"Prólogos del Archipiélago Vikingo."

B. B. Asmodeus.


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Resumen: A veces, las mejores historias son las menos contadas.

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#4. Resbale.

Eret/Astrid UST; Hiccup.

[Sip, ando calentando los motores.]


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"¡Sigue así, a la derecha, a la derecha!"

El cuerpo de Stormfly se ladeó justo a tiempo, bajo la tutela de Astrid y el manejo de Eret, y los tres gritaron en infantil victoria cuando lograron la maniobra sin defectos en el vuelo. No se había tratado de una maniobra tremendamente elegante, meramente un ejercicio de principiantes que hasta Tuffnut había aprendido en un santiamén.

Hiccup los observó desde su punto de espera en la Isla Itchy Armpit. A pesar de aplaudir en aprobación, un sabor agrio invadió su paladar.

Astrid tomó uno de los brazos de su alumno en sus manos, elevándolo con orgullo a los aires. Eret, infectado con el entusiasmo, se permitió ser controlado con la facilidad de la arcilla. Hiccup no perdió de vista la natural forma que ambas apéndices de piel clara se juntaron en un sólo puño, representando a la perfección su triunfo conjunto. No perdió de vista el hecho, que aunque sus manos entrelazadas descendieron de regreso al volante de Stormfly, éstas fueron renuentes a separarse. La cabeza de Astrid permaneció acurrucada en el hombro de Eret, rodeando la espalda del hombre con cada curva de su ser.

Hiccup suspiró. De todos los escenarios en los que había imaginado que su relación con Astrid correría peligro, nunca había pensado en esta.

Era obvio que ni la misma joven estaba consciente de lo que estaba sucediendo. Todavía no caía en cuenta de que tan largas sus sonrisas se habían convertido, cuando Eret era el que las recibía. Todavía no se percataba de los largos suspiros que liberaba, cuando solía arribar al Gran Salón y no encontrar al ex-pirata esperándola. Astrid no podía examinarse a sí misma—no podía ver aquellos y muchos otros de sus resbales—así que, el asunto se estaba complicando aún más.

¿Cómo empezar? ¿Cómo hacerla ver? Hiccup cerró sus parpados, tan pesadamente como su consciencia.

Tal vez sería más fácil si Eret no mostrara señales de corresponder las atenciones de la rubia. Pero, por más peligroso que el atrevimiento fuera, Eret retornaba las largas miradas con el mismo anhelo. Tocaba a Astrid con el mismo aire coqueto, y sonreía con el mismo embelesamiento, cuando escuchaba a Astrid hacer ridículas imitaciones de Snotlout.

Los dos estaban comportándose como idiotas. Ciegos, enamorados, idiotas.

Dentro de poco tiempo, no habría lugar para Hiccup. No a menos, que él mismo, se forzara a permanecer en el medio, actuando de barrera. Astrid estaba demasiado ilusionada con la fantasía de ser la esposa del Jefe de Berk, y la Consorte del Maestro de Dragones, como para admitir que estaba siendo tentada por un tercero. Hiccup tendría que ser el encargado de hacerla despertar.

Y tenía que ser un frío y cruel despertar.

Hacer lo correcto para otorgarle felicidad a tus seres queridos, podía llegar a doler tanto como una patada en los testículos.