ALMA DE DRAGÓN
3
Hacia el este
Antígona se hace una pregunta existencial de vital importancia para el mundo.
"¿Si cojeo de los dos pies entonces camino derecha?"
Se aburre de pensar y coge un cómic. Lo ojea un poco distraída al principio pero más adelante se sumerge completamente. Es el quinto tomo de Capitán Draconia, sobre un guerrero de las Doce Antorchas que por medio de una pócima mágica se convierte en un súper guerrero.
"Ojalá que papá me compre el siguiente de Watchdrak".
A su padre no le gusta la afición que tiene por cómics, soldados de juguete, espadas de madera y aquella obstinación por aprender a cabalgar y a pelear. "Por él, que yo fuera un ratón de biblioteca".
Ella sonríe ante la perspectiva de volverse una reina guerrera. Termina de releer su cómic y toma un bloc de dibujo y un lápiz.
Ha estado diseñando cada detalle de su armadura y de sus armas. Incluso tiene un dibujo de ella con una armadura abollada, un hacha y feroces cicatrices en el rostro.
"Algún día, algún día".
—¿El Clan cuánto? —a Spike le cuesta pronunciar el idioma wyvern.
—Azû. Es la primera letra de nuestro alfabeto —explica Tharschilka. Todo en sus movimientos y modo de hablar apuntan a alguien bien educado—. O mejor dicho, es el alfabeto que usan los murdur.
—¿Y quiénes son los murdur?
—La casta de los sabios.
Le ofrecen un trozo de algún animal, la pierna asada de un ave. Spike la rechaza: nunca ha comido carne, sólo joyas y la comida que comen los ponis. "Pobre pájaro".
—Es un rasuk, Pequeño Dios-de-los-Wyverns —explica Tharschilka—. Una avecilla infortunada cuyo único objetivo en la vida es ser devorada por los pueblos a este lado de las montañas.
—Ya sean wyverns, trolls, orcos, duendes o enanos —añade Kumrezzer.
Spike muerde sin ganas una raíz de alguna planta. Tiene un sabor amargo pero agradable, sin embargo la deja a un lado. Ahora que está más cerca, puede ver que Lezhdraka tiene miles de cicatrices apenas perceptibles; una infinidad de marcas como una red en su cuerpo. De frente tienen formas irregulares o circulares: estocadas o puñaladas. En la espalda tiene las inconfundibles marcas lineales de los latigazos. Claro que Spike no sabe diferenciarlas, y el pequeño dragoncito se horroriza.
"¿Quién maltrataría a alguien así?"
—Ve a jugar con mi hija —el rostro forestal de Eryaddan es tranquilo y a la vez amenazante como la selva. Y es que los trolls perciben netamente el Maná de la tierra, una raza que carecería de sentido sin el bosque— ¡Galziah!
Una pequeña troll se abre paso a través del mar de cuerpo y los saluda cortésmente en su idioma. Será un par de años mayor que Spike y es la viva imagen del Rey Eryaddan.
—Galziah, ikzi igrati s njim.
—Da, predak. Ven, amigo, sígueme.
Su voz es dulce pero musical, con un marcado acento troll que hace un poco difícil entenderla.
"Tengo una idea".
Sigue a la princesa a través de la Ciudad Troll. Aún a esa hora está abarrotada, fácilmente se contarán quinientas almas. Galziah con la agilidad de un gato se trepa a una casa-árbol, pero Spike tiene problemas. Ella lo ayuda riéndose.
Spike esperaba que los reyes de los trolls vivieran en un palacio, como el que tiene la Princesa Celestia en Canterlot. Pero la casa del Rey Eryaddan es una cabaña en la copa de un árbol, sin cuartos, ni salas, ni muebles; en el lado al frente de la entrada hay un cúmulo de pieles que seguramente usan de cama, y esparcidos por el suelo hay huesos, restos de cerámica, utensilios de piedra, cuencos de madera. Varias aljabas hechas con la piel de un perro reposan repletas de flechas, hay cuerdas de tripa de ciervo en un canasto y arcos de repuesto; puestas en fila hay enormes cántaros de arcilla grandes como él mismo. En un cráneo de jabalí hay varias muñecas de paja.
Los trolls a pesar de su rusticidad son un pueblo ordenado y disciplinado. Siglos de lucha contra los wyverns y los Diamond Dogs los han formado como la raza de tigres de acero que son. Y como los Dioses le dan a cada pueblo su habilidad, ellos sacan buen provecho de la suya.
Los mejores arqueros del Mundo Conocido.
—¿Y a qué quieres jugar?
"A ver si resulta mi plan".
—¿Tienes papel y lápiz?
—¿Papel? ¿Qué es eso? ¿Se come? —le pregunta desconcertada
"Rayos".
—¿Tienes algo en qué dibujar?
—¡Sí! —indica ella. Y de algún lugar que Spike no distingue bien, saca dos tabillas de cera. Las casas troll están llenas de escondrijos tan bien disimulados que sólo el dueño de casa puede descubrirlos.
"¡Esto no me sirve!"
—Toma —la chica le entrega una tablilla y un punzón de hueso. Pues los huesos esparcidos son útiles herramientas.
—¿N-no tienes alguna otra cosa? Nunca he dibujado en... esto —y aquello es cierto.
—Quizá te sirva esto —dice recogiendo un enorme trozo de corteza—. Aunque te advierto que es difícil marcar en esto.
—No importa —contesta reprimiendo una sonrisa sagaz.
Pero es cierto. Cuesta una infinidad marcar una sola línea en la corteza, por lo que el dragoncito decide usar sus garras.
"Estamos en un bosque quieren llevarme a draconia"
Spike se enoja consigo mismo al recordar todas las charlas de geografía que Twilight solía darle.
—¿Para qué me va a servir saber dónde queda el norte? —preguntó en una ocasión.
—Pues si estás perdido te será muy útil ubicar los puntos cardinales —contestó Twilight un poco molesta.
"No te asustes, ya volveré".
Termina de escribir.
"Estamos en un bosque quieren llevarme a draconia estamos por las montañas"
Escupe una llamarada y la corteza se consume. Spike sonríe y Galziah se maravilla.
—¡Sjajan! ¿Cómo hiciste eso?
—No es nada, enserio —fanfarronea—. Puedo hacer cosas mejores que eso.
Al dragoncito le hicieron un lado en la casa de Eryaddan. Los trolls duermen todos juntos y a Spike no le entusiasmaba mucho la idea de dormir apretujado entre la princesa, el Rey y sus veintiséis parientes. Pero no estuvo malo, el olor de los trolls es semejante al olor de la tierra fresca. Galziah se despide con emoción de Spike.
—¡Eres genial! —dice mientras lo abraza.
Siete inmensas megalanias están atadas al tronco. Traen sillas de montar, cantimploras y mochilas.
Los Azû empuñan sus armas. Lezhdraka enfunda la espada en la funda que está al lado de la silla y empuña un arma parecida a un guan dao que le llega hasta los hombros, con una hoja curva de un tercio de la longitud total del asta; en su parte inferior tiene una punta en forma de "V" del tamaño de un puño, para rematar a los enemigos caídos. Esa arma se llama yaroststrûk o "alabarda draconiana", y es el arma favorita de Lezhdraka.
Sinblaka y Zhaurungung usan lanzas tan altas como ellos y escudos redondos de un metro de diámetro, hechos de madera y recubiertos con cuero escamoso de megalania. En el escudo llevan pintada la letra Azû con rojo.
Vorzairas y Herzdraka llevan escudos iguales, pero el wyvern amarillo lleva un gran destral y el wyvern azul un machete.
Kumrezzer se echa al hombro una ballesta extraña que mide desde sus pies hasta su cadera. La culata está decorada con un escudo heráldico de una ballesta inclinada y un perro sobre sus patas traseras formando un triangulo.
El wyvern verde se percata de que Spike está mirando su arma y se acerca. El dragoncito siente un poco de temor, pero Kumrezzer no es amenazante como lo es Lezhdraka.
—Mira, Pequeño Dios, esta es la formidable ballesta semiautomática Smûdezh, invención de los Sirpukka —le explica orgulloso—. El cargador contiene ocho saetas calibre 47, y el guardamano se desliza de atrás para adelante para poner la siguiente flecha y tensar el arco.
—Los wyverns amamos las ballestas, pero los Sirpukka aún más si se puede —se ríe Tharschilka; lleva una espada ostûrmech en la espalda.
Abandonan la Ciudad de los Trolls entre gritos y vítores.
Cabalgan hacia el sureste sin detenerse. Cruzan por caminos secretos, saltan por entre arroyos y troncos, cada uno armado y preparado para lo que venga.
En esa época de año florecen los arbustos, mafoilas, gan-gan y manzanillas. Mariposas del tamaño de gatos pululan entre los árboles, e incluso al rodear por una pendiente, Spike pudo ver un enorme panal, grande como la casa de Fluttershy, repleto de docenas de abejas del tamaño de gorriones.
—Son abejas-pájaro —explica Tharschilka—. Producen la mejor miel del mundo, y podrás disfrutarla... si puedes espantarlas.
Spike traga saliva. "Una picadura de esas y estoy acabado".
Aves que jamás había visto siquiera en los libros de Twilight saltan entre las copas verdes y fragantes.
Todo habría sido perfecto, de no ser porque al tercer día ven una columna de humo subiendo tras una loma, partiendo el cielo por la mitad.
"Los Guardias Reales".
—Quédense aquí —Lezhdraka se baja del megalania—. Zenkappa, no pierdas de vista al Pequeño Dios. Vorzairas, Herzhdraka, Kumrezzer, síganme.
Son grandes como manzanos pero hacen menos ruido que un gato. Spike se pone nervioso. "¡Por favor! ¡Quiero volver con Twilight!"
Parecen desaparecer en el monte, pero regresan de un modo tan súbito y agitado que parece el ataque de un tigre.
—¡Vámonos! —grita el marangal— ¡No sé cómo, pero los perros equestrianos nos pisan los talones!
Dan vuelta sus monturas y escapan a toda velocidad. "¡Nooo!"
Aquella noche, Spike está sentado junto al fuego cuando siente algo en su estómago. Antes de que pueda contenerse, sale una llamarada con un pergamino enrollado con un listón rojo.
Un mensaje de la Princesa.
"Spike:
Los mejores Guardias te están rastreando. Hemos cerrado las fronteras con Draconia. Twilight está muy preocupada pero tenemos la esperanza de rescatarte pronto.
Resiste."
Spike sonríe ilusionado. "Pronto, Rarity, pronto". Garabatea con su garra otro mensaje en el dorso y sopla su fuego mágico.
—¡Qué estás haciendo! —grita enfurecido Lezhdraka. El dragoncito se sobresalta y casi cae.
"¡Llegó mi hora!"
El wyvern rojo, grueso como un mastodonte, agita los brazos y abre la boca para gritar. Se pone más rojo de lo que en verdad es. Spike se hace un ovillo, temblando.
Lezhdraka al verlo así de asustado trata de controlarse.
—Sinblaka, Zhaurungung, Zenkappa, a partir de ahora vigilarán en todo momento al Pequeño Dios —dice mirándolos con furia—. Es un Dios Soplón.
"¿Por qué? ¿Por qué tenía que fallar?" —piensa, el enojo reemplazando al miedo.
Salen del bosque al amanecer del cuarto día. Con el amanecer en el costado, Lezhdraka y Tharschilka contemplan las inmensas montañas nevadas. A esa hora, Spike sólo los ve como siluetas negras. Y piensa que un cuadro de ellos sería conmovedor.
Sí, a pesar de todo. Sería hermoso retratar a los dos megalanias y a sus jinetes, Tharschilka señalando el horizonte y Lezhdraka mirando en esa dirección. Y las montañas grandes como el cielo, bañándose de luz dorada.
—Ni equestrianka posledvat —dice Tharschilka en su idioma.
—E to. Ne mozhem da prodûlzhim nashata zemya v planinite, nie tryabva da se napravi otklonenie na yug, veroyatno dostiga Andaloski, presichat, za da dostigne Krallikistane i ot tam do nashiya lyubim Draconiare. Elate togava.
Spike no entiende el idioma wyvern, y en ese momento así es mejor. Pues aquellas palabras dichas por Lezhdraka le cambiarían la vida para siempre.
—¿Cuánto ofrecen? —pregunta el extraño dragón. Musculoso pero delgado, es de color verde. Pero tiene alas emplumadas con un extraño rayado rojo y amarillo en las plumas remeras. Y tiene un extraño plumón parecido a pelo en el cuerpo; aquel plumón no cubre su rostro, cuello, pecho y abdomen. De lejos pareciera tener una gran cabellera roja similar a la melena de un león o un gelada, pero visto más de cerca se nota que en realidad son rojas plumas, largas como las de la cola de un quetzal. Sus ojos son amarillos.
Es un mestizo, un cruce entre un dragón Cóatl y una dragona Zmey. Lleva puesta una chaqueta negra similar a la de un Diamond Dog y en su espalda va terciada una cimitarra. Es más alto que Lezhdraka.
Detrás de él, semioculto con ramas de árbol, descansa una extraña nave. Es de forma circular, como un plato puesto encima de otro plato. Es de color dorado y tiene tres chimeneas, varias ventanas y un barandal en la mitad que lo rodea por completo. También tiene una puerta mitad escotilla con una escalerita.
—Tenemos trece coronas de oro —gruñe Lezhdraka.
—¿Trece coronas? ¿Tengo cara de mendigo? —dice el dragón extraño. "Creo que Tharschilka lo llamó 'Enrique'".
—¿Y cuánto esperabas que anduviéramos trayendo?
—Pido quince coronas —dice sonriendo—. Por cada uno.
—¡Vete a la mierda! —le escupe Lezhdraka a la cara— ¡Podemos arreglárnoslas sin ti!
—¿Con la Princesa buscando a ese pequeño? —Enrique señala a Spike; instintivamente el dragoncito se oculta tras Zenkappa—. Y no sólo la Princesa y los Guardias están tras él. Pusieron una recompensa de treinta millones de galeones.
Los wyverns se quedan de piedra. Y Spike no sabe nada de lo que hablan, pero yo sí así que les explicaré. Los países del oeste del continente de Mu —Equestria, Cerinia, Greifland, Draconia, Ándalos y Krallikistán—, que a su vez son las potencias mundiales, mantienen una moneda ajena a sus monedas nacionales: el galeón, cuya medida son tres onzas (algo así como quinientos bits).
Es muchísimo dinero, y Lezhdraka se debate entre cumplir su misión o entregarlo y cobrar la recompensa. Pero se da cuenta de que eso al final le traerá serios problemas.
—Rasquen el bolsillo, muchachos —dice Lezhdraka. Los demás rezongan.
—¡Pero es la mitad del sueldo!
—¡Paguen o les reviento el culo a patadas!
Los demás se apresuran a sacar sus monedas. Enrique las recoge, las cuenta y las huele como si fueran flores.
—¡Kestra, enciende la nave!
—¡Enciéndela tú! —se oye el rudo grito de una mujer desde el estómago de la gran mole dorada.
—¿No podrías...?
—¡No!
Enrique bufa.
—Suban por la escala, cargaremos sus animales en la bodega. No intenten nada estúpido, esta nave se defiende sola.
Spike pone un pie en la escalera. Lanza una última mirada hacia atrás, y su corazón corre a través de los bosques y arroyos hasta un pueblecito en donde hay una biblioteca donde una unicornio llora amargamente, consolada por sus cinco amigas.
"Volveré, se los prometo".
