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EL DRAGÓN DORADO
Escrito por El Palabragrís
Acto Primero
La Gema del Cecile
Capítulo II ~ Negociaciones
Lina no quitó los ojos ni un momento de los hombres que tenía en frente, los que continuaban apuntándola a ella y a Gourry con sus armas. La situación les era realmente desfavorable y sabía que aunque debía hacer algo deprisa, no podía permitirse el lujo de distraerse ni siquiera un momento. Y es que aunque la aparición de ese joven jinete, ese tal Altair, había calmado un poco los ánimos de los soldados, éstos no habían dejado de considerarlos enemigos, y la hechicera sabía de forma muy cierta que los hombres de Galdabia caerían sobre ellos al menor atisbo de duda o ante la más mínima orden que diera ese chiquillo a caballo, quien se había presentado a sí mismo como un general de los ejércitos que ahora los amenazaban. Era algo que no podía permitirse en ese momento, mucho menos ahora que su guardián estaba fuera de combate.
Con esto en mente, la hechicera tanteó el cuerpo de su compañero de aventuras buscando alguna herida grave o algo que explicara su mal estado, pues le extrañaba muchísimo que un hombre capaz de soportar todo el castigo que ella le propinaba en sus más que justos (a su juicio) arranques de ira hubiera perdido el conocimiento por el simple daño que pudo haberle provocado una flecha.
«Cerebro de medusa —pensó mientras continuaba cuantificando el estado del espadachín, procurando nunca bajar la vista para revisar su cuerpo directamente con sus ojos, evitando brindar una apertura a los hombres que los rodeaban—. Éste no es el momento de dormir. ¡Despierta de una vez!».
Lina pudo tranquilizarse recién pasados unos segundos, cuando se percató mediante hechizos y experiencia que las heridas de su compañero no eran más que superficiales y que necesitaría solamente un poco de descanso para reponerse casi por completo.
«Pero no tenemos tiempo para eso —volvió a pensar, aún observando a los hombres—, y aunque puedas soportar el Recovery, dudo mucho que estos tipos nos dejen tranquilos para aplicar el hechizo completo, así que lo siento, Gourry, ¡pero esto tendrá que ser por las malas! ¡Sé que lo entenderás después!».
Y una vez decidida, y no pudiendo evitar que una ligera sonrisa se le formara en el rostro, Lina se permitió bajar la mirada por un solo segundo hacia el cuerpo de su compañero, el que yacía a sus pies, y con una mano alzada al aire, justo cuando una esfera de energía anaranjada se formó en su palma, exclamó de forma rápida:
—¡Fire Ba-!
—¡Espera un momento! ¿Es qué quieres dar muerte a ese hombre, Lina Inverse?
La voz que interrumpió a Lina, y que la obligó a levantar la vista nuevamente, provino de Altair, el joven jinete que tras percatarse de las intenciones de la hechicera (incomprensibles, a su juicio), se acercó rápidamente a ella a lomos de su caballo para detenerla.
—¡Tú no te metas! —le gritó la hechicera de vuelta, permitiendo que su carácter se llevara lo mejor de ella.
«¡Maldición! —exclamó al mismo tiempo dentro de su cabeza—. ¡No logré mantenerme alerta y este mocoso se acercó demasiado! ¡Maldición!».
—La verdad, hechicera, es que no me inoportuna lo que hagas con tu guardaespaldas —le dijo el muchacho mientras descendía de su caballo para proceder a observar a Lina directamente a los ojos, sin mostrarle respeto alguno, lo sólo lograba que la hechicera oscura se irritara aun más—, pero no me parece apropiado que remates a un hombre que yace inconsciente, mucho menos a uno que te salvó la vida.
—Sí, es verdad —se escuchó decir a uno de los soldados de Galdabia que rodeaban a la hechicera.
—Ese hombre se interpuso entre el suelo y ella para salvarla, ¿y esa mocosa quiere matarlo? —se escuchó decir a otro.
—¡Eso es muy cruel! —gimió un tercero, llorando por la emoción—. ¡Muy, muy cruel!
Si Lina ya se sentía irritada antes, el hecho de haber mostrado un atisbo de debilidad bajando la guardia y de recibir las burlas de hombres a los que ella consideraba como altamente inferiores no hacía más que aumentar la ira que nacía dentro de su ser. Sin embargo, cuando parecía que toda prudencia que la mantenía iba a perderse, desatando una bataola que arruinaría una gran oportunidad de ganar dinero, fue nuevamente la voz de Altair la que la regresó a la realidad, aunque no de la forma más agradable:
—No sé cuánto más tiempo anheles desperdiciar en este lugar, pero puedo asegurarte que es tiempo del que yo carezco —la forma de hablar del muchacho, tan rebuscada y llena de palabritas que poca gente usaba, logró, sin embargo, que una vena se hinchara nuevamente en la frente de la hechicera—. Su Majestad lleva mucho tiempo aguardando tu arribo, Lina Inverse, y si continúas desperdiciando su tiempo aquí, seré yo en persona quien le informe que has desistido de su encargo por nimiedades.
Lina entendió perfectamente lo que el muchacho intentaba decirle, y aunque gran parte de su ser lo único que deseaba era saltarle al cuello como una fiera salvaje, sin importarle las consecuencias ni la integridad de su compañero o la suya propia, la restante no había olvidado la gran oportunidad que los dioses le habían otorgado. Respiró profundamente, sin despegar la vista de los ojos de Altair, como si aún sus egos se estuvieran desafiando, y tras un momento, concluyó, diciendo con brusquedad mientras intentaba controlar lo que le quedaba de molestia:
—¡Eso ya lo sé, maldición!
Debió apelar a toda su fuerza de voluntad para no golpear a su ya caído compañero, a quien había comenzado a culpar de aquel incómodo momento que había vivido, sin siquiera detenerse a considerar cómo él la había protegido de aquella peligrosa caída.
«Eso para después —pensó, evitando profundizar en ese asunto para no avergonzarse todavía más—. Quizás».
Reuniendo valor, uno de los soldados de Galdabia se acercó a su general, y con la cabeza gacha, mostrando respeto y sumisión, se arrodilló ante él, sin levantar la mirada hacia Altair ni por un segundo.
—Mi Señor —le dijo—, le ruego que por favor se aleje de esta bandolera. ¡Los miembros de los Hijos no merecen estar ante su presencia!
Altair volteó hacia el soldado lentamente y con rostro inescrutable, pues no parecía ser capaz de demostrar otra emoción más que una seriedad casi vacía; estoica. Por un instante, no se oyó nada en lo que parecían ser kilómetros y el aire se volvió más denso, tanto que hasta Lina se mantuvo atenta, esperando a que Altair eliminara a ese atrevido soldadito con la misma facilidad con la que había acabado con esos zombies de ultratumba; sería un acto digno de alguien que parecía ser tan poco compasivo, tan frío y calculador. Y por sobretodo, sería una venganza digna contra aquellos que osaron llamarla "Hija" de quién sabe qué. Sin embargo, la reacción que tuvo Altair fue algo que Lina no se esperó, pero que la llevó a comprender que el excesivo respeto que le mostraban los soldados no se debía al miedo, sino a un respeto genuino e incondicional.
Altair, tras un largo momento de silencio, como si ponderase en su mente las acciones a tomar, se arrodilló ante el soldado, el cual pareció estremecerse cuando el muchacho le puso una mano en el hombro.
—Ten paz —le dijo, con una voz que demostraba una candidez que parecía sincera aunque su rostro no había cambiado de aspecto en absoluto—. Estos mercenarios no pertenecen a los Hijos. No estamos en peligro con ellos.
—Mi Señor... —murmuró el hombre con el rostro lleno de alegría y con los ojos casi al borde del llanto, como si el hecho de que su General le dirigiera la palabra valiera más que mil medallas ganadas.
«Pero qué conmovedor...», pensó la hechicera, dibujando una mueca que variaba entre la repulsión y la lucha por no largarse a reír ante la escena. Todo, de alguna forma, le resultaba desagradable.
Altair se puso de pie tras sus palabras y con un gesto de mano le indicó al soldado que lo imitara. Éste se levantó tembloroso, como si los gestos que aquel chiquillo, más bajo en estatura que él y a simple vista mucho menos imponente, fueran suficientes para derrumbarlo por completo.
—Haz llegar mis órdenes —continuó diciéndole con voz tranquila—: que los heridos sean llevados a las casas de curación; que nuestros caídos reciban los máximos honores. También envía emisarios donde Su Majestad, que le informen que Lina Inverse ha arribado y que lo verá en breve.
El soldado tensó todo el cuerpo y, alzando el pecho, saludó a su general a la usanza militar, golpeándose el pecho con un puño.
—¡Enseguida, Señor! —gritó con todas sus fuerzas, quizás demasiadas producto de la emoción, y echó a correr para cumplir lo que le habían encomendado.
Entonces, Altair volteó al escuchar unos aplausos un tanto burlescos que provenían de la muchacha a su espalda.
—Bonito y empalagoso espectáculo, General —se burló Lina, sonriendo con sorna. Había recuperado completamente la compostura—. Ahora, ¿podemos llevar a mi compañero a esas lindas casas de curación para luego ir a ver al rey?, pues ambos sabemos que debe estar esperándome ansiosamente, como corresponde.
La muchacha acabó su frase guiñándole un ojo, lo que Altair interpretó de inmediato como la coronación a tan insultante forma de dirigirse a él. Si ya antes se habían enfrentado con las miradas, esta vez se declararon una guerra. Lina, sonriente y con una confianza equivalente a la más grande muralla jamás levantada, observaba al muchacho, que se negaba a cambiar su semblante, pero que la miraba con igual fiereza. Una profunda sensación de enemistad había nacido entre ambos, aunque a fin de cuentas a la hechicera no le importaba: no había venido a hacer amigos, sino que a ganar dinero.
—Sígueme —le dijo el muchacho a secas, comenzando a caminar sin darle más importancia.
—¡Je! —exclamó ella, acentuando su sonrisa—. No tienes para qué decirlo.
Y olvidándose de que hace sólo unos minutos había estado preocupada por su compañero (más de lo que algún día se atrevería a admitir) lo tomó por un pie y se lo llevó arrastrando como si fuera un bulto. Los soldados, ya informados, les abrieron paso sin problemas, agachando la cabeza ante su general. Así fue como Lina Inverse y un inconsciente Gourry Gabriev cruzaron las grandes puertas de las murallas de Galdabia, haciendo su ingreso al reino.
~ o ~ o ~ o ~ o ~
Gourry despertó mareado y, por sobretodo, hambriento, pues había estado soñando con abundante comida, por la cual competía en una lucha a muerte con Lina, como era de costumbre. Irguió pesadamente la parte superior del cuerpo, rascándose la nuca con pereza, y dejó escapar un profundo bostezo mientras se preguntaba si su compañera conocería algún restorán cercano donde pudiera satisfacer el apetito. Con la mente adormecida y un hilillo de saliva cayéndole desde la comisura de los labios, observó a su alrededor y se percató de que estaba en un lugar desconocido. Entonces, como un torpe torrente de imágenes difusas y vagas, el espadachín recordó, o al menos lo intentó según las posibilidades de su particular fisionomía, lo que había ocurrido anteriormente; la sensación de urgencia que lo azotó ante aquellos recuerdos lo hizo despertar de golpe. Se levantó de un salto, con Lina en la cabeza, y, como si aún estuviera en medio de la batalla, y se llevó la mano a la cintura, buscando su espada, pero al no percibir la familiar sensación de la empuñadura de su arma acariciando su adiestrada mano, se miró confundido, dándose cuenta de que su espada no estaba; ni siquiera llevaba puesta su armadura liviana. En su pecho tan sólo vestía una venda que cubría sus magulladuras y heridas.
Volvió a estudiar el lugar de su estancia con más detención que antes, buscando sus pertenencias, pero lo que encontró fue muy distinto: ante sus ojos se abría, bajo la oscuridad de una gran habitación alumbrada por pocas velas, la escena posterior a una masacre. Yacían ante él, tendidos sobre camillas idénticas a la que él había ocupado, una gran cantidad de hombres heridos de diversa consideración. Algunos guardaban un silencio profundo, como si ya no pertenecieran a este mundo; otros se quejaban, aferrándose a la vida a pesar del dolor que los embargaba.
—No sé por qué, pero algo me dice que Lina no está aquí —se dijo, intentando explicarse qué estaba ocurriendo, algo en lo que fallaba completamente.
De pronto, una anciana de muy baja estatura y de rostro arrugado apareció de entre las sombras, llevando en sus manos un par de toallas y otros utensilios para los heridos. Al ver a Gourry de pie, sonrió y se acercó a él.
—Veo que ya está completamente recuperado, señor.
Al acercarse a la luz de la vela sobre la mesita de noche a un costado de su camilla, el espadachín se percató de que las ropas de la ancianita estaban manchadas de sangre.
—Eh, sí... —respondió torpemente—. Disculpe, ¿se encuentra bien?
La anciana comprendió a qué se refería el muchacho y sonrió tristemente, mirándose sus vestimentas.
—Estoy bien, pero no puedo decir lo mismo de estos hombres, señor.
—¿Qué ocurrió? —preguntó el espadachín. La ancianita lo miró un tanto confundida.
—¿Es que no lo sabe, señor? Pensé que usted también había participado en el combate.
Gourry levantó ambas cejas, se llevó una mano al mentón y cerró los ojos. Su semblante se tornó serio.
—¿En serio? La verdad es que no me acuerdo de nada.
—Es normal, señor —le dijo la ancianita, volviendo a dibujar su sonrisa—. He visto a muchos soldados que han olvidado los horribles eventos de la batalla. Supongo que los ayuda a seguir viviendo.
Gourry rió, rascándose la nuca nuevamente.
—Sí, supongo que debe ser eso —concedió—. De cualquier forma, ¿no ha visto por aquí a una chiquilla más o menos de esta estatura, con cara de dragón hambriento, una bocaza tan grande como las fauces de un demonio desbocado y una notoria falta de pechos? —preguntó sin preámbulos, haciendo gestos con las manos en un intento por describir de la mejor forma posible a Lina.
La ancianita soltó una sonora carcajada; un sonido de felicidad que contrastaba completamente con la muerte que los rodeaba.
—Supongo que se refiere a la dama que acompañaba al Señor Altair.
—¿Dama? —el muchacho se lo pensó un segundo—. Es algo rebuscado, pero… sí, supongo que hablamos de la misma persona.
—Si es así, estuvo en esta casa de curación hace un momento. Sanó sus heridas y se marchó con el Señor.
—Se marchó, ¿eh? ¿No sabe adónde?
—La verdad, no, señor. Soy sólo una humilde enfermera que intenta ayudar a los heridos de nuestro ejército.
—Entiendo... —musitó el muchacho. Guardó un momento de silencio, observando a los hombres. No podía evitar recordar los eventos de su propio pasado; las mil batallas que había combatido durante su vida como mercenario.
—Señor —la ancianita lo llamó desde lo bajo, devolviéndolo a la realidad. Gourry dirigió la mirada hacia ella y vio que la mujer alzaba con dificultad su espada y su armadura—. Sus pertenencias, señor. Su armadura y la funda de su espada estaban manchadas con sangre, así que me tomé la libertad de limpiarlas. No es mucho, pero en esta situación es lo menos que puedo hacer por un joven tan valiente.
Gourry la contempló casi con admiración y terminó por sonreírle.
—Gracias —le dijo, tomando sus cosas—. No tenía para qué molestarse.
La ancianita le devolvió la sonrisa y le hizo una leve reverencia en forma de despedida. Tomó las toallas y los utensilios que había dejado en el piso, y reanudó la tarea de atender a los demás heridos. Gourry se la quedó mirando un momento. Los recuerdos de su pasado, de las varias veces en que se había visto ante camillas con hombres al borde de la muerte, hombres con esposas e hijos que los esperaban en casa, pululaban por su cabeza. Se ajustó la armadura, sintiendo el agradable peso sobre los hombros y la cintura, y acomodó su espada al cinto. Había perdido la Espada de la Luz hace tiempo y en sus viajes con Lina aún no lograba encontrar otra espada que se le equiparara, pero el arma que ahora colgaba a su costado era su compañera, la que le ayudaría a llevar a cabo su papel como guardián. No quería ver a Lina en una camilla de ésas. Nunca. Sacudió la cabeza, intentando borrar los recuerdos y la nostalgia, y estiró el cuerpo, recuperando el ánimo.
—Muy bien —se dijo—, a buscar a esa niña y a comer algo.
Sin decir más, se encaminó por entre medio de las camillas, observando a los hombres y reafirmando su decisión. Cuando por fin encontró la salida de la habitación, cerró la puerta tras su espalda, como si dejara su pasado atrás, sin sospechar que éste volvería para acecharle.
~ o ~ o ~ o ~ o ~
El pasillo era oscuro, pero cuando las puertas que daban acceso a la Habitación del Trono comenzaron a abrirse, la luz penetró por entre éstas, iluminando los rasgos de Lina. Ella, ahora con rostro serio y con la mente ocupada en las argucias que debería utilizar en la negociación que se aproximaba, se mostraba serena, aunque concentrada e imperturbable. Como buena mercenaria que era, había participado en muchas negociaciones antes, siempre sacando el mejor precio posible para sus intereses. Pero ninguna negociación anterior había resultado tan importante y, posiblemente, tan lucrativa como la que estaba a punto de tener. Debía contener sus ganas de sonreír, por mucho que los músculos del rostro desearan desobedecerla y las ansiosas mariposas en su estómago la instaran a ello. En esa ocasión, ella misma debía demostrarse tan osada y altiva como los mismos reyes, algo que, a decir verdad, le resultaba relativamente sencillo. Acabó por apretar con fuerza los puños mientras las puertas terminaban de abrirse; le impaciencia comenzaba a superarla y le resultaba difícil esperar.
Altair ingresó a la habitación en cuanto las puertas acabaron de abrirse, y lo hizo con la cabeza erguida y con el mismo silencio con el que se había limitado a cumplir las órdenes que le habían encomendado de guiar a Lina por la ciudad hacia el Castillo del Rey, en una ciudadela amurallada en el centro de ésta. Si bien mientras guiaba a la hechicera se había encontrado con muchos soldados que al verlo inmediatamente lo habían saludado con una reverencia, la recepción que obtuvo por parte de los miembros de la Corte presentes en la Habitación fue realmente fría, pues ni las sirvientas ni los guardias que solían pasar el día dentro de aquellas cuatro paredes parecieron acusar su presencia, sino que continuaron con sus menesteres comunes, formando un bullicio cacofónico de risas y rumores que resultaba extraño y contrastante con la majestuosidad de ese lugar. Cierto era que aunque la mayor parte de lo que Lina había visto del castillo no era más que una construcción de piedra vieja y oscura, en lo que algunos hubieran considerado (y no hubieran estado muy equivocados) como algo tenebroso, la Habitación del Trono era diferente, no sólo por la vida presente ahí, sino que por su iluminación, pues la Habitación era brillante, a pesar de que afuera reinaba la noche y no entraba luz de sol por las ventanas ubicadas en la parte alta de las paredes, y su iluminación permitía distinguir la gran variedad de cuadros de diversos tamaños y tópicos que colgaban de las paredes pálidas, con trazos coloridos y matices divergentes, y las múltiples estatuas de reyes de antaño, que ataviados en majestuosos ropajes de piedra caliza contemplaban a los miembros de la Corte como tristes testigos de ojos vacíos cuyas almas se hallaban perdidas en la historia del Gran Reino que alguna vez gobernaron. Sin embargo, lo que más capturaba la mirada no eran aquellos insulsos intentos de grandilocuencia y de arte, sino que era el Trono Dorado que se hallaba al final de la habitación, montado sobre tres escalones cuyo suelo estaba decorado por una alfombra de color escarlata. Y en el trono, ataviado con una gran y poderosa armadura del mismo dorado que su sillón real, yacía el Rey, quien a diferencia de las piedras con forma humana que representaban a sus antepasados, observaba el quehacer de sus guardias, sirvientes e invitados con ojos negros, fríos y profundos, los que reposaban bajo la sombra de dos frondosas cejas cuyo color era tan oscuro como el de la barba que adornaba el rostro del Monarca y del largo cabello que caía tras sus hombros. Vasch Gald XIII, hijo de Reyes, lo contemplaba todo desde su Trono, con el rostro apoyado sobre su puño derecho, claramente aburrido.
Cuando por fin llegó hasta donde daba inicio el primer escalón que elevaba el trono, Altair se dejó caer sobre una rodilla y agachó la cabeza, en completa sumisión. Recién en ese momento los miembros de la Corte del Rey parecieron percatarse de su llegada y guardaron silencio, no de inmediato, pero sí lo suficientemente rápido como para lograr que el ambiente se sintiera extraño. Entonces, el Rey Vasch pareció salir de su entumecimiento y posó los ojos sobre el General de su Ejército por sólo un instante para luego dirigirlos hacia la muchacha que se mantenía en pie detrás de él, con ambos brazos cruzados sobre su pecho y con dos ojos desafiantes que lo observaban fijamente y sin temor alguno, ni siquiera con una pisca de respeto. Harían falta cientos de reyes para que la idea de arrodillarse recién se atreviera a aparecer en la mente de Lina Inverse, siendo aniquilada por completo.
—Su Majestad —dijo Altair al fin—, os he traído a Lina Inverse, como vos lo ordenasteis.
Lina comenzó a golpear el piso con el taco de su bota, impacientándose. Ya sabía muy bien todo eso del "protocolo real", pero en algún lugar recóndito de su ser guardaba la esperanza de no tener que enfrentarse a tal trauma. Sin embargo, debía ser paciente, aguardar el momento preciso para comenzar a hablar, ser prudente para así sacar un buen provecho a sus fines...
—Sí, sí, soy Lina Inverse, la incomparable y todopoderosa hechicera a la que trajeron para cumplir un encargo. Vamos al grano: ¿qué tengo que hacer y cuánto voy a recibir por ello? Advierto desde ya que mis honorarios no son bajos.
Lina escuchó esas palabras como si salieran de otra boca, a pesar de ser suyas. Algo estaba claro: entre su naturaleza y su afán de ser prudente, la primera era claramente vencedora. Dando rienda suelta a sus impulsos y lanzando por la borda toda planificación anterior, dibujó una gran sonrisa en su rostro, dando inicio a tan esperada negociación.
Altair volteó la cabeza hacia ella, incrédulo. Por primera vez su semblante cambió de forma radical, mirando a la hechicera con sorpresa y asesina furia. Expresiones semejantes se mostraban en los demás presentes en la habitación del trono, aunque algunas de las sirvientas se cubrían la boca con ambas manos, claramente impresionadas. Pero el rey se mantenía silencioso, no demostrando sorpresa en ningún momento; su rostro parecía una máscara cuyas cualidades no poseían la de manifestar más expresión que la severa seriedad.
Los segundos se arrastraron lentamente, resultando incómodos, al menos para los demás, pues Lina sólo mantenía la mirada fija en el monarca, esperando a que él hiciera el próximo movimiento. Pasaron unos momentos más sin que nadie dijera nada. El rey continuaba mirándola, ahora con algo más de interés, como si dentro de su cabeza estuviera mapeando con certeza y cuidado la personalidad de la hechicera. La muchacha, suponiendo esto, y comprendiendo que el rey no volvería a hablar a menos que le dieran un pequeño empujoncito, decidió abrir la boca para hacer una única pregunta:
—¿Y bien, nos vas a tener esperando toda la noche?
Lina pudo sentir como los músculos de Altair y de los demás soldados presentes se tensaban ante la ofensa que acababa de cometer, después de todo, forzar a un rey a hablar, además de hacerlo tuteándolo y sin honoríficos, no era algo que cualquier simple mortal considerara cuerdo o seguro. Pero ella era Lina Inverse, así que podía darse algunos lujos.
Tras esa pregunta, el rey soltó un sonoro bufido, sonriendo divertido.
—A lo lejos, existe un reino destruido hace ya mucho tiempo —dijo, y cuando por fin comenzó a hablar su voz sonó profunda como la noche y poderosa como un trueno.
El ambiente se calmó de pronto, aunque la sorpresa continuaba en el aire: muy pocos comprendían por qué esa muchacha continuaba con vida y por qué el rey había aceptado tanta insolencia en su contra sin ejercer castigo alguno, al menos de momento; por supuesto, nadie se atrevería a poner quejas, ni siquiera Altair, quien había vuelto a agachar la cabeza, ocultando la rabia tras su propia máscara de seriedad.
Sin darle importancia a nada de esto, el rey continuó hablando:
—En ese reino, de nombre Cecile, existe una gema, creada hace ya muchos siglos por grandes hechiceros. Lina Inverse, requiero que traigas esa gema para mí. Presumo que lograrás hacerlo fácilmente, pues han llegado a mis oídos los rumores de tus grandes dotes como hechicera.
Lina soltó una carcajada y miró al rey con ojos de cacería.
—Me alivia saber que al menos tus informantes son útiles, pues los guerreros que enviaste para buscarme y los soldaditos con los que me encontré al llegar aquí no eran la gran cosa que digamos —los músculos de Altair se tensaron aun con más presión. De no haber estado ante la presencia del rey, ya hubiera clavado su espada en el cuerpo de esa insolente hechicera. Sin saber de los pensamientos del general, Lina continuó:—. Pero bueno, no nos andemos con tantos rodeos. Recoger una gema es pan comido, pero debes saber que contar con los servicios de Lina Inverse no es nada barato.
—¿Y cuánto dinero cuestan los servicios de tan gran hechicera? —preguntó el rey, en tono sarcástico, dejándose atrapar en el juego de la muchacha. Parecía como si Lina y él estuvieran en medio de una gran batalla por ver quién era el que llevaba las riendas de tan simple conversación, o el gran monarca, respetado y temido en igual medida por los hombres, o la joven hechicera, dueña de un ganado respeto y temor por parte de bandidos y, aunque los presentes lo ignoraran, también de mazokus, la Casta de los Demonios.
Lina se tomó un momento para pensar, añadiendo suspenso intencionalmente. Tras unos momentos de lánguido silencio, y con toda la autoridad de un dios, alzó una mano, mostrando al rey cinco dedos.
—Cincuenta mil monedas de oro y tendrás tu gema.
Silencio. Luego, el caos.
Un gran bullicio se armó en torno a la hechicera. Los soldados y los sirvientes cuchicheaban entre sí, incrédulos ante la gigantesca frescura de la muchacha. ¡Cincuenta mil monedas, cómo se atrevía! No obstante, ni Altair ni el rey Vasch se inmutaron. O al menos, no demostraron hacerlo. Ninguno de los dos cambió de posición. Ni tampoco Lina, que continuaba con la mano extendida.
—¿Y bien? —preguntó—. ¿Aceptas la oferta?
La respuesta del rey fue una sonora carcajada que acalló el barullo de los presentes en la estancia. Cuando acabó de reír, acomodó la cabeza contra el respaldo acolchado de su trono y contempló a la muchacha con elocuencia.
—No —respondió y en toda la habitación se hizo un silencio tan absoluto que la respuesta del monarca se repitió varias veces al rebotar contra las paredes en un eco perturbador.
Tras un momento, la muchacha soltó un ligero suspiro.
—Muy bien, es una lástima. Supongo que si ésa es la respuesta del rey no tengo nada más que hacer aquí, así que me retiro.
Esperando a que esta parte de su plan funcionara, se giró sobre sus pies, empujando su capa para que se levantara en el aire mientras ella volteaba, dando un efecto más dramático a su partida. Luego, comenzó a caminar hacia la salida de la habitación, con los ojos clavados en un punto fijo ante ella y ya sin sonrisa en la cara, pero con muchos «¡Vamos! ¡Vamos!» en la mente.
—Su Majestad... —murmuró Altair, dando a entender algo de urgencia.
El rey ladeó levemente la cabeza, sonriéndose ante la visión de la pequeña hechicera que se acercaba a las puertas que la encaminarían fuera de su palacio.
—Diez mil monedas —dijo de súbito.
Lina se detuvo en seco al escuchar las palabras del rey, con la mano sujeta al picaporte de la puerta y una maligna sonrisa que ocultaba tras las sombras. No había sacado tanto dinero como esperaba, pero con eso podría vivir un par de meses con suma tranquilidad.
Volvió a girarse, dando la cara al rey, y caminó lentamente hacia él, seguida por la mirada de casi todos los presentes.
—Es una suma un tanto pequeña, pero acepto.
La muchacha ignoró los nuevos cuchicheos que comenzaban a levantarse a su alrededor.
—Muy bien —concluyó el rey. Todos guardaron rápido silencio nuevamente—. Supongo que estás cansada por el viaje, y Cecile queda algo lejos. Luego te haré llegar un mapa con las indicaciones para que sepas cómo ir a ese reino. Por ahora, ve a descansar. Mañana partirás a primera hora.
—De acuerdo, de acuerdo —respondió la muchacha, quien ya estaba volteando para salir de la habitación, haciendo un gesto con la mano como forma bastante informal de despedida. Ya tenía sus órdenes, ya sabía cómo obtener ese dinero, no tenía nada más que hacer ahí.
Cuando abrió una de las puertas para salir, la voz del rey volvió a detenerla. Lina giró la cabeza para verlo y se percató de que él sonreía, y le pareció ver como si los ojos del monarca reflejaran una luz extraña:
—Es mejor que vayas preparada, Lina Inverse. Durante años he enviado a mis mejores hechiceros en busca de esa gema... Espero que tengas mejor suerte que ellos. Por mi bien, y por el tuyo.
La hechicera soltó una pequeña risita, clavando sus ojos carmesí en la oscuridad de la mirada del rey, sin dejarse amedrentar.
—Se ve que no me conoces.
Dicho eso, salió de la habitación del trono, cerrando una de las puertas con fuerza, aceptando esa especie de desafío pagado.
~ o ~
Cuando la hechicera se marchó, el silencio volvió a reinar en la estancia. El rey se mantuvo observando las puertas por la cuales Lina y sus arrogancias habían desaparecido, mientras su mente se hallaba poblada de múltiples y secretos pensamientos. Tuvieron que pasar largos segundos para que se percatara de que Altair continuaba arrodillado ante su presencia, con la cabeza aún gacha, pero ahora con un nerviosismo nuevo, como si la desaparición de la mercenaria hubiera vuelto a dejar en evidencia una pared invisible existente entre el monarca y su general.
Rápidamente, el rey Vasch comprendió los motivos de Altair para continuar en esa posición. Levantó la mirada y con un simple gesto de cabeza ordenó a los presentes que se retiraran. Lo fueron haciendo uno a uno, sin pronunciar palabra, saliendo por las mismas puertas que Lina había utilizado momentos antes, dejando tras de sí sólo el eco de sus pasos al marcharse. Una vez estuvieron solos, Altair se atrevió a hablar:
—Su Majestad, yo... —pero su voz se perdió en su propia duda. Sus ojos estaban cubiertos por su cabello, el que si bien no era largo, bastaba para ocultarlos.
Como parecía que no iba a decir nada más, esta vez fue el rey quien se dirigió a él, con una voz muy distinta a la que había utilizado con la hechicera. Ésta era fría, y poseía un desprecio y, quizás, una ira que produjo una nueva cicatriz en el joven corazón del general:
—Te he dicho mil veces que no hablaremos de ese asunto. Si no quieres conocer la oscuridad de mi prisión, márchate y ve a cumplir con tus deberes.
Altair no dijo nada ni tampoco se movió, inmerso en el conflicto de sus propios deseos. Pasado un breve tiempo, convenciéndose de que sería inútil continuar insistiendo, se puso de pie y su armadura plateada contrastó con la del rey. Con los ojos cerrados para ocultar su molestia, hizo una elegante reverencia de despedida y se marchó sin respuestas, dejando al regente completamente solo.
Vasch nuevamente se quedó contemplando las puertas, pero en su mente el general de su ejército no tenía espacio. Meditaba acerca de la mercenaria a la que acababa de enviar en busca de la gema, deseando con toda el alma que ésta tuviera éxito, aunque sólo la piedra preciosa lograra regresar a Galdabia, sin la muchacha a la que había contratado para recogerla.
Sin embargo, de pronto el rey se percató de que en ningún momento estuvo solo, pues siempre hubo alguien junto a él, parado en silencio a un costado del trono, invisible para los ojos humanos. Sintió como ese ente lo observaba y alzaba la voz para decirle algo:
—¿No crees que estás siendo muy duro con ese hijo tuyo?
El rey soltó un bufido, echando la cabeza hacia atrás mientras apoyaba su peso sobre los suaves colchones del trono.
—Resultó ser una muchacha interesante, Khuja —dijo, ignorando por completo la pregunta que había recibido.
La figura de un hombre envuelto en una capa con capucha de un negro digno de la más oscura noche se materializó de manera casi mágica junto a él. Era uno de los tres enviados a buscar a la hechicera y a su compañero en el Bosque de Galdabia; el más bajo y tranquilo de los tres perseguidores.
—Te dije que no debías subestimar a Lina Inverse, Vasch. Si conocieras la mitad de sus logros, ni siquiera te atreverías a dudar sobre su éxito en esta misión. La Gema de Cecile será tuya, de eso no hay dudas —el sujeto sonrió, aunque la boca era lo único que lograba verse de su rostro.
—Pues me alegro —respondió el rey, contemplando a su interlocutor—. Lo que no alcanzo a entender es qué desean ustedes, los mazoku, de esa muchacha.
—No puedo decirte eso, pero tampoco deberías preocuparte. Tú tendrás tu gema y nosotros tendremos lo que queremos. Ambos seremos felices.
—Me parece extraño que un demonio hable de la felicidad.
El mazoku rió, pero de entre la sombra de la capucha que le cubría el rostro alcanzó a verse el brillo gélido de la maldad más pura reflejado en sus ojos, tanto que ni siquiera el mismo rey pudo evitar sentir un escalofrío recorriéndole la espalda.
—En este mundo hay cosas mucho más extrañas de las que te imaginas, Vasch.
~ o ~ o ~ o ~ o ~
Gourry caminaba sin rumbo por la ciudad de Galdabia, al interior de los muros del reino. Masticaba un trozo de carne que llevaba en la mano, mientras que en la otra esperaban, aún intactas, algunas brochetas a las que les quedaba poco tiempo de vida. Tarareando fuertemente una canción, quizás a un volumen demasiado alto para esas horas de la noche, observaba para todos lados sin saber dónde estaba el Castillo Real. Le habían dicho que era inmenso y que se encontraba dentro de una ciudadela propia, al centro del reino, pero Galdabia era tan grande y uniforme, con todas sus casas similares, pálidas a la luz de la luna y de varios pisos, que al final había perdido la pista, prefiriendo conseguir algo de comer para luego reanudar su búsqueda. De todas formas, se sentía tranquilo. Sabía que tarde o temprano volvería a reunirse con Lina, ya fuera él quien la encontrara o viceversa, por lo que había decidido hacer algo de turismo, dejando que sus pies lo guiaran donde quisieran ir, siendo él simplemente un acompañante.
Mientras deambulaba por las calles, con la noche ya avanzada y la luna en su cénit, vio que a lo lejos, caminando por una de las anchas calles céntricas de la ciudad, se aproximaba una figura femenina. Al comienzo pensó que era Lina, pero cuando la figura comenzó a acercarse, siendo más visible en la oscuridad de la noche, descartó la posibilidad. Lina no era tan alta y no se vestía con capuchas que le cubrieran el rostro. Siguió caminando con normalidad, comenzando a mordisquear la primera brocheta mientras de su garganta continuaban naciendo sonidos un tanto desafinados de alguna melodía desconocida. Sin embargo, cuando pasó junto a la mujer, ésta acercó ágilmente la boca al oído del espadachín, pues su estatura le permitía hacerlo, y casi en un susurro le dijo:
—Tu amiga está más adelante por este camino. Buena suerte... La necesitarás.
Sin decir más, la muchacha siguió caminando en dirección contraría a la de Gourry, arropándose con la capa que vestía para protegerse de la fría brisa nocturna. El espadachín, que aún tenía media brocheta en la boca, dejó de tararear y se volteó para mirar con curiosidad a la desconocida mientras ésta se perdía por entremedio de los callejones. No teniendo motivos para dudar de las palabras de tan extraña muchacha, se encogió de hombros y siguió caminando por esa misma calle, reanudando con dificultad su tarareo, pues tuvo que golpearse el pecho luego de atragantarse con un gran pedazo de carne.
No pasaron más que unos cuantos minutos cuando divisó la gran construcción que era el castillo de Galdabia, y vaya que era grande: poseía varías torres y varios grandes edificios que, pensó, componían los salones y las recámaras, y a los pies de esta construcción de piedra maciza, unas murallas que, si bien no eran tan altas como las que rodeaban la totalidad de la ciudad, eran un buen fuerte de última resistencia para la ciudadela del castillo. Pero más importante que la magnificencia de las construcciones humanas fue para Gourry la visión de su compañera, que se dirigía directo hacia él tras cruzar las puertas que dividían al castillo del resto de Galdabia.
Mientras caminaba a su encuentro, el muchacho levantó su mano ahora libre, pues le quedaba una última brocheta que estaba siendo devorada con rapidez, y cuando Lina llegó a su lado, dio un pequeño brinco y golpeó la palma contra la de su compañero.
—Diez mil monedas de oro —le dijo, y ni tonta ni perezosa, aprovechó el nuevo atragantamiento de su sorprendido compañero para robarle lo que quedaba de su brocheta, haciéndola desaparecer en el acto hacia las profundidades de su estómago.
—¡¿D-Diez mil monedas?! —exclamó el espadachín, intentando hablar entre su tos—. ¿No crees que se te pasó la mano? —el muchacho de pronto se dio cuenta de que su mano ahora estaba vacía—. ¡Oye, eso es mío!
—Era —le informó la hechicera, saboreando la carne en su boca—. Tenemos que ir a buscar una gema a Cecile, un reino un tanto alejado de aquí. Mira, aquí tengo un mapa.
Lina rebuscó entre sus ropas y sacó un pequeño trozo de papel doblado en forma rectangular que le había entregado un guardia antes de salir del castillo, pasándoselo a Gourry. Él lo abrió, lo miró, lo giró de arriba a abajo y al no entender nada de lo que ahí aparecía, se lo devolvió a su compañera.
—Tú guías y yo te sigo —concluyó.
—¿Esperabas otra cosa? Partiremos mañana al amanecer.
—¿Mañana? Pensé que querrías partir ahora mismo —dijo el muchacho, mirándola.
—Por supuesto que sí —admitió la hechicera, pero luego le dio al espadachín una mirada entusiasta y una sonrisa de aquellas—, pero junto con el mapa me informaron que somos "Invitados honorables del Reino"; por esta noche, todo corre por cuenta de la casa. ¿Sabes lo que eso significa?
Gourry también sonrió abiertamente y, levantando un fuerte puño hacia las estrellas, en señal de victoria, exclamó:
—¡A comer!
—¡Exacto, a comer!
Y así ambos mercenarios se perdieron en la bohemia de Galdabia, donde a la mañana siguiente muchos dueños de restoranes y bares se despertarían entre lamentos tras la pérdida de mercancías, bebidas y alimentos durante la noche anterior.
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Las grandes puertas de Galdabia se abrieron junto a la salida del sol y los soldados encargados de resguardarlas contemplaron como las figuras de Lina y Gourry se encaminaban lejos del reino, subiendo por la cuesta del camino para internarse en el bosque.
Si habían dormido poco o si estaban siquiera un poco cansados, no lo demostraban. Tanto el rostro de Lina como el Gourry estaban llenos de la más absoluta determinación. Ante sus ojos se abría el sendero que habían cruzado antes y Lina casi era capaz de contemplar el botín al final del camino, entusiasmada como estaba por sentir la redondez de las monedas abrazando sus gentiles dedos, como hijos perdidos que luego de un largo viaje vuelven con su madre, quien los esperó con una paciencia y un amor más grandes que el que cualquier dios pudiera llegar a demostrar. Pero lo cierto era que el propio viaje que Lina y Gourry tendrían que recorrer era bastante largo.
Según el mapa que habían dado a Lina, Cecile se encontraba a muchos días de caminata, y la mayor parte de ésta tendrían que hacerla a la sombra de los árboles del bosque, el cual, según los dibujos del pergamino, era realmente gigantesco, ocupando muchas hectáreas; el verdadero amo y señor de esos terrenos.
Cuando ya habían transcurrido dos días y una noche desde su salida de Galdabia, y la luz del sol nuevamente comenzaba a desaparecer, proyectando un brillo cada vez más débil por entre las copas de los árboles, Lina y Gourry decidieron montar un campamento. Esperaron hasta que la luz desapareciera por completo, algo que no demoró mucho, pues la noche en el bosque llegaba más temprana que fuera de éste, y se propusieron a descansar a un costado del camino. Partieron a primera hora de la mañana, como ya era costumbre, y caminaban conversando de cosas triviales, o más bien, Lina conversaba, pues Gourry sólo se limitaba a escuchar con paciencia, asintiendo de vez en cuando y agregando uno que otro comentario, por el cual se ganó más de un golpe. Sin embargo, esa agradable y tranquila monotonía desapareció de pronto. Cuando llegó el mediodía de la tercera jornada de viaje, Lina y Gourry se detuvieron repentinamente en medio del camino. Posaron los ojos sobre el otro y al instante supieron que pensaban en lo mismo: una emboscada. Sin perder tiempo, iniciaron una rápida carrera, tal como lo hicieran antes, cuando eran perseguidos.
—¿Los ves? —preguntó Gourry, sin dejar de correr.
—No, pero deben estar cerca.
—¿Son bandidos?
—¡¿Cómo quieres que lo sepa?! —exclamó su compañera—. Pero sean quienes sean, cometieron un error al meterse conmigo.
De pronto, el suelo a sus pies comenzó a temblar con fuerza, provocando que tanto Lina como Gourry tropezaran, cayendo al piso.
—¡¿Un terremoto?! —gritó Gourry, pues el ruido de la tierra, del sacudir de los árboles y del tronar de piedras lejanas resultaba ensordecedor.
—¡Más que eso! —respondió Lina, gritando igual de alto—. ¡Mira allá!
La muchacha señaló con un dedo y Gourry observó, sorprendiéndose ante lo que contemplaba: por sobre las copas de los árboles se levantaban, muy altas, dos paredes gigantescas de piedra, formando un acantilado del cual el sendero formaba parte del fondo.
Lina no se dio ni un segundo para pensar. Moviéndose por instinto, tomó con fuerza el brazo de su compañero, exclamó con fuerza las palabras del caos y comenzó a volar, disparada hacia el cielo como una saeta. Entonces, cuando ya estaba muy por encima de las copas de los árboles, aunque no lograba superar la altura de las paredes de piedra que se elevaban más y más, vio con estupor que el gran estruendo que sentían no era creado sólo por el movimiento telúrico: una monstruosa ola se dirigía hacia ellos como un torrente, como si estuvieran dentro de un inmenso río donde ellos sólo fueran dos diminutas hormigas sin escapatoria.
Lina intentó volar más alto, más de lo que nunca lo había hecho, pero era inútil, la pared de agua y los muros de piedra no dejaban de crecer al mismo tiempo que ella ascendía. Y entonces, lo comprendió:
—¡Es una ilusión! —gritó, haciéndose escuchar a duras penas.
—¡Cuidado! —fue la única respuesta que recibió de su compañero.
Y antes de que lograra darse cuenta, la ola la rodeó por completo, e ilusión o no, tanto ella como su compañero fueron arrastrados con una fiereza demoníaca.
Gourry continuaba unido a Lina por el brazo, aunque ahora no era sólo ella quien lo sujetaba, sino que él también se aferraba a ella con todas sus fuerzas, intentando acercarla a su cuerpo al ver que la muchacha parecía ahogarse. Pero el torrente era demasiado poderoso, mucho más que sus músculos.
Así, con sus brazos adoloridos por el esfuerzo de no separarse y de sortear el peligro juntos, tanto la hechicera como el espadachín desaparecieron a lo lejos, con ambas manos aferradas a la muñeca del otro, arrastrados por un agua que apareció de ninguna parte, en un acantilado fantasmal que sumió al bosque en las sombras, a medio camino de Cecile.
Slayers © Hajime Kanzaka & Rui Araizumi, Kadokawa Shoten, Fujimi Shobo, E.G. Films, J.C. Staff
~Escrito entre el 20 de junio y el 13 de julio de 2009 / Revisión final el 20 de julio de 2014~
