4
Al otro lado del espejo
Si era sincero, le parecía un auténtico milagro el haber sobrevivido casi dos años al entrenamiento de Thor. Tenía que admitir que éste estaba dando sus frutos: tenía un físico envidiable, controlaba ya la magia sin varita, podía evitar que Thor leyera su mente y tenía la certeza de que dominaba la legeremancia. Y lo más importante de todo, Ginny ya no condicionaba sus pensamientos. Podía pensar tranquilamente en ella sin notar una sacudida en el estómago o la sensación de decepción al recordar sus últimas palabras.
Thor estaba impresionado con la suma facilidad con la que su pupilo había asimilado sus enseñananzas y con la forma en la que había sobrellevado el entrenamiento. Decía continuamente que era él único mago que había conseguido llegar hasta allí, y estaba orgulloso de él.
- Creo que no sería precipitado el decir que ya no tengo nada que enseñarte - anunció Thor una noche en la que estaban cenando juntos un poco de carne que habían cazado en el bosque entre ambos.
Nunca habían hecho nada juntos, excepto entrenar, así que Harry sabía que aquel día era extrañamente especial. Aquella noticia lo tomó por sorpresa, y se quedó totalmente paralizado mientras una alegría indescriptible se apoderaba de todo su ser.
¡Por fin!
Dos años de entrenamiento sin descanso, sin tregua, y ahora ya había terminado. Apenás podía creérselo, era imposible debía de haber un pero...
- Pero - prosiguió Thor como si hubiese leido su mente -, aún te quedan dos pruebas para finalizar.
- ¿Cúales? - preguntó Harry ansioso.
La mesa que separaba a ambos desapareció y Thor se incomporó con una agilidad impresionante para alguien de su edad. Algo que se podía interpretar como un cuchillo de plata de dimensiones indescriptibles atravesaba los arboles en dirección a Harry.
Reaccionó de manera instintiva. Con un fluido movimiento de sus manos hizo crecer un enorme y robusto árbol delante de él, interponiéndose en el camino del arma.
Ésta se clavó en el árbol frenando su avance... pero no fue suficiente. La afilada punta atravesó el grueso tronco y con ello también el vientre de Harry.
- ¿Así que el chico… el chico debe morir? –preguntó Snape, con calma.
- Y debe matarlo el propio Voldemort, Severus, eso es esencial.
Otro silencio interminable. Luego Snape dijo:
- Pensé… que todos estos años… lo estábamos protegiendo por ella. Por Lily.
- Lo hemos protegido porque es esencial enseñarle, educarle, dejarle que pruebe su fuerza - dijo Dumbledore, con los ojos aún cerrados - Mientras tanto, la conexión entre ellos se hace cada vez más fuerte, se desarrolla como un parásito. A veces creo que él mismo lo sospecha. Si le conozco bien, él lo habra arreglado todo para que cuando salga a enfrentar su muerte, esta realmente signifique el fin de Voldemort.
Dumbledore abrió los ojos. Snape estaba horrorizado.
- ¿Lo has mantenido vivo para que muera en el momento correcto?
- No te sorprendas, Severus. ¿Cuántos hombres y mujeres has visto morir?
- Últimamente, sólo a aquellos a los que no he podido salvar –dijo Snape, poniéndose de pie– Me ha utilizado.
- ¿Qué quieres decir?
- He espiado y mentido por usted, me he puesto en peligro mortal por usted. Se supone que todo esto era para mantener a salvo al hijo de Lily Potter. Y ahora me dice que le ha estado criando como se cría a un cerdo para el matadero…
- Esto es conmovedor, Severus –dijo Dumbledore seriamente- ¿Te has encariñado con el chico, después de todo?
- ¿De él? –gritó Snape– ¡Expecto Patronum!
De la punta de su varita salió una cierva plateada. Aterrizó en el piso de la oficina, voló a través de ella, y escapó por la ventana. Dumbledore la observó alejarse volando, y mientras su brillo plateado se desvanecía le dio la espalda a Snape, con los ojos llenos de lágrimas.
- ¿Después de tanto tiempo, Severus?
- Sí, después de tanto tiempo – dijo Snape.
La imagen del despacho se disolvió y ahora no podía ver nada.
No sabía donde se encontraba, no sentía, no veía, no oía... ni siquiera sabía si realmente estaba vivo.
- ¿Estoy muerto? - preguntó, y se soprendió de que sí podía hablar y también podía ver.
- Ah - dijo Albus Dumbledore que caminaba hacía él a través de una blanca explanada -. Esa es la cuestión, ¿no es cierto? En conjunto, querido muchacho, creo que no.
- Tengo que volver, ¿verdad? - preguntó sin saber realmente porque lo hacía, pero aquella situación era extrañamente familiar para él.
- Si así lo quieres.
- ¿Tengo elección?
- Oh, si - Dumbledore le sonrió -. Creo que si decides no volver, podrás... digamos... tomar un tren.
- ¿Y adónde me llevaría?
- Más allá - dijo Dumbledore simplemente.
El expreso de Hogwarts apareció a su lado echando humo, pero era diferente. No era rojo, tal y como recordaba, sino de un blanco perlado y no tenía el cartel que rezaba: Expreso de Hogwarts.
Miró de nuevo hacía Dumbledore para despedirse de él, pero ya no estaba. Extrañado por la desaparición del profesor y asustado por la presencia del tren decidió analizar sus posibilidades.
Si decidía volver: podía ver a Ron y Hermione, a la familia Weasley, a Teddy, al resto de miembros de la orden, ¿pero sería suficiente?
No
Cuando dio muerte a Voldemort sólo le quedaba una empresa que realizar en la vida, formar una familia, pero no podía hacerlo con ninguno de ellos... salvó con una, pero ella ya había dejado claro su posición para con él. Y eso era lo único que le podía hacer tomar la desición para regresar.
Si decidía... tomar el tren: bueno, a decir verdad no sabía que ocurriría si continuaba. Quizá volvería a ver a sus padres, a Sirius, a Remus, a Dumbledore, a Fred, a Tonks...
La segunda opción era bastante más tentadora.
Avanzó lo pasos que le quedaban hasta alcanzar la puerta de la locomotora y entró, entregándose a los temibles brazos de lo desconocido.
Estaba en una enorme habitación de altos muros labrados y techo abovedado. La estacia estaba llena a rebosar de gente que lo recibió con el más estruendoso de los aplausos.
Su corazón se detuvo, ¿alguna vez latió? Ya eso no importaba. ¿Debía respirar? ¿Debían expandirse sus pulmones para recibir la toma de aire necesaria para la vida? Ya eso no importaba. Justo frente a él se encontraban, entre la marabunta de desconocidos rostros, James y Lily Potter, que aplaudían como todos los demás y miraban con orgullo a su hijo
Ella se adelantó al resto y se acercó a su hijo. Éste se regaló a sus ojos y se perdió en la inmensidad de su mirada, tan hermosa, con sus mismos ojos verdes, tan llena de... vida.
Lily abrazó a Harry mientras a su lado, James lloraba y alborotaba el pelo de su hijo. No dijeron nada, no hacían falta las palabras, no hacía falta añadir ningún ingrediente más a aquella perfecta poción.
La familia Potter, reunida al fin, después de tantos años, de tanto dolor y de tanto sufrimiento. Padre, madre e hijo. James, Lily y Harry.
El resto de personas que había en la habitación sobraban, eran prescindibles en aquella ecuación ya resuelta. Pero debían de estar allí por algo. Harry los observó uno a uno. Rodillas nudosas como las suyas. Pelo negro azabache y alborotado como el suyo y el de James. Incluso pudo ver unas gafas que se parecían a las que el llevaba. Aquellas personas eran el resto de la familia Potter.
Se sintió como cuanto tenía once años y se miró por primera vez al espejo de Oesed, pero esta vez, él estaba al otro lado del espejo, con sus padres.
- Harry - dijo su madre apartándolo poco a poco de ella -, ¿estás seguro de que es esto lo que quieres?
Miró a los ojos de Lily, realmente eran muy parecidos a los suyos, nunca, en ninguna de las fotos que tenía de ella se había fijado bien. ¿Era eso lo que quería? Sí, definitivamente era lo que quería. Estar allí con sus padres, con la familia que en realidad nunca tuvo.
- Sí - respondió con toda la serenidad que sus sentimientos encontrados le permitieron reunir.
- ¿Estás seguro, hijo? - preguntó ahora su padre.
- Sí - repitió Harry.
- No voy a negar que mi corazón lo ha anhelado durante mucho tiempo, pero no puedo dejar que cometas este error, Harry - dijo Lily.
Justo en la pared que tenía detrás había aparecido una ventana. Su padre le invittó a mirar por ella y Harry se acercó curioso. Por ella se podía ver una pequeña habitación que Harry ya conocía y dónde había una pequeña cama. Encima, una chica pelirroja lloraba desconsoladamente sobre un periódico cuyo tirular anunciaba:
HARRY POTTER OFICIALMENTE MUERTO
Miró la desesperación de Ginny y sintió una punzada de remordimiento en su estómago. Quería abrazarla, consolarla, mostrarse ante ella, que viera que estaba bien. ¿Cómo podía sentir todas aquellas cosas por la pequeña de los Weasley si se suponía que la había olvidado?
- No, Harry - dijo James agarrándolo del hombro -. No estás seguro. Hay gente que aún te quiere.
- Pero yo... - comenzó Harry, pero realmente no estaba seguro. Quería quedarse con sus padres tanto como quería volver con Ginny.
- Harry, nunca pudimos ejercer nuestra posición de padres - dijo con tristeza Lily -, dejanos hacerlo por una vez.
- Te prohibimos que te quedes aquí - dijo James riendo -. Y ahora vuelve, hijo.
Harry abrazó a su madre como nunca había podido hacer mientras James los abrazaba a los dos. Dejo que las lágrimas lo invadiera y deseó que el tiempo se detuviese para siempre en aquel maravilloso instante.
Cuando abrió los ojos se encontraba de nuevo en el bosque de Thor y éste estaba a su lado ofreciéndole una mano para ayudarlo a levantarse.
- Bien, chico - lo felicitó - Has superado la penúltima prueba.
Harry no entendió eso, pero tampoco le dio importancia.
- Ahora ya puedes marcharte.
Miró los negros ojos de Thor.
- ¿Y la última? - preguntó.
- Todo a su debido tiempo, Harry, todo a su debido tiempo.
¡Hola!
Vuelvo a pediros que si veís faltas de ortografía me las digaís para que puede corregirlas, por favor.
Muchas gracias por las reviews, de verdad, le suben a uno la moral.
Ahora voy a tener mucho más tiempo para subir los próximos capítulos porque estoy con un pie escayolado y no tengo muchas más cosas que hacer.
Adios
Hasta el próximo capítulo.
