Todo lo que reconozcáis (y más) pertenece a J.K. Rowling. El resto ya es cosa de mi imaginación.
4. Más cosas nuevas, por favor
Abrió los ojos perezosamente, y por un momento, al entrever las formas de la habitación en penumbra no recordó dónde estaba. Pero el desconcierto se le pasó rápido.
Estaba en Nueva York. Dispuesto a cumplir su sueño de ser un gran jugador de quidditch. Y pensaba llegar a serlo, costara lo que costara.
Su reloj estaba en la mesilla de noche, y forzó la vista para distinguir las manecillas. No estaba acostumbrado a dormir mucho, y por eso se quedó asombrado al ver que eran más de las nueve de la mañana, a pesar de que se fue a dormir prontísimo. Por lo visto, el cansancio del viaje y las horas extra le habían afectado más de lo que creía.
La varita era el otro objeto que estaba sobre la mesilla, y aún sin salir de la cama, la cogió y la agitó para abrir las cortinas. La luz entró inmediatamente a raudales, llenando la habitación, y tuvo que cerrar los ojos, deslumbrado. Poco a poco, volvió a abrirlos, y observó con atención los detalles de la habitación que la luz del nuevo día iluminaba. La cama era grande, de sábanas blancas que creía que eran suaves, aunque no podría asegurarlo, porque hacía tanto calor que había dormido destapado. Había una estantería de madera vacía, y se preguntó con qué la iba a llenar, igual que las paredes, sin decoración alguna. El armario era grande y robusto, y seguía semivacío. El escritorio era de la misma madera que la estantería, igual que la silla. No había nada sobre él, a excepción de un montón de folios en blanco en una esquina, que no había visto la noche anterior. Pero sin duda, lo que más le llamó la atención era un pequeño pájaro de papel que revoloteaba silenciosamente frente a la puerta cerrada.
Se puso en pie ágilmente y se acercó con curiosidad al pájaro. Descubrió que no era una burda imitación, sino que era un trabajo que, si no tuviera rastros evidentes de magia, llevaría horas de trabajo. Levantó una mano para agarrarlo, pero antes de eso, el pájaro se posó en ella, y el papel del que estaba hecho se desplegó automáticamente, quedando totalmente plano. Había una inscripción, en letras grandes y moradas, justo en el centro, que decía: "¡Atención! Muggle en casa. Los hechizos en zonas comunes quedan desactivados. Se ruega no practicar magia en dichas zonas."
Bruce le dio la vuelta al papel, maravillado ante lo que el día anterior Jason llamó "el aviso de muggles". Justo cuando lo hizo, el pájaro volvió a formarse entre sus manos, y voló velozmente y sin emitir un solo ruido hasta el montón de hojas del escritorio, donde se posó y se volvió plano de nuevo.
¿Así que un muggle en casa? Por lo poco que recordaba de la conversación entre Jason y Brian mientras estos se preparaban para salir, lo más probable era que se tratara de una nueva amiga de Brian. Bueno, tampoco era que le importara mucho. No tenía pensado hacer nada mágico esa mañana, así que más allá de la curiosidad que sentía por saber qué clase de chica había conseguido Brian, no iba a alterar demasiado sus planes. Se acercó a la ventana y miró hacia abajo: veía el tráfico en la calle desde una altura considerable, pero para un jugador de quidditch, no era nada. Miró hacia arriba, y solo vio un cielo sin nubes entre los rascacielos. Parecía que el calor iba a ser tan intenso como el día anterior.
Salió con cuidado de la habitación, porque acababa de recordar que estaba insonorizada y podía ser que ya hubiera alguien más despierto. Pero el piso parecía desierto, así que se dirigió silenciosamente al baño que el día anterior le había parecido más limpio. Sacó de un estante una toalla que Jason le había dicho que estaba sin usar, y se metió bajo el chorro de agua fría de la ducha sin pensárselo dos veces.
Salió de la ducha un rato después, completamente despierto y preparado para afrontar el largo día que le esperaba. Si Brian se despertaba a una hora decente, iba a acompañarle a comprar ropa muggle para rellenar su armario. Y aunque no le apasionara, era necesario. Por suerte, se había mentalizado de que debía ser una persona accesible y paciente, o no soportaría la energía desbordante de su compañero de piso durante unas cuantas horas.
Recorrió el trozo de pasillo que separaba el baño de su habitación, donde se vistió con lo único muggle que tenía: la camiseta de Slytherin y los pantalones que sospechaba serían demasiado calurosos para cuando saliera a la calle, pero de momento no tenía otra opción. Se pasó una mano por el pelo aún mojado, que le caía despeinado sobre la frente, intentando arreglarlo un poco. Y después salió de la habitación otra vez, dispuesto a comprobar si sus discretas habilidades en la cocina le permitían conseguir, al menos, un desayuno aceptable.
Quince minutos después, descubrió con alivio que al menos sí que era capaz de alimentarse solo por las mañanas. Encontró cartones de leche y zumo en la nevera, cajas de cereales, fruta, y platos y cubiertos medianamente limpios. De modo que se sentó en el taburete dispuesto a desayunar con tranquilidad, esperando a que Brian se despertara.
No tenía nada que hacer, salvo esperar. Observó la sala, intentando grabar en su mente todos los detalles, y fue por eso que se dio cuenta de que había algo diferente a la noche anterior. Bueno, algo aparte de los tacones rojos y altos que había tirados por el suelo cerca de la puerta de entrada, y que ya se hacía a la idea de a quién le pertenecían. Obviando ese detalle, se fijó en que había un periódico a los pies de la pequeña chimenea metálica que había a un lado del salón. Era tan pequeña que apenas le cabría la cabeza por ahí, y precisamente por eso sintió curiosidad al descubrir un cuenco de polvos flu encima de ella, funcionando como pisapapeles de un montón de revistas. La portezuela de la chimenea estaba abierta, y daba la impresión de que el periódico había salido disparado a través de ella. Se levantó y lo recogió del suelo. America's Oracle, rezaba la portada en letras grandes y estilizadas. La fecha era la de ese mismo día, y la noticia principal era la destitución de un jefe de departamento del Ministerio de Nueva York por, por lo visto, falsificar los informes que entregaba el exmarido de su hija para que le despidieran. Entre otras, también se hacían un hueco en la portada la famosa plaga de chizpurfles y el inminente comienzo de la liga de quodpot.
Leyó el periódico mientras desayunaba. No se le pasó por alto el dramatismo de los autores y periodistas estadounidenses, así como la tendencia que tenían a exagerar visiblemente cualquier noticia. Por ejemplo, dudaba seriamente de que el jefe del Departamento de Accidentes Mágicos y Catástrofes hubiera gritado aquel monólogo que ocupaba media página del periódico, proclamando que había actuado de aquella manera por amor y por defender el honor de su hija, subido en un atril en medio del Atrio del Congreso.
Llegó a la sección de deportes, en la que por lo visto, llevaban todo el verano repasando los cincuenta mejores jugadores de la liga de quodpot. Aquel día, analizaban del 31 al 34. Teniendo en cuenta que en el quodpot había once jugadores por equipo y se informaba de que había veinte equipos compitiendo, no parecía que fuera un gran logro entrar en el grupo. Más adelante, informaban de que solo quedaban dos semanas para la inauguración de la liga, y comentaban los últimos fichajes, traspasos y salidas. Al final de la sección, se encontró con una página enteramente dedicada al quidditch. Quedaba casi un mes para el inicio de esta liga, y media página estaba dedicada a recordar la liga de veintitrés años atrás. Casi se atragantó cuando vio que en la columna de la derecha se informaba de su propio fichaje: "Los New York Minotaurs han emitido un comunicado oficial en el que anuncian la incorporación, ayer mismo, del joven Bruce Vaisey, un inglés de diecinueve años. Este joven desconocido en Estados Unidos juega como cazador, y después de firmar por dos años, viene a disputarle el puesto a los veteranos Allen, Rogers y Smith. El director deportivo de los Minotaurs aún no se ha pronunciado sobre el otro posible fichaje de un guardián, anunciado a finales de la temporada anterior".
Guau, su nombre estaba en el periódico. Apenas eran unas pocas líneas a las que no muchos prestarían atención, pero era su primer paso. El primer paso del largo camino que le faltaba por recorrer. Porque Bruce Vaisey no había abandonado su casa—y probablemente al amor de su vida—para que su nombre apareciera de vez en cuando en una columna en la sección de deportes. Definitivamente, él aspiraba a mucho más.
Algún día, su nombre iba a aparecer en las portadas de todos los periódicos del mundo.
El ruido de una puerta abriéndose y cerrándose inmediatamente le sacó de su ensoñación. No sabía identificar aún a qué habitación pertenecía ese sonido, y el pasillo quedaba en un ángulo muerto desde su posición, de modo que no podía ver quién venía hasta que entrara en la sala. Se aseguró de esconder bien su varita a su espalda, y estaba a punto de decidir qué hacer con el periódico cuando la persona entró silenciosamente en la sala de estar. Y efectivamente, no era ni Brian ni Jason.
Era una mujer, que no parecía ser mucho mayor que él. Tal vez tenía veinte o veintiún años. Era alta, delgada, con un pelo castaño que si no estuviera tan despeinado, debería ser liso y largo hasta los hombros. La nariz era larga y las cejas muy finas, sobre unos grandes ojos marrones. Todavía iba maquillada, con los labios pintados de rojo intenso destacando en su rostro. Iba vestida simplemente con la camisa que se había puesto Brian para salir la noche anterior, aunque a ella le llegaba hasta la mitad de las pantorrillas. La mirada de la chica dio con Bruce rápidamente, y el rubor subió hasta sus mejillas.
—Eh… Buenos días—le saludó la chica tímidamente.
A Bruce se le quedaron las palabras atascadas en la garganta. ¿Qué demonios se suponía que tenía que hacer con la chica con la que se había acostado su nuevo compañero de piso la noche anterior? Eso no lo había preguntado. Y no estaba preparado para esa situación.
—Buenos días—respondió secamente. Probablemente más seco de lo que sería considerado educado.
La chica apartó la mirada, y gracias a eso vio sus zapatos tirados por el suelo, con lo que se sonrojó aún más.
—Oh, mierda. No me acordé de los compañeros de piso—masculló ella, y se apresuró a recoger los zapatos.
—Debiste olvidar muchas cosas más para acabar con Brian—replicó Bruce.
No era que tuviera nada en contra de su nuevo compañero de piso, pero era un rasgo muy típico suyo (y de la mayoría de los Slytherin, la verdad) meterse con alguien por nada en concreto. Quienes le conocían mejor sabían que no iba en serio, pero la chica no podía tener ni idea de eso. Se dio cuenta de lo mal que había sonado eso demasiado tarde, pero a la joven no pareció importarle mucho. En cambio, soltó una exclamación ahogada de sorpresa cuando se giró a mirarle.
—¡Brian! Eso es. Sabía que era algo parecido a Barney.
Bruce alzó una ceja y una sonrisa ladeada se formó en sus labios.
—¿No sabías el nombre del tío con el que te has acostado?
—Ugh. Dicho así suena muy mal—respondió la chica, sin inmutarse—. Pero bebí un montón. Y tu amigo habla muchísimo. Supongo que no querrás que me acuerde de todo lo que me soltó en dos horas. O tres, no sé. Al final ya estaba bastante cansada de él.
—Y aun así te acostaste con él.
Ella se encogió de hombros, mientras se acercaba a la barra con los zapatos en una mano. Se sentó en un taburete frente a Bruce, y estudió el cuenco de frutas antes de elegir una manzana, a la que dio un mordisco antes de contestar:
—Pues sí, no veo el problema. No es feo, y así por lo menos se callaba. Y nos divertimos más que con sus chorradas.
Bruce se acabó el desayuno mirando con diversión a la chica. No era en absoluto tímida como le había parecido, sino más abierta y liberal que ninguna otra que hubiera conocido. Se preguntó mentalmente si todas las chicas en Nueva York serían así.
—¿Es el periódico de hoy?
Mierda, el periódico. No se había acordado de esconderlo. Pero cuando bajó la vista y lo miró, no se encontró con la imagen en movimiento del antiguo capitán del Angels' Rockets levantando la copa de la liga, sino con una foto quieta de un tipo con una pelota naranja en las manos. Las noticias de la página habían cambiado totalmente, y en la parte superior, el nombre del America's Oracle había desaparecido para dejar espacio para el de New York Times. De modo que no se opuso cuando la chica le arrebató sin pudor el periódico de enfrente.
Sin embargo, el interés no le duró mucho, aunque probablemente fue por el hechizo de ocultación que el periódico debía llevar. La chica pasó unas cuantas páginas distraída, hasta que lo apartó de sí y observó a su alrededor con un aire ligeramente confundido.
—No me he presentado, ¿verdad? Soy Sharon.
—Bruce.
—Supongo que debería irme.
—Tal vez deberías.
Sharon asintió. Tenía toda la pinta de que el periódico estaba encantado con un anti-muggles, que solía hacer que los muggles tuvieran la necesidad de hacer cualquier otra cosa, mientras fuera en un lugar alejado.
La chica se levantó y se internó por el pasillo de nuevo. Durante cinco minutos, Bruce oyó abrirse y cerrarse puertas, y un chorro de agua. Después, Sharon apareció, peinada, con la cara lavada y llevando el apretado y corto vestido con el que debía haber llevado cuando llegó de madrugada. Se calzó los tacones que había dejado junto al taburete y se detuvo antes de abrir la puerta de entrada. Le dirigió una sonrisa ladeada a Bruce.
—Me has caído bien. Tu amigo tiene mi número, por si quieres que nos veamos algún día.
Y dicho eso, salió del piso cerrando con cuidado la puerta. Los tacones repiquetearon unos segundos más en el pasillo hasta que el ruido se extinguió.
Bruce bufó, sacó la varita y levitó los restos del desayuno—incluyendo la manzana a medio comer de Sharon—hasta la encimera de la cocina. Esperaba que no se convirtiera en costumbre el tener que despedir a las amigas de Brian por las mañanas.
—Vaya, ¿ya estás despierto?
No había oído puertas, pero el ruido de los pasos de Jason le llegó justo antes de que este hablara, por lo que no se sobresaltó. Solo llevaba unos pantalones cortos de pijama, de los que sobresalía la varita por un bolsillo.
—Me dormí en cuanto os fuisteis. He tenido unas cuantas horas de sueño.
Jason puso cara de concentración, como si estuviera calculando las horas que había dormido. Pareció satisfecho, y después de soltar un gran bostezo, se dirigió a la cocina, donde empezó a apretar botones de aparatos, remover cajones y sacar comida, con lo que aprovechó para enseñarle vagamente a Bruce dónde estaba todo colocado. La reserva de pociones estaba en un doble fondo de uno de los armarios.
—¿Y qué tipo de despertar tiene Brian?
—Bueno. Demasiado bueno—respondió Jason, reprimiendo el enésimo bostezo en cinco minutos—. En cuanto se toma un café, tiene energía de sobra para el resto del día. Así que hoy no te vas a librar.
Bruce asintió pesadamente, lo que hizo que Jason se riera.
—Bueno, eso siempre que consiga librarse de la chica de anoche.
—Eso está hecho. Se acababa de ir cuando has llegado.
—Ala, ¿en serio? Con lo pegajosa que era anoche. Parecía que iba a tener que despegarla de Brian con un encantamiento seccionador.
Fue el turno de Bruce de reír, aunque no comentó que la opinión de la chica al respecto era muy diferente. Cualquiera de los dos (o ninguno) podía tener razón.
Jason se tomó una poción contra la resaca y se preparó un café. Después de eso, se mostró más activo, y le explicó a Bruce cómo había llegado el periódico cuando este se lo preguntó.
—En las grandes ciudades no solemos usar lechuzas, llaman demasiado la atención. El correo va por red flu. Basta con escribir el nombre y dirección detalladamente en el sobre y mandarlo al Comité de Correo del ministerio. Ellos se encargan de distribuir las cartas. Nosotros estamos suscritos al Oracle, así que nos llega cada mañana. Y a la Quidditch International, que llega cada quince días. Mira, la última tiene que estar por aquí.
Jason fue a rebuscar entre la pila de objetos y revistas que había en la mesa del salón, y no tardó en sacar una revista en la que salía un buscador atrapando la snitch en portada. Bruce empezó a pasar páginas, pero no estaba muy atento.
—¿Y el correo internacional? ¿Qué tengo que hacer para mandar cartas a Inglaterra?
Jason se encogió de hombros, agitó la varita y los restos de su desayuno viajaron estruendosamente hasta el lavaplatos.
—Supongo que lo mismo. Nombre, dirección exacta y mandarlo al Comité de Correo. Las cartas van automáticamente al más cercano, y ellos ya se encargarán de moverla por el mundo hasta que llegue a su destino.
—¿Tenéis sobres?
—Sí, seguro. En ese cajón de ahí…—Jason se puso en pie y estaba a punto de dirigirse a la cómoda del salón, cuando Brian entró en la sala.
Iba completamente desnudo. Jason bufó, y Bruce le observó con una ceja levantada.
—Por Merlín, Brian, vas a asustar al nuevo. Vístete y aparenta ser normal—protestó Jason, e hizo un rápido movimiento con su varita.
Brian iba a replicar algo, pero en ese mismo momento, lo que parecían sus propias sábanas se le echaron encima, probablemente convocadas por Jason, cubriéndolo totalmente. Jason soltó una carcajada, y Brian no tardó en quitarse la tela de encima de la cabeza y, lanzándole una mirada incendiaria a Jason, colocársela como pudo alrededor de la cintura.
—Buenos días, británico. ¿Te ha gustado el espectáculo?
Bruce chasqueó la lengua, y Brian rio. Se acercó a la cocina y empezó a prepararse el desayuno.
—Pues espero que hayas dormido bien. Te espera un día largo, y no te voy a dejar tranquilo ni un minuto.
Al principio, creyó que lo había dicho de broma. Cuando ya llevaba dos horas arrastrándose tras Brian por todas y cada una de las tiendas de ropa de Manhattan que se les cruzaban en el camino, ya no le hacía tanta gracia. Es más, Bruce creía que si existía un infierno en realidad, no podía ser peor que lo que estaba soportando esa mañana.
Brian hablaba sin parar. SIN PARAR. Bruce intentaba desviar la conversación-monólogo hacia alguna información sobre el mundo mágico en Estados Unidos, en alguna de las ocasiones en que Brian hacía pausas para respirar, pero él volvía a su charla al poco tiempo. Al cabo de poco tiempo dejó de entender de qué hablaba, pero antes de eso había escuchado incontables anécdotas de sus clases, decenas de nombres de personas aleatorias, evaluaciones sobre plagas de chizpurfles y demás seres mágicos y críticas hacia la mitad de jefes de Departamento del Ministerio de Nueva York.
Además de eso, Bruce tenía la sensación de que se había probado todas las prendas de ropa de cada tienda. Cuando había intentado explicar que no tenía mucho dinero (y que era todo mágico), todavía en el piso, Brian había replicado que se lo prestaba él y que ya se lo devolvería al cobrar el sueldo. De modo que sin preocuparse mucho por el dinero, Brian salía cargado de ropa nueva de cada tienda. Cuando las bolsas empezaron a ocupar un volumen importante, amplió mágicamente la más grande, y metió todas las demás dentro. Bruce empezaba a sentirse agotado. Así que no fue raro que, cuando salían de la enésima tienda y Brian comenzó a exponer las próximas cuatro tiendas que iban a visitar, Bruce gritara:
—¡Maldita sea, Brian! ¡Cállate de una vez! ¡Llevamos una eternidad comprando y no te has callado ni un minuto!
Ante tal estallido, Brian simplemente se rio. Y, por fin en silencio, le echó un vistazo al reloj de color naranja chillón que llevaba en la muñeca y apretó un botón.
—Dos horas, treinta y cuatro minutos, cincuenta y tres segundos—comentó Brian, mirando el reloj—. Vaya, Bruce, felicidades. No creí que tuvieras tanta paciencia. Si te digo la verdad, ya estaba empezando a quedarme sin temas.
Bruce frunció el ceño, confuso. No entendía qué acababa de pasar.
—Me has llamado Bruce—señaló con cautela.
El otro bufó, mirando al cielo.
—Pues claro, británico. No soy idiota, puedo aprenderme un nombre. Pero me gusta más llamarte británico—al ver que seguía con cara de confusión, soltó otro bufido antes de añadir—. Te estaba gastando una broma. No soy tan pesado. Un poco sí, pero no tanto.
—¿Una broma? ¿Por qué?
—Quería ver cuánto aguantabas. Ayer parecías imperturbable, y por lo visto aguantas bastante—explicó Brian con una sonrisa—. Te vendrá bien para los partidos, siempre hay un montón de gente gritando, y la mitad no son de los nuestros. Ah, y también lo he hecho porque tu cara era tremendamente divertida. Deberías haberte visto. Va, te invito a tomar algo y después vamos a casa, ¿te parece?
Pararon en un bar a medio camino de casa. Brian le enseñó cuales eran las bebidas muggles más típicas. Siguió parloteando sin descanso, pero al menos, lo hacía con un tono de voz menos chillón, y proporcionando información útil, algo que era de agradecer.
Cuando atravesaron la puerta del piso, se encontraron a Jason en la cocina, bebiendo una botella de agua. Por la ropa de deporte completamente sudada, se notaba que acababa de llegar de correr por el parque, como había dicho que haría.
—Ha superado la prueba—dijo con voz solemne Brian, nada más plantarse en el centro del salón.
—Genial. Entonces esta tarde podemos presentarte al resto del equipo, si te parece bien—sugirió Jason con una sonrisa.
No tenía planeado conocerlos hasta el lunes, en el primer entrenamiento. Pero si iba a haber más como Brian en el equipo, no sería mala idea saberlo antes y tener más tiempo para mentalizarse.
—Perfecto—respondió Bruce.
Después de comer algo parecido a espaguetis, que cocinaron entre los tres y con bastante ayuda de magia, Bruce fue a su habitación mientras los otros dos se tiraban en el sofá a ver una película. Él colocó toda la ropa nueva ("No te preocupes por eso. En dos meses tendrás suficiente para devolvérmelo" había dicho Brian) en el armario, lo que resultó ser una tarea tan larga como se había imaginado. Se quedó sin perchas, a pesar de que las había duplicado a montones antes de empezar, por lo que tuvo que descolgar unas cuantas camisas y camisetas para duplicar más. Cuando por fin terminó, el armario estaba prácticamente lleno.
Tras pedirles a Jason y Brian útiles para escribir, se sentó al escritorio de su habitación con un bolígrafo en la mano, apretando todo el tiempo el botón en la parte superior. Le habían mirado como si estuviera loco cuando había pedido una pluma y tinta, y Jason le explicó amablemente que ellos se habían modernizado, y le enseñó lo que era un bolígrafo.
—Pero el contrato lo firmé con pluma en un pergamino—se defendió ante las estruendosas carcajadas de Brian.
—Porque es un contrato mágico. Algo formal. Nadie utiliza pluma y tinta cada día—rio su compañero.
Así que ahí estaba, con un aparato que no había utilizado nunca en la mano y hojas en blanco frente a él. Garabateó un rato en la primera hoja, para acostumbrarse al funcionamiento del bolígrafo. Cuando creyó que ya lo dominaba y había aprendido a no ir a buscar el bote de tinta cada cierto tiempo, empezó a escribir las cartas.
La primera era fácil. A su padre no tenía que decirle muchas cosas. La relación entre ellos siempre había sido fría, y se habían vuelto tan desconocidos el uno para el otro, que las semanas que Bruce había pasado en casa al acabar séptimo solamente se habían visto en las cenas. Nunca había sabido qué opinaba su padre de que quisiera dedicarse profesionalmente al quidditch, puesto que lo único que había dicho al respecto era que hiciera con su futuro lo que creyera conveniente. Así que se limitó a informarle que los Minotaurs le habían contratado, que jugaría en el equipo por los próximos dos años y que el fin de semana siguiente pasaría por la casa para recoger todas sus cosas. Omitió el detalle que tras ese fin de semana, no pensaba volver a vivir jamás en esa casa.
No tenía abuelos, vivos o conocidos; tampoco tenía tíos o primos; ya eran doce los años que llevaba sin tener noticias de su madre. De modo que la correspondencia para su familia podía darse por finalizada.
A continuación les escribió a Tracey, Lily y Theodore. Las cartas fueron bastante similares, sobre todo las de las chicas. A ellos también les explicó que su contrato ya era oficial y que se iba a quedar en Nueva York durante dos años, aunque prometió ir a visitarlos siempre que fuera posible. No se olvidó de jurarle a Theodore que se acordaría del trato que tenían para hacer un viaje a Egipto. Les habló por encima de sus compañeros de piso, y acabó pidiéndoles que reservaran la tarde del sábado para verse una última vez.
Y ya solo le quedaba una carta de las cinco que había planeado escribir. El problema estaba en que aún no sabía cuál iba a ser el destinatario.
Su corazón quería escribirle a Eve. Quería pedirle perdón, decirle que había sido un idiota y que no volvería a decir estupideces. Pero eso no tenía ningún sentido, decidido como estaba a quedarse en Nueva York. Solo haría la brecha aún más profunda.
Pero tenía que explicar por qué había tomado esa decisión a alguien del entorno cercano a Eve. Sus propios amigos no habían necesitado muchas explicaciones. Por algo eran Slytherin, y comprendían rápidamente que había demasiadas pocas cosas capaces de desviar a uno de ellos de su máxima ambición. Pero los amigos de Eve no eran de Slytherin, no había tenido ocasión de hablar cara a cara con ninguno de ellos antes de marcharse, y probablemente estarían más que furiosos con su decisión. De modo que quería explicarse con alguno de ellos. Así, tal vez, con el tiempo pudiera convencer a Eve de que no lo había hecho porque no la quisiera. Aunque sinceramente, lo dudaba. Eve era tan o más cabezota que él mismo.
¿A quién podía escribirle? Los tres chicos Gryffindor de su año quedaban descartados, porque las probabilidades de que quisieran asesinarle eran muy altas.
De sus dos mejores amigas, Ginny Weasley también podía ser descartada. Además de que él solo había entablado una relación con ella durante un año, ella siempre se había mostrado bastante distante, y eso sin contar la rivalidad que tenían en el quidditch.
Vicky Frobisher era la otra opción. Pero ella, aunque siempre había sido educada con él, también había sido bastante fría. Ni dos años de convivencia habían conseguido que cada pequeña pelea entre él y Eve dejara de parecerle un enorme motivo para romper la relación.
Y entonces, vio claramente quién era la mejor opción para recibir la carta. Maggie Ackerley no era una de las mejores amigas de Eve, pero sí que confiaba en ella y tenían una buena relación. Y la Hufflepuff era de las pocas que no le juzgaba duramente por ser un Slytherin, sino que era amable y le sonreía con facilidad. Y eso era algo que Bruce agradecía enormemente. Puede que los recuerdos que tenga de la noche de la batalla de Hogwarts sean confusos y caóticos, pero la cara de duda de Maggie Ackerley justo antes de decidir ayudarles y salvarles la vida a él y Eve es una de esas cosas que recordará para siempre.
Así que le escribió a Maggie. Le resumió la situación, y le pidió que se reuniera con él el próximo domingo por la mañana.
Y cuando por fin puso el último punto sobre el papel y dejó caer el bolígrafo, soltó un suspiro de alivio. Si la comunicación nunca había sido su fuerte, por carta lo era mucho menos. Pero como mínimo había sido capaz de escribir del tirón a todas las personas que necesitaba ver, sin tener que hacer pausas demasiado largas para pensar cómo continuar. Lo que era realmente un gran avance.
Se puso en pie, masajeando la mano cansada de escribir. Cómo se notaba que lo suyo era sujetar quaffles y no bolígrafos. Cuando abrió la puerta de la habitación, cartas en mano, el ruido de la televisión inundó sus oídos. Jason y Brian todavía estaban viendo la película, o tal vez habían empezado otra. Bruce no tenía ni idea, porque cuando se plantó en el salón preguntando por los sobres, la imagen que aparecía en pantalla le pareció exactamente igual a la que había cuando se había ido.
—¿Lily Moon? ¿Margaret Ackerley? ¿Tracey Davis?—se acercó a curiosear Brian cuando Bruce ya estaba escribiendo los nombres en los sobres que le había dado Jason—Parece que le escribes a muchas chicas, ¿eh? ¿Alguna novia? Vamos, cuéntanos cuantos corazones rotos has dejado en Inglaterra.
—Ningún corazón roto—mintió perfectamente Bruce, como si no le diera importancia. Obviando que probablemente el más roto era el suyo—. Son simplemente amigas. Yo me he centrado en el quidditch.
—Entonces supongo que algún día podrían hacerte alguna visita y me las podrías presentar—sugirió Brian, despeinándose el pelo con una mano y adoptando una pose que intentaba ser seductora.
La risa de Jason retumbó en el salón, y Bruce se limitó a levantar una ceja incrédula.
—Creo que Bruce ya te conoce suficiente como para saber que no eres la mejor persona a la que presentarle amigas—comentó Jason.
—Gol para Jason—dijo Bruce, sinónimo de "Has acertado", y ambos se sonrieron ligeramente.
—¡Oh, vaya! ¿Pero esto te parecerá bien? ¡Primero te niegas a presentarme a tus amigas y luego empiezas a robarme a mi compañero de piso! Muy bonito, británico. Definitivamente, muy bonito—se lamentó Brian. Se adivinaba la sonrisa bajo sus gestos sobreactuados, pero aún y así, se levantó del sofá y salió dramáticamente del salón.
Bruce bufó.
—¿No se suponía que la broma ya había acabado?—preguntó, causando la risa de Jason.
—Y ha acabado, te lo aseguro. Pero Brian a veces es así sin necesidad de exagerarlo todo para un novato. Por algo es un Amarillo—explicó Jason.
Bruce asintió con la cabeza. De acuerdo, podía acostumbrarse a tener un compañero de piso medio loco si el otro era una persona tan medianamente razonable como parecía ser Jason. Pero ellos dos parecían llevarse bien, a pesar de lo diferentes que eran. Armándose de paciencia, se dijo que con total seguridad, con el tiempo Brian le parecería cada vez más divertido y no tan irritante en ocasiones como esa.
Cerró con cuidado los sobres y Jason le dedicó una mirada de aprobación. Después le enseñó cómo se enviaban las cartas a través de la chimenea.
Y apenas una hora después, los tres caminaban a través de las atestadas calles de Manhattan. Jason y Brian habían prometido enseñarle la zona mágica de Nueva York antes de conocer al resto del equipo, en un bar muggle no muy lejos de la zona. Insistieron en ir a pie, argumentando que no tardarían más de quince minutos. Para cuando llevaban diez caminando, Bruce ya estaba totalmente perdido, y solo veía personas y carteles de colores brillantes a su alrededor. Fue entonces cuando Jason y Brian se detuvieron, y Bruce estuvo a punto de chocar contra ellos.
Estaban en, probablemente, el lugar más atestado de gente y de colores brillantes que Bruce hubiera visto en su vida.
—Bruce Vaisey, bienvenido a Times Square—dijo Brian con voz solemne, llevándose una mano al pecho.
—Pero esto está lleno de muggles. ¿Cómo va a estar aquí la entrada a la zona mágica?—objetó Bruce.
Los otros dos rieron, y fue Jason quien dio la explicación:
—Hay dos maneras conocidas de ocultarse perfectamente de los muggles. La primera es irte lo más lejos posible de ellos. Y la segunda consiste en poner lo que quieres ocultar justo delante de sus narices.
—Con tanta gente pasando por aquí cada día, nadie se fija en las desapariciones misteriosas—añadió Brian con una gran sonrisa.
Los tres se dirigieron hacia un lado de la plaza, llenísima de gente. Brian consiguió llegar al lado de una farola, y se detuvo para apoyar una mano en ella. Lanzó una mirada alrededor, asegurándose de que ningún muggle le prestara la más mínima atención, sonrió misteriosamente a Bruce y a continuación, dio la vuelta a la farola sin despegar la mano. Y no apareció del otro lado. Nadie a su alrededor se inmutó.
—¿Así que esto es la entrada?—preguntó Bruce, acercándose rápidamente a la farola. Le recordaba muchísimo más a la entrada al andén nueve y tres cuartos que a la del callejón Diagon.
—Sí. Solo tienes que dar la vuelta con la mano encima de la farola. Notarás un bulto bajo la mano mientras te estés moviendo. Solo tienes que apretarlo sin despegar la mano, y eso es todo. Nos vemos abajo.
Bruce hizo exactamente lo que Jason dijo. Apoyó la mano izquierda sobre el metal, y mientras daba la vuelta, una protuberancia apareció súbitamente bajo su palma. Apretó con fuerza, y sintió cómo cedía inmediatamente bajo su presión. Los colores brillantes y el ruido de Times Square desaparecieron de repente. Por un instante, todo fue negro y silencioso. Justo después, se encontró de pie, con la mano todavía encima de una farola, en lo que sin lugar a dudas era la zona mágica de Nueva York.
Y durante muchos años, Bruce iba a recordar ese primer vistazo al mundo mágico norteamericano como el momento más desconcertante de su vida.
Porque no había visto nada tan psicodélico en sus diecinueve años de vida.
La calle era amplia, recubierta de piedra gris, pisoteada por cientos de magos vestidos casi completamente como muggles. Pero eso era lo de menos.
El primer edificio a su izquierda era una taberna oscura y vieja, con al menos doscientos años de antigüedad, dentro de la que se veían apelotonarse decenas de personas. El primer edificio a su derecha era un típico edificio antiguo que habría encajado perfectamente en el callejón Diagon, desde cuyos escaparates varios sapos, gatos y lechuzas le devolvían la mirada. Y hasta ahí lo normal.
Porque el segundo edificio a su derecha era una enorme construcción metálica de color plateado, con paredes que se curvaban y sin ventanas visibles, que se elevaba decenas de metros hacia el aire. A continuación, un edificio cuadrado y de paredes de cristal transparente dejaba a la vista toda la colección de ropa que vendía. A su lado, como si fuera lo más normal del mundo, volvía a aparecer una pequeña y vieja construcción en la que niños pequeños compraban helados y demás golosinas.
Una inmensa torre de mármol negro que se levantaba hacia el cielo. Una minúscula tiendecita de libros. Unas paredes de un blanco puro sobre las que se deslizaban imágenes de dragones que echaban fuego por sus fauces. Un rústico establecimiento que vendía las varitas. Un pequeño restaurante con comida típica. Un edificio con forma esférica y color rojo quaffle en torno al cual orbitaban unas esferas de medio metro de diámetro que recordaban a las bludgers, como si fueran lunas alrededor de la Tierra. Una gran tienda que parecía estar a punto de caerse a pedazos por la antigüedad y de la que sin embargo la gente salía cargada de libros. Una construcción con forma de árbol gigante en la que los magos compraban ingredientes de pociones, y bajo la sombra de la cual descansaban muchos más…
La combinación de elementos completamente nuevos con los absolutamente tradicionales era chocante. Si lo comparaba con el callejón Diagon y los establecimientos que llevaban centenares de años intactos en Inglaterra, era una verdadera locura.
Bruce observaba boquiabierto el paisaje frente a él, de modo que no notó que a pocos metros de distancia, Brian se reía estruendosamente de él, y no advirtió que Jason aparecía a su lado hasta que este le posó una mano en el hombro. Bruce sacudió la cabeza, intentando recuperarse de la impresión.
—Alucinante, ¿verdad?—comentó Jason.
—No es lo que me esperaba.
—Bueno, aquí no somos tan tradicionales como en Inglaterra. Nuestra sociedad avanza, y nuestros lugares no deben quedarse en el pasado—explicó Jason, encogiéndose de hombros—. Bienvenido a la Avenida Cero.
—Yo siempre he defendido que debería llamarse Avenida Seis y Dos Tercios. O Seis y Tres Cuartos. Pero por alguna razón prefirieron llamarla Cero—intervino Brian.
—Entiendo…—respondió Bruce, medio ausente, todavía desconcertado (y aun decidiendo si maravillado o no) por la escena que observaba.
—Vamos, tienes que verlo todo—le animó Jason. Y entre los dos, le mostraron todos y cada uno de los establecimientos que poblaban la Avenida Cero.
Túnicas, libros, ingredientes, calderos, balanzas, varitas, telescopios, pergaminos, plumas, tinta, escobas… todo lo que pudiera imaginarse y más podía encontrarse en la Avenida Cero, sin olvidarse de los numerosos establecimientos de comida, tanto tabernas mohosas como amplios restaurantes, puestos móviles y cualquier término medio.
Bruce, Jason y Brian pasaron gran parte de la tarde recorriendo la calle arriba y abajo. Bruce no tardó mucho más tiempo en admitir que era fascinante la mezcla de elementos que llenaban la Avenida, lo que causó las risas de Brian. Cuando bastante más tarde se pararon a descansar en un bar, Johnny el Despartido, situado apenas dos locales más allá de la tienda con aspecto de quaffle (que Jason y Brian habían evitado deliberadamente), los tres necesitaban desesperadamente una bebida.
Era un establecimiento antiguo, pero que parecía haber sido reformado no muchos años atrás. Las paredes de madera estaban pintadas de colores vivos, entre los que predominaban el verde y el morado, y las mesas eran altas y circulares, rodeadas de taburetes de tres deformes patas que no parecían poder aguantar mucho peso sin ayuda de magia.
Cuando entraron en el bar, el camarero de largo cabello rubio y barba poblada tras la barra saludó con la mano a Jason y Brian, reconociéndoles. Los tres chicos tomaron asiento en una de las pocas mesas libres que quedaban, y el camarero no tardó más de un minuto en llegar a su lado, palmeando la espalda de los dos mayores. Lo cual, dado el metro noventa de altura del hombre y su ancha espalda, no debía ser muy agradable.
—¿Qué tal las vacaciones, chicos? Estaba empezando a pensar que no vendríais a saludarme hasta que empezara la temporada—les saludó el camarero con una voz terriblemente grave, incluso para los cuarenta años que aparentaba.
—Ya sabes, Johnny, las estrellas de quidditch son gente muy ocupada—le respondió primero Brian, con una sonrisa burlona.
—Entonces seguro que tú tienes mucho tiempo libre—replicó mordazmente Johnny, palmeando con más fuerza la espalda de Brian—. ¿Y tú, Jason?
—Todo sigue igual en casa. ¿Qué tal el negocio?
—No puedo quejarme. ¿Quién es vuestro amigo?
—Es Bruce, nuestro nuevo cazador. Llegó ayer—explicó brevemente Jason.
—¿Así que cazador, eh?—Johnny extendió la mano sobre la mesa y estrechó la de Bruce sin que este tuviera apenas tiempo de reaccionar—Encantado de conocerte, Bruce. Yo me llamo Johnny. Soy más de quodpot, pero el quidditch no está mal. Si le pateas el trasero a Brian, probablemente me caerás bien.
—¡Eh, pero si estamos en el mismo equipo!—se quejó Brian.
—Puede patearte el trasero estando en tu mismo equipo—respondió Johnny, sin inmutarse en lo más mínimo—. ¿Qué queréis? ¿Tres whiskys de fuego?
—Una cerveza de mantequilla para cada uno. Hemos quedado luego en un muggle con el equipo—rectificó Jason.
—Podríais haber venido todos aquí.
—Hoy llegaba Gina—intervino Brian, y Johnny chasqueó la lengua con disgusto.
—De acuerdo, esta vez os la paso. Pero quiero veros más por aquí.
Jason y Brian asintieron a coro mientras Johnny se alejaba.
—Así que, ¿Johnny el Despartido?—quiso saber Bruce.
—Ajá. Sufrió una despartición cuando se desapareció una vez, apenas unos días antes de montar el bar. Se quedó sin media oreja derecha, y para cuando se dio cuenta, ya fue demasiado tarde para hacerla crecer de nuevo—informó Brian.
—No parece que le caigas demasiado bien—hizo notar Bruce.
Justo en aquel momento, tres cervezas de mantequilla llegaron flotando hasta ellos, y Brian se apresuró a llevarse una de ellas a la boca, gesticulando como para restarle importancia. La momentánea expresión seria de Jason estuvo a punto de pasarle desapercibida a Bruce.
—No es nada. Tuvimos unos roces hace un tiempo. Nada que unos colegas no puedan solucionar—comentó finalmente Brian con una sonrisa torcida. Se había bebido media cerveza de mantequilla de un solo trago.
No hacía falta ser tan observador como Bruce para darse cuenta de que había algo que estaban omitiendo contarle, pero decidió ignorarlo. No había aún confianza suficiente como para presionarlos, y tampoco era que necesitara saberlo.
—Gina es una de las chicas del equipo, ¿no? ¿Qué problema tiene con Johnny?—decidió seguir preguntando Bruce.
La cerveza de mantequilla era diferente a la de Inglaterra, como más dulce. Pero le gustó igualmente.
—Hace un tiempo, Gina estuvo aquí y un hombre no paró de acosarla toda la noche. No era más que un tipo muy pegajoso que ella podría haber apartado con un par de puñetazos…—explicó Jason.
—Alguna vez lo ha hecho, es francamente gracioso. Tienes que verlo—intervino Brian.
—… pero esa noche debía de estar de mal humor, así que no le dio ninguna paliza, pero a cambio le montó un escándalo a Johnny por no controlar a sus clientes. Así que se pelearon, y desde entonces Gina jura que no volverá a poner un pie aquí. Y Johnny lo prefiere así—concluyó Jason.
—Ay, estas grandes divas del quidditch. Se comportan como si el mundo estuviera a sus pies—suspiró dramáticamente Brian.
—¿Algo así como tú?—inquirió Bruce con una sonrisa burlona.
Jason rio a carcajadas, y la cara de asombro de Brian no se le pasó hasta que salieron del bar.
De vuelta a la soleada Avenida, Jason y Brian adoptaron expresiones solemnes, y le condujeron a paso lento hacia la tienda quaffle. Quidditch para todos, rezaba en grandes letras verdes el cartel sobre la entrada.
—¿No se supone que aquí es más popular el quodpot?
—Sí, pero últimamente se está potenciando mucho el quidditch.
—Queremos ganar un mundial de quidditch, no solo de quodpot—añadió Brian.
—Y esta tienda ayuda mucho a popularizarlo—acabó Jason.
Las bludgers daban vueltas velozmente alrededor del edificio, pero ninguna bajaba de los tres metros de altura, de modo que no se interpusieron cuando entraron.
Y allí dentro había todo lo que un gran aficionado al quidditch querría poseer. Una impresionante cantidad de fotografías de jugadores firmadas por ellos mismos tapizaba las paredes, allí donde no colgaba la equipación completa de alguno de los quince equipos de quidditch de Estados Unidos. Juegos completos de pelotas llenaban el lugar, al igual que las mejores escobas para jugar, y también todo tipo de objetos y complementos con los colores y escudos de los equipos, aunque predominaba el celeste, azul y fucsia del equipo de la ciudad.
Mientras curioseaban a través de la tienda, Bruce se fijó en que la mayoría de la gente presente echaba miradas poco discretas a Jason y Brian, quienes habían pasado bastante desapercibidos el resto del tiempo. Pero no era de extrañar que en una tienda para aficionados al quidditch, dos jugadores del tercer mejor equipo de la pasada temporada fueran reconocidos, a pesar de lo normales que parecían. Bueno, tal vez Brian con su pelo azul no parecía alguien muy común, pero no más extraño que muchos jóvenes.
Entonces se topó con el que probablemente era el artículo a la venta más feo de todos los que podían existir: un minotauro de piedra negra, de un palmo de altura, con una camiseta con los colores de los Minotaurs, acompañado de la antorcha y la corona de la estatua de la libertad. Una mezcla visualmente horrorosa, pero que por lo visto, a la gente le resultaba cómica, porque muchos de los compradores llevaban uno entre las manos.
Fue en ese momento que oyó una aguda vocecita no muy lejos de él preguntando:
—Perdone, ¿es usted el señor Jason Lane?
Se giró para identificar el origen de la voz, para encontrarse con Jason siendo abordado por una niña de unos seis o siete años, con dos coletas rubias y una camiseta de los Minotaurs tan grande que la usaba como vestido. El que parecía ser el padre estaba justo detrás de la niña, vigilándola atentamente.
—Sí, soy yo—respondió Jason amablemente.
Brian, que estaba cerca de Jason, se acercó rápidamente a Bruce, sin decir una palabra pero gesticulando bastante. "¡Y a mí no me reconoce!", parecía estar diciendo.
—¿Podría firmarme un autógrafo, señor Jason Lane?—preguntó de nuevo la niña.
—Claro que sí—accedió Jason, e inmediatamente el padre de la pequeña hizo aparecer papel y un bolígrafo, que tendió a Jason—. ¿Tú cómo te llamas?
—Susan Blancheflower.
—Muy bien, Susan Blancheflower—repitió Jason, mientras firmaba en el papel—. Aquí tienes.
La niña soltó un gritito de alegría al recibir el autógrafo, y se refugió emocionada en los brazos de su padre, quien la levantó en el aire y se apresuró a estrecharle la mano a Jason, antes de acercarse a Brian y decirle:
—Lo siento, es que quiere ser guardiana. Pero usted también le cae bien. Suerte con la temporada.
Padre e hija salieron rápidamente de la tienda, y Brian abrazó a Jason haciéndole ojitos.
—¡Por favor, mi adoradísimo señor Jason Lane! ¡Fírmame un autógrafo!—rio Brian.
—¿Te molesta que no te lo haya pedido a ti, eh?—replicó con una sonrisa Jason, apartándose bruscamente—Vamos, Bruce. Tenemos que presentarte a alguien.
Le llevaron hasta el fondo de la tienda, donde estaban las cajas registradoras y los vendedores. Uno de ellos, un hombre calvo, con bigote y regordete de unos cincuenta años, con un escalofriante parecido con el profesor Slughorn, se levantó de un salto al verles llegar, y abrazó a Jason y Brian a la vez con un brazo para cada uno.
—¡Ja, ja, ja! ¡Mis chicos! ¿Qué hacéis por aquí hoy?—exclamó el hombre.
—Queríamos presentarte a alguien—dijo Brian.
—Exacto. Bruce, este es Mayer. Uno de los mayores expertos en Estados Unidos sobre quidditch, y el mejor aficionado de los Minotaurs. Mayer… ¿te suena el apellido Vaisey?
—Encantado—dijeron ambos a la vez, mientras se estrechaban las manos.
—Hmm, ¿Vaisey, has dicho?—repitió Mayer, y su mirada viajó rápidamente al periódico sobre el mostrador, abierto por la sección de quidditch. Mayer recogió el periódico, y sus ojos volaron sobre las líneas—¡Oh, oh! Así que me habéis traído a nuestra nueva estrella, ¿eh?
—Todavía es un poco pronto para eso—quiso matizar Bruce.
—Hmm, sí, es cierto. Pero Smith suele tener buen ojo, así que esperamos grandes cosas de ti. Hasta esta mañana, no me acababa de creer los rumores de que íbamos a fichar a un extranjero. ¡Hace cinco años ya del último fichaje de un inglés!
—Nosotros tampoco nos creímos a Smith al principio, pero resultó ser verdad—admitió Brian.
—Ajá. ¿Y qué tal juega?
—No tenemos ni idea. Hasta este lunes no empieza—explicó Jason.
—Pues esperemos que lo haga bien—y añadió, dirigiéndose a Bruce—. Y en cuanto a ti, quiero que te pases por aquí en cuanto hayas jugado algún partido y tenga una foto tuya, para que firmes y te unas a la colección.
—¿Yo? ¿A la colección?
—Por supuesto, Vaisey. Tú y todos los jugadores que han pasado por la Liga.
Mayer señaló las paredes, llenas de fotografías. No era descabellado pensar que ahí estaban todos aquellos que habían pasado por la Liga desde que se había inventado la cámara fotográfica.
—¿Y vosotros también estáis?
—¡Por supuesto!—exclamó Brian, mientras Jason asentía echándole un vistazo a su reloj.
—Deberíamos irnos ya, o llegaremos tarde. Y no quieres saber cómo se pone Jeffrey con los retrasos.
Los tres se despidieron de Mayer, prometiendo que volverían cuando empezara la temporada, y abandonaron la tienda no sin antes enseñarle a Bruce sus propias fotografías firmadas. Jason aparecía haciendo una parada espectacular con las puntas de los dedos, y Brian salía marcando tras esquivar a un cazador por cada lado.
Volvieron a aparecer en Times Square tras dar la vuelta a las farolas situadas al final de la Avenida, y nadie se dio cuenta. Entonces, Bruce se vio arrastrado por sus compañeros hacia una de las bocas de metro, lo que acabó con el primer viaje en metro de su vida, lo cual fue ciertamente fascinante. Cuando volvieron al aire libre y al calor del sol, aún tuvieron que caminar cinco minutos más hasta llegar a la entrada del bar en el que se habían citado.
—Y recuerda, es un lugar completamente muggle. Nada de mencionar la palabra quidditch. Somos un equipo de golf—le recordó Brian.
—¿Qué demonios es el golf?
—Un deporte muggle muy aburrido. Nadie te preguntará por él—aseguró—. Y si lo hacen, un disimulado Confundus lo arregla todo.
Jason abrió la puerta, y los tres ingresaron en un muy típico bar muggle. Rápidamente, tres figuras sentadas en una mesa al fondo levantaron las manos a modo de saludo, y los recién llegados caminaron hacia donde estaban. A medio camino, la única mujer del grupo se levantó de la mesa y se acercó con los brazos abiertos. Jason fue el que llegó primero, y la mujer se fundió entre risas en un abrazo con él.
—¡Jason! ¿Qué tal el verano?—preguntó la joven, deshaciendo el abrazo.
—Fantástico, ¿y el tuyo?
—Estupendo.
—¿No hay abrazo para mí?—protestó Brian, y la mujer se apresuró a dejarse envolver entre los brazos del chico—Mis vacaciones también han sido geniales, gracias por preguntar.
La mujer se rio, con una risa dulce y cantarina, antes de levantarse sobre las puntas de los pies para besar a Brian en la mejilla. A continuación, procedió a fijarse en el nuevo.
—Bruce Vaisey, ¿cierto? ¿Puedes creerte que hemos tenido que enterarnos de tu nombre por el periódico? ¡David no nos dijo ni eso!
Sin esperar respuesta, la mujer le abrazó afectuosamente, ante la sorpresa de Bruce.
—Bruce, te presentamos a nuestra encantadora Elizabeth Hiat—dijo Brian—. El ángel del equipo.
Y de verdad parecía un ángel, pensó Bruce. Elizabeth tenía una cara redonda, con hoyuelos en ambas mejillas, que la hacía parecer mucho más joven de lo que debía ser. Los ojos de un profundo color negro, la piel ligeramente tostada, la nariz pequeña y el largo cabello rubio y liso contribuían a esa imagen, al igual que la sonrisa fácil, la reducida estatura y el sencillo y blanco vestido que llevaba. Parecía el ser más inocente sobre la Tierra, y más cuando soltaba la risa cantarina con la que les estaba obsequiando en esos momentos.
—Supongo que ya te habrás dado cuenta de que Brian exagera mucho las cosas—comentó Elizabeth, mirándole con una gran sonrisa que dejaba ver sus dientes pequeños y blancos—. Es un placer conocerte, Bruce.
—El placer es mío.
—Y ella es mía—intervino en ese momento uno de los hombres que ya había sentados a la mesa, que se había puesto en pie y se había colocado al lado de Elizabeth en actitud protectora—. Así que las manos donde pueda verlas, Bruce. Soy Donald Blackwell, el segundo capitán.
—También es un placer conocerte a ti—replicó Bruce, sin dejarse intimidar, a lo que Donald correspondió con una media sonrisa.
Y eso que era verdaderamente intimidante, porque Donald Blackwell tenía una complexión de oso pardo, con una altura superior al metro noventa y de espalda ancha. Tenía la piel muy pálida, pero los ojos y el pelo eran del mismo tono castaño oscuro.
—No te preocupes, Don. Ya le hemos advertido—rio Jason.
—Oh, hombres. ¿No veis que es buen chico?—se quejó Elizabeth.
—Pero es que a ti todos te parecen buenos chicos—bufó Donald, besando a su novia en la frente.
—Soy un buen tío—comentó Bruce, sin mirar a nadie en particular. Y los demás estallaron en carcajadas.
—Y es condenadamente gracioso. Eso no os lo habíamos dicho—añadió Brian, secándose unas lágrimas imaginarias y pasando un brazo por la espalda de Bruce—. Y te falta conocer al más importante. Nuestro capitán, Jeffrey Allen. O Jeffrey All-in, como prefieren llamarle nuestros queridos fans.
Entonces se fijó en el desconocido que quedaba, de pie tras los demás. Era más bajo que los demás hombres, y ya empezaba a tener algunas entradas en su pelo naranja. Los ojos eran grandes y de un verde grisáceo, y la nariz estaba ligeramente torcida, como si se la hubiera roto bastantes veces gracias a unas cuantas bludgers. Le escaneó de arriba a abajo con la mirada, como si estuviera analizando si tenía opciones de ser un buen jugador de quidditch. Finalmente, Jeffrey Allen pareció estar de acuerdo con la elección de sus superiores y esbozó una sonrisa amistosa antes de estrecharle la mano.
—Bienvenido a los Minotaurs, Bruce, aunque supongo que ya te lo habrán dicho cientos de veces. Esperamos que te sientas cómodo con nosotros, y haremos todo lo posible por que sea así… Y espero que demuestres tu calidad en los entrenamientos si quieres ganarte el puesto.
—Seguro que es bueno. Con lo obsesionado que está Smith por entrar en el TIAQ, no lo habría fichado si fuera un paquete—intervino Jason, de buen humor.
Los demás parecieron estar de acuerdo, y procedieron a sentarse en la mesa que ya tenían ocupada. Pidieron cervezas para los recién llegados, y lo primero que hizo Bruce fue preguntar quiénes faltaban.
—Robert y Gina—fue Elizabeth, sentada justo enfrente de él, quien le contestó entre sorbo y sorbo de su botella—. Suelen retrasarse casi siempre, pero no deberían tardar mucho más.
—Eh, aquí primero hacemos las preguntas nosotros. No es justo que Jason y Brian ya te conozcan y nosotros no sepamos nada de ti—protestó Donald—. Cuéntanos cosas sobre ti, Bruce.
—¿Cosas como qué?
—Cosas como, por ejemplo, qué edad tienes—empezó preguntando Jeffrey.
—Diecinueve.
—¿Y dónde naciste exactamente?—continuó Elizabeth.
Fue respondiendo a todas las preguntas que le plantearon, una tras otra. Incluso Brian y Jason le interrogaron, Brian haciendo las preguntas más absurdas que se le ocurrían. Al cabo de unos cinco minutos, apareció el séptimo integrante del grupo, que se presentó como Robert Blackwell. Robert resultó ser el hermano menor de Donald, a pesar de que el primero era más alto y, si cabe, con la espalda más ancha. Pero eran bastante parecidos en todo lo demás, solo que Robert llevaba el pelo castaño algo más largo y su piel estaba bronceada.
—¡Anda ya! ¿El nuevo ya está hablando? ¿Qué me he perdido?—se integró rápidamente Robert en la conversación, agarrando la cerveza de su hermano y bebiéndose la mitad que quedaba de un solo trago.
Los demás se dedicaron a resumirle los datos más importantes de lo que había contado Bruce, mientras su hermano mayor, ajeno a la conversación, le reprendía por ladrón de cervezas.
—Ya veo… ¿Y cómo es que has acabado en los Minotaurs?
Y entonces les narró su encuentro con el señor Higgins, evitando contar la parte de las inútiles entrevistas por las que había pasado, y concluyó con que el señor Higgins le había recomendado ganar experiencia en otra liga antes de jugar en la inglesa. No había sido exactamente así, pero era bastante cercano a la realidad.
—¿Y alguna chica a la que hayas dejado con el corazón roto tras tu marcha?—curioseó Elizabeth, sin perder la amable sonrisa.
Había dado en el clavo, pero Bruce hacía rato que se esperaba alguna pregunta al respecto, de modo que el golpe no dolió tanto. Quitándole importancia, comentó:
—No, la verdad. Nunca he tenido nada serio con alguna chica.
—¿Y con algún chico?—bromeó Brian, pero la ceja alzada de Bruce fue suficiente respuesta a eso.
—Mirad, acaba de llegar alguien que tampoco sabe qué es tener algo serio—comentó Jeffrey, mirando hacia la entrada del bar.
Todos se giraron en la misma dirección, donde acababa de entrar una mujer que quitaba el aliento.
Era alta y esbelta, con un cuerpo muy trabajado por el deporte que destacaba aún más gracias a la falda corta y la blusa exageradamente escotada. La cara era de rasgos afilados, y labios carnosos pintados de un rojo intenso. En la piel morena por el sol, destacaban unos brillantes ojos azules bajo unas espesas pestañas. El pelo era corto, negro y con grandes rizos, que se movieron al compás cuando ella giró la cabeza al identificarles entre la gente. Elizabeth se levantó rápidamente de la mesa y casi corrió a través del local para abrazar a la recién llegada.
—Y esa es Georgina Smith, querido Bruce. Sécate la baba, por favor, es lo que a ella más le gusta—dijo Brian a su lado.
—No estoy babeando—negó Bruce—. ¿Has dicho Smith? ¿Tiene algo que ver con Smith, el director deportivo?
—Son primos—le informó Jason, a su otro lado—. Pero te conviene no mencionarlo frente a ninguno de los dos si quieres seguir vivo.
Volvió a observar disimuladamente a las dos mujeres mientras daba otro sorbo a su cerveza. Georgina, o Gina, era indudablemente atractiva. ¿Y qué? Por muy guapa que fuera, él se había prometido que nada de chicas. Y aunque no se hubiera hecho esa promesa interna, y por muy estúpido e irracional que fuera, en su corazón solo había sitio para Eve.
Finalmente, Elizabeth y Georgina volvieron con el grupo, y fue Jeffrey quien hizo la última presentación del día:
—Gina, este es Bruce Vaisey. Bruce, creo que ya has oído hablar de nuestra Georgina Smith.
—Gina, por favor—replicó ella, con voz seca—. No soporto mi nombre.
A continuación, observó detenidamente a Bruce, esbozó una sonrisa ladeada a modo de saludo y se sentó al lado de Elizabeth.
—A mí me va bien Bruce.
—¿Y bien?¿Por dónde ibais?—preguntó Gina, mirando a todos.
—¿Ni un simple, "Hola chicos, ¿qué tal las vacaciones?"? Me decepciona tu frialdad, querida—dramatizó Brian.
Gina bufó, y alargó el brazo por la mesa para alcanzar la segunda cerveza de Donald, de quien bebió un largo trago, ignorando las protestas de este. Elizabeth rio y le besó a modo de consuelo.
—Mis vacaciones han sido fantásticas. Deduzco que las vuestras también, a juzgar por las sonrisas y la ausencia de huesos rotos. Creía que habíamos venido a conocer al nuevo, así que para eso estoy.
—Ya hemos acabado de interrogarlo, Gina. Has llegado tarde—dijo Robert.
—No pasa nada, yo se lo resumo. Ahora os toca contar vuestra vida a vosotros, empezad—habló Elizabeth, agarrando el brazo de Gina.
Nadie pareció encontrarle defectos a la proposición, así que eso fue lo que hicieron.
—Yo soy bateador, como habrás adivinado—empezó Robert, mientras Gina y Elizabeth se apartaban ligeramente para hablar en voz más baja—. Nací hace veintiséis años en Portland, Oregón. Aprendí a ir en escoba antes de hacer magia por primera vez. Fui un Naranja, y jugué en el equipo desde tercero. En quinto ganamos la copa de quidditch. Cuando salí del colegio, Don ya había fichado por los Minotaurs, así que no fue difícil venir aquí. Así que ya llevo ocho temporadas en el equipo.
—¿Las palabras de los Naranja son…?
—Felicidad, fortaleza y ánimo—respondió Jeffrey—. Yo también fui Naranja. Tengo treinta y dos años, y nací y crecí aquí, en Nueva York. Jugué como cazador desde cuarto curso, año en el que ganamos, igual que en sexto. Y fiché antes de acabar séptimo por los Minotaurs. Llevo catorce temporadas ya, y si todo va como debería, la decimoquinta será la última. Tengo mujer, dos hijos maravillosos y un tercero en camino.
—¡Jeffrey! ¡Eso no nos lo habías dicho! ¡Felicidades!—interrumpió Elizabeth, y las conversaciones se detuvieron para que todos felicitaran apropiadamente al feliz capitán.
—Supongo que ahora me toca a mí—continuó Donald, una vez que todos hubieron dado la enhorabuena a Jeffrey—. También nací en Portland, casi cuatro años antes que Robert. En Salem fui un Azul: inteligencia, calma y sinceridad. Empecé a jugar como bateador en sexto, así que no coincidí ningún año contra Jeffrey, pero sí uno contra mi querido hermanito. Y los dos contra Elizabeth, claro. Al salir, me ficharon por dos temporadas en los Omaha Bundimuns. De allí me fui a casa, con los Portland Giants, pero casi no jugué, así que al año siguiente fiché por los Minotaurs, y aquí llevo ya nueve temporadas.
—¿Has dicho Bundimuns? ¿Cómo los bichos con forma de hongo?—preguntó Bruce, extrañado. Ponerse el nombre de Bundimuns no era lo más acertado si se quería infundir respeto, o cualquier otra cosa que no fuera risa.
—Hay tres equipos en Estados Unidos que están formados básicamente por recién graduados, es la mejor forma para adaptarse al Quidditch profesional—explicó brevemente Donald.
—Y no son tampoco los mejores eligiendo nombres—añadió Brian—. Yo también fui un Bundimun durante un año, antes de que David me rescatara.
—Y yo estuve dos en los Boise Bats, otro equipo parecido—intervino también Jason—. Y no te lo había contado, pero luego estuve dos años más en los Chicago Dugbogs antes de venir aquí.
—Y en Chicago fue donde nos conocimos Jason y yo—dijo Elizabeth, integrándose en la conversación. Al parecer, ya había resumido lo imprescindible a Gina—. Pero si me dejas empezar por el principio… Nací hace veintisiete años en Unalaska, una de las Islas Aleutianas, en Alaska. Mi madre era esquimal, y mi padre, un exjugador de quodpot que buscaba un lugar aislado del mundo. Cuando llegó la hora de ir a Salem, fui una Blanco…
—Bondad, inocencia y pureza—puntualizó Donald, abrazando cariñosamente a la joven, que se sonrojó.
—…sí, bueno—continuó Elizabeth—. Me eligieron como buscadora en segundo. Conseguimos ganar la Copa en séptimo, lo cual es un logro histórico para los Blancos. Así que al salir del colegio, estuve dos años en los Tuba Mirages, y cuatro más en los Chicago Dugbogs, antes de venir con los Minotaurs. Aquí llevo tres temporadas.
—Yo tengo veintidós años. Nacida en Georgia, de ahí la originalidad de mis padres con el nombre—relató finalmente Gina, dando vueltas a su botella de cerveza con algo de desgana—. Fui una Rojo: pasión, determinación y valor. Jugué desde quinto. Al salir, estuve en los Macon Mooncalfs un año, y al siguiente fiché por los Fitchburg Finches. Estuve una temporada, y hace dos años llegué aquí.
Ya estaban todos. Ya sabía las cosas más básicas sobre sus vidas y respectivas carreras deportivas, y eso sin contar que habían mencionado a la mitad de los equipos participantes en la liga, y que él apenas conocía. Por si fuera poco, no dominaba mucho de geografía, así que las diferentes ciudades y estados no le decían mucho acerca de la procedencia de cada uno. Ya podía dar gracias por ser capaz de ubicar Nueva York y Alaska en un mapa, y poco más. Y también sabía que Wyoming era el único estado cuadrado, eso lo había leído en algún lado. Claro, que tampoco sabía dónde quedaba Wyoming exactamente…
La conversación se desvió hacia el estado de salud de la mujer de Jeffrey, y el cómo habían sabido de su embarazo. Bruce se relajó, y tomó otro trago de su cerveza. La muggle no era como la mágica, ni mucho menos, pero no estaba mal. Era algo a lo que no le iba a costar mucho acostumbrarse.
¡Hola!
Este capítulo ha salido larguísimo, y aunque no han pasado muchas cosas, he aprovechado para presentar a un montón de personajes nuevos (¡en efecto, quiero dominar el mundo de los OC!). Algunos son secundarios, pero otros como los miembros del equipo van a aparecer constantemente, así que con esto los he introducido brevemente, y espero haber mostrado un poco la dinámica del grupo. En lo que se refiere a cómo he nombrado las cosas: a la revista le he puesto el nombre más simple que se me ha ocurrido; para el periódico me pareció correcto algo parecido al británico (Oráculo-Profeta y esas cosas parecidas); para los equipos de quidditch (los únicos que son oficiales y cannon son los Fitchburg Finches y los Sweetwater All-Stars, que aparecen en Quidditch a través de los tiempos) he elegido mayoritariamente ciudades al azar y les añadido algún nombre de criatura mágica y ala, ya hay nombre intimidante (o no) para un equipo. Los nombres de los jugadores y demás están sacados de listas de nombres más comunes en Estados Unidos por décadas (¿Y a alguien le suena Susan Blancheflower? Según Pottermore, fue la guardiana del equipo de quidditch de Estados Unidos en el Mundial de 2014...). Y aprovecho para decir que como no he estado nunca en Estados Unidos ni mucho menos en Nueva York, me disculpo por los posibles fallos geográficos y descriptivos.
Gracias a los que estáis leyendo esta historia, y en especial gracias a Muselina Black que deja unos reviews geniales. Con respecto a tus comentarios: Aunque suene muy mal, me encanta saber que le darías un palazo en la cabeza a Eve (y eso que es como mi pequeño bebé y la adoro), porque intento hacer a los personajes con sus aspectos positivos y negativos, y si en un capítulo alguien era adorable, que pueda ser perfectamente que en el siguiente te entren ganas de estrangularle (y el día que me digas que el palazo va para Bruce si hace algo muy idiota me alegraré tanto que empezaré a saltar, de verdad). Bruce ha tenido la suerte de que Brian y Jason estaban locos de ilusión por recibir a un nuevo compañero, aunque sea tan seco como es él, y ya ha tenido ocasión de conocer un poco a los demás miembros del equipo. Pueblos al estilo Hogsmeade no lo tengo pensado aún, pero en este capítulo aparece por primera vez la Avenida Cero (una de mis ideas más raras). Y lo de seleccionar a los alumnos: sí, lo de las auras no pega mucho XD. Pero me imagino que fue algo como un grupo de magos ambiciosos que se decidieron por imitar el modelo europeo de escuela de magia, y un inglés que pasaba por allí sugirió dividir a los alumnos como en Hogwarts, a los demás les gustó... Total, que cada uno escogió unos rasgos para elegir a sus estudiantes y les dio un color identificativo (porque ir diciendo todo el tiempo "yo soy de la División alegre, enérgica y leal" sería demasiado largo), y con el paso del tiempo y la modernización, pues a la gente esa historia le pareció demasiado sosa, por lo que inventaron unos orígenes más "interesantes" (de ahí que Jason tampoco tenga muy claro por qué es que los seleccionan exactamente).
Bueno, eso es todo y esta nota de autor se está haciendo muy larga (y tal vez todo el párrafo anterior debería ir en un PM, pero por si a alguien se le ocurren las mismas preguntas...XD). Así que otra vez, gracias por leer, y recordad que recibir un review es maravilloso.
¡Hasta la próxima!
