La mayor parte de estos personajes han sido creados para nuestro disfrute por Charlaine Harris, alguno, menor, ha sido sacado del fanfic del sr. Ball, y hay por ahí uno que es sólo mío.
4.
Llevaba dos días en mi nueva casa y, pese a tener que relacionarme con mis vecinas, ya la sentía mi hogar. Claro que para eso sólo necesitaba una librería, un par de plantas y la cara de mi mujer por todos los rincones. La noche anterior había sido especialmente agradable, hacía tiempo que no tenía una así. Estuve leyendo en la entrada de la casa hasta bien entrada la madrugada, escuchando música y teniendo una conversación mental con Ana. Bueno, no quisiera parecer loco, evidentemente, era un monólogo, todas las noches le contaba cómo había ido mi día y mis progresos para salir del hoyo en el que me había sumido su muerte, cuando terminaba con eso, volvía a repetirle lo que la echaba de menos, que ya sabía que me tenía que acostumbrar y seguir adelante, pero le contaba que mi amor por ella no iba a disminuir porque ya no estuviese conmigo. Mi monólogo seguía durante bastantes minutos, divagando sobre lo profano y lo divino, y últimamente, terminaba con una declaración de amor en forma de masturbación.
Me senté en la cocina con mi café recién hecho y mi trozo de tarta. Estaba delicioso, esa señora, la abuela de la camarera de Merlotte's, tenía unas manos prodigiosas. Se me ocurrió que debería agradecérselo y, una vez hube desayunado y arreglado, fui a dar una vuelta por el pueblo para buscar algo para ella. No hizo falta buscar mucho, casi al principio de mi expedición me encontré con una floristería. Compré un par de plantas para mi casa y un hermoso ramo para mi vecina. Atravesé el cementerio, después de dejar mis compras en casa, y llegué hasta la granja, un poco desvencijada, de las Stackhouse. Llamé a la puerta y una mujer mayor con una sonrisa encantadora me saludó detrás de la mosquitera.
_ Buenos días, joven. ¿Qué desea?
_ Buenos días, señora Stackhouse, soy su vecino – su sonrisa se amplió y avanzó lentamente hacia la puerta-. Me llamo Eric Northman, quería agradecerle su amabilidad. No tenía que haberse molestado... - murmuré.
_ Pase, pase – abrió la puerta y tiró de mi mano con suavidad.
Me pareció una mujer agradable, su nieta se parecía mucho a ella, eran amables y seguro que, como ella, la señora Stackhouse había sido muy bella cuando joven. Le tendí el ramo una vez dentro y lo miró encantada. Se notaba que no estaba acostumbrada a que le regalasen flores y me apeteció hacerlo con frecuencia sólo para poder ver esa sonrisa otra vez.
Me hizo pasar a una salita anticuada, con muebles bastante ajados por el uso, pero impoluta.
_ ¿Quiere un café señor Northman? ¿Un té, quizá? - se veía ansiosa por agasajarme.
_ No se moleste, señora Stackhouse, y llámame Eric.
_ No es molestia, hijo. Estoy casi todo el día sola en esta casa, necesito tener alguien de quien cuidar y a quien mimar– se rió.
_ Bueno, entonces tomaré un café – se levantó con dificultad del sofá-. Permítame – le ofrecí mi brazo y la acompañé a la cocina.
_ Gracias, Eric, los chicos de ahora ya no son tan amables con las ancianas.
_ Usted no es una anciana, señora Stackhouse, es una mujer bella y encantadora – casi se ruborizó.
Sonreí siendo otra vez el seductor que una vez fui. Era fácil hablar con esta mujer, me gustaba, y desde que había llegado a Luisiana, probablemente era la persona con la que más frases había intercambiado del tirón.
_ Pero qué adulador estás hecho, hijo, seguro que tienes novias a punta pala...
Noté como me cambió la expresión, fue algo brusco y físico, y ella también. Sus ojos se clavaron en los míos y una expresión apenada los cruzó.
_ Oh... - murmuró-, lo siento, no quise ser grosera y metomentodo. Eres joven y guapo, no pensé...
_ No pasa nada... - miré la taza que me acababa de poner.
Se sentó a mi lado mientras yo me recuperaba un poco. Aún me costaba hablar de ella con extraños. Daba vueltas a mi taza, concentrado en su movimiento mientras intentaba encontrar las palabras. De repente, noté su mano cogiendo la mía, reconfortándome, y la miré. Parecía que había comprendido lo que pasaba por mi cabeza y se limitó a sonreír, diciéndome con su sonrisa dulce que todo pasaría.
_ Lo mismo estás ocupado y te estoy entreteniendo, pero si no es así, ¿querrías comer conmigo? No tengo la suerte de disfrutar de la compañía de hombres guapos como tú – soltó una risita.
_ Será un placer – esbocé una pequeña sonrisa.
_ Pues entonces, mejor me llamas Adele.
Adele no sólo hacía unas tartas deliciosas, la comida con la que me obsequió sabía a gloria. En Merlotte's se comía muy bien, pero nada que ver con las manos que tenía ella en la cocina. Me contó muchas cosas, me habló de su juventud, de su vida en la granja, de sus nietos. Su vida había estado llena de obstáculos, me sentí débil y estúpido por haberme encerrado en mí mismo como lo hice después de la muerte de Ana cuando esta mujer había perdido a dos hijos y un marido y seguía sonriendo. Nada más que con esa información, ya me tenía ganado, pero cuando me contó que su único vicio era leer, lo único que ya podía hacer con su edad, le entregué mi corazón. Pasamos el resto de la comida comentando libros y hablando de autores que nos gustaban, coincidíamos más de lo que cabría esperar en personas de tan distinta procedencia y edad. Le ofrecí pasarse por mi casa y mirar si tenía algún libro que le interesara. Los ojos se le iluminaron y yo me sentí bien por primera vez en mucho tiempo por poder aportar un poco de felicidad en la vida de esa estupenda mujer. Cuando terminamos de comer, me levanté para recoger. Ella no quiso dejarme pero la obligué, era lo menos que podía hacer por ella, recoger y fregar. Estaba haciéndolo cuando se me ocurrió que quizá debía darle una explicación y antes de que mi cabeza procesara la idea y la desechara por lo que suponía de apertura ante alguien desconocido, mis labios comenzaron a moverse y mi garganta a articular palabras, aprovechando que estaba de espaldas a ella y que no podía verle la cara.
_ Mi mujer murió hace casi un año – Adele no dijo nada, dándome la oportunidad de seguir-. Ha sido muy duro, aún lo es. Aún me cuesta levantarme por las mañanas y relacionarme con la gente, aún me cuesta hacerme a la idea de que cuando llegue a casa ella no me va a recibir con un beso. Que nunca más lo hará... Y no fue sólo el hecho de perderla, era mi mujer, mi amante, mi mejor amiga, mi inspiración, fue todo lo que vino con su muerte... - tragué saliva recordando aquellos días tan penosos. Hice una pausa-. Es la primera persona a la que cuento esto.
Suspiré mientras frotaba la sartén con más fuerza de la que requería, hasta que sus manos se posaron sobre las mías parándome.
_ Ven, deja eso, ya lo haré yo luego – musitó con dulzura.
Me sentó a la mesa, como si fuera un niño, y me abrazó. Apoyé la cabeza en su hombro y lloré como no lo hacía desde que me había instalado en Luisiana.
_ Lo siento... - balbucí.
_ Deja de disculparte, no tiene nada de malo añorar a alguien a quien amas – secó mis lágrimas con su delantal y me besó en la frente. Me arrancó una sonrisa, era surrealista que me hubiese salido una abuela con mi edad-. Te diría que todo pasará, pero no es lo que quieres oír. Por desgracia, sé que será así, que una mañana te podrás levantar y, aunque tu primer recuerdo sea para ella, ya no dolerá – me acarició el pelo y peinó mi flequillo-. Podrás seguir adelante pero no pasa nada si ahora no puedes hacerlo, tómate tu tiempo, a nadie le debería importar si necesitas más para llorarla. Era tu amor, ¿quién puede decirte cuánto tiempo tienes para penar por su pérdida? Sólo tienes que saber que si necesitas algo, no tienes más que llamarme. Y si no necesitas nada, por favor, pásate cuando quieras y haz feliz a una anciana con tu compañía – cogió mi cara entre sus manos y sonrió-. ¿Lo harás?
Asentí como un niño, feliz con la idea. ¿Cómo iba a dejar escaparse a una mujer así?
_ Mañana mismo, si le parece bien.
_ Perfecto, me hace falta ayuda en el huerto, ¿qué tal se te da la agricultura?
A media tarde volví a casa. Había sido un día bastante intenso. Me senté en el salón frente a la chimenea, mirando el retrato de Ana en su repisa y hablándole de Adele, seguro que a ella le habría encantado conocerla, hasta que me dormí. Cuando volví a abrir los ojos ya era de noche.
Me desperté muy temprano, había dormido mucho y hacía tiempo que no dormía tanto ni tan bien sin estar bajo el influjo de alguna sustancia. Me emocionaba la perspectiva de pasar el día con Adele en su huerto. Lo que yo sabía de horticultura se podía escribir en la cara de un post-it, pero, por alguna razón, el trabajo físico y la compañía me apetecían mucho. Me duché y desayuné rápido. Corrí hacia la floristería que aún estaba cerrada y esperé en la puerta leyendo el periódico. Al cabo de unos minutos apareció la dueña, una mujer algo mayor que yo y de buen ver, que me miró extrañada.
_ ¿Más flores, señor Northman? - me sonrió con afecto.
_ Semillas.
_ ¿De qué tipo?
_ No sé – dudé-. Para un huerto, ¿quizá flores?
Comenzó a sacarme tantas que acabó abrumándome presuponiendo que yo sabía lo que eran. Corté por lo sano llevándomelas todas y salí a toda velocidad hacia la casa de Adele.
Cuando llegué a la granja, llamé a la puerta de atrás. Me abrió la nieta de Adele, que tenía aspecto de recién levantada, con una tostada en la boca. Me miró con los ojos como platos mientras tras ella se oía una carcajada.
_ ¡Eric!, buenos días, sí que has madrugado.
_ Buenos días, Adele, espero no molestar. No sabía que fuese tan temprano para vosotras.
Su nieta se escabulló de la cocina murmurando una excusa que no llegué a escuchar.
_ Estábamos desayunando – me hizo un gesto con la mano-. Pero pasa, hombre. ¿Quieres un café?
_ Claro – sonreí. Adele se acercó a mí, cogiéndome la mano, y me sonrió con afecto.
_ ¿Cómo estás hoy, cariño? - murmuró en tono confidencial.
_ Más animado – sonreí y le di un beso en la mejilla-. Gracias.
Me senté con ella y me tomé el café que me sirvió y que sabía a gloria, como todo lo que salía de esa cocina, mientras me explicaba el plan de trabajo para esa mañana y en el piso de arriba se oía bastante trajín. En unos minutos, volvió a aparecer su nieta, esta vez sin el pijama de ositos y peinada y maquillada. Intercambié una sonrisa cómplice con Adele.
_ Buenos días, Sookie – la miré y sonreí levantando la ceja-. Mucho mejor...
