Nota: Siempre es importante y lo primero que hay que decir es que los personajes y lugares le pertenecen a Tolkien. Esta historia traída por los pelos no es más que patrañas mías. Una gran disculpa por actualizar luego de dos años. Sí, soy muy irresponsables.
Capítulo 4
—Ese Feanaro era un caso perdido —pensaba Nerdanel camino a casa. Al parecer se molestaba de cualquier cosa y eso era algo que ella no estaba dispuesta a soportar por muy atrayente que encontrara al príncipe. Luego se regañaba por sus divagaciones, nadie le había dicho que el príncipe estuviese interesado en ella, pero para sincera sí encontraba al príncipe atractivo.
Su casa era aburrida sin su padre, que siempre solía estar de buen humor trabajando los metales, experimentando con cada cosa nueva aprendida de Aulë. Sin mucho que hacer Nerdanel pensó que lo mejor sería dormir por lo que quedaba de la jornada, así por lo menos dejaría de tener esos pensamientos sobre el príncipe.
Se fue a su habitación y comenzó a desvestirse para acostarse. Desanudaba su vestido cuando al ver su reflejo en el espejo notó que no era la única en la habitación. Dio un grito por el susto e inmediatamente después tomó el florero en su mesa de noche para lanzárselo certeramente al intruso.
Mahtan entró a la habitación preocupado por el escándalo.
—¡¿Hijita, qué te ha pasado?! –dijo el elfo.
—Un intruso –respondió la doncella señalando al elfo inconsciente en el piso. Luego preguntó —. Papá ¿cómo llegaste tan rápido?
—Tuve un presentimiento y regresé. Sentí que podría perderte –dijo Mahtan —. Veo que hice bien, no me perdonaría si algo te pasara. ¿Quién es este sujeto? ¿Qué quería?
El herrero se acercó al caído y al voltearlo reconoció al hijo del rey que yacía en el suelo y debajo de él el libro que Nerdanel le había prestado.
—¿Por qué está el príncipe Feanaro aquí?
—No lo sé –dijo Nerdanel dubitativa al observar al hijo de Finwë—. Tal vez vino a traer el libro que le presté.
—¿Pero qué hacía en tu habitación y por qué estás a medio vestir? –Mahtan era un elfo muy paciente, pero todo le parecía muy irregular.
Nerdanel tuvo que explicarle que Feanaro estuvo el otro día buscando a un instructor para aprender a trabajar los metales, estando el herrero ausente, mandó al príncipe de regreso al palacio con un libro para que fuera aprendiendo mientras Mahtan regresaba.
—Le dije que volviera cuando hubiese aprendido de memoria todos los minerales, pero me dijo que lo haría para hoy –explicó la doncella —, no pensé que volvería tan pronto.
—Eso no explica su intromisión en tu habitación, a menos que tú le hubieras dado algún motivo –dijo con cierto recelo.
—Te juro padre que yo no sabía que estaba aquí, estuve sola toda la tarde luego de volver del palacio, cuando le devolví el vestido a la señora Indis.
—Igual, esto no puede quedarse así –dijo Mahtan —. Iré a hablar con el rey sobre este tema y de paso le llevaré a su hijo.
—Te acompañaré.
—No, será mejor que te quedes. No te preocupes, no estoy disgustado contigo, sé que eres una buena muchacha.
El herrero levantó al joven de cabello negro y fuerte como era no tuvo problemas para llevarlo hasta su carruaje y dirigirse al palacio de Tirion. Una vez en el palacio Mahtan ingresó con Curufinwë en brazos, la gente se sorprendió por la escena y llamaron a Finwë que fue en compañía de Indis a ver lo que había pasado con el príncipe.
En el palacio Feanaro recobró la consciencia y aturdido preguntó donde estaba. Pudo ver los rostros de su padre y del herrero que le miraban con muestras de enojo, mientras el príncipe yacía tendido en el piso del palacio.
—¿Qué ha pasado, dónde estoy? –preguntó reincorporándose
—Está en el palacio de su padre, donde tendremos una charla sobre la intromisión en domicilios de frágiles doncellas puras e inocentes.
—Su hija tiene la mejor puntería que he visto –dijo Feanaro tocando el chipote en su cabeza—. No creo que haya alguien capaz de amenazarle sin salir herido.
Malas palabras elegidas en el peor momento.
—¡Aja, reconoce que intentó amenazar a mi hija!
—¿¡Feanaro, por qué amenazaste a la doncella?! –Finwë preguntó preocupado
Feanaro enfocó la vista y reconoció al rey que no se veía contento. Luego recordó lo que había hecho durante la tarde.
Al salir de la biblioteca se disponía a marcharse de la ciudad, pero al ver a Nerdanel regresando a casa decidió seguirle como si no tuviese a donde más ir. De lejos la observaba con cierta fascinación, captando cada movimiento de ella, ya sea al ingresar a su casa, o al salir al taller de su padre. Fue ese el momento en que Feanaro intentó ingresar a la casa para mostrarle que había aprendido de memoria todo el contenido del libro, pero como Nerdanel no regresaba se subió a un árbol y desde ahí vio una ventana abierta. No le costó trabajo entrar por la ventana para ir al salón principal, pero se entretuvo observando las cosas de Nerdanel.
Los adornos finamente elaborados, esculturas maravillosas, muebles forjados con gran destreza y una mesita de noche con un florero lleno de hibiscos.
—Lo lamento –dijo Feanaro —. No fue mi intención molestar.
—Las disculpas no bastan, ¿sabes lo que dirá la gente si se enteran de que irrumpiste en la casa de Mahtan e intentaste atacar a su hija?
—Padre, yo no quería molestar a Nerdanel, solo quería hablar con ella.
—Tu comportamiento amerita un castigo Feanaro, sé que he sido muy blando contigo, pero esto fue la gota que rebasó el vaso. Señor Mahtan si hay algo que pueda hacer para aminorar su indignación dígame.
—Yo quisiera que no se acerque más a mi hija –dijo el herrero. Feanaro vio con preocupación a su padre, ese castigo era demasiado, por fin se daba cuenta de que no soportaría no volver a ver a Nerdanel.
—Querido —dijo Indis había observado al discusión en silencio —. Creo que Curufinwë puede compensar al señor Mahtan trabajando para él. Entiendo que no hay otra persona en Arda que conozca más de la sabiduría de Aulë, y es además un elfo paciente y amable. Tal vez sea eso lo que el príncipe necesite, una ocupación.
Por fin Feanaro vio una aliada que jamás hubiese esperado. Indis estaba abogando por él y parecía saber lo que él quería.
—Pero mi hija, ¿quién me asegura que no volverá a intentar volver a amenazarla?
—Feanaro le puede dar su palabra de que ello no ocurrirá –Indis le dirigió la mirada al espíritu de Fuego.
—No haría nada para dañar a su hija, señor –dijo dócilmente el príncipe.
—Bueno, mi hija me dijo que estaba interesado en aprender sobre los minerales –dijo Mahtan reticente —. No sé si será buena idea, además no es trabajo para un príncipe.
—No hay nada más que mi corazón desee más.
