Disclaimer: Esta historia no me pertenece. Los personajes son de Rumiko Takahashi y la historia es de TouchofPixieDust, yo sólo la traduzco.
Capítulo cuatro: A la mañana siguiente
Día dos:
Hoy he aprendido un nuevo significado para la palabra "cansancio". Anoche, el bebé lloró casi a todas horas. Creo que no dormí nada. Noto todo borroso y me está empezando a doler la cabeza.
Empiezo a dudar seriamente de mis habilidades como madre, ¡y tan sólo es el segundo día!
Kagome bostezó. ¿Podrían sobrevivir con un bebé a su cargo? Al principio no parecía un gran desafío, pero ahora ya no estaba tan segura.
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Mikomi pasó gran parte de la noche llorando, y era un sonido misteriosamente realista. Kagome probó todo en lo que pudo pensar… darle de comer, jugar con ella, cantarle, cambiarle los pañales, hacerle eructar y frotarle la espalda. De vez en cuando se callaba, pero sólo por una hora. Entonces, era el momento de empezar a lamentarse. Alrededor de las cuatro de la mañana empezó a preguntarse si no le habrían dado un bebé defectuoso. A lo mejor había perdido un microchip importantísimo que le hacía dormir.
No hacía falta decir que todos estaban un poco cansados y gruñones cuando salió el sol.
—Sí que es una niña… con pulmones —gruñó Miroku mientras se levantaba y se estiraba—. Creo que tendremos que lavar los platos antes de desayunar.
—¡Iré contigo! —se prestó voluntaria Sango un poco demasiado deprisa mientras lo seguía para realizar aquella tarea.
Kagome no se había dejado engañar. Lo único que querían era estar muy lejos del ruidoso bebé. Entonces pensó que, si se pudiera ir, lo haría. Pero, ¿qué clase de madre sería?
—¡Vaya madre estás hecha! —se mofó Inuyasha desde un árbol—. Dejaste que esa cosa llorase toda la noche.
Sus dedos se crisparon mientras levantaba en sus brazos al bebé electrónico. ¿Me acaba de llamar mala madre? Lo fulminó con la mirada mientras abrazaba fuertemente a la niña.
—¿Qué. Has. Dicho?
Shippo chilló y salió corriendo detrás de Sango y Miroku, seguido muy de cerca por Kirara.
Inuyasha se puso delante de la joven miko, aparentemente no afectado por el fuego que estaba emitiendo.
—He dicho que dejaste que Mikomi llorase toda la noche.
—¡Idiota, no dejé llorar a Mikomi!
—¡No la detuviste!
—¡LO INTENTÉ!
—¡ENTONCES, NO TE ESFORZASTE LO SUFICIENTE!
Se apagó el fuego de sus ojos y fue reemplazado por un torrente de lágrimas que hizo que Inuyasha saltara hacia atrás lleno miedo y confusión.
—Sé… —sollozó bajando la cabeza—. ¡Sé que soy una mala madre! ¡No tienes que restregármelo!
Puso a Mikomi en los brazos de Inuyasha y salió corriendo. Cuando llegó al río, cayó de rodillas y se puso a llorar. Debería haber sabido que no sería una buena madre. Debería haber sabido que… ¡no puedo hacer esto!
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Inuyasha miró fijamente al bulto que tenía en sus brazos. ¿Qué acaba de pasar? Primero estaban teniendo su habitual pelea matutina y un instante después, ella rompía a llorar, le daba a la niña y se marchaba. Inuyasha reprodujo la conversación en su cabeza, pero no se pudo imaginar qué demonios podría haber dicho que hiciera que Kagome reaccionase así. ¿Por qué diría que es una mala madre?
Metiendo al bebé de plástico en su túnica de rata de fuego, salió detrás de su compañera. Su sensible olfato le indicó el camino.
Sólo le llevó un par de minutos encontrarla. Meneó la cabeza al verla sollozar en la orilla del río. Sus brazos rodeaban sus rodillas. Su cabeza estaba escondida entre sus brazos. Estaba ocupando el menor espacio posible y se mecía lentamente.
El medio demonio se sentó nerviosamente a su lado, sacando al bebé del interior de su ropa. Empezó a gritar, lo que hizo que Kagome llorara con más fuerza. Él no sabía qué hacer. Siempre que Kagome lloraba se sentía completamente inútil. Era mucho más fácil matar a un enemigo que la amenazaba, pero ¿cómo proteges a una chica de algo que no puedes ver? Por ejemplo, las emociones. Aquello le hacía sentir que le estaba fallando en algo, le hacía sentir culpable.
—No eres una mala madre —le dijo mientras acariciaba al bebé electrónico torpemente, imitando lo que le había visto hacer a Kagome muchas veces los últimos dos días—. ¿Por qué dijiste semejante estupidez?
—Lo dijiste tú.
La mandíbula de Inuyasha se cayó de golpe.
—¡NO LO DIJE!
Volvió su cabeza hacia él mirándolo fijamente.
—¡SÍ QUE LO DIJISTE! Dijiste que no me estaba esforzando lo suficiente en ser una madre para Mikomi.
—¡DIJE que no te estabas esforzando lo suficiente en hacerla callar!
—¡Es lo mismo!
—¡NO LO ES! —le gritó—. Keh, eres una estúpida.
El bebé no paraba de llorar, así que empezó a mecerlo.
Un sonido ahogado captó su atención. Se giró para encontrarse a Kagome sonriéndole, parecía divertida y trataba de sofocar otra risita. Cuando se dio cuenta de que estaba observando cómo trataba de acallar al bebé, se ruborizó y lo puso en los brazos de Kagome. Odiaba cuando lo pillaba haciendo algo estúpido y vergonzoso. Odiaba cuando lo veía débil. Claro que ella nunca decía que era debilidad, pero él lo sabía. Y no podía permitirse ser débil. No con Naraku todavía por ahí. No con la gente que tenía que proteger. Y definitivamente no con aquel estúpido lobo que intentaba robarle a Kagome.
Por el rabillo del ojo vio a Kagome abrazando al bebé. Las lágrimas se habían secado (menos mal) y los sollozos habían parado. Con un suspiro, ella se apoyó contra su hombro, limpiando sus ojos con su traje de rata de fuego.
—¿No crees que sea una mala madre?
Inuyasha puso los ojos en blanco.
—Kagome, has tenido a ese bebé dos días. ¡DOS! Eres estúpida si piensas que vas a ser perfecta en dos días. Mira cuánto tiempo te llevó aprender a lanzar flechas. Eso es muchísimo más fácil que ser madre.
—Así queee… estás diciendo que soy una mala madre… pero que, ¿con práctica puedo mejorar?
Inuyasha suspiró.
—No estoy diciendo que seas una mala madre. ¡Para de decir que lo he dicho! ¡Es mentira! —La apartó de su lado y se levantó—. Volvamos al campamento. Tenemos que seguir moviéndonos si algún día vamos a matar a Naraku, niña.
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—Shippo… ¿puedes subirte en Sango o en Inuyasha? —preguntó Kagome—. Llevarte a ti, al bebé y a la mochila es… bueno… es un poco…
—¡Bájate de Kagome, mocoso! Sólo es una débil humana.
—Ay, gracias Inuyasha. Útil E insultante.
Daba igual, estaba agradecida de haberse quitado el peso extra de sus hombros.
Shippo le pidió perdón a Kagome antes de insultar a Inuyasha. Kagome le pidió perdón a Shippo por no poder llevarlo. Luego, le dio un caramelo. Lo observó mientras se mordía el labio, mirando al caramelo y al bebé en sus brazos.
—No, gracias Kagome. —Se fue a junto de Sango.
Al grupo le sorprendió que Shippo hubiese rechazado el caramelo y no era un simple caramelo, era su favorito. Shippo nunca había rechazado los caramelos.
Kagome se preocupó por si había herido los sentimientos de Shippo, pero el peso extra la estaba matando. Su espalda ardía. Cada pocos pasos trataba de estirarse sin que nadie se diera cuenta. Después de más o menos una hora, Inuyasha cogió su mochila sin dirigirle la palabra, le estaba muy agradecida.
Desafortunadamente, llevar al bebé seguía siendo un problema. Además del hecho de que llevar peso extra en sus brazos provocaba que le doliesen y se pusiesen rígidos, también hacía que le doliese la espalda. Era muy distinto llevar peso delante que llevarlo en la mochila. Para hacerlo peor, tener al bebé en sus brazos significaba que ya no estaban libres para hacer cosas que la ayudaran a mantener el equilibrio cuando caminaba entre las piedras de un río o cuando pisaba las ramas que se ponían en su camino. Al menos el bebé no estaba programado para retorcerse y sacudirse, ¡eso habría puesto aun peor las cosas!
Cuando el grupo paró para comer, Kagome ya estaba lista para romper a llorar. Puso al bebé en los brazos de Shippo después de que se sentara, y luego se sentó ella y estiró los brazos por encima de su cabeza. Se apoyó en un lado y en el otro tratando de estirar la espalda para aliviar el dolor.
—Eh… Kagome…
—¿Sí, Sango?
Sango se ruborizó.
—A lo mejor deberías dar un pequeño paseo río abajo, detrás de los árboles, para hacer eso…
Al principio, Kagome no sabía de qué demonios estaba hablando, entonces se dio cuenta de que los ojos de Miroku estaban fijos en su camiseta. Luego presenció el momento exacto en el que Inuyasha se dio cuenta de lo que estaba mirando Miroku. Pobrecillo.
—A lo mejor deberíamos encontrar una forma diferente de llevar al bebé —sugirió Sango mientras se sentaba en la hierba, ignorando las lamentaciones del monje cuando el hanyou decidió añadir unos cuantos chichones a su cabeza.
Kagome cogió su mochila de donde la había tirado Inuyasha y empezó a sacar de ella bolsas de patatas fritas y barritas energéticas.
—Es una buena idea Sango. ¿Alguna sugerencia?
—¿Dónde está el ramen? —preguntó Inuyasha una vez que había cogido una barrita energética.
—Es para la cena.
—¡Quiero ramen!
—¡Mala suerte! Tendrías que hacer fuego para hervir el agua para el ramen, y como has decidido que tenemos demasiada prisa, ¡no tenemos TIEMPO para perderlo haciéndolo!
De repente, Inuyasha se subió a un árbol, dejando la barrita en el suelo, pero cogiendo sus patatas.
Suspiró.
—¿Tienes alguna idea de cómo llevar al bebé?
—Mételo en tu saco.
Kagome lo miró fijamente.
—Sí, gran idea Inuyasha. Voy a meter a la niña en la mochila, en donde no puede respirar y se puede caer.
—Pensaba que la niña no era real —dijo Sango mientras abría el envoltorio de la barrita y la empezaba a comer—. ¿Puede respirar?
Kagome se ruborizó. Oh, claro. Se golpeó mentalmente por olvidarse de que era una muñeca. Los avances tecnológicos hacen maravillas, pero sigue siendo una muñeca.
—No, no puede respirar, pero los sensores de la muñeca detectan si hay suficiente aire a su alrededor y pueden saber si le caen cosas encima. Además, no me parece correcto meterla en mi mochila. Se supone que la debería estar cuidando como si fuese mi verdadera hija.
—Fascinante —comentó Miroku mientras volvía en sí. Por suerte para él, no lo había dicho sarcásticamente. Kagome le sonrió. A veces era fácil olvidar lo diferentes que eran sus mundos.
—Yo podría llevarla —se ofreció Shippo—. No es muy pesada. ¡Yo lo haré!
Kagome le sonrió amablemente mientras le abría su paquete de comida.
—Gracias Shippo. Es muy considerado por tu parte, pero tengo miedo de que, aunque no parezca pesada ahora, pueda parecer muy MUY pesada después de un rato.
Lo pensó un momento.
—Podemos turnarnos.
—Bueno… supongo que sí.
—Yo también la llevaré.
Kagome miró a Sango.
—¡Gracias! Eso sería de gran ayuda.
Miroku puso su mano en el hombro de Kagome.
—También puedes contar conmigo. No me importaría llevarla un rato.
Antes de que Kagome pudiera decir gracias, fue apartada del monje y se encontró cara a cara con un muro rojo. Puso los ojos en blanco. ¿Cuándo va a dejar de preocuparse Inuyasha de si Miroku está cerca de mí? Después de todo, últimamente no tocaba a otra que no fuese Sango y cualquier flirteo que hiciera no podía ser tomado en serio. Cualquiera podía ver que la exterminadora de demonios era la única en la que estaba interesado. Bueno, cualquiera excepto la exterminadora de demonios… y, aparentemente, el medio demonio…
—Gracias, chicos. ¡Aprecio mucho vuestro ofrecimiento!
Era verdad. De verdad que lo apreciaba. Si no tuviese a sus amigos para ayudarla con aquello, no habría forma de que pudiera seguir. ¿Cómo harían otros si tenían que cuidar a los bebés electrónicos ellos solos? Por supuesto, los otros chicos no estaban viajando a la época feudal y luchando contra demonios.
—¿Puedo llevarla yo primero? —preguntó Shippo dejando de lado su comida y tendiendo sus manos hacia el bebé. Cuando Kagome se la dio, se sentó, abrió un tarro y buscó la cucharilla de plástico.
—Claro. —Kagome miró mientras Shippo alimentaba al bebé con la comida especial. Se estaba divirtiendo mucho.
La comida se terminó pronto. Kagome recogió los restos y los puso en su bolsa. Cogió la mochila y se la puso antes de que Inuyasha pudiera alcanzarla. No era justo hacerle cargar con ella todo el tiempo y, ahora que a Shippo le tocaba llevar al bebé, se le harían las cosas mucho más fáciles.
Excepto que a Shippo no le estaba yendo muy bien. El bebé no era mucho más pequeño que él, pero no lo soltaba. Era torpe, pero se lo estaba tomando muy en serio. Kagome estaba preocupada por si se le caía el bebé, pero tampoco quería quitárselo a Shippo. ¿Cómo podría hacérselo más fácil sin herir su orgullo? Lo que realmente necesitaban era un cochecito.
—¡Oye, enano! ¡La vas a tirar!
—¡No lo haré!
—¡Sí lo harás!
—¡NO LO HARÉ!
De repente, el niño fue cubierto por tela roja.
—¿Para qué es esto?
Sin ninguna explicación, Inuyasha le quitó el bebé a Shippo y lo puso en la tela. Aunque Kagome estaba mirando, no podía seguir sus movimientos. Antes de darse cuenta, Shippo estaba ahí con Mikomi agarrada a su espalda en un cómodo capullo.
Un orgulloso Shippo empezó a caminar detrás de Sango y Miroku. Kagome se quedó quieta mirando a Inuyasha con incredulidad.
—Eres increíble —susurró. Sólo cuando vio que se ponía rojo y caminaba por delante del grupo, supo que lo había dicho en alto. Al principio estaba avergonzada de que la hubiese cogido haciéndole un cumplido. Luego, se encogió de hombros y sonrió. Claro que es un cabezota…, pero es realmente increíble. No creo que le haga daño hacérselo saber de vez en cuando.
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Los bebés necesitan mucho más que alimento y entretenimiento. Encontrar un modo de llevar al bebé fue mucho más problemático de lo que pensé. Llevar a Mikomi en brazos todo el día no era una opción.
También he descubierto que, a veces, puedes coger al bebé y hacer que emita unos preciosos gorgoritos cuando lo acunas. ¡Es tan lindo!
Sólo han pasado dos días y me estoy empezando a sentir como una madre. ¡Creo que puedo hacerlo! No puedo esperar a tener un bebé propio algún día.
Kagome Higurashi
