Bueno aqui tienen una nueva entrega de este fanfic. Lo escribí durante toda la noche y tengo que admitir que fue difícil y ya me esta fallando la coordinación jajaja. Espero que les guste! Me animo mucho el hecho de que me dejaran rr tan bellos, la verdad que me emocionó demasiado! Son personas maravillosas y me animan mucho a seguir y querer compartir lo que escribo con uds. En serio, un escritor sin lectores es NADA.
Paso a avisar, tengo que rendir el día 1 de Julio un examen de acreditación de un curso que hice sobre emergencias médicas. Es bastante riguroso y me gustaria decir que estoy preparada, pero realmente muero de miedo! jajajaj es exigente, espero que no me vaya mal. Para eso tengo que estudiar y BASTANTE. Estoy segura que me van a entender ya que la mayoria de uds tiene estudios y trabajos que atender, o ambos! Asi que es muy probable que hasta que me desocupe de mi examen no vaya a postear nuevo capitulo. Pero nunca se sabe, capaz que necesito desestresarme y de pronto en medio actualizo de nuevo. Solo queria dar la advertencia como para que no piensen que lo deje de lado o algo así, nada que ver, estoy re entusiasmada. Un beso y abrazo grande! Nos estamos leyendo. - Denu
Ring - Cap. 4-
Contorneando el labio inferior con la punta de su lengua percibió la sonrisa de Sherlock crecer entre sus bocas. El detective se impulsó contra él, dejándolo aprisionado entre su cuerpo y el sofá, tomándolo por las muñecas y asegurándolas sobre su cabeza repentinamente. John dejo escapar un jadeo brusco de sorpresa.
Entre la nebulosa de su excitación notó que Sherlock se había detenido por una fracción pequeña de segundo a mirarlo, inspeccionar sus reacciones antes de avasallar totalmente contra su boca.
Inexperto y asexual una mierda. Como en todo lo que hacía, su amigo había probado nuevamente ser un genio.
La cadencia con la que movía sus labios contra los de John, lenta y tortuosa, acumulando una tensión que iba creciendo en su bajo vientre, era brillante. Controlaba con perfecta precisión los tiempos en que alternaba la succión y como mordía su lengua. Se movía sobre su cuerpo, poniendo en contacto desde sus rodillas hasta sus pechos, de forma que un complacido John lo sintió crecer semi-erecto entre sus piernas. Sherlock estaba disfrutando de esto tanto como él, y la sola realización fue tanto vertiginosa como el último impulso de valor que necesitaba para empujar su pelvis contra la de Sherlock, friccionando deliciosamente sus penes y provocando un gemido gutural en su garganta al mismo tiempo que el detective jadeaba ruidosamente.
Logró desequilibrarlo, recobrando el control perdido. Se soltó las muñecas y mudó sus manos a un lugar que ellas encontraban más interesante, justo a cada lado de la cadera del otro. En un arrebato volvió a su posición sentada en el sofá, con Sherlock sentado a horcajadas sobre sí. Contorneándose contra el otro, logrando una deliciosa fricción entre ambos exhalo un jadeo que sonó como un "sí" lánguido y decadente, John estaba embriagado por esa sensación. No solo era lo táctil, la visión de Sherlock montándolo con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente echada hacia atrás, friccionándose con abandono, era jodidamente la cosa más erótica que había visto en su vida.
- Eres increíble.- Musitó con voz ahogada John a su oído, mordisqueando el lóbulo de su oreja y descendiendo un trayecto de pequeñas succiones hasta su cuello, donde mordió un beso justo en su garganta.
Podía quedarse largas horas solo haciendo eso, marcando la piel de su cuello, sintiendo en sus labios los suspiros y la respiración cada vez más irregular del detective. Pero fue Sherlock quien decidió avanzar un paso más y de pronto tenía la mano de su amigo dentro de su bóxer con impaciencia tratando de bajarlo. Levantó la cadera para bajarse los pantalones tan rápido y de forma tan desordenada que no se había dado cuenta que Sherlock ya se había deshecho de los suyos, mostrando la lechosa piel de sus muslos que John no pudo evitar acariciar. Ahuecando las manos sobre los glúteos del más joven, lo atrajo con firmeza, subiendo y bajando la pelvis de Sherlock a su antojo para friccionar sus penes ya húmedos de líquido pre-seminal.
Sherlock abrió los ojos y con una sonrisa de lado se entregó a las acciones del soldado; estiró una de sus manos, delineando con su pulgar el borde de la mandíbula del blogger, terminando con la palma abierta sobre sus labios. John beso la palma ofrecida dos o tres veces, castamente, antes de lamerla y cubrirla por completo con la humedad de su saliva; la sonrisa ladina de Sherlock creció ante la vista.
La palma viscosa cerrándose alrededor de sus miembros fue la última cosa que supo antes de perder totalmente la conciencia de lo que estaba sucediendo. De pronto todo era movimientos rítmicos cada vez más veloces e intensos, un nudo caliente creciendo en su vientre, más y más tenso, ciñéndose hasta romperse. John literalmente sintió algo romperse en su interior, con un gemido fuerte acabo dejando una caliente humedad sobre el hueso de la cadera de Sherlock, quien entre estremecimientos era golpeado por las últimas olas del orgasmo, esparciendo su semen entre los dos.
La nebulosa post-coital los halló a ambos recostados sobre sus espaldas, uno junto al otro, sobre el sofá, que no había sido pensado para dos adultos. Las largas extremidades de Sherlock habían encontrado lugar entre el cuerpo de John y este se encontraba en una posición tan imposible como incomoda. Nada de eso importaba en el momento, lo único que el soldado podía pensar mientras recuperaba el aliento es que había cumplido una de sus más locas fantasías y ahora todo el valor acumulado debíahaberse drenado de su cuerpo, junto con la frustración sexual.
Mierda.
Giró su cabeza para mirar a Sherlock, la expresión del detective estaba oculta debajo de su mano limpia, que reposaba ociosamente sobre sus ojos.
Haz algo, di algo, cualquier cosa. Y como si pudiera leer los pensamientos del doctor, Sherlock sonrió y apretó suavemente su mano sobre la suya. John exhaló un silencioso suspiro de alivio y sonrió de vuelta, aunque sabía que Sherlock no era capaz de verlo. Lo conocía y probablemente era la única respuesta que tendría por el momento, Sherlock ya se hallaba perdido en su Palacio Mental, catalogando y reordenando todo, en un total mutismo. John comprendió la situación, mierda, incluso el mismo necesitaba un minuto para reorganizar todo en su cabeza.
Sherlock hacia el amor de la misma forma que hacia todo en la vida: con precisión, inteligencia y la máxima efectividad.
A la pregunta que John se había hecho ya tiempo atrás, cómo sería Sherlock en la cama, la respuesta era simple: inteligente y brillante. Fue desordenado al principio, pero habían encontrado un equilibrio o ritmo que se había adaptado deliciosamente a su rutina.
La mañana siguiente de su primer encuentro, que para John había contado como la paja mutua más esclarecedora de su jodida vida, el médico se había quitado el anillo de casamiento y colocado sobre la repisa encima de la chimenea. No tenía idea de lo que sucedía entre Sherlock y él ahora mismo, sin duda no lo que él deseaba, pero tal vez podía encontrar un punto medio donde sus sentimientos se hallaran en paz. Cualquiera fuera su futuro, la alianza matrimonial no tenía lugar ahí. Cuando Sherlock lo vio esa mañana, no mencionó nada, solo una rápida mirada al dedo anular y regreso su vista al archivo de casos fríos. Su humor, sin embargo, fue notablemente más relajado que días previos.
No hablaron del asunto en un principio, fieles a su naturaleza de hombres ingleses, dejaron que la conversación pendiente se perdiera entre las labores de sus rutinas. Lo que no quiere decir que las cosas continuaran del mismo modo; se habían añadido casi sin esfuerzo toques y roces que aumentaron el contacto físico, yendo más allá de la barrera de dos amigos. Nada extravagante para empezar; una caricia de dedos cuando le pasaba su taza de té, manos que se posaban en la espalda, hombro o brazo mientras hablaban. Y de pronto un día, un beso.
No había sido en medio de la adrenalina de un caso o en el calor de una discusión. Se había dado después de un día en el que había regresado de su antiguo consultorio, tras una larga tarde en la que dispuso todos los papeles en orden para vendérselo a un joven médico recién recibido de apellido Vernet. Había llegado casi de la nada, apenas un día después a que John colocara el anuncio por internet. Pagando en efectivo una suma mucho más generosa de la que John había provisto, la transacción se completó. De camino a Baker Street, se cuestionaba de donde venía esa sensación de pérdida y fracaso. Sin su consulta se preguntaba que sería ahora de su profesión como médico. Quizás todo tenía que ver con la sensación definitiva de que era un capítulo de su vida que estaba cerrando.
Cuando entró por la puerta, Sherlock lo interceptó en la cocina. No dijo nada, le echó una de sus miradas analíticas deduciendo todo lo que sentía, rayos, seguramente más de lo que John incluso creía que sentía. Pero como venía haciendo desde hace meses, guardó sus deducciones para sí mismo, y en cambio encerró a John entre sus brazos.
Fue extraño y paralizante en un inicio. Era la segunda vez que Sherlock lo abrazaba en todos los años de conocerse, y había vuelto a reaccionar con escepticismo. Subiendo sus manos por el costado de sus brazos, friccionando suavemente como en un consuelo silencioso, tomó entre sus manos el rostro de John y acortó la distancia entre ambos.
Este beso fue distinto. Se sintió como un verdadero primer beso. Que comienza incómodo y tentativo, entre dos persona que no están acostumbradas mutuamente. Pequeños toques entre labios que buscan acomodarse y encontrar la posición perfecta. Las manos inquietas que no saben dónde posicionarse hasta que encontraron su lugar en la nuca y espalda del detective. Separándose apenas para mirarse y confirmar que esto era algo que ambos querían, comenzaron a besarse con la misma intensidad de la anterior vez.
No había sido el primer calor del momento, ni una jodida coincidencia. La segunda vez que llegaron al orgasmo en la cocina, John rodeando la cintura de Sherlock con sus piernas y atrapado entre el refrigerador. El médico supo, nunca tendría demasiado de Sherlock Holmes.
El sexo estaba siempre ahí, inicialmente colándose entre su rutina, en los momentos perezosos entre casos o cuando la adrenalina de uno recién resuelto golpeaba en su pulso hasta tirarlos en la alfombra frotándose uno contra el otro como adolescentes.
Luego, el sexo estuvo en todos lados. En cada vez que Sherlock se paseaba en una escena de crimen, deteniéndose y llevándose el pulgar a la boca en gesto pensante. Los pantalones de John parecían olvidar que había un cadáver a menos de medio metro, apretándose sobre su entrepierna mientras recordaba una de esas tardes tranquilas en la que Sherlock había decidido tratar a su miembro como una paleta de caramelo, pasando la punta de su lengua desde su frenillo hasta la punta de su pene, dando movimientos circulares lentos y profundos antes de tragárselo todo de una sola vez; John había sido incapaz de mantenerle la mirada, esos ojos verdes que se volvían más intensos y hermosos cuando estaban cargados de lujuria, eran demasiado para él.
Esa clase de recuerdos lo perseguían a todos lados. Al final era casi imposible mantenerse compuesto y presentable en las entrevistas de trabajo que había realizado durante la semana; o cuando Lestrade y él intercambiaban comentarios sobre casos recientes, futbol y otras cosas. No podía controlar ese calor constante en su vientre, ese deseo continuo que se estaba volviendo una especie de adicción. Cuando se hallaba así, John regresaba al departamento y no había falta decir nada.
Esa era otra característica del sexo con Sherlock Holmes. Él sabía exactamente lo que John quería incluso sin pedirlo. Lo miraba a los ojos y sonreía como dando su permiso, era lo único que John necesitaba antes de arrojarse sobre el como un animal en celo y empezar a desvestirlo en cualquier sitio del apartamento.
Sherlock era metódico y complaciente; vergonzosamente silencioso a la par de John. Era como si cada uno de sus movimientos fuera una danza muda que coreografiaba en su cabeza de antemano, pensada exclusivamente para complacer a John y encontrar el máximo punto de placer de su amante.
Con él era todo miradas y suspiros, en ocasiones jadeos frenéticos cuando alcanzaba el orgasmo. John, que se deshacía en gemidos y cada vez que lo tocaba se volvía ciego de deseo, pronto empezó a preguntarse si esa era la naturaleza de Sherlock o tal vez no lo disfrutaba tanto como él.
La primera vez que tuvieron sexo completo con penetración, fue Sherlock quien lo inicio. Borrando así cualquier inseguridad que John había albergado secretamente.
Había estado toda la mañana repasando la página en Facebook de La Ciencia de la Deducción, donde clientes comenzaban a enviarles nuevos casos. La mayoría no lo valían, era John quien se dedicaba a filtrarlos dejando los que quizás pudieran atrapar la atención del genio detective, que en ese momento ingresaba por la puerta principal cargando una pequeña bolsa plástica. Fue entonces que sintió a su computadora tambalearse en su regazo y el genio en cuestión la apartó dejándola sobre la alfombra.
- ¿Qué se supone que haces? – Preguntó confundido y enfadado.
Sherlock, arrodillado entre sus piernas, no respondió con palabras, en cambio empezó a besar la cara interna de su muslo por encima de la tela de su pantalón. Le lanzó la bolsa y John atrapo entre sus manos un tubo de lubricante sin abrir.
-¿Qué te parece que hago?- Fue la insinuante respuesta que obtuvo.
"Vas a matarme", es lo que quiso decir, pero un sonido ronco de puro placer fue lo único que pronuncio, mientras Sherlock se lo tragaba entero.
Rápido y desordenado para John, Sherlock jamás perdió la mirada calculadora y de lujuria mientras se dilataba a sí mismo, penetrándose con sus dedos embadurnado de lubricante. Cuando se hundió sin ninguna advertencia previa en la erección de John, se permitió soltar por primera vez un gemido ahogado casi enmascarado por la fuerte maldición que lanzó John.
Vas a matarme. Se repetía en su cabeza mientras con movimientos viciosos penetraba a Sherlock una y otra vez.
- Increíble.-
-Hum…
- Brillante, en serio increíble.
- Ya dijiste eso.- Reprocho Sherlock sin convicción, con su risa baja y profunda, casi un ronroneo.
- No me importa, voy a seguir diciendo que eres jodidamente increíble.- Murmuro sobre la piel encima de su clavícula, repartía besos haciendo un camino por su cuello hasta detrás de su oreja con lentitud y dedicación. Quería decirle con sus besos todo lo genial que era, lo deslumbrante y fantástico. Había resuelto un caso conectado tres muertes sin ninguna relación aparente en menos de cinco minutos. Brillante.
Como pocas veces tenia a Sherlock sobre su cama y no planeaba liberarlo hasta demostrarle todo lo genial que era. Quería meterse por debajo de todo ese control, derribarlo y devolverle todo aquello que le había dado desde su regreso a Baker Street. Gracias (beso), eres brillante (beso), te amo (beso). Le quitó botón a botón su camisa, una azul profundo que contrastaba deliciosamente con su piel.
- Nunca voy a dejar de repetirlo, porque no importa cuánto tiempo pase,- tomó uno de los pezones de Sherlock entre sus dientes, lamiéndolo y dando un pequeño tirón que le ganó un suspiro del más joven. John subió su mirada, imposible de apartarla de los ojos de su amor.- nunca dejas de maravillarme.
Dejó un cálido beso sobre su esternón antes de separarse para quitarse su propia camisa bajo la atenta mirada de Sherlock. Cuando quedó despojado, su atención se dirigió inmediatamente sobre la cicatriz en su hombro izquierdo, como siempre sucedía cada vez que John se desnudaba.
- No me importa que la toques, sé que quieres hacerlo. – No hacía falta ser un genio deductivo para darse cuenta después de compartir su cuerpo con el mismo hombre tantas veces, que el otro siempre se contenía.
- Quiero hacerlo.- Admitió sin rastro de vergüenza, solo curiosidad y algo más oscuro e indescifrable.
John tomó su mano y la guio directamente donde la piel más oscura y engrosada se extendía irregularmente sobre su hombro. Inhaló profundamente cuando sintió los exploradores dedos palpar los bordes y ángulos, y John sabía que en su cabeza Sherlock reconstruía el trayecto con fascinación. Sin previo aviso los labios en forma de corazón se cerraron sobre la antigua herida, entreabriéndose para dejar pasar su lengua sobre la cicatriz. John suspiro atrayendo su mano hasta la maraña de rizos, acariciándolos.
- Me gusta.- Confesó en un susurro. John no pudo evitar dejar escapar una risa divertida.
- Por supuesto que sí, estoy seguro de que te genera morbo, maldito loco.
Sherlock se separó para mirarlo con una sonrisa divertida en sus labios.
- Quizás.- Contestó antes de besarlo.
Sherlock se encontró recostado sobre la almohada otra vez, con John todavía encima suyo depositando besos húmedos y lánguidos en su mandíbula y pómulos. Dios esos sensuales pómulos suyos.
Era diferente hoy, de alguna forma era diferente y Sherlock no tenía idea de que era, la anticipación creció en el aumentando su excitación, ya palpable contra el abdomen del médico.
- Me encantan tus pómulos.
John se separó para mirarlo una vez más. ¿Qué es? ¿Qué quieres decirme? Había una advertencia silenciosa y potente en los ojos serenos de John Watson, pero era una calma falsa, como la que precede a la tormenta.
No fue apresurado, se tomó todo el tiempo del mundo para hacerlo suyo, porque es exactamente lo que sentía en esos momentos. Que ambos tenían todo el tiempo del mundo y ya nadie iba a quitárselos. Nadie iba a quitarle a Sherlock Holmes, nadie va a separarme de ti, le pronunció al oído provocando que la mirada calculadora se desenfocara y un temblor profundo azotara su pálido cuerpo. Beso cada parte de su figura, deteniéndose sobre todo en los sitios más íntimos, donde no importaba quienes otros hubieran estado; mientras enterraba su rostro en la entrepierna de Sherlock, oliendo y marcándolo con su saliva en un gesto tan primitivo como sensual, le prometió que se lo cogería tantas veces que no iba a ser capaz de quitarse el olor de sus aromas mezclados.
Un quejido profundo y el movimiento de su pelvis, acercándola más al rostro de John, fue toda su respuesta. Sabía que había movilizado una fibra especial en él, Sherlock a diferencia del resto de las personas, era muy susceptible a los olores.
- No vas a ser capaz de sacarme nunca de ahí, me voy a meter debajo de tu piel.
- John…
El médico se detuvo para verlo, sorprendido momentáneamente; jamás había escuchado su nombre pronunciado con tanta necesidad.
- Aquí estoy, mi amor, no voy a irme.- Le besó las mejillas y un nuevo gemido fue su contestación.
Inseguro de que fue exactamente lo que logró tal resultado, Sherlock enroscó sus piernas alrededor de su cintura y lo atrajo con fuerza, los ojos oscurecidos y desenfocados de placer.
No podía abrir los ojos, era insoportable. La sobrecarga sensorial, la conocía, pero era la primera vez que la experimentaba sin sustancias químicas de por medio. Entreabría los ojos y a través de sus pestañas veía a John, lo sentía entre sus piernas moviéndose, penetrándolo, separándose lo suficiente para permitirle vez justo el lugar en el que se unían, donde el miembro de su amigo se hundía directamente en él. Juntos.
Encima de él, John era hermoso. Su piel dorada por los reflejos de la luz de la lámpara, húmeda y brillante por el sudor. Recorrió la palma de la mano por su bíceps hasta su cuello, pasando por sobre su cicatriz. Tenía los labios entreabiertos, respirando con dificultad a través de ellos. Sus ojos entrecerrados apenas permitiendo pasar el azul de su color. Su expresión era algo que jamás había visto hasta el momento, era abierta y plena, pura adoración. Se curvó con un gemido insoportable cuando John encontró el lugar exacto de su próstata. Atrayéndolo por el cuello, lo mantuvo tan cerca como era posible. Juntos. Era imposible estar más juntos que esto; sus respiraciones se sincronizaron. Uno solo.
- ¿Sherlock?-
Que quizás hasta entonces había sido un ser incompleto…
- ¿Sherlock, estás escuchando?
… con un vacío que no había sabido que tenía hasta que…
- ¡SHERLOCK!- Gritó Lestrade. Estaba sentado de pronto en su oficina, con Lestrade mirándolo enfurecido del otro lado del escritorio. John, completamente vestido y compuesto, le miraba con una ceja levantada desde la silla a su lado. - ¿Está listo su majestad para compartir sus pensamientos con el resto de la gente común?- Sarcasmo.
Se había perdido en los recuerdos de la noche anterior mientras miraba la foto de un departamento vacío, una antigua escena del crimen ya desmantelada. Cierto, estaba en medio de un caso.
- La… eh…- Carraspeó.- ¿Puedes repetirme tu pregunta?
- ¿Sherlock, estás bien?- La voz preocupada de John vino desde su derecha. Incluso Lestrade se veía fuera de lugar, sorprendido por su pregunta. Cuando no contestó de inmediato, John se puso de pie y los excusó pidiendo un minuto al Detective Inspector.
Lo tomó por la manga de su abrigo, sacándolo de la oficina del oficial, directamente a uno de los pasillos de la central de Scottland Yard.
- ¿Qué sucede?- Repitió, acercándose más y bajando la voz. Sherlock negó con la cabeza, esa sensación extraña de calor y ansiedad otra vez.- Sherlock… ¿Qué necesitas? Estoy aquí.
Entrelazando sus dedos con los de John, lo sacó de ahí, empujándolo directamente sobre una de las puertas laterales.
- ¡¿Qué diablos?! – Se quejó el Doctor mientras era prácticamente arrastrado al interior de lo que parecía un depósito de archivos.
El detective lo encerró en un abrazo sorpresivo, a los que empezaba a habituarse. Esta vez coló sus manos por debajo de su camisa, palpando la piel de su espalda. Heridas, pequeñas excoriaciones lineales causadas por sus propias uñas la noche anterior.
- Te necesito. Aquí y ahora, tengo que tenerte. - Explicó como si fuera lo más natural del mundo.
- ¿Qué?- Fue su pregunta ahogada, con las pupilas dilatadas salvajemente. Sorprendido y excitado. Jamás habían hecho nada fuera de la seguridad de las cuatro paredes de Baker Street, y aquí estaba, con una expresión casi desesperada, Sherlock Holmes reclamándolo. Aquí, y ahora.- Sí. – Asintió antes de ser empujado contra un archivador y devorado por el detective.
