CAPÍTULO 3

BOSQUE BLANCO

Con la partida de Kuon a las regiones del Norte, como parte de su educación y seguridad, meses irían y vendrían antes de la próxima vez que se vieran. Kyoko crecía bella y encantadora, amada; pero con ella también crecía su magia, cada vez más volátil, más poderosa y ella de a poco empezó a temer a su propio don.

Siete meses habían pasado desde la partida del joven príncipe y en la villa los sirvientes corrían de un lado a otro terminando las preparaciones para las festividades del cumpleaños número 10 de Lady Kyoko. Todos estaban ansiosos y felices, pues era su primer cumpleaños en la Villa Takarada. Incluso el hijo del Duque, Lord Kouki, y su esposa Lina habían viajado para la celebración. Los regalos que habían empezado a llegar desde días anteriores eran a cada cual, más extravagante. Y Kyoko tan sencilla como siempre estaba enamorada con el presente que le hicieran las hijas del panadero, quienes la habían llevado de picnic. El regalo del Duque por supuesto no se hizo esperar, había hecho convertir uno de los jardines interiores en un invernadero para su niña.

Lory miró alrededor del gran salón con decenas de invitados, sabía que su pequeña hubiese preferido algo más sencillo, pero su posición social seguía siendo la de una Marquesa. La vio desenvolverse graciosamente entre los invitados, agradeciendo a unos y otros por sus presencias y regalos. La tarde transcurría entre buena comida y bebida cuando la llegada del emisario real acaparó la atención de todos. El recién llegado se dirigió a la Marquesa y haciendo una reverencia habló:

—Su Excelencia, Lady Kyoko. Sus majestades lamentan no poder acompañarla en tan ilustre ocasión, pero esperan que disfrute usted de esta muestra de su apreciación —dijo abriendo la caja donde reposaba una exquisita pieza de joyería.

—Decid a Vuestras Majestades que me siento honrada y agradecida por su regalo.

El emisario hizo un gesto hacia la entrada del patio y el mozo de cuadra entró trayendo con él una hermosa y majestuosa yegua color arena de larga melena blanca como la nieve. Kyoko contuvo la respiración.

—Su Alteza Real el Príncipe Kuon, lamenta no haber podido acompañaros en esta fecha especial, pero desea de todo corazón que disfrutéis vuestro regalo —dijo señalando a la yegua, y luego procedió a entregar un sobre sellado a la Marquesa.

—Trasmitidle mi agradecimiento y aseguradle que tomaré buen cuidado de ella.


Kyoko se sentó en la cama y repasó su mano sobre la cera impresa con el sello real de Kuon. Lo abrió cuidadosamente.

Querida Kyoko, Feliz Cumpleaños,

Lamento no poder estar contigo. Pronto terminaré mi entrenamiento en Acaly y podré volver. Espero te gustara mi regalo, no creas que he olvidado que estabas aprendiendo a montar, espero que a mi regreso podamos salir a dar un paseo. Es un buen animal, lo escogí especialmente para ti, su nombre es: Hechicera.

Hechicera resultó ser un animal increíblemente noble al que Kyoko le tomó inmediato cariño, no había un día que Kyoko no sacara tiempo para pasear con ella. Por otro lado sus tutores no tenían más que palabras de halago hacia ella. Sin embargo, no todo era color de rosa, el número de sus escoltas había sido aumentado y sus idas al bosque habían sido restringidas a menos que fueran acompañadas. Después de un frustrado intento de secuestro, el Duque no quería correr ningún riesgo. Kyoko no recordaba nada de aquella ocasión y Lory le explicó que la rápida intervención de los hermanos Ishibashi había evitado que se le llevaran, ocultándole parcialmente la verdad, ella ya le temía a su magia, ella no necesitaba saber sobre el incendio que provocó o de cómo por muy poco quema vivos a sus secuestradores.

Las semanas pasaron, el frío invierno llegaba a su fin, la primavera se avecinaba, los primeros brotes aparecían en los árboles, los capullos de las flores hacían su camino entre la nieve que aún cubría la mayoría de los campos.

Hikaru se estiró en su caballo viendo a Lady Kyoko galopar sobre el lomo de Hechicera. Se ajustó mejor la capa. Si bien la primavera estaba a la vuelta de la esquina, el frío del exterior todavía era terrible. Volvió a mirar a su encargo, las mejillas quemadas por el frío, el abrigo de pieles perfectamente amarrado. Su familia había servido largamente al Duque de Carmín y hace poco más de un año y medio a él se le había confiado la seguridad de Lady Kyoko. No iba a decir que era una tarea fácil, entre sus constantes desapariciones a sus expediciones en busca de hadas, su insaciable amor a los exteriores y sus dotes de escapista era difícil mantenerla a la vista todo el tiempo, y si a eso le sumaban que había sido múltiples veces víctima de sus pequeños inconvenientes mágicos, no, no podía decir que fuera fácil, pero era satisfactorio y no lo cambiaría por nada en el mundo, porque su Lady era amable, compasiva, gentil, alegre y brillante. Era un placer servirle.

El galope de varios caballos acercándose lo sacó de sus pensamientos y tomando la rienda en sus manos cabalgó a toda prisa para alcanzar a su señora, la mano fija en la empuñadura de su espada, presto a defenderla de cualquier amenaza, dejó escapar un suspiro de alivio cuando a la distancia pudo ver el estandarte real.


—Ryotaro—llamó Kuu a su mano derecha y mejor caballero—, manda a llamar Kuon.

—Eso no será posible, Su Majestad.

—¿Cómo que no, Ryotaro?

—Me temo, Su Majestad, que Su Alteza ha abandonado los terrenos del castillo a primera hora de la mañana.

—Pero si solo regresó anoche, ¿a dónde tenía que ir con tanta urgencia?

Ryotaro trató de ocultar su sonrisa y tosió en su mano.

—No sé si es de vuestro conocimiento, Majestad, lo mucho que las noticias sobre el fallido secuestro de la Marquesa de Azureia afectaron al Príncipe Kuon. Solo su sentido del deber y de la responsabilidad evitó que precipitara su regreso a la capital después de recibir las perturbadoras noticias.

—SÍ, estoy al tanto del cariño que mi hijo siente por la Marquesa. Una señorita extraordinaria de hecho… Entonces, ¿debo asumir que mi hijo ha partido a visitar a Lady Kyoko?

—Así es, Majestad, el príncipe Kuon partió temprano hacia la villa del Duque de Carmín.

—Bueno, supongo que nuestra conversación tendrá que esperar. Asegúrense de informarme cuando regrese.

—Como ordene, Majestad.


El frío quemaba sus mejillas, sabía que después de su larga ausencia de la capital, se esperaría de él que se presentara en la corte para anunciar su regreso. Era su deber como príncipe, pero sabía que solo su padre y algunos sirvientes eran conocedores de su llegada la noche anterior, su madre estaría furiosa con él por no haber pasado a presentar sus respetos primero, pero sabía que entendería que tenía que asegurarse que Kyoko estuviese bien con sus propios ojos. Su carrera se detuvo cuando la vio en aquel campo abierto cabalgando a Hechicera. La sonrisa en su rostro tan cálida como la recordaba. Tardó en notar al jinete que se acercaba a toda prisa a Kyoko, la mano en la empuñadura de su espada. Campanas de alerta sonaron en su cabeza, hasta que notó al jinete haciendo una breve inclinación y cómo la ayudaba a bajar de su yegua. Seguramente se trataba de uno de los guardianes de Kyoko, sabía por su correspondencia con el Duque, las nuevas medidas de seguridad para Kyoko. Soltó un respiro de alivio y despachó a su guardia personal mientras galopaba hacia ella.

Vio cómo los ojos de ella se abrieron de par en par cuando lo vio cabalgando hacia ella.

—Kyoko —llamó mientras se bajaba del caballo.

—¿Kuon? —susurró ella no dando crédito a sus ojos.

Hikaru se alejó un poco para darles privacidad.

—Estoy de regreso.

—Te extrañé tanto —dijo con lágrimas en los ojos.

—También te extrañé, Kyoko. No llores, por favor. Veo que te gustó mi regalo —dijo pasando su mano por el lomo de la yegua.

—Sí —dio un gritito de alegría y con la emoción que la caracterizaba inició su larga lista de cumplidos para la yegua—, Hechicera es muy inteligente y valiente. Y su cabello es tan lindo, Itsumi y Ohara me enseñaron a trenzarlo.

—Me alegra, Kyoko.

Caminaron por el campo cada uno guiando a su caballo a su lado sobre la blanca nieve.

—Estás más alto —mencionó Kyoko parándose en puntillas.

—Gracias, Excelencia —dijo haciendo una reverencia.

—No me llames así o te comenzaré a llamar Alteza —exclamó haciendo un puchero.

—De acuerdo, de acuerdo. ¿Quieres cabalgar un rato?, quiero ver cómo fueron esas lecciones.

A ella los ojos le brillaron como estrellas.

Kuon hizo un gesto a Hikaru para que se acercara y la ayudara a montar el animal. Cabalgaron por el claro largo rato. Hasta que Kyoko vio cómo Kuon se masajeaba insistentemente el brazo derecho.

—¿Qué te pasó?

—Solo un pequeño accidente en una de las prácticas.

—Ven aquí.

Él obedeció y se acercó en su caballo.

—Muéstrame.

Kuon se recogió la manga de la camisa, sus ojos clavados en su brazo amoratado, el frío erizando su piel. Sintió el suave contacto de las manos de Kyoko sobre la piel y la calidez que emanaba de ellas. Cuando Kyoko las retiró el dolor y la molestia de su brazo habían desaparecido por completo.

—Eso fue asombroso, gracias.

—No fue nada. Es lo único que puedo hacer bien —comentó con un dejo de tristeza.

—¿Qué quieres decir?

—Esta magia… No es nada.

—Vamos, Kyoko, háblame.

—No puedo controlarla. Me asusta.

—¿Se lo has contado a alguien más?

—No.

—Cuando regresemos a la villa, le contarás al Duque.

—Pero, Kuon.

—Estoy seguro que el Duque querría saber de esto, se preocupa mucho por ti.

—De acuerdo.


Esa misma noche el Duque entró a los aposentos de Kyoko para encontrarla profundamente dormida. Ella fue valiente al decirle algo que él ya había notado. Ella le temía a su propio don. Aún recuerda el remordimiento en su rostro cuando sin querer había enviado volando contra la pared a Hikaru, por más que este le reafirmara que todo estaba bien, que no le había hecho daño. Fue testigo del terror en sus ojos cuando tras el temor de una pesadilla los jarrones de su habitación estallaron en mil pedazos. Temía por ella, había sido testigo del descontrol de su magia, cuando presa del miedo había hecho arder varias hectáreas de terreno sin tener memoria de ello. Y la única persona que podía ayudarla, el Maestre de Bendis, tardaría al menos cuatro meses más en llegar. Su magia era un regalo precioso, uno que muy pocos recibían y ella lo atesoraba pero últimamente había empezado a temer las cosas que podía hacer.

Le acomodaba las cobijas cuando notó las difusas vetas moradas en su brazo derecho.

—Deberías ser más cuidadosa cuando andas explorando, mi niña —dijo dándole un beso en la frente antes de salir de la habitación.