Capitulo 4 – Las cosas no siempre salen bien

Zoro se agitaba violentamente intentando soltar su brazo de la pared, pero el hierro oxidado de los grilletes provocaba que cada vez usara menos fuerza, si seguía al mismo ritmo, acabaría provocándose una herida en las muñecas. Nami aún le miraba. Posicionada enfrente de él, no murmuraba ni una sola palabra, estaba como esperando una respuesta.

¿Te crees que me has ganado? – El Sheriff había tirado su sombrero tejano al suelo de las veces que se había estado revolviendo.

Hm… - musitó ella pensativa – Creo que aún no – ante la atenta mirada del hombre de pelo verde, Nami se volvió sobre sí misma en busca de algo, que ya había visto antes. Rebuscó entre los cajones del Sheriff y sacó lo que parecía una navaja, pero que era más grande. Un puñal del tamaño de una mano hecho de plata que brillaba a horrores con la luz del sol. Aunque su brillo era algo apagado, ya que el objeto había sido usado antes y no relucía del todo.

La joven y el Sheriff cruzaron miradas. Una era desafiante, la otra era de miedo.

Muchacha, poco podrás hacerme con eso – murmuró por lo bajo Roronoa. En el fondo sí que le atemorizaba lo que una joven con problemas mentales pudiera hacer con semejante arma en sus manos. Quería parecer seguro.

Vamos a averiguarlo.

Aun teniendo un brazo anclado a la pared, Zoro se las apañó para detener momentáneamente a Nami, quien se abalanzó sin pensárselo dos veces sobre el Sheriff con claras intenciones de herir. Ella tenía poca fuerza, pero se revolvía mientras él intentaba cubrirse con el único brazo libre que tenía e intentar conseguir el arma. Los dos revoloteaban alrededor del otro, buscando abatir al oponente con rápidos movimientos. Nami sujetaba el esposado brazo de Zoro con todas sus fuerzas mientras su otro brazo era detenido por la fuerza de él. Forcejearían, pero no por mucho tiempo. Ella conocía sus debilidades.

Alguna vez pudo alcanzar el cuerpo de la joven y asestarle un par de golpazos en la mandíbula con el codo, haciéndole retroceder y escupir sangre. Ardía de rabia y el Sheriff no sabía hasta que punto había encendido la ira de la joven. En un momento de despiste, Nami se movió como una ninja y se situó en frente del hombre, agachada, pisó violentamente las sucias botas del Sheriff haciéndole reaccionar y despistarle. Cosa mala, ya que eso causó que ella alzara su cuerpo y pudiera devolverle el golpe en la mandíbula, para luego acabar con una fuerte puñalada en el hombro izquierdo.

Los ojos del Sheriff se abrieron como platos y sus dientes rechinaban al notar como el dolor iba abriéndose paso en sus carnes. Cada centímetro de puñal lo notaba adentrarse entre sus músculos, rasgando tendones y abrazando la hoja con su sangre. Sus dientes chirriaban y sus manos temblaban. Nami hundió hasta el fondo el puñal, hasta que una temblorosa mano le agarró del cabello, forzándola a soltar el arma y tirándola al suelo como una muñeca de trapo. La joven exclamó de dolor por el momento al caer. Subiendo su rostro mientras un anaranjado mechón de pelo cubría media cara, observaba al Sheriff temblar de dolor ante sus ojos, con medio hombro ensangrentado, y sin poder moverse del sitio. Él solo gemía de dolor e intentaba sacarse el puñal del hombro.

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En casa de la muchacha se respiraba un ambiente muy angustioso. Su madre y su hermana se habían enterado hacia pocas horas, por una mujer que pasaba por allí, que su hija mayor había sido encerrada en el calabozo por orden del Sheriff. Su madre temblaba de miedo, nunca sabia en que líos se metía su hija mayor y menos si algún día le llegara a pasar algo, tampoco lo sabría. Ella pensaba que si un día la pillaban no volvería a saber de ella, porque la matarían y abandonarían su cadáver en el desierto, al amparo de los buitres. La hija menor descansaba sobre la mesa, pensativa y distraída con sus propios pensamientos. Afuera había mucho barullo, su madre hablaba con gente y se escuchaban conversaciones y carros ir y venir.

La menor se levantó de la mesa cuando vio entrar a su madre acompañada de dos chicos, uno joven y otro más mayor que le tomaban el brazo y le ofrecían pañuelos de papel para apaciguar su llanto. Ella solo les observaba mientras tomaban asiento y el chico joven se arrimaba a la encimera con intenciones de preparar algo caliente que llevarse a la boca. Se volvió a sentar, imitando a sus mayores, y se limitó a escuchar. El hombre mayor parecía más sosegado aunque con una evidente cara de preocupación bastante visible que en el otro chico. Llevaba un gorro blanco con manchas negras y una gabardina negra con solapas muy grandes, que tapaban los geométricos tatuajes que llevaba dibujados en el antebrazo que sujetaba las manos de su madre. El otro hombre llevaba un traje algo más sofisticado con lo poco que se podía permitir, una camisa blanca y unos pantalones negros algo desgastados.

Madam, tememos que su vida y la de su hija menor corra peligro debido al rebelde comportamiento de su hija Nami – decía Law con tristeza, Sanji le miraba de reojo, aun con el agua caliente hirviendo en la cacerola – Nosotros estamos de su parte, pero bien sabe usted que Wild Punch no teme a nadie y harán lo que sea por verla sufrir, saben elegir bien su objetivo – Apoyaba sus brazos sobre la mesa tranquilamente – así que quizá vengan a por usted y la pequeña. Por eso estamos aquí, el joven mesero y yo hemos acudido lo antes posible, antes de que las cosas se pudieran poner peor e intentar sacarlas de aquí. Pocas posibilidades le veo de que puedan seguir residiendo en el pueblo de igual manera que antes.

Bellemere miraba a Law muy asustada, aun con el pañuelo recubriendo su nariz y labios, miraba a la hija menor entre lágrimas. Lo peor no era eso, lo peor era no saber qué pasaría con Nami. La pregunta se hizo evidente a los ojos del antiguo Sheriff. Sanji colocaba delicadamente varias tazas con agua caliente sobre el grueso mantel y se sentaba a un lado de la pequeña, que los observaba en silencio.

Entiendo que su preocupación por su hija Nami sea lo más importante en este momento, pero ahora sea quizá su vida la que corra más peligro que ninguna otra – Sanji miraba a la pequeña y Law echaba la mirada al suelo. Bellemere sollozaba desconsolada.

Para eso queríamos venir a avisarla, para que puedan irse lo antes posible de aquí – Sanji miraba a la mujer muy decidido, como si fuera un alto rango militar que sabe bien qué estrategia hay que seguir.

Pero-

Nosotros nos haremos cargo de Nami – interrumpió Law, ajustándose las solapas de la gabardina, dejando ver levemente su revólver.

La pequeña de la casa tomó un sorbo del ardiente té que había preparado el mesero, mientras el silencio inundaba la pequeña habitación. Bellemere había dejado de sollozar hacia minutos y Law guardaba silencio meditativo. Cuando Sanji se disponía a levantarse para retirar las cosas de la mesa, un disparo proveniente de la calle retumbó en sus oídos y les hizo mirar hacia la ventana casi de inmediato.

La pequeña dio un sobresalto en la silla y Sanji le abrazó, cubriéndola para que no observara el espectáculo de la calle y volteó medio cuerpo en dirección a la misma. Law se levantó bruscamente de la silla y retiró la cortina. Una golpeada joven se tambaleaba por la calla en dirección a su casa con un arma de alto calibre en la mano, disparando al aire, intentando asustar a todo el que pasaba por allí. La mujer se abría paso entre los asustados ciudadanos que corrían a esconderse detrás de sus puertas. Tiroteando al aire y escupiendo por las esquinas al grito de guerra. A simple vista parecía algo ebria. Sanji abrió los ojos de asombro al enfocar el rostro de la susodicha culpable. Bellemere se echó las manos a la cara, tapando sus lagrimas y Law solo guardaba silencio, igual de sorprendido que los demás.

Todo el ruido que provenía de la calle tapaban los acelerados pasos del viejo Sheriff que corría a detenerla, antes de que fuera tarde. A Sanji no le dio tiempo a reaccionar cuando vio a su amigo salir disparado hacia afuera. Se levantó bruscamente para seguirle.

Quedaos aquí, puede ser peligroso – musitó con miedo el joven mesero apresurándose para llegar al porche.

¡Vamos cabrones, salid de donde os escondáis! – Unos cuantos tiros más se escucharon en el aire, seguido de varios gritos lejanos.

¡Nami! – intervino el viejo Sheriff. Quería acercarse a arrebatarle el arma, pero en el fondo le invadía una sensación de miedo y a la vez cautela. No quería apresurarse a dar un paso en falso – Por favor, tira el arma al suelo ¿¡En que estas pensando?!

Hoy no será el día, Sheriff – el tono de voz de la muchacha hacía pensar que no estaba muy "presente" en aquel momento – tengo una deuda que saldar con la gente de Wild Punch. Todos esperan mi regalo.

En ese momento, el joven de cabellos rubios la observaba desde la puerta del porche. Estaba un poco asomado, observando la eterna discusión entre Law y ella. Las cosas no parecían ir muy bien. Sanji la miró detenidamente y un escalofrío de sudor frío recorrió su espina dorsal, aquella no parecía ser la joven que él conocía, esta vez parecía una asesina sin control. Llevaba el vestido medio rasgado, unas cadenas se arrastraban a sus espaldas, se le veía el corsé interior negro por completo y lo que era peor, llevaba toda la mano y parte del brazo derecho manchado de sangre, cosa que daba una imagen bastante grotesca y amenazante.

¡Nami, hija! – Bellemere había salido corriendo hacia afuera, en un nulo intento de hacerla entrar en razón. Sanji la detuvo agarrándola de los brazos y echándola a su espalda, para que estuviera a salvo. La mujer mayor no paraba de sollozar, viendo el horroroso espectáculo que se mostraba ante sus ojos. Su pequeña se había convertido en una asesina rebelde al margen de la ley.

¡No hagas locuras, no merece la pena! – Law intentaba hacer que la muchacha entrara en razón, aun sabiendo que podría salir mal parado. La pequeña Nami era parte de su historia, parte de su vida el día que su padre se marchó para no volver, Law había sido como un hermano mayor. Pero todo eso había caído en el vacío del olvido. Ambos se miraron a los ojos. Él contuvo la tristeza, que se quedó en su garganta en forma de nudo, enmudecido. Ella solo le miró unos instantes, como buscando dentro de esos profundos ojos grises una razón para parar en seco todo aquel jaleo. El sonido del viento murmuraba entre las casas, paseaba su aroma por cada rincón de aquel paisaje. Todo fue silencio durante unos instantes eternos.

Torao – a la joven le salía un hilo de voz que apenas se oía. Ella también estaba conteniendo sentimientos, sentimientos muy fuertes – ahora ya es tarde. Quiero seguir con esto, sea cual sea mi destino. Nadie se merece vivir este tormento.

Law apretó sus dientes con intensidad y una pequeña lágrima recorrió su mejilla derecha. Bajó la mirada, su gorrete blanco como una esponja cubrió su rostro. Una mirada que sonaba blanca, no quería hablar nada más. Todo era un infierno. Sanji y Bellemere se quedaron en silencio, también enmudecidos por las terribles palabras de Nami.

Hija no salgas – Una mano pequeña tiró de la falda de Bellemere. También parecía desolada, los ojos de la niña estaban vacios e inertes. El joven mesero abrió los ojos con intensidad al observar la hueca mirada de la pequeña hacia su hermana más mayor.

¡Tú! – antes de que la joven pelirroja pudiera entablar palabra alguna, una grave y enfurecida voz sonó de repente desde la lejanía del paseo principal que hizo que los asistentes se voltearan atemorizados. Nami, Law, Bellemere y Sanji dirigieron sus miradas al susodicho culpable de aquel sorprendente berrido. Roronoa caminaba en dirección a ellos, acompañado de 4 escoltas con muy mala pinta. El, con su sombrero tejano impregnado de la sangre de la joven, se abría paso, con su habitual forma de caminar que esta vez parecía más pesada de lo habitual, iba cargada de ira. Nami se giró y clavó sus melosos ojos en aquel personaje. Bellemere tapó a su hija con su propio cuerpo en un acto reflejo al ver aparecer a aquel hombre. Roronoa llevaba su brazo izquierdo vendado, aun con evidentes manchas de sangre que cubrían media tela, por encima se disimulaba con su enorme gabardina de cuero negro ennegrecida de polvo – valiente arpía engatusadora, has tenido la valentía de engañarme ¡A MI! ¡A ZORO RORONOA! Al dueño de este asqueroso pueblo condenado a la maldita extinción – iba aflojando su tono de voz a medida que se acercaba. Sus ojos encendidos en fuego no consiguieron atemorizar a la joven - ¿Sabes que va a pasar ahora con toda esta gente, mi dulce Nami? ¿Lo sabes? – sus ojos se volvieron afilados como cuchillas, su mirada observaba su alrededor – Toda esta gente va a morir ahora, por tu inútil valentía. Tu, y tu gente, y tu pueblo.

¡Por encima de mi cadáver! – Nami alzó su mano dispuesta a acribillar a tiros al hombre que se posaba en frente de ella.

El tiempo pareció pararse. Todo parecía haberse vuelto en blanco y negro. Parado, sin movimiento. Los testigos de la escena se quedaron petrificados ante el acto que se mostraba en unos pocos segundos, que parecían interminables e imposibles.

El cuerpo de la joven pelirroja se giró bruscamente hacia un lado, haciendo que la misma soltara lentamente el revólver que hasta hacia 1 segundo sostenía en sus manos. Aun sostenido en el aire, otro disparo hueco salió en dirección a Nami para asestarle el último golpe mortal por la espalda a la altura del pecho, haciendo que la delicada joven cayera bruscamente sobre el suelo, en un charco de sangre. Un ensordecedor grito de desesperación salió de la boca de Bellmere al observar el cuerpo inerte de su hija a pocos metros de ella, mientras la sangre se esparcía con la lentitud de una víbora. El viejo Sheriff se giró con la mirada bloqueada, para confirmar lo que había pasado en pocos segundos, sin querer asumirlo. A Sanji le temblaban las manos, que corrían a socorrer el cuerpo de su compañera.

Hubo una exclamación de horror, pero lo que vino a continuación fue un silencio muchísimo peor que cualquier grito de dolor conocido antes. Nadie se atrevía a hablar, a musitar o murmurar cualquier pequeño sonido, con miedo a sufrir el mismo destino.

Roronoa bajó su revólver dejando colgar su brazo, mirando de nuevo el cuerpo de su enemiga, ya abatida. Su última mirada fue desafiante, mirando a los demás asistentes, retando de igual manera que había hecho con ella. Pero ahora todas las miradas se centraban en el cadáver que se hallaba sobre el porche de aquella pequeña casa. Sonrió de medio lado, victorioso.

No pasaron ni 2 minutos cuando los lacayos del Sheriff vieron reaccionar al viejo Sheriff, levantarse y liarse a tiros sobre ellos, intentando alcanzar al desgraciado que le había arrebatado la vida a aquella joven, que lo único que quería era hacer de Silver City un lugar más justo para todos, en vano. Aquel sentimiento podía con él. La ira que antes intentaba reprimir ahora salía por cada uno de sus poros, con claras intenciones y único objetivo de matar a aquel ladrón que se había hecho con sus vidas.

Pero a veces, no siempre las cosas salen bien. El destino no quiso que ni una sola bala de las que habían salido de la recortada del experimentado Law quisiera alcanzar ni un solo palmo a Roronoa, que ahora se cubría por los cuerpos de sus lacayos. La orden había sido clara, concisa y rápida. En el momento en el que Law apretó el gatillo, una lluvia de balas, disparos y gritos inundó el paseo central de Silver City, ensordeciendo el ambiente y haciendo que el resto de personas salieran despavoridas de forma definitiva de allí. Todo ocurrió demasiado deprisa. Todo fue demasiado violento para querer recordarlo de nuevo. Law había sido alcanzado, al igual que el joven de cabellos rubios, que había corrido a cubrir a su compañero. Bellemere había metido en casa a la joven hermana, que no reaccionaba ante la situación. Pero la fortuna tampoco la acompañó ese día. Desde ese momento, la pequeña niña quedó huérfana.

Roronoa bajó su sombrero, ajustándolo para que no se volara y dio media vuelta.

Hasta nunca – los lacayos le miraron – vámonos.

La hermana pequeña de Nami, desolada, no tuvo más remedio que emigrar a otro estado en busca de fortuna después del trágico accidente acontecido meses atrás.

Pasaron los años, y la banda de Wild Punch siguió gobernando el lugar hasta la muerte de Roronoa, que obligó al resto de miembros de la banda abandonar Silver City, dejando atrás un rastro de miseria que tardaría en recuperarse mucho, quizá, el resto de su existencia.