Capítulo III La humillación de ser Harry Potter
Lentamente entró el sol por la ventana de la recamara de Harry Potter. Enormes tapices colgaban del techo con dibujos bordados que en alguna época de su infancia le habían servido para entretener su imaginación con historias que se inventaba él.
Las cortinas estaban abiertas de par en par y una bandeja con un sustancioso desayuno y aun caliente estaba en la mesa debajo de la ventana.
Harry Potter abrió los ojos pero no se movió.
Draco Malfoy no tardaría en entrar para avisarle cuales eran sus obligaciones del día. Luego aparecerían los elfos domésticos con su ropa. El desayuno ya se lo habían traído por lo que estaba seguro que era mucho más tarde de lo que normalmente solía despertar.
Después llegaría Pansy Parkinson preocupada por lo que le había ocurrido. Ella le daría besos para que se olvidara de todo y él pretendería, una vez más, que todo estaba bien.
Quizás algún día, si pretendía lo suficientemente, lo creería de verdad.
Pero nada estaba bien. Al menos él no lo estaba.
Gruñó en frustración. Le ardía la espalda con el recuerdo de los azotes. Pero ya estaba curado. Probablemente Severus Snape le habría puesto algo de esencia de Díctamo para que se cicatrizara sin dejar marcas.
Toda la situación era verdaderamente humillante. Y por supuesto que Snape no dejaría pasar la oportunidad de refregarle en la cara lo irresponsable, desconsiderado y estúpido que era por haberse metido donde no debía y que si no fuera por el mismísimo Snape (como si se tratara de una gran eminencia), aun estaría decrépito en su cama.
Draco tampoco desaprovecharía la oportunidad para burlarse, y esta vez Harry se sentía derrotado. La humillación era tan grande que no sabía si tenía las fuerzas necesarias para levantarse de la cama ese día y el resto de su vida. Quería que se le cayera el techo y lo aplastara a él y todo quien supiera que un squib le había puesto las manos encima… ¡Un condenado squib! Y él había estado completamente indefenso ante él.
– Vencido por un squib… – refunfuñó en agonía dentro de su mullida almohada.
–¡Harry! –Pansy Parkinson entró con los ojos cargados de preocupación. Se arrojó encima de él. –¿Cómo te sientes?
–Hola, Pansy, –su voz estaba ronca todavía, tal vez por los gritos del día anterior, o simplemente por haberse despertado hacía un ratito.
Ella tomó la cara de Harry entre sus manos y se detuvo a estudiarlo antes de llenarlo de besos. Luego le acercó la bandeja con su desayuno. Él sin decir nada, ni responder a las atenciones de Pansy, tomó lentamente su té.
Pansy, bien acostumbrada a ese comportamiento de su novio, lo ignoró y comenzó a hablar rápidamente.
– Tomé apuntes por ti, Harry. La clase de transformaciones estuvo aburrida como siempre. El profesor Pettigrew es un idiota que todavía no entiendo cómo logró convertirse en animago. ¡Y en una rata para colmo! –Agregó entre risas. –A mi me daría vergüenza reconocer que mi forma de animago es un roedor asqueroso de cloaca. Las Patil estuvieron muy entusiasmadas con la idea de convertirse en animagas así que se pasaron toda la estúpida clase haciendo preguntas. –Tomó aire mientras sacudía la cabeza con incredulidad. –A Seamus Finnigan le dieron otra detención en Artes Oscuras…
Harry Potter finalmente habló:
–¿Qué hizo esta vez?
–¡¿Qué cosa no hizo?! –Hizo una mueca, –se rehusó a matar al muggle que Carrows llevó a la clase. –Pansy se rió.
–¿Practicaron la maldición asesina? –preguntó él con un dejo de sorpresa en la voz.
–Sí, una pena que no hayas estado, sinceramente. –suspiró ella concentrada en sus uñas. –Supongo que tú estarás harto de usar ese hechizo.
–¿Y cuando le dan la detención a Finnigan?
A Pansy no se le pasó por alto que Harry ignoró su comentario y encogió sus hombros enojada a modo de respuesta. Después le retiró la bandeja de la cama cuando notó que ya no iba a continuar comiendo.
–¿Cómo te sientes? –preguntó ella mordiéndose los labios y sin mirarlo directo a los ojos.
Harry no contestó y ella lo interpretó como una buena señal.
–Si necesitas más esencia de díctamo puedo traerte. Anoche Snape dejó bastante en tu baño en caso de que hoy la necesitaras. Y también dejó esencia de murtle por si solo te molestaba la espalda. ¡Ah! Y tienes que tomar esto para reponer la sangre que perdiste.
Ella se sentó al lado de Harry, quien no dejaba de mirar los doseles de su cama sumido en la miseria de su propio abatimiento. Pansy le dio un pequeño frasco con una pócima de color verde parda y él la bebió lo más rápido que pudo para evitar sentir el gusto en su paladar. De repente su sangre se aceleró y lo abrumó una ola de vigor.
La miró a Pansy Parkinson como si recién se diera cuenta que estaba ella allí. Sus ojos oscuros y mefíticos; su cabello oscuro y brillante contra la luz que entraba de la ventana; la falda de su uniforme arrimada por encima de su cintura para mostrar más pierna de la que era necesaria y su pulóver dos talles más pequeños del que le correspondían para acentuar las pocas curvas que tenía. La tomó por la cadera y la arrojó con fuerza contra la cama. Aplastó su cuerpo sobre el de ella para que no se moviera y con un enojo que no sabía de donde había surgido le espetó:
–¿Qué mierda haces aquí?
Ella le sonrió de costado sin poder creer que Harry la tuviese atrapada entre sus piernas. Apenas se besaban y esto… esto era definitivamente un gran avance. Pansy se mojó los labios y con una voz seductora le contestó:
–¿Acaso no puedo venir a ver a mi prometido cuando se me antoja?
–Sal ya mismo de aquí, –le contestó con pausada acidez. Se alejó de ella para poder vestirse, –Sabes que no puedes entrar a mi recamara. –Le agregó mirando directo a sus ojos.
Eso logró asustarla y sus mejillas se tornaron de un rojo furioso. Se puso velozmente de pie y sus ojos se perdieron en el suelo. Dio unos pasos hacia atrás hasta chocar con la pared.
En ese instante entró Draco Malfoy vestido sin su uniforme del colegio, llevaba su capa morada con mangas bordadas que usaba cuando cumplía sus funciones de consejero privado de Harry Potter. Hizo caso omiso a la presencia de Pansy y con una mirada punzante pareció desafiarlo. Su semblante era inamovible.
–Será mejor que se levante, señor, hoy tiene varias obligaciones.
Harry Potter suspiró y dejó de mirar a Pansy que se retorcía las manos y mantenía sus ojos clavados en sus pies.
–Hola, Draco… –se tragó su orgullo y pretendió que nada de lo que había sucedido la noche anterior había ocurrido en serio. Volvió a su hábito de ser amigable con su supuesto consejero. Obviamente que Draco no respondería, pero Harry sentía siempre que debía intentarlo.
Draco ojeó a Pansy en el rincón de la recamara y sus puños se ciñeron, su cara se endureció y cuando se volvió a dirigir a Harry la voz fue mucho más grave y adulta.
–Su padre lo espera en su estudio con el duque D'Or y su esposa. Mejor que se apresure porque no está de humor para esperarlo mucho más tiempo.
Entonces se vistió a gran velocidad y se preparó lo mejor que pudo para estar presentable. Cuando salió del baño quiso salir volando de su recamara, pero simplemente mantuvo la vista firme en la puerta y trató de no prestarle atención a Draco que estaba con Pansy hablando en voz baja.
Harry sentía un nudo en su garganta. Tal vez la había tratado demasiado mal a Pansy.
De todas maneras no pudo o no quiso deambular muchos en esos pensamientos, continuó su marcha resuelto a conocer al famoso vampiro francés. Su padre había estado trabajando duro para conquistar el resto de Europa y solo Francia quedaba resistiendo al inevitable avance de los mortífagos. Si lograba que la gran comunidad de vampiros se aliara a la causa de Lord Voldemort serían invencibles; una estrategia segura al éxito.
Golpeó la puerta de la sala donde su padre hacía sus reuniones. Lucius Malfoy, el padre de Draco, atendió con una mueca burlona en su cara. Mueca que se le dibujaba como resultado del castigo que le habían impartido la tarde anterior. Ingresó ignorándolo. No quería darle la satisfacción de perder su temperamento allí. Temía que a partir de ahora todos los castigos sobrecayeran en él y lo último que quería era pasar una noche más con el aberrante squib.
La sala tenía todas las paredes cubiertas desde el suelo hasta el techo con libros prolijamente ordenados. La colección de su padre era única en el mundo y la guardaba con el mayor de los recelos. Harry tuvo la oportunidad de leer algunos de ellos, la mayoría sobre artes oscuras que su padre le había ordenado que debía aprender. Hubo una vez que quiso tomar uno de los libros a hurtadillas. Pero nunca entendió el sistema con que los guardaba y se dio cuenta demasiado tarde que solo había tomado uno sobre una estúpida guerra muggle de antes de que su padre se hiciera cargo del poder y pusiera las cosas en el debido orden. Harry no era un gran lector, pero podía decir con seguridad que sabía mucho más que el promedio de los chicos de su edad (y quizás de varios adultos) más que nada por las estrictas exigencias de sus tutores.
Su padre, el duque de D'Or y su bella esposa estaban sentados en sillones cerca del imponente escritorio desde donde su padre se dedicaba a trazar paso por paso su conquista del mundo, Europa ahora.
–… entonces está decidido: los esperaremos en mayo. –Dijo Lord Voldemort en su voz estridente.
Harry se mantuvo al lado de la puerta como un verdadero soldado del imperio que Voldemort estaba construyendo, con sus manos extendidas a los costados, su cuello alto y su mirada fija en un punto. Apenas pestañaba. Su postura rígida era la que le habían enseñado como protocolo frente a todos los invitados de honor. Solo podía relajarse si padre se lo ordenaba. Ni siquiera podía seguir una mosca con la vista.
–Hijo, –dijo Voldemort al reconocer que Harry había llegado. –Duque D'Or, este es mi hijo, él escoltará a las alumnas cuando arriben.
Harry permanecía inmutable a pesar de que estuvieran hablando de él.
–Ya puedes retirarte… –le susurró Malfoy y Harry marchó hasta el pasillo donde se apoyó contra la pared para tomar aire. Se puso una mano en los ojos molesto de que lo llamaran para cosas tan estúpidas. Pero se recordó que lo tenían a prueba… que no debía quejarse. No por el momento.
Debía regresar a su recamara, pero no quería hacerle frente a Draco, mucho menos a Pansy. En serio que se había sobrepasado con ella, esta vez.
Pero no tuvo que hacer nada de eso ya que Draco Malfoy corría hacia él, en cuanto llegó a su lado se detuvo a recuperar el aliento.
–El profesor Snape lo está buscando.
Harry gruñó y su consejero le sonrió ya que sabía cuanto lo irritaba.
Snape estaba en su despacho junto a Avery, un astuto estratega que había estado en la mayoría de las misiones exitosas durante la conquista de Inglaterra. Tenía mucho conocimiento de las políticas muggles así como de sus costumbres que le sirvieron de fuente de inspiración para convencer a los muggles a someterse al nuevo régimen de su padre.
Permaneció en el umbral del despacho sin anunciarse para no interrumpir porque aquel era el protocolo del castillo: debía esperar a que le dieran permiso de hablar.
–Tendremos que movernos pronto. –Aseguró Snape que estudiaba unos pergaminos.
–Black no tendrá escapatoria.
–De todas maneras…
Snape no terminó lo que iba a decir cuando percibió que Harry Potter estaba allí. Le hizo un mohín.
–Es como si de repente supieras cual es tu verdadero lugar ¿no? Un mocoso como tú… finalmente respetando las normas de este lugar… Hubiese pagado con mi vida para verte en la mazmorra.
Con un esfuerzo sobrehumano bloqueó al profesor Snape de su mente. ¿Acaso lo habían llamado solo para esto? No lo sorprendía, pero debía a toda costa mantener su compostura.
–Tu padre era igual… tu padre biológico quiero decir. –El comentario lo tomó tan por sorpresa que en su rostro llegó a reflejarse su desconcierto. Nunca hablaban sobre sus verdaderos padres. Jamás. –Oh, sí. Tu padre era un holgazán bueno para nada que solo lograba arruinar los mejores planes del Señor Oscuro. Lo tuvimos que matar por eso. O mejor dicho, su propia estupidez lo terminó por matar.
Esbozaba una sonrisa deleitosa con ojos que cargaban un odio que Harry recién reconocía que era de una profundidad abismal.
–Espero que hayas aprendido algo…
–Sí, señor. –Repuso Harry de forma automática, de la manera que estaba condicionado. Ignorando por completo todo lo nuevo que había aprendido de su propio padre.
Avery, sentado cómodamente en una silla, los observaba con gran entretenimiento.
–Bien. Mañana partirás al sureste con el señor Draco Malfoy y la señorita Pansy Parkinson a sondear la zona de Essex. Estamos buscando un nuevo asentamiento de la resistencia.
Harry Potter asintió con la cabeza. Avery le entregó una carpeta con instrucciones, mapas y fotos de la gente que posiblemente pudieran encontrarse.
En la antesala de su propia recamara, Harry arrojó todo lo que le habían dado sobre una mesa para poder estudiarlo con cautela antes de partir. Pansy y Draco esperaban sus instrucciones. Ambos se veían entusiasmados y de mejor humor del que los había visto en un largo tiempo. Pansy no paraba de hablar de sus experiencias previas ante los pocos peligros que tuvo que hacer frente, mientras Draco la miraba de reojo. Harry no sabía si quería que se callara o si estaba pretendiendo que no le prestaba atención. Harry quería que se callara a toda costa, sin embargo reprimió su fastidio y tomó algunos pergaminos para leer alejado de ambos.
–¿Te molesta la espalda?
Draco resopló divertido por la estúpida pregunta de Pansy. ¿O tal vez como burla hacia Harry?
–No, –dijo con finalidad. –Voy a mi recamara a estudiar esto a solas. Mañana partiremos al alba.
Tomó las fotos. La de Sirius Black.
El traidor más buscado de toda la resistencia. Provenía de una importante familia que había hecho grandes cosas por la causa de su padre. Él le dio la espalda a todos sin remordimiento alguno: le quitó un dedo a Peter Pettigrew, asesinó veinte magos y huyó. Nunca se supo mucho de él, excepto que se sospechaba que era uno de los líderes de la resistencia.
En su foto se veía sonriente, sacudía una mano, sus ojos azules se veían igual de risueños. La foto estaba partida. Harry trazó un dedo por el zigzagueo irregular que había quedado cuando la partieron. ¿Quién sabría cuantos años tenía ya esa foto? Le molestaba ver que los de la resistencia tuviesen la capacidad de sonreír cuando hacían lo imposible para que no hubiese progreso en este mundo, cuando se entrometían en la mayoría de los asuntos que eran por el bien mayor, cuando él dudaba si alguna vez había podido sonreír así, con tanta espontaneidad.
Tomó otra foto. Esta ya sabía de quién era. Albus Dumbledore. Su padre lo aborrecía al punto de no poder controlar su magia cuando mencionaban que había interferido una vez más en sus planes.
Harry recordó la primera y última vez que lo vio en persona. Le habían quedado pesadillas de aquella vez, aunque jamás lo reconocería. Había ocurrido hacía dos años atrás. Se había escapado en su escoba hasta Azkaban con la intensión de ver a los infames dementores que hacían guardia en la prisión. Sin embargo, una horda se descontroló y fueron directo hacia él. Intentó defenderse, pero jamás le habían dicho cómo, ninguno de los hechizos normales funcionaban contra ellos. Escuchó gritos de agonía retumbar en su cabeza. Escuchó que alguien invocaba un encantamiento. Se dio cuenta que mantenía sus ojos fuertemente cerrados y los abrió para ver que Albus Dumbledore lo observaba con cautela y curiosidad. Harry tomó su escoba y no volteo la cabeza para ver. Se alejó lo más rápido que pudo.
Jamás mencionó lo ocurrido a nadie y ocultó ese desagradable recuerdo en lo más profundo de su mente.
Continuó memorizando fotos. Minerva MacGonagall, Rebeus Hagrid, Kingsley Shacklebolt, Alice Longbottom, Arthur Weasley…
Finalmente su mente se entumeció y comenzó a soñar con la gente de la resistencia. Por alguna razón estaban Filch y Snape doblados de la risa mientras él trataba de capturar a todos con un saquito de té. De repente apareció su padre biológico, que en realidad era un ciervo y le decía que se iba de vacaciones porque era demasiado holgazán y deseaba fervientemente arruinar los planes del Señor Oscuro. Detrás se escuchaban, cada vez con más intensidad, los mismos gritos de terror que había escuchado cuando había ido a Azkaban. Hasta que se le hizo tan horripilante que despertó de un salto.
Temblaba. Gotas de sudor empapaban sus sienes.
Cuestionó esos gritos desesperados y suplicantes. Una vez más se preguntó a quien pertenecería esa voz y si ese tal Harry era él. Porque ahora sabía que aquellos gritos que había escuchado una vez en Azkaban pertenecían al peor recuerdo del que él había sido testigo. Después de todo, eso era lo que hacían los dementores.
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Apenas podía estirar el brazo para alcanzar la sopa que le habían dejado. Volvió a lamentarse por haber obedecido al extraño mago que por un momento creyó que la estaba ayudando a escaparse. Tenía que reconocer que hasta entonces la estaban tratando considerablemente bien. Y por eso no lograba comprender que no la llevaran a una de las mugrientas celdas donde había vivido siempre.
Bebió de a pequeños sorbos. Le raspaba la garganta y a la vez le anestesiaba el organismo.
El chico de tez oscura y pelo con rastas estaba en uno de los catres leyendo un libro. Cada tanto la miraba como si quisiera hacerle preguntas, pero no decía nada.
–Lee Jordan, –llamó la voz severa de la misma mujer que había visto el día anterior. –Ven a vigilar aquí abajo mientras me ocupo de nuestra visita.
El chico dejó el cuarto y la señora subió con una palangana llena de utensilios que no podía imaginarse para qué eran.
Hermione Granger se abrazó con fuerza esperando lo peor. Cerró los ojos procurando que los castigos que le propiciarían por haberse escapado no fuesen tan malos como los que ya había tenido que soportar en su campo de concentración.
–Puedes ponerte de pie. –Le ordenó la mujer y ella abrió los ojos. Vio que la mujer le hacía señas para que tomara las cosas. Las miró perpleja.
–¿No sabes qué es esto? –Preguntó confundida y ella agitó la cabeza en un no.
–Ven aquí y quítate la túnica.
Con las manos temblorosas, Hermione hizo lo que le dijo. Y de repente sintió un chorro de agua cálida bañarla por completo. Algo perfumado provocaba espuma en su pelo: "jabón" recordó ella. Y luego una ráfaga repentina de aire caliente la secó.
–Al menos ahora no apestas. –Susurró la mujer. –Vístete. Supongo que eso sí puedes hacer.
Hermione confundida asintió con la cabeza y se puso una túnica limpia y una capa de lana abrigada con una rica fragancia a flores. Aspiró el perfume con hambre y llegó a la única conclusión posible: la matarían y le habían entregado sus últimas ropas.
No era tan estúpida como para creer que tanta amabilidad no venía con un alto precio.
Se quedó quieta en su lugar disfrutando en secreto el rico aroma que desprendía de su piel limpia. No recordaba haberse bañado así jamás en su vida. El agua de las duchas comunes donde se aseaban una vez por semana, tenían un desinfectante. Era fuerte, ardía en la piel y si penetraba en los ojos corrías el riesgo de perder la vista. Pero esto, solo los guardias olían tan bien como ella lo hacía ahora…
–¿Hermione Granger, cuántos años tienes?
Ella recordaba que cuando aun estaba con sus padres y tenía siete años, le habían enseñado a contar las lunas. Doce lunas equivalían a un año. Ella tenía:
–16 años, señora.
–¿De dónde vienes?
Decidió contestar con veracidad. Levantó su barbilla para no hacer evidente el terror que sentía.
–Del campo de concentración, mi celda estaba en la planta baja del pabellón azul.
–¿Cómo lograste salir?
–Dos magos me liberaron. Era de noche, yo estaba casi durmiendo, pero hacía mucho frío y no lograba dormir. Escuché a los dos chicos y me preparé para defenderme. Creí que… que… como le hicieron a Lisa Turpin…–Se sacudió con pavor. –Entonces logré quitarle la varita a uno de ellos y grité petrificus totalus, como los guardias… ¡Y FUNCIONO! –Parecía enferma cuando relataba la historia, se agitaba en su lugar en una mezcla de entusiasmo y horror, sus ojos se desorbitaban tratando de buscar una salida –… me dijeron que corriera pero unos guardias me alcanzaron y luego tenían rodeados a los dos magos y me arrojaron hacia ellos… –tragó saliva. –Y… el morocho me agarró y de repente estabamos lejos del campo. Me dieron la túnica y la varita y me dijeron que corriera hacia el norte. Entonces el chico negro me atrapó.
–¿Quién te dio la túnica? –preguntó la señora con una cara de incredulidad que no lograba ocultar.
–El de pelo negro le obligó al rubio… Draco se llamaba el rubio. Y me dio su capa y la varita.
La mujer quedó callada.
–¿Entiendes que tu historia es ridícula? Nadie logra escapar de un campo de concentración ¡Y más con alguien de la nobleza!
–¡¿no- nobleza?!
–Sí… Draco y su amigo no eran guardias, eran de la nobleza sin duda alguna.
Hermione miraba asustada a la señora. Hablar con la nobleza era lo peor que alguien como ella había podido llegar a hacer. No saldría viva de allí. Miró frenética a su alrededor y se preguntó si no le convendría saltar por la ventana.
–No te dejaremos escapar. –Le advirtió adivinando sus pensamientos. –Queremos cerciorarnos de que lo que dices es cierto. –La señora apuntó su varita, dijo un extraño hechizo y Hermione vio en su propia mente desplegarse todo lo que le había sucedido. Se dio cuenta que le estaban leyendo la mente.
Cuando todo acabó, la señora estaba boquiabierta.
–Prometo que no le haremos daño, señorita Granger, puedes estar tranquila que aquí no somos así. Sin embargo, hay cosas que debes entender antes…
Nota de autora:
Gracias a todos por los reviews que me dejan. Me ponen super contenta que les esté gustando este fanfic. Espero que este capítulo les haya gustado. Y lamento decirles que el próximo va a tardar un poco más en salir... Espero que las fiestas me permitan dejarles el cuarto capítulo!!
SALUDOS!!!
