Junio: Primera parte
Me pasé el sábado entero sin salir de la cama. Gin-chan me traía la comida y me ayudaba cuando quería ir hasta el baño, pero eso no compensaba mi obligado sedentarismo. Para el domingo mejoré bastante. Al mediodía ya estaba completamente sana, pero Gin insistió en que debería contenerme de hacer muchos esfuerzos o caminar demasiado.
Primer lunes del mes de Junio. Caminé todo el trayecto al colegio con los sucesos del último viernes en mi mente, debatiéndome sobre lo que debería hacer. Gin-chan dijo que tenía que darle las gracias por haberme traído pero yo me negué. Podía venir sola de todos modos. Le reclamé que si me hubiera comprado el celular como se lo pedí nada de eso hubiera pasado, él no me hubiese traído y yo no tendría que estar agonizando por darle una vianda que Gin me obligó a hacer. Esta vez no le puse veneno, solo tenía bolas de arroz. Pensé varias veces en si debería dárselo o no.
"Tal vez me lo coma yo sola y le digo un 'gracias' bien bajito y ya. Después de todo yo no le pedí que me ayudara. Aunque también lo hizo sin pedirme nada a cambio o tal vez sí. Quizás lo haya hecho para que esté en deuda con él, o quizás quería chantajearme con algo". Decenas de posibilidades asaltaban mi mente en ese camino a clases. Todas con objetivos perversos y con intereses despiadados. Si no hubiera estado consciente y lo hubiera comprobado con mis propios ojos, no lo hubiese creído. Odiaba la idea de deberle un favor.
Cuando llegué al colegio esperé encontrarme con ese estúpido pero no apareció en todo el día (maldición). Al final me terminé comiendo la comida, como yo quería. Al siguiente día sí asistió pero no le llevé nada.
- ¿Vendrás mañana, retrasado? –le pregunté con el mayor coraje.
- ¿Qué diablos te importa, china?
- ¡Solo dime si vas a venir mañana! –insistí.
Se quedó un rato en silencio y luego soltó una vaga confirmación.
- Bien –dije, y me di la vuelta hacia el frente.
- Y… ¿cómo está tu pierna? –¿Por qué preguntaba eso? No es como si le importara.
- Pues estoy bien –contesté enojada. Él me miró confundido–. Por cierto ¿dónde estuviste ayer? Tuve que arreglármelas yo sola con todas las cosas para el festival.
Los preparativos se intensificaron casi el doble. Cada vez nos quedábamos más horas después de clases, tratando de terminar con todos los detalles.
- Tuve unos asuntos que atender –me respondió él, despreocupado.
- ¡No me importa lo que tengas que hacer! ¡Tu deber es asistir a clases para ayudarme! O si quieres falta en el día, me haces un favor, pero a la tarde, no importa cómo, ven para ayudarme. No alcancé ni siquiera a pintar los bordes.
- Está bien. Si tanto me extrañas no volveré a faltar, lo prometo.
- Estoy hablando en serio. No dejaré que te escapes de tus deberes.
- Sí, sí. Lo que tú digas.
Iba a golpearlo pero Gin, en su modo de "profesor", me regañó cuando me paré alzando el brazo, con el puño ya preparado.
- ¡Kagura, siéntate!
- Te salvaste esta vez, pero la próxima no serás tan afortunado –lo amenacé en voz baja.
- Ya lo veremos –me contestó él sonriendo.
Sonriendo. Él siempre llevaba una sonrisa en la cara, maliciosa y llena de burla.
En el transcurso de la mañana leímos bastante, contestamos algunos cuestionarios y recibimos las notas del trabajo que Shinpachi había hecho. Nota perfecta, por supuesto. Mi mejor amigo nunca bajaba de ese nivel. El muy nerv lo hacía todo bien. Es claro que Gin también lo sabía pero a veces hace como si no lo notara. De todas formas siempre me exige el máximo esfuerzo (sí, claro).
Él no dijo mucho en el día. Estaba muy callado y disperso. No decía nada, solo se limitaba a hacer lo que se le pedía, lo justo y necesario.
- Pareces un zombie. ¿Te sientes bien? –Me regañé por esa última pregunta "¿te sientes bien? ¿Qué fue eso?"
- Sí, solo estoy un poco cansado, gracias por preguntar.
Maldición. Le salía con tal naturalidad. No debería derrochar así sus "gracias". No, no. Son sumamente especiales, son palabras que demuestran honor, respeto y alguna tontería más. No deben salir fácilmente.
- No es que me preocupe por ti solo…
- Shsh –me silenció con su dedo índice, como había hecho antes. Casi se lo rompí.
- ¡No me calles, idiota! ¡No voy a hacer silencio y menos porque tú me lo pidas!
Por desgracia el que me pidió que me callara, y tuve que hacerle caso, fue Gin-chan. Me senté humillada cruzando los brazos. Él solo sonrió un poco y luego apoyó su cabeza sobre sus brazos en la mesa. Antes de que pudiera preguntar algo, Shin-chan se me adelantó con la pregunta que tenía guardada desde hace un rato. (Bien hecho, amigo).
- Pareces algo triste, Okita. ¿Sucedió algo?
- No, solo estoy cansado, eso es todo –Dicho eso sacó el antifaz de su mochila y luego se durmió.
Para el mediodía quedé de almorzar con Shin-chan pero éste se fue a perseguir a Tsu Terakado, más conocida como Otsu. (Perdedor). Se suponía que ella iba a dar un recital para la inauguración del festival y este club de fracasados iban a hacerle de porristas. Estaba por devorar mi almuerzo cuando veo que una mano se lleva la porción que me iba a comer.
- ¡Oye! –dije enojada. Al darme vuelta lo encuentro a él.
- Tengo hambre –Fue lo único que recibí como excusa para tal acto de crueldad.
- ¡Eso era mío!
- Bien dicho, "era" tuyo. Dame otro bocado.
- ¡No te doy nada! ¡Cocina tu propio almuerzo!
- Verás, no soy muy bueno cocinando y a veces no alcanzo a comprarme algo hecho.
- ¡Me importa una m*****! ¡No por eso tienes que llevarte mi comida!
- No seas mala, dame un poco –dijo mientras me robaba otra ración y luego añadió –. Esto es un asco. ¿Tú lo cocinaste?
- ¡Sí, a mí me gusta así! ¿Qué tiene de malo? Si no te gusta con más razón vete a otra parte.
- ¡Sougo-kun! –le gritaron el grupo de tontas de mis compañeras–. Ven con nosotras. Te hicimos Onigiris.
Las miró sin ánimos y sin pensarlo mucho se fue con ellas. Sentí una especie de vuelco en el estómago cuando se fue. Quizás el huevo estaba podrido. Luego pensé que ese era el momento para agradecerle y se me pasó.
Después de clases continuamos los preparativos. Estuve tan torpe en esas horas por intentar que mi boca pronunciara esas estúpidas palabras.
- Ey, tú –lo llamé.
- ¿Qué quieres? –me preguntó él.
- Este… –los nervios y las ganas de vomitar se mezclaban en mi estómago–. Te falta ese lugar.
- Sí, lo sé –me dijo sin ganas.
No pude. Me fui a casa aliviada. "Hoy no tuve que rasgar mi orgullo" me dije a mí misma en ese momento pero en realidad, era una gran carga, así que a la noche me puse a cocinar. Intenté hacer platos "decentes" pero uno tras otro iban derecho al cesto de basura. Lo único que sabía hacer era arroz con huevo (crudo, por eso me sale fácil). Le preparé eso y al diablo con satisfacer su gusto. Si le gustaba, bien y sino que se fuera al demonio.
Miércoles a la hora de la entrada. El timbre sonaba mientras yo veía aburrida el reloj circular colgado en la pared, encima de la pizarra. Ya era la hora en que todos debían entrar y él no aparecía. (Infeliz). Me juré que le iba a fracturar el brazo sino se presentaba. A solo un segundo de que el profesor entrara, él hizo su famosa aparición. Estaba entre contenta y enojada porque tendría que decirle esa maldita palabra.
- Apareciste. Si no venías…
- Sí, sí "mamá", ya estoy aquí. No me molestes. –Parecía muy malhumorado.
- ¿Disculpa? No m…
- Sí, te disculpo, pero ahora deja de fastidiarme. No quiero escucharte.
Me hizo a un lado como si no existiera "¿Con quién creía que estaba hablando? Nadie me habla así" pensé. Me paré bruscamente y me puse frente a él pero no hubo reacción.
- ¡Idiota! ¡¿Acaso estás sordo?! –No me contestó. Solo me miró enojado.
- Kagura –me llamó bajito Shinpachi–. Creo que no está de humor. No lo molestes.
"¿Incluso Shin-shan? ¿Todos se habían puesto del lado de este delincuente? ¿Qué hay de la pobre Kagura?" Me senté frustrada. Él no se molestó en hacer gesto alguno.
- ¡Ey, tú! –le grité al salir de clases para la hora del almuerzo.
- Tengo nombre ¿sabes? –me contestó molesto, lo que me extrañó. Nunca me exigió que lo llamara así antes. Siempre nos poníamos apodos despectivos.
- ¿Desde cuándo quieres que te diga por tu nombre? Tú nunca me llamas por el mío.
Se quedó en silencio, luego volteó sin responderme y siguió caminando. (Y el premio a la ignorada es…). Lo seguí sin decir nada hasta que nos sentamos. Se apoyó en un árbol y cerró los ojos.
- Déjame dormir –pronunció antes de que yo pudiera decir algo.
- Pero… –Y se me hizo un nudo en la garganta–. Es que… ¿No vas a comer nada?
- Apenas pude llegar a clases. No me compré nada –decía sin abrir los ojos.
- Pareces cansado.
- Sí, un poco.
Mis nervios estaban a cien por hora. No pude hablar. Las palabras simplemente no me salían así que abrí el recipiente, dejándoselo al lado, y me fui corriendo. Eso contaría como un agradecimiento.
En la clase de Educación física no noté nada extraño. Ni una mirada cómplice o signos de sorpresa, nada. Parecía como si de verdad le hubiese importado un cuerno que le haya dejado comida.
- Otae, mi amor ¿Qué te parece si juntamos ambas clases hoy? ¿Eh? –preguntaba Kondo casi suplicando.
Recibió un golpe directo, como siempre, y fue asombrosamente ignorado.
- Buenas tardes, clase. Hoy tendremos un día muy agitado –nos decía Otae con una sonrisa–. Empecemos con un calentamiento y luego haremos algunos saltos.
Esta mujer sí que nos hacía sudar. Corrimos cerca de veinte minutos, quizás más, y luego, a raíz del acuerdo entre los chicos y las "guerreras", unimos las clases para hacer actividad juntos.
- ¡Ey, Kagura! Lindas piernas –escuché un "alago" después de un silbido de parte de uno de mis compañeros.
- ¡Cállense o los mataré a todos! –les advertí.
Eran valientes al intentar burlarse de mí pero no les duraría mucho. Iba a hacer que lo lamentaran.
Hicimos unas cuantas series de abdominales, sentadillas y estiramientos. Parece que la comida le hizo bien porque al rato comenzó a insultarme nuevamente.
- ¡Oye, idiota! ¡Del mundo de los duendes, de dónde vienes tú, ¿también hacen este tipo de cosas?! –dije riéndome.
- No ¿Y tú? ¿En la tierra de osos también hacen ejercicios?
- Yo vengo de la tierra de las amazonas, hígado aplastado. Y allí hacemos de todo. Te trituraríamos en cuestión de segundos.
- ¿Tú y cuántos más?
- Yo sola puedo con un mosquito como tú.
Escuché que los chicos coreaban un "uuuuh" mientras que Otae gritaba un "así se hace". En lugar de parar la cadena de insultos, la profesora era quien más se metía en nuestras típicas peleas de niños. El único con medio cerebro y un poquitito de sentido común fue Kondo-san.
- Muy bien chicos, cálmense. Esto solo es un juego, sigamos con la clas…
- ¡Sí, eso es! ¡Hagamos un partido para ver quién gana! –propuso Otae-san.
- ¡Un partido de tenis! –gritó Yamazaki.
- No, un partido de fútbol –sugirió el idiota de pelo castaño.
- Un partido de baloncesto –recomendó Jhony.
Al final, como muchos queríamos cosas distintas, terminamos haciendo varios grupos. Estaban los que querían hacer baloncesto, los que querían hacer fútbol, vóley, tenis y atletismo. Se terminó convirtiendo en una especie de feria de deportes. Yo, por su puesto, elegí velocidad contra el pequeño Chucky. Corrimos cerca de diez vueltas y siempre perdía, una y otra vez. En verdad era bueno. Me sentí muy frustrada.
Cuando ya no pude más me retiré a un lado del patio, alejándome de todo. No me di cuenta de que "alguien" también hacía lo mismo. Parecía como si me siguiera. Lo noté cuando se sentó a mi lado.
- Eres…un maldito afortunado –dije, agitada.
- ¿Lo dices porque te gané varias veces?
- Parece que volviste a ser el mismo tarado de siempre.
- Sí… Una de las chicas me dejó una poco de arroz y me levantó el ánimo.
- Espera, ¿qué? ¿Una de las chicas?
- Sí, no sé bien quién fue, solo lo dejaron cerca de mí.
- ¡No fueron ellas!
- ¿Entonces quién fue?
- Amm… no lo sé, quizás otra persona.
- Vi a Tokugawa cerca del patio cuando abrí los ojos. Quizás fue ella. –Se refería a Soyo, mi mejor amiga.
- ¡Que no, idiota! –Me fui enojada sin decir nada más.
Maldita escoria, ¿por qué costaba tanto agradecer un noble gesto? En realidad, desde que llegué, nadie excepto Gin fue amable conmigo. Esta tierra solo me brindó desgracias. Me duele pensar que este inútil descerebrado realmente fue bueno conmigo. Creo que lo que más me costaba aceptar era eso, nos odiábamos pero aún así no fue capaz de dejarme tirada. Eso me mantuvo varias noches pensando antes de dormir. Por más que quería olvidar este hecho, siempre venía a mí cuando pegaba la cara contra la almohada.
En los otros dos días de la semana tampoco tuve suerte con expresar mi gratitud. No vino a clases a la mañana pero se escabullía durante la tarde para continuar con los preparativos. De hecho me sorprendí cuando lo vi entrar sin la ropa del colegio. Recuerdo que tenía una playera azul opaca y un pantalón negro, todo sucio y hasta medio rasgado. Los zapatos eran de color blanco, bueno, casi eran marrones por tanta tierra que había recibido.
- ¿Qué haces aquí? –le pregunté asombrada cuando abrió la puerta.
- Vine a hacer mi trabajo. –Simple y sin rodeos.
- ¿Por qué no viniste a clases?
- ¿Qué eres, mi madre? No pude venir y eso es todo.
- Pero…
- Dime qué tengo que hacer y ya.
No dije nada más, aprendí que cuando estaba de malhumor era mejor no molestarlo. A veces me preguntaba cuál era la razón pero todo quedaba en mi suposición, o ni siquiera eso, era solo la duda.
En la otra semana estábamos tan concentrados en el festival que hasta en horas de clases nos poníamos a trabajar sobre los vestuarios, la escena, las mesas, las sillas y, sobre todo, el menú de porquerías que iban a servir. Café era sinónimo de asqueroso cuando me lo mencionaban. Nunca me gustó, solo conocía la leche de fresa que a mi sensei tanto le gustaba y que terminó agradándome a mí también. Shin-chan me convidó un día de esa horrible cosa marrón y la escupí sin delicadeza.
Acompañando a las bebidas haríamos pasteles de frambuesa, chocolate y no sé qué más. Yo no me destacaba precisamente por mis dotes de cocinera así que no me iba a meter en esa parte. A mí me tocaba ser una tonta mesera que serviría los pedidos, o eso intentaría. La verdad es que nadie me tenía fe para encargarme de ese puesto. Hicieron todo un debate acerca de si podía hacerlo o no. Recuerdo que la gran mayoría votaba porque yo estuviera disfrazada de un adorno, como una especie de estatua, para que me estuviera quieta y sin decir nada. Solo un pequeño número de ingenuos creyó que podría encargarme (con esfuerzo) de atender a los clientes. Como soy bastante inútil para todo, mi vestuario se lo dejé a las otras compañeras. Y como las paredes de madera, que estábamos adornando para usarlos como paneles de separación, estaban siendo tan mal hechas, me designaron otra tarea "más fácil": pegar carteles. Qué degradante.
El tiempo se nos pasó más rápido de lo que quisimos y en un abrir y cerrar de ojos, ya estábamos a un día de comenzar el festival.
- Estoy muerto. Entre esto y lo otro… –escuché que dijo mi "acompañante" de desagradable compañía.
- Ya está todo, mañana solo nos queda dar nuestro mayor esfuerzo. Compórtate ¿quieres?
- ¿Qué? Pero si eres tú la que siempre lo arruina todo.
- Tú no eres la excepción de nada, querido enemigo. Puede que hasta seas peor que yo.
Mi obsesión por molestarlo no tenía límites.
- Estoy tan cansado que ni siquiera puedo discutir contigo.
- Eres aburrido ahora –dije haciendo un puchero. Él me miró seriamente y luego desvió la vista sonriendo.
- ¡¿De qué te ríes, imbécil?!
- De nada, solo quiero irme a casa.
Esa fue toda nuestra conversación de ese día. Fue mucho más de lo que hablamos en esa semana. Había estado muy silencioso y de muy mal carácter. Parecía un perro con rabia, solo le faltaba la espuma en la boca.
Jueves al fin, primer día del festival. Todos presenciamos el show de inauguración protagonizada, entre otros, por la estrella del colegio, la tal Otsu que Shin tanto adoraba. Todo excepto su presentación fue estupendo. Hubo bailes, actuaciones y algunos videos graciosos. Después de eso tuvimos que correr al salón a nuestros puestos para recibir a los clientes.
Paso a describir el patético uniforme que las deficientes de mis compañeras hicieron para gustarle a ése retrasado y a algún que otro chico de un grado mayor. El vestuario estaba compuesto por una Yukata roja y corta (mucho diría yo) con un Obi[1] dorado y un moño grande atrás. Las medias eran largas, rojas con rayas negras y como calzado unas botas oscuras y altas, casi hasta la rodilla. Se suponía que debían ser kimonos tradicionales pero distorsionaron tanto el objetivo principal que quedó pareciendo un vestido de mujerzuelas.
En fin, para el peinado nos hicimos un rodete atravesado por una especie de palillo o algo parecido. Me dejé dos mechones cortos adelante y eso fue todo mi arreglo. Sin embargo las chicas no me dejaron en paz con solo eso, me llevaron hasta el baño y me llenaron de pintura en los ojos, en las mejillas y en los labios. Decían que mi horrible forma sencilla de vestirme no debía desencajar con en el de las demás, que sería una vergüenza que perteneciera a su mismo grupo. Idiotas. Pensé que me iban a dejar como un payaso pero me sorprendí cuando me vi en el espejo y me encontré con una Kagura distinta y bonita.
Todo estaba listo. Pusimos el aviso de que estaba abierto y nos colocamos en nuestros puestos para esperar a los clientes.
- Vaya, vestida así no pareces tan monstruosa –me habló el caniche achicharrado.
Dicho sea de paso, también describiré cómo estaba vestido él y todos los chicos. Tenía una campera abierta con bordes amarillos en todos sus ruedos y ojales. Debajo, un chaleco con el mismo motivo y un pantalón. Todo era negro. Ah, y sus zapatos también. Lo único de color blanco era la camisa que tenían debajo del chaleco y el pañuelo que solo unos cuantos llevaban. Se habían elegido puestos de jerarquía y todo. Kondo-san era el comandante en jefe de los "Shinsengumi", como se nombraron ellos. El vicecomandante era Hijikata; y como capitán de la primera división habían seleccionado sólo a uno de los mocosos del curso, adivinen quién fue.
- Ahora sí pareces un verdadero delincuente con título –dije burlándome, sin tomar conciencia en ese momento del alago que me había hecho.
- No te pases de lista o tendré que detenerte por tiempo indefinido –me amenazó, sacando su katana de juguete y apuntándolo hacia a mí.
- Nadie puede apresar a la gran Kagura, y menos tú.
- ¿Quieres apostar?
- Inténtalo, si puedes.
- Kagura, ahí vienen nuestros primeros clientes. Ve y atiende a uno –me dijo Shin-chan despacito.
- Con permiso, "señor policía" –dije lo más sarcástico que pude mientras me retiraba–. Bienvenidos a la cafetería Yoshiwara. ¿Qué desean ordenar?
Los primeros valientes fueron tres estudiantes de menor grado (pobres ingenuos) y una pareja de tórtolos que sólo buscaba un lugar tranquilo para acaramelarse. Yo atendí a la pareja e hice todo lo posible para parecer simpática y amable (lo cual fue en vano, sólo se miraban el uno al otro). Casi parecía una chica educada y normal. Casi, pero yo no soy así, simplemente soy yo y nada más. Noté que el capitán chihuahua me miraba todo el tiempo mientras iba y venía con el pedido. En una ocasión, cuando los clientes se fueron, pregunté por qué tanta observación.
- ¿Acaso tengo monos en la cara? ¿Qué tanto me miras? –Él me hizo seña con la mano para que me acercara y me habló al oído.
- Ahora veo que lo que decías sobre tus atributos era verdad. –Mi cara se confundió rápidamente con mi vestido. Lo había olvidado, la ropa era tan ajustada que se me marcaba todo, a diferencia del uniforme del colegio que siempre llevo holgado.
- ¡Deja de decir tonterías! –dije avergonzada mientras trataba de cubrirme con la bandeja vacía que llevaba.
Cuando tenía catorce años no tenía casi nada, era planilandia. Pero en los últimos dos años crecieron un poco. Supongo que fue la leche de fresa de Gin (¿?).
- Sougo-kun, ¿te gusta nuestro Yukata? –trataban de llamar la atención mis compañeras, dándose la vuelta y mostrando su atuendo.
Él las miró sin prestarles mucha atención y contestó un "sí" mirándome a mí. Eso me hizo hervir la sangre y me fui hacia atrás lo más rápido que pude, cerca del mostrador donde me encontré con la que se supone que era la dueña de la cafetería, la profesora Tsukuyo.
Hago un paréntesis para contar cómo estaba vestida ella. Tenía un Kimono tipo Komon[2], largo y negro hasta los tobillos, con hojas anaranjadas estampadas y un obi rojo con un cordel violeta en medio. El lado diestro no contaba con manga pero sí con una especie de cubre antebrazo de tela, que se extendía desde la muñeca hasta casi el hombro. Hubiera sido prefecto de no ser por la tremenda abertura desde la cintura, en el costado derecho, dejando lucir las medias de res en las piernas. También llevaba unas botas negras y altas como nosotras. Su peinado constaba de un fleco recogido hacia atrás con dos mini kunai a cada lado, con mechones sueltos de cabello a los costados y el resto atado con un broche. Ah, y no hay que olvidar la pipa que llevaba en la mano para todos lados, daba la impresión de que estaba fumando en serio (o quizás de verdad lo hacía). Demás está decir que se robó la mirada de todos los hombres y adolescentes que venían.
- ¿Qué sucede, Kagura? ¿Ese chico te está molestando?
¿Qué podía decirle? ¿Qué se estaba burlando por comprobar que de verdad tenía senos? Eso no sería excusa suficiente para que lo regañase así que negué con la cabeza.
Más tarde, el lugar se fue llenando de a poco de jóvenes y algunos adultos. Todas íbamos de un lado a otro con órdenes y pedidos. Yo, de vez en cuando, me tomaba la libertad de probar una cucharadita de los pasteles que entregábamos.
- ¿Ahora tienes rabia, perra?
- ¿A quién le dices "perra"? ¿eh?
- ¿Entonces por qué tienes espuma en la mejilla?
- Ah, esto –dije limpiándome con la manga de la prenda.
- ¿No te enseñaron modales? Toma un pañuelo de papel.
- No quiero. Ah, ya que estás aquí toma, este es el pedido para la mesa seis. Ve a dárselo.
Le dejé la bandeja con café y dos platos con porciones de flan, y me fui de nuevo al mostrador a recoger otro pedido. Cuando volví aún se encontraba ahí.
- ¿Qué estás haciendo, inútil?
- Este es tu trabajo no el mío.
- Escucha, o dejas esa orden en la mesa seis o te meteré esa espada de juguete en un lugar donde no querrás tenerlo.
Esa amenaza ayudó a que se moviera y repartiera el contenido de la bandeja. En verdad estábamos tan atareadas que no nos alcanzaban manos y piernas para cumplir con los encargos.
Después de unas horas, el humilde escenario que montamos en el salón se iluminó y comenzó una pequeña representación que mis compañeros habían preparado. Ni siquiera les puse atención. Creo que trataba de que la policía explicaba que se había fugado un preso y creían que podría estar en el Café. En ese momento, las meseras hicimos una pausa porque todos miraban el sencillo acto hacia el frente, así que salí al pasillo a sentarme en una de las sillas que se habían puesto en fila, afuera del aula. Me desplomé cerrando los ojos y apoyando la cabeza contra la pared.
- ¿Cansada? –me preguntó una voz que reconocí muy bien.
- Sí, mucho. Atender a los visitantes es más agotador que estar de vago por ahí.
- ¿Intentas decirme algo?
- Noooo –dije con todo el sarcasmo.
- ¿Sabes? Te ves linda así vestida –levanté la cabeza y me giré hacia él mirándolo sorprendida– para ser un monstruo –terminó de completar su frase.
Volví a cerrar los ojos pensando en un insulto como respuesta.
- Sabía que existían los idiotas pero tú me has sorprendido.
- Por cierto, recibí un llamado del zoológico y me dijeron que es mejor que vuelvas por tu propio pie, porque si vienen ellos va a ser peor.
- Jaja, qué risa. Esta vez soy yo la que está cansada, no tengo ganas de pensar en algo para discutirte.
Estuvimos un rato en silencio escuchando el guión del show hasta que abrí los ojos otra vez y vi que mi acompañante miraba fijo hacia el suelo, en dirección a mí.
- ¿Qué estás mirando, pervertido? –Él corrió la vista hacia otro lado inmediatamente.
- Tienes piernas de pollo.
- ¡Mira, si tienes algún problema conmigo solo dilo de una vez! ¡Sé que soy fea y que no tengo un cuerpo bonito, así que no me molestes por eso! –le grité parándome frente a él.
Me molesté tanto que sin querer alcé tanto la voz que todos adentro de seguro lo escucharon.
- No todo. Tienes buenos pechos.
- ¿Es lo único que te importa? –¿Qué estaba diciendo? ¿Por qué me importaban esas cosas de repente?
- Am…
No dijo nada más. Me senté enojada cruzando los brazos y mirando hacia otro lado.
- ¿Tú también te vestiste así para impresionarme?
- Vaya, no creí que fueras a darte cuenta de lo que hacían esas tontas.
- No contestaste a mi pregunta.
- ¿Por qué iba a querer ponerme esta estúpida ropa solo para un fracasado como tú? Claro que no fue porque quise. El traje es igual para todas. No sabía que iban a ser tan… reveladores.
- A mí me gusta.
- Y a mí qué me importa –me quejé sin mirarlo–. Iba a decirte algo pero me estoy arrepintiendo.
- ¿Qué es? ¿Una confesión?
- Ni lo sueñes. Es… es otra cosa.
- Dime entonces.
Me quedé en silencio buscando las palabras exactas. "Gracias por llevarme el otro día. No. Gracias por no haberme dejado tirada. No. Te doy las gracias por lo que hiciste. No". Me hice todo un debate en la cabeza tratando de expresar "eso" que quería decirle desde hace tanto.
- ¿Y?
- No me apresures –dije enojada.
- ¿Te gusto?
- No, idiota. –Tomé coraje y, poniéndome de pie, continué–. ¡Sólo quería decirte gracias por haberme ayudado el otro día!
Y luego me fui adentro, donde todos me miraron por el escándalo que montaba ahí afuera. Me dirigí directo a la cocina a esconder mi vergüenza y mi sonrojo. Con lo que no contaba era que adentro estaban Gin-chan y Tsukuyo abrazados. Se separaron al instante cuando me vieron. Supongo que para camuflar la situación, y por mi cara, empezaron a interrogarme.
- ¿Pasó algo, Kagura? –me preguntó mi tutor.
- ¿Gin-chan? ¿Qué haces tú aquí y vestido así?
Según parece, el susodicho intento de adulto, también quería participar en nuestro acto. Se suponía que él era el amigo del preso fugitivo que se hacía pasar por cliente. Tenía una Yukata blanca, adornada con ondas celestes en los bordes y una faja gris oscura. Yo diría que encajaba muy bien con la descripción de "holgazán" porque no llevaba puesto el lado derecho de su manga y debajo tenía una chaqueta, un pantalón (con bordes rojos) y botas negras. Por último llevaba una espada de madera en su cinturón, también negro. Reaccioné bastante tarde sobre la presencia de esos dos cuando yo entraba, y a modo de burla comencé a hacerles preguntas.
- Por cierto, ¿qué hacían aquí, ustedes dos solos?
- Em… nada, nada. Solo estábamos... –intentó justificarse Gin.
- Estábamos ensayando para la presentación –Tsuki, como siempre, astutamente salió con una excusa bastante creíble para el caso, ya que estábamos haciendo efectivamente una mini obra.
- ¿Y en esa obra tenían que besarse? –Seguí mi indagación.
Según parece, mis pequeñas preguntillas lograron su cometido porque los dos estaban muy ruborizados. Ella tosió un poco y luego trató de continuar su explicación.
- Gin digo, Gintoki, es amigo del fugitivo, viene hacia la cafetería intentando encontrarlo y trata de seducir a la dueña, o sea yo, para conseguir información.
Había que aplaudirla, le salió bastante bien.
- Ah, con que eso era. Bien. Me quedaré a ver el ensayo.
- ¡No! –gritaron los dos al mismo tiempo.
- ¿Por qué no?
- Porque no sabemos si vamos a poner esta escena. Solo estábamos practicando para ver si estaría bien –se adelantaba Gin-chan.
- Oh, yo quería verlo.
- Nada de eso. Pronto va a terminar el acto de los alumnos, prepárate para seguir atendiendo a los clientes.
Dicho de esa forma, más que una cafetería parecía un prostíbulo. Regresé hacia las mesas solo para darles más intimidad a ellos, que seguro era lo que querían. Al encontrarme con "el capitán" del Shinsengumi quise correr hacia adentro de nuevo pero me contuve de hacerlo. Solo me quedé a un lado del mostrador esquivando su mirada. Él no entendía nada. Después de eso recuerdo que el famoso presidiario, interpretado por el profesor Katsura, apareció en escena luciendo un kimono azul masculino y encima un bata blanca, mientras la policía trataba de arrestarlo.
El día terminó siendo muy agotador. Se hicieron las cinco en punto y todos empezamos a cerrar nuestro stand. Me cambié de ropa en el baño y luego me fui a casa aliviada. Al fin se lo había dicho. Lo de la comida no importaba. Si se enteraba que fui yo la que lo dejó allí o no ya no interesaba. Ya no le debía nada.
Segundo día del festival. No hay mucho que contar aquí. Se asemejó mucho al día anterior. Gin hizo su aparición en la corta presentación de medio tiempo y de verdad le pidió a Tsuki-chan que le diera información sobre Katsura. Con respecto a esta parte no me mintieron, en lo que sí lo hicieron fue en la parte en la que me dijeron que quería seducir a la dueña del local, lo cual no ocurrió. Lo que más destacó de la presentación fueron los tropiezos que sufrió Hijikata por obra y gracia de su querido "subordinado", el joven de ojos rojos.
Para el último día del festival dos de los alumnos que tenían que aparecer en escena se descompensaron y no pudieron actuar. Dijeron que comieron de una vianda roja y que se empezaron a sentir mal después de eso. "Qué coincidencia", pensé yo, "mi almuerzo estaba en una lonchera del mismo color". Estaban en un debate sobre quién podría interpretar los papeles y no tuvieron mejor idea que mandarme a mí y al "capitán".
- Esto es un error, no me sé las líneas. Nunca practiqué.
- No importa, improvisen. Ustedes dos siempre se la pasan peleando, no hay mejor espectáculo que ese. Vamos a cerrar con una comedia –nos explicaba Tsukuyo–. Recuerda, tienes que aparentar que el fugitivo no está aquí y tú Okita sospechas que lo estamos escondiendo. Vayan.
Y nos lanzaron hacia el escenario. Qué horror. Improvisamos lo mejor que pudimos y el resultado fue… bueno mejor se los cuento.
- ¿Qué haces aquí, asquerosa rata? –Traté de sonar normal.
- Vine a buscar al preso, sé que lo tienen aquí escondido. –Parece que el enano sabía actuar bastante bien.
- ¿Ah, sí? Este… registra todo lo que quieras, no lo vas a encontrar. –Fuera del escenario, las chicas me decían que no se lo permitiera con muchos gestos desesperados que desencajaban con la trama totalmente–. Em, ¡No! No puedes entrar de ninguna manera. –Mi desempeño era desastroso. No había peor actriz que yo en ese momento.
- No me importa lo que digas, tengo una orden judicial y entraré de todos modos. No descansaré hasta encontrarlo.
- ¿Y qué es lo que hizo? –Me quise vengar por ser tan buen actor y yo no. Obviamente ninguno sabía de qué iba el guión.
- ¿No lo has escuchado ya? –contraatacó rápidamente.
- Pues no. Resulta que yo estaba ocupada TRABAJANDO cuando ustedes vinieron y no escuché la explicación.
- ¿Tú, trabajar? ¿De verdad? ¿Conoces lo que significa esa palabra?
- ¡Claro que sí, imbécil! No soy como ustedes que sólo se dedican a hacerle la vida imposible a los demás.
- Disculpa…
- Sí, te disculpo, mini capitán. –Usé la misma táctica que él. Se molestó mucho por eso.
- ¡Nosotros sí trabajamos duro todo el día! Son ustedes las que holgazanean todo el tiempo.
- ¡Cómprate unos anteojos porque no ves nada! Te he visto dormir en tus horas de servicio. –Empecé a mezclar la realidad.
- Eso no es asunto tuyo. No estaba durmiendo, sólo descansaba los ojos.
- ¿Tantas veces a la semana? ¿Tu deficiencia mental no te deja dormir bien?
- ¿No tienes nada mejor que hacer? No sé… molestar a insectos venenosos, por ejemplo.
- De hecho, lo estoy haciendo en este momento. Tengo que procurar que su veneno paralizante de inteligencia no se me pegue.
- Tú ya eres así de nacimiento, no hace falta que nadie te infecte de eso.
Antes de que nos diéramos cuenta el público se descostillaba de la risa. Si supieran que lo hacíamos de verdad todos los días.
- Bueno basta, voy a entrar de todos modos. Llamaré a mi división. Te aconsejo que te marches si no quieres morir, los niños no deberían estar aquí cuando lleguen.
- Oh, pues tú no eres adulto, que digamos, así que no me vengas con esas fanfarronerías. ¡De aquí no me voy! Atácame si puedes.
- No suelo aprovecharme de los animales indefensos.
La primera en repartir porrazos fui yo cuando le pisé el pie con el taco de mi bota. El grito auténtico que hizo puso al público en ambiente de lucha. Entonces el capitán sacó su espada y me golpeó con ella en las posaderas.
- Con que atacando por detrás, ¿eh?
Le pegué una patada en la tibia que desgraciadamente fue demasiado real. Cayó gritando de dolor y los alumnos, junto con Tsukuyo, se apresuraban a inventar una excusa para sacarnos de escena y terminar con la obra. Por suerte Gin-chan fue el que apareció de la nada, dejando que lo arrestaran por encubrir a su amigo. Kondo salió del otro lado, discutiendo con las meseras y la dueña, que salían en defensa de él. Mientras tanto, los otros "policías" ayudaban al capitán a bajar sin que nadie se diera cuenta.
Me salí yo también y fui a la cocina, donde lo habían llevado.
- Buena actuación, bastardo.
- ¡Perra! ¡Me golpeaste de verdad!
- ¡Claro que sí, mentecato! Tú me diste con esa cosa en la…parte de atrás.
- Sí, pero eso no es excusa para que me fractures la pierna.
- ¡Mentira! No te pegué tan fuerte para que te haya roto algo.
- Te puedo asegurar que sí. Esta vez me las vas a pagar muy caro. –Eso me asustó, acababa de saldar deudas con él.
- No, no. De seguro no es nada.
- Apostemos –otra vez esa palabra–. Si después de ir al médico me pone un yeso por fractura tendrás que atenderme tú misma y ayudarme a subir las escaleras hasta que me recupere.
- ¡Nooooooo! –Hice un grito similar al de las películas cuando muere un personaje.
Ese mismo día una ambulancia lo vino a buscar, y me pidió que fuera con él y un profesor, Gin-chan.
- ¿La chica es tu novia, jovencito? –preguntó un camillero, tratando de ser amable mientras lo subían al vehículo.
- Sí –respondió él–. Es el único familiar que tengo aquí. Vendrá con nosotros.
Iba a negar todo pero él me hizo un gesto negando con la cabeza para que me callara.
- Bueno, entonces puede venir. Ven pequeña. –Casi golpeé al camillero también. ¿Qué es eso de "pequeña"? Contuve mi bronca y me subí tapándome las piernas para evitar espectáculos indebidos.
Al cabo de un rato, y después de administrarle un calmante al herido, el sujeto de la ambulancia volvió a mí, con la patética intención de calmar mis supuestos nervios.
- No te preocupes, jovencita. Llegaremos pronto al hospital.
- Ah, qué bien –respondo sin ánimos, mirando al paciente con bronca
Deseaba con todas mis fuerzas golpearlo, sacudirlo de un lado a otro y escupirle en la cara por haber mentido tan descaradamente. ¿Yo, novia de ese raro espécimen? Sí, cómo no. Jamás le daría el placer.
Cuando llegamos, la peor de las posibilidades se había hecho realidad: se había hecho una pequeña fisura en la tibia izquierda. Conclusión: yeso por un mes. Estaba perdida. Pensé en tirarme de un avión sin paracaídas o de un puente para terminar con mi futuro sufrimiento.
- No te preocupes, sanaré en una semana –contradecía él, acostado en una cama, cuando todos se marcharon para dejar a solas a la "feliz pareja".
- El doctor dijo un mes.
- Sano rápidamente. En una semana estaré caminando de nuevo sin esa cosa.
- Puedo llegar a creerte, a mí me pasa lo mismo. Una cortadura no me dura ni siquiera dos días. Cicatrizo muy rápido.
- Pero hasta entonces, tendrás que cuidarme tú.
- ¡¿Por qué yo?!
- Shhhh, baja la voz, esto es un hospital no un estadio de fútbol.
- Ok –dije en tono bajo–, ¿pero por qué yo? Cuídate tú mismo o si necesitas que alguien lo haga pídeselo a tu madre.
- Tienes que ser tú porque fue a causa tuya.
- Pe-pero.
- Nada de pero, esto es tu culpa. –Hice un berrinche y luego acepté.
- Bueno, si es por una semana… Por cierto, ¿por qué dijiste que era tu…? –No pude pronunciarlo, me daba tanta vergüenza con sólo pensarlo.
- ¿Mi novia? –Pero él sí lo dijo y sin ninguna timidez–. No te hubiesen dejado venir conmigo si no lo decía, y tenía que demostrarte que tenía razón.
- Pero no podías inventarte algo menos… íntimo. No sé, que soy tu hermana.
- ¿Bromeas? No nos parecemos en nada. Empezando por tu color de pelo, tu piel, tu estatura… –y ahí empezó de nuevo nuestro juego de insultos.
- Si es por eso, te aseguro que en tu familia de duendes es genético.
- Tú no hables mucho, eres más "rebajada" que yo.
- Porque aún me falta crecer. Cuando tenga veinte seré tan alta como un poste de luz.
- Nadie te querrá si eres como una jirafa.
- No me interesa eso –dije mirando hacia un costado–. No me importan los hombres en absoluto.
- ¿Acaso te gustan las mujeres? –me preguntaba él, con su cara de falso ingenuo.
- Que no, idiota.
- Explícate entonces.
- No me importa tratar de agradarle a los chicos. Aquel que me quiera será por cómo soy y nada más. Si alguien lo hace, bien y sino tampoco me voy a morir por ello.
En ese momento, aquello de tener novio, gustar de alguien o caminar en pareja era algo impensable para mí. Nunca me lo había imaginado ni propuesto.
- Eso suena interesante, no sabía que fueras tan madura en ese tema.
- No es madurez, es solo mi forma de pensar. Los hombres me trajeron muchas desgracias, no tengo la mejor imagen de ellos. Y menos teniendo a Gin como mi "padre sustituto".
- ¿Qué cosa?
Llamé bastante su atención con esa confesión. En realidad, en el salón casi todos sabían que Gin me había adoptado pero este mamarracho de hombre parecía no haberse enterado. Por fortuna el doctor llegó junto con el nombrado casi-adulto y nos anunció que ya podía irse a descansar a su casa. Y sí, nosotros tuvimos que llevarlo. Pedimos un taxi y, mientras los dos "hombres" conversaban atrás, yo miraba por la ventana en el asiento de adelante.
- Dale estas recetas a tu mamá cuando llegues para que te las compre.
No escuché la respuesta del sádico, ni siquiera presté atención al resto de la conversación. Solo reaccioné volteando hacia atrás cuando dijeron que "alguien" se iba a quedar en casa hasta que mejorara.
- ¡¿Qué?! ¡Dejen de bromear! ¡¿Mi enemigo en mi casa?! No me hagas esto, Gin-chan. Prometo portarme bien desde ahora, voy a aprender a cocinar para hacerte algo rico, no volveré a robar dinero de tu cartera, no…
- ¡¿Qué dices, mocosa?! ¡¿Me robabas dinero?!
- Uh. –Metí la pata–. Em... no, yo no te quitaba dinero cuando dormías, claro que no. –Qué idiota soy.
- Con que eras tú, ¿eh? Pensé que era la cacera queriendo cobrarme la renta por su cuenta.
- No lo haré más, pero por favor, no lo traigas a casa.
- Descuida, yo no tengo intención de ir. Sé cuidarme solo en la mía. Puedo sobrevivir.
Mi tutor-sensei me lanzó una mirada represiva. Demonios, tuve que callarme y aceptarlo.
- Maldito chihuahua inútil y débil, no aguantas nada –me quejé dándome vuelta, mirando hacia adelante y cruzándome de brazos.
Hicimos algunos malabares para bajarlo y ayudarlo a entrar cuando llegamos. La casa solo tenía dos dormitorios, un comedor, una cocina y un baño. Adivinen en dónde se le ocurrió a Gin que durmiera, sólo por esa noche y porque, según su excusa, ya era tarde. Sí, en MI cuarto. (Maldito infeliz).
- Otra vez en tu habitación –dijo él mirando alrededor RECOSTADO en MI CAMA.
- ¿Qué? ¿Cuándo?
- Cuando te traje porque estabas herida.
- Ah, es verdad. Con esto mi deuda queda saldada, ¿cierto?
- Sí, supongo –me contesto él.
Solo había una razón por la que estaba allí, acompañándolo y era para corroborar que no tocara nada de mis pertenencias, después de haberme cambiado esa ridícula vestimenta, claro.
- Tocas algo de este cuarto y te mueres, ¿eh?
- De acuerdo –aceptó sonriéndome.
- ¿Qué te causa risa, tarado?
- Debes aprender a diferenciar entre una risa y una sonrisa. Yo recién estaba "sonriendo".
- ¿Y por qué estabas "sonriendo"? –dije en tono sarcástico.
- Es un secreto.
- ¡Bastardo! ¡Te burlas de mí! ¿Verdad?
- Ven, acércate y te lo diré al oído –me arrodillé hasta acercar mi oreja a su cara y en un susurro me dijo.
- Creo que eres una linda tsundere.
Me sonrojé al instante pero no hubo tiempo de romperle la cara o decirte algún insulto porque Gin-chan entró por la puerta y nos encontró en esa extraña situación.
- Oh, perdón. No sabía que estaban ocupados –dijo él burlándose. Yo había pasado a rojo intenso en un segundo.
- ¡N-no es lo que tú piensas!
- Sí, claaaro. Me iré a tomar un vaso de leche de fresa y los dejaré "solos".
- ¡No, Gin-chan! ¡No es eso!
Demasiado tarde, ya había cerrado la puerta para cuando me levanté, iba a salir tras él pero una mano me agarró de la muñeca y me volteé para ver qué quería el desgraciado.
- Sabes que tengo razón, ¿cierto? Eres una tsundere.
- ¡Cállate! Por tu culpa Gin malinterpretó la situación.
- Tú puedes hacer lo mismo con él –lo miré sorprendida–. Con respecto a Tsukuyo.
- ¿Tú lo sabías?
- Por su puesto. Los vi besándose una vez en el receso.
- Vaya, entonces sí estaba en lo cierto. Me las pagará, se lo aseguro. –Cerré los puños de ambas manos y me di cuenta de que él aún no me soltaba–. Oye, larva, ya puedes soltarme la muñeca.
- ¿Estás segura?
Me aparté precipitadamente y el colorado volvía a presentarse en mis mejillas.
- ¡¿Qué pretendes, infeliz?! ¡¿Acaso intentas seducirme?!
- ¿Estás loca? Solo me gusta hacerte enojar pretendiendo estar interesado en ti. No te lo creas de verdad.
- Desgraciado. No hagas que lamente haberte traído, cálmate o te romperé la otra pierna.
Y sin decir más, me fui al cuarto de mi tutor a prepararme un futón para dormir.
- Kagura –escuché que mi sensei me llamaba después de unos minutos–, de casualidad tú y él…
- ¡Nos odiamos! No pienses nada más. Nunca llegaremos a ser como tú y Tsuki-chan –oí una tos bastante incómoda.
- ¿De qué hablas, chiquilla?
- No importa, quiero dormir ya. Buenas noches.
Cerré los ojos y dejé que el sueño llegara a mí.
Aclaraciones:
[1] Obi es una faja ancha que sujeta el kimono.
[2] El komon es un kimono para ser usado diariamente, por lo tanto es más informal. Tiene patrones pequeños que se distribuyen regularmente decorando la tela, que se tiñe usando plantillas. Usos: para salir a comprar, una comida informal, diariamente, etc.
Notas del autor:
Mi idea original para este capítulo era totalmente distinta. Tenía planeado otra cosa pero la situación fue cambiando a medida que iba escribiendo.
Agradecimientos:
Primero quiero a gradecer a mis seguidoras más firmes, mis hermanas. Siempre me pegan cuando terminan de leer algún capítulo y me dicen que ya mismo me ponga a escribir el siguiente xD. Eso me anima un montón a continuar con esta historia.
Segundo, a mi pobre novio, a quien practicamente lo obligo a leerlo. Siempre me acompaña, me anima con sugerencias y me brinda su opinión objetiva. Lo adoro.
Tercero a las personas que estuvieron desde el principio leyendo esta humilde historia: Ishinomori Ayame-sensei y valqiria8. Gracias por seguir leyendo, eso me incentiva muchísimo.
Lo bueno es que gracias a este fic, me puse a investigar muchas cosas de Japón que la verdad no sabía, como los kimonos o las estaciones del año de alllá, la escolaridad. Es todo muy interesante.
