Explicarle a la personal shopper de la señora Dupain-Cheng que había un invitado inesperado con una GRAN necesidad de encontrar ropa de su talla sin que la mujer pusiera el grito en el cielo al verle casi desnudo fue toda una hazaña para Marinette y Alya. Pasado el susto inicial y el bochorno, Marinette hasta consiguió reírse en alguna ocasión mientras Adrien le sonreía con picardía a la pobre mujer de cuarenta años que le tomaba medidas.
Marinette no se lo había preguntado. ¿Cuántos años tendría Adrien y cómo había averiguado su nombre? Al tema del nombre le encontró pronto una explicación: tenía un enorme cuadro rectangular en la cabecera de la cama en el que rezaba MARINETTE escrito a punto de cruz. Sin embargo, el tema de la edad la intrigaba. Ella no había especificado en su deseo cuántos debía de tener, aunque por el aspecto parecía ser de su misma edad, más o menos, año arriba, año abajo. Marinette apuntó mentalmente la pregunta para hacérsela cuando se quedaran solos y disfrutó de lo lindo al ver a su amiga entusiasmada con todo aquello.
A pesar de todo, Marinette sabía que aquel momento de relajación no podía durar mucho. Tenía que buscarle una solución a aquella visita. Sus padres podrían tragarse que era primo de Alya (a pesar de la diferencia física evidente) y que en la casa de su amiga no tenían sitio para él. Su padre no pasaba tanto tiempo en casa como para importarle tener un invitado y a su madre le encantaba ser una anfitriona modelo, de modo que bien podría mantenerle en su casa algunas semanas, el tiempo suficiente como para ver qué narices hacía con Adrien.
En cuanto la personal shopper se fue de la casa de los Dupain-Cheng con la promesa de volver en una hora con los brazos cargados de ropa, Adrien se dejó caer en el sofá del salón, apoyó los codos sobre las rodillas abiertas y la barbilla sobre sus manos entrelazadas. Fijó sus impresionantes ojos verdes en su "dueña" y su amiga, cansado.
―Esperaba que me usaras de alguna manera, Marinette, pero no que lo hicieras de esta forma―comentó como quien no quiere la cosa, sabiendo perfectamente lo que sus palabras subidas de tono provocaban en ella.
De hecho, al instante tuvo su primera respuesta. Marinette se puso roja y le lanzó una mirada envenenada.
―Deja de hacerte ilusiones. Esto es lo más cerca que vas a estar de jugar conmigo.
Adrien se echó a reír. Marinette se sorprendió pensando en que su sonido era bastante agradable, pero al momento desechó la idea. Alya tomó asiento junto a Adrien y cruzó las piernas.
―Sinceramente, Marinette, no sé por qué sigues rechazándole. Es un portento―declaró Alya con descaro.
Su mejor amiga puso los ojos en blanco. Alya no tenía pelos en la lengua, ella lo sabía, pero eso a veces le acarreaba momentos embarazosos, como aquel. Además, a Adrien no le hacía falta que le dijeran que estaba bueno, él ya lo sabía de sobra. Constató ese hecho cuando se atrevió a bajar la mirada del techo y fijarla fugazmente en su "invitado". Tenía una gran sonrisa en la cara y un brillo inquietante en los ojos.
―Gracias―respondió Adrien, haciendo gala de su afán de donjuán e inclinándose levemente hacia Alya.
―Por Dios―masculló Marinette, yendo hacia la cocina a por un vaso de agua bien fría.
La distancia de unos metros le sirvió a Marinette para calmarse un poco y a Adrien para sopesar sus opciones. Mientras que Marinette no quisiera acercarse, él no tendría ninguna posibilidad de cumplir su deseo y volver a su encierro eterno. En alguna ocasión, había escuchado que existía una historia muy parecida a la suya de una escritora famosa. Lo que nadie sabía era que el castigo de aquel hombre había sido real y, por mucho, más placentero que el suyo. Adrien estaba condenado a hacer realidad el deseo de cualquier persona de ser su pareja, su amigo, su protector o lo que quisiera. En cuanto el deseo se veía cumplido, Adrien solo tenía veinticuatro horas para convencer a su dueño para que añadiera detalles en el libro. Por eso tenía tantas páginas, para que su dueño temporal pudiera pedir cuanto quisiera. El problema era que, si el dueño no quería alargar el deseo, este se borraría pasado un día y el objeto de deseo desaparecería, como si nunca hubiese existido. El dueño sabría que había cumplido su sueño, pero jamás sabría cómo.
Adrien necesitaba hablar del tema con Marinette, aunque no estaba seguro de si ayudaría en algo a su situación. Por un lado, aquella chica le gustaba. Tenía carácter y, a pesar de que sabía que la ponía nerviosa, no se amilanaba ante su presencia. Es más, le amenazaba con dejarle en la calle si se sobrepasaba con ella por la noche. Aunque a Adrien le tentaba la idea de poder tocarla cuando nadie les viera, sabía que tenía que andarse con cuidado. Si su dueña quería que desapareciese, solo tenía que escribirlo de nuevo en el libro, pero lo mejor era no contarle aquel detalle, ¿verdad?
Por otra parte, Adrien sabía que, cuanto más tiempo pasara fuera del libro sin cumplir su cometido, más doloroso le resultaría permanecer en el mundo real. Algo tenía el libro que le obligaba a regresar a él y, si no lo hacía por cualquier motivo, empezaba a sentir los efectos. Solo le había pasado una vez y no mucho después había regresado a las páginas en blanco, de modo que no había podido saber qué más le esperaba fuera de allí. Aquello era un absoluto caos y odiaba pertenecer a él. No habría manera de convencer a Marinette de que le aceptase como su novio si ella no quería. Además, aquello tenía un arma de doble filo. ¿Qué ocurriría si era él quien se enamoraba de ella? No quería saberlo siquiera.
Así pasaron varios minutos, él con sus propias preocupaciones atormentándole y Alya con Marinette en la cocina, que había preferido dejar solo a Adrien al ver que no le daba conversación. Al menos, hasta que un golpe seco le sacó de su ensimismamiento y corrió hacia el origen del golpe.
Lo primero que Adrien vio fue la sangre. Marinette se había cortado con una de las esquirlas de cristal que habían rebotado de un vaso roto en el fregadero. Sin pensar en lo que estaba haciendo, se deshizo el nudo de la toalla de la cintura y se dirigió hacia Marinette con ella en la mano. Marinette, al verle, se puso roja como un tomate.
―Maldita sea, Adrien, ¡tápate!
Alya, alertada por el comentario, quiso girarse para fijarse bien, pero Marinette la cogió por el brazo con la mano que no sangraba y la obligó a girarse.
―Ni se te ocurra seguir alimentando su ego―la advirtió Marinette, dividida entre el dolor por la herida abierta, la vergüenza de tener a Adrien desnudo de nuevo y la sensación de posesión que acaba de sentir respecto a su invitado. Se negaba a que Alya viera lo mismo que ella, algo completamente ilógico.
Adrien sacudió la cabeza y, dejando a un lado el comentario morboso, cogió por la muñeca a Marinette y le tapó la herida de la palma de la mano con la toalla.
―Voy a por el botiquín―comentó entonces Alya, evitando a toda costa mirar por el rabillo del ojo a Adrien.
Marinette asintió y Alya desapareció escaleras arriba, en dirección al cuarto de baño. Marinette, utilizó el momento de silencio para observar a Adrien. Era realmente guapo, no podía negarlo. Tenía un aire extraño, como de otra época, a pesar de que el corte de pelo y su forma de hablar fuesen como el de cualquier otro chico del siglo XXI. El verde de los irises tenía varias tonalidades, de la más oscura a la más clara conforme se alejaba de la pupila. Debía de haber hecho ejercicio en algún momento, porque su imaginación no era tan increíble como para visualizar a alguien con los músculos perfectamente marcados, sin ser exagerado pero tampoco pobre en forma. Tenía el cuello fino y la piel levemente bronceada.
Era demasiado guapo para ella.
Marinette suspiró, lo que hizo que Adrien apartase la mirada de su labor para limpiar la herida y la fijase en los ojos azules de ella.
―¿Te duele?―preguntó y Marinette vio que estaba realmente preocupado, no interpretaba ningún papel.
No pudo menos que sonreír un poco.
―Estoy bien―le aseguró, sintiendo cierta calidez al ver que él intentaba devolverle la sonrisa―. Solo es un poco aparatoso, nada más.
―¿Tienes tendencias a hacerte heridas?―bromeó Adrien, quitando la toalla de la herida y poniéndola bajo el agua del fregadero.
―Soy un poco patosa―admitió Marinette, obligando a sus ojos a mantenerse fijos en la cara de Adrien―. Me pincho varias veces por semana con la aguja.
―¿Cómo?
―Soy diseñadora―Marinette rodó los ojos―, bueno, casi. Coso por diversión y porque me gustaría trabajar algún día como diseñadora. Le paso mis dibujos al antiguo jefe de mi madre y él los valora. Algunos incluso los escoge para sus sesiones de fotos.
Adrien alzó las cejas, sorprendido. Iba a decir algo, pero en ese momento llamaron a la puerta y cualquier comentario al respecto se perdió en el aire. Marinette suspiró.
―Seguramente será la personal shopper. Quédate aquí, no quiero que te vea así―y le señaló entero con la mano herida.
―Está bien―aceptó Adrien―, seré tuyo mientras lo quieras así.
Marinette puso los ojos en blanco. Se ahorró la respuesta y fue a abrir la puerta. Alya bajó entonces por las escaleras con unas gasas y agua oxigenada. Marinette dejó pasar a la personal shopper, que venía acompañada por dos de sus ayudantes, cargadas de ropa hasta arriba. Alya le preguntó a Marinette por Adrien y ella le dijo que le había dejado en la cocina. Alya le guiñó un ojo a su amiga, que tuvo que contenerse para no gritar de la frustración. Dejó que le limpiase un poco más la herida y que la cubriese con una gasa mientras la personal shopper y sus ayudantes se dedicaban a exponer toda la ropa que habían escogido a lo largo y ancho del enorme sofá del salón de los Dupain-Cheng.
―Muy bien―dijo la personal shopper en cuanto hubieron acabado de preparar las prendas―. Que pase.
―Sí, eh… Un momento―masculló Marinette, lanzándose a por unos calzoncillos de Calvin Klein negros.
Nadie dijo nada, pero sí que se pudo escuchar la risita de Alya hasta la cocina. Marinette corrió hasta allí con la prenda en la mano y se la tiró a la cara a Adrien.
―¡Ponte eso antes de salir!―le gritó, regresando con las demás mujeres.
… … … …
Aunque Marinette jamás lo admitiría en voz alta, ver a Adrien desfilar con cada uno de los modelitos fue un auténtico espectáculo y un placer a la vista. La personal shopper había llevado todo tipo de conjuntos, desde deportivos e informales a trajes de chaqueta para reuniones elegantes. Marinette decidió que uno de esos trajes se había convertido en su conjunto favorito pero eso, claro, Adrien nunca lo sabría. No necesitaba darle falsas esperanzas, aunque a veces a ella le diesen ganas de dárselas.
Para cuando terminaron, tres horas después, Adrien tenía un armario entero lleno de ropa nueva, lista para ser estrenada, un cajón completo de bóxeres y calzoncillos ajustados, calcetines, un par de zapatos de vestir, una sandalias de hombre y un par de botines. El problema de la ropa se había resuelto, para alivio de Marinette, y creía haber encontrado la solución para la cuestión de tener a un desconocido en casa. Entre Alya y ella habían elaborado la excusa perfecta y entre las dos se encargarían de convencer a los Dupain-Cheng de que dejaran quedarse a Adrien durante una temporada. Alya les explicaría que su primo se había ido de casa porque sus padres tenían problemas legales y él no quería verse salpicado con el tema. Añadiría que el sofá cama de su casa había quedado hecho polvo y que no tenían sitio para alojarle. Y ahí entraba Marinette, pidiéndoles a sus padres que les dejara quedarse en la habitación de invitados hasta que consiguiese un trabajo y pudiese buscarse un apartamento propio en la ciudad.
Para poder llevar a cabo el plan, Marinette invitó a Alya a comer. Sabine Dupain-Cheng, la madre de Marinette, recibió encantada a la amiga de su hija y le comunicó que su marido se había tenido que quedar a una operación muy importante. Marinette lo agradeció en silencio. Así sería más fácil convencer a su madre, que no tardó en hacerle un hueco a Adrien en la mesa. Este dejó que las chicas se encargasen de todo y, para las cuatro de la tarde, ya estaba todo resuelto. Sabine se encargaría de explicarle la situación a Tom, su marido.
Asunto resuelto. Aunque la tranquilidad para Marinette duró más bien poco. Llegaba la hora para que Alya regresase a casa y no le quedaba otro remedio que encargarse sola de Adrien y del problema del libro, del que aún no habían hablado expresamente. Por eso, en cuanto el chófer de los Dupain-Cheng se llevó a Alya de regreso a Saint Denis, Marinette arrastró a Adrien a su habitación, ya que no se fiaba de lo que su madre pudiera escuchar desde el cuarto de invitados.
Una vez allí, Marinette cerró la puerta con llave y se puso a dar vueltas, agobiada.
―Bien, hoy todo ha salido demasiado bien, ¿no te parece?
―Para ser el primer día aquí, sí―asintió Adrien, algo más relajado que hacía unas horas.
Había decidido apartar sus oscuros pensamientos y disfrutar de la extraña amabilidad de Marinette. Sospechaba que ella estaba siendo condescendiente porque no estaban a solas. Le preocupaba que, en cuanto no hubiese nadie escuchándoles ni analizándoles, ella volviese a cargar su ira contra él.
―Muy bien―dijo entonces Marinette, pareciendo más resoluta de lo que realmente se sentía; se giró hacia Adrien y caminó en su dirección, señalándole con un dedo―. Vas a tener que empezar a pensar en buscar trabajo. Yo puedo cubrirte un par de semanas hasta que encuentres algo.
Adrien frunció el ceño, debatiendo consigo mismo.
―¿Puedo hacerte una pregunta, Marinette?―dijo entonces con absoluta seriedad, pillando por sorpresa a la chica.
Ella se repuso de inmediato y asintió en silencio.
―Sé sincera. ¿Cuánto tiempo crees que voy a poder estar aquí?
Marinette tragó saliva.
―No comprendo. ¿No eres libre una vez que alguien "te desea"?
―No del todo―confesó Adrien, que vio cómo el color se iba del rostro de Marinette―. Estoy atado a tu deseo. Hasta que no lo cumpla, no seré "libre".
―¿Estás condenado?―inquirió Marinette, eligiendo unas palabras un tanto curiosas para describir la situación de Adrien.
―Sí―replicó él y aquella palabra cayó como una pesada losa sobre Marinette―. Si no cumplo las condiciones del deseo, empezaré a… cambiar―vaciló Adrien, sin saber muy bien cómo explicarle las consecuencias de la desobediencia―. No importa si es cosa tuya o mía, estoy obligado a cumplir con lo que se desea. Es la norma número uno del libro.
―¿Qué ocurre si no cumples el deseo?―quiso saber ella, aunque parte preferiría que no hubiese preguntado nada.
Adrien captó al momento la doble intencionalidad de sus palabras y, con una sonrisa sarcástica, negó con la cabeza.
―No quieras saberlo. Lo mejor es que me dejes cumplir tu deseo.
―Pero eso no puede ser―replicó Marinette, confusa―. No puedes estar enamorado de mí.
―¿Por qué no?―dijo a su vez Adrien, acercándose a ella y posando una de sus manos sobre la mejilla de ella.
―No me conoces―insistió Marinette, nerviosa por la cercanía de Adrien, a pesar de que ya no estaba desnudo ni la estaba provocando con su actitud perversa. Sin embargo, ni él se apartó de ella ni ella hizo intento alguno para quitar su mano de encima―. No tienes ni idea de cómo soy ni de lo que me gusta.
―¿Como tu color favorito?―bromeó Adrien, consiguiendo que Marinette bajara un poco la guardia; ¿cómo podía acordarse de eso?
―Es un buen ejemplo―repuso Marinette e Adrien se echó a reír por lo bajo―. De verdad, Adrien―suspiró, poniendo una mano sobre la de Adrien y bajándola con suavidad―, siento haberte "llamado", pero no puedes hacer nada por mí.
La expresión de Adrien cambió por completo. Borró la sonrisa genuina de su rostro, que se tornó en severidad. Sus ojos dejaron de parecer amables para convertirse en hielo. Marinette sintió que se le encogía el corazón.
―Muy bien―dijo entonces Adrien, apartándose de ella y dirigiéndose hacia la puerta de la habitación―. No te molestaré más, entonces.
Marinette no tuvo tiempo de impedir que saliera de esa forma de su cuarto. Antes de que pudiera hacer nada, Adrien ya había bajado las escaleras y se había metido en su nueva habitación, ocultándose de todo y de todos.
