La cacería del zorro.
A él nunca le ha gustado esa tradición; pero Aloy se ha empeñado en realizar la cacería y no otro evento a manera de filosófico desquite contra su decisión. Da y recibe, exige y concede. Así es la relación entre Aloy y él. Así son las negociaciones en las que estará inmerso por gran parte de su vida, no importando si son tan sencillas como una transacción o tan complicadas como una fusión. Sin embargo, ninguno podría refutarle que negociar con Aloy es la empresa más complicada de cuantas existen.
De pronto, se le ocurre que la adopción bien puede valer el sufrimiento de unas cuantas criaturas silvestres. Se siente cruel, pero ha aprendido a reconocer que no siempre las cosas resultan tan perfectas como deberían ser. Con un suspiro, cae en la cuenta de que, aún a la distancia y echando mano de un recurso tan inesperado como una cacería, Aloy continúa entrenándole, instruyéndole para que se convierta en quien los Ardley y ella esperan.
Esbozando una mueca de impotencia resuelve terminar el descanso y volver al escritorio, a sus labores. Con suerte, los chicos se limitarán a divertirse en vez de probar fortuna persiguiendo a huidizas presas, y eso es lo más importante: la sonrisa de todos ellos, en especial de quien hasta ahora sólo ha conocido el llanto.
Está a punto de sonreír, imaginando a los muchachos y a la niña y, sobre todo, el rostro circunstancial de los Legan y de la misma Aloy, cuando la puerta se abre y George entra sin anunciarse.
El semblante del guardián no revela nada y al mismo tiempo lo deja todo en claro.
Al menos, eso es lo que piensa el hombre rubio, sintiendo cómo unas frías e invisibles manos se cierran en torno a su corazón. Algo ha pasado. Lo sabe tan bien como sabe que será un golpe difícil de encajar.
No de nuevo.
No otra vez la desgracia llegando escrita en un telegrama.
─¿Noticias de Lakewood? ─pregunta, temiendo escuchar la respuesta y al mismo tiempo seguro de que no desea que George demore más en informarle. Sin embargo, el guardián mantiene el silencio y es obvio que lucha por conservar la compostura.
¿Qué puede ser tan doloroso e inesperado?
Al ver a un George incapaz de articular palabra, un extraño sentimiento, paternal, fraternal y filial a partes iguales, surge en lo más profundo de su ser. El hombre frente a él es un espejo para su propia historia e, inesperadamente, se descubre deseando tener el poder de abatir cualquier sombra que haga mella en su espíritu.
Por primera vez se siente extrañamente como el bisabuelo; como si de pronto hubiese ganado sesenta años en edad, vida y sufrimientos y fuese en realidad aquel mítico anciano que el consejo y Aloy inventaron para aprisionarlo en el anonimato. Le basta una respiración profunda para recuperar la serenidad y comprender que, gracias a un milagro, en un par de segundos se ha convertido en alguien capaz de resistirlo todo.
─¿Qué ha pasado? ─pregunta, con una tranquilidad que no es mentira y al mismo tiempo no deja de ser simplemente una careta, y al descubrir a George mirándolo, entre sorprendido y confundido, comprende que el guardián también ha notado el sutil cambio que se ha obrado en él de un instante al otro.
Conminado a volver a la normalidad gracias a ello, el guardián avanza hasta quedar frente a él, recuperado el semblante firme.
George no dice nada, sino que se limita a tenderle la hoja que contiene el mensaje que cambiará, una vez más, su destino y sus planes.
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Talismán
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Inesperado.
Todo cuanto ha ocurrido es inesperado.
Sin embargo, si a George Johnson algún curioso le hubiera preguntado qué era lo más inesperado entre todo, habría respondido sin titubear que William mismo.
Después de la terrible noticia él continúa esperando la tempestad; sin embargo, los días han pasado y todavía no se atisban nubes en el horizonte.
No que William se rehúse a aceptar los hechos; tampoco se trata de eso. Sin embargo, a pesar de su propio dolor, la entrenada mirada de George ha contemplado al hombre que ha leído el telegrama en el despacho, incapaz de reconocer en él al mismo adolescente atormentado que alguna vez tomara entre las suyas la mano de su única hermana en tanto esperaba por el inevitable desenlace.
¿En verdad ha cambiado tanto el heredero? ¿En verdad ha transcurrido tanto tiempo desde aquello?
Demasiado y no, piensa el guardián mientras observa los sencillos preparativos de William. Es evidente que saldrá de viaje y es evidente a dónde. Sin embargo, aparte de la obvia tristeza, en esta ocasión no está presente esa irracional furia de la vez anterior. No. Existe algo en él que antes no estaba ahí; sin embargo todavía es algo que no consigue identificar, aunque sí puede perfectamente asegurar que es ese misterioso algo lo que, indudablemente, garantiza esa inusual y admirable tranquilidad en medio del caos.
─No demoraré mucho ─dice ahora William, tomando la maleta que siempre lleva consigo. Todo lo que necesita está ahí. George ha conocido a pocos como él, capaces de ir por el mundo con cargas ligeras, y no puede más que admirar el legado de Rose. Los Ardley no pueden ser más afortunados, piensa.
Lejos está el guardián de saber que un apremio distinto y nuevo conduce esta vez los pasos de su líder a casa.
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Talismán
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El portal se encuentra silencioso, melancólico, triste, tal y como había imaginado que lo estaría. Sin embargo, aunque antes ha creído que sería difícil pisar un suelo donde ninguno le espera y que le recuerda que se ha quedado sin nada, ahora se da cuenta de que está equivocado...
Ahí está ella. Sollozando y dejando que la tristeza la consuma, y no puede evitar sentir cómo algo perdido durante mucho tiempo es encontrado. Más allá del dolor permanece la vida, y esa vida es simplemente para ser vivida en todos los colores: el gris también.
Ella lo necesita ahora, tanto como él la necesitaba. A ella, no al resto. Sólo a ella. Aunque no lo supiera hasta ese momento descubre que por eso ha ido hasta allí ese día. No puede evitar comprender, en un instante, que el dolor compartido aunque es más parece menos y que no hay mejor alivio para las penas que las lágrimas vertidas en compañía. La fuerza está ahí, disponible para él, ahora lo sabe y, por extraño que parezca, esa fuerza se la debe a ella.
Hola...
*.*.*.Talismán.*.*.*
La voz y el hombre parecieran tan sólo una visión; sin embargo, a través de las lágrimas, el panorama se aclara y lo descubre cercano a ella. Encuentra su mirada, atisbando un dejo de tristeza que le conmueve y al mismo tiempo la reconforta ¿Porqué ha llegado él hasta ahí? ¿Porqué precisamente ahora? Las preguntas que debieran surgir, lógicas e inevitables, están ausentes en su mente que prefiere concentrarse en el dolor.
Como envuelta en la bruma, escucha su pregunta; su voz dulce traspasando las murallas que el dolor ha erigido.
Esa ternura... Más allá de la tristeza que la envuelve, la ternura se abre camino, dándole a su alma un pequeño respiro. El dolor es todavía demasiado; sin embargo, aunque al hacerlo el hecho se vuelve aún más inevitable, consigue pronunciar en voz alta la verdad que la atormenta:
Anthony... Anthony está muerto...
*.*.*.Talismán.*.*.*
Las palabras del hombre flotan, llevadas por la suave brisa y se incrustan en su corazón, reconfortándola de modo especial. De alguna manera, al escucharla en esos labios, la palabra muerte se ha tornado aceptable, aunque no menos dolorosa y, a la luz de una pregunta, todo adquiere un nuevo sentido.
Él tiene razón, por supuesto. Ella sólo ha correspondido el amor y la ternura de Anthony con llanto en vez de alegrarse por haberlo conocido, por haber tenido la oportunidad de contemplar su sonrisa. Sin embargo, todavía duele y mucho.
De improviso, ahuyentado por la presencia de extraños, él se aleja, despidiéndose con simple gesto en tanto sus palabras permanecen con ella. Mientras, el águila permanece oculta, quieta y muda junto al corazón femenino, sabiendo que el tiempo todavía no es el propicio.
¡Sé fuerte! Tu vida depende de cómo la construyas...
