Antes de leer:
Esto es un Universo Alterno, es decir, no países, solo chicos normales.
Todo lo expresado en este fic está basado en experiencias relatadas por gente relativamente cercana y en el conocimiento aprendido en mis clases de la universidad sobre la comunicación humana, igual puede que me equivoque en algunas cosas, si es así acepto críticas constructivas. Y por supuesto mi intención no es faltar el respeto a los no videntes sino al contrario.
Y gracias a mi beta MyobiXHitachiin que no me perdona ni una sola tilde.
Color Kind
Never thought I'd have to retire / nunca pensé que tendría que retirarme
Never thought I'd have to abstain / nunca pensé que tendría que abstenerme
Never thought all this could back fire / nunca pensé que esto podría expirar
Close up the hole in my vain / cierra el agujero de mi vena
Me and my valuable friend / yo y mi valioso amigo,
can fix all the pain away / podemos llevarnos todo el dolor lejos
So before I end my day / asi que antes de que acabe mi día,
remember / recuerda...
My sweet prince / mi dulce principe
you are the one / tú eres el único
(My sweet prince – Placebo)
En cuanto llego al centro el día lunes, fue a buscar a Arthur. Tenía que aclarar el malentendido de la última vez. Más bien de la última vez que el inglés lo había subido y bajado a gritos. Él no era muy brillante pero lo estaba intentando. De verdad que sí y creía que se merecía un poco de mérito por eso.
-¿Qué haces aquí?- preguntó pesadamente Arthur al sentir los pasos de Alfred acercarse a donde se encontraba, en la biblioteca braille.
-Ah, ya… sigues enfadado- notó el americano con algo de cansancio.
-¿Acaso no has tenido suficiente castigo? Anda a jugar por ahí con tus amigos y no vengas más a joder a este lugar– escupió molesto el inglés.
-Escúchame Arthur– comenzó Al con el tono más calmado que pudo –Vine aquí la primera vez por la razón equivocada… pero ahora me gusta venir, y Feliks me necesita, tu deber no es espantar al voluntariado de todos modos–
El inglés no respondía nada, sólo mascullaba algo entre dientes. No le estaba gritando, así que eso significaba que sabía que tenía la razón, pero era muy orgulloso para admitirlo.
-Mira, que te parece si comenzamos todo de nuevo– propone el chico americano sentándose frente a Arthur -Hola, soy Alfred Jones, tengo dieciocho años recién cumplidos, nací un 4 de julio, me gustan los deportes, no me gusta mucho leer, pero me gusta leerles a los chicos que van al salón de lectura… Soy un poco torpe, pero quiero estar aquí, de verdad ahora si quiero…-
Arthur titubea un poco pero sonríe y acepta el ofrecimiento de paz diciendo:
-Bueno, yo soy Arthur Kirkland, tengo 25 años, soy de Londres, vine a Estados Unidos porque quería estudiar en Harvard y probarles a todos que podía hacerlo, nací ciego, no me gusta depender de nadie, no tengo más amigos aparte de Eliza, Francis y mis niños… no hago deportes, me gusta la música docta y algún día quiero ser un gran escritor.
Alfred sonrió triunfante. Después de todo el inglesito era rudo sólo por fuera. En el fondo seguro era suave como un gatito.
-Por qué quedaste ciego– le preguntó finalmente, porque la curiosidad lo estaba matando hace semanas.
-Amaurosis congénita de Leber– contestó el inglés que escuchó el jadeo sorprendido de incomprensión del chico –es un daño a la retina, genético, no operable-
-¿Puedes siquiera ver alguna figura? ¿Algo? – siguió preguntando el americano.
-Nada– contestó el inglés presintiendo la tensión de Alfred –no importa, estoy acostumbrado, he vivido lo suficiente con esto-
-Es curioso – comenta Alfred
-Que cosa…-
-No se nota nada raro en tus ojos-
-No son cataratas, esas si son visibles, según he leído– hizo una pausa como pensando -igual si se debe notar, me imagino… como no muevo los ojos, pero sólo la gente que trata normalmente con no videntes, o que son observadores pueden notarlo-
-Ah- vocalizó Alfred simplemente observando atentamente el rostro de Arthur. Sus ojos verdes estáticos, sus pobladas y expresivas cejas. Los labios finos que se contraían en una línea cuando estaba enfadado; su barbilla cuadrada perfectamente afeitada.
-¿Puedo?– pregunto Arthur levantando las manos y haciendo un gesto de estar palpando algo imaginario.
-Por supuesto– contestó el americano. Tomó las manos de Arthur y las llevó a su rostro. Entonces el inglés comenzó un recorrido cuidadoso. Tocó sus anteojos, sus mejillas, delineó la forma de su nariz, sus pómulos, delineó la forma de su quijada y su mentón, su cabello, tomándolo entre sus dedos para sentir la textura. Inspiró un poco, Alfred se imaginaba que para tomar su aroma. Todo el examen le parecía bizarro pero esperó pacientemente hasta que al terminar el inglés dice con una sonrisa ladina:
-Según por lo que he leído en algunas novelas, alguien con tus rasgos es considerado bien parecido– Alfred se sorprendió y dio un pequeño sobresalto -pero como sea, a mi eso me da igual, yo juzgaré si eres "guapo" o no con mis propios ojos…-
Al no sabía a qué se refería exactamente con eso, pero tampoco replicó. Se estaba acostumbrando a escuchar y aprender en forma pasiva ahora que estaba conociendo este mundo. En cierto modo, agradecía ser un poco miope.
Al principio Alfred pensó que Arthur era inexpresivo, porque no hace las mismas caras exageradas que el resto de la gente. Cuando está hablando no sabe poner gestos socialmente establecidos para expresar ciertos énfasis o emociones, pero en cambio las expresiones faciales que muestra son genuinas, no aprendidas, en el rostro del inglés, si se mira con atención, se puede leer sus emociones como un libro abierto.
Por eso sabe que sufre con el compromiso de Francis. Fue un día miércoles que el francés llegó con Matilda, una chica canadiense muy tímida, de larga cabellera rubia y ondulada, ojos violáceos y anteojos. Muy bonita y amable. Francis estaba muy contento cuando la presentó:
-Ella es Matty, la chica de la que te hablé– Arthur tiene una cara indescifrable pero recupera su cortesía y saluda a la chica tomando sus manos y diciendo –es un gusto conocerte finalmente, Matilda-
-El gusto es mío– dice la chica con una voz apenas audible y a Alfred la situación le parece molesta. Francis parece totalmente inconsciente de la incomodidad de su amigo porque dice:
-Pensé que podrían conocerse mejor, así que los invito a cenar hoy en la tarde ¿Qué dices, mon petite anglaise?– Arthur parece indeciso, se nota que no quiere ir, o al menos Alfred se ha dado cuenta, porque está acostumbrado a ver esas caras de "no quiero estar contigo pero me aguanto porque soy un caballero".
-Si quieres puedes llevar a tu Alfred como lazarillo– le pica Francis al darse cuenta de la forma intensa en que Al observa la escena.
-¿Qué dices?– Chilla Arthur recuperando su forma de ser natural –no necesito ningún lazarillo, para que lo sepas-
-A mi no me molestaría ir…- irrumpe Alfred con el tono más casual que encuentra. Arthur se vuelve hacia donde viene su voz, con un gesto desesperado.
-¿Ves? Te conviene, así lo entrenas desde ahora, cuando yo me case necesitarás un lazarillo nuevo…-
-Ya te dije que no necesito un puto perro lazarillo y tú nunca fuiste eso para mí de todos modos…-
-Francis… - comienza Matty con un tono suave –no seas pesado con tu amigo…-
-Está bien, está bien… ¿vienen?– insistió el Francés.
-Claro que sí– respondió con rudeza Arthur y se volvió inmediatamente a Alfred –tú no cantes victoria, esto no significa que te necesito-
Alfred pone un gesto irritado. No estaba deseando ser necesitado por ese ciego grosero tampoco. Terminan la jornada más temprano y a las siete de la tarde llegan al restaurant.
Arthur va un poco molesto del brazo de Alfred pero qué remedio. Nunca había estado en este lado de la ciudad antes, no se puede hacer el difícil. Apenas llega, escucha la música y siente los olores. Un restaurant francés. Suspira irritado. Comida gourmet en pocas cantidades y llenas de condimentos innecesarios. Francis sabe que la detesta.
-Espero que tengan Roast Beef– dijo apenas su amigo se aproximó a apartarle la silla –o si no la pasaremos mal –
- Hola, Artie, también me alegro de verte– le saludó sarcásticamente el francés
-Buenas tardes, Matilda– saludó educadamente Arthur tomando la mano que la chica le acerco. Alfred saludó y se sentó sintiéndose fuera de lugar al lado de Arthur.
-Y si hay roast beef, pero tienes que pedirlo como Bordelaise steak –
- ¿Tienen papas fritas?– preguntó Alfred ilusionado.
-Si tienen… mon dieu, los dos tienen el mismo gusto fatal para la comida– comentó divertido Francis viendo como los dos chicos se envaraban.
-No tengo nada en común con este niño– se defendió molesto Arthur –tal vez la lengua materna, si es que lo que hablan aquí se puede llamar inglés-
Y se desató una discusión que Francis observó divertido mientras tomaba la mano de su prometida para hacerla sentir a gusto. Matilda no era una mala chica. De hecho era demasiado buena para ser real. No sólo era bella y de buen carácter, sino inteligente y parecía tener una paciencia infinita con Francis. "Es lo mejor para él" pensó tristemente el inglés.
Como era verano aún no anochecía cuando acabaron de cenar. A las 9 el sol recién se estaba ocultando así que Francis ofreció ir por unas copas. Arthur, por supuesto, se negó.
-No puedo, ya sabes lo que pasa cuando bebo – se excusó.
-Te pones a cantar Sex Pistols usando tu bastón como micrófono– le recordó Francis riendo – vamos, no puede ser tan grave, apuesto que Alfred se muere por verte ebrio-
-Eh, yo la verdad…- comenzó el americano. El sabe que Arthur en realidad no quiere ir, no porque no le apetezca tomarse una copa, sino porque ya ha tenido suficiente de esta cordial civilidad. No logra entender muy bien el por qué de la tristeza de Arthur, pero le molesta que Francis juegue a ser el idiota diciéndole:
-No te preocupes, puede que me case, pero siempre serás mon petite anglaise… -
- Arthur– dice de pronto Al jalando el brazo del inglés –se nos hace tarde-
El inglés se da vuelta hacia él con un gesto interrogante.
-Ya sabes… mañana tenemos que estar temprano en el centro, por los libros nuevos que tenemos que ir a buscar-
Y puede que Arthur no pueda ver señales visuales, pero él sabe que esto es una indirecta para rescatarlo. No puede hacerse el difícil con esto tampoco. Le agradece en silencio al americano por entender su incomodidad.
-De acuerdo– Luego se vuelve a su amigo francés y le dice –ya escuchaste wine bastard– le dice con un tono insidioso –me tengo que ir…-
Se despide educadamente de la chica. Le pega un puñetazo amistoso a Francis y se aleja andando del brazo de Alfred.
El chico titubea un poco pero tiene que romper el hielo, porque él nunca ha sido amigo del silencio, la verdad.
-¿Estás bien con todo esto?– Pregunta finalmente–ya sabes ¿con el matrimonio de Francis?-
-¿Por qué no habría de estarlo?– Arthur se hace el tonto mientras camina agitando su bastón al lado de Al.
-Porque has estado raro desde que dijo que se casaría–
-Son ideas tuyas-
-Vamos, no es tan inusual, es duro que tu amigo se case antes que tú-
Arthur lo observó un minuto evaluando lo que Alfred había dicho.
-No es eso… eres tan joven– suspira algo cansado.
-No soy tan joven, cumpliré 19 en unos meses…-
-Eres ingenuo, no entenderías…-
-Pruébame– le insistió Alfred poniéndose frente a él sosteniendo sus hombros para que parara su caminata. Ya estaban en el Boston Public Garden así que podían conversar tranquilos. Arthur suspiró como tomando valor y confesó.
-Estoy celoso– y al decirlo se puso colorado, su voz tembló un poco.
-¿Por qué?– preguntó Al sin entender del todo.
-¿No es obvio? Por Francis…-
-Creo que sigo sin entender-
-Lo quiero– murmuró en un hilo de voz Arthur.
-Te refieres a… como… ¿no como amigo?-
-Si, a que me gusta… a que estoy enamorado de él– admitió sintiendo que una roca salía disparada de su pecho.
-Pero es un hombre– indicó lo obvio Alfred.
-Lo sé– Arthur se sentó en el pasto –lo que tiene ser ciego es que esas cosas no importan mucho realmente – hizo una pausa y continuó –no me importa que sea hombre, ni que sea un borracho pervertido…- sonrió ante esto último -es fascinante, sofisticado, inteligente, encantador… y yo lo único que quería era ser besado, no solo darle la mano, o que me abrazara… su perfume, quería sentir su maravilloso perfume conmigo siempre-
Alfred no sabía que decir. No le importaba en realidad que a Arthur le gustara otro hombre. Nunca pensó que podía estar enamorado, que podría sufrir por amor, una parte muy idiota de su ser pensaba que si no podía ver no podía llegar a gustarle alguien. Claramente seguía siendo bastante ignorante en muchas cosas.
-Igual, yo sabía que no tenía oportunidad, que era cuestión de tiempo a que una mujer me lo arrebatara… - suspiró -supongo que me hubiera gustado retenerlo un poco más-
-Quizá si le hubieras dicho… el parece ser "muy cariñoso"- comenta Al marcando intencionadamente las palabras -hasta hubiera pensado que él tenía la fijación contigo y no al revés-
-Él me trata así porque soy "su pobre amigo, el cieguito" – murmura lastimeramente el inglés.
-Yo creo que te equivocas… si te hubieras declarado podrían haber…-
-¡No seas ridículo!– Chilló desesperado Arthur -lo hubiera perdido para siempre si le hubiera dicho que lo amaba ¿Quién podría enamorarse de mí?– dice con amargura encogiéndose sobre sus rodillas, está temblando. Alfred instintivamente lo abraza. Le dan ganas de decirle que es un idiota, cualquiera puede amarlo, ser ciego no tiene nada que ver. Arthur es bueno, inteligente, honesto… incluso es guapo. Pero esas cosas no son el tipo de palabras que le sueltas a un amigo.
Finalmente lo va a encaminar al taxi y aunque sabe que su amigo está obviamente perturbado, no acepta que lo vaya a dejar a su casa y pide un taxi. Alfred se quedó preocupado pensando en si Artie había llegado a salvo a casa. Resolvió que le pediría su número de móvil, y no era por ser molesto. Entendía que Arthur podía cuidarse solo, pero no podía dejar de pensar en que no toda la gente es buena, algunos pueden intentar aprovecharse de él.
Al otro día cuando Alfred va entrando al centro comunitario lo primero que ve es a Arthur bajando por la escalera principal. Se tranquiliza, al menos sabe que llegó bien anoche. Lo saluda y el inglés le hace una seña con la mano, en ese momento pisa un peldaño y casi se tropieza.
Alfred va corriendo a ayudarlo subiendo en unas cuantas zancadas hacia donde se encontraba el rubio para ayudarlo a abajar lo que le queda de trayecto.
-¡Hombre!, casi mueres… - exclama tomando a Arthur del brazo.
-No seas exagerado– bufó exasperado el inglés –todo el mundo tropieza, me caído un par de veces y aquí me tienes… gruñón como siempre– bromeó.
-¿Por qué tener una escalera en un centro para ciegos? ¡Es una trampa mortal! – siguió con su berrinche Alfred.
-Porque la casona que nos donaron tiene dos plantas y de todos modos eso es bueno los estudiantes tienen que aprender a lidiar con estos obstáculos– explicó Arthur –no tiene sentido hacer un centro de ayuda a los no videntes donde no tengan nada con que tropezarse y aprender.
-Entonces por qué instalar un ascensor - preguntó Alfred pensando en el elevador que estaba puesto al lado de las escaleras y que no ocupaba nadie.
-Es porque a veces hay gente que pierde la vista en accidentes y cuando están comenzando su recuperación muchas veces andan en silla de ruedas o con muletas…-
- ¿Hay ciegos que además no caminan?– pregunta Alfred sorprendido.
Arthur resopla cansado pero entiende ahora que no es que Al sea mal intencionado. Es como un niño. Necesita que le expliquen claramente todo: -Esas cosas pasan, Alfred, no es tan horrible como piensas, de hecho tuvimos de estudiante una señora que quedó así en un accidente, tenía miedo de todo al principio pero luego se acostumbró, me hubiera gustado que la conocieras, era una mujer hermosa…-
-¿A qué te refieres con hermosa? – se sorprendió Alfred.
-A que era buena, amable y honesta…-
-Es curioso como para los que podemos ver ser hermoso es otra cosa– comentó Al, más para sí mismo que para el inglés.
-No es tan raro mi concepto de belleza – expuso Arthur -para los griegos lo bello, lo bueno y lo verdadero estaban ligados como un conjunto de virtud; se supone que el hombre por naturaleza tendía a realizarse al lograr estas virtudes– Alfred nunca había escuchado hablar de eso –y así, al llenar tu esencia de esas virtudes se lograba trascendencia del alma-
-Eso es muy… interesante– reconoció el americano.
-Está en la Metafísica de Platón –
-¡Hey! – les llamó la atención Eliza desde el segundo piso –menos charla y más acción… y Artie, no aburras a Alfred con tus cuentos metafísicos… déjalo que se aclimate antes de volverlo un filósofo…-
-No jodas, Eli… - chilló Arthur
-Bueno, ¿te espero a la salida entonces? – propone Alfred subiendo la escalera hacia la sala donde asistía las lecturas.
Arthur dudó unos segundos. No sabía si quería relacionarse con Alfred de otra forma e instancia aparte de lo estrictamente laboral en el centro. Pero en cierto modo él había comenzado a romper las barreras la noche anterior cuando le dijo lo que sentía por Francis. Además le vendría bien alguien con quien pasar el rato de vez en cuando. No quería tener a Francis encima suyo explotando de felicidad por su noviazgo.
-Ok, nos vamos juntos a la parada– después de todo accede. Alfred ya no le molesta en absoluto. Desde que entró a la universidad ha estado viniendo todas las tardes y eso es un sacrificio porque para ir a clases debe levantarse temprano, hacer un viaje de una hora, vivir de comida rápida y luego de clases ir al instituto de seis a ocho de la tarde. Y francamente, Arthur no entiende a qué hora estudia Alfred, pero parece que lo está llevando bien hasta ahora. Incluso como tiene cursos de cálculo y es muy bueno en eso ayuda a los chicos que van a centro, aparte de a leer, con sus tareas de matemáticas. Aprendió a ocupar el ábaco y a veces hace juegos matemáticos a los más chicos.
La tarde pasa relativamente rápido y a la salida, cuando termina de ordenar los juguetes y los libros de su sala, Arthur sale y sabe que Alfred lo está esperando. Primero porque se lo prometió y el chico parece ser firme en cumplir sus compromisos. Y finalmente porque escuchaba su tamborileo de dedos en la mesa de arrimo que está junto a la escalera.
En ese momento escucha Elizabeta bajando cuidadosamente la escalera, lo que significa, dado el día y la hora que viene con Emily, una niña sordo-ciega de quince años con la que han estado trabajando últimamente. Alfred observa todo. Arthur toma la mano de la chica y dibuja figuras en ella, hace formas con sus manos y la niña luego en respuesta vuelve a hacer lo mismo.
Alfred sabe que está frente a algo nuevo. Lo ha leído, lo ha escuchado en este mismo lugar pero nunca lo había visto.
-Alfred ¿Quieres conocer a Emily? – pregunta Arthur sin volverse a ninguna parte en especial.
-Eh… yo…- comenzó a musitar el americano –no sabría hablar con ella-
-Yo te ayudo– le dice sonriendo y le hace señas al lugar de donde proviene la voz del chico para que se aproxime.
Eliza le deletrea algo en la mano a la chica.
-Eli le está diciendo quien eres ¿Quieres tomar su mano? , no te preocupes, yo traduzco–
-Dile que me alegro de conocerla– dice inseguro Alfred. Arthur deletrea y la niña sonríe estirando la mano hacia él.
-Es importante que aunque no hables su lenguaje te toque, es la única manera que tiene de conocer a la gente Alfred con el tacto y el olfato– le explica Arthur mientras la niña toma su mano y luego con cuidado pone una mano en el rostro de Alfred. Luego hace señas.
-Te está preguntando qué estudias–
-Dile que estudio ingeniería informática– contesta.
Arthur deletrea y Emily hace señas de vuelta.
-Dice que quiere aprender a escribir en una computadora -
Alfred se sorprende ante esto ¿Podría hacerlo? Claro que puede… ha escuchado que hay dispositivos especiales. De pronto tiene unas ganas terribles de conseguir que la Universidad done uno a este lugar.
-Emily se tiene que ir, Eliza la va a dejar, despídete – Arthur toma la mano de Alfred y le indica como decir hasta mañana. Son dos señas simples, Alfred las figura en la mano de la niña que sonríe y le contesta. Luego Eliza anuncia:
-Bueno se nos hace tarde, no puedo dejarla muy tarde en su casa, sino su madre se preocupará– Llámame cuando llegues a casa, guapo –le dice a Arthur dándole un beso en la mejilla-
-No es necesario que lo digas– replicó el inglés.
Cuando las chicas salen Alfred siente que acaba de sufrir un choque de adrenalina.
-¿Muy fuerte todo?- pregunta el inglés adivinando.
-¿Está mal que lo diga?– contesta Al –digo, yo sé que esto pasa… lo he leído en un manual que me pasó Elizabeta, pero es distinto verlo…-
-Tal vez es más raro que yo lo diga, pero me es durísimo pensar en cómo debe sentirse- confiesa Arthur -no ver es una cosa, pero no ver ni oír, debe ser aterrador–
-Dios me siento tan estúpido… y yo que me quejaba por ser miope-
Arthur tuvo que sonreír ante eso y le palmeó el brazo.
-Todos aprendemos de otros, yo también me sentí medio miserable por un tiempo, hasta que conocí a Gertie, una señora sordociega– le cuenta –era mi escritora favorita cuando yo era niño, y conocer a uno de tus ídolos es emocionante, pero conocerlo en esas condiciones cambia tu forma de enfrentar la vida, te sientes afortunado.
Salen a la calle y Alfred toma el brazo del inglés sin que este se atreva a protestar.
-Quiero aprender lenguaje de señas– suelta de pronto
-¿Y lo has decidido ahora?– pregunta el inglés curioso.
-¿Por qué no? , es fácil hablar contigo porque no tengo que aprender un código nuevo ni nada, a menos claro que te quiera enviar una nota escrita– se corrige inmediatamente –pero con alguien como Emily, o con un sordo, es necesario, aunque me digas que no te encuentras todos los días con alguien así, pero me imagino que debe ser agradable para ellos encontrar más gente que puede entenderlos.
Y es entonces cuando Arthur lo "ve" a través de sus propios ojos. Por primera vez desde que lo conoció se da cuenta de que Alfred es bueno. "Creo que si es un chico muy guapo" concluyó mentalmente.
-Está bien– anuncia el inglés –yo te enseñaré, pero no es fácil, no se trata solo de deletrear, hay señales que significan palabras y conceptos completos, es mucho más que aprender un alfabeto, Alfred, es aprender una lengua con todo o que eso significa ¿Estás seguro de que eres capaz?-
-Absolutamente– contesta el chico con voz resuelta. Él es un héroe. Claro que puede.
-Entonces empezamos mañana mismo–
-Por cierto– agregó Alfred antes que Arthur tomara el taxi –a mí también me gustaría que me avisaras cuando llegas a casa ¿Te puedo llamar en media hora?–
Arthur esboza una sonrisa tonta antes de darle su número telefónico y alejarse en el vehículo.
Nota: Sé que a los ciegos se les nota que no ven porque, al no tener mucho movimiento en sus ojos, a veces se ven bizcos. Pero para efectos románticos fantasiosos y ficcionales pongámosle que no.
