Se vistió para la ocasión frente al espejo de la habitación del hotel donde se alojaba. Sabía que no contaba con ropa elegante, pues incluso para la fiesta de la noche pasada, había necesitado alquilar un smoking en la tienda de etiqueta de Ciudad Luminalia. Pensó que tampoco haría falta ponerse sus mejores galas para visitar a su amiga. Siempre le había visto con una sudadera y unos tejanos, por lo que no creía que Serena se fuese a sorprender por verle vestido de la misma manera. Ya con los vaqueros puestos, sacudió con fuerza una de las camisetas que guardaba en su mochila de montañero y la estiró frente a el mismo para observarla. Era una camiseta gris marengo, de cuello redondo y manga corta. Frunció el ceño. Esa camiseta representaba a la perfección su estado de humor en esa calurosa mañana de domingo. Ya vestido, y tras peinarse el cabello, bajó a la recepción del hotel y pidió un teléfono para realizar una llamada. También pidió un bloc de notas. La recepcionista, impresionada por ver a Satoshi de Masara Town tan cerca, le observó expectante, mientras trataba de recuperar la respiración. Él, que no había pasado por alto la reacción de la mujer, le sonrío seductor, antes de concentrar sus ojos en el teléfono.
¿Diga? – preguntó una joven, que Satoshi identificó rápidamente como Yurika.
¡Hola Yurika! Soy Satoshi
¿Satoshi? – preguntó confusa - ¿Qué haces llamando tan temprano?
Satoshi miró su reloj de pulsera. En verdad era demasiado temprano como para realizar una llamada, pero las ganas de verla le habían impedido conciliar el sueño. Tenían muchas cosas de que hablar, y él tenía muchas cosas que explicarle a su gran amiga.
Yurika, siento la molestia, pero me gustaría hablar con tu hermano, por favor – contestó educadamente, avergonzado por su atrevimiento de llamar tan temprano.
Un momento – contestó ella dulcemente antes de dejarlo en espera.
Satoshi levantó la vista. La recepcionista seguía allí plantada, con la boca entre abierta y ligeramente humedecida. Su pecho, se movía al compás de la respiración agitada, propia de alguien que se encontraba nerviosa. Al fijar sus ojos café en ella, la mujer pestañeo y volvió de su ensimismación, dándose la vuelta rápidamente y escondiéndose en una sala contigua de la recepción.
¿Si? – contestó Citrón, con voz ronca. Satoshi se sonrío. Seguro que se acababa de despertar.
¿Te he despertado? – preguntó con fingida preocupación. Anoche no debimos beber tanto.
La pregunta es porque tu voz suena tan fresca y lozana. Te juro que ese whisky que nos dieron no era un añejo del 72 – se quejó Citrón tras carraspear. ¿Qué necesitas?
¿Cómo sabes que necesito algo? – preguntó Satoshi extrañado.
Sato, no has llamado por largo tiempo. Presupongo que cuando lo haces, es porque necesitas algo – se escuchó la carcajada del pelinegro al otro lado de la línea.
Está bien, amigo. Me has pillado. Necesito un favor.
Cuéntame.
Quiero saber la dirección de Serena – dijo del tirón, casi sin respirar.
Citrón se mantuvo en silencio durante unos segundos antes de contestar.
¿De Serena? – preguntó de nuevo como si no hubiera entendido.
Si. De Serena – reconfirmó Satoshi, por si quedaba alguna duda.
No creo que sea buena idea, Satoshi – le advirtió el líder de gimnasio. Serena ha pasado una mala temporada y se encuentra muy nerviosa.
Lo se, lo se. Y precisamente por eso quiero disculparme con ella. Ha pasado mucho tiempo. La he echado de menos – rectificó. En realidad, a todos. Sólo que con ella siento que le debo más de una explicación.
Es que ella no desea visitas de nadie – insistió Citrón.
Satoshi frunció el ceño. ¿Desde cuando Serena no deseaba visitas en su casa? Era una de las chicas más sociables y amigables que conocía. Claro que su frialdad en su reencuentro, tras diez años de distancia, también le había sorprendido.
Te juro que no le diré que has sido tú. En realidad, tengo muchas maneras de conseguir su dirección, pero no quiero tener que pedir favores – pensaba en Diantha y Alain.
No se, Satoshi. Siento que traiciono a Serena si lo hago – se quejó Citrón por el aprieto en el que lo estaba poniendo.
Vamos, Citrón. Me conoces. Jamás haría nada que pudiese hacer daño a Serena –se mantuvo unos segundos en silencio para reflexionar sobre lo que había dicho, y añadió – al menos, no lo haría a propósito.
Diablos…-bramó Citrón. Está bien, apunta la dirección porque sólo la diré una vez.
Satoshi caminaba y mientras tanto, reflexionaba sobre las cosas que debía decirle a Serena. Ordenaba las palabras en su cabeza, pues lo último que quería, era quedar como un bobo delante de ella. Tenía tanto que explicarle, aunque poca justificación podía tener una desaparición de casi una década. Sus motivos tuvo, pero aquellos motivos no fueron entendidos por casi ninguno de sus antiguos amigos, que fueron alejándose paulatinamente de él. Mientras pensaba, se encontró con la pastelería donde, hacía años, Serena y él habían degustado unas galletas deliciosas. Por aquel entonces, Serena con un aire triste pero solemne, había comentado que esas galletas restauraban el sabor y la paz de Luminalia. Habían paseado y hablado de muchos temas, pero apenas habían profundizado en ninguno. Después habían tenido un combate, donde la pelimiel había demostrado sus habilidades como entrenadora. Por aquel entonces, Satoshi era demasiado inmaduro como para comprender la sensación de vacío y duda que estaba sufriendo Serena, pero ahora, frente a aquella pastelería, los recuerdos golpeaban con fuerza.
Continuó caminando, y caminando, y caminando, y por fin llegó a la dirección exacta de Serena. Una hermosa casa de dos plantas, que se alzaba sobre una llanura llena de verde y bonitas flores que decoraban la entrada y sus ventanas.
Satoshi miró de arriba abajo y se sorprendió de la casa tan poco modesta de su amiga. Supuso que ser la Reina de Kalos desde los 18 años le habría proporcionado estatus y riqueza. Caminó con paso decidido hacia las escaleras y se dijo así mismo:
Estate tranquilo Satoshi. Todo saldrá bien. Las palabras fluirán, como hace años.
Llamó a la puerta con decisión y esperó. Pasados unos segundos, escuchó unos pasos y la puerta se abrió. Estaba esbozando una gran sonrisa hasta que ésta desapareció fortuitamente. Quien le acababa de abrir la puerta no era Serena, si no Kalm, campeón de la Liga de Kalos, que le miraba con tanta sorpresa como él lo hacía. Kalm puso el brazo en el marco de la puerta y exhibió su cuerpo sin camiseta.
Satoshi de Masara Town – recitó con ironía el moreno. Sabía que no tardarías en llegar.
Vengo a ver a Serena – dijo firme, sin titubear, aunque por dentro, una oleada de rabia comenzaba a crecer con fuerza.
No está – zanjó él sin dar más explicaciones. Pero deseo hablar contigo, por favor pasa.
Satoshi le miró fijamente y Kalm no se amedrentó, se separó de la puerta y le hizo un gesto con la palma de su mano. Estaba invítándole a entrar. ¿Qué hacía aquel hombre sin camiseta viviendo en la casa de Serena? Cada vez se encontraba más furioso, y no entendía porqué.
¿Deseas tomar algo? Café, té….¿whisky? – dijo con sarcasmo.
No, gracias – dijo el pelinegro seco.
Muy bien, ¿por qué no pasamos a la sala de estar? – dijo dándose media vuelta.
Satoshi le observó. Tenía una espalda fuerte. Era igual de alto que él, pero no tan corpulento. Sin saber porque, comenzaba a sentirse amenazado. Mientras se dirigían a la sala de estar, Satoshi observó la decoración femenina del lugar. También había fotos. Una en particular le llamó la atención y la tomó en sus manos. Era Serena de pequeña, sonriente, montada sobre un Rhyhor, y a sus pies, un niño moreno la observaba.
Esa foto nos la hizo Vera – comentó Kalm por detrás de él. Fue el verano en el que tú la conociste. Yo también fui su amigo de la infancia – comentó el con sarcasmo.
Satoshi le miró y acto seguido volvió a dejar la foto donde se encontraba. Dio un último vistazo, y se sorprendió al ver que Serena no conservaba ninguna de las fotos realizadas en su viaje por Kalos.
Satoshi, no me gusta perder el tiempo. Soy una persona práctica y como sabrás, un campeón de liga tiene muchas obligaciones y muy poco tiempo, por lo que voy a serte sincero. Hizo una pausa, y fijó su mirada en él con auténtica provocación. Me molesta tu presencia, sobretodo, si es cerca de Serena.
¿Qué eres, su perro guardían? – le contestó Satoshi insolente, casi sin pensar.
Oh, no. Nada de eso. Pero durante los últimos años la he protegido de gente que le hacía daño. Y pienso seguir haciéndolo – dijo en una auténtica declaración de intenciones.
¿Crees que yo le haría daño a Serena? – preguntó ofendido.
Kalm fijó sus ojos grises en un Satoshi que se mostraba perturbado ante tal afirmación. Sonrío para sus adentros al darse cuenta que de iniciar una guerra, el pelinegro de Masara Town llevaba las de perder
Dime, Satoshi. ¿Por qué estás aquí?
Satoshi hizo una mueca, y se tensó, recuperando una postura mucho más erguida. Hasta ahora se había mantenido con su espalda apoyada en uno de los sofás de la sala. En un arrebato de valentía, le retó con una medio sonrisa y decidió contestar sin pensárselo mucho.
¿Y por qué tendría que decirte yo mis intenciones? – se sorprendió al ver a Kalm reírse ante tal ocurrencia.
Bueno, eres libre de hacer lo que gustes. Pero recuerda que esta también es mi casa.
El gesto de sorpresa en el rostro de Satoshi no pudo ocultar lo confuso que se encontraba en ese momento. Según había entendido, la dirección que le había proporcionado Citrón era la de su amiga Serena, y no entendía porque Kalm se paseaba por allí a sus anchas.
¡Ah! ¿Qué no lo sabes? – sonrío sin esfuerzos por mostrar su satisfacción. Esta también es mi casa, por el simple hecho de que Serena es mi prometida.
Satoshi abrió sus labios, que hasta ese momento se habían mostrado tensos, y notó que su corazón comenzaba a palpitar de adrenalina. Si no fuese por su voluntad férrea de mantenerse como una persona adulta, ya se habría abalanzado sobre Kalm para propinarle un puñetazo. Satoshi sentía que su cabeza estaba a punto de estallar. Los pensamientos viajaban de un lado a otro de su mente, mientras todo perdía el sentido. ¿Su prometida? Serena, su amiga de la infancia, se iba a casar con el joven que ahora le observaba con una gran sonrisa en su rostro. Se molestó con el mismo, por no haber podido ser capaz de esconder su reacción de sorpresa, aunque sól fuese por no darle la satisfacción al hombre que tenía delante.
Verás, seguramente te preguntarás como hemos llegado a este punto…
Kalm se levató y se dirigió a un mueble bar donde se encontraba una botella d cristal, con un líquido dorado oscuro. Le miró, invitándole a tomar una copa, pero Satoshi negó con su cabeza. Kalm prosiguió sirviéndose con suma delicadeza.
Yo sé todo de ti, Satoshi. Serena ha sido amiga mía desde los cinco años, y aunque es cierto que durante algunos años perdimos el contacto, en los últimos diez años, me he mantenido tan cerca de ella como he podido.
Satoshi le siguió con la mirada mientras Kalm se sentaba en el sofá y movía el vasó con hielo que acababa de servirse.
Sé que tú has sido su primer amor durante mucho tiempo.
Satoshi no se sorprendió de aquella confesión. Aunque en el momento no supo valorar los detalles que Serena tuvo con él, con el paso del tiempo, y la madurez alcanzada en las relaciones con otras mujeres, terminó por darse cuenta que su amiga estaba enamorada de él.
Pero, también se las noches que ha pasado llorando porque tu habías desaparecido. Cuando su madre murió, ¿sabes quién le tomó la mano en su entierro? – hizo una pausa y aspiró antes de contestar la evidencia. Fui yo. Aun sabiendo que Serena dirigía su mirada hacia otro lado, esperando encontrarte…Ahí estuve yo, esperando a que ella te olvidase.
Satoshi se sintió avergonzado. No podía reclamarle nada a Kalm, porque era cierto. Cuando su gran amiga le necesitó no estuvo ahí para ella. Le dolió que alguien le mostrase la cruda realidad. Él no había estado ahí para ella, para darle un abrazo y palabras de aliento. Había sido otro hombre.
Y no te creas que no me duele saber que yo no fui su primer amor, pero hay algo que me reconforta, ¿quieres saberlo? – preguntó enigmático. Satoshi se mantuvo en silencio.
Al menos, sé que después de nuestra boda, yo seré el primero y único para ella. ¿Me entiendes, verdad? No puedo esperar a tenerla en mis brazos la noche de bodas. Sus labios son tan dulces…
Como un resorte Satoshi se levantó y se dirigió a él con intención de golpear el rostro, pero Kalm, le detuvo con un gesto.
Yo de ti, lo pensaría dos veces – dijo levantándose y enfrentándolo con auténtica frialdad.
Eres un….-Satoshi se contuvo, y recuperó la poca cordura que le quedaba tras aquella intensa conversación.
Lo que quieras, pero dentro de poco Serena será mi esposa y no voy a permitir que tu vengas a destrozar lo que tanto tiempo me ha llevado construír. ¿Entendido?
Ambos se miraron frente a frente, a escasos centímetros uno del otro. Y tras varios segundos de retarse, Kalm cerró sus ojos y se separó, conservando en su rostro, la estúpida sonrisa que había mostrado desde que vió aparecer a Satoshi por la puerta.
SI me disculpas, tengo muchos asuntos que atender.– dijo dándose media vuelta. Supongo que eso de ahí es para ella – dijo señalando una bolsa cerrada con un lazo azul. Le diré a Serena que has venido. Ya sabes dónde está la puerta.
Satoshi no contestó. Cerró sus puños para evitar un incidente y se dio la vuelta tan rápido como pudo, dando grandes zancadas para abandonar aquella casa que parecía que estaba a punto de tragárselo. Golpeo la puerta con fuerza y emprendió su camino de vuelta a la ciudad tan rápido como pudo.
Kalm observó unos segundos la bolsa y sin pensarlo dos veces, la abrió. Sacó un paquete de galletas caseras y las miró con extrañeza. Tomó una y la mordió.
¿Galletas? – se preguntó así mismo.
¿Quién era? – preguntó Serena somnolienta frotándose los ojos. Es muy temprano.
Un admirador. Ya lo he despachado – dijo el con sorna. Te ha dejado esto.
Serena tomó la bolsita y la miró con extrañeza, pero no tardó en darse cuenta de lo que aquel regalo significaba. Sintió que su corazón se detenía y sus ojos comenzaban a empañarse en lágrimas. Una casualidad lamentable. Aquellas galletas le recordaban al último día que pasó con Satoshi antes de su despedida. Aquella cita improvisada que tuvieron, en la que él supo calma su desasosiego.
¿Qué te sucede? – preguntó Kalm confudido. ¿Por qué lloras?
Nada. Sólo que esto me recordó a algo de mi pasado.
