Quizá alguno salga corriendo después de leer el final del capítulo... o puede que se desmaye. Lo siento, no era mi intención.


Fricción

Besar a Sherlock resultó muchísimo más satisfactorio de lo que recordaba desde el pasillo. No fue nada demasiado pasional, pero Dios, es que no podía quedarme igual sabiendo lo que sabía de él.

Había estado sentado sobre mis manos escuchando la música, pensando. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué estaba sintiendo? ¿Qué me estaba pasando? Podría haberle dicho que lo sentía, que no podía corresponderle, que a mí realmente no me interesaba tener nada con él. Lo habría hecho, probablemente... de haber estado pensando.

Cuando me levanté y le cogí la cara nada más verle salir, estaba seguro de que de ningún modo estaba pensando. Estaba reaccionando, simple y llanamente.

Yo era un sentimental, para que llamarnos a engaños. Simplemente me había tocado la fibra sensible. Y de qué manera.

A penas fue un beso. Tal vez solo el amago de uno. Sherlock se quedó quieto, esperando, sin saber qué hacer seguramente, hasta que separé mis labios de los suyos y, avergonzado por mis actos, me escurrí por su lado con la cabeza gacha, sin ser capaz de mirarle a los ojos, dispuesto a darme una ducha. Ciertamente, se había sentido diferente de cuando me besó en el pasillo. Esto había sido voluntario y consentido. Había sido sentido. Jesús, probablemente era el beso más sincero e inocente que había dado en toda mi vida, sin esperar una continuación o segundas intenciones.

Le esquivé, murmurando una disculpa, y me metí en el baño. El parecía no haber reaccionado en absoluto a mis acciones. Corrí el pestillo, buscando algo de privacidad, y me apoyé contra la puerta, llevándome una mano a la cabeza, sin poder creer lo que acababa de hacer.

Me sentía perdido. Notaba que había algo que tiraba de mí hacia él -Jesús, si podía prácticamente sentirle, aún parado por la sorpresa, al otro lado de la puerta-, pero no podía dejar que eso creciera, porque yo no era gay. A mi no me gustaban los hombres. De echo, había visto muchas noticias de revistas cotillas para mujeres, en las que salían los actores y famosos "más buenorros", y no se me había movido ni un pelo. No obstante, con Sherlock... cada momento era una aventura, un descubrimiento. Y era excitante y curioso saber más y más. Y me moría porque me prestara atención, y porque entendiera las cosas que eran importantes para mí, y quería compartir cosas con él y viceversa.

Pensé en cómo sería pasar el resto de mi vida con alguien como él. No. Pensé en como sería pasar el resto de mi vida sin él, ahora que ya le había conocido. No parecía haber una fórmula normal para ello. No parecía haber nada. Ciertamente, lo mal que me había sentido, lo destrozado que había estado después de su falso suicidio, no había sido una reacción normal para alguien que solo quiere una amistad. Y los celos con Adler, cómo me había sentido desplazado cuando ella había estado presente. Cómo parecía que Sherlock se había olvidado de mí por completo en favor de la dominatrix. Cómo todas mis parejas me habían dejado porque anteponía a Sherlock por encima de ellas sin pestañear.

Recordé mi sueño y el momento en el que él me dijo en Angelo's aquella primera noche en un caso, tras confundir mi curiosidad morbosa con interés romántico, que era halagador, pero que estaba casado con su trabajo. Más que un dato aislado, había parecido una advertencia. No pude evitar preguntarme por qué alguien que era el rey de la puntilla y la corrección, el amo supremo de las palabras únicamente necesarias y el mayor genio deductor, iba a molestarse en lanzar un aviso tan fútil. Tal vez, porque él sabía algo que yo intentaba ignorar. Porque lo había leído. Porque todos a nuestro alrededor lo habían leído y supuesto.

Sus palabras en el patio resonaron en mi cabeza oportunamente: "Nunca entenderé las relaciones humanas, John. ¿Sabes por qué? Porque si fueran realmente tomadas en consideración por las personas, sería más fácil. No habría nada que entender. Me he negado a almacenarlas porque todo el mundo tiende a ignorarlas. Se me considera insensible a ellas porque no les doy mil vueltas... Vosotros tendéis a esconderlas debajo de capas y capas de supuesta moralidad, cuando ninguna de ellas la tiene. Intentáis ajustar lo que sentís a vuestros parámetros sociales... Pensé que eras diferente de todos esos idiotas, John". Entonces no había entendido el por qué de sus palabras, o el significado que les había dado. Ahora podía verlo con total claridad. Acababa de convertirme en lo que más había odiado siempre. Me había convertido en mi padre, en un hipócrita. Decía que estaba bien con Harry, que no tenía ningún problema, pero eso era mientras no me pasara a mí. Una vez tocaba terreno propio... era como Voldemort. Nombrarlo era siquiera impensable.

Lo único que me ponía malo de todo el asunto, era que todos lo habían visto siempre menos yo. Incluso los desconocidos.

Sherlock me atraía. Y tal vez algo más.

Que Dios me ayudara.


Al salir de la ducha, me lo encontré en la misma posición. De pie, con la cabeza levemente inclinada hacia adelante, y los ojos abiertos. Parecía que ni siquiera había pestañeado desde que me separé de él. Era una perfecta estatua viviente.

Me vestí rápidamente, y él seguía en la misma posición. Empecé a preocupame. ¿Estaría en shock? ¿Qué demonios le había hecho?

- ¿Sherlock? –moví una mano delante de él. Seguía estando medio agachado, con la boca abierta, y los brazos medio extendidos. Parpadeó y boqueó, pero seguía sin responder visualmente. Miré por el ojo de buey. El sol empezaba caer del cielo, aunque aún estaba elevado. Debía de ser la segunda tanda de comedores - ¿Estás bien? –pregunté por segunda vez. Cambié el peso de pie, y suspiré. No tenía que haberlo hecho. No debería… - Tenemos que bajar a la bodega, o les perderemos y no habrá servido de nada que nos hayamos bañado en agua de lluvia.

Eso sí pareció hacerle reaccionar.

- Sí… claro. Por supuesto.

Se incorporó, me miró, y luego corrió a vestirse. Una vez estuvo listo, se quedó delante de la puerta. Sonreí al ver los ligeros toques de rubor en sus mejillas, y caminé hasta él. Abrió la puerta, y me cogió de la muñeca, tirando de mí. A penas me dio tiempo de respirar antes de que sus labios se estamparan contra los míos. Una de sus manos se puso en mi cintura y me apretó contra él. Notaba su boca invadiendo la mía, moviéndose en busca de una respuesta. Cerré los ojos por reflejo, y gemí por la sorpresa. Noté su ceño fruncido, concentrado, y me dejé hacer hasta que terminó, instantes después.

Cuando me liberó, jadeábamos ambos. Yo abrí los ojos y parpadeé, atónito por su adquirida destreza. Sin duda, su técnica había dado un agradable giro desde la última vez. No supe cómo había conseguido tanta práctica, pero prefería no preguntar. Siendo él, podría esperar cualquier cosa. Cuando enfoqué la vista, estaba sonriendo como un gato satisfecho, de la misma forma que un pirata.

- Vamos, John. Hay que jugar al escondite.

La forma en que lo dijo resultó… bueno, oscura y prometedora. No había ninguna otra forma de definirlo.

Se coló por delante de mí, y le seguí, palpando el arma en mi espalda, bajo la camisa.


El camino a la bodega no fue especialmente fácil. Con las luces encendidas y todos los pasajeros y el personal despiertos, nuestro camino fue algo complicado. En varias ocasiones tuvimos que escondernos en estancias solo reservadas al uso de los empleados, y en otras, simplemente fingir que mirábamos un mapa porque estábamos perdidos.

Al final, conseguimos dar con la habitación en cuestión. Sherlock se sacó una tarjeta negra con una banda plateada. La pasó por el lector, y la luz de la cerradura parpadeó verde antes de desbloquearse y abrirse para nosotros. Alcé una ceja, interrogante, y él volvió a gustarse la llave mágica en su bolsillo.

- Se la robé a un tipo. ¿Recuerdas a Austin?

Asentí, haciendo memoria. El tipo callado de la primera pareja que nos encontramos nada más llegar.

- Pues digamos que es bastante torpe y deja la puerta entreabierta cuando sale de su camarote.

Meneé la cabeza, incrédulo. Saqué la pistola, y la sostuve con ambas manos. A partir de allí, ya no nos valdrían las excusas ni las tapaderas. Sería matar o morir.

- Cuando todo esto se finiquite, tú y yo hablaremos seriamente de esos impulsos cleptómanos –dije, siguiéndole al interior oscuro de la bodega.

La puerta se cerró tras nosotros, y encendió una pequeña linterna portátil de luz led que llevaba siempre encima, colgando del llavero. Suficiente para ver dónde pisábamos.

- No será lo único que hagamos, espero.

De haber estado bebiendo, estaba seguro de que me habría atragantado o lo habría escupido. ¿Acababa de…? ¿Acababa de insinuárseme? ¿De verdad que estaba flirteando conmigo? Quise pellizcarme para saber que era real y no un loco sueño. Lo hice.

- Ay.

Se giró para mirarme con el ceño fruncido.

- ¿Qué demonios estás haciendo? –siseó.

- Lo siento.

Continuamos en la oscuridad, intentando ver las cajas de pescado entre todo el cargamento de abordo, pero bajo aquella luz, todas parecían iguales. Estuvimos un buen rato, él con su mini linterna y yo con el teléfono, buscando entre los paquetes, hasta que algo plateado brilló tenuemente en la distancia. Me acerqué a ver qué era. El dibujo de un pez con pintura plateada metalizada. La caja era de plástico blanco opaco, y estaba limpia. No era un experto, pero hasta donde yo sabía, el pescado tenía que estar en hielo o en sal para conservarse en buen estado.

- ¡Sherlock! ¡Aquí! –susurré. Sostuve el teléfono con los dientes y la pistola en el cinturón, mientras me dedicaba a destapar la caja. La tapa se abrió con un chasquido, y reveló un montón de paquetes blancos, de color transparente. Él apareció a mi lado justo cuando metía el teléfono en el bolsillo del pecho de mi camisa, con la linterna apagada, y cogía la pistola. Vi como metía un dedo, y le golpeé el dorso de la mano. Me miró, enfadado, retirándola -. De ninguna manera. Yo pruebo, tú catalogas.

- Esto es absurdo –se quejó, indignado, aún en susurros -. Tú no has probado la droga en tu vida, y por una dosis tan ridícula no voy a recaer.

- Hay cosas que no sabes de mí –repliqué.

Mantuvimos una batalla de miradas, cada cual más amenazadora, hasta que se rindió.

- Está bien, está bien. Hagámoslo a tú manera. ¿Qué es? ¿Cocaína o cristal?

Metí un dedo, rasgando ligeramente con la uña el envoltorio de plástico. El polvillo blanco me cubrió la superficie del índice, como azúcar glas. Lo observé, lo froté entre dos dedos, y me lo llevé a la boca, paladeando.

- Metanfetamina –aseguré. Conocía de sobras el sabor. Habíamos incautado quilos de esa mierda en una misión en Afganistán una vez. Nuestro superior nos hizo probar un poco para saber identificarla en caso de que fuera necesario para futuras misiones.

Me limpié el dedo en el pantalón a conciencia, evitando que quedaran restos, y volví a tapar la caja después de que Sherlock tomara una foto con su móvil. Hicimos un par más al resto, confirmando que era cargamento de droga, y luego nos miramos.

Estábamos a punto de salir de la sala, cuando la puerta se abrió con un chirrido. Apagó su linterna, y retrocedimos en la oscuridad hasta dar con un hueco profundo. Una segunda habitación. Cerramos la puerta, pensando que sería una sala conectada, justo cuando la luz de la bodega se encendió. Por los pelos.

- ¿Qué es esto? –pregunté.

Había muchísimas estanterías llenas de latas, verdura y más comida. El suelo resbalaba, y las paredes reflejaban la luz de unas luces de emergencia en los estantes. Empecé a temblar cuando el frío de la habitación se me coló por la piel hasta los huesos a través de las finas capas de ropa que llevaba.

Nos habíamos metido en el congelador.

- Me cago en… Estamos en la nevera, Sherlock. Estas cosas no están pensadas para ser abiertas desde dentro.

Se acercó a mí para taparme la boca con su mano, y escuchamos los pasos pesados de un hombre que silbaba. Empecé a temblar de frío, pero no me moví. Incluso evité respirar a grandes bocanadas, no fuera a ser que nos oyera por eso. Esperamos y esperamos, oyendo ruido de cacharros y movimiento de cajas, hasta que resonó de nuevo el chirrido de la puerta de la bodega de nuevo.

La mano de Sherlock se apartó de mi boca, y tomé una profunda inspiración. El aire frío me entró por la garganta, irritándola, y decidí subirme el cuello de la camisa para intentar protegerla un poco. No quería anginas, gracias.

- ¿Cómo demonios vamos a salir de aquí? No hay picaporte ni lector de tarjeta…

Sherlock se arrodilló frente a la gruesa puerta del congelador, y se estiró para ver la rendija casi inexistente que los separaba de la pared. Cogió la tarjeta, y la pasó por ese hueco, sin conseguir nada. Bufó, exasperado, y una nube de vaho se formó frente a él. Guardé mi pistola en la espalda de nuevo, sabiendo que allí no nos serviría de nada, y traté de calentarme las manos con el aliento. Sherlock sacó su estuche de cachivaches, y de él sacó una ganzúa plateada. Palpó buscando algún lugar para colarla en la cerradura manual y cuando lo encontró, se quedó allí, maniobrando con mucho cuidado con las manos. Esperé un tiempo hasta que mi estómago empezó a rugir. No había desayunado con las prisas, y según mi reloj, ya era pasado el mediodía. Debían de ser las dos. Intenté ignorarlo tanto como me fue posible, hasta que Sherlock gruñó.

- Por amor de Dios, detén ese ruido infernal, John. Me distrae.

- ¿Cómo sugieres que lo haga? Tengo hambre y estamos encerrados –repliqué, ácido. Me empezaban a castañear los dientes.

- Estamos en una nevera. Sé creativo.

La verdad es que no se me había ocurrido atracar el congelador, aunque tampoco era que la comida congelada llamara demasiado mi atención. Busqué entre tembleques que empezaban a ser incontrolables, algo que no estuviera cristalizado, y di con una lata de atún. La abrí con cuidado de no cortarme, y empecé a picotear. Estaba bastante… aceptable. Seguí comiendo de la lata hasta que mi estómago se calmó un poco.

-¡Joder!

Vi como la ganzúa caía rota al suelo desde las manos de Sherlock, convertida en pedazos brillantes sobre el suelo congelado.

- ¿Qué ha pasado?

- La ganzúa se ha roto –gruñó, con los dientes chocándose ente ellos. Abrió el estuche, y cogió otra, de un color más apagado -. Y era mi favorita.

Temblé, y me escurrí hasta quedarme sentado pegado a él, intentando que ambos guardáramos algo de calor, aunque fuera corporal. Me miró de reojo mientras colocaba la ganzúa. Las manos empezaban a temblarle por el frío. Una placa en el interior, un termostato de información, marcaba los grados. Estábamos a cero. Exactamente.

- Si consigues sacarnos de esta, prometo que haré lo que quieras durante veinticuatro horas, y no me quejaré –murmuré, apoyando la frente en su espalda. No aguantaríamos mucho más en aquella temperatura sin enfermar o morir.

No me contestó. Siguió trabajando en la cerradura mientras yo pensaba en formas de mantener el calor. No había muchas. Ya estábamos pegados entre nosotros. Estaba la fricción, pero si estaba abriendo la puerta, no había mucho que pudiéramos hacer salvo esperar. Estaba empezando a quedarme dormido (cosa poco recomendable), cuando oí el chasquido de la puerta, un sonido que me pareció gloria.

- No pienso acercarme a una de estas nunca más.

Sherlock empujó la puerta hacia fuera, abriéndola, y noté un golpe de calor que me resultó tremendamente agradable. Me levanté con cuidado para no resbalar, y extendí una mano para ayudarle. Salimos de allí temblando, y cuando cerramos la puerta tras nosotros, vi que tenía los labios azules. Me dolían los dedos, pero cogí su mano para tirar de él, y nos fuimos corriendo por el pasillo adelante, con rumbo al camarote. Me moría por meterme en la cama bajo las mantas. El frío de me había metido en los huesos.

Entramos casi entrampándonos contra la puerta, olvidando meter la tarjeta llave. Empecé a sacarme el jersey, pensando en meterme en la cama sin la ropa para enfriarme, cuando vi que Sherlock escribía un mensaje con dedos temblorosos.

- Ahora Mycroft tiene pruebas de que yo tenía razón… y podrán enviárselo al juez para que los meta en la cárcel, al menos de momento… La pena… subirá cuando encontremos… las armas…

- Oh. Genial –concordé, saboreando el aire cálido que entraba por el ojo de buey -. Eso está bien… sí, muy bien…

Sherlock se apoyó en las rodillas flexionadas, respirando para poder recuperar el aliento, nos miramos y reímos.

- Sin duda, esto es una gran historia para tu blog –dijo, pasándose una mano por el pelo.

- Por supuesto. Muerte en potencia por congelación. Cosas más raras habremos hecho.

Nos quedamos así, recuperando el color y la temperatura, hasta que el móvil de Sherlock sonó. Lo cogió, descolgando, y esperó.

- Sí, Mycroft. Lo hemos confirmado… No, yo no…. Sí, fue John… ¿eres tan incompetente que necesitas escuchar mi voz diciéndotelo?... Ya… Bueno, pues avisa a Lestrade de que cuando vuelva, quiero un par de casos, y que no sean mediocres, por favor… Oh, claro que nos vamos a quedar… -dijo, y me miró con un brillo travieso en los ojos. Por primera vez desde que empezó la llamada, me pregunté de qué estaban hablando – Hemos pagado el viaje al fin y la cabo… pues puede que lo haga, sí. Que sepas que no es de tu incumbencia… oh, pues búscate un buen sofá y coge palomitas, porque va para largo. Sabes que no tengo ese tipo de complejos… ve a comerte a alguien, Mycroft, y déjame en paz.

Colgó, tirando el teléfono sobre su abrigo en el suelo, y suspiró, apoyando la cabeza en la pared. Estaba ligeramente nervioso. No había entendido una palabra de la conversación, pero no podía ser nada bueno cuando Sherlock sonreía tanto. Hablar con su hermano nunca le ponía de buen humor, a menos que fuera para dejarle en evidencia.

- John –dijo de pronto, mirándome.

- ¿Sí?

- ¿Recuerdas qué me prometiste si conseguía que saliéramos de esa nevera?

Alcé las cejas. Sí. Le había prometido veinticuatro horas de hacer lo que quisiera sin quejarme. Supuse que eso le animaría, porque muchas veces quería llevar a cabo experimentos conmigo a los que yo me negaba, como ver cuanto tiempo podía pasar con las manos en agua antes de que sintiera la necesidad de sacarlas, o qué frecuencias auditivas era capaz de captar. También intentaba provocarme sustos de infarto con la misma técnica varias veces seguidas, antes de que el truco estuviera tan visto que ya ni me impresionara para comprobar cual era el tiempo de adaptación a un entorno hostil, o algo por el estilo.

La forma en la que me estaba mirando decía que era algo completamente diferente.

- Esto… era una broma, Sherlock…

- No fue eso lo que me pareció –dijo. Se movió hasta quedar delante de mí, y yo retrocedí por instinto hasta que mi espalda chocó con la pared. Se cernió sobre mí, con un brazo a cada lado de mi cabeza. Tragué saliva, y vi como hacía un puchero - ¿Tengo que dejar de confiar en tu palabra, John?

Intenté contestarle, pero estaba demasiado cerca. Su olor, su presencia me intoxicaban. Su piel aún no desprendía demasiado calor, y su boca ya había empezado a tomar un color más saludable. Fui repentinamente consciente de su respiración, de cómo el pecho se hinchaba con cada inhalación y rozaba el de Sherlock. Sabía que no iba a durar mucho. Casi nunca aguantaba cuando insistía de esa manera. Lo único con lo que no había conseguido hacerme ceder era con el tema de su seguridad y su salud, lo que englobaba el tabaco, las drogas, y las armas dentro de casa (de fuego o de filo).

- ¿Qué quieres que haga?

Sonrió.

- Vamos a comer.

Parpadeé.

- ¿Cómo?

- Vaya, la congelación te ha espesado el cerebro. Vamos-a-comer –dijo, despacio, como si se lo estuviera explicando a un niño de tres años.

- ¿Vamos?

Se inclinó para apoyar los labios fríos en mi oreja. Me estremecí al sentir la temperatura.

- Claro. Tú comerás, yo comeré. Y luego… ya se verá.

Su voz grave en mi oreja despertó cosas, muchas cosas. Me sobrevino un hambre que no tenía nada que ver con la comida, pero no dije nada. Me cogió de la mano, y tiró de mí hasta el comedor.

Mientras íbamos por los pasillos, me quedé pensando en mi corazón, latiendo fuerte y rápido en mi pecho, acelerado por la anticipación y el deseo. Sí. Deseo. No tenía sentido que me lo siguiera negando, y la aceptación parecía la salida más clara.

Cuando llegamos al comedor, pensé que sería tan tarde que lo habrían retirado todo y no habría nadie comiendo, pero nada más lejos de la realidad. En las mesas circulares, con largos manteles, había montones de parejas comiendo, charlando y riendo. Supuse que el desembarco hizo que el horario tuviera que ser algo más flexible. A nosotros nos iba de perlas.

Como Sherlock iba a comer, dejé que escogiera mesa, y nos movimos hasta una redonda, pegada a una de las esquinas del comedor, junto a una de las amplias ventanas que daban al pasillo exterior de la planta. Desde allí, podíamos ver el puerto, y a la gente local paseándose tranquilamente por él bajo sus paraguas, mientras caía el hermano pequeño del diluvio universal. Pedimos lasaña, algo rápido de comer. Me sorprendió gratamente cuando él se pidió lo mismo. Sabía que la pasta le gustaba, pero como nunca comía... supongo que no estaba realmente seguro de que fuera a ingerir nada de alimento hasta que le vi pedir.

- Estás gastando mis veinticuatro horas de "esclavitud" haciéndome venir a comer -observé, extrañado -. No me puedo quejar, la verdad.

Sonrió, llevándose las manos unidas a la barbilla, y me estremecí. Esa sonrisa no conllevaba nada nuevo.

- Bueno, tengo mis motivos, Hamish.

Me reí. Dios, odiaba ese nombre a conciencia...

- Seguro que sí. Tú con tus misterios...

El maître llegó con nuestra comida, y mi estómago rugió en simpatía al delicioso olor del alimento. Había sido tremendamente rápido. Supuse que ya tendrían varias tandas en espera. Miré a Sherlock con las cejas alzadas, esperando para ver si realmente iba a siquiera probar bocado. Él estaba siguiendo al hombre del traje con la mirada, hasta que le perdió de vista, y sus agudos ojos grises se fijaron en mí. Cortó con el filo del tenedor un trozo humeante de lasaña, lo pinchó, se lo llevó a los labios lentamente, y comió. Esperé a que tragara para acabar de creerlo.

- ¿Qué? -inquirió, sorprendido, comiendo un nuevo trozo - ¿No tenías mucha hambre? Está bastante bueno. Creo que el cocinero es italiano -observó.

Me atreví a comer mi primer trozo de lasaña, aunque solo fuera para corroborar lo que decía. Además de que aún estaba quizá un poco demasiado caliente para mi gusto, lo cierto era que estaba delicioso. La comida italiana era algo que me encantaba, pero tenía que andarme con ojo porque la pasta tiene muchos hidratos de carbono y poca proteína. Si fuera por mí, sería pasta día y noche. Estoy mal de la cabeza, lo admito.

- Italiano, sin duda - añadió.

Cuando el maître volvió con una botella de vino tinto, Pinot Noir, y lo sirvió en ambas copas. Estuve a punto de decir que no me sirviera, pero me contuve. Sherlock estaba comiendo. Y yo estaba atado a mi servidumbre de un día. No pasaba nada por una copa, de todas formas.

Me quedé mirando el vino, que tenía un tono ligeramente ocre en la copa. La alcé y lo olí por encima, sin querer parecer un idiota. No sabía nada de vinos, aunque la verdad era que sabía muy poco de licores y demás. No me gustaba mucho beber. A pesar de eso, juraría que tenía olor a grosellas negras, frambuesa y fresa, además de un poco de algo de fondo que no daba identificado. Me pregunté si sabría igual que olía.

Sherlock también miraba la copa con interés.

- Cosecha añeja. Nueve años, calculo, aunque pueden ser ocho y medio.

- ¿Cómo lo sabes? ¿Por el olor? -pregunté, curioso.

- No. Es por el color. Cuanto más ocre es, más viejo. El olor es bueno... -dijo, aspirando en profundidad -. Hay regaliz de fondo.

Aspiré de nuevo con esa idea en mente, y ahí estaba, el aroma ausente. Regaliz.

- ¿Por qué has pedido vino?

Se encogió de hombros, y se llevó un nuevo pedazo de pasta a la boca.

- Éste va bien con la lasaña. Tiene un sabor suave.

Meneé la cabeza mientras atacaba mi comida. Por curiosidad, probé el vino. La fusión de sabores fue buena, aunque supuse que para alguien entendido en el tema, debía de ser como una ópera clásica perfecta.

- No sabía que te gustara.

Dio un sorbo a su copa, y me miró por encima del filo del cristal.

- No suelo consumir alcohol durante un caso. Pero como éste ya está resuelto... o al menos lo está, prácticamente...

Cortamos la conversación, y seguimos comiendo. Sherlock acabó antes que yo, lo que me sorprendió gratamente. Se quedó mirando el vino mientras me esperaba, distraído. Algo le tenía completamente abstraído.

- ¿Qué quería Mycroft?

Parpadeó, y desvió inmediatamente su atención de su copa a mí.

- Nada en especial. Es simplemente un metomentodo con complejo de Gran Hermano. Solo le gusta fastidiarme.

- Ya.

Acabé de comer dos minutos más tarde. Nos marchamos sin pedir cuenta ni postre (no me habría importado que Sherlock se hubiera tomado uno, pero no quería tentar a la suerte, y la verdad era que yo mismo me veía incapaz de meterme nada más en el estómago), y le pregunté si quería investigar algo más, que no fuera la bodega. Aquel sitio ya nos había llegado para los restos. Pensó durante unos instantes, hasta que me detuvo en el pasillo.

- Tengo una pregunta a cerca de tu promesa.

Me puse alerta. Qué rumbo estaba tomando la conversación...

- Dispara.

- ¿Se trata de veinticuatro horas a contar desde la primera vez que te haga hacer algo, o veinticuatro horas en tiempos de mi elección?

Suspiré. Parecía una duda bastante inocente y razonable.

- Me inclino por lo primero, si no te importa.

- Pero... ¡no es justo! ¡Por lo menos nueve te las pasarás durmiendo! -se quejó.

Tenía que admitir que como promesa era una mierda. Estuve meditando la cuestión un tiempo, hasta que decidí que nada malo podía pasar si le cedía esas horas reales.

- Está bien. Tienes razón. Que sea en tiempos de tu elección, pero que sepas que ésta será la primera y última vez que algo así suceda, de modo que ya puedes disfrutarlo.

- Puedes contar con ello.

Abrió la puerta tras de sí, y me dispuse a regañarle por invadir las habitaciones ajenas, hasta que me di cuenta de que era la nuestra. Estábamos pasando el día metidos en el camarote. Eso no podía estar bien.

Se sentó en el filo de mi cama, en el lado que me pertenecía, y me miró desde allí.

- Está bien. Tomaré un poco de ese tiempo, John -tragué saliva. ¿Por qué se me antojaba una combinación explosiva mi servidumbre diaria y estar en la habitación encerrado con él? La mirada de Sherlock era depredadora y oscura. No. No era oscura. Era que las pupilas se habían dilatado hasta casi engullir el iris - Quiero que dejes de pensar.

Fruncí el ceño, confundido. ¿Me estaba pidiendo... que qué?

- Oye, yo no sé si te has dado cuenta, pero la gente normal no puede dejar de pensar. No tenemos un interruptor en el cerebro para eso.

Bufó.

- No me refiero a eso. Digo que no quiero que le des vueltas a lo que sea que te haga hacer. Simplemente hazlo, ¿de acuerdo?

Esto me da muy mala espina.

- Lo intentaré, pero no te prometo nada. ¿Qué quieres que haga?

Sherlock sonrió.

- Sácate la camisa.

Mi corazón se aceleró. Solo había un rumbo que esto pudiera estar tomando en esa dirección, y... qué demonios, me gustaba.

Hice lo que me pidió. Saqué la prenda de dentro de la cintura de los pantalones, y empecé a desabrochar los botones, de abajo a arriba, sin prisa. Observé como su mirada seguía el movimiento de mis dedos, y cuando flexioné los brazos para quitármela de encima y dejarla caer, su mano blanca palmeó el colchón a su lado, y me senté, de frente a él, doblando las piernas bajo el cuerpo. Se me acercó, con los ojos recorriéndome el torso... ávidamente. Sí, esa era la palabra. Vi como se mordía los carrillos por dentro, la ligera depresión combada que esto producía en sus mejillas. Vi su mirada posarse en mi hombro, y sus dedos se acercaron lentamente hasta la cicatriz de la herida de bala. Me miró a los ojos, deteniéndose antes de llegar, como pidiendo permiso en silencio. Le dejé hacer.

Las yemas blancas se posaron sobre la arrugada piel rosada y resiguieron el contorno de donde la bala había penetrado en la carne. Los dedos se deslizaron por mi pecho hasta bajar a los abdominales. Luego pasaron por los costados, y juraría que estaba siguiendo la cordillera de mis costillas. Cuando acabó, se puso de rodillas detrás de mí. Noté como se hundió el colchón cuando se agachó para rozar la base de mi cuello con los labios hasta llegar a la nuca, y me estremecí cuando suspiró, haciendo que se me erizara la piel. Notaba el corazón en la garganta.

Su boca bajó por mi hombro, y se posó sobre la herida del otro lado, la del orificio de salida. Tomé una larga inspiración, y cerré las manos en puños sobre las rodillas. Sus dedos resiguieron mis vértebras, desde las cervicales hasta prácticamente las del sacro. Aquello era... se me iba la cabeza por momentos. Me obligué a recitar el nombre de todas y cada una de ellas a medida que iba descendiendo, como una forma de mantener la compostura. Un escalofrío me recorrió entero, y juraría que tenía todo el pelo levantado en una cresta magnífica.

Sentí sus manos en mis hombros.

- Túmbate -ordenó.

Obedecí, dejándome caer, y me encontré con que se había sentado encima de mí, con las piernas dobladas a cada lado de mi pecho. Él aún llevaba un montón de ropa puesta. La visión que me proporcionaba enviaba descargas eléctricas por mis nervios mientras miles de posibles escenarios con esa posición pasaban por mi cabeza. Se lamió los labios y sonrió cuando me mordí el labio.

- Vaya. Parece que estamos sensibles hoy, John.

El rubor acudió a mis mejillas, y me pregunté como era eso posible si tenía toda la sangre acumulada en otro punto de mi anatomía... o eso pensaba. Se inclinó sobre mi para poner su cara sobre la mía, y me cogió las manos por encima de la cabeza, como esa mañana de madrugada, cuando me despertó de mi pesadilla. Su nariz se hundió en le hueco de mi cuello, y resiguió la curva de la clavícula hasta que llegó al hombro sano. Entonces, empezó a lamer la piel con cuidado, como si me estuviera probando. Dejé escapar un gemido. Aquello era...

Justo cuando pensé que se retiraría, noté sus dientes mordiendo, presionando mi carne, y dejé escapar una protesta, aunque no había una queja real en ella. Sherlock no había clavado los dientes, no había hecho sangre. Simplemente estaba marcando de forma sutil. Rascó con los afilados incisivos la epidermis hasta dejarla enrojecida, y luego volvió a enderezarse para mirarme.

No supe si me estaba pidiendo permiso para seguir adelante o qué, pero se lo di. Le entregué la llave de todo mi ser, y no le pedí que me la devolviera. Sonrió, como si hubiera captado la idea, mientras yo jadeaba. Como si sus palabras me obligaran, cual genio sacado de su lámpara, me encontré dejando de pensar. Todo lo que ocupaba mi mente era el cuerpo de Sherlock sobre el mío, su tacto sobre mi piel desnuda, y su aliento en mi mejilla.

- Doctor Watson, creo que aún tengo frío ¿Me ayuda a entrar en calor?

Sonreí. ¿Cómo alguien que parecía a primera vista tan asexuado como una patata podía ser tan endemoniadamente pervertido?

- Bueno, señor Holmes. Tendrá que quitarse primero la ropa. El mejor método para su caso será la fricción.

Se irguió y pareció escandalizado y asustado. Solo el deseo en sus ojos me dijo que era una simple actuación. El cabrón era bueno.

- Pero doctor, me duelen los dedos. Aún están entumecidos, mire -dijo, y me acercó los dedos a la cara. Los cogí con mis manos, y los besé uno a uno, hasta llegar al último meñique, con el que me entretuve sin romper el contacto visual, jugando con mi lengua, hasta que le oí ahogar un gemido.

- No se preocupe, yo le ayudaré con eso.

Mis manos dejaron las suyas, y me dediqué a desabotonar su camisa con una paciencia y una calma que no sentía. Una parte de mí quería arrancarle la ropa a lo salvaje y pedir las disculpas pertinentes después, mucho después, pero esto era un juego, y yo no iba a perder tan fácilmente. No sin presentar batalla antes. Me saqué la alianza de la Señora Hudson, y estiré el brazo para dejarla en la mesilla, no fuera que se manchara o se estropeara. Había que devolverlas luego, al fin y al cabo. Sherlock fue a quitarse la suya, entendiendo, pero le detuve. Quería provar algo.

Tomé su mano izquierda, y metí su dedo corazón en mi boca, rodeándolo con la lengua, humedeciéndolo. Toqué el anillo, y cuando lo sentí ligeramente flojo, lo agarré con los dientes, y tiré de él hacia atrás con suavidad, retirándolo. Una vez lo tuve en mi poder, lo dejé en la mesilla. No tuve tiempo de analizar lo que había hecho, o que había sido sin duda lo más erótico que había hecho hasta la fecha. Simplemente... mi cuerpo estaba tomando las decisiones.

Cuando la camisa de Sherlock estuvo en el suelo, procedió a quitarme los pantalones.

- Aún está muy vestido, doctor -dijo, bajando la cremallera y tirando de ellos por las piernas abajo. Yo, que ya me había librado de los zapatos, me escurrí hasta que los sentí caer. Estaba expuesto. La única ropa que me quedaba era un calcetín a medio quitar, y la ropa interior, que empezaba a ser molesta en un grado alto. Los pantalones de Sherlock volaron, y ahí me di cuenta de que el muy pervertido no llevaba ropa interior.

Su miembro se alzaba erecto desde un matojo de rizado vello oscuro, y brillaba ligeramente, húmedo por los primeros indicios de líquido preseminal. La sola idea de que yo había sido el causante de eso hizo que me pusiera una medalla de oro. No solo era capaz de atraer a mi mismo sexo, que además, conseguía excitar sexualmente a Sherlock Holmes.

Rodé hasta quedar sobre él, y me miró desde abajo, con el pelo revuelto a su alrededor, en una aureola oscura.

- Bésame -mandó, jadeante.

Y yo obedecí.

Ataqué su boca con todo lo que tenía y sabía, invadiéndola con mi lengua, con la que entabló batalla. No me había equivocado, la cosa había mejorado con respecto al día anterior. Sus manos se afianzaron en mis hombros y los dedos acariciaron la piel rugosa de la herida de la bala, a lo que no pude evitar gemir. Era una tontería, pero esa zona, antes que insensible, se había convertido en un punto extra receptor. Era una zona erógena importante que pocas de mis parejas habían sabido o querido explotar, y también, por contra, un punto a defender en una pelea. Que me golpearan allí seria extremadamente doloroso.

Clavó sus uñas en mis omóplatos cuando friccioné las caderas contra su erección atrapada, estimulándole. Lo cierto era que el sexo cambiaba muchísimo al ser practicado con un hombre o con una mujer, y eso era algo que analizaría más tarde, con calma y paciencia, pero no podía pensar en que estaba acostándome con otro hombre, porque todo lo que tocaba mi mente era que estaba con Sherlock. Podía haber sido una avestruz o una rana moteada, o una mujer para perder el hipo, que me habría dado igual. Porque era Sherlock, independientemente de lo que fuera. Por primera vez, sinceramente, entendí su discurso sobre los sentimientos.

Quise llevármelo dentro, meterle en mi corazón y no sacarlo. Ofrecérselo en bandeja de plata y darle un puñal junto con él para que hiciera lo que quisiera con él. Quise abrirme en canal y esconderle dentro de mí, donde estaría seguro de todo y de todos. Pero eso no era lo que él quería. Él necesitaba libertad e independencia, y yo no se la quitaría, porque estaría arrebatándole su identidad. Tal vez por eso nunca se había embarcado en una relación. Porque no había encontrado a nadie que quisiera aceptarle por completo sin intentar cambiarle.

Seguiría molestándome que dejara miembros humanos en la cocina, que no me ayudara a hacer la compra, que no comiera o durmiera, que se pusiera en peligro, o que explotara reactivos peligrosos en la cocina. Seguiría discutiendo con él por lo mismo, por supuesto. Eso no sería distinto.

Pero no le pediría que cambiara. Ni por un segundo. Porque entonces dejaría de ser quien era. Estaría matando su esencia para crearme a la persona perfecta con la que estar, y eso no era lo que yo quería. No me gustaba un modelo de conducta, una lista de condiciones. Me gustaba él, con sus pros y sus contras.

Sus manos habían bajado mis bóxers, que cayeron junto al resto de la ropa, y me encontré rozando piel con piel. La sensación era tan intensa, que gemí sin contenerme esta vez, dejando escapar su nombre. Por mucho que me sintiera atado a él, aún no estaba preparado para algunas cosas, así que me senté, y le coloqué sobre mí. Le cogí la cara entre las manos mientras le besaba con urgencia, necesitando un poco de libertad, un poco de tacto.

Sentí sus dedos rozando mi erección, su piel febril había olvidado el frío, relegándolo al exilio, y empezó a frotar nuestros miembros juntos, al mismo ritmo. La sensación era deliciosa, y yo estaba lejos de todo pensamiento mínimamente coherente. Me separé de sus labios lo justo para respirar antes de sentir como mi frenesí se desvanecía en cuanto alcancé el clímax. Dejé caer la cabeza contra su hombro, mareado y exhausto, con el sudor perlándome la piel, jadeando.

Él también perdió la fuerza que le quedaba, y caímos de costado sobre la cama, antes de rodar inevitablemente hasta quedar de espaldas, mirando al techo. Frente a mis ojos, bailaban chiribitas blancas. tomé aire por la nariz, intentando que mi respiración volviera a niveles estables, y dejé que la cabeza me cayera de lado hasta que me encontré con su mirada.

- Gracias, doctor. Ya no tengo frío -jadeó, exhausto, con una sonrisa.

Negué con la cabeza, y rompimos a reír.


Bueeeno... no sé qué decir.

Espero haber cumplido el plazo mejor que la semana pasada.

Os deseo a todos un feliz lunes, dentro de lo posible. Ya habéis empezado las clases? Si es así, espero que esto os de un poco de fuelle para soportarlas. Merezco un review? Aunque solo sea para que me recomendéis instituciones mentales ;)

Gracias por leer mis desvaríos varios en forma de slash, y perdón por el escándalo :3

MH

PD: Muchos estaréis intrigados por la conversación con Mycroft... muajajajja, tendréis que esperar al siguiente para averiguar de qué iba de forma completa XD