La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida.

Fecha de publicación: 8 de octubre de 2016

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El humo danzaba por los aires de la estancia, bailando con el ligerísimo viento que entraba por entre el ventanal del salón, ese mismo que agitaba las cortinas. El humo le agregaba un toque más desolador a los pasillos y rincones oscuros que los rodeaban y que la luz de las velas no alcanzaba a tocar.

–Fumas demasiado… –había aceptado fumar con ella, incuso había sido lo suficientemente educado como para encender el cigarrillo que ella saco después de que acabaran aquel juntos, pero ese intenso olor a cigarrillo le resultaba sumamente desagradable– ¿Por qué lo haces? El humo daña tus pulmones, aquello con lo que respiras –pero más desagradable aún le resultaba la innecesaria utilidad que le encontraba ¿Por qué siempre las personas buscan hacerse daño? Cuanto daría él por poder evitarlo.

–A personas como yo solo lo malo nos va bien –una sonrisa irónica se asomó en sus labios estampando al final de sus comisuras una profunda tristeza ¿o era resignación?

–Personas como tu… ¿sabes? Conozco gente mucho peor de lo que puedas llegar a imaginar –daba fe de ello, como Santo de Athena, encontrar gente malvada era su misión… y destruirla su deber–. Tú no eres ni la mitad de mala de lo que me quieres hacer creer. –la miraba fijamente a los ojos, para que entendiera de lo que hablaba, para que no quedara ninguna duda–. Incluso yo puedo resultar no ser lo que crees.

–Tengo un detector de malas personas.

–¿Y conmigo? ¿No se alarman tus sentidos conmigo? –le pregunto con una ceja arqueada mientras se cruzaba de piernas buscando mayor comodidad en su asiento y llevándose a la boca la copa con aquel exquisito menjunje, llevaban poco más de media botella juntos.

–Eres muchas cosas mi blanca flor, pero no una mala persona; atormentada tal vez, pero no malvada.

En otras circunstancias el cosmos del caballero de piscis habría ardido en una llamarada incontenible de furia al escuchar aquella edulcorada manera en la que se había osado a llamarlo esa mujer. Pero el caballero de piscis no se hallaba allí esa noche, y sin saber muy bien porque, se le antojo esbozar una sonrisa burlona.

–No deberías estar tan segura, las apariencias engañan atrozmente. –¿era aquello una amenaza? ¿una advertencia? Quizá fueran ambas. Quien sabe, él no.

–No es tu apariencia la que me lo dice, tus ojos si, son tan cristalinos… ya me he topado con ojos así en el pasado. Eres demasiado amable, como una delicada flor. –su insistente Margarita parecía convencida de lo que decía. Tanto que le parecía una grosería sacarla de su error. Se fue por otro lado.

–Eres muy halagadora, ¿no es deber del caballero brindare halagos a las damas?

–Esta noche solo estamos conversando, no creo recordar que entabláramos papeles desde el inicio. Yo no soy solo la puta y tú el cliente, ni la dama y el caballero.

–Soy un caballero sin importar el ámbito.

–Entonces caballero, para que no creas que estoy siendo dura contigo te concederé el turno de halagarme.

–Me gusta tu cabello. –sonto con simplicidad el santo de piscis mientras se encogía de hombros. Ella se respingo en su sitio, mirándolo con los ojos muy abiertos, hasta que soltó una risotada unos cuantos tonos más altos de lo que esperaba.

–Eso no ha sido muy original, –su risa algo escandalosa le resultó endemoniadamente sensual, debía ser el tono enronquecido de su voz– Si de cabellos hablamos, ni yo compito con tu melena aguamarina.

–¿Mas halagos para mí? –esta vez compartió su risotada– Hablo en serio querida, me gusta tu cabello, tu recogido y las flores que lo adornan. –era tan sincero en lo que decía. No recordaba la última vez que se había sentado amenamente en compañía de alguien para conversar con tanta informalidad. Simplemente decir lo que sentía porque le apetecía era extraño, pero se sentía inmensamente bien.

–Mis margaritas –susurro ella en un tono bajo, ya no se reía, pero mantenía una enigmática curvatura en los labios, algo pícaro en su rostro lo mantenía expectante. –Me parece estupendo que coincidamos en eso, a mí también me gustan. –era como si su inconsciente hablara en voz alta–. son sencillamente encantadoras, blancas, pequeñas y puras, son perfectas.

–¿De dónde las obtienes? –la pregunta escapo de sus labios sin apenas darse cuenta ¿Realmente importaba eso? Por supuesto que no, pero su curiosidad hablo por él. O era solo que presentía que compartían una peligrosa similitud.

–De mi jardín, yo las cultivo. Detrás de la casa hay otro gran jardín, mantengo todo tipo de flores allí, pero estas linduras son mis preferidas.

Parecía que la misma devoción que sentía el por sus Rosas Demoniacas Reales la profesaba ella por esas diminutas Margaritas. Y por un instante se le hizo amarga la idea de dejar aquellas blanquísimas flores desamparadas, condenándolas a marchitarse.

No dijo nada más, ninguna palabra se le asomo a la garganta. Solo le sostuvo la mirada que ella le fijo con insistencia, se llevó la copa casi vacía a los labios y el alcohol le dejo un agradable ardor en su boca. Desdoblo sus piernas para inclinarse hacia la mesilla que tenía en frente y serviste otra copa hasta el tope, luego tomos de sus manos la copa de ella sin preguntarle siquiera, la lleno y se la extendió, pero no para que la sujetara, sino que se acercó lo suficiente como para posicionar la copa frente a sus labios y que bebiera directamente lo que él le ofrecía.

Ella comprendió, y serrando sus ojos agitando sus largas y hermosísimas pestañas, se inclinó un poco hacia delante y tomo con sus labios el borde de la copa que él inclino para que el líquido se adentrara a su boca.

De pronto el espectáculo a Albafica se le antojo hipnotizante, el subir y bajar de aquella dulce manzana de Adán, ese níveo cuello y el sonidito que provenía de su garganta al tragar el líquido, lo delicado de sus facciones. No era una simple cuestión de belleza, eso no le interesaba, era su semblante, toda ella era un enigma, era sensualidad, era apetecible.

Una gota se desbordo de la copa debido a la intencional acción del peliceleste al inclinarla de más. Aquella solitaria gotita se resbalo dejando un hilo como prueba de su recorrido. Desde la comisura de los labios, recorriendo la yugular, viajando cuesta abajo por el níveo cuello, sobreviviendo a el relieve de su clavícula derecha, curvando su ceno y muriendo en el centro de ambos pechos, allá donde su vista no alcanzaba llegar.

El osado recorrido de la gotita le resulto incitante y la sensación de ir tras ella fue tan poderosa que no supo cómo se contuvo, solo alcanzo a escuchar el susurro de su conciencia –aquella que apenas y le quedaba– decirle que aún no era el momento.

Su vista se perdió por un momento en aquellos montes que subían y bajaban el ritmo de la respiración acompasada de la su Margarita, tan apetecibles… subió su mirada para toparse directamente con la profunda mirada femenina. Ella lo devoraba con los ojos.

Inclinándose aún más hacia delante, acortando diametralmente la distancia que los separaba, llevo sus manos hasta la copa que sostenía Albafica frente a ella, se la quitó suavemente de la mano y la dejo en la mesilla, haciéndola a un lado. Luego con ambas manos sujeto las de él muy delicadamente, con un tacto tal ligero como el organdí, y las condujo con sus palmas abiertas al frente, hacia sus pechos.

Lo había visto en su mirada, el ansiaba tocarla, pero no se atrevía hacerlo. Así que lo ayudaría a que hiciera a un lado sus inhibiciones. Todas esas pesadumbres que le ennegrecían en aura, todo ese remordimiento que por más que se esforzara en ocultar resultaba imposible de ignorar a sus ojos.

Él no dio ninguna señal de desacuerdo, pero tampoco dio ninguna de aprobación, solo mantuvo sus manos allí, justo sobre la tela de su vestido donde ella las había puesto sin moverlas ni ejercer presión. Pero agradable fue su sorpresa cuando su guapo acompañante inclino la cabeza y condujo sus labios justo al lado de su pecho izquierdo, depositando un delicado beso cerca de su corazón.

Pero la leve caricia de sus labios casi ni la sintió debido a que lo deposito sobre la ceñida tela que la vestía. Hubiera preferido recibirlo sobre su escote, pero él parecía reticente a abandonar su inmutable posición aún.

Bien, no había apuro, ni siquiera habían acabado la primera botella.

Pero exquisito fue el cosquilleo que le recorrió el cuerpo cuando de manera inesperada la cabeza de aquel hermoso hombre, que hasta entonces yacía aun apoyada en su regazo, subió lentamente por su cuello.

Creyó sentir que la punta de su perfecta nariz le había rozado en algún momento, pero no estaba de todo segura, lo que le resultaba asombroso era el cuidado que demostraba al no tocarla. Solo sus celestes cabellos brillantes rozaban su cuerpo, eran los únicos que parecían estar dispuestos a establecer algún contacto con ella.

Lo sintió inhalar hondamente y después de eso exhalo sobre su piel. En aquella respiración sintió mucho más que un cosquilleo. Las emociones se le estaban escapando.

Albafica entonces se irguió ante sus ojos, muy cerca de su rostro miro de sus cuencas a sus labios, luego levanto sus manos y las posiciono detrás de la cabeza de su hermosa Margarita, sujetándola suavemente por los cabellos y uniendo sus frentes.

A esa distancia se hacían claras las marcas negruzcas bajos sus ojos. Lucían cansados… eso era innegable. Estaba seguro de que lucían tan cansados como los suyos. Sus vidas podrían ser diferentes, cada uno había vivido circunstancia distinta y recorridos caminos más difíciles. Estaba seguro que la vida de una prostituta en aquella ciudad no debía ser nada fácil. Pero lejos de sentir pena o compasión, sintió admiración de que aquella mirada aun conservase convicción.

En su semblante se notaba que los años no habían sido benevolentes con ella, tenía grabada a fuego lento años de dura juventud.

–Hules bien. –susurro apenas y para que alcanzara a escucharlo. Después de eso se alejó, retomando su posición con las piernas cruzadas en el asiento de enfrente.

Ella le devolvió una mirada conciliadora, como si hubiera sido capaz de leer cada uno de sus pensamientos.

–Me lavo con aceites vegetales a diario, la inmundicia te carcome si dejas que en ti habite por más de un día. Lo he visto y lo evito.

–Tu cabello huele a coco. –aquello le resulto exótico pues de donde venía, aquel extraño fruto no abundaba.

–Es de coco, –contesto con simpleza y una inesperada y deslumbrante sonrisa de blancas perlas decoro sus labios– me gusta el coco ¿sabes? En las costas cercanas abundan altísimas palmas de coco, me gusta ir por ellos y recogerlos. Abriros no es fácil, pero es un trabajo que merece la pena cuando de su agua bebo y de su piel como. Me mantiene en forma y me recuerda lo necesario que es el trabajo físico para que no hundirme en un camastro. Una mujer me enseño diversas maneras de cocinarlo y yo he probado con algunas otras, y la verdad es que a muchos tipos de comida el coco le va muy bien.

–No conocía esa variedad en los platillos. –ahora hablaban de comida… mantener una conversación con esta mujer era extrañamente llevadero, podían hundirse en obscuras profundidades y de la nada emerger para beber otra copa.

–Pues sí, a mí no me gusta comer carne, lo evito lo más que puedo. No soporto comer los animalillos que antes veía amarrados o encerrados con ojos tan triste y reales como los míos, son seres tan vivos como nosotros. Los humanos, las personas podemos elegir como vivir, por muy escazas o malditas que sean las opciones, pero ellos no. Estar encerrados y comer para morir, sin salida ni escapatoria, no es muy justo.

–Un pensamiento un tanto ingenuo de ti parte, ¿no crees? –él serbia a las órdenes de la Diosa de la justicia y aun así a veces dudaba de ella.

–No es ingenuidad, es convicción. Me siento identificadas con ellos, por ello no soy capaz de comerlos. –no se esperaba aquel arranque humanitario, allá donde el egoísmo te mantiene vivo.

–Una acción muy noble. –y lo decía en serio. Cuando se topó a esta solitaria Margarita espero encontrar en ella cantidad de sorpresas, pero no principios… había juzgado, y lo había hecho mal.

–Eso es solo… la última brizna de humanidad que habita en mí.

Se le antojo más interesante que nunca…

–Tus ojos son muy profundos, no sé qué toparme en el fondo de ellos –nuevamente soltando palabras abrumadoramente sinceras, en otra circunstancia jamás le habría dejado saber a nadie de su desconocimiento, sea cual fuera la situación–. Háblame más que habita en esas profundidades. Háblame de ti.

–¿De repente hallas interesante la vida de una puta?

–Hallo interés en ti.

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No corregí demasiado el capítulo, pero quería subirlo, se me hace injusto dejarlos con la intriga. Así que aquí lo dejo y cualquier día de estos me tomo el tiempo de acomodar los errores que sé, deje por allí. ¡Joder, necesito un beta!

Gracias a quienes me dejan su comentario, aprecio mucho su opinión. Y disfruten la lectura.

*Alhaja*