Riza estaba sentada en el sofá con Hayate sobre sus piernas. Estaba pensativa. No dejaba de pensar en que debía dormir una noche más en el piso del general. En el fondo la idea no le desagradaba... podría decir incluso que le gustaba. De pronto se vio pensando positivamente sobre ello y eso no era bueno. Aclaró sus pensamientos rápidamente.
De pronto la habitación se fue oscureciendo hasta que se apagaron las luces por completo. Entonces vio dos lucecillas que se acercaban a ella.
El reflejo de las llamas provoco un brillo rojizo en los ojos azabaches de Roy. Este ofreció su mano a Riza mientras con la otra sujetaba las velas. La guió hasta la mesa del comedor donde estaba todo perfectamente colocado y servido. Dejó en el centro de la mesa las velas y retiró una silla para que se sentase la teniente.
– Que sorpresa – dijo casi en susurros ella mientras se acomodaba.
En el centro de la mesa había pollo al horno con patatas y una bandeja con ensalada.
En la cara de Mustang apareció una sonrisa al notar que su teniente sonreía también un poco ruborizada.
– Pensé que no estaría mal una cena elegante – se explicó él.
Quería haber dicho una cena romántica, ya que para él era eso, pero inconscientemente dijo elegante. Dejó dos patas de pollo en un plato que estaba en el suelo. Enseguida Hayate Negro se avalanzó sobre su comida favorita.
– Lo está malcriando mucho – le regañó la rubia.
– Y a ti también – le contestó Roy sentándose y con aquella sonrisa tan propia de él.
Riza se sonrojó mucho más. Entonces él la miró fijamente; con esos ojos que aquella noche brillaban del color del atardecer naranja-rojizo; aquella mirada tan firme, seria y penetrante, pero que a la vez escondía ternura y amabilidad. Era aquella de la cuál se había enamorado años atrás. Y comprendió que no había razón alguna para sonrojarse por cualquier tontería que le dijese. Aquella noche sabía que Mustang no quería ser un general de la milicia. Quería ser aquel hombre normal que hace unos años no era más que un joven alquimista dispuesto a dar todo por hacer paz en su país y aprender tanto lo posible como lo imposible.
Riza sonrió ampliamente y la sonrisa de Roy se agrandó. Cenaron hablando de viejos tiempos, los buenos, y cosas que no tenían nada que ver con el trabajo. Mustang se reía a carcajadas cada vez que Riza le recordaba las cosas que había hecho y ella no dejaba de repetirle, también riéndose aunque más moderada, que era un payaso y que hasta ahora lo seguía siendo.
Al acabar de cenar estaban ambos exhaustos de tanto reír. Roy no recordaba nunca haberse reído tanto. Se sentía muy feliz. Pero todo eso también le recordaba a los buenos momentos que había pasado con su mejor amigo Hughes y que, todos aquellos viejos y buenos momentos, junto con las personas que se habían quedado rezagadas por el camino, no volverían nunca.
Recogió la mesa mientras Riza preparaba una cama improvisada a Hayate en el sofá con unos cojines. Aunque la noche anterior no le había hecho nada parecido, tal vez por el cansancio, pero no se había preocupado tanto ya que Hayate tenía el soba entero para él solo.
Entonces sintió que Mustang la abrazaba desde atrás. Ella se giró al instante sin que él dejase de abrazarla.
Sus labios se juntaron con los de su querida amiga sin que a esta le diese tiempo a decir nada. Para sorpresa de Roy, Riza no se opuso al beso y le siguió la corriente. Sus lenguas se enredaron y empezaron una sutil danza dentro de ambas bocas juntas. Se separaron por la falta de oxígeno. El pequeño canino miraba desde su camita sin entender mucho lo que ocurría.
Entonces Riza cogió suavemente la mano del pelinegro y le guió hacia la habitación. Roy estaba bastante sorprendido, no por el hecho de lo que estaban haciendo ya que sabía muy bien que ambos se sentían igual el uno por el otro hace mucho tiempo. Lo que le sorprendía era que su amiga no se hubiese opuesto a ello porque ella era bastante seria y rígida en este aspecto debido a la prohibición de cualquier relación amorosa entre subordinado y superior.
Allí cogió Riza la iniciativa enganchándose por el cuello de Roy y besándolo apasionada. Él comprendió que Riza estaba dispuesta a hacer lo que él quería sin poner quejas y que también lo estaba deseando. Mustang respondió a aquel beso. Pasó sus manos por la espalda se Riza acariciándola por encima de la camiseta. Bajó un poco una de sus manos.
Dejaron de besarse nuevamente, pero Mustang a penas cogió un poco de aire y se apoderó del cuello de la chica, haciendo que a esta se le escapase un gemido.
Empezó a levantar un poco su camiseta mientras ella solo dejaba llevarse e intentaba besar también el cuello del azabache. Enredó sus dedos entre el pelo oscuro y lo apretó un poco, sin llegar a lastimarle, cuando él la apegó más hacia sí haciendo que el roce fuese más intenso.
Roy se separó un poco, la cogió de la mano y sentándose en un costado de la cama la puso sobre su regazo. Volvieron a besarse.
Roy le quitó la camiseta y empezó a acariciar su espalda topándose con suaves relieves por las quemaduras del tatuaje de la Alquimia de Fuego.
Ella para no ser menos le quitó a él también la camiseta dejando ver su torso firme y musculoso, el cual no dejaba de acariciar. De pronto algo impidió que las manos de Roy siguiesen haciendo su trabajo. Lo desabrochó.
El sostén cayó en la otra mano, pero lo tiró por encima de sus cabezas. Empezó a acariciar sus pechos mientras a ella se le escapaban gemidos de placer. Cuando empezó a besarlos. Riza quiso decir algo pero no le salía la voz.
Roy la cogió por los muslos y la levantó. Al hacer fuerza el pecho de Riza rozo contra el torso fuerte.
Roy sintió como se endurecían cada vez más sus pezones con aquel contacto.
Riza podía notar la erección de Roy contra su entrepierna. Roy la dejó en la cama y la besó con desesperación. Mientras le bajó los pantalones y quitó su ropa interior.
Empezó a acariciar y juguetear con su clítoris mientras Riza gemía incontrolablemente. Aquellos gemidos eran música para Roy.
La parte íntima de Riza estaba completamente húmeda. Roy supo que era el momento, pero antes decidió jugar un poco con ella.
Metió un dedo en su interior y empezó a moverlo de fuera para dentro.
Riza sentía que iba a morir de placer. Entonces Roy metió dos dedos más de golpe, provocando esta vez un dolor que hizo que dos lágrimas cayesen por sus mejillas.
Roy lo notó y realentizó el movimiento de sus dedos y la beso con ternura y pasión.
Sacó sus dedos y sin dejar de besarla separó sus piernas. Riza sabía que iba a pasar, estaba un poco asustada ya que era su primera vez, pero no pensaba frenar a Roy.
Se liberó de aquel duradero beso y dijo tímidamente:
– Por favor, no me hagas daño.
Mustang comprendió para sorpresa suya que era virgen. Pero también sabía que al decir eso no se refería solo a daño físico. Asintió con un movimiento leve de cabeza y se adentró lentamente en ella.
Riza gemía. Dos sensaciones muy diferentes recorrían su cuerpo: dolor y placer. No sabía muy bien cuál ganaba a cuál. Pero no le importaba, solo trataba de soportar aquel dolor. Entonces Roy metió completamente su miembro, rompiendo el himen. Los ojos de Riza se abrieron más de lo normal.
Mustang la besó para tranquilizarla.
Empezó a moverse en su interior y poco a poco iba más rápido. El dolor fue desapareciendo hasta que solo fuesen unas leves punzadas. Roy empezó a darle cada vez más rápido y fuerte, mientras se escapaban gemidos de las dos bocas.
Riza se sujetó con fuerza a la espalda del tras una última estocada de este llegaron los dos a la vez al clímax.
Una sensación placentera y de descanso y desahogo recorrió sus cuerpos.
Se quedaron los dos tumbados el uno junto al otro. Roy la besó suavemente en los labios y le dijo con una amplia sonrisa:
–Eres mía y yo tuyo.
–Sí – asintió ella abrazándose a él.
Mustang se colocó boca arriba abrazando con un brazo a Riza, mientras ella se aferraba a él.
El mundo alrededor suyo desapareció por completo.
En la mente de Roy aparecieron todas las personas que amaba, con su teniente incluida, en un mundo sin guerras ni diferencias ni cargos. Ese mundo era el que él quería, aquel por el cual aún seguía luchando.
– Mustang – susurró Riza haciéndole bajar de las nubes –, nunca va a estar solo.
Roy la miró de reojo. Iba a hablar, pero los ojos de Riza estaban cerrados y decidió no molestarla.
Los dos acabaron dormidos, así, abrazados.
