MELODÍA DE GUITARRA AL AMANECER
Romano sintió flaquear sus rodillas cuando oyó al español llamarle.
—Pues claro que soy yo, bastardo, ¿quién si no? —respondió, con la voz ahogada y un nudo en la garganta. Reprimió las ganas de lanzarse a sus brazos llorando. Llorando porque lo había echado muchísimo de menos durante la semana que había estado separado de él. Pero él no daría el paso por mucho que quisiera.
—Lovi… —repitió España, avanzando torpemente hacia él, e hincando una rodilla en el suelo. Extendió los brazos y le palpó los brazos y hombros al italiano, como si quisiera comprobar que era una alucinación. El niño, confuso y enfadado por tanto toqueteo, le espetó:
—¿Se puede saber a qué viene tanto…?
No pudo terminar la frase, porque España lo estaba abrazando contra su pecho con muchísima fuerza, aunque sin llegar a asfixiarle. Romano empezó a llorar y hundió la cabeza en el pecho del español.
—Lo siento, Lovi, lo siento muchísimo, perdóname, te juro que no volveré a desprenderme de ti —sollozó el español, derramando lágrimas sobre los tomates recién plantados.
—Idiota España… —el cuerpo del italiano temblaba a causa de su llanto—. ¿Tienes idea de lo que me has hecho pasar?
—Lo sé, Lovi, y lo siento, lo siento de verdad… —mantuvo el abrazo. No quería separarse, así como Romano tampoco quería que España se separara. Necesitaba sentir otra vez sus abrazos, sus besos, su calor, su risa y su felicidad. Cuando el español se iba a América para visitar a sus colonias también le echaba de menos, pero Italia del Sur sentía ahora que había pasado muchísimo más tiempo que en aquellas ocasiones.
—No vuelvas a hacerlo… —suplicó. El español rompió el abrazo y se quedó mirándolo, con un velo de lágrimas corriéndole por la cara y sin dejar de sonreír. Sus ojos habían recuperado su brillo habitual.
—No lo volveré a hacer, mi tomatito.
Le cogió en brazos como si fuera un bebé, provocando que el italiano se sonrojara hasta las orejas.
—¡Oye, ya no soy un crío! ¿Quién mierda te crees? —España empezó a hacerle cosquillas por la barriga—. ¡No, para! ¡Oye! ¡Q-quieto!
Romano empezó a reírse y reírse sin poder parar. Se sentía muy bien, y no quería parar por nada del mundo, aunque jamás se lo diría al español.
—¡Vamos, Lovi! —exclamó España, corriendo al interior de la casa con Romano. El español estaba pletórico de felicidad por la vuelta de su italiano favorito—. ¿Qué quieres cenar?
Dejó al chico sentado encima de la mesa con gesto huraño. Había olvidado lo entusiasta que era el español. Pero por un día, se lo pasaría. Todavía tenía más ocasiones que días tiene un año para pegarle cabezazos e insultarle como a él le gustaba.
—Cualquier cosa que lleve tomate está bien, estúpido bastardo, hmp —rezongó el italiano. Dicho y hecho. A los cinco minutos España estaba allí con dos platos de paella repletos de tomate. Sentó a Lovino en la silla, al lado de la suya.
—Venga, tomatito, abre la boca así, aaaaaah —España abrió la suya y se señaló dentro.
—¡N-no me llames tomatito, imbécil! —Romano hubiera jurado que estaba echando humo de lo colorado que se había puesto—. ¡Y no juegues conmigo!
—Pero Lovi… —el español puso su mejor cara de perrito abandonado, que tenía como efecto hacer que Romano rodara los ojos pensando que no tenía remedio, y luego dejarle que hiciera cualquier estupidez tan característica de él.
—E-está bien…¡pero sólo una vez! —Romano quería dejar las cosas claras. España por poco saltó del asiento de la euforia.
Pasada la cena, Romano se fue el primero a la cama, y tras trepar a la colcha, se tumbó boca arriba, con los brazos y las piernas abiertos y extendidos. Cerró los ojos mientras botaba un poco arriba y abajo, recordando lo blandita y mullida que era aquella cama.
—¡Ya estoy aquí, Lovi! —anunció España, entrando en la habitación corriendo y tirándose en su lado de la cama casi literalmente. Romano se apartó a toda prisa antes de que lo aplastara.
—¡Ve con más cuidado! —se quejó, colocándose en su mitad. Pero España le atrajo hacia él y lo abrazó cariñosamente.
—Hoy quiero que durmamos así, Lovi. Necesito saber que estás aquí, conmigo. Yo…también lo he pasado fatal en este tiempo que no has estado en casa. Y además pensando que todo fue por mi culpa…
Le besó suavemente en la frente.
—¿Me podrás perdonar?
Romano, con el corazón a mil y ruborizado, murmuró:
—Ya…ya estás perdonado, bastardo…ya lo estás. Ahora duérmete, ¿quieres?
El español sonrió, apoyó la cabeza en la almohada, al lado de la del italiano, y cerró los ojos, besándolo en la mejilla esta vez.
—Buenas noches, tomatito.
Romano tenía demasiado sueño como para pegarle un cabezazo en el estómago como era su costumbre, así que decidió que ya le arrearía mañana. Se durmió, sintiéndose feliz y tranquilo. Sabía que no le iba a pasar nada, España volvía a estar a su lado.
—Bastardo… —fue lo último que dijo antes de quedarse dormido definitivamente.
A la mañana siguiente, a Romano lo despertó una música que le sonaba vagamente de algo. Despeinado y frotándose los ojos, vio que España no estaba a su lado.
—¡España! ¿Dónde demonios te has metido? —gritó, bajando de la cama con algo de dificultad debido a la altura del mueble. Guiado por la música, vio al español en la puerta del jardín, tocando su inseparable guitarra. Al verle, levantó la mirada.
—Buenos días, Lovi. ¿A que no sabes quién ha venido de visita? —le dijo, a modo de saludo y señalando al jardín. El italiano negó con la cabeza y se dirigió hacia allí. Veneciano y Sacro Imperio Romano estaban allí.
—¡Hermano! —el italiano menor se lanzó hacia Romano y lo abrazó—. El señor Austria y Hungría estaban preocupados por ti, pero España-niichan nos contactó y nos dijo que estabas con él. Han dicho algo de España y una sartén, no lo recuerdo bien.
—También dijeron que cuando queráis podéis ir a tomar café o lo que sea —añadió SIR con su usual tono. España les sonrió.
—Decidles que iremos sin falta.
Veneciano y el Sacro Imperio asintieron, y tras despedirse Italia de España y Romano con un abrazo, se perdieron por el camino a toda prisa. El español besó a su italiano en la frente y le dijo en voz baja:
—Tomatito…¿a que no me alcanzas?
Italia y SIR se habían alejado bastante, pero aún pudieron oír los gritos de Romano persiguiendo al español e insultándolo con todas las palabrotas que se sabía, y a España riéndose con todas sus ganas.
—España-niichan y Romano han vuelto a ser como antes, ¿no te parece, Sacro Imperio? —preguntó, cogiendo la mano de su acompañante, quien, sonrojado, le respondió:
—Hum…p-puede que sí… aunque no estoy seguro de que sea bueno…a juzgar por lo que se oye…
Ambos continuaron por el camino hacia la mansión de Austria, que se recortaba en el horizonte.
FIN
