Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rochelle Allison, yo solo la traduzco.


CURTAINS

Capitulo cuatro

El agua está ya casi fría, pero me da demasiada pereza estirar la mano y abrir otra vez el agua caliente. En su lugar, muevo el trasero hacia delante para poder sumergir más mi cuerpo, sin que quede por encima del agua más que mis brillantes rodillas, pechos y cara.

La casa de Edward tiene la cama y las cortinas, pero la mía tiene la bañera perfecta -el único lugar en el que realmente disfruto de estar sola.

Si me sintiera suicida, este sería el lugar que elegiría para El Fin, pero no es así; es imposible estar tan deprimida cuando simplemente estás... congelada por dentro.

Los baños calientes ayudan con esto; tienden a derretir incluso el más frío de los humores. Me siento humana, más yo misma, después de largos baños.

Sin embargo, la paz nunca dura.

Mi teléfono suena desde el otro lado del baño y levanto mi cuerpo arrugado, con restos de jabón deslizándose por mi estómago. Quitando el tapón del desagüe con los dedos de los pies, cojo mi toalla y piso con cuidado la alfombra, tomándome mi tiempo. Si el teléfono deja de sonar y empieza otra vez, entonces es Edward.

Puede.

Me he envuelto mi pelo (que necesita un corte) en una toalla y estoy entrando desnuda en mi habitación cuando empieza a sonar en mi mano.

―Hola.

―¿Por qué no contestas?

―Acabo de contestar, ―respondo secamente.

―¿Por qué no lo has hecho antes?

―Estaba en la bañera.

―Aun así podrías haber contestado...

―¿Qué pasa, Edward? ―Suspiro, sin sentirme de humor para esto.

¿Hasta la semana pasada? Su voz hacía que el estómago me diera un salto. Ahora solo me pone tensa y ansiosa, haciendo que tuviera una rara sensación de temor.

Me recuerda a cómo me sentí cuando se perdieron.

―¿Todavía estás enferma? ―pregunta.

―Nunca he estado enferma.

―¿Por qué dijiste que lo estabas?

―Estoy harta de ti. ―Hago una pausa, mirándome en el espejo que está tras la puerta de mi habitación.

Tengo un buen cuerpo. Me pregunto porqué Edward nunca lo ha notado.

―Eres una perra, ―dice con calma.

Cuelgo el teléfono y lo tiro a mi cama, dónde empieza a sonar otra vez. Para tras varios minutos y exhalo aliviada. Los teléfonos que no paran de sonar me estresan mucho, pero me niego a apagarlo. No le permito tener ese tipo de control sobre mí.

Más tarde, en el supermercado, me encuentro con Alice.

―Bella. ―Sonríe, sinceramente feliz de verme.

Yo también me siento feliz de verla; realmente la quiero y echo de menos pasar tiempo con ella.

Mis visitas al hogar de los Cullen no siempre han sido a medianoche y limitadas a la habitación de Edward. Solía acabar allí, pero también pasaba tiempo con Alice en su habitación, hablando. Sin embargo, cuanto más me encaprichaba de su hermano, menos me interesaba conversar.

Me arrepiento de ello.

Empezamos a caminar con nuestros carritos de la compra uno al lado del otro y brillando en la luz artificial.

―¿Cómo has estado? ―pregunta.

―Bien. ―Me encojo de hombros, sin necesidad de endulzarlo. Si hay alguien que lo entiende completamente, esa es Alice―. ¿Y tú?

Su cara adquiere calidez con una brillante sonrisa e inclina la cabeza.

―La verdad es que he conocido a alguien... va a tu escuela.

―¿Quién?

―Jasper Hale...

El nombre me suena.

―¿El vaquero? ―digo sin pensar.

Su sonrisa desaparece.

―¿Te ha dicho algo Edward?

Me estremezco, cogiéndola las manos.

―¡No! Quiero decir, no ha dicho nada malo. Él solo... le ha mencionado. En realidad me dijo que le llamara, pero no sabía quién era.

―Es un imbécil, ―sisea Alice―. No cree que debería salir con él, así que, por supuesto, va e intenta vendértelo...

―Olvidale; es miserable, triste y patético, ―digo, sacudiendo la cabeza―. Pero me alegro por ti. Buscaré a Jasper en la escuela.

―No tiene pérdida, ―dice riendo. Estamos en el pasillo de los cereales―. No lleva sombrero de vaquero ni nada, pero sí que parece un vaquero.

Tras coger una caja de cereales para mi padre y otra para mí, camino en silencio junto a Alice mientras la escucho hablar con su suave voz. A veces, solo escuchar es calmante.

―Deberías venir a casa, ―dice, deteniendo su carrito.

―Definitivamente no. Creo que odio a tu hermano.

―¿De verdad? ―pregunta, con expresión inquisitiva―. La verdad es que creía que te gustaba.

―Me gustaba, pero es muy raro. Un segundo es dulce y al siguiente todo un imbécil.

Ella asiente.

―Bueno, es un asco. A lo mejor yo podría ir a verte.

―Eso me gustaría, ―digo, y nos damos un abrazo de despedida.

Pienso que eso ha estado bien mientras cargo mis compras en mi camioneta. Normal. Me siento como una adolescente normal.

Mi teléfono suena de nuevo y aunque sé que no debería hacerlo, respondo.

―¿Sí, Edward?

―Siento haberte llamado perra, ―dice―. No eres una perra.

―Lo sé. ―Asiento, girando la llave en el contacto.


¡Hola!

Me está encantando la acogida que está teniendo esta historia.

¿Qué os ha parecido este capítulo? Estoy deseando leer vuestras opiniones.

Nos vemos el sábado.

-Bells :)