Capítulo IV

Domingo por la mañana Candy y sus amigas se reunieron para desayunar. Supuestamente sería en la cafetería de siempre pero debido a...

—La dieta te tiene de mal humor amiga—bocifero Annie.

—Aumente tres kilos en una semana. ¿Te parece que eso no es suficiente para sentirme así? Cuando Stear me vea entrando a la iglesia pareceré la torta y no la novia—dijo la futura novia angustiada.—si es que no sale corriendo.

—Ay Patty que cosas dices. Estas hermosa y para nada gorda. Tienes unas curvas envidiables, amiga.

—Necesito que me ayudes Candy. Tu sabes mucho de estas cosas. Decidí cambiar mi traje de la ceremonia civil. Siento que no me queda.

—¿Que?—exclamaron sus dos amigas ante el comentario de ésta.

—Estas loca Patricia. Ya no queda nada para la boda y a ti se te da por cambiar todo. Olvidalo. No lo vas a cambiar.—protesto la morena.

—Estoy de acuerdo. ¿Sabes toooodo lo que nos costo conseguir que te decidieras por uno de los miles de modelos que Jean Paul te mostró?—dijo la rubia en un tono desesperado.

—Uds no entienden. Mirenme como estoy. Estoy hecha una vaca.—dijo a punto de soltar unas lágrimas.

—Estas hermosa—Candy se levantó para abrazarla.—Solo son los nervios por la boda.

—Si te hace sentir mejor. ¿Quieres que vayamos a caminar un poco? Así bajaremos las donas y los bollos de cremas que acabamos de devorar—Las tres rieron.

—Buena idea Annie. Pero con estos tacones no llegó ni a una cuadra caminando.—dijo señalando sus 10 centímetro de tacos.

—Nose como puedes caminar con esas cosas—Se quejó Patty.

—Lo mismo me dice Terry. Pero es la costumbre. Además crei que iramos a la cafetería.

—Terry y tu harían una linda pareja juntos. Son tal para cual. El siempre esta tan pendiente de ti, amiga. Ojala yo tuviera un amigo asi. Es el hombre perfecto. Cualquier mujer estaría encantada de tenerlo.—Suspiro la castaña.

—¡Patyy !

—¿Que? ¿Acaso dije algo que no fuera verdad?

—Te estas por casar con mi primo. No lo olvides amiga. Y en cuanto a lo otro. Borra esas imágenes. Terry es como un hermano para mi.

—Bueno. Olvidemos a Terry por el momento —Sugirio la morena.—¿A donde iremos?

—Prometieron que iríamos a caminar.

—¿Qué tal Bendle's? Hace tiempo que no vamos por allí.

Bendle's era una de las pocas librerías pequeñas que quedaban en Nueva York. Aunque Patty no tenía nada en contra del lugar. Pero sabía que era una tentación ya que servía un exquisito café y unos tentadores bollos con crema de queso.

—Ok. Es una excelente idea.—dijo la castaña resignada.

TARDARON cuarenta y cinco minutos en llegar a la librería Bendle's, que quedaba a sólo cuatro cuadras del departamento de la futura novia pero sólo porque Patty se detuvo en todos los escaparates. –¿Qué te parece ese vestido? –le preguntó, señalando un vestido color crudo de cóctel que llevaba un maniquí flaquísimo. Las chicas fruncieron el ceño.

–¿Para ti? —dijo la morena.

—No, para el maniquí que voy a mandar a la ceremonia en mi lugar.—replicó ella, irónica–. Pues claro que para mí.

Candy se pasó una mano por el cuello. –Es un poco… descarado, ¿no? Mira qué pedazo de escote. Además no es adecuado para el civil.

–Ya lo he mirado –dijo Patty–. ¿Crees que es mucho para mí?

–No, no he dicho eso. Patty, tu ya tienes un vestido.

—Si, amiga. Además...—alargo la morena— es un vestido confeccionado por uno de los mejores diseñadores del mundo.

–Si pierdo un kilo por día, podré ponérmelo –murmuró ella, pensativa–. Especialmente si hago ejercicio todos los días. Y tú siempre me estás diciendo que deje la comida basura…

—Deberías comer comida sana y hacer ejercicio a diario –la interrumpió la morena–. Pero no creo que debas perder peso y menos con una dieta enloquecida para quedarte como una sílfide en dos semanas. –La dieta es buena, depura el organismo. –¿Perdona? –No voy a hacer una dieta enloquecida, pienso comer de manera sensata.

–¿Seguro?—dijo la rubia.

–Siempre porciones pequeñas, se lo prometo. Y no voy a probar las hamburguesas ni las pizzas.

–¿Seguro? –repitió ella, incrédula.

—El peceto con papas y crema, más el pudin de chocolate con helado de vainilla, de anoche fueron la última vez. Era una cena que tenia con mi futura familia pero a partir de ahora, nada de pasta y nada de helados.

—¿Y los bollos con crema de queso?—agrego la morena.

—Eso y todo lo demas.

–Es verdad, hoy has mostrado una contención admirable en el desayuno –Sí, estoy de acuerdo.

Pero su contención recibió otro golpe cuando pasaron frente a una pizzería y olió la mozzarella caliente y la salsa de tomate…

Patty tragó saliva, no por desesperación, sino porque se le hacía la boca agua. ¿Por qué no podía el brócoli oler así? Penso la castaña

–Tal vez pueda encontrar un libro con recetas de comida sana en la librería.

...

Mientras en otra parte de la ciudad...

—Supongo que ahora que te casas necesitarás unas vacaciones para la luna de miel. ¿Ya hablaste con Candy con respecto a eso?

—Me dijo que hablaría contigo. Le propuse un excelente colega. Es un ex compañero de la universidad.

—No me dijo nada. De seguro se le olvido. ¿Y quien es?—pregunto Terry.

—Supongo que habras escuchado hablar sobre Antony Brower. Es un buen fotógrafo y reconocido por Europa.

—Si. He escuchado mucho. Ya lo hablaré bien con Candy, ya que será quien te reemplace y el encargado para nuestra próxima campaña. Cambiando de tema ¿Como van con los preparativos para la boda?

—Estoy seguro que no los decepcionara. Antony es muy bueno en su trabajo.—dijo muy seguro—Y con lo que respecta a la boda...Por mi parte todo más que tranquilo. La que me preocupa es Patty. Últimamente esta que ni ella se soporta.—contesto Stear.

—Por eso es que aún no me he casado.—añadio Archie.

—No te has casado aún porque Annie no te dio el si—dijo Terry.

—Deberiamos pasar por las chicas para invitarlas a almorzar ¿No lo creen?

—Ya deja a Patty tranquila, Stear. En unas semanas será toda tuya y vas a buscar la manera de sacártela de encima.—dijo en un tono burlón su hermano.

—Uds dos mejor van buscando compañía porque de seguir así serán unos solterones amargados—se defendió Stear.

—No estoy interesado en atarme la soga al cuello aún, hermanito.

—Ni lo digas. Las mujeres no me duran más que dos meses—comento Terry.

—La mayoría se espantan por la estrecha relación que tienen tu y Candy.—argumento Archie.—Creo que a ambos les pasa lo mismo.

Archie no era la primera persona que lo mencionaba y sospechaba que no sería la última. De hecho una de las cosas que su última novia le había echado en cara una noche mientras rompían, fue lo que ella llamaba «una insana relación con esa mujer». Pero él tenía una estupenda relación con Candy. Habían sido muy amigos y algo más, desde que ella nacio y se habían apoyado en todo desde entonces. También, a pesar de ir en grados diferentes debido a la edad, habían pasado juntos en el instituto y la universidad. Candy era la única constante en su vida y él en la de ella.

—Sera mejor que vayamos a comer algo—menciono Terry, ignorando el comentario de su amigo.

...

Domingo por la noche paso trabajando para la campaña del perfume el cual debían promocionar.

Llegado el lunes, Candy temprano se levanto . Sin esperar a su socio salió antes. Había decidido pasar a ver unas casas que estaban un poco alejada de la ciudad. Pero desilusionada regreso al trabajo.

En alguna ocasión agradecio a su padre de construir la agencia en un sitio acorde con sus necesidades. Debía admitir que el vivir cerca también tenía sus ventajas.

Cuando el congestionamiento de tránsito se disolvió, recobró su buen humor y consideró que era agradable vivir a corta distancia, tenia las mejores tiendas bastante cerca al igual que teatros, museos y salas de conciertos.

Un imponente edificio con frente de vidrios cromados y un enorme letrero con las iniciales en negro de G&W Modelos, anunciaban la llegada al lugar.

El auto de Terry ya estaba en su lugar asignado, como de costumbre. El nunca llegaba tarde. Candy tomó del asiento posterior su cartapacio de piel y la caja envuelta en papel de brillantes colores, bajó del auto y se estremeció al sentir el aire helado. Llegó, saludo al personal como de costumbre y se dirigió a su oficina. Era un paraíso cálido. Abrió el cartapacio y acomodó los documentos relativos a la estrategia de ventas para el nuevo perfume, en los que trabajó la noche anterior. Ansiaba mostrárselos a Terry.

Hizo su silla hacia atrás y con los nudillos dio tres golpes en el muro que separaba sus oficinas.

Era el sistema de intercomunicación de la jungla, como lo llamaban ellos. Con los años, desarrollaron una clave. Tres golpes significaban "Necesito verte". Dos. "Voy enseguida". Uno. "Ven a verme por favor". De vez en cuando, Terry recurría a la clave Morse para insistir en algo y casi siempre obtenía resultados ya que Candy nunca logró distinguir un punto de una raya y tenía que ir a la oficina vecina para ver qué quería su socio.

En esa ocasión, recibió un golpe como respuesta. Con un suspiro, Candy tomó sus documentos.

—¿No sería mejor que él viniera, en lugar de hacerme salir con tantos papeles? —preguntó a la habitación vacía.

En un principio, la secretaria levantaba la vista, sorprendida al verlos entrar y salir de una u otra oficina sin siquiera llamar a la puerta... y sin interrumpir llamadas telefónicas o juntas importantes. No estaba enterada de la comunicación de la jungla.

Se rumoraba entre el personal que se enviaban mensajes por telepatía. Terry y Candy nunca se ocuparon de desmentir el rumor; en ocasiones les era útil.

Y en otras, pensó Candy, era casi una realidad. Desde luego existía una razón.

Cuando dos personas colaboraban en forma tan estrecha como ellos, poco había que no supieran uno del otro. La secretaria la detuvo en la puerta.

—Srita White, el Sr Terrence tiene una llamada telefónica...

—Lo sé, Carol. Está por terminarla.

La empleada se sorprendió, aunque no hizo comentario.

—Srita, la señora Grandchester llamó. Preguntó si podría almorzar con ella hoy.

"¿Qué querrá Eleonor?", se preguntó Candy. Comentó a Terry que hablaría con su madre para desechar sus alocadas ideas. No tenía objeto posponer la discusión.

—Gracias Carol. Llámala, por favor, y dile que con gusto iré. Podré reunirme con ella alrededor de la una.

—Entendido, Srita.

—Y por favor Carol, deja de llamarme Srita y sólo dime Candy. Te lo agradeceré siempre.

—Como ud ordene Srita Candy.

Terry dejaba el teléfono cuando Candy entró. Le indicó que se sentara mientras hacía unas anotaciones en un papel. Era tan ordenado en sus notas, que si alguien las leyera diez años después, sabría con precisión cuál fue el asunto tratado.

Candy esperaba impaciente. G&W Models era una empresa redituable, pero el año anterior sus utilidades no fueron extraordinarias. Este nuevo producto les daría el impulso que necesitaban.

—¿Qué es eso? —preguntó Terry, señalando el paquete que ella llevaba consigo.

—Un detalle por la lavadora y secadora que me dejaste usar—Candy se lo entregó—.Te lo mereces ¿Con quién hablabas?

—Con la secretaria del representante de Susana—respondió distraído mientras retiraba la envoltura del paquete con cuidado.

—¿De verdad? ¿Y qué te dijo?

—Que en cuanto se desocupara el representante hablaria con Susana y se comunicaría con la agencia y nos reuniríamos.

—¿Le interesó el proyecto?

—Yo diría que sí. Acordamos reunimos con ellos a tomar una copa para discutirlo.

Candy saltó feliz de su silla y lo abrazó con tanta fuerza que casi lo hizo caer del asiento.

—¡Sabía que ibas a lograrlo! ¡Oh, Terry, es maravilloso!

—Candy, si pudieras controlarte... —se asió del escritorio para no caer y el

paquete se fue al suelo.

—¡Eres extraordinario! —exclamó la chica y lo besó varias veces en ambas mejillas.

—Todavía no hago ningún milagro —la previno—. Sólo aceptó una reunión para hablar del asunto.

—Espero que sea lo más pronto posible. Necesitamos poner esta campaña en marcha cuanto antes. Debimos hacerlo hace varios meses cuando nos presentaron el perfume—el aroma de la loción masculina le llegó con fuerza y se percató de que seguía abrazándolo. Se alejó con toda propiedad, recogió el paquete y se lo entregó.

—La semana próxima.

—¿Hasta entonces? —Candy se apesadumbró.

—Ni siquiera se encuentra aquí en estos momentos. Llegará en unos dias a una sesión de fotos para una revista.

—Si no tenemos otra alternativa...

—En un instante soy un héroe, y al siguiente... Bueno, así es la vida. Te aseguro que pasé mucho tiempo tratando de localizar a Susana.

Otra semana perdida, pensaba Candy. Sin embargo, Terry estaba en lo cierto; no cualquiera podría interesar al representante de la modelo para llegar hasta ese punto.

Dedicó su atención al paquete de Terry.

—¡Por todos los santos! ¿No sabes cómo abrir un regalo? ¡Ponle un poco más de entusiasmo, Terry!

—Siempre temo encontrar algo que salte o me estalle en las manos. Viniendo de ti, podría tratarse de un gato.

—De haber sabido que querías uno...

—Nunca dije eso, Candy, sólo que sé de lo que eres capaz.

—Es difícil encontrar qué obsequiarte. Tienes todo lo que quieres y lo que no, lo compras.

—Ojalá así fuera —murmuró Terry. Sacó un álbum de discos de música barroca, que le costó a la chica una fortuna.

—Ahora ya no tendrás que pedir prestado el mío.

—Mi madre diría que hay una solución más sencilla —le indicó con una pícara sonrisa—. Si nos casáramos, no tendríamos que comprar duplicados de todo.

—Supongo que quieres hacerte el gracioso. A propósito, voy a almorzar con ella hoy.

—Pues sé cauta en lo que le dices, Candy.

—Pienso aclarar todo. No creo que vuelva a molestarte con ese asunto. Ahora, con respecto a la estrategia para la campaña del perfume...

...

Estaba cinco minutos retrasada y sin aliento cuando llamó a la puerta de la cocina de Eleonor Grandchester. Los padres adquirieron una cómoda casa en NY cuando su hijo se mudó a esa ciudad.

—Pasa, cariño —le indicó su anfitriona—. Me alegro de que pudieras venir. Ya no tenemos muchas oportunidades para charlar.

¿De qué querría hablar la mujer?, se preguntó Candy. Su preocupación aumentó cuando Eleonor la llevó a la sala, donde en una bandeja de plata sobre una mesa de madera, había dos copas y una licorera de cristal cortado.

—¿Por qué tanta formalidad? —estaba acostumbrada a la cocina de la madre de Terry y una ordinaria taza para el café.

—Sólo pensé que el cambio sería agradable. Hace tanto que no recibimos visitas, que temo olvidar mis buenos modales.—exagero.

—De haberlo sabido, habría hecho una entrada triunfal por la puerta principal.—dijo con una gran sonrisa.

—Puse a enfriar una botella de sidra, ya que sé que ni tú ni Terry toman algo más fuerte cuando trabajan —señaló Eleonor, con una sonrisa.

—¿Terry? —preguntó Candy, sorprendida—. ¿También él vendrá a almorzar?

—¡Cielos, no! Sólo estaremos nosotras. Richard está en el club y quizá inicie una partida de póker que le lleve toda la tarde —hizo una ligera pausa, apenas perceptible.

¿Por qué tenía Candy la impresión de que Eleo la invitaba a confiar en ella?

Pero la mujer nunca permitiría que la conversación decayera.

—Espero que pases la Navidad con nosotros —continuó—. Me refiero a que te quedes unos días en nuestra casa de Chicago. Con la presencia de tus padres, será como en los viejo tiempos.

—Eran unas reuniones muy agradables—murmuró la chica—. Nos alternábamos para pasar la Nochebuena en una casa y la comida de Navidad en la otra, siempre me pareció que era un arreglo excelente.

—Excepto los años en que tú y Terry eran adolescentes y no se soportaban—comentó Eleonor, riendo—. En realidad era maravilloso. Se necesitan familias grandes para esas festividades —entristeció un instante,

—Los White y los Grandchester hemos sido como una sola familia —le indicó Candy.

—Lo sé y me parece maravilloso. Creo que ya debemos almorzar —la guió hacia el comedor.

"¿Por qué me siento como si me tendiera una trampa?", se preguntó Candy al sentarse junto a la anfitriona para comer.

—Extraño mucho a Rose—le dijo Eleo—. Todo lo hacíamos juntas. No es frecuente que dos personas se lleven tan bien como nosotras.

—Será agradable tenerlos durante unos días.—comento Candy

—Espero que no te moleste que se alojen contigo y no contigo.

—¿En dónde los instalaría? En ocasiones lamento no tener la vieja casa.

—Te creo —aceptó la mujer mayor. —Me enteré de que está en venta.

—¿De veras?

—No recuerdo quién me lo dijo, pero no hay duda de ello.

—No vi el anuncio.

—Los anuncios están prohibidos en ese vecindario, lo sabes. Además, los corredores de bienes raíces se oponen a ellos, ya que los propietarios con frecuencia quieren hacer tratos sin consultarlos. ¿Terminaste la sopa? Iré por el estofado.

¿La vieja casa familiar en venta? ¿Sería sólo una coincidencia que esa misma mañana ella pensara en la conveniencia de vivir en chicago?

—Eres una excelente cocinera. Siempre preferiste hacerlo tu a que lo hiciera la cocinera—comentó Candy al ver los platos que Eleonor llevó a la mesa.

—En realidad es fácil y me gusta hacerlo. He tenido toda la vida para practicar y a dos hombres que

alimentar.

Eso recordó a Candy el propósito de aceptar la invitación. Probó el pollo a la cacerola y la ensalada, antes de empezar con cuidado.

—Terry me dijo que comentaste algo acerca de... —se detuvo y tragó con dificultad. Iba a ser más difícil de lo que imaginó. Siempre tuvo mucha confianza con Eleonor cuando era chica. En ocasiones prefería hablar con ella antes de hacerlo con su madre. Las cosas no tenían por qué haber cambiado, se reprendió. "Después de todo, lo único que quieres decirle es que no estás interesada en casarte con su hijo". Cualquiera con un mínimo de sentido común se daría cuenta de ello. Ese era el motivo de la dificultad, decidió.

—Eleo—empezó de nuevo—, Terry cree que tú y mamá consideran... que él y yo somos ideales para...

—¿Para qué, querida? —la señora manifestaba un interés moderado. Contra lo que Candy esperaba, no la veía molesta ni atormentada.

—Para casarnos —terminó la joven, de prisa.

—¡Qué encantador fue él!

—¿Qué quieres decir con eso? —soltó el aliento contenido.

—Me parece un cuento de hadas cuando lo planteas de esa forma.

—Así es —comentó Candy con una risita. ¡Qué práctica era la mujer!

—"Y vivieron muy felices" y tonterías como ésa.

"Terry estaba equivocado", pensó Candy. "No fue más que una broma".

—Por supuesto los cuentos de hadas no son prácticos en la vida real—añadió Eleonor.

En un gesto impulsivo, la chica colocó una mano sobre la de la otra mujer.

—Estaba segura de que entenderías. Terry y yo... bueno, él es una magnífica persona, pero no es un Príncipe Encantado y yo no soy la Bella Durmiente...

—Sé a qué te refieres. Me alegro de que veas la situación con realismo, Candy.

¿Quieres un poco de pudin de naranjas como postre? Me quedó increíble.

—Me temo que debo marcharme. Tengo un par de cosas urgentes que hacer.

—Al menos llévate una manzana —Eleonor fue a la cocina y regresó con un cesto de fruta fresca.

La chica escogió una manzana roja.

—Conoces mi punto débil, ¿no es así?

—¡Eras la única niña que rechazaba mis galletas y prefería una manzana!

Una vez en la puerta, Candy dio a Eleonor un beso en la mejilla.

Me alegro de que tuviéramos esta charla. Por varios motivos, se dijo de regreso a la agencia y mordiendo su manzana. Estaba más preocupada de lo necesario acerca de la alocada manifestación de Terry.

Ahora podía relajarse.

¡Típico de Terry el complicarlo todo!

Continuará...

Ya que mañana me será imposible conectarme. Les dejó también el capítulo del martes.

Que tengan un buen día.