Fucking Perfect

Capitulo 3

Soledad.

Narrador PoV.

Bella no podía con aquel sentimiento que la embargaba, aquel dolor en el pecho que le sacaba el aire y no le permitía ver mas allá del presente, se sentía vacía, a la deriva, todo por lo que ella había luchado se desvanecía ante sus ojos, todo perdía sentido. Aquel hombre que la había educado con mano firme pero sobre todo con un amor infinito, ya no se encontraba a su lado. Todo había terminado.

No lograba concebir porque aquel Dios todopoderoso había decidido arrancarlo de sus manos ¿Qué había hecho ella mal? Se sentía culpable, pero la verdadera razón de ese terrible sentimiento de culpa era la cizaña que Renata había sembrado en su pequeña hija.

Después de la muerte de su padre, Isabella se había encerrado en su habitación y decidido que no saldría de ahí a menos que fuese estrictamente necesario, no quería ver a nadie, ni comer y ni si quiera podía conciliar el sueño. Se la pasaba noche tras noche viendo fijamente la ventana que daba hacia el patio trasero donde colgaba un columpio que su padre había colgado para ella cuando había cumplido los siete años. La casa entera estaba llena de sus recuerdos, de su aroma e incluso había ocasiones que Bella juraba sentir la presencia de alguien en su habitación. Ella anhelaba tanto volver a su padre, decirle cuanto lo amaba y rogarle por que se quedara a su lado.

Fue una fría mañana de noviembre, cinco meses después de la muerte de Charlie, que Isabella decidió salir de su habitación por otra razón que no fuese ir al instituto. Salió al pasillo llevando un vestido de encaje y manga corta en color vino, se puso la bufanda de cachemira que su padre le había regalado en su ultimo cumpleaños juntos. Camino tristemente por la desolada casona de los Swan, Renata se encontraba viendo la televisión en la gran sala, ella a diferencia de su hija había superado su perdida relativamente pronto y se había dedicado de ir en fiesta y fiesta, derrochando el dinero que había cobrado del seguro de vida de su difunto marido.

— ¿A dónde vas? —le reprocho Renata cuando la vio bajar las escaleras.

—Voy al jardín —su voz era plana, ausente de sentimientos y con aquel timbre de voz que le partiría el corazón a cualquiera… menos a su madre.

— ¡Vaya! Hasta que decides salir de esa cochina habitación ¿Volverás a tu vida o seguirás actuando como un zombi? —contesto ella burlona.

— ¡Mi padre murió! —Grito Bella tratando de que las lagrimas no se derramaran por sus mejillas todavía.

—Era mi esposo también —le recordó Renata.

—Pues no parece ¡Ni si quiera le guardaste un mes de luto! —aquella niña había crecido odiando a su madre y el hecho de que no se preocupara por la perdida de Charlie la hacia enfurecer.

—No me digas que es lo que debo hacer — la regaño Renata volviendo su atención a la televisión.

Bella sintió sus mejillas arder de pura rabia, no podía creer que ese ser sin corazón fuera su madre y que la hubiera cargado en su vientre por nueve largos meses. Totalmente cegada por su ira se acerco a su madre y le arrebato el mando a distancia del televisor y la observo fijamente a los ojos.

— ¡Eres una maldita perra desgraciada! —le grito —Charlie esta muerto y a ti no te importa nada ¡Nada! ¿Cómo puedes ser tan insensible?

— ¡No te permito que me hables asi! —le contesto Renata dejándole caer una cachetada que resonó en toda la habitacion.

La mirada de Bella se lleno de odio y rencor, su padre nunca la había tocado ¿Por qué debía dejarse de aquella mujer que se decía ser su madre? Alzo el rostro después de recibir el golpe, las lagrimas afloraron sin remedio y se presipitaron hasta el suelo pero ella no hizo ninguna mueca de dolor. Actuando instintivamente le regreso el golpe a Renata, pero su mano estaba cargada de catorce años de rechazos y humillaciones por parte de ella.

—Y yo no te permito que me vuelvas a tocar —contesto Bella en un susurro.

Después de susurrar eso, dio media vuelta y salió al jardín sin voltear atrás. Se sento en el columpio y se dispuso a observar el enorme jardín que su padre se había esmerado en mantener hermoso para su princesa. Al ver aquel lugar mágico que su padre había construido para ella su mente se lleno de recuerdos y su mirada se perdió entre los momentos imborrables que paso con su progenitor.

—Bella…

Fue aquel susurro de esa voz que reconocería en cualquier parte del mundo, lo que la hizo volver al presente, frente a ella estaba la segunda persona mas importante en su vida. Nada importaba si Edward estaba a su lado, sosteniendo su mano y diciéndole que todo estaría bien, estando con él se sentía segura y por un momento la pena parecía verse sobrepasada por la felicidad que aquel amigo traia consigo.

— ¿Qué haces aquí? —pregunto ella frunciendo el ceño ligeramente.

— ¿Qué te paso en el labio? —pregunto él a cambio.

La mano de ella volo hasta la comisura de sus labios, ahí sintió algo húmedo y al observar sus dedos estos estaban teñidos de un color rojo carmesí con aroma a oxido y sal, hizo una mueca de desagrado y sintió pequeñas punzadas en el area afectada, al parecer Renata le había reventado un poco el labio.

—Estoy bien —contesto ella tratando de restarle importancia —tuve una pelea con Renata.

— ¿Te golpeo? —pregunto él, sustituyendo su exprecion de preocupación por una de rabia.

—No te preocupes, se defenderme —contesto ella dedicándole una sonrisa torcida.

Edward le regreso la sonrisa pero esta no llego a reflejarse en sus ojos, le dolia ver a su mejor amiga sufrir de esa manera y ser rechazada una y otra vez por su madre. En ocaciones pasaba noches enteras como era posible que una madre no tuviera ni una pizca de amor hacia su única hija pero siempre terminaba dándose por vencido porque simplemente su cerebro no lograba encontrar una respuesta razonable a todas sus preguntas.

—Pero dime, ¿Qué haces aquí y como entraste a la mansión del terror? —pregunto Bella tratando de quitarle tensión al ambiente. Él siempre lograba sacar a relucir el lado divertido de ella y eso le encantaba porque sentía que podía ser ella misma sin el temor de ser juzgada injustamente.

—La verdad, es que salte la barda, espero que no te moleste —susurro apenado —pero es que no podía esperar hasta mañana para verte.

— ¿Por qué? —preguntò ella.

—Debo decirte algo… importante —contesto él, rehuyendo de su mirada.

—Pues… adelante —le animo ella con una sonrisa dibujada en el rostros para infundirle valor.

Edward se quedo observándola por un largo minuto. Definitivamente admiraba a esa chica que a pesar de sufrir todo tipo de agresión por parte de su madre seguía manteniéndose en pie y sonriéndole a la vida, observo con cariño aquel hermoso par de ojos achocolatados que le habían eclipsado desde que se había topado con ellos en el jardín de niños y después aquellos carnosos labios rojos que le llamaban a la tentación.

Sin decir palabra cerro la distancia que los separaba para unir sus labios con los de Isabella. Él se limito a dejar un casto beso en esos labios de miel y después se alejo un par de centímetros para leer la expresión de su amiga, rogando internamente por que su semblante no reflejara repulsión.

En el interior de Bella todo se había detenido, por un minuto su corazón se quedo quieto para después continuar su carrera a toda marcha, bombeando sangre sin parar a un ritmo desesperado, trato de desifrar ese beso pero su cerebro era incapaz de formar una sola oración coherente.

—Me gustas —le confesò él al ver que esta no decía ni una sola palabra.

Al escuchar aquella declaración Isabella sintió una delicada corriente de aire que acaricio sus mejillas, sus labios y sus parpados, aquella corriente le hizo recordar a su padre y al cerrar los ojos vislumbro su rostro sonriente. Inconcientemente ella sonrio también, y supo que aquella corriente de aire era la caricia callada de su padre que le decía que todo estaría bien.

— ¿Bella? —la llamò preocupado al ver que ella solo sonreía con los ojos cerrados.

Ella abrió lentamente los ojos sin perder la sonrisa y le lanzo los labios a cuello a su compañero mientras reia. Una risa sincera que decía como su corazón volvia a latir, después de haber pasado cinco meses con callados lamentos. Ella volvia a sentirse viva, caliente, con ilusiones; volvia a abrirle las puertas al mundo y se decidia a ser feliz con aquel hermoso angel que le había mandado el cielo para enmendar todo sus angustias.