enfermedad lo tiene, se sigue preocupando por mí, por mi hermana y mi madre. Nuestra charla se extiende unos minutos más, lo que me da tiempo de preguntar por Primrose, mi hermana, que al parecer ha sacado otro sobresaliente y al paso que va puede conseguir una beca completa para la universidad, también hablamos de casa y de los viejos tiempos, que parecen poner feliz y nostálgicos a mi padre, pero insiste en hablar de ellos.

Cuando por fin cuelgo, ya llegue a los condominios y entro en la habitación que comparto con mi compañera, se llama Madge Undersee y es bastante seria. Tiene una cabellera rubia prominente y brillosa, además de ojos azules, tiene una belleza natural, pues casi nunca se maquilla. En estos momentos no se encuentra en la habitación, lo que me viene de maravilla, pues me resulta más fácil arreglar mis cosas.

En el fondo del armario que comparto con Maggie, tengo un baúl donde guardo varios vestidos de noche, tacones y una peluca rubia, saco todo con cuidado y me maquillo con delicadeza. No me gusta empolvarme la cara con todos los productos de belleza, pero lo hago porque es una forma de proteger mi identidad, además de la peluca.

Los pasillos de las habitaciones están vacíos, así que me es fácil salir sin ocultarme mucho y corro por los aparcamientos donde manejo un pequeño Volkswagen 2004 de color blanco con la pintura sucia. Sorprendentemente el motor casi ni suena cuando lo prendo y corre tan rápido como cualquier otro carro, ha sido tan aguantador que le he tomado cariño.

Me dirijo a los barrios bajos de la ciudad, donde ninguna persona que conozca de la universidad aparecerá por ahí. Hay un pequeño bar llamado Panem donde suelo atender a los clientes. El bar a pesar de estar en una parte marginada de la ciudad, es bastante pintoresco, bonito y limpio. El dueño es bastante desagradable, pero es justo y reconoce que nosotras le damos a ganar.

Dejo el coche detrás del bar, donde hay una entrada para nosotras las trabajadoras sexuales, es para alejar a los pervertidos y mantenernos seguras. Entro por la puerta rápido porque tengo que atender a mi primer cliente en diez minutos y todavía tengo que ajustarme bien la peluca y cambiarme.

— Hola, Catnip— me saluda una pelirroja con bastante entusiasmo cuando me ve llegar. Es de las chicas que más me agradan de aquí.

— Hola, Annie.

Le devuelvo el saludo con una sonrisa. La chica es tan pequeña que parece casi frágil, cuando la veo bailar por el tubo casi parece como si se fuera a romper de una caída o una voltereta. Me siento frente a uno de los espejos a ajustarme con más broches la peluca y cuando estoy segura que no se caerá me levanto, me visto rápido con uno de los modelitos de poca ropa que el bar nos proporciona y camino a los privados.

Hay un hombre de gran tamaño en la entrada, se llama Boggs y me saluda con un movimiento de cabeza, le devuelvo el saludo. Mi cliente ya está en el privado cuando entro, es un niño caprichoso de veintitantos años que siempre me pide a mi cuando viene.

— Mi hermosa Catnip— dice, mientras huele cabello con una gran exhalación.

Yo le sonrío, porque es un hombre de pocas palabras y más de acción, así que cuanto ante, me deja caer sobre el sillón del privado y se baja los pantalones, ya la trae dura, así que se acerca a mi boca para que se la chupe por unos minutos, lo que hago. Dejo que embista mi boca mientras él se deleita entre suspiros, me pide que me quite el top mientras sigue en mi boca y le hago caso.

Mientras sigue entretenido conmigo mi cabeza no deja de pensar en los que estoy haciendo y en lo grande que el bloque de cemento de la moral que sostengo sobre los hombros, así que me levanto y me arranco la parte de abajo para que me embista y termine de una vez. Lo hace sin dudar, pues es de las cosas que lo vuelve loco.

Aunque no puedo negar que muchas veces me ha ayudado a acabar, porque tengo otros clientes que no les importa si yo termino, simplemente se ocupan de ellos, pagan y se van. Seneca es de los clientes más considerados que he llegado a tener.

— Me encantas— me susurra al oído mientras entra en mí.

Termina en unos minutos, al igual que yo, porque lo que sea de cada quien sabe cómo hacerlo.

— ¿Te pago a ti o a Snow?— me pregunta, mientras se viste de traje de nuevo.

Snow es el dueño del bar.

— Snow— le contesto, ya que nosotras no solemos recibir el pago hasta el final de la noche, cuando nos pagana. A veces recibimos propinas.

— Bueno— dice Seneca, mordiéndose el labio— . Iría por otra ronda contigo, pero de verdad tengo que irme— Tiene los ojos brillosos de lujuria.— Toma.

Me tiende una mano con un billete grande, es la propina, siempre me deja algo, no sé si por lastima o porque realmente queda satisfecho. Se va con una sonrisa en el rostro y saludando con entusiasmo a Boggs, me quedo en el privado por un tiempo tratando de no sentirme miserable.

Antes, cuando recién comencé a trabajar, me quedaba a llorar, a lagrima suelta hasta que venía Snow a sacarme y darme un respiro porque era la nueva, a estas alturas ya no me permite esas ñoñerías, ya llevo varios meses trabajando, pero sea el tiempo que haya transcurrido nunca te acostumbras.

En los camerinos me encuentro de nuevo a Annie que da saltitos frente al espejo, no sé cómo mantiene su entusiasmo y a dos chicas más, una que se llama Johanna Mason, la cual no parece pasarme mucho, creo que me odia porque me cree débil por llorar los primeros días. Trato de no mostrar sentimientos cuando estoy con ella.

— Hoy no lloraste— me dice, acercándose. Tiene un mechón de color rojo entre sus cabellos rojos que le queda muy bien.

— Hace bastante tiempo que ya no lo hago— contesto.

Mueve la cabeza a un lado y me examina como si no me creyera, además de una pizca de odio.

— Bien.

Creo que Snow le encargo que me cuidara o algo así, aunque Johanna no es de las personas que se preocupa por los demás, sino por sí misma.

La noche va de maravilla en cuanto a propinas por el resto de la noche, doy rondas por el bar, unos privados más y uno que otro baile hasta las tantas de las madrugas, después de que termina mi turno, Snow me llama a su oficina para pagarme. Parece contento conmigo, porque hoy me ha pagado bastante bien y me dice que atraigo a muchos clientes. La verdad es que no sé porque, solo muevo las caderas y sonrío. Debe ser la peluca; los hombres con su obsesión con las rubias.

Voy hasta mi carro para irme y Annie aproveche para que la lleve a su casa.

— Hoy fue una buena noche ¿no crees?

Sonríe tanto que logra sacarme una a mí.

— Fue una noche dura.— digo, encendiendo el coche.

De pronto su sonrisa se vuelve un tanto perversa —Literalmente.—dice y entiendo su broma.

— Mamá se pondrá muy contenta con lo que he ganado, por fin podremos comprarle zapatos nuevos para la escuela a mi hermano— dice, con entusiasmo como siempre.

A veces siento un poco de lastima por Annie y su familia, quienes son un poco pobre, siempre cuidando la moneda y muchas veces pasando penas con la comida cuando los tiempos no están buenos en el bar. A Primrose y a mi jamás nos faltó nada, sino hasta la enfermedad de mi padre, donde no alcanza para nada. Primero se fue acabando mi fondo universitario de a poco con las quimioterapias y lo tratamientos, no duro más que ocho meses el dinero.

— ¿Cómo está tu papá, Catnip?— pregunta Annie.

Aunque no suelo contarle mucho de mi otra vida, porque sabe que la tengo, casi todas las que trabajamos en el bar la tenemos y no andamos husmeando en la vida de los demás a menos que queramos compartirla.

— Hasta ahorita bien— digo, aunque no sea un tanto cierto, pero quiero creer que sí— . Ya sabes que a veces el dinero no alcanza, pero mamá entro a trabajar también.

— Eso está bien, supongo. — dice y parece quedarse sin palabras, lo que es raro en ella.

— ¿Pasa algo?— pregunto, mientras giro en una calle.

— No, nada— dice, volviendo de cualquier lugar en donde su cabeza estaba.

La dejo en su casa y se despide con un beso, vive en otro de los barrios bajos donde las casas les hace falta una capa de pintura y hay coches con bloques de ladrilla que reemplazan las llantas, aparcados en el patio de enfrente, esperando a algún día ser arreglados. Annie tiene una familia con varios hermanos a los cuales mantener y una madre ausente, no tiene educación universitaria, ni siquiera la preparatoria terminada, pero eso no ha sido excusa para que sus hermanos no reciban educación. Es deplorable la situación de las personas, definitivamente hay quienes la llevan peor que nosotros.

Cuando llego a la universidad, sigue estando desierta, probablemente algunos alumnos estén botados hasta medio día, me quedo en el coche donde decido prender la radio y encuentro una muy buena canción con un gran ritmo que habla sobre vivir la vida al máximo y disfrutarla. Me quedo meditando sobre ella y sobre la ironía de ella, dice que hay que disfrutar, pero no dice nada sobre qué hacer con la vida cuando todo esta jodido.

Suspiro pensando en que pasaría si mi familia se enterara en lo que trabajo, sería una total vergüenza, no podría ni verlos a los ojos. Aunque de verdad había intentado no llegar a estos extremos, nada alcanzaba lo suficiente. Intente trabajar en una cafetería, incluso en doble turno, pero no funciono, también haciendo tareas y cobrando por asesorías pero había una matrícula que pagar y poco dinero suficiente.

Al final me rendí, con los meses del alquiler de los condominios y los libros y demás, necesitaba dinero rápido. Necesitaba un trabajo que me diera para vivir y para mandarle a mi familia. Así que me decidí por este. Por ser una trabajadora sexual, por decirlo de una bonita forma.

Pero en realidad todos sabemos lo que soy, soy una prostituta.

Pues, he aquí el primer capítulo, ojalá y les haya gustado.

Besos xx.