Capítulo XII: La elección de la diosa; El más fuerte sobrevive
El desierto Gerudo siempre había sido de lo más peligroso, fuese de día o de noche. Pero después del cataclismo se volvió más tranquilo. Las circunstancias estaban a favor de Sangre de Centaleón, o mejor dicho, de Ademar.
Llevaba a su ejercitó en los límites del desierto, cubriéndose con las protecciones naturales que este le brindaba. Con él venía Frederick, atado de manos y completamente sucio, mientras lo acarreaban dos hombres con aspecto de bandidos.
– Vamos, noblecito, ¡apura el paso! – Expresó uno de ellos, dándole una zancada a Frederick, y luego de eso comenzó a reírse. El joven estaba muy mal. Las ropas desde ese día estaban sucias y rotas, con sangre además.
Con la zancada y la poca fuerza, Frederick cayó al piso. Nuevamente fue levantado por los hombres de manera brusca, jaloneándole la cuerda. Otra vez rieron ante el joven mal herido.
– Habrá un momento cuando en vez de reír, lloraran – Afirmó el castaño con una sonrisa divertida – Trátenme como les plazca… y el día de mañana lo pagaran, según las diosas prefieran.
Los bandidos a su alrededor no mostraron ninguna sonrisa, al contrario, el tono seco y serio del joven les hizo hervir la sangre un poco. Aquello había sido más que una advertencia, una amenaza. No pudieron evitar sentir cólera por las palabras de Frederick, y mucho menos aguantar la sonrisa irónica que les mostraba.
No obstante, Ademar se acercó hasta Frederick, tirándolo al suelo y poniéndole un pie en la cabeza, para luego patearle las costillas – Me da mucha gracia que hables de tus diosas con tanta seguridad, si te han abandonado a tu suerte.
– Nunca me han abandonado. Ni aunque este muerto van a abandonarme. – Contestó el joven a regañadientes y con un rostro duro. Aguantaba el dolor de la pisada del Gerudo – Tú… pagaras todos tus actos tarde o temprano.
– Me hace gracia que digas eso. ¿Te digo un secreto? – Lo acercó hasta quedar a centímetros de su imponente rostro, mientras este esbozaba una sonrisa bajó aquel casco hecho de la cabeza de un centaleón. – Las diosas juegan con los mortales. Por eso el destino se forja a través de los caminos que uno elija, y solamente uno decide. Entiende que sólo el más fuerte sobrevive. Y pregúntate otra cosa… ¿de verdad luchas del lado correcto? – La cuestión hacía reír a Frederick, reafirmando que creía en sus causas, mas la mirada penetrante del moreno le hizo ver algo fuera de sus límites. – Sobrevivir me ha hecho ver cosas que no puedes imaginarte. Gracias a la fuerza verdadera también vi las atrocidades que ha hecho la monarquía de Hyrule durante más de diez mil años, les he mostrado lo corrupta que es la Familia Real Hyliana a todos aquellos que decidan seguirme. A todos aquellos que buscan la fuerza verdadera.
La visión a través de los ojos del Gerudo era espantosa. Personas siendo torturadas. Guerras por un poder omnímodo, sólo para que la familia real fuera la única poseedora y capaz de usar a su propio beneficio. La sangre de inocentes correr por las manos que sostenían una corona. La caza furtiva de la tribu del desierto, que las obligó a migrar a lares más inhóspitos.
– ¿Qué sucede? – Sonrió el pelirrojo de oreja a oreja. – Lo que viste ha sido suficiente para cambiar tus ideales… ¿o es que al abrir tus ojos te has percatado de tu doble moral? – Soltó una carcajada vivida y agría que hizo helar la sangre a Frederick – Vivir en la nobleza, por supuesto, te ha impedido ver la verdadera realidad que engloba a Hyrule. ¿Qué tal si te invitó a mostrarles la verdad a todos…?
Frederick se quedó callado por unos instantes, siendo llevado hasta una cueva, la que resultaría ser la fortaleza, donde… quien sabe qué pasaría más por su mente.
-HYRULE-
No tardaron mucho en cruzar ambos puentes, y continuar por el camino hacia el sendero del bosque. Ahí donde antes había monstruos, ahora sólo había el pantano extraño de lodo y brea que estaba deshabitado, más la enorme torre ancestral, adornada con una enorme calavera encima.
Continuaron por el camino hacia el bosque, mirando alrededor que los animalillos se alejaban cuando ellos se iban acercando. Entonces lo vieron: La entrada al Bosque Kolog.
El mismo había cambiado de ambiente, los caballos ni siquiera se atrevían a entrar. Se habían quedado amarrados a un arbolillo cercano mientras esperaban a que sus dueños volvieran.
Los dos hylianos entraron. Nada más poner un pie ahí, una niebla los dejo sin visibilidad hacia afuera, y escucharon una voz ronca y en un susurro.
– Quien ose entrar en este bosque, deberá enfrentar un sencillo desafió… o puede regresar por donde ha venido – dijo la voz, parecía masculina.
Kain y Faith se tomaron de las manos. Dieron un paso al frente, y la neblina parecía aun densa tras de ellos.
– Aun podéis retroceder, pero no deberéis volver a pisar este bosque – Anunció la voz, autoritariamente. – Siempre que osen volver a intentarlo, regresaran a la entrada…
Los muchachos tragaron saliva, y aun quedaron ahí, sin retroceder. Entonces la voz volvió a hacer acto de presencia.
– Pues, que empiece la prueba – dijo, para luego dejar escuchar vocecillas pequeñas que merodeaban alrededor de ellos.
Caminaron siguiendo unas antorchas, suponiendo que ese camino era el correcto. A veces la neblina confundía sus pasos, y si iban en dirección equivocada, la visibilidad era menor. No obstante, Faith podía ver bien entre toda la vegetación y la misma niebla, y guiaba a Kain, tomándolo de la mano con fuerza.
Entonces llegaron a un par de antorchas, como si fuese una puerta, y había un sendero con más antorchas en forma recta, que precian llevar a un claro. Pero había un letrero, este decía que sólo debían pasar uno a la vez.
– ¿Qué hacemos, princesa? – Preguntó el muchacho hacia Faith, mientras ella se mantenía callada, aunque al escucharle mejor, se quedó un poco confundida.
– ¿Me dijiste princesa? – El muchacho soltó una pequeña risilla, mientras le acariciaba la cabeza.
– Sera buena idea que pases primero, ¿no? – Dijo Kain después de plantarle un pequeño beso en la frente y de empujarla un poco en la espalda. – Buena suerte, linda.
Faith se sonrojo, y antes de que ya no le viera, por la densa niebla, la chica soltó una pequeña risilla.
Pero aquella alegría se desvaneció de repente. Al voltear al frente ya no estaba en el bosque, estaba en Hebra. Frente a la tumba de alguien. Sus manos se helaron, pudo reconocer la sensación desolada de ese instante, pudo reconocer el dolor y la tristeza.
Cerró los ojos, para intentar no ver aquello, pero al abrirlos, volvió a sentir una inmensa amargura. Ahora no sólo estaba frente a la tumba de su padre, también estaba una tumba de estilo Gerudo y otras dos tumbas, parecidas a las del cementerio en la ciudadela.
Del suelo salieron manos que desenterraron más del cuerpo bajo tierra. Emergieron cuatro figuras.
– Faith Halley… – decían las figuras. Se trataba de su padre, Tora, Frederick y una mujer que no tenía el rostro, pero su cabello era largo y de un castaño casi dorado.
Y tras de ella, estaba Kain, mirándola con odio.
– Todo es culpa tuya… tú hiciste esto. – Dijo el joven, con una sonrisa en los labios, a su lado estaba la pelinegra de antes, colgándose de su pecho – Quédate sola… yo no te quiero ni te necesito. Eres un pequeño juguete que no sirve para nada.
Kain se iba alejando, con la pelinegra entre sus brazos, y riéndose de Faith socarronamente.
– ¡No, no te vayas…! ¡Kain, no me dejes! – decía ella, con una voz más chillona, como de una niña, mientras corría sin poder alcanzar a su amado.
Pronto se detuvo, y calló al suelo, con los ojos llenos de lágrimas. Era una niña, agachada en el suelo, con las manos en la cabeza. Su cabello largo y lacio rozaba su cadera, e hincada, rozaba el suelo. Tenía una vestimenta muy casual, como de los niños de Hatelia.
– Mamá… – decía ella entre susurros. Luego escuchó una voz femenina, recitando una canción.
Dicen que al alba
escucharas al viento hablar
sobre una leyenda…
del héroe ancestral
Cien años atrás
él lucho con fiereza
y a la princesa dio
el tiempo para despertar
La leyenda dicta, que el héroe durmiente
despertara algún día, y volverá a ver el mañana,
y con él, Hyrule renacerá de las cenizas
y a la diosa le dará paz.
– Algún día, el héroe volverá para sacarnos de este infierno, mi niña – fueron sus últimas palabras, antes de que esa noche no la volviera a ver jamás. Lo había recordado.
Faith se secó las lágrimas, había vuelto al bosque, pero ahora había ojos por todos lados, acechándola. Ojos de color dorado, como los del hombre del desierto que le helaban la sangre.
Parecían intentar cazarla, asesinarla. La chica desenfundo su espada, y los amenazó a todos, con los ojos firmes. No debía temer más, no debía mirar al pasado, no debía sentirse culpable. El destino los llevó a donde estaban en ese instante.
– Así es, hija – se escuchó el susurró el en aire – El destino te ha llevado a donde nos ha llevado a todos los que compartimos el mismo destino.
El claro del bosque se iluminó a sus ojos. Faith sonrió triunfal, mirando hacia atrás sin ver a Kain.
– Que las diosas te cuiden, mi amado – dijo ella, esperándolo de frente, con las manos en el pecho.
Aquella prueba era superar sus miedos más profundos. El de ella era el miedo a fracasar. Ya lo había hecho, la había dejado con heridas, y ahora no quería volver a fallarle a nadie, mucho menos a Kain. La culpa removiendo la conciencia de la chica era enorme, y por ello se había decidido a ser mejor en muchas ocasiones. A pesar de que en ese momento no sabía muy bien qué hacer con Kain a su lado el valor regresaba.
Algo dentro de sí sentía preocupación, y esperaba que su amado pudiera regresar bien como ella.
Era turno de él. La barrera de niebla de antes había disminuido, pero no era fácil ver hacia adelante. El muchacho sólo pretendía caminar en línea recta, y así hizo.
Sin embargo, comenzó a sentir como si alguien estuviera detrás de él, volteándose. No había visto nada, y regresó su vista al frente. Ya no estaba en el extraño sendero. Estaba en un lugar colorido, en Hyrule.
– Estoy en…
Estaba en el rancho, más específicamente, en el jardín del rancho de la pradera de Hyrule, viendo a Faith nuevamente. La chica tocaba, olía y apreciaba a las florecillas como en aquel día. Y luego sus miradas se cruzaron.
Un estruendo rompió todo. Una enorme bestia cruzó los cielos y el mismo se tornó carmesí. Kain y ella estaban a punto de tomarse de la mano, pero la tierra se abrió y Faith cayó hacia el abismo.
– ¡No! – Gritoneó el muchacho con la voz ronca.
Luego, como si fuera una pesadilla, un montón de personas se iban tirando hacia el vacío. Y Kain no podía moverse aunque quería, mientras una voz maléfica se reía de sus esfuerzos. Su madre caminó hasta donde antes estaba Faith. Le miró con una sonrisa y le dijo la voz de ella:
– No puedes proteger a todos, hijo – su madre se tiró frente a sus narices al mismo vació que su amada. Pero esta vez Kain le tomó la mano.
– No… madre… no… ya he perdido mucho en este instante. No quiero perder más – dijo el joven, apenas. Las lágrimas comenzaban a perforar y a salir de la comisura de sus ojos.
– No siempre podrás salvarlos a todos – dijo su madre nuevamente, con un tono robótico.
– Padre… pensaba diferente – Dijo Kain, con el ceño fruncido – Y mi madre verdadera, ¡también piensa que todo es posible si uno se esfuerza!
Kain cerró los ojos, y había vuelto al bosque. Estos si estaban cubiertos por lágrimas, y el sendero estaba despejado. No se había percatado que estaba sobre el suelo, pero cuando lo hizo se levantó finalmente. Camino hasta la salida con el ceño fruncido, hasta ver a Faith, sentada sobre el suelo, en frente.
La chica se levantó con una sonrisa al verlo llegar, y el joven se abalanzó a abrazarla.
– No quiero perderte jamás – dijo el joven, acariciándole la cabeza y abrazándola con fuerza.
– No lo harás – Comentó ella, sacando la cabeza entre los brazos del rubio, y observándole a los ojos con una sonrisa cálida.
– Han pasado la prueba… con mucho éxito. Sigan su camino, entren al claro y demuestren su valor.
Los muchachos caminaron en dirección hacia un enorme tronco que parecía la entrada a un bello lugar. El claro estaba lleno de criaturas que la gente había dejado de notar hace mucho. Eran pequeños, con cuerpo de tronco y caras de hoja. Se reían, volaban y se escondían cuando ellos iban pasando. Pero aquello no los había dejado más anonadados que la figura de la espada sobre su pedestal.
La Espada que Doblega a la Oscuridad yacía inerte en el centro del claro. Estaba sobre un pedestal de piedra, que estaba adornado por un bello símbolo en forma de triángulo, lleno de florecillas y de vegetación que le daban un toque fantástico.
– Así que… más han venido a intentarlo – se escuchó una voz gruesa y varonil en todo el claro. Los muchachos miraron alrededor sin tener en cuenta al frente. Al no encontrar a nadie, los muchachos volvieron a ver a la espada – Aquí, jóvenes – Faith alzó la vista, el enorme árbol había dicho palabras. Los había dejado de piedra, pero aquello no era lo más raro que les había ocurrido, y por ello guardaron la calma.
– Usted… señor. Mi padre me contó una leyenda sobre el árbol guardián del bosque – dijo Faith, con una pequeña sonrisa y reverenciándolo – Me llamo Faith Halley, y por encomienda de la diosa Hylia a través de los sueños de la princesa Zelda, hemos venido a probar suerte.
– Ya veo – dijo el árbol con un tono entretenido – Pero debéis saber una cosa, jóvenes de almas valientes. Si falláis la prueba con la espada, no sólo no la habrán sacado, sino que tampoco viviréis para contarlo. La leyenda dice que sólo el héroe puede sacar la espada, pero en realidad, sólo aquellos de corazón y alma puros podrán hacer uso de ella… si creen que son incapaces de soportar ser probados por la espada, entonces les aconsejo que la dejen. Ahora pues, inténtenlo, sin miedo…
Los muchachos se miraron entre sí. Kain se acercó primero, sin objeción de Faith.
– Quiero hacerlo antes de que la saques – le dijo, guiñándole un ojo con una sonrisa en los labios.
El joven se acercó hasta quedar a unos centímetros de la espada. Estiró sus dedos y luego colocó sus manos entre la empuñadura. Era cierto que al jalarla hacia arriba se sentía como si tu cuerpo perdiera vitalidad. Algunas memorias vinieron a la mente del joven, como cuando entrenaba con su padre, y sus días felices en familia, y como todo eso cambio cuando su padre no volvió a casa aquella vez.
El dolor y la rabia del momento se apoderaron de él, y había vivido con ese algo toda su vida. Repulsión hacia los ladrones y asesinos. Se había hecho de justicia por su propia mano, desde que podía y tenía la fuerza necesaria.
Y luego, todo ese algo se había esfumado. La muerte de sus compañeros le dolía, pero estaba feliz de que la chica, que ahora era suya, estuviera perfectamente bien. Faith le había hecho volver a apreciar muchas cosas que había dejado de ver. Le había dado mucho desde que la conoció y pensar en perderla sólo le causaba estragos.
La espada comenzó a salir de poco a poco, dejando anonadada a Faith.
Pero…
– Detente… – Escuchó el rubio, luego la misma voz volvió a hablar – Detente… Esta es una carga con la que no puedes lidiar. No es tu destino, Joven Highwind. así fue como tu padre falleció, intentando detener al hombre que no le correspondía. Es el destino de la joven por cuyas venas corre la sangre del héroe ancestral.
El muchacho paró en seco. Frente a sus ojos observó un destello, una luz con una forma humana. Una mujer con cabello hasta las piernas, con el rostro angelical, adornos y piedras preciosas, acompañada por un bello vestido blanco. "Hylia" pensó el rubio, dejando la espada de nuevo, encajada en su pedestal.
– No pude – dijo Kain, a secas y con la respiración entre cortada – No soporté el dolor que sobrellevaba. – Comentó, sin terminar de convencer a Faith.
La chica se había preocupado un poco por Kain, porque de repente se había detenido de sacar la espada. Quizá realmente no podía sacarla y le costaba, y dolía hacerlo. Faith se acercó hasta el pedestal, tragó saliva y estiró sus manos.
En el momento en que tocó la espada, cayó de rodillas al suelo.
– ¡Faith! – Kain iba a tomarla, pero unos Kologs le impidieron pasar hacia ella, y el árbol comenzó a hablar.
– Está en trance, joven… permítele cumplir su destino.
Kain la observó desde donde estaba, incapaz de ir hacia ella, que se encontraba inmóvil y parecía inerte sobre el suelo, tan sólo sosteniéndose de la espada.
…
Los rayos de luz que ella veía atravesaban el cielo oscurecido por la nada. Apenas vio el destello rojo atravesar el horizonte y crear todo alrededor. Otro destello cruzó el cielo, coloreándolo del mismo azul que este. El último de los rayos, el verde, hizo aparecer a todo lo demás. Animales, plantas, hylianos, todo empezó a poblarse… y finalmente colisionaron dejando sobre el centro del mundo tres triángulos dorados flotando en el cielo. Los mortales se acercaban a adorarlos.
Pero el color vital se perdió en un abrir y cerrar de ojos. Bosques quemados, ríos secos, muerte y destrucción a donde quiera que marchara la oscuridad. La joven observaba la escena aterrada, pero la presencia divina de una mujer calmó el mundo y lo dejó en silencio.
Más el mal regresó después de algunos miles de años.
La tierra rugió, hubo caos nuevamente donde tenían prohibido ir los hylianos.
– Oh… joven… que unirás cielo y tierra – Cantaba una voz angelical – Busca a la sierva, bendita de la diosa…
Aquella canción hacía sentir algunas emociones a la castaña. Era muy bella.
Una joven de cabello rubio sonrió hacia ella con cariño. Pero todo sucedía demasiado rápido. Luego su rostro se descomponía, estaba en diferentes lugares con cada una de sus expresiones. Cuando se sumió en un sueño milenario, cuando despertó, cuando fue raptada por el siervo del heraldo, cuando por fin todo se calmó…
Faith abrió los ojos, mirando a todos lados. Nuevamente no había nada, sólo oscuridad.
– ¿Hay alguien? – dijo ella, pero nadie respondía – Alguien… por favor…
Una mano tocó su hombro, y la joven se levantó sobre saltada. Intentó sacar su espada, pero no tenía nada encima, salvó un vestido blanco, ni siquiera traía zapatos.
Al darse la vuelta encontró tres hombres, los tres vestidos con ropas verdes, muy diferentes de sí, a la vez que iguales. Los muchachos sonrieron con alegría al verla en ese estado, como si les provocara diversión.
– Aunque no tengas la misma alma, puedo sentir mi sangre fluyendo a través de tus venas– sinceró uno de ellos, un joven de apariencia aniñada, con un cabello castaño como el de ella. Sostenía una sonrisa divertida y mantenía los ojos fijos en ella.
– Sí, yo también puedo sentirlo – dijo el muchacho de en medio. Este en cambio tenía un cabello rubio, casi tan dorado como el sol, partido en dos flequillos de lado a lado.
– ¿Quieren decir que es como… yo? – Cuestionó un tercero, y estos asintieron. El joven tenía una apariencia muy parecida a la de Kain. Sin embargo, el joven de verde tenía un flequillo abundante hacia su lado izquierdo, de un tono paja, y su rostro era más tosco. El traje de este último parecía de un tono verde más oscuro que el de los otros dos.
– Pero disculpa nuestros modales. Nosotros somos los héroes de épocas pasadas. A mí se me conoce cómo Héroe del Cielo – dijo el muchacho, extendiéndole una mano a Faith, que ella recibió con mucha sorpresa.
– Yo soy el Héroe del Tiempo. Contaría porque, pero es una historia demasiado larga y tediosa – Confesó el joven de en medio.
– A mí me titularon como el Héroe Bestia, Guardián del Crepúsculo – Comentó el muchacho, con una orgullosa sonrisa – Le traje paz a mi maestro y honor a mi familia.
– Sé que es una pregunta que esperan, y quisiera poder ser más elocuente, pero, ¿qué hago aquí? – Cuestionó la joven, sacándole otra sonrisa a los jóvenes de verde.
– Ahora mismo estas bajo la influencia de la Espada Maestra. Al tocarla te ha traído aquí. Así como el Héroe Bestia en su momento, tú tampoco posees nuestra alma, pero la Diosa te eligió para cumplir una tarea. – Dijo el primer muchacho, el héroe del Cielo – Y nosotros vamos a apoyarte en esta empresa, fortaleciendo tu alma que ha flaqueado por alguna razón.
Faith bajó la mirada con vergüenza, y luego se tomó un brazo, sobándolo despacio.
– Tranquila, Faith – dijo el Héroe del Tiempo, acercándosele – Todos hemos fallado, en alguna ocasión – La joven se sorprendió al observarlo. Pudo darse cuenta de que no era la primera vez en que ella lo escuchaba. Era la misma voz fantasmal del desierto – No debes temer, o rendirte. Eres caballero, eres fuerte y perseverante… y recuerda que eres nuestra descendiente.
Los muchachos le tomaron de los hombros y luego le sonrieron. Cada uno volvió a su respectivo sitio. Se miraron entre sí y luego uno a uno fue acercándose de nuevo a ella. Primero fue el Héroe del Cielo.
El joven le tomó una mano, y no estaban en ese espacio vació. Se encontraban volando sobre el cielo, encima de un ave rojo carmín. Faith observaba alrededor a más aves iguales, gigantescas y majestuosas, rodeándolos.
– Joven que nos sucederás en esta ocasión. Te ofrezco mi sabiduría. Yo fui quien forjó la espada que ahora está entre tus manos, quien derrotó a la primera ola de la oscuridad y quien protegió, y se quedó al lado de la diosa hasta que la muerte nos envió a caminos separados.
Luego de tomarle ambas manos, y dejar que una luz azul la envolviera, ella volvió frente a los otros dos muchachos.
Luego apareció el joven Héroe del Tiempo – Yo… – El joven se hizo pequeño, dejando anonadada a Faith.
El sitió volvió a cambiar, esta vez una enorme edificación, con ventanales a los lados, que filtraban la luz solar. Un tapete adornaba hasta quedar frente a una puerta extraña y unas joyas flotando en un rectángulo de piedra. Parecía el ala de algún castillo, o un templo.
– Viajé en el tiempo, derroté a un hombre que buscaba apoderarse del mundo entero. Protegí y serví a la familia real, pero jamás pude heredar mi conocimiento a otro héroe. Mi alma buscó refugió hasta poder legar mi conocimiento… – Había pasado de ser un muchacho a ser un hombre. Ya no con la apariencia cadavérica, sino con una apariencia de hombre, con un ojo que parecía haber sido arrebatado en batalla – En una guerra perdí la vida, y lamenté que nadie me hubiera reconocido en su tiempo, salvó mi íntima amiga, la princesa de Hyrule. Te ofrezco mi Poder. El poder de hacer todo lo que te propongas con fuerza, con determinación, con templanza…
Finalmente, el último en acercarse, y el último presente, era el joven de túnica más oscura. El ambiente se transformó en un denso bosque. Enfrente de ella había unas puertillas, donde entró se encontraba una hermosa fuente natural, y al joven héroe.
– En su tiempo tan sólo fui un granjero. Mi único objetivo era ayudar a mis amigos, y por ello, cuando una nueva amiga buscaba mi ayuda, le tendí la mano, como un fiel compañero. – el muchacho se transformó en lobo, y luego Faith se agachó a su altura. El continuaba hablando, pero los labios de la bestia no se movían – Te ofrezco mi fiereza y mi valor. Para que siempre te den la fuerza de proteger lo que más anhelas proteger. Para que no temas ni flaquees antes tu enemigo, por más daño que te haya hecho. Para hacer lo imposible posible. – El joven héroe le extendió una pata, Faith la tomó, y luego de un aullido, el héroe había desaparecido, pero ella seguía ahí.
La chica volteó a todos lados, sin entender cómo salir del lugar. Caminó, y caminó hasta ver una luz brillando en la oscuridad. Se acercó hasta esta, y luego escuchó unos pasos tras de ella. La joven se dio media vuelta, quedándose helada.
– Faith – la voz del joven Rey, la apariencia y su presencia la confundieron en el momento – Faith Halley… Yo soy Link, el héroe que durmió cien años y que despojó a Hyrule de asedio del Cataclismo, el "Héroe salvaje"
La chica se sumió en un sueño ilusorio. Vio la vida solitaria del campeón. Era un niño que podía blandir la espada como adulto. Observó sus amistades, su pasado. Creció, se fortaleció. Siguió el camino de un caballero y luego…
"Huye… vete de aquí…"
Una escena aterradora ante los ojos de Faith la había dejado inmóvil. El héroe hecho pedazos, un rayo cruzando el campo, y la oscuridad la envolvió.
– Te ofrezco mi disciplina y mi pragmatismo, mismos que te hace falta en estos momentos. – El joven se acercó hasta tomarle una mano – Los necesitas más que nunca, pues aunque hayas sido capaz de sacar la espada, aún no eres suficientemente fuerte como para lidiar con lo que viene, tal como yo, cuando la tome en mis manos la primera vez, aun no eres digna, pero es tu destino.
– Antes de que te vayas… debes saber que la oscuridad es aniquilada por la espada. Si tu alma tiene oscuridad, sufrirás cuando esta salga de ti…
Esa voz era como una mezcla de las cuatro, y no se escuchaba particularmente agradable, ni el tono, ni lo dicho.
El sueño comenzó a hacerse borroso y Faith despertó, estaba hincada sobre el suelo. Frunció el ceño, sintiendo un enorme poder recorrer sus manos. Apretó el mango de la espada, apoyándose para ponerse de pie. Una vez parada, ancló su cuerpo para jalar la espada fuera, y esta fue resbalando poco a poco. Sentía como si el cuerpo le ardiera en llamas, como si su vida estuviera siendo drenada. No pudo contener algunos quejidos que preocuparon a su amado, pero el sonido de la espada fuera del pedestal alivió a Kain, y a la vez, mermo el dolor de la joven.
La chica movió la espada hacia la izquierda, como un tajo, luego a la derecha, y luego la alzó hacia el cielo, viendo como destellaba en esa posición. Un pequeño viento despejó la niebla alrededor y luego la chica la enfundo en su costado izquierdo. Donde antes estaba la funda de su espada de caballero, al insertar la Espada Maestra, esta se había transformado en una funda azul rey, adornada con tocados dorados. Su espada de caballero ya no estaba ahí, sino tirada sobre el suelo.
Miró hacia el joven con una expresión de fortaleza que antes no había visto en ella, ni al conocerla. Su mirada inspiraba tanta confianza que dejó sin palabras al muchacho, aunque algo en ella parecía no pertenecerle, era como ver a otra persona.
Cuando iba a acercarse a Kain, sintió como si el corazón le latiera pesada y fuertemente, como si le costara respirar.
TUM… TUM…
Se escuchaban los latidos fuera de ella…
TUM… TUM…
De repente sintió que le ardía su hombro derecho, le ardía y quemaba. No pudo evitar soltar una risa con un pequeño dolor.
– ¡Faith! – El muchacho estaba a punto de tomarla en brazos, pero ella se adelantó.
– ¡No vengas! – Gritoneo ella, alzando la mirada, y dejándole ver algo sobre su rostro. Una marca recorriendo su cara, como si fueran venas en color rojo y violeta. Kain volvió a intentar acercársele – ¡No te acerques!
Aquello no era el cataclismo, como pensó Kain al ver el color, era algo dentro de ella. La oscuridad en los seres vivos era sacada gracias a la Espada Maestra, se lo dijeron sus antepasados y el Rey en esa visión.
La chica cayó en una rodilla, y lo visto era casi inverosímil. Una pequeña nube oscura salía de su cuerpo, como si humeara. Aquello era como una figura de sí misma, soltado una risa maquiavélica con la voz de Faith. Ella la observó con desprecio, y luego soltó una pequeña mueca divertida.
– Así que ese es mi aliento salvaje… – Dijo ella, observando todas y cada una de las veces que asesinó animales para sobrevivir, cuando le deseo la muerte al mal, cuando peco pensando impuramente sobre el hombre a su lado, y cuando deseo poner sus manos sobre el cuello del hombre del desierto.
Por fin, Kain pudo acercarse hasta ella, y virar lo mismo, mientras se alejaba sin rumbo hacia el cielo para no volver. En ese momento, su túnica de viajero comenzó a brillar del hombro derecho. A eso no le pudo dar ninguna explicación.
Al retirarse la túnica, y luego alzar la manga del brazo, pudieron apreciar un leve destello. Una marca se había impregnado en su cuerpo, como si siempre hubiera estado ahí, pero lo que Faith veía no la dejaba tranquila.
Los triángulos dorados brillan, pero con más intensidad lo hacia el del lado derecho. Mientras que de los otros dos, tan sólo relucía el contorno.
La dejó sin habla, ni aliento. Eso ya lo había visto antes. Mucho antes incluso de conocer a los héroes en ese pequeño sueño al sacar la espada.
Ahora lo recordaba…
…
Cómo era costumbre, la pequeña había desobedecido las órdenes de su padre de no moverse del sitio. En ese lugar, esa estepa, eran muy prolíferos los hongos gélidos, y también las frambuesas, que no se acostumbraban a ver en lugares como Gerudo, o como la región Zora, y por eso era muy fácil venderlas a buenos precios.
En ese momento, la pequeña se había escapado para ver arriba. En el monte ya no se veían nubes horribles que evitaban el paso a curiosos. La pequeña niña recorrió el camino, que a pesar de peligroso, se las había arreglado para evadir a los estúpidos monstruos pequeños merodeando.
El frio se hacía más intenso conforme avanzaba, pero la curiosidad pudo más con ella, y por fin llegó hasta la cima.
Su padre le contaba que, hacía muchos años, más de los que se pueden contar con los dedos de los pies y manos, hubo un reino en Hyrule, y como todo reino, también hubo reyes, princesas y un pueblo gobernado por estos.
Se contaba que la princesa iba a buscar protección en las fuentes de la diosa. Donde le rezaba, metiendo su cuerpo entero para sentir el poder fluir. Nadie sabía con exactitud que era ese poder, pero todos decían que era algo que Hylia les había heredado, por ser los más cercanos a ella.
La curiosidad de la castaña no tenía fin, y como si nada, metió parte de su cuerpo al helado estanque, hasta quedar frente a la estatua de la diosa.
Su cuerpo se enfrió en un instante, y sus piernas estaban paralizadas. Comenzaría a llorar de no hacer algo, pero entonces escuchó un susurro.
– Eh… niña. Que falta de respeto la tuya en poner un pie aquí – dijo una voz vieja y en un eco. – Vaya, pero si has vuelto, joven del bosque…
Faith miró hacia arriba. Un destello iluminó el estanque después de que una gota surgiera de él, y callera precipitadamente hasta este.
– ¡¿Qué es eso?! – preguntó su pequeña voz infantil.
– No eso, sino él – Respondió con un poco de molestia sobre el tono – Me llamo Lanayru, niña tonta. Aunque poco puedo culparte. Desde que los mortales controlaron la situación, han dejado de confiar en todo espíritu y dios. Aunque aún parecen pensar en la diosa blanca, muy a pesar de que hemos sido nosotros los que en varias ocasiones hemos protegido al mundo, como enviados de las tres diosas doradas, y de que aún seguimos velando por ustedes.
Como era de esperarse, la pequeña estaba muy confundida respecto a las palabras del espíritu. Era normal que no entendiera de asuntos como esos, sólo era una niña con cinco años. Inteligente y pilla, pero también poco conocedora de su historia.
– Escucha. Percibo en ti una enorme carga, como la del joven que llegó a mi fuente sin saber lo que en realidad buscaba. – Dijo este, aun con su ronca y vieja voz, pero con una enorme nostalgia – Cumple siempre lo que te propongas, pues es esa la determinación que va a llevarte a realizar con éxito con lo que en futuro tendrás que lidiar, niña.
Un resplandor dejo ver tres bellos triángulos flotando frente a la estatua de la diosa, y luego de un flash, estos desaparecieron. Aquellas fueron las últimas palabras que escuchó, antes de caer desmayada por el frio, y ser encontraba por su padre, casi congelada, pero con una curiosa sonrisa en los labios.
…
Si… era eso. Ella ya sabía lo que le esperaba, y por eso, cuando vio al héroe, sintió la misma necesidad de proteger al reino.
El costado izquierdo ahora tenía un peso, así como su mano derecha. El símbolo en su hombro era señal de que lo que venía no parecía nada fácil. Le tomó una mejilla a Kain, acariciando con amabilidad su rostro, el cual denotaba mucha preocupación, y luego se abrazó a él con cariño. Regresarían a Hyrule al día siguiente, pues al salir del bosque se percataron de que el cielo nocturno estaba por terminarse, con los colores del cielo al naranja y amarillo que comenzaban a aparecer en el horizonte.
Lejos de ahí…
– Vaya… ¿entonces quiere decir que ella despertó, señor Dragmire?
– Así es, Ademar. La niña despertó la fuerza que tanto buscábamos…
En medio de la nuca, un poco más abajo, Sangre de Centaleón, tenía una marca parecida a la de la castaña, salvó que en ella destellaba con mayor fuerza el triángulo de arriba.
– Esta es la fuerza verdadera… ¿eh? – La risa ahogada y maliciosa resonó en todo el lugar, causándole miedo a sus subordinados.
…
