Capítulo 3. Miércoles.

Hermione entra en la habitación que comparte con Ginny y es incapaz de evitar un suspiro de alivio cuando encuentra el cuarto vacío. Se echa en la cama, el pelo le cae sobre la cara debido a la inercia de la caída. No lo admitiría en voz alta, pero se está escondiendo. De Harry, de Ron y de Ginny, que saben que algo le pasa. De las sonrisas nada disimuladas que George le lanza a su gemelo. Pero, sobre todo, se está escondiendo de él.

De Fred.

Hermione sigue sin saber muy bien qué debe esperar. La forma de comportarse de Fred desde que comenzó su apuesta la descoloca por completo. Él siempre ha sido un buen chico, travieso, sí, pero de ahí a que… ¿A qué? ¿Qué es lo que ha pasado entre ellos exactamente? Nada. Un beso bajo el muérdago, un año atrás… Algo así no significa nada. No tiene importancia. ¿Y qué hay de la manera en que la ayudó a limpiarse? Tampoco tiene por qué significar nada.

Seguramente ella lo ha malinterpretado. Para Fred todo eso no debe ser más que un juego, una forma de entretenerse durante las vacaciones.

Hermione no sabe leer a la gente como él. Cuando se trata de intenciones, de emociones, a veces es un poco ciega. Sobre todo cuando la atañen a ella. Así que no tiene ni idea de qué es lo que pretende Fred. Y, por eso, sabe que no debe esperar nada de él.

Se gira en la cama para quedar de costado. Fija la mirada en uno de los libros que tiene sobre la mesilla de noche, pero no lo ve realmente. Su mente sigue rememorando esos momentos que Fred y ella compartieron en esa misma habitación, sentados en esa misma cama, los que vivieron en el rellano de la escalera. Una vez más, Hermione siente sus labios sobre la piel y revive la descarga eléctrica que ese sencillo gesto desencadenó en su cuerpo.

¿Qué le está pasando? ¿Qué diablos le está pasando?

Suspira, sacude la cabeza y nota como el pelo se le enreda al rozar la almohada. No tiene una respuesta clara a esa pregunta. Solo sabe que tiene que volver a ser la de antes, que tiene que olvidarse de Fred y de ese beso antes de que el juego termine. Antes de que Fred, con su picardía y su seguridad, la destroce por completo sin siquiera darse cuenta de ello.

Fred entra en la Madriguera con una enorme sonrisa a pesar del frío y de la lluvia que le ha calado hasta los huesos. Casi toda su familia está reunida en el comedor. Sentados alrededor de la mesa, observan con interés la partida de ajedrez que juegan Ginny y Ron. De Hermione no hay ni rastro, y eso solo puede significar una cosa.

Fred ignora a su familia y enfila las escaleras, silbando suavemente. Recuerda la expresión del rostro de Hermione el lunes por la noche, sus labios entreabiertos, el rostro sonrojado, el brillo confundido y nervioso de su mirada. Su cuello extendido ante él la tarde anterior.

Fred sabe que está comportándose como un idiota, como un degenerado. Hermione es la mejor amiga de su hermano pequeño, por Merlín. Cuando empezó con ese juego, no esperaba que las cosas avanzaran tanto, tan rápido. ¿Quién iba a decírselo? Que Hermione se haya dejado llevar así de esa manera… La sonrisa se ensancha.

¿Y si ella siente lo mismo?

La calidez que le inunda el pecho al pensar en ello tiene muy poco que ver con el ardor que le provocan los recuerdos de los dos días pasados, pero es igual de placentera. De pronto, se siente más seguro de sí mismo.

Hace ocho años que conoce a Hermione. Ocho años en los que ha aprendido a apreciarla por lo que es. A quererla. El último año ha sido para Fred una tortura particularmente intensa. Siempre pensando en cómo volver a besarla, en cómo conseguir que sea suya.

Ha esperado pacientemente. Y ahora ha llegado su momento.

La forma en que Hermione lleva meses mirándolo, sonrojándose cuando él la sorprende… Nada de eso ha pasado desapercibido para Fred. Sí, sabe que es su momento. Y que no va a fallar.

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Músculo epicraneano occipito-frontal. Vasto externo. Psoas ilíaco. Soleo.

La Anatomía siempre le ha interesado. Antes de descubrir que era bruja, Hermione soñaba con ser médico. Durante un tiempo, al terminar su séptimo curso en Hogwarts —tras regresar al colegio después de la Guerra— se planteó convertirse en medimaga. Al final, decidió prepararse para entrar en el Ministerio. Así que son pocos los nombres de los músculos que todavía recuerda.

Hojea el libro una y otra vez. Si los estudios de Hogwarts le hubieran dejado más tiempo para mantenerse al día en otras materias… Se muerde el labio. Repasa la lista de los seiscientos cincuenta tejidos una y otra vez, buscando aquellos que Fred será incapaz de recordar.

Quizá esté exagerando las cosas, pero no es capaz de sacarse de la cabeza las escenitas de los dos días anteriores. Ella nunca antes se había quedado sin habla. Nunca.

Esternocleidomastoideo.

No era lo que tenía preparado, aunque tiene que reconocer que el fiasco no fue ni remotamente comparable al del lunes.

Bíceps.

Eso sí que fue un desastre. Se castiga mentalmente por tan enorme desliz. Aquello no era lo que había pretendido decir. Pero la mirada de Fred…

Se levanta de la silla de golpe, con tanta brusquedad que esta se tambalea sobre sus endebles patas.

Músculo piriforme. Músculo cigomático menor. Músculo tensor de la Fascia Lata.

Se acerca a la única estantería del cuarto, donde Ginny le ha permitido colocar algunos de sus libros. Por desgracia, son todos tomos sobre magia. Pociones, Transformaciones, Encantamientos, multitud de volúmenes sobre Ley Mágica… Nada que la pueda ayudar. Resopla, nerviosa, y al darse cuenta de la forma absurda en la que está actuado se obliga a respirar hondo. Se da cuenta de que tiene que distraerse, así que decide que estudiar un poco no le vendrá mal.

Se estira para alcanzar el Decreto para la Prudente Limitación de Magia en Menores de Edad. Lo dejó en la estantería superior, creyendo que no lo necesitaría: es uno de los primeros tomos que se aprendió de memoria cuando empezó a preparar las pruebas de acceso al Ministerio. Sin embargo, en ese momento es justo lo que necesita. Una lectura sencilla para mantener la mente ocupada.

Se estira y las puntas de los dedos rozan el libro, pero a pesar de todos sus esfuerzos no consigue sacarlo.

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Fred hace crujir los nudillos. El tercer asalto está a punto de empezar.

Se dirige hacia el cuarto de Hermione con pasos suaves, ligeros. No quiere que ella lo oiga acercarse. El pelo largo le cae sobre los ojos y él lo aparta con un movimiento ágil, rápido. Es incapaz de reprimir la sonrisa felina que le asoma a los labios. Desde que ha comprendido que probablemente Hermione sienta lo mismo que él, es incapaz de dejar de sonreír. Cuando se detiene frente a la puerta de Ginny, la visión que se despliega ante él lo deja mudo.

Hermione está de puntillas, estirándose para alcanzar la estantería más alta. La camiseta de tirantes, ajustada y fina, marca las curvas de su cuerpo. Ya es toda una mujer, eso Fred lo sabe bien. Una mujer fuerte, valiente, luchadora, así la conoce el mundo. Pero Fred quiere descubrir todas sus demás facetas, las privadas, las que guarda para sí misma.

Fred avanza sin hacer ruido, tan silenciosamente como es capaz. Está a dos pasos de distancia de ella cuando Hermione consigue agarrar el libro. Antes de que pueda sacarlo, antes de que se vuelva, Fred acaba con la distancia que los separa. No se permite pensar en lo que está haciendo, analizar su comportamiento. Quiere creer que Hermione lo anhela tanto como él a ella, así que rodea su cintura con los brazos, exhala en su oído.

Al principio, ella se tensa e intenta separase. Entonces vuelve el rostro, aún entre sus brazos, y se da cuenta de que es él, Fred, quien la abraza. Se relaja un poco, pero no tanto como le hubiera gustado al chico. Su confianza flaquea.

—¿Qué haces? —susurra Hermione, mirándolo con el rostro ladeado.

Fred se obliga a ocultar sus dudas, así que estrecha incluso más su agarre.

—Continúo nuestro juego —dice y el espacio entre sus cuerpos disminuye. Se rozan—. ¿No te parece bien?

Hermione no responde. Su expresión divertida, el tono juguetón… Son tan obvios que se le forma un nudo en la garganta. Un juego, se recuerda. Eso es lo que es. Cierra los ojos, pero Fred desliza las manos hasta sus costados y ella tiene que reunir toda su fuerza de voluntad para no estremecerse.

—Las costillas. —Con el dedo índice Fred resigue cada una de ellas. Lo hace despacio, con mucha delicadeza, y si Hermione no lo conociera bien (y si no fuera consciente de su propio aspecto mediocre) hubiera jurado que él está disfrutando de su cuerpo—. Las verdaderas —cuando termina de recorrer cada uno de los huesos, las manos de Fred se aferran al torso de la chica, en su parte superior— son las que se unen al esternón, ¿verdad? Las de arriba.

Hermione quiere apartarse, pero no puede. Su cuerpo no responde más que para asentir con la cabeza, confirmando así la explicación de Fred. No obstante, algo le dice que él no esperaba respuesta.

—Después están las falsas —las manos bajan a medida que Fred habla—, que se unen a un cartílago antes que al esternón. —Reza para que ella no diga nada, para que no se mueva. Está a punto de terminar su actuación. Es su última oportunidad para conseguir que ella se relaje, para que los últimos restos de tensión se esfumen de su cuerpo.

Las manos le tiemblan y Fred tiene que fijarse en cada movimiento para evitar que ella lo note. Quizá si no hubiera llevado las cosas tan lejos… Pero no puede evitarlo, solo quiere tocarla, acariciarla, hacerla disfrutar.

—Las costillas flotante —susurra e inclina la cabeza. Su aliento choca contra el cuello de Hermione y el cuerpo de la chica vibra bajo sus manos. Fred sonríe y hunde la nariz en su pelo castaño, lleno de exuberantes bucles castaños…

Hermione se separa con brusquedad. Su cuerpo tiembla y no quiere que él se dé cuenta. Le gusta demasiado la manera en que Fred la toca. Nunca nadie la ha tocado así. La hace sentir especial, atractiva… guapa.

Hermione agacha la cabeza. Sabe que ella no es ninguna de esas cosas. Sabe que es imposible que él…

—¿Estás bien? —Los dedos de Fred rozan su mandíbula y la obligan a alzar el rostro. ¿Es decepción lo que Hermione descubre en su mirada?

Ella no responde, así que Fred deja caer el brazo y da un paso atrás.

—Lo siento —dice en voz baja. Sí, es decepción, no hay duda. ¿Y preocupación?—. No pretendía incomodarte —carraspea.

Su expresión le parte el corazón. Fred está ahí con ella, en ese instante. Ese momento es solo suyo. De pronto, no importa que sea un juego, que vaya a terminar pronto.

Él retrocede otro paso y sin pensarlo, sin pretenderlo, Hermione da un paso adelante. Porque no quiere que se vaya. No quiere que la deje. Apoya la mano sobre el jersey mojado de Fred.

—Estoy bien —le responde. La sonrisa que acompaña a sus palabras es sincera, fácil. No quiere tener que preocuparse por las consecuencias, no lo hará—. Pero tú estás empapado.

Fred se da cuenta de que, de pronto, sus gestos son seguros y confiados. Su sonrisa es abierta, cálida. Esa sonrisa que a él tanto le gusta. Se relaja, vuelve a acercarse a ella. Solo entonces se da cuenta de que la piel descubierta de sus brazos está húmeda.

—¿Te he mojado? —pregunta, deslizando la mano desde su hombro al codo. La piel de Hermione se eriza y Fred se reprocha haber sido tan descuidado—. ¿Tienes frío? —Hasta él es capaz de detectar la preocupación en su voz. Se reprocha el sonar tan ansioso. Débil. Sin embargo, la sonrisa de Hermione se ensancha. Niega con la cabeza.

—Estoy perfectamente.

Y él la cree. Sonríe con alivio.

—Me alegro.

Cuando la mano de Fred se desliza más abajo —desde el codo de Hermione hasta su muñeca— y también la piel de esa zona se eriza, él comprende: le gusta que la toque. Puede que tanto como le gusta a él hacerlo.

Enseguida, la sonrisa cariñosa de su rostro se transforma en una que Hermione no es capaz de identificar.

Fred se aleja un par de pasos sin dejar de mirarla a los ojos.

—El problema —le dice, pronunciando las palabras muy despacio— es que yo sí tengo algo de frío. Bastante, en realidad. —Sin dejar de mirarla, se quita el jersey. La camiseta que lleva debajo también está empapada y no tarda de correr la misma suerte. Debajo ya no queda nada. Nada, excepto piel blanca y húmeda.

Hermione intenta que su expresión permanezca neutral, pero siente las mejillas ardiendo. Desde luego, no era así como esperaba que terminase el día, con Fred medio desnudo en su habitación. Por Merlín, en la habitación de su hermana. ¿Es que se ha vuelto loco?

—Ya sabes, toda esta ropa mojada… —Sin cuidado alguno, Fred lanza la ropa mojada sobre la cama de Hermione.

—¿Fred…? —Carraspea, aparta la mirada—. ¿Qué es lo que…? ¿Por qué te has quitado…? —De nuevo parece haberse quedado sin habla. Es innegable que Fred ejerce ese poder sobre ella—. ¿Por qué no vas a…? —lo intenta de nuevo—. ¿…Tu habitación? ¿A cambiarte?

Con su sonrisa pícara y el pelo descuidado, él parece completamente relajado. Parece disfrutar de la situación. Con movimientos lentos, calculados, va hasta el escritorio de Ginny y coge la camiseta que la chica ha dejado sobre la silla. Una de las que utiliza para dormir.

—No te preocupes. —Coge la camiseta y se la pasa por la cabeza. Es de su talla. En realidad, puede que Hermione no lo sepa, pero es su camiseta—. Esta es una de las pocas ventajas que supone tener una hermana que utiliza tu ropa como pijama. —Sonríe con aire inocente. Puede que Ginny use algunas de sus camisetas viejas, o de las de George, pero Fred sabe que esa no es una de ellas. Él mismo se encargó de dejarla en el cuarto de Hermione un par de horas antes, preparada. De verdad que no esperaba llegar tan lejos, pero es cierto lo que se dice: más vale prevenir que curar. No se arrepiente.

Hermione emite un sonido indefinido. Sus explicaciones no le importan demasiado. A decir verdad, apenas es consciente de que él haya dicho nada.

Fred ha vuelto a vestirse, apenas ha tardado más que unos segundos. Hermione sabe que no debe buscar dobles sentidos donde no los hay. Él tenía frío, una camiseta de repuesto a mano… Bien, lo puede entender. Fred siempre ha sido muy seguro de sí mismo. desvergonzado, incluso.

Y, sin embargo… Hermione se sorprende pensando en lo bien definidos que están sus músculos.

Ah, y hablando de músculos.

Hermione sacude la cabeza. Traga saliva. Avanza hacia él y vuelve a romper la distancia entre ambos.

—Creo que es mi turno, ¿no?

Él asiente. Se queda muy quieto, pero tofos los nombres que Hermione tenía en la cabeza parecen haberse borrado. Otra vez.

Suspira.

—Este es el pectoral. —Al principio, no hace más que apoyar la yema del índice en el sitio indicado. Roza la piel con la uña mientras rodea el músculo, delimitando la franja que abarca. Él no mueve ni un músculo, ella sonríe. Lo mira de reojo un instante, pero enseguida vuelve su atención al tórax de Fred. La respiración del chico se acelera un poco cuando Hermione apoya toda la palma sobre su pecho, abarcando por completo el músculo.

Ella se felicita en silencio; no le gusta perder. Puede demostrarle que también ella sabe jugar.

Fred aprieta la mandíbula para tratar de serenarse. Es increíble que tan leve contacto pueda volverlo loco. Y todo porque es ella quien lo toca.

—¿Queda claro?

—Cristalino.

—Bien. —Hermione sonríe y deja caer la mano. No le da opción a que vuelva hablar. Simplemente se da la vuelta y sale del cuarto sin mirar atrás.

Fred quiere detenerla, pedirle que se quede pero ¿con qué excusa? Todavía tiene cuatro días antes del gran final. Sabe que tiene que preparar su próximo movimiento con cuidado. Se suponía que este juego estaba pensado para que ella cayera ante él. Sin embargo, cada vez que la tiene cerca, cada vez que ella toma la iniciativa… Un escalofrío recorre su espalda. Esa es precisamente la parte de Hermione que Fred esperaba descubrir.

Y como las cosas sigan así, será el quien se derrumbe. Seguro.

Continuará…

Muchísimas gracias por vuestros reviews: Sipsip, kgise, Vale Molinar, FlokesW y LadyPotterhead. Sé que he tardado siglos en actualizar, pero la historia no está abandonada. Simplemente el trabajo me tiene demasiado ocupada (echo de menos la vida de estudiante, quién me lo iba a decir). Espero terminarla pronto, ya que es una historia de 8 capítulos.