EPÍLOGO.
Dos meses después.
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Las heridas sanan, las cicatrices desaparecen, los recuerdos, no es que se olviden sino que se almacenan en un lugar especial, con un distintivo rojo bajo la instrucción. "No volverá a pasar"
Penélope García fue dada de alta después de este tiempo, durante todas esas noches su más fiel y querida amiga Emily Prenttis estuvo a su lado. La antigua agente del FBI solicitó un permiso especial para velar su sueño ya que sabía de sobra que el trabajo de los perfiladores no les permitiría apostarse a los pies de su cama sin importar lo mucho que lo desearan.
Había otras vidas que salvar, otros locos a los cuales enfrentar. La nueva analista, Pita Cruz se desempeñó envidiablemente en el ejercicio de su deber, esto habría instalado una punzada de celos en el corazón de García de no ser porque la aludida se encontraba felizmente casada y próximamente con permiso de maternidad. Los horrores del mundo no la afectaban de igual manera que al resto de ellos, por el contrario, los enfrentaba con la convicción de estar creando un mejor futuro para sus hijos.
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Suspiró para sus adentros, agradecida por los sencillos placeres de la vida que consistían en aspirar el olor a lavanda de una prenda casera, deslizar el algodón sobre sus formas, llenarse de colores vivos. Le pidió a Prenttis fuera a su departamento y le trajera el conjunto de ropa más variopinto que pudiera encontrar. "Nada que combine, sólo quiero colores, plumas, tocados, perlas, anillos, tráelo todo, yo encontraré donde ponerlo" y lo había hecho.
Acomodó sus cabellos en un par de coletas altas, los decoró con perlas y plumas, sus gafas eran de montura plástica, color morado por la parte externa, verde por la interna, sobre el cuerpo llevaba un bonito vestido color púrpura decorado con una enorme rosa en el pecho y aderezado por medias de red y tacones verdes de doce centímetros, con toda seguridad se rompería los tobillos con ellos, pero extrañaba volver a ser ella, en su propia locura y piel.
Decoró sus labios con una gruesa capa de colorete, la sombra en los ojos era un difuminado entre rosa, violeta y verde, el delineado con una elegancia de Geisha, cuidó sus pestañas y hasta colocó un lunar falso a la derecha de sus labios, estaba preciosa.
Así es como quería que la vieran, cuando finalmente la vieran.
Prenttis tocó con suavidad a la puerta, ella la hizo pasar y cuando ambas se vieron se abrazaron con cariño.
—Es grandioso tenerte de vuelta, Penn.
—Lo mismo digo, ¿Dónde están todos? —el rostro de Prenttis dibujó una ligera mueca, se mordió el labio inferior como buscando las palabras correctas, García estalló en un estruendoso alarido.
—¡No! ¡Me juraste que estarían aquí!
—¡Y querían hacerlo, pero… yo no controlo los cuerpos que aparecieron anoche en la carretera como si fueran regalos de navidad.
—¡Oh, no! Yo les daré regalos de navidad a todos, como no vengan a…—Prenttis la abrazó de nuevo, con un gesto que quería decir, lo sé, lo sabes y lo saben. Acto seguido la analista terminó de ponerse una sutil capa de perfume, recoger sus cosas y salir de ahí.
—¿Tu permiso también termina hoy, cierto? —preguntó García ahora que aspiraba el aire de Virginia: humo de los escapes, contaminación visual y auditiva. —¡Dios!— cómo lo había extrañado.
—Sí, debo tomar un vuelo al filo de las doce de la noche, ¿Estarás bien si mi?
—Lo intentaré, ¿podemos ir a un par de sitios antes de despedirme?
—Por supuesto.
Visitaron la tienda de discos como primera parada, Emily no entendía lo que hacía, pero García se concentró en un álbum clásico de Nat King Cole, "Unforgettable" escuchó la pieza en silencio con parsimonia y encanto, luego de menear su cuerpo a compás de la melodía y de atraer las miradas de algunos curiosos, compraron el disco y dirigieron sus pasos a los lugares donde enterraron los cuerpos de "Andrew Lewis" y "Kevin Lynch" quería despedirse de ellos, si bien lo había hecho con anterioridad, necesitaba hacerlo de manera personal e íntima, dejar algo suyo ahí.
Con Andrew el sentimiento no era otro más que de profundo arrepentimiento. Si ella nunca se hubiera cruzado su camino, aún seguiría interpretando maravillosas obras en el escenario, alumbrando el rostro de las personas con su sonrisa, estremeciendo corazones con su encanto, pero en lugar de eso…aquí es donde estaba.
—Espero de corazón, que algún día me perdones. —Prenttis puso una mano sobre la de su amiga, al tiempo que ambas se inclinaban y dejaban un ramo de rosas blancas frente a la lápida.
—Sabes que nada de esto fue culpa tuya.
—Pero si lo fue. —contestó amargamente. —Si no hubiera sentido nostalgia, algo de celos y envidia por la unión de Lynch, nada de esto habría sucedido. Si lo hubiera dejado ir cuando debí hacerlo, pero fue egoísta, como cuando robé el auto de mi tío para fugarme por el condado porque ellos no eran mi padres. —¡No lo eran!— ¿Por qué tenía que vivir con ellos, amarlos, respetarlos? ¿Por qué? Si ya nadie más estaría a mi lado.
Una lágrima traicionera recorrió su rostro, Prenttis le dio un poco de espacio y aprovecho la oportunidad para intercambiar mensajes con Morgan, tenía una sorpresa para ella, una que llegaría tan pronto se terminara el día.
—¿Estás segura de querer hacerlo? —preguntó Emily, mientras subían a la camioneta que el servicio secreto había dispuesto para ella en Quantico, la analista dijo que sí, se ajustó el cinturón y así ambas llegaron al lugar de reposo de Kevin Lynch.
Sobre la lápida se leía la leyenda: "Amado hijo, entregado a su profesión y pareja" García suspiró para sus adentros, cerró los ojos y dejó que más lágrimas arruinaran el maquillaje que con esmero se había colocado en el hospital.
De todos los desenlaces posibles, el más cruel era este pues su dolor no le permitió percibirlo, jamás imaginó un escenario donde él ya no estuviera y posiblemente esa era la cruz que a partir de ahora tendría que cargar. Le dedicó algunas oraciones que recordaba de su madre al viento, se disculpó tanto por lo que fue, como por lo que no pudo ser y sin más susurró.
—Inolvidable…Kevin Lynch, eso es lo que eres. —dejó el ramo sobre el pasto verde, al tiempo que acariciaba su nombre, los grabados en el féretro y soltaba una última oración.
No podía imaginar cómo se sentirían su familia o su prometida. Esa pobre chica había tenido todo para ser feliz, al igual que ella, sólo que como una idiota, no quiso aceptarlo.
No quería ser feliz, esa era la oscura verdad, lo que ocultaba a todos detrás de esa alegre fachada. No lo quería porque no lo merecía. ¿Cómo a sabiendas de que había sido ella la que propició el asesinato de sus padres? Después de todo, ella era el blanco, el objetivo fijado. Lo que empezó como un juego y se convirtió en una cacería de brujas de la que para cuando se dio cuenta, era demasiado tarde para escapar. Quiso enmendar lo ocurrido haciendo lo correcto, luchando contra las mismas organizaciones que aborrecieron ellos y finalmente, después de todos estos años, por fin podía decir que lo estaba logrando.
A manera de ofrenda y disculpa, todo lo hasta ahora profeso, no era por su felicidad o satisfacción personal, sino por ellos, para honrar su memoria.
—¿Estás bien? —preguntó Emily. Ella asintió al tiempo que limpiaba su rostro y se tomaba unos segundos para pensar en las palabras que le dijo Morgan poco antes de ser llevada al hospital. Pensó que volverían a hablar de eso tan pronto tuvieran oportunidad, pero ese momento aún no había llegado.
Ellos se fueron a resolver un caso a la mañana siguiente y ella, en su estado anímico, no quería que nadie la viera. Había recibido flores, decenas de flores en multitud de colores, la mayoría de ellas de parte de Jennifer y Aarón, Reid le mandó libros, Blake canastas de frutas, Rossi cintas de audio y cortometrajes que ella y Emily disfrutaban en las horas de visita. De Morgan, hasta donde sabia, no había recibido nada, aunque lo cierto era que aun, no revisaba el teléfono móvil o su cuenta de correo electrónico. Cerró los ojos, aspirando los humores de la tarde entrante, le apetecía un café cargado de azúcar, pero además de eso, quería dejarlo ir.
El fantasma y recuerdo de todo lo que le hizo Shane, no porque lastimara o porque ya no importara, sino porque necesitaba desprenderse de esas cadenas para poder seguir adelante.
—¿Crees que podamos ir a un lugar más antes de que te embriague en uno de los mejores Cafés que ofrece la ciudad?
—Por supuesto Penn, ¿A dónde esta vez?
—¿Conoces a mi amigo Frank Freeman?
—No creo que lo hayas mencionado antes.
—Eso querida, es porque una maga jamás desvela sus secretos, es mi estilista personal, acabo de decidir que ya no quiero ser rubia, ni tener el cabello largo o usar este tipo de gafas. Penélope García necesita un cambio y tú, mí querida espía secreta, agente internacional de la Interpol, me vas a ayudar a lograrlo.
—De acuerdo. —Emily se contagió se las renovadas fuerzas de García, lo cierto era que si bien había pasado dos meses a su lado, pocas veces habían charlado entre ellas, siempre giraban en torno a los casos, la cotidianidad, el sabor del helado, el aroma del café, la novela gráfica o la película en blanco y negro que las obligaron a ver en la educación media y que jamás entendieron.
Ambas coincidían en algunos gustos y en los que no, escuchaban con paciencia lo que tuviera que decir la otra, subieron a la camioneta, García entretenida con el cinturón de seguridad, Emily enviando más mensajes de texto.
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Al otro lado de la ciudad un apuesto moreno sonreía con jovialidad y elegancia, estaban cerrando el caso, ya habían apresado al ignoto gracias a la puntería de Cruz para revisar antecedentes penales en todos los estados americanos, la agudeza mental de Reid, los instintos de Rossi y la siempre implacable dirección de Hotchner. Regresaban a casa, a la puesta en escena que Cruz, Jareau y Blake estaban montando en un café de estilo europeo que llevaba por nombre "Fantasía Desvanecida" rentaron el lugar haciendo uso de la tarjeta dorada de Rossi, la decoración corrió a cargo de Jareau y Blake, cosas elegantes y románticas, como manteles en tonos bermellón, cortinas de terciopelo rojo y gamuza blanca, luces por todos lados, de esas que parecen cascada y lámparas chinas que tanto gustaban a Reid pues las consideraba idóneas para crear un cierto ambiente zen.
Las mesas eran redondas, con manteles blancos, cubertería de plata, centros de mesa con ramos de "no me olvides" esas simpáticas florecitas moradas de hojas verdes y algunas velas, una larga al centro, dos cortas a los extremos. Sí, el ambiente era perfecto, la puesta escena digna de una reina y es que lo que querían ellos era darle una gran entrada a su reina negra.
—Si no quitas esa sonrisa de estúpido en este preciso segundo, me sentiré muy mal de tener que borrártela a golpes. —insinuó Rossi, pero lo cierto era que lo decía con cierta complicidad e ironía.
Con el pasar de los días, si bien para todos estaba más que entendido, que él sentía algo más que admiración por García, respetaba sus sentimientos. Los de ambos. Y es que Morgan, puede que no haya dicho nada en alto, pero había terminado su relación con Savannah, tan abruptamente como la había iniciado y lo mejor fue, que ni siquiera tuvo que decir una sola palabra.
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Cuando regresó a casa, la misma noche en que internaron a García, su compañera de vida ya no estaba. Dejó una nota sobre la mesita de noche que decía. "Ultima vez" Aquello lo habían decidido ambos. Si alguno ya no quería continuar con la relación, le concedería tres oportunidades de redimirse al otro y él las había desperdiciado todas, cada vez.
La primera cuando no llegó a cenar con sus padres, la segunda cuando no llegó a la fiesta familiar de su ahijado, la tercera esa misma noche, cuando salió de la cama en pos de su mejor amiga sin decir nada a su enamorada.
—¿Qué pasa, amor? —había preguntado ella y él reparo en la sensualidad de su cuerpo, lo hermosa que era con esos cabellos largos como la seda, los pechos rebosantes debajo del salto de cama y la preocupación y sinceridad en su gesto. Se supo afortunado y a la vez atormentado. Ya lo habían discutido también antes, que sus trabajos serían lo primero pero lo cierto era que aquello era un vil pretexto.
Quería encontrarla a ella, estar con ella, escuchando su voz y coquetería, saber que el factor distancia era un mero pretexto pues estaban más juntos que cualquier pareja, se llamaban, escribían y buscaban a toda hora, no por nada había sido él. El último en hablar con ella.
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—Lo siento Rossi, vas a tener que acostumbrarte a esta estúpida sonrisa en mi rostro porque no planeo que desaparezca pronto.
—¿Significa lo que creo que significa, Hotch? —preguntó Reid a su superior, el moreno asintió con un gesto que si bien no eliminaba la seriedad de su rostro, si venía acompañado por una sincera sonrisa.
—¿Entonces habrá una petición esta noche? —insistió Reid, más para provocar al moreno que por no saber lo que pasaba.
—No solo eso chico bonito. —respondió Morgan y Reid sonrió ampliamente.
—Oh, debería conseguir una cámara. —insistió Spence pero Hotch anotó que Will, llegaría con una.
—¿También traerá a Henry?
—Quiere ver a su madrina, no somos los únicos que casi la pierden, ¿recuerdan? —los hombres en la oficina asintieron y de esta manera se separaron para poder alistarse cada uno para la cena.
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Las horas se fueron sumando, para cuando García consideró que estaba lista, la luna ya brillaba en lo alto, ambas caminaban hombro con hombro, los brazos enlazados como haría una pareja, pero lo que las unía, era el hecho de haberse convertido en el objeto de adoración de un lunático.
Prenttis no solía hablar de su pasado, los años que compartió a su lado, porque cierto es que ella, en verdad lo había amado y él lo hizo a su vez. Eso de amar y ser amado con reciprocidad dolía y el hecho de verse rota, tener que surgir de cenizas, lo hacía a su vez.
Los extrañaba a ellos, a su equipo y familia, pero no podía vivir a su lado, no con el peso de saber que todo lo que les compartió fue una mentira, que arriesgaron sus vidas por ella al creerla su amiga, cuando lo cierto era que si estaba ahí, era por un maldito intento de protegerse a sí misma. Derek la había perdonado, Hotch, Jennifer, García, pero el que aún la seguía viendo con una increíble tristeza en los ojos era Reid, lo sucedido a Maeve le dolía a ella, apuñalaba como una cruel daga pues entendía que un corazón tan noble como el de Spence, tardaría mucho, tanto para sanar, como para volver a entregarse con sinceridad.
—¿Lista para un ultimo trago? —preguntó García y ella asintió a la vez que la dirigía al lugar que según Morgan, era el favorito de la analista y no solo por el café, sino por la historia que encerraba en sí.
"Fantasía Desvanecida" fue un teatro por ahí de los años cuarenta, la estructura original del edificio estaba diseñada para esto, cerca de los sesenta se convirtió en cine y por los noventa se convirtió en una especie de casino y café, los juegos se concentraban en la parte del escenario y tras bambalinas, el café sobre el lugar que ocuparon los asientos, todo estaba bien hasta que a principios del 2001 un incendio consumió el casino y esa parte quedó reducida a cenizas, el estado de Virginia consideraba el edificio como una especie de legado histórico, por lo que se reconstruyó la parte faltante, respetando la arquitectura original y adecuándolo para que quedaba como lo que actualmente es, un elegante, nostálgico y romántico café.
Las luces estaban encendidas por la parte externa, los agentes las vieron aproximarse por la calle y cada uno se acomodó en su puesto. La idea original era recibirlas con un estruendo de globos, confetis y gritos y eso fue lo que sucedió tan pronto Emily, le abrió la puerta a García.
—¡Sorpresa! —gritaron todos a una sola voz. Y la sorpresa llegó por partida doble puesto que la analista, había recortado sus cabellos a la altura de la barbilla y teñido en un tono castaño rojizo, se abrazaron entre todos a diferentes turnos, Penélope no cabía en sí misma de asombro, pero como apuntara antes lo mejor, apenas si estaba por comenzar.
—¿Dónde está Derek? —preguntó a Jennifer, mientras la abrazaba de nuevo, la rubia sonrió con travesura y susurró a su oído. —No comas ansias, ya sabes lo que dicen, lo mejor del postre, es que viene al final.
—Siempre he sido una niña sumamente malcriada y glotona, Jennifer Jareau, no pongas a prueba mi resistencia.
—Si no te disculpa, quisiera bailar una pieza con la dama, antes de entregarla. —interrumpió Rossi, a la vez que ofrecía la mano derecha a García. Esta la aceptó, ligeramente turbada y con el rostro enrojecido por la sorpresa.
Al fondo del salón, en lo que antiguamente fuera el escenario del teatro había una diminuta orquesta: piano, chelo, violín y un micrófono que de momento se encontraba solo.
Los invitados tomaron asiento, Reid se acomodó en una mesa junto con Jennifer, Will y Henry, en otra estaban Blake, Cruz y Hotch con sus respectivas parejas, la novia de Hotch lucía radiante con un vestido blanco que no tardaría en lucir sobre la pista de baile, los meseros colocaban bebidas sobre las mesas, Emily se encontraba en una disfrutando de la pareja en la pista, Rossi era todo un caballero en la pista, eso ninguna de sus esposas se lo había discutido, tenía una elegancia única y se había limitado a mirar a García a los ojos, ésta tenía una revolución en el estómago, era consciente de los afectos de Dave, la mayoría de las veces se divertía con ello pues estaba segura de que nunca cruzaría los límites de la cordialidad y camaradería pero justo ahora, la veía como si quisiera expresar algo más. ¿Lo diría? ¿Por fin lo haría?
—Tranquilízate, soy demasiado viejo para una niña como tú, mírame como un padre, que tiene adoración por su única hija y que desea asegurarse de entregarla de una sola pieza a su mejor postor.
—¿Entregar? ¿Postor? ¿De qué estás… —la pieza que bailaban comenzó a fusionarse con otra, notas de piano recién comenzando y una canción que si bien conocía, jamás esperó escuchar de los labios que la entonaban.
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Inolvidable, eso es lo que eres,
Inolvidable, estés lejos o cerca.
Como una canción de amor que se aferra a mi,
¿Cómo pensar en ti me hace cosas que
Nunca nadie había logrado antes?
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—Creo que esa es tu respuesta, Penélope. —Rossi le dio una pequeña vuelta y después la dejo en el centro de la pista para volver a su asiento junto con Emily que no perdía detalles del apuesto Derek, enfundado en su mejor traje y haciendo uso de su mejor voz.
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Inolvidable en cada forma,
Y para siempre, así te quedarás.
Es por eso, querida, que es increíble,
Que alguien tan inolvidable
Piense que yo soy inolvidable también.
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Sus ojos comenzaron a llorar a la vez que se llevaba ambas manos a la altura del pecho, Derek le sonrió ampliamente, el siguiente en tomar su mano para bailar fue Reid, el piano sonaba como en el escenario, como en la puesta en escena. Pero en esta ocasión, era sólo ella. La mujer que quería ser y ellos eran su familia, la que siempre quiso tener. Bailaron al compás de la melodía al tiempo que se unían otras parejas a los costados.
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Inolvidable en cada forma,
Y para siempre, así te quedarás.
Es por eso, querida, que es increíble,
Que alguien tan inolvidable
Piense que yo soy inolvidable también.
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Al término de la pieza, Derek bajó con un movimiento que podría considerarse como sólo suyo, la sonrisa de Reid y del resto era inevitable, esperaban una petición de novela, pero nada de eso sucedió. Sólo dos personas que se miran a los ojos, después de una extensa jornada y que no necesitan decir nada puesto que todo lo expuesto se ha demostrado ya. Derek tomó su rostro entre las manos, ella agradeció los doce centímetros de sus tacones y Reid que fuera Henry el que hacía las fotografías, el beso fue inevitable, seguido de gritos y aplausos. Los meseros terminaron de disponer la cena, aún tenían que despedir que a otra amiga. Una que esperaban volvieran a ver en circunstancias más agradables.
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N/A: Sé que lo prometí hace meses, pero dicen que más vale tarde que nunca así que esto es para ustedes: Koisumi-Yuuma y mi querido Guest, espero haya sido de su agrado. Besos a todos, se me cuidan.
—Violette Moore—
